‘Futuros del libro’

De cómo no hacer libros y de cómo hacer lectores

En el último Anuario de Estadísticas Culturales 2012 editado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, podemos darnos cuenta de la desmesura de nuestra producción editorial en relación al nivel de compra y lectura de los ciudadanos españoles. En el año 2011 se produjeron 97504 nuevas ediciones, un 83% del volumen total de la producción, que alcanzó los 116581 ISBNS. El resto se repartió entre reeimpresiones y reediciones. En formatos electrónicos el 98.2% de los títulos publicados fueron estrictas novedades frente al 79.5% de las correspondientes al papel.

Que esa cifra resulte desmedida, desproporcionada, obedece a que no existe el hábito de compra y de lectura correspondiente, a que no existe correlación alguna entre oferta editorial y demanda cultural. Eso queda a todas luces demostrado si uno tiene la paciencia de bucear en las cifras que ofrece el cuadernillo de Gastos de consumo cultural de los hogares contenido en el mismo estudio: quienes más libros leen y compran no son, necesariamente, quienes más ingresos tienen, sino quienes más títulos académicos poseen, quienes más capital cultural detentan: el gasto medio en la compra de libros entre una persona con estudios universitarios de segundo y tercer ciclo y otra persona con estudios de primer grado o inferiores, es de 402 € de media anuales. A menudo las diferencias salariales entre un profesor universitario y un camarero no son, ni mucho menos, tan distantes como lo que la gente pudiera imaginar (que me lo digan a mi y a mi cuenta bancaria). El abismo entre uno y otro es, más bien, la predisposición a invertir en bienes culturales o no, algo que no nace de un impulso natural, ingénito, sino de un largo proceso de habituación y formación.

La media del precio de los libros es, en comparación con otros servicios y productos generales, y otros servicios y productos culturales, barata: el 21% de los libros editados costaron entre 7.51 y 10 €; el 14.9% entre 5.01 y 7.50 €; el 14.5% entre 2.51 y 5.00 €. Así las cosas, ¿quién podría decir que no puede permitirse, materialmente, adquirir un libro? Sin embargo, la media del Gasto en bienes y servicios culturales por tipo de bienes y servicios delata que el gasto medio en libros no de texto fue de unos exiguos y raquíticos 22.2 €. Así, obviamente, no hay industria que se sostenga, menos todavía cuando la desmesura productiva de esa industria no obedece a una demanda real, sino a los perversos mecanismos de su propio proceso y ciclo de producción, difusión y comercialización.

Antes -vale la pena quizás recordarlo-, un editor intentaba realizar colocaciones masivas en el punto de venta con la esperanza de que los pagos condicionados del librero le sirvieran para hornear la siguiente tanda de novedades, aquella que debería sustituir a la devuelta; hoy, sin embargo, la consigna ha sustituido al abono, y la fuente de financiación de los editores se ha esfumado, de manera que la sobreproducción ya no tiene asiento ni justificación de ninguna clase.

Y si los editores deberían reflexionar, a la luz de estas cifras, sobre los excesos industriales cometidos, propios de una industria predigital, también es el momento de que las autoridades educativas y culturales, aquellas que tengan alguna responsabilidad sobre la formación de los lectores, se detengan a pensar sobre los desencadenantes del aprecio por el libro y la lectura: si uno se detiene en el capítulo sobre Hábitos y prácticas culturales, podrá comprobar que existe una estrechísima correlación entre un hábito de lectura regular y la práctica recurrente de otras actividades culturales: quienes más leen más van al cine, más conciertos escuchan, más museos visitan y más espectáculos de artes escénicas frecuentan. De lo que se trata es -como cualquier sociólogo de la educación y la cultura con dos dedos de frente sabe-, es de generar ese hábito, ese correlación indeleble que se convierte en costumbre, esa afinidad que acaba convirtiéndose, casi, en un instinto natural.

No hay industria de contenidos culturales -no hay industria del libro o de lo que tenga que venir- sin quienes los demanden, los usen, los reelaboren y los consuman; no hay industria cultural alguna sin el decidido fomento de los hábitos culturales, de su frecuentación.

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El libro como universo

Ayer día 25 de abirl comenzó el ciclo de conferencias celebrado por la Biblioteca Nacional de España con motivo de su tricentenario. El título del ciclo lleva como nombre el sugestivo El libro como universo. En esa asimilación entre el libro y el universo que trata de representar, que a veces trata de sustituir, otras de suplantar y otras tantas de mejorar, se resume el espíritu del encuentro y de la celebración. Ayer, Marc Fumaroli, el primer invitado, defendió la pervivencia de los libros por su carácter sagrado, por constituir una referencia cultura y espiritual que trasciende el tiempo y el espacio. En eso me recordó a tantos escritos de George Steiner, sobre todo a aquellos en los que evoca el acto venerable de la lectura, momento para el cual se reserva un lugar específico, se elige un atavío elegante, y se dedica el tiempo necesario para sumergirse en las honduras del texto. Todas las cavilaciones de Steiner conducen a encontrar alguna transcendencia más allá del texto, porque su heurística no es ajena a la interpretación judía de la Torá, de quien busca palabras y verdades reveladas tras las líneas de un libro. Fumaroli no pertenece a la misma tradición interpretativa, pero prefiere la consistencia de la tradición, la defensa del universo conocido y de sus valores concomitantes, que la exploración de los nuevos territorios -tan desconocidos- que nos abren las nuevas tecnologías de la participación y la hipertextualidad.

El programa es diverso, bien construido por Sergio Vila-San Juan, que trata de ofrecer una visión poliédrica del mundo de los libros, atenta a su innegable tradición, abierta a los todavía experimentales escarceos de la narrativa transmedia y la hipertextualidad colaborativa. Porque aunque anímicamente uno tenga su corazón muchas veces puesto en el mismo lado que Fumaroli o Steiner, lo cierto es que para quienes sólo creemos en la inmanencia de las cosas (sin falsas o míticas trascendencias), los libros son una pieza histórica que convivirá lateralmente, en el futuro, con múltiples manifestaciones digitales que cambiarán -que ya están cambiando- forzosamente nuestra manera de crear, de leer, de pensar. Algo tan innegable e inevitable como cuando algún monje en el siglo XII decidió cortar las páginas de un papiro para encuadernarlas y fundamentar la arquitectura del códice o de los protolibros; como cuando, algún tiempo después, los textos continuos fueron separados en palabras y párrafos y eso diera lugar a una forma de razonamiento completamente distinta a la hasta entonces conocida.

Ni siqueira sabemos todavía cuántas de las promesas que encierran las textualidades digitales estaremos en condiciones de cumplir, pero de lo que sí estamos seguros es de que sucederán.

José Antonio Millán -pionero y adelantado de la reflexión digital en este país- y un servidor, tendrán el gusto de departir y discutir sobre todas estas cuestiones el jueves 24 de mayo a las 19.00 de la tarde, en la Biblioteca Nacional.

Marc Fumaroli

Marc Fumaroli

Miércoles 25 de abril de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia La república de las letras a cargo del profesor Marc Fumaroli. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas (Aire de Dylan) © Spiros D. Katopodis

Jueves 26 de abril de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos, entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia La levedad, ida y vuelta a cargo del escritor Enrique Vila-Matas. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Mario Vargas Llosa

Mario Vargas LLosa

Miércoles 9 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Conversación sobre libros, librerías y bibliotecas a cargo del escritor Mario Vargas Llosa. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Blanca Berasategui

Blanca Berasetegui

Jueves 10 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Los libros como muralla a cargo de la periodista Blanca Berasategui. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Sergio Vila-Sanjuán

Sergio Vila-Sanjuán / Fotografía de Lisbeth Salas

Miércoles 16 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Un oficio de caballeros: los grandes editores del siglo XX a cargo del periodista Sergio Vila-Sanjuán, coordinador del ciclo El libro como universo, organizado con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Andrés Trapiello

Andres Trapiello, marzo de 2010 / Fotografía de Guillermot

Jueves 17 de mayo de 2012, a las 19:00h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Literatura e imprenta en el siglo XX a cargo del escritor Andrés Trapiello. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca / Fotografía de José del Río Mons

Miércoles 23 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos. Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Ecos artúricos a cargo del poeta Luis Alberto de Cuenca. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Joaquín Rodríguez y José Antonio Millán

Joaquín Rodríguez

Jueves 24 de mayo de 2012, a las 19:00 h. Salón de actos . Entrada libre – Aforo limitado.

Conferencia Paradigmas digitales o el futuro del libro. Encuentro entre el sociólogo Joaquín Rodríguez y el filólogo y novelista José Antonio Millán. Sesión del ciclo El libro como universo, coordinado por el periodista Sergio Vila-Sanjuán con motivo del Tricentenario de la fundación de la BNE.

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Lucía y las navidades

Hace unas pocas horas he podido leer que Lucía Etxebarría va a dejar de escribir en protesta por las descargas ilegales de sus obras. Voy a ahorrarme el chiste que luego todo se malinterpreta. Lo destacado del anuncio, a mi juicio, no es tanto que las descargas ilegales sean punibles, algo de lo que no me cabe la menor duda. Quien no desee expresamente que sus contenidos circulen masivamente sin su consentimiento, posee la legimitidad para protestar y exigir las compensaciones que se deriven de su violación; lo destacado es, creo yo, hasta qué punto ese asunto obnubila nuestro juicio y se convierte en el tema monográfico de discusión en la industria editorial.

Existen problemas estructurales y de fondo mucho más graves -como señala Manuel Gil en “La dieta carpanta“- que exigen de la voluntad de coordinación de todos los afectados, que exigen imaginación y altura de miras, que exigen asunción de nuevos riesgos y apertura de nuevos mercados, que exigen nuevas formas de relacionarse con los públicos, y nada de eso se está haciendo fundamentadamente.  Mientras nos enredamos en un hecho que merece la atención que se le debe -amplificado por el ruido de unos y de otros-, pasan inadvertidos movimientos de profundidad:

  • la implantación de las grandes cadenas de librerías virtuales, atractoras de gran parte de la demanda y capaces de encadenar a sus lectores por la amplitud de la oferta, la gestión de los precios y los formatos propietarios;
  • la venta a precio de baratija de los dispositivos digitales de lectura, como estrategia básica para cautivar a los lectores que no volverán a salir de ese entorno y dejarán de comprar, en consecuencia, en otros puntos y canales;
  • la incomprensión general ante lo que es un cambio de modelo productivo profundo, que implica que seamos capaces de gestionar digitalmente una cadena de valor que es necesario reconstruir;
  • la caída previsible y brutal de la demanda en un mercado ya de por sí hipertrofiado;
  • las prácticas proteccionistas de ciertos países iberoamericanos, que nos devuelven la moneda usada de un intercambio históricamente desigual;
  • la incapacidad de la industria para reaccionar coordinadamente con los mismos instrumentos y armas que las grandes operadoras virtuales;
  • la persistencia de estructuras asociativas verticalizadas e incomunicadas, con escaso espíritu de colaboración;
  • la confianza excesiva en subvenciones y compras públicas para sostener un modelo de negocio previsiblemente agotado;
  • la ineficiencia de la educación en general para formar lectores, para elevar la competencia lectora y, potencialmente, la demanda posterior, correlación que puede constatarse, aunque sea ya un tópico, en los países del centro y el norte de Europa;
  • la incapacidad para crear lectores (para hacer que un verdadero Observatorio de la lectura elevara al ejecutivo políticas sostenidas en el tiempo de generación de hábitos lectores consistentes);
  • la incapacidad para comprender el cambio de hábitos de consumo cultural y las nuevas prácticas digitales de los nativos digitales, para entender que los mercados son genéricamente conversaciones y que eso entraña implicar a los lectores, de múltiples maneras, en el sostenimiento del proyecto editorial;
  • el empeño cegato de muchos medios de comunicación especializados -que van cayendo, como le ha sucedido a Revista de Libros ayer mismo- que no aciertan ya a quién dirigirse y establecen canónes de lectura y compra totalmente arbitrarios.

Lucía Extebarría puede que tenga razón, que parte de la responsabilidad de lo que sucede es que las descargas mermen la venta, que el IVA sea ligeramente alto (en un libro con un precio medio de 14 €, el IVA para el papel sería de 0.56 € y para el electrónico de 2.52 €, con un PVP final que diferiría en 1.96 €, algo que no parece excesivamente disuasorio), y que la vida sea muy complicada.

Feliz año para Lucía, que descansará y nos dejará descansar; a los 140.000 visitantes únicos de este blog durante el 2011 (reales, sin manipulaciones de ningún tipo, ni contabilización de arañas), y al resto de mis improbables lectores.

Hoy oscurece; mañana amanecerá (no parece mal eslogan para el próximo año).

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¿Dónde estás, Einaudi?

Giulio Einaudi, uno de los grandes editores de la postguerra en Italia y uno de los grandes, simplemente, de la historia de la edición, tenía un criterio muy simple para distinguir entre lo que era edición cultural -artística, política y socialmente comprometida- y lo que no lo era. El lo llamaba, simplemente, la “edición sí” y la “edición no”, la edición propositiva que intenta adelantarse a su tiempo aportando a sus posibles lectores contenidos, autores y tendencias que marcarán el paso del futuro, o la edición que se repliega sobre sus más cercanas evidencias comerciales para intentar satisfacer el gusto del momento, despreocupada de su dimensión intelectual. Una no puede existir sin la otra, porque nada cobra existencia si no es definiéndose y connotándose contra lo que puede ser su contrario. Einaudi era muy estricto, al menos así se manifiesta en sus famosas Conversaciones con Severino Cesari (afortunadamente rescatadas por Trama), a la hora de juzgar la pertinencia de la edición comercial, dimensión del libro que menospreciaba. “El esfuerzo del escritor, y de la edición cultural, es adelantarse a los tiempos”, decía, presentir “cuáles serán las tendencias subterráneas que estallarán mañana”, tejer una complicidad estructural sólida con los movimientos de vanguardia del tiempo que le toca vivir.

Einaudi, el sello editorial, forma hoy parte del primer conglomerado editorial del mundo, Mondadori (que es, a su vez, parte de Random House que es, a su vez, parte del Grupo Bertelsmann). Los avatares contemporáneos de los antiguos sellos editoriales culturales -que tantas veces han contado Jason Epstein y André Schiffrin-, llevaron el sello de Einaudi a formar parte de la escuadra de marcas del gran grupo de comunicación. Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, decía este fin de semana en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería” y, también, “el digital supone un gran impacto porque el poder pasa del editor al lector [...] Los editores tenía el poder de decidir lo que se leía en un país. Esto conllevaba que los editores malentendieran su actividad, que la hayan confundido con la de impresor y distribuidor, olvidándose de la de editor”.

Es posible que si Einaudi viviera reconociera en esas afirmaciones meras corroboraciones de lo que la edición comercial pretende: seguir mercenariamente el gusto del momento para darle lo que quiere, algo perfectamente legítimo que ocupa su lugar bien ubicado dentro del espacio editorial: edición volcada sobre la dimensión más mercantil del libro, más supeditada a los gustos y tendencias imperantes. No es que Einaudi despreciara la dimensión comercial del libro -se pasa páginas enteras discutiendo con Cesari sobre canales, librerías, subscripciones, venta puerta a puerta- ni la interlocución con sus lectores o la conversación reposada con sus mentores y consejeros. Muy al contrario: pero una cosa es preocuparse por encontrar el canal más adecuado para llegar a quien demanda un contenido, poniéndolo al alcance de sus manos en los formatos y a los precios que demande; generar comunidades de afinidades electivas basadas en la charla y la reflexión,  y otra muy distinta cifrar en esa dimensión mercantil la esencia y naturaleza de la edición sometiéndose a lo que Karl Kraus llamaba despectivamente el “gusto del día”.

Al final de su entrevista con Cesari Einaudi decía, en una premonición que resuena en el presente (y cito con generosidad): “la última tarea de la edición cultural para los próximos veinte años me parece que es la recuperación de la felicidad [...] ¿Dónde se ha refugiado la felicidad de hacer las cosas? ¿En las editoriales pequeñas, entonces, donde se matan a trabajar? Quizás las editoriales de cierta dimensión corren el riesgo de burocratizar el trabajo. Añado que la tendencia de una empresa que produce cultura a volverse burocrática, a hacer demasiada “literatura empresarial”, derrochando tiempo y papel, se conjuga con el riesgo de destruir el bien más precioso, el sentido y la práctica del trabajo colectivo. Y si esta tendencia predominara al cabo, llevaría a cualquier empresa a convertirse en una empresa sin una de sus cualidades, sin una característica específica y única”, tal como hace tiempo que viene sucediendo con algunos grandes sellos editoriales y como, según todo apunta, seguirá sucediendo.

Claro que en el nuevo ecosistema de la información los editores no serán los únicos intermediarios cualificados, en algunas ocasiones ni siquiera los más acreditados, pero la distinción entre edición cultural y comercial sigue siendo tan vigente como hace ahora exactamente veinte años, más aún incluso cuando la sobreabundancia de la información disponible dispara la necesidad de mediaciones cualificadora. “Geistige Zuckerbäcker liefern kandierte Lesefrüchte”, escribió Karl Kraus a propósito de los buenos editores de textos selectos, que viene a ser, a falta de mejor traducción “Los confiteros espirituales proporcionan lecturas confitadas”.

¿Dónde estás, Einaudi?

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El lugar de los libros en la era digital

“Yo figuro”, leo, emocionado por la sintonía intelectual y la ratificación de años de trabajo, “entre quienes creen que durante mucho tiempo coexistirán el libro en papel y el libro electrónico -el códice y el rollo coexistieron durante cuatro siglos- y que, por supuesto, enciclopedias, anuarios, prontuarios, catálogos, índices y libros de consulta general tienen su destino natural en el ciberespacio”. Así finaliza Román Gubern, en un libro sin desperdicio convertido ya en referencia fundamental, La metamorfosis de la lectura, su razonamiento histórico sobre la sucesión de los soportes y formas de la escritura y sobre el advenimiento de la era digital.

La sabiduría del libro de Gubern radica, a mi juicio, en el estricto sentido común aplicado al análisis de ciertas mitologías digitales, en la conveniente moderación de ciertos fundamentalismos electrónicos: “las creaciones literarias colectivas”, dice Gubern refiriéndose a la posiblidad de un nuevo lenguaje creativo, legítimo y genuino, “que pueden beneficiarse de un efecto sinérgico, pueden plantear también una grave contradicción entre la imaginación y la libertad autoral individual y la interacción colectiva, ya que ésta coarta netamente la libertad autoral y modifica sus propuestas”. A estas alturas, defender que el acto de la creación es, en la mayoría de las ocasiones, un acto esencialmente intransitivo, se ha convertido casi en un escándalo. Pero Gubern agrega: “el material escritural sobre el que se trabaja en estas condiciones constituye, por lo tanto, un texto vulnerable (opuesto al texto blindado del autor individual), ya que la textualidad coral se opone al soliloquio textual del autor individual [...] No es una buena idea hacer que Hamlet se case con Ofelia”, termina Gubern, refiriéndose a  la posibilidad tan cacareada de que sean los lectores quienes decidan el desenlace de una trama. “Personalmente, me gusta que me cuenten historias Hemingway, Pavese o Fritz Lang, que han demostrado ser maestros de la narración, y no el tendero de la esquina”.

José Manuel Mora, en Leer o no leer. Sobre identidad en la Sociedad de la Información, una reclamación del acto de la lectura como reconstituyente existencial y de la literatura como sustrato de nuestra identidad, dice: “el libro es la argamasa con la que construimos sólidos puentes con el mundo, cruzamos todos los ríos, alcanzamos las otras orillas”, compañeros que van creciendo a nuestro lado, acumulándose, hasta formar una biblioteca que es una manera de estar en el mundo: “una biblioteca”, dice Mora, “es un asunto de constancia y cariño, toda una gesta de sensibilidad y gusto personal”.

Me interesan estos dos libros porque, entre tanta aceleración digital y desmaterialización de la memoria, nos fuerzan a repensar el lugar del libro y la lectura en nuestra cultura, algo que también transpira en el diálogo de Umberto Eco y Jean-Claude Carrier recogido en Nadie acabará con los libros: “cuando nos olvidamos de maletas y libros”, asegura Mora, “sobrevienen los desastres, porque nos olvidamos de las obligaciones de nuestra condición temporal, porque comenzamos a vivir de un modo indebídamente estático. Se instaura una realidad virtual, muy difícil de detectar…”.

La graforrea social a la que alude Gubern en su libro, promovida por la democratización del acceso y la desjerarquización de los cánones literarios e intelectuales de los que hace poco hablaba Jesús Ferrero -la cruz de un fenómeno que también tiene una cara resplandeciente-, genera una masa indiferenciada de contenidos: “aunque más cantidad de mensajes no significa más calidad, pero sí más oportunidades para la calidad, la sobreoferta de información equivale en muchos aspectos a desinformación y entropía, por no mencionar las aberraciones de sus eventuales detritus semánticos”.

Ni se trata de negar la extraordinaria riqueza que supone el hipertexto digital, ni de negar el portentoso desplazamiento de los métodos de legitimación y consagración tradicionales del conocimiento propiciados por la universalización de las tecnologías; se trata, más bien, de buscar el lugar del libro en la era digital.

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Comprender a los usuarios de los libros electrónicos

El tratado sobre el libro electrónico publicado por el Ministerio de Cultura, encargado al Observatorio de la Lectura y el Libro, al que aludía en una entrada previa, es, como mínimo, decepcionante. Ni una sola referencia a la experiencia de los usuarios, a su verdadera penetración en bibliotecas, escuelas o universidades, a los modelos de negocio plausibles y viables, al trabajo pionero de préstamo en bibliotecas, a los problemas resolubles que la tecnología plantea pero que todavía ocasionan una experiencia lectora deficiente… Tan lejos, qué le vamos a hacer, de lo que ha publicado recientemente el JISC National E-books Observatory Project en Inglaterra: los Report on users surveys, deep log analysis, print sales and focus groups el Report from first phase of e-textbooks business models, y unas cuantas joyas adicionales, todas bien informadas y empíricamente contrastadas; y qué diferencia, debo decirlo, con el planteamiento y el alcance del proyecto Territorio Ebook que sobre una muestra representativa de usuarios pretende observar su comportamiento lector en distintos ámbitos -escuela, universidad y biblioteca-, para colegir las conclusiones que sea y dinamizar en consecuencia la práctica de la lectura en los nuevos soportes.

Territorio ebook

Pero a lo que voy: en el resumen ejecutivo del proyecto de investigación sobre el comportamiento de los usuarios de libros electrónicos, el JISC adelanta las siguientes conclusiones:

  1. la lectura que se practica sobre los libros electrónicos es, fundamentalmente, extractiva, fragmentaria, informativa. No suelen leerse textos extensos, profundos o complejos, si bien existe un grupo de early adopters, de superusuarios avanzados que conforman la avanzadilla de la campana de Gauss, que demandan títulos de todo tipo y practican cualquier clase de lectura sobre los nuevos soportes;
  2. Las interfaces de los libros electrónicos y las plataformas de distribución de contenidos digitales tienen que ganar mucho todavía desde el punto de vista del diseño, centrándose, sobre todo, en la experiencia del usuario;
  3. Aún así, también es verdad que el 65% del personal académico y de los estudiantes afirman utilizar el libro electrónico como apoyo informativo al trabajo y al estudio;
  4. Existe una importante variación por grupos de edad,  sexo y ámbitos temáticos -más en economía y empresariales que en ingeniería, por ejemplo-, que requieren de un estudio de campo más pormenorizado;
  5. La proliferación de plataformas digitales, experiencias de navegación, artilugios y modelos de negocio o licencia, desorienta a los lectores. Parecen clamar por plataformas unificadas y universales de acceso a los contenidos, con modelos claros de precios y estructuras de navegación similares (aviso para navegantes editoriales desorientados, sin duda);
  6. Lo más llamativo de todo, sin duda: la venta de contenidos digitales no ha hecho disminuir la venta de los mismos contenidos en papel, no parece existir una relación negativa sino, al contrario, de refuerzo mutuo;
  7. Aún así, las editoriales -por la disminución progresiva de sus ventas analógicas-, tendrán que concebir nuevos modelos de negocio cuanto antes;
  8. Las librerías públicas y universitarias parecen jugar un papel decisivo en la introducción, promoción y comunicación de los libros electrónicos. Debemos utilizarlas más. Para determinados tipos de contenidos que se prestan estacionalmente y que constituyen un cuello de botella difícil de desatascar, el préstamo electrónico es un recurso esencial.

Estadística lectura JISC

Es cierto, sin lugar a dudas, que cada día leeremos más en soportes digitales, qué duda cabe. Sin embargo, tal como nos muestran los estudios de campo, los seres humanos son tozudos lectores de soportes analógicos para determinados propósitos, para diferentes textualidades. Lectura de cazadores y lectura de pescadores, como conté hace  ya dos años, refrendada por los estudios actuales: “La denominación no es mía sino que se la debo a Márius Serra. Él, acertadamente, utilizando una bella metáfora, hablaba de lectores cazadores y lectores pescadores, intentando diferenciar entre la lectura sincopada y fragmentaria a la que la red nos aboca, reflejando ese carácter forzosamente parcial y troceado de toda búsqueda que se produzca en la red, y la lectura serena, continua, recogida, de quien espera pacientemente a que el botín o el trofeo surja de entre las aguas, o de entre las últimas páginas de un libro en papel”.

Comprender a los usuarios de los libros electrónicos es el reto fundamental para saber cuáles serán los futuros del libro y de la lectura.

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Dos voces por los libros libres

Peter Brantley es uno de los profesionales más acreditados del mundo de la generación y difusión de contenidos digitales en la red, un paladín de la era digital vinculado a alguna de los proyectos más señalados de la era que vivimos: Archive.org, la memoria digital libre de la web, el acceso a todo el conocimiento generado digitalmente; la Open Book Alliance, o el clamor por una cultura digital de los libros libres; la IDPF y el Epub, o la lucha por el establecimiento y la difusión de un formato abierto y universal. Todo su trabajo gira, me atrevo a afirmar, en torno a dos concpetos básicos: openness y accesibility, apertura y accesibilidad. Eso le ha llevado a ser una de las pocas voces que censuran las iniciativas editoriales de Google por su afán monopolístico y propietario. Ese empeño hace que su opinión y su trabajo trascienda el mundo de los libros, de las editoriales, archivos y bibliotecas, para alcanzar a todo el ecosistema digital y su posible evolución.

Esta tarde, jueves 14 de abril, a las 17.00, en este mismo espacio, podréis disfrutar de la entrevista que le haremos en directo:


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La Alianza por los Libros Libres

Prefiero traducir de esa manera el título de Open Book Alliance que lidera Peter Brantley, asumiendo que open entraña libertad y que la etimología de libro nos invita a utilizarlo como sinónimo de libre. En el texto que alude a su misión se dice: “la digitalización masiva de los libros promete proporcionar un valor tremendo a consumidores, bibliotecarios, científicos y estudiantes. La Open Book Alliance trabajará para hacer avanzar y proteger esta promesa” contra el intento de monopolización que Google Books practica. El hecho, según Brandley, de que Google utilice formatos propietarios, cobre diferidamente por sus servicios y se convierta en un intermediario único a todos los contenidos bibliográficos de la historia de la humanidad, no es solamente una estrategia conservadora sino, sobre todo, una estrategia peligrosa (es cierto que en la OBA hay sospechosos compañeros de viaje, entre ellos Microsoft, Yahho y Amazon, que seguramente serán creyentes de última hora en la libertad de los formatos, pero no siempre pueden elegirse todos los compañeros de vagón).

En la página de inicio de la alianza pudimos leer hace unos días lo que hoy ha publicado la prensa nacional: Google’s Shutterbug Stumble, la denuncia que la American Society of Media Photographers, la Graphic Artists Guild, la North American Nature Photography Association y los Professional Photographers of America, han interpuesto contra Google por digitalización ilegal y falta de compensación de los derechos de la propiedad intelectual arrebatados sin permiso. En el fondo Google procede como muchos de los lugares de descarga ilegal de contenidos: atraen una gran cantidad de tráfico y se financian con el dinero que la publicidad genera. La Federación de Gremios de Editores de España argumenta hoy, precisamente, que se “han detectado alrededor de 200 webs dedicadas a la “piratería digital de libros“, lo que no es otra cosa, en términos generales, que esa gran cantidad de buscavidas digitales que buscan circulación en sus sitios mediante la distribución ilegal de contenidos protegidos. La cuestión, me parece a mi, sería saber por qué se llama defensa de la cultura libre a esos sitios de manilargos digitales y por qué no reciben el mismo trato los chicos de Google, o viceversa.

En todo caso, la cifra de 150 millones de euros (sin avalar, al menos todavía, por estudio empírico alguno), enmascara, a mi juicio, falta de oferta y, sobre todo, falta de ambición y coordinación en una estrategia digital global de toda la cadena de valor del libro. Mientras eso no exista, proliferará todo lo demás. Por eso cobra especial relevancia recordar empresas como la de BookServer (liderada también por Brantley), que permite localizar cualquier libro o contenido escrito allí donde esté, independientemente de cuál sea su editor o su distribuidor, en un claro intento por universalizar el acceso sin monopolios ni formatos propietarios.

Esa es la parte que más me interesa del trabajo de Peter Brantley y, si todo va como debe, el próximo miércoles nos dará una sorpresa en este mismo blog.

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Nadie acabará con los libros

El último fin de semana Manuel Rodríguez Rivero señalaba en el suplemento Babelia que Jason Epstein, en el reciente artículo aparecido en el New York Review of Books, “Publishing: the Revolutionary Future“, había dejado dicho que la actual resistencia de los editores al imparable futuro digital surge “del comprensible temor a su propia obsolescencia y a la complejidad de la transformación digital que les espera, y en la que buena parte de su tradicional infraestructura y, quizás también ellos mismos, serán redundantes”. Siendo eso cierto y sin que quepa réplica alguna, conviene añadir algún comentario adicional para comprender el mensaje completo de Epstein, para entender que si bien el futuro digital es inequívoco e irrevocable, conviene realizar ciertas matizaciones relacionadas con la pervivencia de los libros tradicionales y con las fórmulas creativas pretendidamente periclitadas. Ese mensaje, en todo caso, no es nuevo, porque ya estaba contenido casi en su integridad en la conferencia que impartió en el penúltimo TOC New York.

Epstein añade, en alusión a la nueva personalidad del editor, redimida y reinventada gracias a las tecnologías digitales: “los editores pueden realizar la promoción de un fondo prácticamente ilimitado de libros sin inventarios físicos, sin gastos de distribución o copias físicas invendidas y devueltas a crédito. Los usuarios pagarán anticipadamente el producto que compren. Eso significa que incluso las herramientas automatizadas que Amazon proporciona para facilitar los envíos serán superadas por los inventarios electrónicos. Esto sucedía hace ahora veinticinco años. Hoy la digitalización está sustituyendo a la edición física más de lo que hubiera podido imaginar”. Este mensaje no solamente alude a los editores, que quede claro: compromete a los distribuidores y, cómo no, a los libreros, presos de sus certezas tradicionales y de un inmovilismo casi atávico. En todo caso, no conviene olvidar que Jason Epstein es el creador de la celebérrima Expresso Book Machine, una máquina de impresión digital (que no está todavía a la venta en Europa por problemas en sus licencias de comercialización) pensada para que el librero se convierta en impresor, a la antigua usanza cervantina.

En ningún caso argumenta Epstein, y esto sí conviene resaltarlo para completar el sentido y la intención del artículo, que los libros en papel vayan a desaparecer, muy al contrario: “los libros electrónicos”, añade escuetamente después de explayarse en párrafos previos, “serán un factor significativo en este futuro incierto, pero los libros impresos y encuadernados actuales continuarán siendo el repositorio irremplazable de nuestra sabiduría colectiva”. En realidad, de lo que Epstein habla es de gestión digital integral de la cadena de valor del libro, algo que comprende y excede al mismo tiempo el concepto de digitalización, más estrecho y ceñido a un procedimiento concreto. Su opinión parece venir avalada por la de otro gigante con libro recién aparecido, Umberto Eco: en Nadie acabará con los libros, un conjunto de entrevistas realizadas por Jean-Claude Carrière, asegura: “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”.

Pero Epstein arremete contra otras de las convenciones políticamente correctas de los últimos tiempos, casi tan extendidas como la de la desaparición de los libros en papel. Me refiero a la convención tan defendida por el ala del digitalismo colaborativo de que las modalidades de creación discursivas y literarias tradicionales desaparecerán: nada, dice el editor norteamericano, hará que un mashup colaborativo sustituya por acumulación y casualidad el trabajo de Dickens o de Melville. Y en contra de lo que en el mismo Babelia del sábado pasado sostuviera José Antonio Millán, en “La Biblia, al aparato“, en la que sostenía que “una forma novedosa de “leer” los cómics del pasado o imaginar las obras del futuro” será aquella en que se combinen “en dispositivos portátiles, imágenes, texto, movimientos, sonido, interactividades…”, Epstein responde: “aunque los bloger anticipen una diversidad de proyectos comunales y de nuevos tipos de expresión, la forma literaria ha sido marcadamente conservadora a través de su larga historia mientras que el acto de la lectura aborrece esa clase de distracciones que los elementos de la web intensifican -acompañamiento musical, animaciones, comentarios críticos y otros metadatos-, componentes que algunos profetas de la era digital prevén como márgenes rentables para los proveedores de contenidos”.

Nadie acabará con los libros, parecen decir los dos grandes expertos, Eco y Epstein, y es posible que esté haciéndome mayor, porque cada vez estoy más de acuerdo con ellos.

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Star Trek y el futuro de la edición

En los años 80 la serie de Star Trek mostró un dispositivo multiuso y multipropósito, ubicuo en su conectividad, que se denominaba Personal Access Display Device, esto es, PADD, que suena, cómo no, a IPad.

El sueño, por tanto, de la pantalla total -y tomo prestado el título del famoso libro de Baudrillard-, viene ya de lejos, con sus ecos de acceso ubicuo, total, automático, transparente, inmediato y desintermediado a la realidad. La revista Wired, en su último número, lo tiene claro: el Tablet cambiará el mundo, la manera en que interaccionamos con los dispositivos, la forma en que leemos y miramos, la computación misma, de la mano de quienes, paradójicamente, inventaron la computación. “All the impact (and more) of print, with the convenience of digital delivery”, dice el editor de una de las revistas más influyentes del orbe.

Lo cierto es, no obstante, es que lo que están comenzando a hacer los editores utilizando distintos conversores de formatos, como Woodwing (a cuyo webinar acabo de asistir), es prolongar o volcar el formato tradicional del texto en el nuevo contenedor, con efectos recortados o limitados. La web, en cambio, nos ha enseñado otras cosas, discutibles, pero diferentes: que un discurso puede trasladarse de la página de un libro a una red de comentaristas dispersos que comparten una pantalla, que los libros pueden convertirse en conversaciones y que la dimensión social de la lectura y de la escritura puede adquirir un nuevo sentido mediante el uso de esas herramientas (y me refiero, por ejemplo, a experimentos como CommentPress). El libro, como dijo Bob Stein en la última Feria del Libro de Guadalajara, podría convertirse en un lugar en torno al cual la gente se congregaría y conversaría. Y no parece que el Ipad haya apostado por nada de eso y, aunque revolucionario en muchos aspectos, no deja de ser un contenedor digital de contenidos formalmente tradicionales.

En Star Trek, si no recuerdo mal, también se viajaba en el tiempo, se flotaba por efecto de la antigravedad y la gente se teletransportaba. ¿Para cuándo todo eso dentro del PADD, digo, del IPad?

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