‘Lectura’

Máquinas que nos leen

Se acerca la temporada de las Ferias del Libro y ha sido la de Córdoba la que, bajo el lema de “Leer en el siglo XXI”,  nos ha planteado a algunas pesonas la pregunta esencial: ¿cómo leeremos en el siglo XXI, a qué nuevas modalidades de lectura nos enfrentaremos, qué nueva clase de competencias deberemos desarrollar?

No voy a referirme ahora -porque lo he hecho ya profusamente en entradas anteriores-, a la vigencia de las competencias de lecto-escritura tradicionales sumadas a las nuevas competencias vinculadas al espacio y los dispositivos digitales, a las narrativas transmedia e hipertextuales propias del entorno digital. A estas dos dimensiones de la lectura, no obstante, cabría añadir una más: la lectura que practicamos por medio de las máquinas, del software que nos asiste en la organización, análisis y representación de grandes cantidades de datos aparentemente amorfos, de las aplicaciones y programas que nos permite reconocer patrones significativos, quizás inusitados, en conglomerados de datos cuya organización no es autoevidente. Sin la ayuda y el soporte heurístico que las máquinas nos proporcionan, resultaría dificil enfrentarse a un ecosistema informativo apabullante en datos, abrumador y opaco, esa nueva forma de opulencia comunicacional, como diría Román Gubern, que puede cegarnos y ofuscarnos más que despejarnos o explicarnos los enigmas a los que pretendemos dar respuesta.

Es esa misma paradoja -la de que las mismas máquinas que nos ayudan a producir información profusamente son las que nos ayudan a descifrarla- la que podemos encontrar en How we think: digital media and contemporary technogenesis, el último libro de Katherine Hayles,estudiosa norteamericana de la literatura que, gracias a esa concepción transversal de la ciencia tan improbable entre  nosotros, procuró hace ya tiempo mantenerse al corriente de lo que las transformaciones digitales entrañaban. La lectura asistida por máquinas, la estructura de las bases de datos relacionales no jerárquicas que somos capaces de construir, los análisis que somos capaces de realizar a partir de esa información estructurada, genera representaciones de nuestra realidad, de nosotros mismos, que tenemos que aprender a leer. Las máquinas nos leen, nos procuran representaciones e imágenes inusitadas, nos interpretan a la luz de los datos, al tiempo que nosotros aprendemos una nueva forma o modalidad de lectura, tan necesaria en el ecosistema digital en el que nos movemos.

Los ejemplos son ya innumerables y aquí solamente traeré tres: la Universidad de Standford comenzó a desarrollar hace años un proyecto titulado Spatial History, valiéndose de cartografías digitales y datos superpuestos en capas que dibujan la evolución temporal, dinámica, de un espacio construido cultural y socialmente; Death in the 20th Century , o cómo morimos en el siglo XX, una representación visual de las causas de la mortalidad de los seres humanos a lo largo del siglo pasado dibujada por Information is Beautiful para el Wellcome Trust del Reino Unido; todos y cada uno de los proyectos de Visualizar desarrollados y presentados en Medialab Prado Madrid, un ejercicio anticipatorio que nos habla de cómo “la visualización de datos es una disciplina transversal que utiliza el inmenso poder de comunicación de las imágenes para explicar de manera comprensible las relaciones de significado, causa y dependencia que se pueden encontrar entre las grandes masas abstractas de información que generan los procesos científicos y sociales”.

Máquinas que nos leen, multiplicidades de la lectura. De eso y otras cosas hablaremos el viernes 26, en Córdoba, José Antonio Millán y servidor.

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Lectores trimestrales, lectores apasionados

Decir que uno lee algo una vez al trimestre, en el tiempo libre, no parece demasiado. Al menos no demasiado para aquellos que, como Salvador Clotas, en “La responsabilidad del lector“, nos reconocemos lectores “apasionados y exagerados”. De ser esa la frecuencia con que leyéramos Guerra y Paz, conseguiríamos que una sola obra nos durara una vida. Cuando leo las estadísticas -recién publicadas- de los Hábitos de lectura y compra de Libros en España (2012), me suenan como si alguien se conformara con beber una vez al trimestre, quizás porque para algunos la lectura sea un bien de primera necesidad como el agua o el oxígeno. En todo caso, leer no sería importante si no existiera una correlación tan estrecha entre su práctica, la frecuentación de otros usos culturales y la evolución y proyección profesionales. También, como nos demostraba PISA, la concomitancia con el desarrollo de las competencias digitales.

El misterio radica en este cuadro (incluído en la página 37 del mencionado estudio): ¿cuál es la razón por la que personas con estudios superiores, con un capital cultural superior, conciben la lectura como una forma (eminente) de ocio y, también, como la mejor de las fuentes de desarrollo e instrucción profesional? Y al contrario: ¿qué lleva a las personas que no quisieron o no pudieron o no tuvieron la oportunidad de adqurir ese capital educativo a rechazar la lectura como algo digno de atención, como una práctica al mismo tiempo de (refinado) recreo y de (provechoso) adiestramiento profesional?

Conviene desagregar con cierta atención las cifras que la prensa lanza sin demasiada escrupulosidad: resulta una extravangancia afirmar que el 63% de la población es lectora, sin puntualizar otra cosa dejándose llevar por una forma de optimismo cultural baldío. En realidad -y restringiéndome solamente a la lectura de libros-, podemos hablar de un 47%2 de lectores frecuentes -lo que da para estar “muy moderadamente satisfechos”-, un 11.9% de lectores ocasionales -muchos de ellos reos de lo que se denomina buena voluntad cultural, incapaces de expresar su desinterés abiertamente en una situación de encuesta-, y un 40.9% de no lectores sin complejos.

“El nivel de estudios que tiene la población”, reconocen los autores del estudio, “es determinante en el porcentaje de la lectura”. Volviéndolo del revés: el bajo nivel de estudios, el bajo nivel cultural, la falta de familiaridad con ciertas prácticas culturales que no se inculcaron en el seno de la familia y, seguramente, tampoco, durante la educación infantil y primaria, es determinante en la conformación de no lectores, de personas que no sentirán nunca (porque no pueden sentirlo) apego alguno a esta clase de experiencia que tienen por inservible, cuando no por excesivamente exquisita o erudita.

Es mucho más fácil agitar el fantoche de la pirateriapara explicar el desapego de las personas que ni compran ni leen que preocuparse por elevar progresiva y fundamentadamente el nivel cultural de un país. Es mucho más sencillo fantasear con centenares de millones de euros inexistentemente perdidos por la piratería, que ahondar en las razones por las que la mitad de la población nunca se acercará a una librería ni a un libro. “No cabe culpar orteguianamente a “las masas” o a “La gente” (que son siempre resultados)”, -dice hoy José Luis Pardo en Un asunto poco importante-; “la razón fundamental”, prosigue,  “por la que la lectura va tan mal es que a nadie —sobre todo a nadie de los que mandan— le ha importado nunca demasiado. Hoy son los profetas de los negocios quienes nos aseguran que “el libro” (una expresión cuyo significado desconocen) tiene los días contados, y el Ministerio de Educación pone su granito de arena dejando a la filosofía en las alcantarillas de los planes de estudios. Acabáramos”.

Convertir lectores trimestrales en lectores apasionados, si es que tiene algún sentido, es una tarea a largo plazo que requiere del apoyo a las familias, de un sistema educativo preocupado por la elevación del nivel cultural de los alumnos, de un claustro de profesores capaz de entender la lectura como una competencia transversal a lo largo de todas las etapas escolares y de una sociedad capaz de cobrar conciencia del embotamiento que sufre por medio de la miriada de espectáculos estúpidos y vulgares que la desactiva y desinforma.

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De cómo no hacer libros y de cómo hacer lectores

En el último Anuario de Estadísticas Culturales 2012 editado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, podemos darnos cuenta de la desmesura de nuestra producción editorial en relación al nivel de compra y lectura de los ciudadanos españoles. En el año 2011 se produjeron 97504 nuevas ediciones, un 83% del volumen total de la producción, que alcanzó los 116581 ISBNS. El resto se repartió entre reeimpresiones y reediciones. En formatos electrónicos el 98.2% de los títulos publicados fueron estrictas novedades frente al 79.5% de las correspondientes al papel.

Que esa cifra resulte desmedida, desproporcionada, obedece a que no existe el hábito de compra y de lectura correspondiente, a que no existe correlación alguna entre oferta editorial y demanda cultural. Eso queda a todas luces demostrado si uno tiene la paciencia de bucear en las cifras que ofrece el cuadernillo de Gastos de consumo cultural de los hogares contenido en el mismo estudio: quienes más libros leen y compran no son, necesariamente, quienes más ingresos tienen, sino quienes más títulos académicos poseen, quienes más capital cultural detentan: el gasto medio en la compra de libros entre una persona con estudios universitarios de segundo y tercer ciclo y otra persona con estudios de primer grado o inferiores, es de 402 € de media anuales. A menudo las diferencias salariales entre un profesor universitario y un camarero no son, ni mucho menos, tan distantes como lo que la gente pudiera imaginar (que me lo digan a mi y a mi cuenta bancaria). El abismo entre uno y otro es, más bien, la predisposición a invertir en bienes culturales o no, algo que no nace de un impulso natural, ingénito, sino de un largo proceso de habituación y formación.

La media del precio de los libros es, en comparación con otros servicios y productos generales, y otros servicios y productos culturales, barata: el 21% de los libros editados costaron entre 7.51 y 10 €; el 14.9% entre 5.01 y 7.50 €; el 14.5% entre 2.51 y 5.00 €. Así las cosas, ¿quién podría decir que no puede permitirse, materialmente, adquirir un libro? Sin embargo, la media del Gasto en bienes y servicios culturales por tipo de bienes y servicios delata que el gasto medio en libros no de texto fue de unos exiguos y raquíticos 22.2 €. Así, obviamente, no hay industria que se sostenga, menos todavía cuando la desmesura productiva de esa industria no obedece a una demanda real, sino a los perversos mecanismos de su propio proceso y ciclo de producción, difusión y comercialización.

Antes -vale la pena quizás recordarlo-, un editor intentaba realizar colocaciones masivas en el punto de venta con la esperanza de que los pagos condicionados del librero le sirvieran para hornear la siguiente tanda de novedades, aquella que debería sustituir a la devuelta; hoy, sin embargo, la consigna ha sustituido al abono, y la fuente de financiación de los editores se ha esfumado, de manera que la sobreproducción ya no tiene asiento ni justificación de ninguna clase.

Y si los editores deberían reflexionar, a la luz de estas cifras, sobre los excesos industriales cometidos, propios de una industria predigital, también es el momento de que las autoridades educativas y culturales, aquellas que tengan alguna responsabilidad sobre la formación de los lectores, se detengan a pensar sobre los desencadenantes del aprecio por el libro y la lectura: si uno se detiene en el capítulo sobre Hábitos y prácticas culturales, podrá comprobar que existe una estrechísima correlación entre un hábito de lectura regular y la práctica recurrente de otras actividades culturales: quienes más leen más van al cine, más conciertos escuchan, más museos visitan y más espectáculos de artes escénicas frecuentan. De lo que se trata es -como cualquier sociólogo de la educación y la cultura con dos dedos de frente sabe-, es de generar ese hábito, ese correlación indeleble que se convierte en costumbre, esa afinidad que acaba convirtiéndose, casi, en un instinto natural.

No hay industria de contenidos culturales -no hay industria del libro o de lo que tenga que venir- sin quienes los demanden, los usen, los reelaboren y los consuman; no hay industria cultural alguna sin el decidido fomento de los hábitos culturales, de su frecuentación.

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Shakespeare y el calamar

Hace ahora cuatro años que se publicó en inglés un libro esencial: Proust and the squid. The Story and Science of the Reading Brain, que fue traducido al castellano, enigmáticamente, por  Cómo aprendemos a leer : historia y ciencia del cerebro y la lectura. El libro pasó entre nosotros complemente desapercibido, hasta el punto de que hoy resulta inencontrable. En todo caso, me viene a la memoria el trabajo de Maryanne Wolf porque su título evocaba el efecto que la lectura profunda de un texto de Proust podía causar sobre el cerebro. Neurolingüista, demostraba por medio de las resonancias magnéticas, de qué manera se estimulaba el cerebro en el ejercicio de la lectura silenciosa, concentrada, atenta y sucesiva que exigía un texto tan exuberante y exigente como el de Proust. Wolf llamaba la atención sobre el milagro que se producía en un niño cada vez que aprendía a leer, porque se embarcaba en un proceso genéticamente indeterminado por medio del que acababa desarrollando algunas de las capacidades intelectuales de alto nivel más esenciales del ser humano. No es que negara, en ningún caso, la suma importancia del desarrollo de nuevas competencias digitales en un ecosistemas informativo que las exige, sino que nos recordaba que no convenía olvidar que buena parte de nuestras competencias y capacidades provienen del ejercicio sostenido de ese tipo de práctica lectora. Ella lo denominaba cerebros bitextuales, cerebros capaces de leer en profundidad un texto largo y complejo, siguiendo y comprendiendo su argumentación lógica, y cerebros capaces de construir el sentido de un mensaje por medio de la consulta y la adición de múltiples fuentes dispersas en la web.

 

De hecho, no hay nadie que reflexione seriamente sobre el futuro de la educación que no comprenda que la lectura tiene que seguir ocupando un lugar central (Core subjects) en el diseño curricular junto a un nuevo conjunto de competencias que tienen que ver con la comunicación, la colaboración, el uso de los dispositivos digitales y la capacidad de valorar la pertinencia y calidad de las fuentes que se utilizan.

Hace unos pocos días se hizo público el resultado de un estudio llevado a cabo por la Escuela de Inglés de la Universidad de Liverpool en el que se ponía de manifiesto el grado de activiación superlativo que sufre el cerebro cuando lee a Shakespeare, cuando se enfrenta a los retos de una gramática compleja. La nota de prensa dice, literalmente:

Shakespeare usa una técnica lingüística conocida como cambio funcional, por ejemplo, el uso de un nombre que hace las funciones de un verbo. Los investigadores han encontrado que esta técnica permite al cerebro entender lo que significa una palabra antes de que se comprenda la función de una palabra en una frase. Este proceso origina una pico repentino en la actividad cerebral y fuerza al cerebro a trabajar retrospectivamente para intentar comprender completamente lo que Shakespeare está tratando de decir.

Y, de acuerdo con la entrevista que The Telegraph realiza a uno de los miembros del equipo de investigación, Philip Davis, experto en resonancias magnéticas y poco versado en quincalla metafísica :

La literatura seria actua como un amplificador del cerebro. Las investigaciones muestran el poder de la literatura para alterar los procesos mentales, para crear nuevas ideas, formas y conexiones tanto en los jóvenes como en los mayores.

Shakespeare y el calamar, la potencia amplificadora de la lectura recogida y serena sobre el cerebro humano.

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Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico

Ahora que la FIL (Feria del Libro de Guadalajara) ha abierto sus puertas y que el eje de la edición iberoamericana pasa por México, resulta más que interesante echar un vistazo al documento recientemente publicado por la CERLALC, Hacia un manifiesto sobre el libro electrónico, título algo engañoso porque no restringe sus implicaciones a la adopción de unos u otros soportes de lectura, sino al cambio fundamental que representa para la creación, difusión y uso de los contenidos antaño analógicos los nuevos medios digitales.

“En el corto y medio plazo”, dice su puntno sexto, “las formas tradicionales de producción y circulacón de libros, seguirán predominando en la región”, certeza geopolítica, atenta a la realidad social de los países iberoamericanos que, sin embargo, no obvia lo fundamental, no lo disimula ni lo esconde: “Los cambios en curso, que han generado una tendencia creciente hacia la desintermediación en el sector, representan sustanciales mutaciones en los roles de algunos de los actores tradicionales”, se dice clara e inapelablemente en su punto undécimo. “Tienen que diseñarse, en consecuencia, acciones dirigidas a apoyar la reconversión gradual de las actividades económicas relacionadas con la producción y circulación de contenidos editoriales –editores, agentes literarios, distribuidoras y librerías–, así como la promoción del emprendimiento empresarial en la producción, distribución y circulación de contenidos culturales”. Nada evitará, tal como observa la CERLALC, que la desintermediación suceda, porque Internet no sabe de antiguas cadenas de valor. Quedarán en pie, en todo caso, aquellos agentes que sepan encontrar el valor que pueden añadir a la nueva cadena de valor digital.

No en vano, mientras desentraño el texto promovido por el Centro regional para el fomento del libro en América Latina y el Caribe, se discuten en el Foro Internacional de Editores y Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas Otra Mirada que se celebra en Guadalajara, muchos de los asuntos que este texto analiza: el tipo de recursos digitales con que contamos para la comunicación y distribución de los contenidos; las inevitables mejoras en la coordinación y formación de los agentes de la cadena del libro; la construcción y creación de plataformas propias, para la difusión y promoción de los valores educativos y culturales de cada país; la necesaria habilitación de infraestructuras (redes, conectividad, tarifas, equipos) para que todo eso pueda llegar a ser una realidad, etc. Quizás sea este programa, en comparación con los últimos años, el más acorde con las preocupaciones y necesidades del sector.

El texto de CERLALC dice a este respecto, expresamente: “El mayor reto ante la intensidad de la globalización, en el ámbito de la producción y circulación de contenidos, es crear plataformas a través de las cuales se haga realidad la presencia y circulación de los contenidos culturales y científicos producidos en la región”. Sin una masa crítica suficiente y compartida de contenidos propios, gestionada de manera colegiada e independiente, será difícil plantarle cara a otros agentes digitalmente poderosos. Todo ello, dice el texto, desatará un cambio sin precedentes que afectará a la manera en que nos informamos, a la forma en que leemos y escribimos, a los modelos pedagógicos que imperan en las escuelas, a las competencias de alumnos y profesores, y deberán ser tanto las autoridades públicas como los agentes privados quienes promuevan este cambio, con planes de cambio e implantación progresivos. En sus propios términos: “Las nuevas formas de leer y escribir plantean la
necesidad de cambios sustanciales en los modelos pedagógicos. Esto implica acciones en el sector educativo frente a las necesidades de infraestructura física, recursos financieros, diseños curriculares y formación de agentes”.

No son pocos, por tanto, los retos que la CERLALC plantea en su Manifiesto sobre el libro electrónico y que se están dirimiendo estos días en la FIL de Guadalajara. Deberíamos sentarnos a la misma mesa de un espacio de edición iberoamericano.

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Una cultura de la información para el universo digital

Pocas personas de las que conozco son tan entusiastas de los medios digitales como lo es José Afonso Furtado. Hasta tal punto es así que el año pasado la revista Time, al mencionar a los 140 twitteros más influyentes del ecosistema digital,  lo calificaba como “el Borges de Twitter”, como “un bibliotecario portugúes que traslada su inadulterado amor por todo lo que concierne a los libros y a la edición a la twitteresfera”. Con esa tarjeta de visita y esos antecedentes -fue, entre otras cosas, Director General del Libro y bibliotecario de la Fundación Gulbenkian-, es difícil negarle su entusiasmo y apasionamiento por lo que las tecnologías digitales pueden ofrecernos.

“Para enfrentarse a las complejidades del actual ambiente información”, dice Furtado en su último libro, Una cultura de la información para el universo digital (no traducido al castellano todavía), “y en particular a las nuevasformas de productos generados en el movimiento en dirección a un espacio de la información en gran parte digital, es necesaria una alfabetización (literacia) más abierta  y compleja, que debe integrar las alfabetizaciones de base técnica, pero que no puede limitarse a ellas”. Gran parte de la última obra de Furtado, erudita en su fundamentación, trata, precisamente, de discurrir y reflexionar sobre la etimología y diversas acepciones del significado de alfabetización para entender cuáles son sus limitaciones semánticas y para compender, en consecuencia, la necesidad de ampliar su campo de significado, integrando todo aquello que provenga del uso, comprensión y manejo de las nuevas tecnologías. La polisemia del término inglés literacy es apenas traducible a nuestra lengua: puede entenderse como alfabetización o alfabetizado; puede entenderse como literate, como aquel o aquella que usa la lengua de un mode correcto (letrado, quizás, en nuestro idioma); puede incluso entenderse como culto, como aquel o aquella que está familiarizado con las obras literarias y artísticas que pertenecen al acervo cultural de una tradición; puede entenderse, incluso, por transferencia a otros ámbitos significativos, como competencia o dominio profesional.

Pero, sea como fuere, Furtado centra su indagación en esa “alfabetización en las nuevas tecnologías y en los nuevos media”, porque se trata, a su juicio, de un “fenómeno altamente complejo, que no pasa ya por descifrar los textos, sino también por ser capaz de comprenderlos como información relevante y codificada. Encontrar un lenguaje para hablar de estas nuevas prácticas, entender lo smodos de producción de los sentidos y encontrar su cuadro teórico, son algunos de los desafíos presentado por la alfabetización en el siglo XXI”.

No es Furtado, sin embargo, un embaucador tecnoutópico, un tecnooptimista irreflexivo, un tecnoactivista inconsciente. Todo lo contrario. Y ahí radica, quizás, el contrapunto o contrapeso más interesante del libro: “la formación para la atención”, escribe Furtado, más adelante, “puede constituir una respuesta a las neglicencias” (el neg-legere latino, el no leer, la no lectura o el rechazo a la lectura, la mala lectura), “si concedemos primacia al concepto de skholé (noción que tiene origen griego, sobre todo en Sócrates, Platón y Aristóteles, que viene a dar origen a la palabra “escuela”, que designa, en el sentido más noble, pararse o detenerse, disponer de tiempo para si mismo, no para no hacer nada sino para tener la posibilidad de disfrutar de un estado de paz y de contemplación creativa, dedicada a la theoria, al saber máximo…). Significa ese tiempo de pausa necesario para consagrarse al estudi, a la skholé, que presupone el dominio de las técnicas, a saber, las técnicas de lectura y de escritura, a fin de poder acceder al máximo entendimiento”.

Furtado es lúcidamente consciente del conflicto latente entre la deep attention (la atención profunda) y la hyper attention (hipertación), entre el sosiego reflexivo y ascético de la skholé y la disgreagación superficial de la ambient interruption, la interrupción ambiental responsable de la hipoatención. Y ahí radica su singularidad, en encontrar ese peliagudo y comprometido punto medio entre dos alfabetizaciones que a menudo se presentan como concurrentes pero que son ineludiblemente complementarias.

Sigan y lean a Furtado @jafurtado, me lo agradecerán.

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Musas. De la felicidad de no hacer nada

A menudo este tipo de libros pasa desapercibido pero no creo que este, en concreto, merezca ese destino de olvido lector, indiferencia crítica y omisión comercial. En el año 2010 la portada del semanario Die Zeit, en Alemania (el semanario sin duda más importante en el ámbito germanoparlante), le dedicaba la portada y buena parte de uno de sus cuadernillos temáticos. Lo titularon “De la ociosidad ingeniosa” y se referían al libro de Ulrich Schnabel, aparecido en ese momento, Musse. Vom glück des nichtstuns, traducido al castellano como Ocio. De la felicidad de no hacer nada. Ocio en lugar de musas supone una variación deliberada de un título que se refería en el original a la riqueza creativa derivada de la abstracción, el ensimismamiento y la introversión, de la capacidad de dejar vagar nuestro espíritu a sus anchas, embelesado en la contemplación o enfrascado en la meditación. Todo lo contrario a las invitaciones y estímulos constantes que nuestra sociedad nos ofrece.

La investigación neurológica es tozuda en este sentido: en contra de las creencias populares e incluso pseudoilustadas, nuestro cerebro es más creativo en el relativo reposo del descanso y el ocio que en la agitación y la intranquilidad de la realidad cotidiana, rodeada de múltiples señuelos que fragmentan la atención, multiplican aparentemente nuestra dedicación a tareas heterogéneas y concurrentes y disgregan nuestro esfuerzo y dedicación. La mitología de la multitarea campa a sus anchas en las sociedades occidentales, pero no parece que nuestro fundamento orgánico se preste a tal juego de buena gana.

Al contrario: en lugar de estar presentes de manera plena e integral en el acontecimiento que nos ocupa -aquello que nos enseñan las técnicas de meditación tradicionales enumeradas en el libro-, pretendemos estar simultáneamente dedicados a tareas diversas y apenas relacionadas, proyectándonos siempre más allá de nosotros mismos. Y en esto, claro, las tecnologías digitales tienen mucho que ver porque, lo queramos o no, más allá de discusiones y polémicas espurias que a nada abocan, dejamos que la tecnología usurpe nuestra voluntad obligándonos a estar presentes de manera simultánea en más lugares de lo que podemos estar.

“En la era de Internet, tenemos que aprender a permanecer mentalmente desconectados” o bien, que también podría traducirse así, “en la era online, tenemos que aprender a permanecer mentalmente offline”, decía el extenso artículo que el semanario Die Zeit dedicó al libro en su momento. Lo curioso, o no tanto, es que la lectura profunda, la lectura recogida y reflexiva, la lectura silenciosa y concentrada, procura un estado de abstracción y comprensión en buena medida comparable al que se obtiene con otras técnicas de meditación, tal como demuestran los estudios  neurolingüísticos que se detallan en el trabajo.

La polémica o aparente disyuntiva, por tanto, entre medios digitales y soportes tradicionales, entre lectura poliforme y lectura sucesiva, entre lectura digital y fragmentada y lectura lineal y analógica, carecen por completo de sentido y fundamento. Solamente cabe, si aspiramos a seguir siendo medianamente inteligentes, creativos e ingenisos, a compaginar ambos medios, sin perder de vista nunca el poder que las musas y la lectura ejercen sobre nosotros.

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Bibliotecas: esas redes que la razón ignora

Hoy, si no estoy equivocado y el santoral no me falla, se celebra el Día internacional de las Bibliotecas. Tal como escribía Bruno Latour hace más o menos un año, en un elocuente artículo titulado Esas redes que la razón ignora: laboratorios, bibliotecas, colecciones, “quienes se interesan por las bibliotecas suelen hablar de textos, de libros, de escritos, y también de su acumulación, su conservación, su lectura o  su exégesis. Seguramente tienen razón, pero supone un cierto riesgo limitar la ecología de los lugares de saber a los signos o exclusivamente a la materia de lo escrito, un riesgo que Borges ha ilustrado bien con su fábula de una biblioteca total que sólo se refiere así misma”. Efectivamente, hoy la biblioteca es un ente forzosamente ubicuo, porque la biblioteca está hoy donde nosotros estemos (tal como nos demuestran virtuosos ejemplos como el de la Nubeteca, que se inaugurará mañana día 25), y flaco favor le haríamos si intentáramos restringir su misión a la de la custodía y clasificación del patrimonio bibliográfico.

 

 

 

De hecho, la división de Bibliotecas de la UNESCO está encuadrada en el Sector de la Comunicación y la Información (CI), y los objetivos que se da esa división exceden, con mucho, a los que una biblioteca tradicional, ensimismada en la solidez de sus colecciones librescas, se daría así misma. Dos son los principales ámbitos de actuación: Freedom of Expression and Media Development y Knowledge Society y tres sus líneas estratégicas:

  • promover la libre circulación de las ideas y el acceso universal a la información;
  • promover la expresión del pluralismo y la diversidad cultural en los medios y las redes mundial de información;
  • promover el acceso para todos a las tecnologías de la información.

No veo mejor ni más sencilla manera de definir alguno de los principales objetivos de las bibliotecas del siglo XXI.” Una biblioteca”, dice Latour, “considerada como un laboratorio, no puede permanecer, como veremos, aislada, como si acumulase, de forma maniática, erudita y cultivada, signos a millones”.

“Esos lugares silenciosos, guarecidos, confortables, dispendiosos, donde los lectores escriben y piensan, se relacionan por mil hilos con el vasto mundo”, agrega Latour, “del cual transforman tanto las dimensiones como las propiedades”. Si eso es así, y parece induscutible en nuestro siglo digital, resultan bienvenidas iniciativas como las del último Plan de lectura del País Vasco, dado a conocer hace unos pocos meses, donde se insiste con especial atención en “Integrar en los diseños curriculares de primaria, secundaria y educación superior la alfabetización informacional”, desarrollando y fortaleciendo, en paralelo “el papel de la biblioteca escolar como soporte del fomento lector en la escuela y de la integración de las TIC en la práctica educativa”.

No veo que haya otro camino para celebrar adecuadamente el día internacional de las bibliotecas que reconociendo su naturaleza ubicua y en red y potenciando su papel como doble alfabetizadora en un mundo simultánea e irrenunciablemente textual y digital.

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Finlandés para principiantes

Me lo imagino. Hay quien dirá que los modelos no son trasladables, que no son equiparables, que un pequeño país de 5,5 millones de habitantes apenas puede compararse con una realidad plurinacional y plurilingüística con competencias educativas traspasadas; hay quién sostendrá, utiilzando manoseados y arcaicos argumentos del determinismo geográfico decimonónico, que en España hace tanto calor que nos sudan mucho las manos y el papel se deteriora, razón por la cual leemos menos (o a la inversa, que el frío invita, por alguna razón desconocida, a la lectura, y no a otras cosas igualmente plancenteras); hay quien defenderá que cada uno debe descubrir su propio camino respetando sus tradiciones históricas y culturales (no dicen, claro, que cada tres o cuatro años desandamos el camino y emprendemos uno nuevo con una reforma que nos deja más desconcertados y errantes que anteriormente).

Mientras tanto, la industria editorial Finlandesa no hace sino crecer (lo mismo que su sistema educativo), mientras que nosotros no hacemos otra cosa que decrecer y menguar (en edición y, claro, en educación). No me parece que la relación sea forzada y encuentro, al contrario, un mutuo apoyo: según Publishing Perspectives, en “Finlandia, la lectura constituye un superpoder“, la lectura, junto a la escritura, sigue siendo considera socialmente como un valor fundamental, y al menos el 75% de la población adquiere libros con regularidad, algo que ha propiciado un incremento sostenido de su industria a lo largo de los años hasta llegar al lugar donde se encuentran (con una industria que, adicionalmente, exporta cada vez más derechos).

Según las estadísticas que proporciona la Finish Publisher’s Association, los incrementos en los dos últimos años no han sido espectaculares (+2.4, +0.4), pero no han drececido e, incluso, han superado el bache que sufrieron en el año 2009. La consideración de la lectura como un bien especialmente valioso, el aprecio de los finlandeses por su tradición escrita y la insistencia de su extraordinario sistema educativo en la formación de inteligencias críticas autónomas (mediante hábitos de indagación, investigación y reflexión que requieren de la consulta de múltiples fuentes de información, entre ellas el libro), favorecen el sostenimiento de su industria editorial.

A propósito: ¿nadie ha sacado por aquí la conclusión de que parte de la extrema debilidad estructural de la industria editorial depende del desapego de una población que nunca ha sido (mayoritariamente) lectora ni compradora? ¿No tendrá que ver eso con sistemas educativos sucesivos que apenas prestan atención a formas de alfabetización consistentes, transversales y duraderas que favorezcan el trato con el libro y con las diversas dimensiones digitales de los contenidos multimedia?

En el año 2010 la consulta McKensey publicó un influyente estudio internacional titulado How the Worlds Best Performing School Systems Come Out on Top. Una de sus conclusiones más sorprendentes fue que un sistema escolar puede alcanzar muchos mejores resultados, alcanzado niveles de excelencia en lectura y escritura (como en el gráfico de Minas Gerais, en Brasil), en seis años.

¿No cabría ser un poco finlandés y planificar un verdadero y decidido Plan nacional de fomento de la lectura, a seis años, promovido desde Educación y desde las Federación Gremios de editores y libreros siguiendo las recomendaciones que han funcionado en varios países del mundo?

Finlandés para principiantes…

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Leer_en_línea

La lectura es el punto en cuya encrucijada se entrecruzan la educación y la edición. Se me ha ocurrido a mi solo. O a lo mejor no. También se la ha ocurrido a Daniel Cassany, que lleva unos cuantos años reflexionando sobre eso mismo. En_línea. Leer y escribir en la red, es un libro (sí, un libro tradicional, con un texto líneal, cuajado de referencias y, también, de encuadres que amplían la información esencial) que deberían leer tanto los educadores como los editores, porque los primeros descubrirían o reconocerían, definitivamente, que aunque la lectura tradicional seguirá conservando gran parte de su importancia, como fundamento del desarrollo cognitivo, será necesario incorporar al diseño de la experiencia educativa todas aquellas prácticas lectoras vernáculas que los jóvenes ya practican, competencias a menudo denostadas que, sin embargo, bien gestionadas e integradas en la dinámica del aula, pueden contribuir de manera notable, acaso definitiva, a su futuro como lectores.

“Leer y escribir se convierte en una práctica más compleja que en la época en papel”, dice Cassany, precisamente porque se multiplican los soportes y los formatos, los itinerarios de lectura posibles, las maneras de leer y comprender, y es por eso más esencial si cabe que los profesores lo entiendan, lo asuman y lo integren en el diseño de la experiencia de aprendizaje. Ocurre a menudo, sin embargo, que “la introducción de la tecnología en el aula ofrece datos poco halagüeños: que los ordenadores se usan poco en clase pese a que hayan costado mucho dinero, que se detecten pocos cambios metodológicos o que los recursos que hayan tenido más éxito sean la pizarra digital y el power point porque mejoran las exposiciones magistrales del docente”. La educación no se modifica entonces un ápice para seguir siendo reproductiva, transmisiva y memorística. Y no sólo eso: se esgrimen argumentos neoluditas o tecnofóbicos para rechazar lo que es irrefutable.

Y lo mismo cabría decir a quienes conciben y editan productos editoriales: las maneras y modalidades de la lectura que los soportes digitales abren, invitan a repensar no sólo las maneras de  hacer sino, sobre todo, los productos que puedan derivarse de esas nuevas experiencias. Seguirán existiendo los libros tal como los conocemos dentro de un ecosistema de posibilidades más extenso. Cada uno ocupará su lugar y está por determinar qué entidad e importancia asume cada cual, si alguno de ellos se arroga de cierta preponderancia sobre los otros. Sea como fuere, conviene entender qué le está ocurriendo a la lectura para pensar de qué forma alterará nuestro oficio de editores.

De todo eso y de muchas más cosas habla con mesura, acierto y rigor Daniel Cassany, ponderando sus opiniones, mostrando el anverso y el reverso de prácticas digitales a menudo jaleadas o denostadas sin otra prueba que la mera adhesión personal. Como científico que es, Cassany se da la distancia suficiente para pensar sobre la_lectura_en_línea, ofreciendo opiniones contrastadas y recursos específicos.

No dejen de leerlo todos aquellos que caminen en la encrucijada…

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