‘Fomento de la lectura’

Lectores trimestrales, lectores apasionados

Decir que uno lee algo una vez al trimestre, en el tiempo libre, no parece demasiado. Al menos no demasiado para aquellos que, como Salvador Clotas, en “La responsabilidad del lector“, nos reconocemos lectores “apasionados y exagerados”. De ser esa la frecuencia con que leyéramos Guerra y Paz, conseguiríamos que una sola obra nos durara una vida. Cuando leo las estadísticas -recién publicadas- de los Hábitos de lectura y compra de Libros en España (2012), me suenan como si alguien se conformara con beber una vez al trimestre, quizás porque para algunos la lectura sea un bien de primera necesidad como el agua o el oxígeno. En todo caso, leer no sería importante si no existiera una correlación tan estrecha entre su práctica, la frecuentación de otros usos culturales y la evolución y proyección profesionales. También, como nos demostraba PISA, la concomitancia con el desarrollo de las competencias digitales.

El misterio radica en este cuadro (incluído en la página 37 del mencionado estudio): ¿cuál es la razón por la que personas con estudios superiores, con un capital cultural superior, conciben la lectura como una forma (eminente) de ocio y, también, como la mejor de las fuentes de desarrollo e instrucción profesional? Y al contrario: ¿qué lleva a las personas que no quisieron o no pudieron o no tuvieron la oportunidad de adqurir ese capital educativo a rechazar la lectura como algo digno de atención, como una práctica al mismo tiempo de (refinado) recreo y de (provechoso) adiestramiento profesional?

Conviene desagregar con cierta atención las cifras que la prensa lanza sin demasiada escrupulosidad: resulta una extravangancia afirmar que el 63% de la población es lectora, sin puntualizar otra cosa dejándose llevar por una forma de optimismo cultural baldío. En realidad -y restringiéndome solamente a la lectura de libros-, podemos hablar de un 47%2 de lectores frecuentes -lo que da para estar “muy moderadamente satisfechos”-, un 11.9% de lectores ocasionales -muchos de ellos reos de lo que se denomina buena voluntad cultural, incapaces de expresar su desinterés abiertamente en una situación de encuesta-, y un 40.9% de no lectores sin complejos.

“El nivel de estudios que tiene la población”, reconocen los autores del estudio, “es determinante en el porcentaje de la lectura”. Volviéndolo del revés: el bajo nivel de estudios, el bajo nivel cultural, la falta de familiaridad con ciertas prácticas culturales que no se inculcaron en el seno de la familia y, seguramente, tampoco, durante la educación infantil y primaria, es determinante en la conformación de no lectores, de personas que no sentirán nunca (porque no pueden sentirlo) apego alguno a esta clase de experiencia que tienen por inservible, cuando no por excesivamente exquisita o erudita.

Es mucho más fácil agitar el fantoche de la pirateriapara explicar el desapego de las personas que ni compran ni leen que preocuparse por elevar progresiva y fundamentadamente el nivel cultural de un país. Es mucho más sencillo fantasear con centenares de millones de euros inexistentemente perdidos por la piratería, que ahondar en las razones por las que la mitad de la población nunca se acercará a una librería ni a un libro. “No cabe culpar orteguianamente a “las masas” o a “La gente” (que son siempre resultados)”, -dice hoy José Luis Pardo en Un asunto poco importante-; “la razón fundamental”, prosigue,  “por la que la lectura va tan mal es que a nadie —sobre todo a nadie de los que mandan— le ha importado nunca demasiado. Hoy son los profetas de los negocios quienes nos aseguran que “el libro” (una expresión cuyo significado desconocen) tiene los días contados, y el Ministerio de Educación pone su granito de arena dejando a la filosofía en las alcantarillas de los planes de estudios. Acabáramos”.

Convertir lectores trimestrales en lectores apasionados, si es que tiene algún sentido, es una tarea a largo plazo que requiere del apoyo a las familias, de un sistema educativo preocupado por la elevación del nivel cultural de los alumnos, de un claustro de profesores capaz de entender la lectura como una competencia transversal a lo largo de todas las etapas escolares y de una sociedad capaz de cobrar conciencia del embotamiento que sufre por medio de la miriada de espectáculos estúpidos y vulgares que la desactiva y desinforma.

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¿Qué hacemos con la lectura?

En el último estudio sobre Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011, se detecta, aparentemente, un crecimiento significativo de los lectores frecuentes: del 90.4% que dice que lee con una frecuencia al menos trimestral (si es que a eso pudiéramos llamar propiamente lectura) en cualquiera de los medios o soportes analizados (libros, revistas, periódicos y comics), el 61.4% dice leer libros. Es verdad, además, que según los datos proporcionados por la encuesta, la diferencia entre los que dicen leer semanalmente, con mayor asiduidad, y los que declaran hacerlo con más laxitud, los trimestrales, la diferencia solamente alcanza el 4.1%, de manera que deberíamos colegir que al menos un 86.3% de los lectores de libros practican esa forma silenciosa de meditación con meritoria frecuencia. Y es cosa, sin duda, de alegrarse por ello.

Ese aparente incremento de lectores habituales no quiebra, en ningún caso, sin embargo, otra correlación inamovible: la que vincula lectura con nivel de estudios, tamaño del habitat y ocupación. A día de hoy, y mientras la sociología no demuestre lo contrario, lee más quien mayor nivel de estudios posee y vive en ciudades de más de un millón de habitantes, o dicho al revés, quien nace en el seno de una familia con estudios superiores tenderá a reproducir esa condición familiar, cursará estudios durante más tiempo accediendo a sus niveles universitarios superiores, detentando la condición de estudiante por más tiempo y accediendo con mayor sencillez y facilidad a los recursos culturales que las grandes ciudades le ofrecen… y leerá más, siempre, a lo largo de todo ese tiempo y aún después. El círculo virtuoso que ata la lectura al origen social del lector es casi inquebrantable a no ser que se intervenga de manera decidida y consciente.

El Departamento de Educación del Gobierno escocés investigó durante siete años la influencia de un nuevo método de la enseñanza de la lectoescritura en el rendimiento y progresión de los niños que provenían de entornos socioeconómicos desfavorecidos. El estudio, denominado A seven year study of the effects of synthetic phonics teaching on reading and spelling attainment, demostró, por primera vez, que un método basado en la identificación entre sonidos y grafías, era capaz de romper con el círculo vicioso de la herencia cultural y educativa que lastraba para siempre el rendimiento escolar y el futuro escolar de esos niños desfavorecidos.

Tras la evidencia empírica acumulada, el Gobierno británico ha decidido adquirir materiales específicos para la enseñanza de la lectoescritura bajo esos principios por valor de 3000 libras para todos los colegios británicos sin excepción.

Hasta donde yo tengo leído, entre los recortes que se anticipan en el Ministerio que ahora liga educación y los libros, la promoción de la lectura será uno de los capítulos que se verá severamente recortado y tampoco se adivina en un futuro cercano que en nuestras escuelas vaya a utilizarse algún método que vaya a alterar el tipo de correlación antedicha. Seamos pues, serios y consecuentes: ¿qué hacemos con la lectura? ¿Conformarnos con las aparentes incrementos estacionales que las estadísticas dicen revelar o tomarnos en serio sus implicaciones y consecuencias?

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