‘Lectura’

¿Sueñan los libros electrónicos con jóvenes lectores?

Estoy tentado de afirmar que se sueñan y desean mutuamente, que existe una atracción fatal e ineludible entre ambos, que están tan llamados a entenderse como quizás antaño lo estuvimos nosotros con los libros de papel. Pero, en todo caso, esta percepción debe ser empíricamente corroborada si es que queremos tomarnos en serio la cuestión planteada. No son muchos los estudios que se han emprendido a este respecto; menos aún los que lo hacen de manera extensiva y con una muestra apreciable. La Stiftung Lesen  alemana (Fundación para la lectura), puso en marcha en el años 2010 un estudio cuyos resultados se conocieron a finales del pasado año pasado: Das Potenzial von E-Readern in der Leseförderung, el potencial de los libros electrónicos en la promoción o animación a la lectura.

Los resultados del estudio -me salto aquí todo lo relacionado con el diseño de los grupos donde se realizaron las pruebas, unos en relación sólo con libros en papel, otros solamente con libros electrónicos y un tercero con disponibilidad absoluta sobre ambos soportes- podrían resumirse con cierta sencillez: los adolescentes mostraron una fuerte y favorable predisposición inicial al uso de los dispositivos digitales (en este caso e-readers de la marca Sony); esa inclinación favorable, fruto de la novedad, contribuyó a mejorar la reputación de la lectura como actividad digna de ser tenida en cuenta; la posesión de un libro electrónico por alumno contribuyó, también, a que se construyeran y generaran bibliotecas personales, individuales, mediante la descarga de los títulos propuestos; la descarga de títulos en préstamo para el libro electrónico sobrepasó con creces a la de los préstamos tradicionales, tal como muestra el gráficos inferior (tendréis que creerme…).

Los estudiantes advirtieron, sin embargo, de una serie de mejoras que a muchos ya les parecen obvias: hubiera sido mejor contar con un tablet interactivo y táctil que con un dispositivo dedicado y escasamente interactivo; hubieran querido contar con funcionalidades que les hubieran permitido comentar y valorar lo leído, intercambiar sus gustos y pareceres, es decir, echaron de menos herramientas básicas de lectura social, con las que no cuentan esa clase de dispositivos; querrían haber contado con conectividad 3G y, sobre todo, simplificar el proceso de descarga, copia en el ordenador personal y transferencia al dispositivo de lectura, esto es, hubieran querido que todo hubiera transcurrido en el mismo soporte.

Lo más llamativo, sin embargo, fue que el supuesto romance entre la adolescencia y la digitalidad, era pasajero: de los 458 libros descargados al inicio, solamente 280 fueron trasladados a los libros electrónicos (-42%), 159 fueron leídos de manera parcial y fragmentaria y tan sólo 18 de ellos tuvieron la dicha de ser leídos de cabo a rabo.

“Al principo sí…”, declaraba uno de los alumnos en una de las entrevistas personalizadas que formaba parte del trabajo de campo, “los jóvenes dicen que sí, cuando reciben algo nuevo, entonces se muestran siempre curiosos. Durante un par de semanas siguen mostrando esa curiosidad, como por entonces me ocurrió a mi, pero después de dos o tres meses ya no tenía interés alguno”. Hasta allí llego el romance electrónico: dos o tres meses. “Sí, leía al principio”, dice otro, “pero después de un tiempo dejó de interesarme. Okay, al principio sí, porque era nuevo”.

Si bien en un inicio los libros electrónicos parecen allanar barreras y fomentar la curiosidad y el interés por la lectura, no son suficientes para fundamentar un interés sostenido por ella. Puede y debe construirse sobre ellos, pero no confiar ciegamente en que por sí mismos desaten un interés continuado y perseverante. Queda mucho camino por recorrer y muchos experimentos por realizar. Mientras tanto, ¿qué hacer para que los jóvenes sueñen con la lectura?

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Cómo entrar en las librerías

Manuel Gil se pregunta en “Encontrar la salida“, después de haber cavilado sobre la conveniencia de reducir los precios, de recortar los márgenes, de ponderar adecuadamente las tiradas:

hay un problema previo, si la gente no entra en las librerías no se venderá ni el libro de 12 ni el de 20. Es por ello que veo necesario el avanzar la idea de un «pacto por el libro» que comprometa a instituciones, nacionales y autonómicas, medios impresos, televisiones, radios, bibliotecas, etcétera, con un compromiso serio de impulsar el libro en este país de una vez por todas. Que esto es una ilusión, muy probablemente…

Y, efectivamente, el problema no es tanto el precio de los libros como la percepción que se tenga de su adecuación al producto que se comercializa y, sobre todo, de lo que los sociólogos denominan “el horizonte de realización cultural”, es decir, de que los libros forman parte de las cosas que a uno le interesan y de que, por tanto, vale la pena invertir parte de nuestro mermado salario en adquirirlos. La encuesta de “presupuestos familiares del INE” nos muestra que el gasto medio en ocio y cultura de las familias españolas (en el año 2005, última fecha que proporcionan), era de 526,76 €. Lo que se descubre cuando se tiene la paciencia de desgranar los datos, es que esa cantidad se distribuye de manera muy distinta de acuerdo al nivel de estudios de los encuestados: los que poseen estudios superiores invierten un 8.07% de su presupuesto en la adquisición de productos culturales; los que alcanzaron estudios de secundaria, invierten un 5.82%. No es tanto la disponibilidad neta como la predisposición a gastar en productos que se perciben como apropiados a no a los intereses de cada cual.

Por eso todo empieza por otra parte: para entrar en las librerías hay que gustar de los libros y pensar que encierran algo que no puede encontrarse en otro lugar; para cultivar esa percepción cierta, es necesario reforzar el entorno familiar con estrategias de fomento de la lectura, sobre todo en entornos en riesgo de exclusion; para conseguir que los jóvenes se acerquen a las librerías al menos en la misma medida que a las tiendas de videojuegos (si es que eso fuera posible), es necesario que la escuela, desde la educación infantil hasta el último día de la universidad, proclame el provecho y beneficio incomparable de los libros y obre estratégicamente en consecuencia; para entrar en las librerías quizás haya que hacer como los ingleses que, ante la inminente necesidad de tomarse en serio la lectura, crearon el All Party Parliamentary Literacy Group, la unión de todos los partidos representados en el Parlamento para hacer de la lectura una estrategia de Estado; para conseguir que traspasemos el umbral de las librerías, quizás haya que hacer como los alemanes, cuyo presidente de la República, Joachim Gauck, patrocina personalmente las iniciativas de la Stiftung Lesen; quizás haya que levantar la vista y mirar más lejos, intentar comprender por qué Finlandia alcanza sistemáticamente el primer puesto en los estándares de lectura internacionales, fomentando un tipo de sistema educativo donde los alumnos aprenden a asumir la responsabilidad sobre el proceso de su aprendizaje, convirtiendo a los libros en la pieza central de ese proceso.

Y quizás sea demasiado pedir que editores, libreros y autores, todos los que forman parte de esa cadena -deteriorada- del libro, intervengan activamente en ese debate.

Quizás, como decía Manuel Gil, esto no sea más que una ilusión… pero no se me ocurre otra manera, duradera, de abatir las barreras de acceso a las librerías.

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La expansión de la lectura

A menudo nos perdemos en una discusión banal y fútil basada en una equivocación: leer no es sólo, hoy en día, conformarse con lo que la textualidad tradicional nos proporciona, con una arquitectura del conocimiento construída exclusivamente con libros. Esa afirmación no entraña negación alguna, menos aún devaluación: leer textos sucesivos, linealmente, siguiendo un argumento complejo y empeñándonos en reflexionar sobre el contenido que nos aporta, es, seguramente, una de las experiencias de aprendizaje más profundas que un ser humano pueda experimentar. Pero, siendo eso así, ¿quién puede negar que hoy en día aprender a leer debe entrañar, simultáneamente, la capacidad de reconstruir y regenerar el sentido, críticamente, a partir de muy distintas fuentes y formatos (webs, vídeos, podcast, contenidos multimedia e interactivos, bases de datos, gráficos, tablas, etc.).?

Leer, en el siglo XXI, es una tarea poliédrica que atañe a todas las áreas de conocimiento y a todas las etapas de la educación: atañe por igual a la lectura profunda tradicional y a la lectura de la información contenida en distintos soportes y formatos a partir de la cual debe exigírsele al lector la capacidad de generar una síntesis crítica que pueda utilizar para su propósito y sus objetivos. Leer es una actividad multidimensional, multimedia y multipropósito, y plantear currícula que afronten esa realidad de manera urgente, es una tarea imperativa.

En Estados Unidos Henry Jenkins había ya trazado una suerte de áreas prioritarias del currículum en el siglo XXI en el documento Confronting the challenges of participatory culture. Media education for the 21st Century, y la International Society for Technology Education fijó los estándares y objetivos que debían incluirse en la formación de alumnos, profesores y administradores.

En Europa, poco a poco, la necesidad se percibe como una misión ineludible y urgente -aun cuando todavía peroran sin descanso contra toda forma de lectura expandida quienes vivieron tanto tiempo de las letras tradicionales-:  el Joint Research Centre de la Unión Europea ha puesto recientemente en marcha el programa Digital competence: identification and European-wide validation of its key components for all levels of learners (DIGCOMP), se está trabajando en el desarrollo del primer mapa conceptual comprehensivo de esas competencias digitales fundamento de la nueva alfabetización complementaria, y se ha creado la European e‐Skills Association (EeSA), para la promoción de una nueva forma de alfabetización y lectura extendida.

Leer es formar ciudadanos alfabetizados en el uso y valoración crítica de las diversas fuentes de contenidos que nos aportan información en el siglo XXI; leer es darles las herramientas, filtros y capacidades para hilar los muy diversos mensajes que los diversos medios nos presentan; leer es reconstruir el sentido fragmentario y complejo de una realidad dispersa. De ahí la necesidad de expandir la definición tradicional de leer, expandiendo su ámbito y su complejidad. No es asumible ni serio, por eso, realizar declaraciones como las de Jordi Llovet, unidimensionales y harto conservadoras en su planteamiento: “el autor considera importante”, dice refiriéndose a él mismo en tercera persona, “retroceder hasta formas pretecnológicas de la enseñanza, de la información y de la discusión intelectual, en las que haya quedado incólume la dignidad de la palabra y la posibilidad de generar razonamiento, conocimiento, conversacion y sabiduría comunal”. Tentando estoy de asegurar que ya vivimos hace demasiado tiempo en entornos educativos pretecnológicos y cuasimediavales y que lo que nos hace falta, en todo caso, es una definición inclusiva de alfabetización digital.

Dentro de unos pocos días, el 19-20 de junio, se celebrará el primer Seminario internacional en Alfabetización informacional y  multimedia en Fez, Marruecos, convocado por la UNESCO, porque se trata de una necesidad global, no de un empeño local.

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I read where I am o las promesas de la lectura social

La promesa fundamental que encierra la textualidad digital es la de romper los (aparentemente) estrechos límites a los que la arquitectura del códice constriñe al texto para liberarlo y convertirlo en una especie de continuo ininterrumpido susceptible de ser perpetuamente modificado, editado, releído, comentado. La promesa fundamental que encierra la textualidad digital es la de inventar nuevas formas de lectura social, dialógica, más cercanas a la fluidez y presencialidad de la oralidad tradicional que a la de la lectura profunda y silenciosa. La promesa que encierra la textualidad digital es la de hacer evidente el nexo que forzosamente une a todos los textos, sus dependencias e influencias sincrónicas y diacrónicas, de manera que todos los textos estuvieran de alguna forma potencialmente conectados, íntimamente relacionados.

 

Proyectos como el de I read where I am, leo allí donde estoy, tratan de explorar estas promesas todavía incipientes y embrionarias: “leo allí donde estoy”, dice el texto que explica la intención del proyecto, “contiene textos visionarios sobre el futuro de la lectura y el status de la palabra. Leemos en cualquier momento, en cualquier lugar. Leemos sobre pantallas, leemos en las calles, leemos en la oficina pero, cada vez menos, leemos un libro en nuestra casa sobre nuestro sofá. Somos, o nos estamos convirtiendo, en un nuevo tipo de lector. La cuestión es qué forma adoptará y cuál es la experiencia que uno desea obtener. Para responder a todo esto (y a otras cosas), hemos preguntado a personas con diferentes trayectorias, sujetas a los cambios mencionados”. Las aportaciones de los especialistas a los que se realizaron las consultas pueden encontrarse -para cundir con el ejemplo- en forma de texto editable, sobre el que puede comentarse e intervenirse, sobre el que cabe añadir glosas, apostillas y acotaciones para generar una conversación potencialmente interminable.

Bob Stein llama a esto el libro social: si las promesas que se adivinan tras la hipertextualidad son las que imaginamos, quizás debamos comenzar, efectivamente, a pensar que buena parte de la producción escrita pase, de ahora en adelante, por soportes y arquitecturas que no serán las que hemos conocido. De hecho, esa aparente democratización del comentario y la cita, de la exégesis y la interpretación, puede constitur el fundamento de una verdadera sociedad informada, digna del nombre de sociedad del conocimiento.
 

Puede que sí. O puede que no. Las preguntas que tendremos que respondernos a nosotros mismos en los próximos años son, precisamente, esas: ¿deben sustituir las nuevas textualidades a las anteriores? ¿desmienten o devalúan las promesas de las textualidades incipientes las que ya cumplieron las textualidades tradicionales? ¿sustituirá obligatoriamente la glosa hipertextual y colectiva a la lectura profunda y solitaria? ¿no deberían llegar a ser, más bien, complementarias en lugar de supuestamente antagónicas? Quizás sea capaz de ofrecer un atisbo de ello el próximo día 27, en la Biblioteca Nacional, en El libro como universo.

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Revistas culturales y jóvenes lectores

El National Literacy Trust, esa organización benéfica privada dedicada en el Reino Unido a la promoción de la lectura que tanta envidia me genera, ha puesto en marcha hace unos pocos días un nuevo programa de alfabetización: MagAid, acrónimo que suma dos sustantivos, Magazine y Aid, revista y ayuda o, dicho de otra manera, de qué manera pueden las revistas contribuir a la mejora de la alfabetización de los jóvenes en peligro de exclusión.

La ocasión la pintan calva, dice el refrán, y ahora, precisamente, que nuestras revistas (sobre todos los culturales, las que nutrían las hemerotecas de las bibliotecas públicas) pueden perder el poco contacto que les quedaba con sus escasos lectores (debido a los tijeretazos presupuestarios de los nuevos sastres de la cultura), quizás fuera el momento de redoblar el esfuerzo por acercarse a quienes deberían constituir el relevo generacional de sus potenciales lectores.

Necesitaríamos un young readers programm, un programa que valiéndose de las revistas culturales, presentes en los diversos ámbitos temáticos que pueden interesar a cualquier joven (cine, teatro, artes plásticas, literatura, etc.), acercara la riqueza de esas cabeceras a quienes necesitan (aunque no siempre lo sepan) formarse criterios sólidos sobre cuestiones que les atañen, más allá de las fuentes que puedan encontrar en la red. O ahora, mejor dicho, al mismo tiempo que las que puedan encontrar en la red, porque según nota de prensa recientemente publicada “la asamblea de socios de la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE) aprobó en su reunión anual, celebrada el 26 de abril en Madrid, la modificación de sus Estatutos que posibilitan, a partir de ahora, la incorporación plena a la entidad de todos los editores de revistas culturales, con independencia del soporte en el que publiquen”, algo que se caía hace ya mucho tiempo por su propio peso. No hace falta insisitir a estas alturas en que si uno pretende ser editor en el siglo XXI no cabe hacer distingos sobre el soporte en el que se ofrecen los contenidos.

Los jóvenes necesitan instrumentos que refuercen la formación de su juicio y de su criterio, en una lectura profunda de media distancia más allá de la navegación digital. Las revistas necesitan lectores, jóvenes lectores interesados por descubrir los pequeños tesoros que esas cabeceras pueden ofrecerles.

¿A qué estamos esperando para propiciar ese encuentro?

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El estruendoso silencio de los libros

En 1821, en Alemania, Heine, requerido a pronunciarse sobre un período de exaltación nacionalista en el que se quemaron libros, observaba: “Donde hoy se queman libros, mañana se quemará a seres humanos”. George Steiner nos recuerda este pasaje histórico, de tan pertinente actualidad, en El silencio de los libros, una obra que todos los inciertos lectores de este blog deberían comprarse y leer esta tarde de viernes.

Retomo el comentario que hice algunos días en el Facebook de mi amigo Javier Jiménez al hilo, claro, de lo que supe a través de Incendiar los libros, la entrada que Juan Cruz dedicó en su blog a la agresión que la librería Antonio Machado de Madrid sufrió el pasado fin de semana, rememorando o resucitando tiempos que creíamos, que deseábamos, pasados, quizás extinguidos. Y, aunque quizás sea innecesario, no se me ocurre mejor manera de estar cerca de quienes han padecido ese inexplicable atentado, que repensar la fortaleza del libro, su vigencia y perdurabilidad: a menudo se piensa su convivencia en términos antagónicos, pero no crea que discurrir sobre el ecosistema actual de la información en esos términos nos lleve a alguna parte: es obvio que los dispositivos electrónicos ganarán buena parte de las prácticas lectoras que antes cubría con holgura el libro en papel, pero también es cierto que proliferan, en las últimas semanas, las pruebas empíricas en contra de su adecuación a la lectura: el New York Times se hacía hace pocos días una pregunta que todos nos hemos hecho: ¿es posible leer mucho rato en una tableta, con tanta distracción?, con tanta incitación, con tanta tentación escondida tras cada una de las aplicaciones que convive con el texto. Time incidía, hace pocos días, igulmente, en un problema cognitivo no resuelto: Do e-books make it harder to remember what you just read?, porque sigue sin existir un estudio empírico claro y extensivo (salvo precedentes todavía parciales, como Territorio Ebook, en España) que demuestre a las claras en qué medida puede distorsionar la experiencia de la lectura electrónica a la retentiva a corto y medio plazo.

Jakob Nielsen, el gurú de la usabilidad electrónica, dice en esa entrevista: “Human short-term memory is extremely volatile and weak. That’s why there’s a huge benefit from being able to glance [across a page or two] and see [everything] simultaneously. Even though the eye can only see one thing at a time, it moves so fast that for all practical purposes, it can see [the pages] and can interrelate the material and understand it more”. Es posible, en el fondo, que la alfabetización digital no pueda ni deba sustituir a la alfabetización tradicional, como sostenía hace pocos días Annie Murphy Paul. En uno de los estudios más completos que a este respecto se ha desarrollado, “Efficient electronic navigation: a metaphorical question?“, un equipo de psicólogos de la Universidad de Leicester determinó que los lectores de papel entienden más rápidamente los asuntos sobre los que leen, poseen una memoria a corto y medio plazo mejor y trabajan de manera más resuelta con los materiales.

Ted Striphas, el autor de The late age of print, en entrevista con Henry Jenkins, sostiene que los libro en papel moldean hasta tal punto nuestros hábitos de lectura y están entreverados en los hábitos de nuestra vida cotidiana, que difícilmente desaparecerán, al menos en el corto plazo.

Pero no me desviaré del asunto inicial: soy consciente de que he utilizado la vieja táctica de menoscabar las propiedades de algo para ensalzar las de otra cosa. De acuerdo, reconozco lo artero de la maniobra. Que Piscitelli me condene… Trato, solamente, de destacar el imprescindible papel de esa presencia estruendosamente silenciosa de los libros y, con ello, rendir mi pequeño y sincero homenaje a los libreros que lo hacen posible, como barricadas ante las barbaries cotidianas.

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¿Qué hacemos con la lectura?

En el último estudio sobre Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011, se detecta, aparentemente, un crecimiento significativo de los lectores frecuentes: del 90.4% que dice que lee con una frecuencia al menos trimestral (si es que a eso pudiéramos llamar propiamente lectura) en cualquiera de los medios o soportes analizados (libros, revistas, periódicos y comics), el 61.4% dice leer libros. Es verdad, además, que según los datos proporcionados por la encuesta, la diferencia entre los que dicen leer semanalmente, con mayor asiduidad, y los que declaran hacerlo con más laxitud, los trimestrales, la diferencia solamente alcanza el 4.1%, de manera que deberíamos colegir que al menos un 86.3% de los lectores de libros practican esa forma silenciosa de meditación con meritoria frecuencia. Y es cosa, sin duda, de alegrarse por ello.

Ese aparente incremento de lectores habituales no quiebra, en ningún caso, sin embargo, otra correlación inamovible: la que vincula lectura con nivel de estudios, tamaño del habitat y ocupación. A día de hoy, y mientras la sociología no demuestre lo contrario, lee más quien mayor nivel de estudios posee y vive en ciudades de más de un millón de habitantes, o dicho al revés, quien nace en el seno de una familia con estudios superiores tenderá a reproducir esa condición familiar, cursará estudios durante más tiempo accediendo a sus niveles universitarios superiores, detentando la condición de estudiante por más tiempo y accediendo con mayor sencillez y facilidad a los recursos culturales que las grandes ciudades le ofrecen… y leerá más, siempre, a lo largo de todo ese tiempo y aún después. El círculo virtuoso que ata la lectura al origen social del lector es casi inquebrantable a no ser que se intervenga de manera decidida y consciente.

El Departamento de Educación del Gobierno escocés investigó durante siete años la influencia de un nuevo método de la enseñanza de la lectoescritura en el rendimiento y progresión de los niños que provenían de entornos socioeconómicos desfavorecidos. El estudio, denominado A seven year study of the effects of synthetic phonics teaching on reading and spelling attainment, demostró, por primera vez, que un método basado en la identificación entre sonidos y grafías, era capaz de romper con el círculo vicioso de la herencia cultural y educativa que lastraba para siempre el rendimiento escolar y el futuro escolar de esos niños desfavorecidos.

Tras la evidencia empírica acumulada, el Gobierno británico ha decidido adquirir materiales específicos para la enseñanza de la lectoescritura bajo esos principios por valor de 3000 libras para todos los colegios británicos sin excepción.

Hasta donde yo tengo leído, entre los recortes que se anticipan en el Ministerio que ahora liga educación y los libros, la promoción de la lectura será uno de los capítulos que se verá severamente recortado y tampoco se adivina en un futuro cercano que en nuestras escuelas vaya a utilizarse algún método que vaya a alterar el tipo de correlación antedicha. Seamos pues, serios y consecuentes: ¿qué hacemos con la lectura? ¿Conformarnos con las aparentes incrementos estacionales que las estadísticas dicen revelar o tomarnos en serio sus implicaciones y consecuencias?

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Textualidades digitales y vigencia de la lectura

Hay algunas evidencias incontrovertibles: que la nueva textulidad digital es un lenguaje que traerá consigo nuevas formas de expresión y dará a la luz sus frutos más o menos maduros en algunos años, como no se cansa de contarnos Laura Borrás; que surgirán nuevos artistas capaces de utilizar sus capacidades expresivas de manera enteramente novedosa; que el formato tradicional de la página es tan arbitrario como el de la tablilla de cera o el de la pared de una pirámide o un zigurat y que, siendo eso así, el límite de la página caracerá de sentido en un tipo de creación artística hipertextual y transmedia, que las denominaciones tradicionales, en consecuencia, serán inaplicables al nuevo contexto creativo, que la crítica filológica podrá y deberá ejercerse de manera completamente diferente gracias a las herramientas digitales que facilitan el comentario y la glosa y que el público no será exactamente ni lector ni espectador, sino una mezcla propiciada por el giro visual anunciado por Fernando Rodríguez de la Flor.

Bien, todo eso parece indiscutible, pero el libro de Vicente Luis Mora, El lectoespectador, que a mi juicio podría resumirse en lo que antecede, es un amasijo de citas, autoreferencias y neologismos no demasiado afortunados que entorpecen la visión y comprensión de lo esencial. El ejercicio conceptual es legítimo y pertinente, qué duda cabe, pero su plasmación resulta en un exceso bibliográfico indigerible. Pienso en esto todo lo contrario que Carlos Scolari.

El Elogio del texto digital, de José Manuel Lucía es, por el contrario, un mesurado y equilibrado ejercicio de análisis de las modalidades históricas y contemporáneas del texto y sus avatares. Lo que nos traemos hoy entre manos, nos convence Lucía, no es tanto la variabilidad y obsolesencia de los soportes digitales como el surgimiento de una nueva textualidad, la digital, qe pone en evidencia, por una parte, la arbitrariedad de los límites de las textulidades tradicionales ligadas al libro en papel y, por otra, las infinitas posibilidades que se abren para correlacionar e interconectar los múltiples fragmentos de conocimiento que la humanidad ha ido generando a lo largo de la historia. Estamos en condiciones, entiendo en el texto de Lucía, de comenzar a pensar en plataformas de conocimiento que excedan los límites tradicionales de los volúmenes en papel promoviendo la interconexión transmedial de esa constelación de contenidos de la que disponemos. Ni la creación, ni la lectura, ni el estudio ni la crítica serán como fueron, pero eso no incomoda al autor, al contrario: le hace concebir un futuro próspero y esperanzados a imagen y semejanza del que anticipó Vannevar Bush. “El texto digital”, dice Lucía, “con sus capas de información, permitirá que avancemos en la construcción de nuevos modelos textuales. No cabe la menor duda. Pero el camino del futuro no es sólo tecnológico, sino que también incluye ser capaces de crear nuevos modelos de difusión y de relación de la información en los medios digitales, aprovechando sus ventajas antes que imitando los modelos analógicos”.

Solamente soy capaz de poner un reparo a una de sus conclusiones: ¿dejará ese camino a seguir hacia el futuro “obsoletos a los modelos textuales tradicionales” o pervivirá un espacio propio donde pueda seguir cultivándose el lenguaje tal como lo hemos venido haciendo hasta hoy, tal como lo hemos venido leyendo hasta hoy?

La respuesta, o al menos parte de ella, puede quizás encontrarse en un libro singular: Darse a la lectura, de Angel Gabilondo, una fenomenología de la práctica lectora con todas las virtudes y defectos de ese método filosófico: defectos, por que en toda descripción fenomenológica tienden a esencializarse rasgos de la práctica lectora que no son universalizables sino que suelen corresponder a las propiedades y características de un grupo específico de lectores que proyecta sus caulidades y propiedades sobre esa práctica; grandes virtudes porque pone al descubierto alguna de las profundas invariantes de la naturaleza de la lectura: que “aprender a leer y ejercitar ese saber es una forma extraordinaria de liberación”, la forma más aquilatada que conocemos para articular y vertebrar nuestras palabras y, por tanto, nuestra personalidad; la manera más aguda y penetrante que conocemos para acceder a otra modalidad de existencia, para recrearnos, para separnos de nuestras evidencias más cercanas y mundanas y darnos la oportunidad de ser otros.

“Leer es en esta medida imprescindible para pensar más, para pensar mejor, de otro modo”, y siendo esto así, quizás las textualidades tradicionales y los límites a los que se sujetan, no sean tran arbitrarias, ni tan caducas, ni tan obsolescentes.

Démonos a la lectura, y experimentos con las nuevas textualidades digitales.

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Lucía y las navidades

Hace unas pocas horas he podido leer que Lucía Etxebarría va a dejar de escribir en protesta por las descargas ilegales de sus obras. Voy a ahorrarme el chiste que luego todo se malinterpreta. Lo destacado del anuncio, a mi juicio, no es tanto que las descargas ilegales sean punibles, algo de lo que no me cabe la menor duda. Quien no desee expresamente que sus contenidos circulen masivamente sin su consentimiento, posee la legimitidad para protestar y exigir las compensaciones que se deriven de su violación; lo destacado es, creo yo, hasta qué punto ese asunto obnubila nuestro juicio y se convierte en el tema monográfico de discusión en la industria editorial.

Existen problemas estructurales y de fondo mucho más graves -como señala Manuel Gil en “La dieta carpanta“- que exigen de la voluntad de coordinación de todos los afectados, que exigen imaginación y altura de miras, que exigen asunción de nuevos riesgos y apertura de nuevos mercados, que exigen nuevas formas de relacionarse con los públicos, y nada de eso se está haciendo fundamentadamente.  Mientras nos enredamos en un hecho que merece la atención que se le debe -amplificado por el ruido de unos y de otros-, pasan inadvertidos movimientos de profundidad:

  • la implantación de las grandes cadenas de librerías virtuales, atractoras de gran parte de la demanda y capaces de encadenar a sus lectores por la amplitud de la oferta, la gestión de los precios y los formatos propietarios;
  • la venta a precio de baratija de los dispositivos digitales de lectura, como estrategia básica para cautivar a los lectores que no volverán a salir de ese entorno y dejarán de comprar, en consecuencia, en otros puntos y canales;
  • la incomprensión general ante lo que es un cambio de modelo productivo profundo, que implica que seamos capaces de gestionar digitalmente una cadena de valor que es necesario reconstruir;
  • la caída previsible y brutal de la demanda en un mercado ya de por sí hipertrofiado;
  • las prácticas proteccionistas de ciertos países iberoamericanos, que nos devuelven la moneda usada de un intercambio históricamente desigual;
  • la incapacidad de la industria para reaccionar coordinadamente con los mismos instrumentos y armas que las grandes operadoras virtuales;
  • la persistencia de estructuras asociativas verticalizadas e incomunicadas, con escaso espíritu de colaboración;
  • la confianza excesiva en subvenciones y compras públicas para sostener un modelo de negocio previsiblemente agotado;
  • la ineficiencia de la educación en general para formar lectores, para elevar la competencia lectora y, potencialmente, la demanda posterior, correlación que puede constatarse, aunque sea ya un tópico, en los países del centro y el norte de Europa;
  • la incapacidad para crear lectores (para hacer que un verdadero Observatorio de la lectura elevara al ejecutivo políticas sostenidas en el tiempo de generación de hábitos lectores consistentes);
  • la incapacidad para comprender el cambio de hábitos de consumo cultural y las nuevas prácticas digitales de los nativos digitales, para entender que los mercados son genéricamente conversaciones y que eso entraña implicar a los lectores, de múltiples maneras, en el sostenimiento del proyecto editorial;
  • el empeño cegato de muchos medios de comunicación especializados -que van cayendo, como le ha sucedido a Revista de Libros ayer mismo- que no aciertan ya a quién dirigirse y establecen canónes de lectura y compra totalmente arbitrarios.

Lucía Extebarría puede que tenga razón, que parte de la responsabilidad de lo que sucede es que las descargas mermen la venta, que el IVA sea ligeramente alto (en un libro con un precio medio de 14 €, el IVA para el papel sería de 0.56 € y para el electrónico de 2.52 €, con un PVP final que diferiría en 1.96 €, algo que no parece excesivamente disuasorio), y que la vida sea muy complicada.

Feliz año para Lucía, que descansará y nos dejará descansar; a los 140.000 visitantes únicos de este blog durante el 2011 (reales, sin manipulaciones de ningún tipo, ni contabilización de arañas), y al resto de mis improbables lectores.

Hoy oscurece; mañana amanecerá (no parece mal eslogan para el próximo año).

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Mil jóvenes preguntan a Fernando Savater

En la inminente Feria del Libro de Guadalajara 2011, entre los muchos actos previstos en su abarrotado calendario, hay uno que me interesa especialmente, al final de la lista, al fondo a la derecha: Mil jóvenes preguntan a Fernando Savater. No reúno ya la condición inicial indispensable para participar en el foro, sobrepasada ya esa edad en la que Cunqueiro decía que uno echa la vista atrás y se da cuenta que apenas ha escrito unas cuantas líneas sin valor a lo largo de su vida, pero disfrazado con el manto de mi perfil de twitter @futuroslibro, quizás consiga hacerle llegar inquietudes textuales que no consigo resolver solo.

En ese libro indispensable al que he aludido algunas veces y que no es sencillo de encontrar, Loor al leer, escrito en una era cuasi predigital, en 1998, en el capítulo titulado “Leer y leer”, realiza una contraposición entre la Galaxia Gutenberg y la Galaxia Lumiere, entre el mundo logocéntrico de los textos y el de la abrumadora sopa de imágenes contemporánea, crítica sencilla y claramente extensible a la Galaxia Berners-lee. Savater asegura (o aseguraba): “la información basada prioritariamente en imágenes presenta tres deficiencias básicas respecto a la trasmitida ante todo por palabras impresas:

  1. En primer lugar, las imágenes son mucho más aptas para comunicar acciones o desbordamientos pasionales que razonamientos [...]
  2. En segundo lugar, los problemas se reducen fácilmente a imágenes de impacto, pero las imágenes se resisten a convertirse de nuevo en problemas inteligibles. Queda claro el trastorno, pero no sus causas [...]
  3. En tercer lugar, el estilo televisual tiende a comprimir cada vez más la información en unas pocas visiones, combinadas a menudo según una retórica sofisticada en sus medios pero elemental en sus contrastes [...]“.

“Una de estas modas maléficas”, continua, en una hilazón que es responsabilidad mía, “desdeña la palabra, sobre todo si está impresa, en beneficio de otras formas de comunicación más subyugadoras: la expresividad no verbal, los gozos y sombras del cuerpo a cuerpo, la íntima comunión con la gran basca en el concierto de rock, la catarata visual y rítmica del videoclip”, del videojuego. “De lo que se trata es de sentir, fuerte, pronto y alto, hasta perder finalmente el sentido”.

Y ahora llegan, claro, mis preguntas, cada vez más confundido, más desorientado: ¿sigue existiendo hoy en día ese peligro de menoscabo de las textualidades tradicionales? ¿podría decirse que se ha agravado, incluso? ¿o se trataría, por el contrario, de un regreso a una segunda forma de oralidad textulamente mediada, como quieren algunos, que enriquecería nuestras posibilidades expresivas, nuestras capacidades de aprendizaje? ¿debemos contentarnos con comprender que la textualidad lineal de los libros clásicos no será ya más que una entre las muchas textualidades deshilvanadas posibles? O mejor dicho ¿debemos comprender que el lugar preponderante de la textualidad sucesiva de la letra impresa no era más que una anomalía que unos pocos habían exaltado hasta minimizar a las otras? ¿Qué lugar le queda a la textualidad tradicional en la era de las textualidades digitales múltiples? ¿No tendríamos que preocuparnos por procurar una alfabetización integral, abarcante, comprehensiva, que entendiera las características de cada una de esas textualidades y ayudara a esos mil jóvenes a recompener su sentido, a contruirlo activamente?

En fin. No creo que me dejan pasar al auditorio, pero quizás consiga hacerles llegar mis preguntas @FILGuadalajara, que si no son las de un adolescente despistado, si son las de un joven adulto desorientado.

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