‘Industria editorial’

¿Alguien se atreverá a hablar de Ecoedición?

Según el informe GEO5 publicado por Naciones Unidas con ocasión de la cumbre de RIO+20,

El aumento de la urbanización ha contribuido a generar más desechos, por ejemplo, desechos electrónicos en general y desechos más peligrosos procedentes de actividades industriales y de otro tipo. Los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) produjeron unos 650 millones de toneladas de desechos municipales en 2007, que han ido creciendo en torno al 0,5-0,7 por ciento cada año, y de los cuales entre el 5 y el 15 por ciento eran desechos electrónicos.  Hay indicios de que el destino final de la mayoría de los desechos electrónicos es el mundo en  desarrollo y que, a escala mundial, los países en desarrollo podrían generar el doble de los desechos electrónicos que los países desarrollados para el año 2016.

 

Los argumentos meramente propagandísticos sobre una industria editorial digital más verde que la basada en el papel no parecen, en consecuencia, muy consistentes. Poco antes del inicio de la cumbre, Naciones Unidas alertó, literalmente, de que se producirán cambios sin precedentes en la tierra si no se interviene de manera urgente, decidida y global, cambiando un modelo productivo basado en el cargono y en la depredación de los recursos naturales. Por lo que atañe a nuestra desentendida industria editorial, que sigue consumiendo fibras de papel procedentes de lugares sin trazabilidad conocida (o demasiado conocida, como llevan tiempo denunciando muchos colectivos), puede leerse:

“el ritmo al que se pierden los bosques, especialmente en los trópicos, sigue siendo alarmantemente elevado”, algo que atribuye a que “el crecimiento económico ha tenido lugar a expensas de los recursos naturales y los ecosistemas; debido a los incentivos perjudiciales, es probable que solo la deforestación y la degradación de los bosques supongan un costo para la economía mundial, incluso, superior a las pérdidas derivadas de la crisis financiera de 2008”.

 

Nuestra industria a penas ha prestado dos minutos de atención a los implacables efectos adversos que su ejercicio comporta, al enorme impacto ambiental que se deriva de sus actividades (papel, fabricación y extracción; producción, combustibles, uso de tintas, energía; distribución, etc.). Entre nosotros, es más que meritorio, por eso, el trabajo y el esfuerzo de Greeningbooks (iniciativa que viene del Parlament de la EcoEdicio y de sus actividades señeras), un trabajo que ha arrojado estudios sobre buenas practicas ecoeditoriales, sobre el impacto medioambiental de los libros electrónicos y, recientemente, sobre la mejora de la actuación medioambiental de las publicaciones desde el diseño a la lectura.

Hablar y debatir sobre este tema, en una situación de crísis irreversible -más duradera y profunda que cualquier crisis financiera-, me parece, por eso, un imperativo. ¿Alguien se atreverá a hablar de ecoedición, a darle el espacio y el lugar que su discusión merecen?

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Intemperies editoriales

En el último número de la (imprescindible) revista Texturas, una mansa lluvia digital empapa por completo nuestro ya anegado (por no decir ahogado) ecosistema editorial. Un paraguas intenta protegernos de esa aparente inclemencia, pero su consistencia analógica se desvanece en un sinfín de píxeles, integrándose irreversiblemente en el aguacero digital. Nada hay que pueda escapar ya a la transformación electrónica, nada hay que quede ya de la cadena de valor analógica.

Manuel Gil lo lleva advirtiendo en varias de sus últimas entradas, pero seguimos sin darnos por aludidos, como si esconder la cabeza bajo tierra nos librara del chaparrón: durante la segunda mitad del siglo XX y el primer decenio del actual, los editores enviaban sus novedades a las librerías, percibían el abono que les permitía financiar sus gastos corrientes y la edición de sus novedades subsiguientes, recibían las devoluciones al tiempo que realizaban nuevas y simultáneas implantaciones, y así se realimentaba un ciclo pernicioso de financiación que ha llegado hasta hoy. Los libreros, sin embargo, hastiados de novedades, incapaces de gestionarlas e irritados por haberse convertido en financiadores de esa maquinaria editorial refleja, han decidido no abonar muchas de las implantaciones masivas que los sellos editoriales (sobre todo los medios y grandes), realizaban hasta ahora. Eso significa que el flujo de financiación se ha acabado (el de los bancos y el descuento de las letras había cesado hace ya mucho), que nadie podría seguir ya trabajando en la suposición de que una implantación excesiva sirva para sostener el catálogo, aunque tratándose de una crísis sistémica de la cadena de valor, los libreros serán, seguramente, los peor parados, porque sin editoriales y sin libros su papel apenas resulta ya justificado ni necesario.

Si, además, como sostiene con gran acierto Arantxa Mellado, en el mencionado número de Texturas, en el artículo “La evolución de las especies (editoriales)”, las tecnologías digitales están favoreciendo modos de desintermediación inusitados que generarán nuevos tipos de autores más allá del literato tutelado, que sepan valerse de los recursos y tecnologías que la web les da para crear, distribuir y llegar a sus públicos potenciales valiéndose o no de los servicios que les proporcionen los editores, nos encontramos ante lo que lo irreversible: “la cadena de valor del libro”, dice Mellado, “se está transmutando en una red de valor; va a dejar de ser lineal para transformarse en reticular, con nuevos agentes, nuevos oficios, nuevos canales de distribución, nuevos canales de venta, nuevos lectores, nuevos consumidores y nuevos productos editoriales enlazados entre sí formando las ramificaciones que conforman la Red”.

Si a eso sumamos que el sistema de producción y de financiación editorial no podrá seguir basándose en las tiradas masivas e indiferenciadas en offset, porque ya no paga nadie por ello (ni lectores ni libreros), solamente queda asumir que la tecnología digital es -como se titula uno de los artículos de Texturas- un factor de liberación y emancipación antes que una amenaza.

La lluvia de código de Matrix nos ha empapado, nadie está a resguardo, todos nos encontramos a la intemperie. No estaría de más que los Gremios dedicaran algo de tiempo a pensar, en profundidad, sobre esta irreversible transformación y las maneras más cabales y colectivas de abordarla.

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Artistas y empresarios culturales

Parece que cuando Ludwig Van Beethoven compuso la Misa en re, la Misa Solemnis, se enfrentó a dos problemas: uno el de llevar los registros de las voces del coro hasta extremos entonces desconocidos, hasta el punto de que muchos críticos tomaron los tomaron como herejías o desatinos; otro, que Beethoven ensayó dos maneras de  hacer comercialmente viable la obra, una innovadora, mediante la venta de los derechos de reproducción de las partituras a los editores, y otra más tradicional y conocida en el momento, que es la que acabó utilizando, mediante la suscripción y el mecenazgo del grupo de aristócratas que lo respaldaron.

Como muchos otros músicos del siglo XIX, Beethoven conocía los recursos mediante los cuales un músico podía ganarse la vida: convirtiéndose en maestro de capilla, siendo amparado por un aristócrata u, ocasionalmente, adiestrando a su distinguida prole en los misterios de la armonía musical. Esa realidad en declive, sin embargo, había comenzado a convivir con otra muy distinta: la de los adinerados burgueses que estaban interesados en revestirse del lustre cultural que les correspondía. No cabía pensar ya en que pudieran hacerse cargo personalmente de un músico, pero sí de fundar sociedades de conciertos y salas de audición donde, por medio de la venta de entradas, cualuqiera que pudiera pagarlas escuchara las composiciones de los grandes maestros. La misma idea del autor como genio irrepetible y autónomo tiene mucho que ver con ese nuevo contexto en el que el artista no depende ya, por completo, del mecenas que lo mantiene, sino que vende e interpreta libremente sus obras a quien quiera adquirirlas y escucharlas. Lo mismo que le pasaba a Beethoven le estaba ocurriendo a Flaubert.

Leo todo esto -con fruición, porque se trata de un inédito rescatado, de una mínima joya encontrada en el arcón de las conferencias que Pierre Bourdieu pronunció a lo largo de su vida sin necesidad de que fueran transcritas o editadas- en Breve improntu sobre Beethoven, artista empresario, y  encuentro un parangón obvio con la época en que vivimos: “la particularidad de la fase de transición es que hace coexistir dos categorías de posibilidades que normalmente se excluyen”, dice Bourdieu, “pero que es posible acumular a condición de querer y saber conciliarlas prácticamente”. Beethoven fue, en eso, un artista que comprendió que la viabilidad de su música dependía del modelo de financiación que utilizara para desplegarla; más aún, que la evolución orquestal que su música requería demandaba salas de audición y despligue de instrumentos que un añejo músico de cámara no hubiera podido utilizar. De ahí que asumiera naturalmente esa doble condición de artista y empresario, porque no cabía concebir la evolución de su trabajo artístico al margen de su fundamentación empresarial.

Hoy vivimos, exactamente, en una nueva fase de transición donde se suman e influyen mutuamente los cambios en el tipo de público, en la naturaleza de la demanda, en la clase de oferta que se les propone. Si antaño Beethoven vivió la transición entre la aristocracia y la burguesía, la música de cámara y la orquestal, la interpretación en recintos privados o en salas de audición, el mecenazgo y la compra de entradas, hoy nos debatimos entre los viejos hábitos de lectura y de compra, de creación y comunicación, y las nuevas modalidades de creación, lectura y difusión que nos abre el universo digital.  “Beethoven fue”, dice Bourdieu, “un gran innovador músical porque fue un gran empresario innovando a la vez en el plano músical y en el económico”.

Es ahí donde, quizás, debamos concentrarnos: “hoy los editores no están ya en el negocio de superar la escasez sino de manufacturar la demanda. Y eso significa que casi todas las innovaciones en creación, consumo, distribución y uso de los textos llega desde el exterior de la industria editorial tradicional”, dice Clay Sharky en una recomendable entrevista: How we will read.

¿Comó será ese público, y los productos que demanden, el tipo de contenidos y creaciones que deseen consultar, la forma en que querrán consumirlos?

Habrá que esforzarse, en esta era de transición, en imitar la inteligencia artística y empresarial de Beethoven.

 

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Los secretos (a voces) de la edición

Nadie que lea el imprescidible La cara oculta de la edición, de Martine Prosper (secretaria general del principal sindicato de la edición francesa, el CFDT Livre-Édition), que tenga algunos años de experiencia en el sector y que la costumbre, la inercia o el cinismo no le hayan adormecido por completo, podrá dejar de reconocerse en lo que enuncia y evidencia: la precariedad estructural del sector; la desprotección y la desconsideración progresivas de quienes trabajan en su creación, producción, venta y distribución; la inseguridad acrecentada de las condiciones salariales y laborales de buena parte de los profesionales que se ven obligados a aceptar una situación de puros menestrales; la inexistente conciencia y voluntad gremial, menos aún intergremial, en momentos donde es más necesaria que nunca; la contradicción que esa situación representa respecto a la supuesta naturaleza de un oficio que defiende los valores universales del humanismo.

Y esto se manifiesta desde Francia, un país que no tiene parangón, en cuanto a condiciones laborales en el sector editorial, con el nuestro: existe un convenio colectivo propio del sector; un Sindicato Nacional de la Edición que se encarga, entre otras cosas, de definir escalas salariales, perfiles de puestos de trabajo y tramos de formación continua para todos los profesionales del sector; una entidad de gestión de los derechos de autor, la Société Française des Intérêts des Auteurs de l’écrit, que se encarga, entre otras cosas, de destinar la mitad del dinero recaudado a la dotación del plan de pensiones complementarios de los autores y, la otra mitad, directamente a los autores y editores representados; una modalidad de préstamo de pago instaurado en las Bibliotecas públicas que corre a cuenta del erario estatal y que revierte en beneficio de los autores. Aun con todo, y salvando esas enormes diferencias de conciencia y representatividad, el fenómeno de la concentración empresarial, de la fragilidad de las condiciones laborales, de la proletarización de buena parte de los oficios pertenecientes a la cadena de valor tradicional del libro, son una evidencia incontestable.

Esas son las bambalinas oscuras de la edición, siempre revestida de un halo simbólico de sublimidad cultural que a duras penas se corresponde con la realidad laboral del sector. Entre nosotros, atomizados, disgregados, desunidos, apenas resulta plausible pensar en iniciativas colectivas de ninguna índole, menos aún de tinte sindical o reivindicativo. El carácter nanoindustrial de la mayor parte del tejido empresarial (micropymes en economía de guerra), el tamaño desproporcionado de los grandes grupos (dentro de los que apenas existe otra política empresarial que no sea la del paternalismo condescendiente que tan bien dibuja Martine Prosper), sumado a la situación de transición de los modelos empresariales en este mundo digital, hace poco factible cualquier iniciativa que agrupe a los distintos gremios.

Y, sin embargo, como señala Prosper, esa imposibilidad es ahora más necesaria, históricamente, que nunca. Vale la pena citar con cierta extensión: “si los editores se decidieran a poenr en práctica sus grandes discursos humanistas, en el ámbito social podrían abrirse numerosas vías. Fijar tarifas mínimas para los teletrabajadores, correctores y demás [...]; incluir como anexo en la negociación colectiva un código de buenas prácticas para los becarios y otro para los autónomos [...]; negociar medidas concretas en favor de los salarios y el desarrollo profesional [...]; definir las prioridades de formación relativas a lo digital [...]; dar prueba de transparencia en las cuentas de las empresas [...]; dar amplia cabida al diálogo social”. Pero sobre todo, y en esto quisiera hacer especial hincapié, “de cara a los desafíos de su propio futuro: la evolución del mercado del libro, electrónico y en papel, va a requerir nuevas competencias y cambiar los oficios de la edición”. De ahí que “la formación vaya a ser sin duda alguna el gran desafío de los próximos años en el mundo editorial, y con ella el factor humano. Personal competente, motivado, respetado [...]“.

Esos son, al menos algunos de ellos, los secretos, a voces, de la edición.

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El irreversible final de la industria gráfica

El irreversible final de la industria gráfica, al menos tal como la conocíamos, podría ser el título completo de la entrada de hoy. Es posible que algunos, nada más leer el título, piensen que soy un agorero, un pájaro de mal agüero, un entremetido inexperto, pero como los hechos suelen ser tozudos y las noticias circulan sin fronteras, esta semana ManRoland AG, una de los mayores fabricantes del mundo de maquinaria para la producción gráfica, ha realizado una regulación de empleo que ha puesto en la calle a 5000 personas y ha iniciado un procedimiento jurídico para declararse insolvente.

Es seguro que existe más de una causa para explicar ese suceso: la extraordinaria competencia entre los fabricantes de la misma maquinaria; la migración progresiva de muchos productos gráficos en soportes tradicionales a soportes digitales; la merma paulatina del volumen de los trabajos dedicados al mercado editorial; los impagos sucesivos de aquellos clientes que no tienen ya con qué pagar la deuda contraída en la compra de máquinas millonarias; el desplazamiento inelectuble de los átomos a los bites, de un modelo económico analógico a otro digital. Recuerdo ese pasaje premonitorio de Being digital, el panfleto anticipatorio de Negroponte:

Today, I see my Evian story not so much being about French mineral water versus American, but illustrating the fundamental difference between atoms and bits. World trade has traditionally consisted of exchanging atoms. In the case of Evian water, we were shipping a large, heavy, and inert mass, slowly, painfully, and expensively, across thousands of miles, over a period of many days. When you go through customs you declare your atoms, not your bits. Even digitally recorded music is distributed on plastic CDs, with huge packaging, shipping, and inventory costs.

This is changing rapidly. The methodical movement of recorded music as pieces of plastic, like the slow human handling of most information in the form of books, magazines, newspapers, and videocassettes, is about to become the instantaneous and inexpensive transfer of electronic data that move at the speed of light. In this form, the information can become universally accessible. Thomas Jefferson advanced the concept of libraries and the right to check out a book free of charge. But this great forefather never considered the likelihood that 20 million people might access a digital library electronically and withdraw its contents at no cost.

The change from atoms to bits is irrevocable and unstoppable. Why now? Because the change is also exponential—small differences of yesterday can have suddenly shocking consequences tomorrow.

Es posible que así sea y que la transición sea irreversible y que la industria que basaba su trabajo en el transporte de los átomos carezca, en buena medida al menos, de sentido. Al menos es obvio que gran parte de su modelo de negocio, basado en las grandes tiradas de offset o bobina para la industria periodística y editorial, está en las últimas. Que la mayoría lo sabe, y se agarra como un clavo ardiendo a las últimas evidencias y a los últimos encargos.

Adivino que el margen de maniobra que le queda a la industria gráfica en su relación con la editorial pasa por dos sitios: la impresión digital o bajo demanda, a pedido, para ofrecer servicios a puntos de venta, estén donde estén, o a editoriales, instituciones y particulares; la reconversión sostenible de la industria, hoy todavía inapropiadamente contaminante, la tercera industria mundial, según datos fehacientes, por consumo de combustibles fósiles. CEGAL ha comenzado a dar pasos -tal como presentó en el Congreso Nacional de Libreros y en el último LIBER-, para comenzar a pensar en serio qué significa producir y vender después de comprar; el Parlamento de la Ecoedició en Cataluña, con Jordi Bigués a la cabeza,  fue pionero en la preocupación por verdear la industria editorial, y hay que agradecerle los esfuerzo por inventar indicadores como la mochila ecológica, que pretende calcular el impacto de C02 en la producción de un libro.

Mañana se celebra en Madrid un encuentro que cobra mayor sentido y relevancia a la luz de lo antedicho: “Mejora medioambiental del producto impreso. Incremento de la competitividad a través de estrategias de ecoedición“, organizado por Batsgrahp con la participación de algunos de las personas que más están haciendo en los últimos años por la transformación de esta industria: el propio Jordi Bigués o Gonzalo Anguita. Es un buen sitio para pensar sobre el irreversible final de la industria gráfica tal como la conocíamos y sobre su posible reverdecemiento.

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La Alianza por los Libros Libres

Prefiero traducir de esa manera el título de Open Book Alliance que lidera Peter Brantley, asumiendo que open entraña libertad y que la etimología de libro nos invita a utilizarlo como sinónimo de libre. En el texto que alude a su misión se dice: “la digitalización masiva de los libros promete proporcionar un valor tremendo a consumidores, bibliotecarios, científicos y estudiantes. La Open Book Alliance trabajará para hacer avanzar y proteger esta promesa” contra el intento de monopolización que Google Books practica. El hecho, según Brandley, de que Google utilice formatos propietarios, cobre diferidamente por sus servicios y se convierta en un intermediario único a todos los contenidos bibliográficos de la historia de la humanidad, no es solamente una estrategia conservadora sino, sobre todo, una estrategia peligrosa (es cierto que en la OBA hay sospechosos compañeros de viaje, entre ellos Microsoft, Yahho y Amazon, que seguramente serán creyentes de última hora en la libertad de los formatos, pero no siempre pueden elegirse todos los compañeros de vagón).

En la página de inicio de la alianza pudimos leer hace unos días lo que hoy ha publicado la prensa nacional: Google’s Shutterbug Stumble, la denuncia que la American Society of Media Photographers, la Graphic Artists Guild, la North American Nature Photography Association y los Professional Photographers of America, han interpuesto contra Google por digitalización ilegal y falta de compensación de los derechos de la propiedad intelectual arrebatados sin permiso. En el fondo Google procede como muchos de los lugares de descarga ilegal de contenidos: atraen una gran cantidad de tráfico y se financian con el dinero que la publicidad genera. La Federación de Gremios de Editores de España argumenta hoy, precisamente, que se “han detectado alrededor de 200 webs dedicadas a la “piratería digital de libros“, lo que no es otra cosa, en términos generales, que esa gran cantidad de buscavidas digitales que buscan circulación en sus sitios mediante la distribución ilegal de contenidos protegidos. La cuestión, me parece a mi, sería saber por qué se llama defensa de la cultura libre a esos sitios de manilargos digitales y por qué no reciben el mismo trato los chicos de Google, o viceversa.

En todo caso, la cifra de 150 millones de euros (sin avalar, al menos todavía, por estudio empírico alguno), enmascara, a mi juicio, falta de oferta y, sobre todo, falta de ambición y coordinación en una estrategia digital global de toda la cadena de valor del libro. Mientras eso no exista, proliferará todo lo demás. Por eso cobra especial relevancia recordar empresas como la de BookServer (liderada también por Brantley), que permite localizar cualquier libro o contenido escrito allí donde esté, independientemente de cuál sea su editor o su distribuidor, en un claro intento por universalizar el acceso sin monopolios ni formatos propietarios.

Esa es la parte que más me interesa del trabajo de Peter Brantley y, si todo va como debe, el próximo miércoles nos dará una sorpresa en este mismo blog.

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Nadie acabará con los libros

El último fin de semana Manuel Rodríguez Rivero señalaba en el suplemento Babelia que Jason Epstein, en el reciente artículo aparecido en el New York Review of Books, “Publishing: the Revolutionary Future“, había dejado dicho que la actual resistencia de los editores al imparable futuro digital surge “del comprensible temor a su propia obsolescencia y a la complejidad de la transformación digital que les espera, y en la que buena parte de su tradicional infraestructura y, quizás también ellos mismos, serán redundantes”. Siendo eso cierto y sin que quepa réplica alguna, conviene añadir algún comentario adicional para comprender el mensaje completo de Epstein, para entender que si bien el futuro digital es inequívoco e irrevocable, conviene realizar ciertas matizaciones relacionadas con la pervivencia de los libros tradicionales y con las fórmulas creativas pretendidamente periclitadas. Ese mensaje, en todo caso, no es nuevo, porque ya estaba contenido casi en su integridad en la conferencia que impartió en el penúltimo TOC New York.

Epstein añade, en alusión a la nueva personalidad del editor, redimida y reinventada gracias a las tecnologías digitales: “los editores pueden realizar la promoción de un fondo prácticamente ilimitado de libros sin inventarios físicos, sin gastos de distribución o copias físicas invendidas y devueltas a crédito. Los usuarios pagarán anticipadamente el producto que compren. Eso significa que incluso las herramientas automatizadas que Amazon proporciona para facilitar los envíos serán superadas por los inventarios electrónicos. Esto sucedía hace ahora veinticinco años. Hoy la digitalización está sustituyendo a la edición física más de lo que hubiera podido imaginar”. Este mensaje no solamente alude a los editores, que quede claro: compromete a los distribuidores y, cómo no, a los libreros, presos de sus certezas tradicionales y de un inmovilismo casi atávico. En todo caso, no conviene olvidar que Jason Epstein es el creador de la celebérrima Expresso Book Machine, una máquina de impresión digital (que no está todavía a la venta en Europa por problemas en sus licencias de comercialización) pensada para que el librero se convierta en impresor, a la antigua usanza cervantina.

En ningún caso argumenta Epstein, y esto sí conviene resaltarlo para completar el sentido y la intención del artículo, que los libros en papel vayan a desaparecer, muy al contrario: “los libros electrónicos”, añade escuetamente después de explayarse en párrafos previos, “serán un factor significativo en este futuro incierto, pero los libros impresos y encuadernados actuales continuarán siendo el repositorio irremplazable de nuestra sabiduría colectiva”. En realidad, de lo que Epstein habla es de gestión digital integral de la cadena de valor del libro, algo que comprende y excede al mismo tiempo el concepto de digitalización, más estrecho y ceñido a un procedimiento concreto. Su opinión parece venir avalada por la de otro gigante con libro recién aparecido, Umberto Eco: en Nadie acabará con los libros, un conjunto de entrevistas realizadas por Jean-Claude Carrière, asegura: “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”.

Pero Epstein arremete contra otras de las convenciones políticamente correctas de los últimos tiempos, casi tan extendidas como la de la desaparición de los libros en papel. Me refiero a la convención tan defendida por el ala del digitalismo colaborativo de que las modalidades de creación discursivas y literarias tradicionales desaparecerán: nada, dice el editor norteamericano, hará que un mashup colaborativo sustituya por acumulación y casualidad el trabajo de Dickens o de Melville. Y en contra de lo que en el mismo Babelia del sábado pasado sostuviera José Antonio Millán, en “La Biblia, al aparato“, en la que sostenía que “una forma novedosa de “leer” los cómics del pasado o imaginar las obras del futuro” será aquella en que se combinen “en dispositivos portátiles, imágenes, texto, movimientos, sonido, interactividades…”, Epstein responde: “aunque los bloger anticipen una diversidad de proyectos comunales y de nuevos tipos de expresión, la forma literaria ha sido marcadamente conservadora a través de su larga historia mientras que el acto de la lectura aborrece esa clase de distracciones que los elementos de la web intensifican -acompañamiento musical, animaciones, comentarios críticos y otros metadatos-, componentes que algunos profetas de la era digital prevén como márgenes rentables para los proveedores de contenidos”.

Nadie acabará con los libros, parecen decir los dos grandes expertos, Eco y Epstein, y es posible que esté haciéndome mayor, porque cada vez estoy más de acuerdo con ellos.

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Neocolonialismo editorial y la república mundial (digital) de las letras

Jorge Volpi, en su último libro premiado, El insomnio de Bolivar, dedica ciertas consideraciones a la desigualdad en la balanza comercial editorial entre Iberoamérica y España o, lo que quizás sea más grave e intolerable aún, a una forma poco larvada de neocolonialismo cultural que consiste en que todo el campo literario iberoamericano gravita en torno a los polos de la industria editorial española, a Madrid y Barcelona. Para que un escritor latinoamericano triunfe, debe aspirar, firmemente, a ser editado por un sello español, a escapar de la consoladora jaula de las evidencias más cercanas y los halagos más provincianos.


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Guadalajara y los futuros del libro

Mis relaciones con el espacio-tiempo se agravan con la edad. Mi cuerpo pretende estar siete horas por delante mientras mi yo virtual anda siete horas por detrás en la Feria de Guadalajara, sin terminar de encontrarse. Mientras dirimo estas diferencias irreconciliables a base de café, buena parte de los futuros del libro se deciden en Guadalajara. Lo que las industrias de Iberoamérica decidan hacer tendrá, sin duda, un efecto trascendental en la manera en que el conocimiento circule y se encarne, y está en su mano el hacerlo de una manera distinta e independiente.

http://www.elojofisgon.com/

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Hopenhagen: go digital, go green

Puede que sea una casualidad o puede que no: la Feria del Libro de Guadalajara, como cumbre iberoamericana de la edición, empieza mañana y termina el día 5 de diciembre; dos días después comienza en Copenhagen una cumbre trascendental para el futuro de la humanidad. Los editores, inconscientemente, hemos puesto tradicionalmente el acento en la privatización del beneficio y la socialización del daño, pero no podemos permanecer por más tiempo ajenos al impacto extraordinario que nuestra actividad profesional (y la de nuestros proveedores) tiene sobre el medio que nos sustenta y nos presta sus materias primas para trabajar. Tendré la suerte de intervenir el día 1 de diciembre en Guadalajara, en el Foro Internacional de Editores, y mi mensaje puede resumirse en un llamamiento factible y sencillo de recordar: Go digital, go Green.


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