‘Librerías’

Desembarcos

La acción de desembarcar, según la RAE, en una de sus posibles acepciones, es “llegar a un lugar, ambiente cultural, organización política o empresa con la intención de iniciar o desarrollar una actividad”. También tiene una dimensión o un envés más bélico: “operación militar que realiza en tierra la dotación de un buque o de una escuadra, o las tropas que llevan”. Y yo creo que la llegada a España -tantas veces anunciada- de Amazon, Google Books o Editions, en convivencia más o menos guerrera con Itunes o IBookStore, tiene tanto de lo primero como de lo segundo.

Hay una serie de hechos incontrovertibles: las librerías virtuales proporcionan un magnífico servicio personalizado mediante algoritmos de compra refinados, capaces de distinguir los gustos o afinidades del comprador mediante el uso de etiquetas y metainformación que depuran y agrupan por categorías los productos que visualiza, siempre dispuestas a realizar descuentos sustanciales sobre el precio inicial por la compra de productos análogos, a rebajar los costes de envío y envolver las mercancias en papel de regalo, a compartir con el comprador potencial la opinión de aquellos que ya leyeron los textos adquiridos, a proporcionar opciones de soporte y formato diversas, a poner a disposición del potencial lector un fondo editorial inasumible para una superficie física tradicional. Estando así las cosas, es difícil rebatir la excelencia de los servicios que estos operadores proporcionan, aderezados, por si fuera poco, por el señuelo de la accesibilidad ubicua y permanente (que no estrictamente propiedad) a los contenidos adquiridos.

Pero si esa es la dimensión amable del inicio o desarrollo de una actividad empresarial, la parte belicosa o al menos conflictiva no debería escapársele a nadie:

  1. Amazon es una enorme Wall-Mart digital que busca una integración vertical perfecta que cierrea cal y canto el círculo de la experiencia de la compra: su enorme masa crítica de contenidos le permite vender un soporte digital propio a través del que se compran y se leen los contenidos que se hayan adquirido, algo que puede resultar innegablemente bueno para Amazon y para el comprador, pero no necesariamente para los editores, sometidos a condiciones de descuento cuestionables. Además de eso, Amazon se ha convertido en editor, valiéndose para ello de las opiniones de los lectores sobre los libros vendidos, un editor de best-sellers, si se quiere, pero editor al fin y al cabo;
  2. Google Books es un gran agujero negro cuya enorme fuerza gravitatoria hará colapsar al sistema librero tradicional: si la puerta de entrada a la web es Google y cualquier persona que busque un autor, un título o un tema acabará, preferencialmente, en las páginas de Google Books, que le ofrecerán, además de la posibilidad de descargar el libro encontrado un nuevo soporte propio (el Iriver Story HD) para que la interconexión sea perfecta, nos encontramos con un ecosistema cerrado que hará guiños durante un tiempo a la red de librerías tradicionales hasta que los usuarios acaben prescindiendo por completo de ellas;
  3. Apple es el espejo en el que todos los agentes concurrentes se miran, lo que cada uno de ellos quisiera ser, en usabilidad y belleza de los dispositivos, en integración de sus plataformas comerciales y sus soportes. Millones de IPads vendidos en los últimos meses avalan que la estrategia de aislamiento y cerrazón sigue siendo sostenible, aunque algunos creamos que el juego de los formatos propietarios y los entornos cerrados es pan para hoy y hambre para el futuro. De todas formas, decenas de millones de lectores no comparten mi opinión, y alguno está equivocado.

En estas condiciones, a penas es creíble que el desembarco de los grandes agentes pueda comportar convivencia pacífica, porque en el nuevo ecosistema digital sobran agentes intermediarios, distribuidores, libreros e, incluso, editores. A no ser, claro, que se atrevan a encarar el problema, desarrollen e implanten medidas tecnológicas propias, y sepan utilizar a su favor lo que de irreversible tiene este cambio. Además, claro, de fomentar el trabajo transversal y cooperativo, transparente y abierto, entre todos los agentes de la cadena de valor tradicional, sin cuyo concurso no hay nada que hacer. Esta y no otra es la verdad más o menos oculta presentida y debatida por los profesionales del libro, y no lo que pudo leerse, en general, en el reportaje del fin de semana dedicado a tal asunto: Revolución. El destino del libro.

He dicho (no está mal para tratarse de la tercera entrada de la temporada).

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Estadísticas sobre la lectura

Ya se sabe que las estadísticas son volubles y caprichosas, interpretables y zalameras, que se dejan hacer y querer. Eso es lo que me pasa, invariablemente, cuando consulto las estadísticas sobre hábitos de compra y lectura de libros, que siempre veo la botella medio vacía mientras que, quienes las confeccionan, la ven medio llena.

De acuerdo con los datos de la encuesta sobre Hábitos de lectura en la Comunidad de Madrid 2010, publicada a finales del mes de enero de este 2011, las cosas van sobre ruedas: los lectores frecuentes han crecido desde el año 2004 hasta hoy en un 17%, de forma que un 58.3% de los madrileños declaran que leen con asiduidad. Un 71,2% se considera así mismo, mirándose en el espejo bruñido que le tiende el encuestador, lector, a secas. Además de eso, un 60,6% de los encuestados telefónicamente declara haber comprado libros durante el año 2010, y un 30.7% haberse acercado a alguna biblioteca municipal.

Aceptar pulpo como animal de compañía suele ser una táctica que demora el encuentro con la realidad: por lector frecuente, si uno hurga un poco en las estadísticas propuestas, se entiende aquel que lee una vez a la semana. Si a mi me preguntaran si me considero un deportista de élite yendo una vez semanalmente al gimnasio, no creo que respondiera que sí, aunque quizás lo reconsidere. En cuanto a qué se entienda por lectura, no se especifica: vale lo mismo un panfleto gratuito entregado en las escaleras del metro o los Diarios de André Gide. El ejercicio mecánico de la lectura no comporta -como sabemos hace ya mucho tiempo- ni comprensión ni discernimiento, problema en el que andamos enredados hace bastante tiempo tal como demuestran las tercas estadísticas de PISA. Por seguir metiendo el dedo en el ojo ajeno, autorepresentarse como lector, no exige demostración alguna: basta con que uno declare serlo. Si los encuestadores tuvieran algo de dignidad antropológica, sabrían que cualquier declaración hay que situarla en la estructura del espacio desde el que se emite. Eso quiere decir, a palo seco, que en cualquier encuesta sobre hábitos culturales, incluidos los hábitos lectores, muchas de las respuestas manifiestan  la buena voluntad cultural condicionada de los encuestados, indefensos ante una pregunta sobre esas costumbres ilustradas. Si esa misma pregunta se localizara geográficamente en el mapa de la Comunidad de Madrid, tal como otros colectivos han realizado ya en alguna otra ocasión:  estadística y geográficamente –el norte y el sur de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, son un ejemplo nítido de ello- es sencillo seguir la correlación perversa que se establece entre la dotación cultural de partida, mermada, y la herencia recibida, igualmente reducida, de manera que los hijos de los que menos leen son los que menos leen y los que mayor fracaso escolar padecen, lastre que se sufrirá el resto de la vida. Es tan preocupante, desde el punto de vista político, que esa predeterminación siga marcando el destino de los jóvenes, que la intervención de las administraciones es perentoria en la evitación de la conexión negativa que se establece entre el origen y las oportunidades, entre el lugar de nacimiento y el acceso a las condiciones que permitan, al menos potencialmente, disfrutar de uno de los valores que sólo será verdaderamente universal cuando se dispensen las condiciones que permitan a todos disfrutar globalmente de ese valor.

Y una última cosa, que se me olvida: ese 60,6% que dice adquirir libros en realidad compra un libro al año, sí, uno. Ni dos ni tres, uno. Si el colectivo entrevistado dice leer una media de 9.2 libros al año y compra uno, es posible que el resto -quiero ser optimista, por un segundo- vaya a las bibliotecas públicas a pedirlo prestado. Pero no, parece que no: el 73% nunca pisa una biblioteca y el 27% restante lo hace alguna vez. Deberemos pensar, quizás, que el bookcrossing está en alza, que la gente intercambia los libros por las calles o que  los amigos se reúnen para comentar lecturas y prestarse libros… ¿O no?

¡Adelante, Madrid!

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Amazon como editor

Tengo algunos amigos editores que realizan un escrutinio pormenorizado de las opiniones que los lectores vierten en las páginas de libros de Amazon para encontrar pequeños o grandes tesoros que rescatar. Claro que, si ellos lo hacen, porque se dan cuenta del valor y alcance que el juicio de los lectores puede tener sobre el desarrollo de su catálogo, no habría razón alguna para pensar que Amazon mismo no pudiera hacerlo. Dicho y hecho, Amazon ha decidido entresacar de las opiniones de sus clientes, diseminadas en sus varias webs internacionales, aquellos títulos que, potencialmente, pudieran ser traducidos al inglés con más garantía de éxito.Amazon se convierte así en editor sobre seguro.

AmazonCrossing es el debut editorial del gigante distribuidor y, en esta nueva vertiente de su trabajo, anuncia cómo serán las nuevas cadenas del valor del libro y de qué manera se reconfigurarán los lugares que cada uno de ellos venía ocupando, algo que no deja de recordar, claro, a los libreros-editores del siglo XVII. Aun cuando quepa la posibilidad teórica, tal como ellos mismos anuncian, de que los libros editados por Amazon puedan ser comercializados en puntos de venta tradicionales, ¿quién iría a otra tienda a comprar lo que el distribuidor está en condiciones de poner en la puerta de tu casa, tal como reflejaba hace ya algún tiempo la portada de la revista The New Yorker? Y, aunque ahora se limiten a comprar derechos para el mercado norteamericano, ¿existe algún impedimento o cortapisa para que trasladen su experiencia a cualquier de sus tiendas virtuales en los distintos idiomas en que operan, incluido el español?

En uno de los temas e hilos de discusión abierto hace a penas dos horas, What books should be translated into English?, los usuarios debaten sobre la conveniencia de transferir a su lengua unos u otros autores, dando indicios evidentes de sus gustos y tendencias. Es seguramente a esto a lo que se refería Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, cuando decía en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería”. Claro, no sólo lo entendemos, sino que se lo fabricamos, vendemos y distribuimos, como meros intermediadores que atienden una demanda proclamada, explícita. Una cosa es escuchar y dialogar, ser un giroscopio que percibe el espíritu de los tiempos y obra editorialmente en consecuencia (valiéndose de las redes sociales y de los espacios de conversación que abre),  y otra muy distinta editar al dictado y al pie de la letra.

Sea como fuere, nada será ya igual a como fue. Amazon como editor desbroza parte de ese nuevo camino.

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Libreros en la niebla

Sí, parafraseo el título de Dian Fossey, porque apenas entreveo a los libreros desde la distancia, ahora que se han reunido todos en Gran Canaria, bajo la panza de burro que forman los aliseos cuando chocan contra las acantilados de la costa norte de la isla, y porque se han escondido en el auditorio Alfredo Kraus, sin comunicaciones exteriores, parapetados tras sus muros, sin que sea posible seguir absolutamente ninguna de las sesiones, leer ninguno de los textos sobre los que se sustenten las conferencias, percatarse del interés que puedan tener sus conclusiones. Quizás salgan de entre las brumas con una solución inusitada, aunque me cueste creerlo. El reciente encuentro de Zaragoza, Otras miradas, encuentro de Editores y Libreros independientes Latinoamericanos, arrojó solamente conclusiones apresuradas, improvisadas, incapaces de ligar la voluntad de los libreros.

Desde la distancia, propongo un ejercicio que comprende una lectura y un comentario de texto. En esa pequeña joya recientemente publicada de George Steiner que se titula El silencio de los libros, que reproduce sólo parcialmente el también interesante Los logócratas, puede leerse en el capítulo titulado “Nuevas amenazas”: “no hay ninguna certeza de que el número de libros impresos en los formatos tradicionales disminuya. Parece incluso que está ocurriendo lo contrario. En realidad hay una plétora increíble de nuevos títulos -ciento veintiún mil en el Reino Undio el año pasado-, lo que constituye tal vez la mayor amenaza que pesa sobre el libro, sobre la superviviencia de las librerías de calidad, con espacio suficiente para almacenar las obras  y poder responder a los intereses y a las necesidades de todos, incluyendo a la minoría” de lectores asiduos.

“Es posible”, continua unos párrafos algo más adelante Steiner, “que el tipo de lectura que he tratado de definir como “clásico” se convierta de nuevo en una especie de pasión particular, que se enseñe en las “casas de lectura”, y a la que nos entregaríamos como Akiba y sus discípulos tras la destrucción del Templo, o como se cultivaba en las escuelas monásticas y en los refrectorios de los conventos de la Edad Media”.

Y ahora las preguntas para pautar la lectura y facilitar la respuesta:

  • ¿Alguien cree, de verdad, que el flujo de novedades producida por los editores va a disminuir?
  • ¿Alguien piensa que los editores racionarán voluntariamente el flujo de novedades del que viven, en un ciclo perverso de financiación circular?
  • ¿Es malo, en todo caso, que el mercado sea rico y diverso en novedades?
  • ¿Cómo podrían hacer las librerías para convertir la amenza de la que habla Steiner en una oportunidad?
  • ¿Qué podrían hacer las librerías, utilizando tecnologías digitales y los recursos que están al alcance de su mano, para que los compradores que entran en una librería pudieran tener acceso potencial a toda la oferta editorial viva?
  • ¿Alguien ha oído hablar de Dilve, de las plataformas de distribución digital centralizadas, de escaparates digitales, de impresión bajo demanda?
  • Si la lectura está innegablemente en retroceso y nadie en su sano juicio puede creerse las cifras proporcionadas por el Gremio de Editores, ¿no serían las librerías ese lugar privilegiado destinado a convertirse en una casa de lectura donde los que nunca podremos prescindir de los libros nos encontremos, dialoguemos y disfrutemos de un placer compartido?
  • ¿Por qué no acondicionamos las librerías para que se conviertan en esos lugares de encuentro y los aprovechan como complemento de su plan de negocio?
  • ¿Prefieren los libreros extinguirse como los gorilas de Dian Fossey, o luchar para sobrevivir?

Mañana, cuando amanezca y la niebla se disipe, quizás veamos los resultados.

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Nadie acabará con los libros

El último fin de semana Manuel Rodríguez Rivero señalaba en el suplemento Babelia que Jason Epstein, en el reciente artículo aparecido en el New York Review of Books, “Publishing: the Revolutionary Future“, había dejado dicho que la actual resistencia de los editores al imparable futuro digital surge “del comprensible temor a su propia obsolescencia y a la complejidad de la transformación digital que les espera, y en la que buena parte de su tradicional infraestructura y, quizás también ellos mismos, serán redundantes”. Siendo eso cierto y sin que quepa réplica alguna, conviene añadir algún comentario adicional para comprender el mensaje completo de Epstein, para entender que si bien el futuro digital es inequívoco e irrevocable, conviene realizar ciertas matizaciones relacionadas con la pervivencia de los libros tradicionales y con las fórmulas creativas pretendidamente periclitadas. Ese mensaje, en todo caso, no es nuevo, porque ya estaba contenido casi en su integridad en la conferencia que impartió en el penúltimo TOC New York.

Epstein añade, en alusión a la nueva personalidad del editor, redimida y reinventada gracias a las tecnologías digitales: “los editores pueden realizar la promoción de un fondo prácticamente ilimitado de libros sin inventarios físicos, sin gastos de distribución o copias físicas invendidas y devueltas a crédito. Los usuarios pagarán anticipadamente el producto que compren. Eso significa que incluso las herramientas automatizadas que Amazon proporciona para facilitar los envíos serán superadas por los inventarios electrónicos. Esto sucedía hace ahora veinticinco años. Hoy la digitalización está sustituyendo a la edición física más de lo que hubiera podido imaginar”. Este mensaje no solamente alude a los editores, que quede claro: compromete a los distribuidores y, cómo no, a los libreros, presos de sus certezas tradicionales y de un inmovilismo casi atávico. En todo caso, no conviene olvidar que Jason Epstein es el creador de la celebérrima Expresso Book Machine, una máquina de impresión digital (que no está todavía a la venta en Europa por problemas en sus licencias de comercialización) pensada para que el librero se convierta en impresor, a la antigua usanza cervantina.

En ningún caso argumenta Epstein, y esto sí conviene resaltarlo para completar el sentido y la intención del artículo, que los libros en papel vayan a desaparecer, muy al contrario: “los libros electrónicos”, añade escuetamente después de explayarse en párrafos previos, “serán un factor significativo en este futuro incierto, pero los libros impresos y encuadernados actuales continuarán siendo el repositorio irremplazable de nuestra sabiduría colectiva”. En realidad, de lo que Epstein habla es de gestión digital integral de la cadena de valor del libro, algo que comprende y excede al mismo tiempo el concepto de digitalización, más estrecho y ceñido a un procedimiento concreto. Su opinión parece venir avalada por la de otro gigante con libro recién aparecido, Umberto Eco: en Nadie acabará con los libros, un conjunto de entrevistas realizadas por Jean-Claude Carrière, asegura: “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”.

Pero Epstein arremete contra otras de las convenciones políticamente correctas de los últimos tiempos, casi tan extendidas como la de la desaparición de los libros en papel. Me refiero a la convención tan defendida por el ala del digitalismo colaborativo de que las modalidades de creación discursivas y literarias tradicionales desaparecerán: nada, dice el editor norteamericano, hará que un mashup colaborativo sustituya por acumulación y casualidad el trabajo de Dickens o de Melville. Y en contra de lo que en el mismo Babelia del sábado pasado sostuviera José Antonio Millán, en “La Biblia, al aparato“, en la que sostenía que “una forma novedosa de “leer” los cómics del pasado o imaginar las obras del futuro” será aquella en que se combinen “en dispositivos portátiles, imágenes, texto, movimientos, sonido, interactividades…”, Epstein responde: “aunque los bloger anticipen una diversidad de proyectos comunales y de nuevos tipos de expresión, la forma literaria ha sido marcadamente conservadora a través de su larga historia mientras que el acto de la lectura aborrece esa clase de distracciones que los elementos de la web intensifican -acompañamiento musical, animaciones, comentarios críticos y otros metadatos-, componentes que algunos profetas de la era digital prevén como márgenes rentables para los proveedores de contenidos”.

Nadie acabará con los libros, parecen decir los dos grandes expertos, Eco y Epstein, y es posible que esté haciéndome mayor, porque cada vez estoy más de acuerdo con ellos.

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En clave de incógnita

Hoy se inaugura en la Biblioteca Nacional el proyecto Enclave. Se trata, básicamente, de un proyecto de carácter voluntario en el que los editores suman parte de su catálogo a una plataforma de la Biblioteca Nacional para que los usuarios puedan consultar los registros bibliográficos y fragmentos de sus contenidos y, en el caso de que estuvieran interesados en adquirir los títulos examinados, ser remitidos a la página web de la editorial. Es posible que yo no entienda la clave del proyecto y que se me escapen sus intenciones más palmarias pero, ¿qué hacen los editores privados añadiendo sus libros a la plataforma de una institución pública? ¿Por qué no se ha dado el paso de genear una plataforma transversal e intersectorial propia?


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¿Y si las librerías tuvieran futuro?: DILVE como fundamento del cambio

Uno de mis héroes indiscutibles es DILBERT, que suena a DILVE, ese oficinista norteamericano que haciendo de necesidad virtud convierte la obtusa y anodina vida del trabajador de cuello blanco en una disparatada comedia cotidiana donde todos nos podemos ver retratados. A veces, cuando pienso en lo que libreros y editores hacen, me acuerdo de esa escena en la que, reunidos los principales miembros de la empresa donde Dilbert trabaja, planean una página web por departamento, para facilitar la interconexión y el trabajo cooperativo que “contenga la suficiente información para ser difícil de mantener y no tanta que pueda resultar útil”. Además, por si cupiera la remota posibilidad de que algo funcionara, “tomarán la precaución de hacerla todo lo aburrida y desorganizada que quepa para que no pueda leerse”. Sin herir suspicacias ni restar méritos, que de todo hay, la gran mayoría de las librerías y muchas editoriales han construído páginas web con la información suficiente para necesitar de cierta gestión y mantenimiento profesionalizado pero lo suficientemente insuficientes para que no resulten útiles a nadie. Y así nos van las cosas.


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Los que queman los libros

En la Feria del Libro de Turín del año 2000 George Steiner leyó un famoso texto titulado “Los que queman los libros” (recogido, luego, en Los logócratas), que comenzaba diciendo: “Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable”. El viernes pasado Amazon borró de manera unilateral y sin previo aviso alguno de  los contenidos que miles de lectores habían adquirido previamente, en un acto tan legal como artero e innoble. La entrada del blog TechCrunch de ese mismo día decía: “Amazon: ¿por qué no vienes a nuestra casa y quemas también nuestros libros?”.


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Google se convierte en librero

Cabía augurar que tarde o temprano Google convertiría un servicio de acceso a contenidos escritos de dominio público, Google Books, en una librería virtual, que transformaría su plataforma de visualización de contenidos escritos gratuitos en una plataforma de intermediación comercial capaz de retar al otro gran gigante norteamericano de la venta de libros, Amazon. Hacia finales de este año 2009, Google Books se convertirá en lo vaticinado, una librería virtual con ambición comercial, y nosotros todavía por aquí con estos pelos.

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La exuberancia sin jerarquía

Durante la jornada del martes 19 celebrada en la Feria del Libro de Sevilla, Nieves González, bibliotecaria y ejemplar blogger de Bibliotecarios 2.0., adujo con razón que había que estar donde los usuarios estuvieran, y ciertamente no hay nada mejor que las tecnologías de las redes sociales para aunar voluntades y conjurar empeños. Joaquín Pinto, director del impar Centro Internacional de Tecnologías Avanzadas -una extravagancia tan necesaria en nuestro país que parece francesa o alemana-, apostó por la alfabetización digital temprana y el trabajo de campo para detectar los usos y costumbres de los usuarios de la web. Sin duda alguna, ambas contribuciones desplegaron uno de los debates más valiosos por necesarios: ese uso masivo e indiscriminado de las nuevas tecnologías representa mucho más que un mero cambio de soportes o canales de información, representa una nueva forma de leer, una nueva forma de pensar y, quizás -como nos recordara hace ya tiempo Nicholas Carr-, una nueva forma de ser.


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