‘Humanidades digitales’

El fortalecimiento digital de las humanidades

Hasta fecha muy reciente se ha pensado que el autismo era una enfermedad mental irreversible fruto de alguna clase de arreglo neurológico. Recientemente, sin embargo, se ha dado con una pista bacteriológica que indica que esa afección podría provenir del sistema digestivo, y que parte de la terapia curativa dependería del tipo de alimentación ingerida. Lo más reseñable de este fenómeno -que descubrí en un documental de ARTE, L’enigme de l’autisme: la piste bactérienne-, es que en gran medida ha sido propiciado por la comunidad de afectados, por los padres y madres que, en vista de los efectos que los cambios de régimen tenían sobre la evolución de sus hijos, decidieron elevar esta vía de terapia alternativa a la consideración de los científicos.

Pero no es este el único caso de afectados por patologías aparentemente intratables, a menudo excluidas y segregadas, que encuentran en la indagación amateur, la veta de una solución al problema que la ciencia no alcanzaba. Algunos ejemplos sobresalientes: el más famoso de todos ellos quizás sea el de El aceite de Lorenzo, el de aquellos padres que, hartos de los protocolos médicos y de la pasividad farmacéutica, decidieron tratar la Adrenoleucodistrofia (ALD) de su hijo con un tratamiento desarrollado por ellos mismos. La vida no podía esperar a que los ensayos clínicos dieran sus resultados. De ahí, además de una película conocida, surgió una plataforma de acción conjunta extremadamente activa de enfermos aquejados de esa misma patología: la Asociación francesa contra las miopatías. Algo parecido ocurrió en los primeros años en los que el SIDA fuera considerado como una especie de peste rosa: esa forma de discriminación y apartamiento, además de las discrepancias en torno a los efectos de los medicamentos, fue lo que puso en pie ACT UP, asociación que coaguló su estrategia de intervención en torno a la web. Son tantas las enfermedades ignoradas, relegadas u olvidadas, y tanta la soledad y desesperación de quien las padece, que existen sitios como Patientslikeme que pretenden proporcionar una plataforma de encuentro e intercambio de apoyos y conocimientos que sirva para encontrar vías de investigación más allá de la ciencia.

Todas esas experiencias tienen en común tres cosas: haber sufrido desatención y desprecio por parte de los científicos, médicos o farmacéuticos; haber ensayado vías alternativas que alumbraron soluciones inéditas; crear redes de apoyo mutuo, una nueva arquitectura de la cooperación y el conocimiento que rompe con las reglas tradicionales del laboratorio ensimismado. A eso se le denomina ciencia ciudadana, a la necesidad de incorporar a la gestión de la ciencia a los ciudadanos y comunidades afectados, capaces de aportar una nueva visión y manera de hacer las cosas, una nueva epistemología, al fin y al cabo.

Científicas tan relevantes como Helga Nowotny, por ejemplo, presidenta del European Research Council, hablan de un Modo 2 de la ciencia, de una ciencia 2.0, cabría decir, aquella capaz de sumar el conocimiento científico acumulado con una nueva fundamentación social. De ahí la importancia de la web como plataforma sobre la que construir una arquitectura colaborativa, de cogestión del conocimiento, diferente, y de ahí la importancia de que esa mirada transversal del conocimiento se incorpore de inmediato a nuestras caducas universidades.

Sobre este asunto del fortalecimiento digital de las humanidades discutiremos la próxima semana en la Universidad de La Coruña, dentro del seminario Humanidades digitales: edición y difusión.

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Internet y ciudadanía digital

Internet -feliz en tu día- es un fenómeno poliédrico e irreductible a una sola dimensión: ¿qué nos interesa más? ¿su dimensión filológica e hipertextual, donde los textos se expanden y fluyen reticularmente? ¿su dimensión de biblioteca universal consumada, convertida en sueño de Borges? ¿su dimensión potencialmente colaborativa, de inteligencia agregada y esfuerzos compartidos? ¿su naturaleza transmedia, soporte de nuevos géneros y nuevos lenguajes? ¿su carácter como plataforma de servicios múltiples, de los administrativos y financieros a los sanitarios y comerciales? ¿su capacidad para transformar la educación tal como la hemos entendido hasta hoy, al proporcionar a quien quiera saber los medios y los contenidos para hacerlo?

Sin duda todos esos y tantos otros como a cualquiera pudieran ocurrírsele. A mí, en todo caso, cada vez me interesa más la dimensión cívica y colaborativa de la red, su capacidad de convertirse en instrumento de indagación, de pesquisa, de investigación, de interpretación y debate. Su capacidad para agregar colectivos que comparten intereses, a menudo ocultos o negados, de manera horizontal y acéfala, distribuida y reticular. Su facultad de generar nuevas formas de organización política y social, de la que tanto desconfían y recelan quienes no han conocido otra cosa que la disciplina jerárquica de los partidos tradicionales. La posibilidad cierta que ofrece para transformar la ciencia absorta y la práctica académica sorda a las necesidades sociales, al brindar la posibilidad de que determinados colectivos, afectados por una situación determinada o interesados por un problema concreto, arrojen luz allí donde la ciencia no lo hizo y abran con esa nuevas vías para comprender lo que sucede y para intervenir de manera consecuente.

Para mi esas son, verdaderamente, las humanidades digitales, no la sinécdoque que a menudo encontramos en artículos, seminarios y congresos donde prima la dimensión meramente filológica o textual del fenómeno.

La semana pasada se celebró en San Sebastián el Congreso Internacional de Ciudadanía digital donde se exploraron, como no podría ser de otra manera, asuntos relacionados con la capacidad de los ciudadanos para anudar sus relaciones e intervenir políticamente en conflictos o situaciones que lo requieran; con nuevas formas de participación política más directa y modalidades de administración más amables y transparentes; con la necesidad de convertir la tecnología en aliada de una educación expandida que fomente la responsabilidad y la participación; con la necesidad de que todo esto ocurra sobre una red neutral cuya seguridad e imparcialidad sea garantizada por las autoridades.

Esas voces globales que se hacen oir gracias al uso de internet, de periodismo ciudadano, no hacen otra cosa que reclamar el protagonismo que merecen interviniendo de manera activa en los asuntos que a todos nos conciernen. Nuestras voces locales están aquí cerca (Toma la plaza, Democracia Ya, Movimiento 15M, etc.) No es casualidad, por eso, que los Premios 2012 ARS Electronica hayan recaído, en el apartado de comunidades digitales, en los movimientos ciudadanos en contra del tiránico régimen sirio, tal como lo atestigua Syrian people know their way. El activismo, el arte y la intervención se confunden en una sola cosa.

Esa es, o esas son, las dimensiones de empoderamiento ciudadano que más me interesan, y esa es la modalidad de humanismo digital de la que me interesa hablar.

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Manifiesto por unas humanidades digitales 2.0.

El departamento de Digital Humanities & Media Studies de la Universidad de California (UCLA) ha lanzado a la red The Digital humanities Manifesto 2.0, un manifiesto por unas nuevas humanidades cuya forma de concebir, generar, distribuir y utilizar el conocimiento no sea ya, únicamente, la de la cultura impresa, sino la de una hibridación de medios donde lo impreso quede absorbido en una amalgama digital de modos de comunicación, de nuevas modalidades de discurso académico y de circulación del saber que exceden los estrechos canales que el papel imponía.

El texto comienza de la siguiente manera:

“Las humanidades no son un campo unificado sino un conjunto de prácticas convergentes que explorar un universo en el que: A) lo impreso no es ya el medio exclusivo o normativo en el que el conocimiento es producido y/o diseminado; al contrario, lo impreso es absorbido en nuevas configuraciones multimedia; y B) las herramientas, técnicas y medios digitales han alterado la producción y diseminación del conocimiento en las artes, las humanidades y las ciencias sociales. Las Humanidades Digitales tratan de jugar un papel inaugural en lo que respecta a un mundo en el que, no siendo ya los únicos productores, administradores y diseminadores del conocimiento o la cultura, las universidades están llamadas a desarrollar modelos de discurso académico nativamente digitales destinados a las esferas públicas emergentes de la presente era (la www, la blogosfera, las bibliotecas digitales, etc.), a modelar la excelencia y la innovacion en estos dominios, a facilitar la formación de redes de producción del conocimiento, de intercambio y diseminación que son, al mismo tiempo, globales y locales”.

Si a esta indiscutible realidad se suma el hecho de que en el ámbito de la ciencia el prestigio y el reconocimiento de la propia comunidad es el tipo de capital más apreciado, que el renombre es la moneda que circula en ese restringido ámbito de prácticas muy especializado, hacer circular el conocimiento de manera abierta y sin restricciones es, qué duda cabe, la manera más pertinente en que los científicos pueden y deben usar la potestad que la Ley de Propiedad Intelectual les atribuye. El manifiesto dice, a este respecto:

“Lo digital es el ámbito del open source, de los open resources“, y lo dejo en inglés porque el juego de palabras resulta intraducible, de los recursos y las fuentes abiertas si nos conformáramos con una traducción literal. “Cualquier cosa que pretenda cerrar este espacio debería ser reconocida como lo que es: el enemigo”, y esta reclamación de independencia radical de la web como espacio de creación y diseminación del conocimiento abierto, como procomún o plataforma pública de circulación del saber, está formulada por la Universidad que ocupa el puesto decimoctavo en el ranking mundial de universidades, tal como nos muestra el laboratorio de Webometrics. Sorprende, incluso, la radicalidad de su formulación, acostumbrado como uno está a las timoratas reacciones de los científicos españoles, a su desentendimiento digital y su bovina adoración del ISI y los índices de impacto: “afirmamos, por eso”, aducen los redactores del manifiesto, “el valor de lo abierto, de lo infinito, de lo expansivo, de la universidad/museo/archivo/biblioteca sin muros, de la democratización de la cultura y de la erudición”.


Incluso su interpretación del copyright y de las prácticas insurgentes a las que conminan a los científicos, son casi insólitas (no en los círculos de acérrima defensa del copyleft, pero sí en los de la ciencia, no digamos ya en los de la creación): “Los humanistas digitales”, dice el manifiesto, “defienden el derecho de los elaboradores de contenidos, sean estos autores, músicos, codificadores, diseñadores o artistas, a ejercer control sobre sus creaciones y a evitar explotaciones desautorizadas; pero este control”, afirman, “no debe comprometer la libertad para reelaborarlos, criticarlos y utilizarlos para propósitos de investigación o educación. La propiedad intelectual debe abrir, no cerrar, el intelecto, el procomún”. Quizás sea excesivo equiparar las prácticas científicas y el uso de la propiedad intelectual que de ella se deriva con el resto de las prácticas vinculadas a la creación artística, pero el reto intelectual, el debate, son pertinentes.

“Las humanidades digitales”, dicen los autores del manifiesto, “deconstruyen la materialidad misma, los métodos y los medios de la indagación y las prácticas humanísticas”. Y a lomos del tsunami digital, como jinetes de una ola imparable, invocan a una forma de insurrección que tiene como objeto “hackear el viejo sistema jerárquico universitario e inventar algunas nuevas mixturas por nuestra cuenta”.

¿Dispondremos alguna vez de una formulación similar que provenga del ámbito académico español, de una reconsideración de las prácticas académicas y científicas, de generación y diseminación del conocimiento, a la luz de las prácticas digitales?:  Antonio Lafuente, Alberto Corsín y Adolfo Estalella se proponen en el Hacking Academy Studio reflexionar, precisamente, reflexionar sobre estas prácticas activamente, proporcionando a quien entienda que debe obrar digitalmente, las herramientas que le permitan cambiar su manera de hacer y comunicar.

El próximo 23 y 24 de abril discutiremos de todos estos extremos en el encuentro internacional Cologne Dialogue on Digital Humanities.

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