‘Formación editorial’

Oficios de la edición

Es obvio que cuando nos embarcamos en una revolución que compromete a la forma y manera en que producimos, distribuímos y usamos los contenidos se produzcan cambios radicales en los oficios y las competencias que deban gestionar y adminstrar esa nueva cadena de valor. Por eso son tan estériles, al menos a mi juicio, los debates sobre la ontología del editor vinculando su capacidad de discernir y entrever al orden del campo editorial del siglo XIX y, sobre todo, a un modo de producción bien pautado en el que cada uno sabía exactamente qué sitio ocupaba y qué funciones desempeñaba. Si hoy, sin embargo, los contenidos se crean, distribuyen y utilizan de maneras hasta ahora inusitadas, surgirán necesariamente nuevas necesidades que se traducirán, progresivamente, en un conjunto de nuevas competencias y, a la postre, de nuevos oficios editoriales.

Así lo entienden muchos y así lo publicó hace un par de meses The Media Briefing, describiendo nueve oficios editoriales diferentes para este ecosistema digital:

  1.  Head of data o jefe de datos: en la red todos nuestros comportamientos como creadores o usuarios dejan alguna traza en forma de dato, lo queramos o no. La agregación de los datos del comportamiento de los usuarios respecto a un sitio, un producto, una tendencia pueden ser, por eso, esenciales para la economía editorial digital (para toda la economía digital, en realidad). Si los editores, antes, en buena medida, barruntaban con cierto conocimiento cuál podía ser el comportamiento de sus lectores, hoy en día cabe realizar un seguimiento mucho más exhaustivo que redunde en la generación de contenidos mejor orientados, en ofertas mejor dirigidas, en campañas de promoción especializadas, etc. No enteraré a considerar, aquí, las múltiples implicaciones que sobre el derecho a la privacidad tiene esta nueva dimensión profesional;
  2. Head of analytics o jefe de análisis: un puesto estrechamente relacionado con el anterior que coadyuva a la disección y mejor comprensión de los datos para, como queda dicho, desarrollar productos que tengan más y mejor en cuenta la voluntad y los intereses de los usuarios; para generar paquetes de ofertas relacionados con las afinidades electivas de los clientes; para lanzar campañas de promoción y comunicación que lleguen con certeza al público interesado.
  3. Head of user experience o jefe de experiencia de usuarios (usabilidad): estábamos acostumbrados, muchos de nosotros, a tomar el libro por una suerte de efecto eterno e imperecedero que nada tenía que ver con la tecnología, pero nada más alejado de la realidad. De la misma manera que pasaron siglos hasta que la arquitectura de los códices y sus elementos constituyentes acabaron convirtiéndose en el libro que conocemos, hoy necesitamos construir un nuevo entorno en el que la experiencia del lector sea satisfactoria (lo que comprende el diseño y el conocimiento profundo de los lenguajes de programación que permiten separar forma y contenido para transformarlos y adecuarlos a los soportes que sean necesarios XML, XSLT, CSS, HTML, XHTML, etc.);
  4. Chief content officer o jefe de contenidos : para explicar este punto remito a mi legión de lectores al próximo número de TEXTURAS y a un artículo titulado “El editor atómico”.
  5. Chief revenue officer o jefe de modelos de negocio: una de las incognitas que pocos han despejado, al menos todavía, es la de cómo rentabilizar en internet las inversiones que requiere y, mejor aún, de qué manera pueden obtenerse márgenes de contribución suficientes para sostener a las empresas editoriales digitales. No es tarea fácil porque requiere del equilibrio entre la covertura de las necesidades inmediatas y apremiantes y la necesidad de plantear un fundamento de los negocios a largo plazo.
  6. Head of premium information o jefe de información premium: ¿habrá, en una economía sobreabundante en información gratuita, quien quiera pagar por servicios de valor añadido basadas en información enriquecida o clasificada? Seguramente sí, y este es el oficio que debería descubrir cuál es esa información y quiénes son los que estarían dispuestos a pagar por ella.

7. Head of social media o jefe de redes sociales: si creemos que los mercados son conversaciones y que todos tenemos algo que decir en ese incesante intercambio de unos con otros, cualquiera, dentro de una editorial, deberá convertirse, potencialmente, en portavoz, en transmisor de los valores del sello para el que trabaja. Siempre deberá haber alguien, claro, que supervise y recomiende estrategias de posicionamiento global en la red, que se asegure de que las conversaciones transciendan y puedan convertirse en productos tangibles.

8. Head of subscriptions o jefe de suscripciones: muchos de los modelos de negocio de la red pasan por revisitar un viejo oficio: el del jefe de suscripciones. Bien sea porque la editorial oferta paquetes anuales con acceso a determinados tipos de contenidos a un precio determinado; bien porque, invocando el apoyo a un proyecto, soliciten la participación de la comunidad afin de lectores; bien porque, como fruto de las conversaciones mantenidas con los usuarios, entienda qué clase de productos son más adecuados para determinados grupos de usuarios, el jefe de suscripciones -en compenetración con el de análisis de datos y de información premium, al menos- debe redefinir su identidad en este nuevo ecosistema;

9. Chief marketing officer o jefe de márketing y comunicación: los jef@s de márketing y comunicación que yo he conocido en el sector editorial padecían todos de un intenso síndrome de desatención y aceleración, y eso que apenas teníamos, entonces, tres o cuatro canales a través de los que comunicar y promocionar nuestros productos. ¿Qué decir ahora de un entorno en el que se multiplican las posibilidades y los canales de comunicación añadiendo mayor complejidad y disparidad al oficio tradicional? Oficio necesario y cambiante, sin duda.

Quizás no perduren los nombres ni las denominaciones, pero eso apenas tiene importancia. Lo que resulta urgente y necesario es reflexionar, en todos los ámbitos de la edición, por las fuciones, competencias, necesidades y cometidos de esos nuevos oficios.

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Los secretos (a voces) de la edición

Nadie que lea el imprescidible La cara oculta de la edición, de Martine Prosper (secretaria general del principal sindicato de la edición francesa, el CFDT Livre-Édition), que tenga algunos años de experiencia en el sector y que la costumbre, la inercia o el cinismo no le hayan adormecido por completo, podrá dejar de reconocerse en lo que enuncia y evidencia: la precariedad estructural del sector; la desprotección y la desconsideración progresivas de quienes trabajan en su creación, producción, venta y distribución; la inseguridad acrecentada de las condiciones salariales y laborales de buena parte de los profesionales que se ven obligados a aceptar una situación de puros menestrales; la inexistente conciencia y voluntad gremial, menos aún intergremial, en momentos donde es más necesaria que nunca; la contradicción que esa situación representa respecto a la supuesta naturaleza de un oficio que defiende los valores universales del humanismo.

Y esto se manifiesta desde Francia, un país que no tiene parangón, en cuanto a condiciones laborales en el sector editorial, con el nuestro: existe un convenio colectivo propio del sector; un Sindicato Nacional de la Edición que se encarga, entre otras cosas, de definir escalas salariales, perfiles de puestos de trabajo y tramos de formación continua para todos los profesionales del sector; una entidad de gestión de los derechos de autor, la Société Française des Intérêts des Auteurs de l’écrit, que se encarga, entre otras cosas, de destinar la mitad del dinero recaudado a la dotación del plan de pensiones complementarios de los autores y, la otra mitad, directamente a los autores y editores representados; una modalidad de préstamo de pago instaurado en las Bibliotecas públicas que corre a cuenta del erario estatal y que revierte en beneficio de los autores. Aun con todo, y salvando esas enormes diferencias de conciencia y representatividad, el fenómeno de la concentración empresarial, de la fragilidad de las condiciones laborales, de la proletarización de buena parte de los oficios pertenecientes a la cadena de valor tradicional del libro, son una evidencia incontestable.

Esas son las bambalinas oscuras de la edición, siempre revestida de un halo simbólico de sublimidad cultural que a duras penas se corresponde con la realidad laboral del sector. Entre nosotros, atomizados, disgregados, desunidos, apenas resulta plausible pensar en iniciativas colectivas de ninguna índole, menos aún de tinte sindical o reivindicativo. El carácter nanoindustrial de la mayor parte del tejido empresarial (micropymes en economía de guerra), el tamaño desproporcionado de los grandes grupos (dentro de los que apenas existe otra política empresarial que no sea la del paternalismo condescendiente que tan bien dibuja Martine Prosper), sumado a la situación de transición de los modelos empresariales en este mundo digital, hace poco factible cualquier iniciativa que agrupe a los distintos gremios.

Y, sin embargo, como señala Prosper, esa imposibilidad es ahora más necesaria, históricamente, que nunca. Vale la pena citar con cierta extensión: “si los editores se decidieran a poenr en práctica sus grandes discursos humanistas, en el ámbito social podrían abrirse numerosas vías. Fijar tarifas mínimas para los teletrabajadores, correctores y demás [...]; incluir como anexo en la negociación colectiva un código de buenas prácticas para los becarios y otro para los autónomos [...]; negociar medidas concretas en favor de los salarios y el desarrollo profesional [...]; definir las prioridades de formación relativas a lo digital [...]; dar prueba de transparencia en las cuentas de las empresas [...]; dar amplia cabida al diálogo social”. Pero sobre todo, y en esto quisiera hacer especial hincapié, “de cara a los desafíos de su propio futuro: la evolución del mercado del libro, electrónico y en papel, va a requerir nuevas competencias y cambiar los oficios de la edición”. De ahí que “la formación vaya a ser sin duda alguna el gran desafío de los próximos años en el mundo editorial, y con ella el factor humano. Personal competente, motivado, respetado [...]“.

Esos son, al menos algunos de ellos, los secretos, a voces, de la edición.

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La (de)formación editorial

No creo que sea excesivo afirmar que en España apenas existe la formación editorial, lo que no deja de ser una paradoja para una industria que pasa por ser la primera en su ámbito, el cultural: existe formación reglada para los periodistas, para los cineastas y, por su puesto, para los amantes de las bellas artes, pero nada similar ocurre en el ámbito editorial. La cuestión es tanto más grave cuanto en tiempos de transformación y convulsión digital como el que vivimos, las competencias y conocimientos de los editores debería renovarse y alinearse con lo que las editoriales van a necesitar en los próximos lustros. Más que de formación editorial casi podría hablarse de deformación editorial.


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¿Qué preocupa a los editores?

Cuando se acerca la Feria de Frankfurt muchos editores esperan el resultado de la encuesta global que se realiza cada año para saber de qué tienen que preocuparse. Los medios de comunicación suelen hacen interpretaciones tergiversadas o parciales, escasamente informadas o directamente manipuladas, como esa que el año pasado llevaba como titular “El libro digital ganará al papel en diez años“. Lo cierto, sin embargo, es que la encuesta no es seguramente tan interesante por los resultados que pueda arrojar como por las sugerencias prospectivas que sus preguntas pueden aportar.


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La reinvención de las prácticas editoriales

En una reciente discusión, Tim O’Reilly, el fundador de la editorial que lleva su nombre, se preguntaba si debíamos entender la Wikipedia como la obra fruto del esfuerzo de un pequeño grupo de editores o bibliotecarios, comprometidos con el desarrollo del proyecto, o de la infinidad de pequeñas adiciones que una cantidad innumerable de autores realizan esporádicamente. Para O’Reilly esta pregunta, y la respuesta que podamos darle, resulta crucial para el futuro de la edición, para la reinvención de las prácticas editoriales.


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Paradojas y lagunas formativas

El sector editorial es la primera industria cultural en España y, sin embargo, la formación de sus profesionales queda al albur, en general, del aprendizaje autodidacta, de la instrucción que pueda recibirse, en todo caso, en el propio puesto de trabajo una vez ocupado, rara situación esta de desnormativización y desorganización formativa cuando otros sectores culturales -desde el cine al periodismo pasando por la música y la literatura o la documentación y la traducción-, gozan ya de programas docentes regulados y de calidad contrastada.


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