‘Libreros’

El futuro híbrido de la librería

Empecemos por lo obvio: aunque Argentina, junto a México, Colombia y Brasil sea uno de los países iberoamericanos con índices de producción editorial y acceso al libro más prominentes, lo cierto es que su red de librerías, el número de puntos de venta, sigue siendo proporcionalmente bajo con respecto al número de habitantes, y su concentración en los polos urbanos deja al resto del territorio en condiciones muy precarias de acceso a ese bien cultural. Si alguna vez hubiera existido el proyecto de crecer y expandirse, no parece que ahora sea el mejor momento, no al menos de la manera tradicional: la revolución digital en el acceso a los contenidos a través de la web —tal como se demuestra en los países anglosajones y de Europa occidental, además de Corea del Sur y Japón— convertirá en superfluos o redundantes muchos de los canales de distribución y comercialización tradicionales, porque los libros son un tipo de bien, de mercancía, fácilmente virtualizable, y la experiencia de la búsqueda, la consulta y la compra no sufren menoscabo ninguno en la red, antes al contrario. Ocurre, por tanto, que a una red de librerías débil y concentrada se superpone una revolución de desintermediación digital que amenaza con hacer superflua su papel y su presencia. Es cierto que, al menos todavía, la media de la penetración de la conectividad en América Latina de las redes de banda ancha se sitúa en el 32.3% y que la transición de lo analógico a lo digital puede percibirse como una conversión progresiva y ordenada, pero la ausencia temporal de infraestructuras adecuadas no debe ocultar el irreversible cambio en el modo de producción de lo analógico a lo digital, en la conformación de una cadena de valor tradicional a otra muy distinta en la que los libreros tradicionales podrían ser un lastre prescindible o un vestigio arqueológico.

¿Qué cabe hacer, entonces, ante la magnitud de un cambio en los modos de producción, de creación, circulación, distribución, uso y venta de los contenidos editoriales? Se me ocurren solamente dos cosas, lo suficientemente grandes como para mantenernos ocupados:

a) es necesario reconocer que las grandes librerías virtuales proporcionan una experiencia de búsqueda, encuentro y compra cómoda y ventajosa, más todavía cuando alguna de ellas —en un exquisito ejercicio de integración vertical— proporcionan dispositivos de lectura a precios asequibles a través de los que consumir los contenidos adquiridos en esas mismas plataformas. El contenido escrito es, además, sencillamente digitalizable y muchos lectores perciben sustanciosas ventajas —precio, almacenamiento, accesibilidad, oferta— en disfrutarlos de esa manera. ¿Qué pueden o qué deben hacer los libreros ante la penetración creciente de grandes plataformas multinacionales con una masa crítica de contenidos incomparable? ¿Cruzarse de brazos? ¿Confiar en que su pudiente y envejecido público lector siga profesando fidelidad al tradicional punto de venta? ¿Verlas venir hasta que el vendaval digital los arrase? O, quizás, ¿no sería plausible pensar en una alianza global de los libreros y los editores para construir una plataforma única y global, iberoamericana, fundamentada sobre la existencia previa de sus respectivos catálogos nacionales y la estandarización de los registros de la producción editorial ISBN (por ahora en construcción) conectada con el catálogo español? La magnitud de la tarea es, claro, equiparable al tamaño de la amenaza. De existir algo así, de llegar a existir una plataforma digital compartida de contenidos digitales, cabría pensar en un mapa de acceso y distribución a la oferta editorial sustancialmente distinto: sobre una red creciente que conectara progresivamente todo el territorio, podría accederse a todos los contenidos ofertados en la plataforma; en los puntos de venta tradicionales sobrevivientes, cabría acceder a toda la oferta viva de los catálogos nacionales y servirlos título a título mediante una red bien dimensionada de impresión bajo demanda. Hablo de una transformación copernicana, lo sé, pero ¿cabría seguir pensando en escribir y copiar libros a mano distribuyéndolos en circuitos cerrados a clientes selectos cuando un señor ha inventando la imprenta? Quizás el CERLALC tenga algo que decir en todo esto y quizás su ayuda resulte inestimable en el impulso de un proyecto global y compartido, estratégico: crear una plataforma iberoamericana única que beba de los catálogos nacionales, repositorios estandarizados y bien etiquetados, dotados de los metadatos y el fundamento semántico necesario para que sus contenidos sean sencillamente localizables, para que sus ofertas sean visibles y accesibles, para que su impacto en la red pueda llegar a equipararse al de los grandes actores internacionales. Quizás cada gobierno deba, adicionalmente, profundizar en el impulso de la conectividad, en la disminución de la brecha digital, en el acompañamiento a una industria que necesita tutela y atención en esta transición. Lo dicho: la dimensión y el calibre del esfuerzo es solamente comparable a la proporción y envergadura de la amenaza que se cierne sobre la estructura editorial.

b) Qué tiene de insustituible la experiencia presencial, física, analógica, respecto a la digital? ¿Qué clase de valor añadido puede ofrecer un punto de venta tradicional respecto a uno virtual? ¿No deberían buscarse esas señas distintivas e inimitables de las experiencias tangibles para competir contra la virtualización de nuestras prácticas? Es necesario dar en las librerías aquello que las plataformas digitales no pueden dar, o al menos no pueden reproducir de manera cumplida o consumada: el trato personal; el consejo; la cercanía; la creación de un espacio estéticamente diferenciado; la suma de otros servicios que hagan placentero el encuentro con los libros, que permitan que el usuario se demore en su consulta (vinos, cafés, cualquier otra añagaza comestible, merchandising o esa clase de objetos fetiches complementarios que tanto nos gustan a los biblioadictos, etc.); el encuentro con personas de interés afines, con escritores, autores o especialistas en las materias que se comercialicen… y también, como lo intangible no siempre es suficientemente valorado, añadir contenidos exclusivos, adicionales, no disponibles a través de los canales digitales, fruto de la complicidad entre los autores, los editores y los libreros que buscan preservar los canales tradicionales de aquellos que siguen encontrando gusto en el tacto y el contacto, tal como están haciendo los libreros ingleses.

El futuro de las librerías es obligatoriamente híbrido, mixto, fruto de la suma de lo más propio y exclusivo de lo analógico y de lo más pujante y abarcador de lo digital.

ESTE TEXTO APARECIÓ AYER DOMINGO 28 DE ABRIL EN LA VERSIÓN IMPRESA DEL DIARIO ARGENTINO PERFIL

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La cuenta atrás de la librería

Podríamos enunciar el siguiente axioma: cuanto más quepa virtualizar una actividad sin detrimento de la experiencia vinculada a ella, más susceptible será de trasladarse completamente o en parte a la web; o dicho al revés: cuanto más determinante e insustituible resulte la experiencia física y personal vinculada al consumo o uso de un determinado contenido o mercancía, menos idónea resultará su potencial virtualización. No es que el principio sea muy original o muy complejo, pero resulta lo suficientemente  esclarecedor para comprender la tendencia progresiva (¿quizás irreversible?) a la desaparición de las librerías tradicionales.

Algo así es lo que ha intentado demostrar, dotándolo de un fundamento empírico (aunque parcialmente subjetivo), Mike Ghaffary, vicepresidente de desarrollo de negocio en Yelp. En un artículo publicado el pasado 24 de febrero en TechCrunch, titulado “Why Local Commerce Will Be Larger Than E-Commerce For The Next Decade, An Analysis“, Ghaffary desarrolla tres tipos de coeficientes vinculados a la experiencia de la compra o el consumo, y saca ciertas conclusiones como para echarse a) a temblar b) a regocijarse (a elegir de acuerdo con el desempeño profesional y/o las afinidades electivas). La ecuación propone la siguiente fórmula para comprender el progresivo abandono de la librería tradicional:

L = (e + t - s + 5) / 15, teniendo en cuenta que cada una de las variables puede ocupar un rango entre el  y el 5:

  • e = importancia de la experiencia del servicio o el producto, en persona, tras su adquisición;
  • t =  importancia de probar, tantear, tocar o ver e producto o el servicio antes de adquirirlo
  • s = sustitutos disponibles online procedentes de una fuente u origen fiable.

Tabla 1 – Coeficiente local por industria

Categoría

e

t

s

L

Sustituto online más grande Sitio más grandes para encontrar
este tipo de negocio local
Restaurantes

5

3

0

0.87

Yelp
Apartamentos

5

2

2

0.67

Craigslist
Libros

2

2

5

0.27

Amazon Yelp
Coches

2

4

2

0.60

eBay Cars Edmunds.com
Comestibles

3

3

2

0.60

Safeway.com Yelp
Ropa

2

5

2

0.67

No hay un líder claro Yelp
Zapatos

1

5

3

0.53

Zappos Yelp
Hotel

5

3

0

0.87

Priceline, Expedia TripAdvisor
Spa

5

3

0

0.87

Yelp
Fitness/gym

5

4

0

0.93

Yelp
Fontanería

5

3

0

0.87

Yelp
Música

2

2

5

0.27

iTunes
Médico

5

3

2

0.73

WebMD Yelp
Dentista

5

3

0

0.87

Yelp
Legal

2

4

2

0.60

LegalZoom Yelp

No parece muy probable que podamos sustituir digitalmente la experiencia de sentarnos en un restaurante y compartir un plato con unos amigos (de ahí el índice 0.87), pero sí cabe pensar que muchos lectores y usuarios de contenidos escritos prefieran la inmediatez, disponibilidad y acceisibilidad de una gran plataforma de contenidos digitales para adquirir lo que antes compraban en una librería (de ahí el índice, ay, de 0.27 y la existencia de alternativas convenientes como Amazon). Cabe, como el propio autor indica, pensar que algunas de estas apreciaciones poseen un gran componente subjetivo, y así es: no encuentro, en mi caso, sustituto posible a la experiencia tangible de encontrarme con los libros, si bien soy un comprador cuasi compulsivo de libros en la red, de manera que parte de mi experiencia de búsqueda, encuentro y compra se ha trasladado al entorno digital.

De aquí cabe extraer, al menos, tres conclusiones (quien quiera más, que se vaya dónde saben):

  • es necesario dar en las librerías aquello que las plataformas digitales no pueden dar, o al menos no pueden reproducir de manera cumplida o consumada: el trato personal; el consejo; la cercanía; la creación de un espacio estéticamente diferenciado; la suma de otros servicios que hagan placentero el encuentro con los libros, que permitan que el usuario se demore en su consulta (vinos, cafés, cualquier otra añagaza comestible); el encuentro con personas de interes afines, con escritores, autores o especialistas en las materias que se comercialicen…
  • es urgente plantear una alternativa digital propia del gremio de los libreros. Eso ya lo hemos contado varios muchas veces en muchos sitios, así que no insistiré de nuevo. Vayan los interesados a >
  • de no tomarse en serio el axioma de la “sustituibilidad” digital, en menos de lo que pensamos el 75% del mercado del libro será completamente digital y, a lo sumo, el 25% estará en manos de los libreros que sobrevivan.

En una viñeta de junio del 2008, portada de The New Yorker, un atónito librero de barrio ve como su vecino (puede que antiguo cliente, antiguo comprador), recibe de manos de un mensajero un paquete de un librero virtual. Lo que era un pronóstico, un augurio dibujado, es hoy una realidad tan indiscutible y pujante que, de no plantear medidas y soluciones vinculadas a los puntos anteriores, se convertirá en triste e irreversible cuenta atrás de la librería.

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Necesitamos nuevas preguntas (o el Principio de Shirky)

“Las instituciones”, dice el famoso principio de Shirky (de Clay Shirky), “tratarán de preservar el problema para el que ellas son las solución”. O dicho de otra manera: las instituciones tratarán de perseverar en el problema que conocen y entienden porque es el único para el que imaginan soluciones.

De ese principio -tal como se observaba en el Publishers Weekly de hace un par de años-, se derivan colorarios interesantes:

  • Los libreros parecen mucho más preocupados por detener el avance de internet y de su poder extraordinario de desintermediación comercial que de preocuparse por saber cuál es el papel que podrían jugar en la nueva red de valor que Internet promueve. La pregunta no es, por tanto, ¿de qué manera podemos conformar un grupo de presión para detener el avance de Internet, de las empresas que operan en ella o de las transacciones comerciales que facilita sino, más bien, cuál es valor que, como libreros, podríamos añadir a esa nueva configuración de valor que la red origina?
  • Los editores, sobre todo de contenidos científicos, profesionales y educativos, se preguntan de qué forma podría hacerse más rápido, más barato y mejor lo que vienen haciendo extraordinariamente bien desde hace décadas, es decir, crear contenidos científicos, profesionales o educativos empaquetados en volúmenes más o menos extensos. Presos de su propia evidencia y rehenes de sus éxitos, no aciertan a reconocer que vivimos en un nuevo entorno de contenidos y conocimientos extraordinariamente abundantes y gratuitos, donde todas las personas -particularmente los nativos digitales, los jóvenes-, pueden indagar, encontrar, valorar, utilizar y crear nuevos contenidos adecuados a sus intereses particulares. La pregunta, por tanto, no es de qué manera puedo evitar que todo esto suceda, de qué forma puedo ignorar lo que está ocurriendo a mi alrededor apelando a la magnífica y singular calidad de mis contenidos. La pregunta, más bien, debería plantearse de qué manera puedo construir, distribuir y comercializar contenidos adecuados a las necesidades e intereses de mis potenciales usuarios, en formas, formatos y maneras por completo distintas a las anteriores, capaces de agregar un valor realmente singular a lo que cualquier usuario podría encontrar ya en la web.

En agosto de 2012 la agencia Reuters informaba del enorme negocio en torno a la educación que avistaban los sellos educativos norteamericanos, siempre y cuando, claro, se preservara el problema, es decir, siempre y cuando la cuestión siguiera girando en torno a los libros de texto y a las pruebas estandarizadas: “Big publishers such as Pearson, McGraw-Hill and Houghton Mifflin Harcourt have made hundreds of millions of dollars selling public school districts textbooks and standardized tests”, decía la noticia.

  • Los editores de revistas científicas a penas saben cómo gestionar el vuelco que internet supone para sus negocios: la primavera académica comenzó alrededor de 1980, cuando Tim Berners Lee propuso su modelo de comunicación hipertextual entre la comunidad de físicos de altas energías. Los frutos de aquel descubrimiento han tardado incluso más de lo previsto, porque desde aquella fecha los científicos recuperaban el control pleno sobre los medios y los modos de producción, circulación, comunicación y certificación de los contenidos que ellos mismos creaban. Lo demás es cuento y ganas de perder el tiempo: pronto se vio que la la edición científica era la locomotora digital de la revolución en curso, que las revisas y cabeceras que iban ganando independencia respecto a las sujeciones editoriales era cada vez mayor. Hoy en día, la relación de revistas del DOAJ alcanza casi las 7500 revistas, y el incremento de las cabeceras que publican en abierto bajo algún regimen de licencia Creative Commons o similares, ha crecido exponencialmente, tal como puede leerse en The Development of Open Access Journal Publishing from 1993 to 2009. La pregunta, en consecuencia, no puede ser ya cómo mantener los boyantes beneficios derivados de la gestión previa a la era de Internet. En todo caso, la pregunta se parecería más a ¿qué clase de servicios podemos proporcionar a la comunidad científica que sigan justificando nuestra presencia?
  • Los editores de revistas culturales -algo extensivo también, quizás, a la prensa en general- no pisan ya el suelo que les sustentaba: los suscriptores dejaron de abonar sus cuotas; los puntos de venta dedicados desaparecieron; los kioskos de prensa se superpoblaron y se hicieron económicamente prohibitivos; la publicidad desapareció; la compra pública para las redes de bibliotecas es un lejano recuerdo del pasado. Por si fuera poco, la red proporciona toda clase de alternativas culturales de calidad, en muchos casos, equiparable. La pregunta no debería ser sólo, en consecuencia, de qué forma podemos seguir haciendo sin tribulaciones ni sobresaltos lo que hemos venido haciendo hasta ahora. La pregunta se parecería, más bien, a de qué manera puedo construir comunidades de lectores afines, de qué forma puedo tejer redes de afinidad, colaboración y lealtad, de qué manera debo transformar mi publicación digitalmente.
  • Los distribuidores, por terminar de repartir las interrogaciones, sólo puede hacerse una pregunta plausible: ¿qué puede hacer un distribuidor de objetos físicos en un mundo de bienes intangibles?

Se atribuye a Mario Benedetti la formulación de una máxima que es, al menos, tan lúcida como la de Shirky: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Y es que el único camino para encontrar respuestas verosímiles es plantear nuevas preguntas sin guarecerse en los viejos y queridos problemas.

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La reinvención de la librería

Hoy hemos sabido que la librería Proa Espai de Barcelona ha cerrado. No es, desafortunadamente, ni la última ni la primera (antes cayeron Ona, Áncora y Delfín, Librería General de Arte Martínez Pérez…) Tal como señalaba hace pocos días Manuel Gil, podemos conformarnos con los datos brutos e inexactos que los gremios proporcionan, creyendo que el cierre de las librerías de fondo es compensado por la apertura de librerías generalistas. Pero no es así. El cierre sistemático de las librerías responde, en gran medida, a la finalización y conclusión de un modelo de producción ligado al libro analógico (lo mismo que le sucede, en gran medida, a las bibliotecas tradicionales, grandiosas infraestructuras construídas en torno a objetos). E imaginar un nuevo modelo, reinventarse, no resulta sencillo. El descenso progresivo e imparable de las ventas, motivado en gran medida por la migración de los usuarios a entornos de compra y descarga digitales, se siente hasta en las librerías especializadas, como en el caso también reciente de Díaz de Santos.

Algunas bibliotecas públicas y universitarias, en Estados Unidos, están ensayando su desmaterialización: las bibliotecas del condado de Bexar, en Texas, y la biblioteca de la Universidad de Standford, buscan reinventarse mediante su conversión en espacios desprovistos de libros físicos, de mercancias analógicas. En el fondo, de lo que se trata -así lo piensan- es de ahondar en la misión de cualquier biblioteca, que no es otra que la de propiciar el acceso a los contenidos que gestionan, algo que puede favorecerse perfectamente a distancia. En Cataluña los bibliotecarios, sin embargo, han optado por un modelo inverso: el de convertirse en resguardo y amparo de las librerías, reservando espacios en su red municipal para su acomodo, para instigar la concupiscente relación entre los lectores y los libros físicos.

Los libreros franceses saben que las cosas nunca serán ya como han sido. En “Librarie. La physique du numérique“, un artículo (de pago, en Livres Hebdo) sobre el que me llamó la atención José Manuel Anta, los libreros pretenden evitar la desbandada de los compradores a las plataformas digitales, para lo que imagina formas y maneras de “materializar lo digital” dentro de la librería: escaparates virtuales para acceder al fondo vivo de las editoriales; lectores o tablets disponibles en la propia librería para hojear con placidez digital las novedades; la disposición de códigos QR para facilitar la compra, etc.). Toda una batería de medidas encaminadas a integrar la oferta electrónica en la librería tradicional.

No hay, desafortunadamente, demasiadas recetas mágias para reinventar el sector, pero algunas de ellas pueden encontrarse en “Novel ideas for indie bookstores“, algo que me recueda, lejanamente, a otro artículo que pretendía desbrozar esa misma veta, The Book+ Bussiness Plan. En todo caso, las ideas novedosas para librerías independientes dicen así:

  • Crear un entorno dentro de la librería que agrupe productos relacionados con los libros que se venden. Hasta un tercio del espacio de la librería Brookline Booksmith en Brookline, Massachusetts, está dedicado a la venta de productos complementarios. ¿Quién, entre nosotros, no recuerda a Tipos Infames, por poner un ejemplo cercano?
  • Actuar localmente, convertirse en punto de referencia cultural y/o empresarial, acogiendo iniciativas de toda naturaleza, como en el caso de la librería Square Books de Oxford, Mississippi, y la Thacker Mountain Radio que opera en sus locales. ¿Quién no recuerda la dinámica de trabajo vecinal y comunitario de librerías, en este caso, como Traficantes de Sueños?
  • Convertirse en imprenta local, en impresor digital bajo demanda que ofrece cobertura a autores locales, imprimiendo en tiradas cortas su producción editorial, u ofreciendo a sus clientes ejemplares de libros agotados. La librería Bellingham, en Washington, adquirió la Expresso Bookmachine, mediante leasing, la archifamosa máquina de impresión digital inventada y financiada por Robert Darnton. Aquí, por el momento, nadie quiere creérselo, aunque algunos nos desgañitemos repitiéndolo. (A propósito: Penguin la ha adoptado);
  • Ayudar a la competencia, comprender que el beneficio mutuo pasa, al menos en algunas ocasiones, por la creación de coaliciones, por la cooperación: la desaparición inminente de Subterranean Books, llevó a varias librerías a crear la Independent Bookstore Alliance y a repensarse como taller o lugar de encuentro para lectores ávidos de nuevas competencias digitales. En esto de la cooperación, entre nosotros, se me ocurren los siguientes ejemplos: ……………………..
  • Retransmitir eventos, conferencias y encuentros mediante el uso de las tecnologías digitales que (de manera gratuita), están a nuestra disposición. Intentar que la comunidad de lectores afines e interesados crezca y se fidelice mediante el contacto que las tecnologías digitales propician, tal como hace regularmente la librería BookCourt, en Brooklyn. Marcial Pons, entre nosotros, se prepara para incorporar la tecnología a sus presentaciones.

Ninguna de estas soluciones garantiza la continuidad ni protege de la ruina. Pero prueben a no adoptar ninguna de ellas, a no reinventar la librería.

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Observaciones históricas (para alumbrar el futuro)

Parace que fue el Cardenal  Juan de Torquemada, quien propulsó con más decisión y ahinco el uso y difusión de la imprenta. En el periodo de los incunables, en la segunda mitad del siglo XV, aquella tecnología híbrida, cruce del trabajo de los orfebres y de los prensadores de uva, podía tomarse como una amenaza al orden establecido -porque, entre otras cosas, daba acceso a las escrituras, en su  propia lengua, al vulgo- o como una herramienta al servicio de la propagación del mensaje revelado. Parece que Torquemada era de esta segunda opinión: de hecho parece que fue en Subiaco, ciudad de la provincia de Roma, donde se instaló la primera de las imprentas fuera de Alemania, a instancias del abad del monasterio allí asentado, que no era otro que Torquemada. Los maestros impresores Sweynheym y Pannartz, dieron al papel De oratione (de Cicerón), datado en 1465; De divinis institutionibus, de Lactancio, y De civitate Dei, de San Agustín, ambas fechadas dos años después.

Cuando Konrad Swynheym y Arnold Pannartz abandonaron el monasterio y pretendieron instalarse en Roma, encontraron la animadversión y el rechazo del bien asentado gremio de copistas. En Italia, como en España (baste recordar al gremio de los copistas asentados alrededor de la Universidad de Salamanca), los talleres de copistas profesionales abastecían de réplicas a las bibliotecas eclesiásticas, a la de universidades y colegios mayores y, en menor medida, a la de nobles particulares. Los libreros que decidieron, en aquella pugna de gremios y soportes, perserverar en la venta de manuscritos, comprobaron cómo las ventas decrecían a lo largo de los años y cómo -tal como le sucediera a Vespasiano da Bisticci en el año 1478, el librero por entonces más prestigioso de Florencia- el negocio tradicional resultaba, simplemente, insostenible.

En España el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Salamanca pasa por ser la primera editorial profesionalizada. No en vano, las imprentas salmantinas del momento fueron muy activas en la promoción y difusión del libro impreso. Quizás me lo imagine yo solo y no se haya corroborado empíricamente, pero los impresos de la época tardomedieval  omiten siempre el nombre de sus impresores, quizás porque la hostilidad y oposición de los copistas y sus gremios no compensaba el reconocimiento nominal. Dos fueron, sobre todo, las imprentas salmantinas responsables de una difusión inusitada de conocimiento y contenidos: aquellas en las que se imprimieron las Introductiones Latinae (en 1481), y la Gramática castellana (1492).

Bajo el título de “Jornadas del libro“, el pasado 13 y 14 de noviembre se celebró en Madrid el (casi) primer encuentro oficial intersectorial, dos días dedicados al análisis del sector editorial, de la profunda crisis que atraviesa, y de las posibles medidas y soluciones que sería necesario arbitrar. Gran parte del debate -lo digo desde el más profundo respeto y comprensión-, se centró en los métodos y procedimientos de lucha y oposición que sería necesario adoptar de cara a la desintermediación que las redes digitales propician. Si, como en el caso obvio de los libros de texto, internet favorece nuevas modalidades de creación, difusión y uso (y de reuso y reventa), la discusión no encaró esa transformación insoslayable, sino que prefirió refugiarse en evidencias y argumentos medievales (dicho, de nuevo, desde la más profunda afinidad y simpatía). Podremos exigir que los mercados de segunda mano inducidos por Internet abonen los mismos impuestos que los libreros tradicionales; podremos arañar márgenes a los distribuidores; podremos pensar que las transformaciones digitales son episódicas y no alteran en profundidad los métodos de enseñanza y aprendizaje (por seguir con el ejemplo mencionado); podremos, en fin, intentar aferrarnos a las evidencias del milenio pasado, pero Juan de Torquemada lo vio bien claro: cuando se transforman los medios y los modos de producción, más vale cabalgar la nueva ola valiéndose de ella que intentar resistirse.

Para quienes no podemos imaginar la vida sin librerías, es urgente pensar el cambio fundamentadamente, sin resistencias medievales, buscando el lugar que les corresponde en una nueva e  inevitable cadena de valor. Observaciones históricas, en fin, para intentar alumbrar y vislumbrar el futuro.

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La librería irreemplazable

Dice hoy Antonio Ramírez en Imaginar la librería futura, refiriéndose no sólo a la posibilidad de que su última iniciativa prospere, sino de que todo el ecosistema de la librería perviva: “Tal vez sólo sea posible si precisamente nos situamos en su dimensión irremplazable: la densidad cultural que encierra la materialidad del libro de papel; mejor dicho, pensando la librería como el espacio real para el encuentro efectivo de personas de carne y hueso con objetos materiales dotados de un aspecto singular, de un peso y una forma única, en un momento preciso”. Es arriesgado hablar de densidades culturales cuando hablamos de desmaterialización y teorizamos sobre “El fin de la cultura de los objetos“, pero aun cuando corriéramos el peligro de confundir deseo con realidad, yo creo en eso que Daniel Innerarity dejó escrito en La democracia del conocimiento: si hay alguna razón por la que podamos considerar de manera optimista el futuro del libro -y, en consecuencia, de su canal principal- es porque es el mejor y más económico condensador de sentido que conocemos. Quizás ahí coincidan los argumentos de los dos.

No es extraño -conociendo alguno de sus antecedentes políticos-, que el gobierno francés actual abogue por la defensa a ultranza de las librerías independientes respecto a los grandes operadores digitales multinacionales. Su actual Ministra de Cultura y Educación (cuántos quisiéramos) ha dejado dicho: “Nous avons un réseau formidable de librairies indépendantes en France qu’Amazon risque de tuer. Il n’est pas normal qu’Amazon contourne par des prix bas la loi du prix unique en étant installé en Luxembourg et en ne payant pas de fiscalité juste en France”. Lo que viene a ser, más o menos: no admitiremos que las empresas internacionales de comercio electrónico dañen nuestra red de librerías independientes porque su preocupación parece más enfocada a detraer impuestos (abonados en Luxemburgo), que ha añadir valor cultural al país donde operan. En el Plan Estratégico General de la Secretaría de Estado de Cultura 2012-2015 publicado hoy mismo, no he encontrado la palabra “librería” en ninguna de sus 124 páginas. “Libro” solamente se encontrará asociado a una cuestión meramente instrumental: la adecuación de las subvenciones concedidas a libros y revistas. Por ahora no hay planes ni se los espera.

La postura francesa no es, simplemente, una reinvindicación fiscal y comercial -no dañar el tejido del pequeño comercio que proporciona trabajo y crea riqueza-, sino una batalla cultural -la de preservar una red irremplazable, la de las librerías-. Supongo que D. Mario Vargas Llosa, que asistió a la inauguración de La Central de Callao, será consciente de esta paradoja que durante tanto tiempo combatió (enfrentándose a Jacques Lang, ministro socialista de cultura): hay ocasiones en que solamente mediante la excepción cultural cabe preservar lo que más valor tiene.

Incluso los norteamericanos, adalides de la competencia feroz, han comprendido que en la alianza y el respaldo mutuo puede estar parte de la solución: Indiebound, el colectivo de los libreros independientes, es una web donde se suman voluntariamente las librerías independientes de todo el país para que los lectores puedan ubicarlas y adquirir los libros allá donde consideren más adecuados, allá donde hayan tejido los lazos más densos con sus libreros, con ese espacio que les incite a acudir porque sabe que encontrará una comunidad más o menos homogénea de intereses afines. Indiebound incorpora dos cosas que, a mi juicio, convendría que adoptara toda red librera con aspiraciones globales: la posibilidad de comprar lo que se busca, en uno u otro formato, física o digitalmente; la posibilidad de elegir dónde hacerlo; la posibilidad de que los libreros se incorporen voluntariamente al proyecto, utilizando herramientas sencillas de geoposicionamiento y abriendo sus APIs para que sus bases de datos sean consultables. Además de las virtudes enumeradas por Antonio Ramírez, las librerías deben incorporar muchas de las tecnologías que las grandes plataformas han desarrollado y aplicado con éxito y sabiduría. Que estemos de acuerdo en el valor de la singuralidad física del libro, no nos exime de poner las tecnologías a nuestras órdenes utilizándolas en nuestro provecho.

Las librerías -tal como en algún momento quise decir- son irremplazables, no solamente porque podrían hacer valer su peso comercial (a día de hoy, el 90% de lo que las editoriales facturan pasa por sus mesas y los beneficios que el futuro pueda procurar deberían ser mutuos) reclamando lo que es suyo, sino porque son el espacio donde “el entramado de vínculos sociales y simbólicos que aún hoy se concentran en torno al libro de papel” se hace realidad.

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El libro, un pasado magnífico, un oscuro futuro

En la cadena de valor tradicional del libro, todo estaba más o menos claro, cada agente ocupaga su lugar, los márgenes se repartían según un acuerdo no escrito y el dinero necesario para financiar las nuevas tiradas que abastecían las librerías que vendían los libros, fluía con relativa abundancia y naturalidad. España nunca fue un país donde se leyera o comprara mucho, pero esa escases estructural de lectores se combatía con la compra de bibliotecas públicas, la venta en América y alguna acción editorial complementaria cuando el grupo poseía sellos de distinta naturaleza. Ese fue, quizás, el pasado magnífico que nunca volverá.

A día de hoy, las cosas han cambiado, profundamente: la cadena de valor tradicional carece por completo de sentido en el ecosistema digital. No todos los agentes aportan el supuesto valor que agregaban antes al producto que elaborábamos y vendíamos. Distribuidores y libreros son, sin duda, los más afectados, aunque no lo estén menos los editores, que han perdido el añorado monopolio de la intermediación hacia el conocimiento y buscan cuáles son las causas de su supuesta crisis cuando, en realidad, deberían mirar mejor en casa. Los pocos e improbables lectores de antaño leen todavía menos, compran la mitad de lo que compraban; las bibliotecas carecen de presupuestos y recortan el dinero destinado a la adquisición de novedades; los libreros solamente admiten depósitos y cortan con ello el flujo de financiación que antes servía para sostener el sistema, cavando, de paso, su propia tumba; los editores se echan en brazos de las grandes plataformas de comercialización digital, aunque sea a cambio de perder márgenes, aunque sea al precio de perder el control sobre lo que editan y aunque sea a costa de perder la alianza tradicional con quienes siguen siendo su canal de comercialización principal, las librerías.

Poco más arriba, poco más abajo, los datos que se barajan sobre la venta de libros electrónicos a través de los canales establecidos, dejan poco lugar a dudas sobre quién imperará en ese mercado: Amazon, la empresa dominante,  38%; Apple, 20%; FNAC, 11%; Casa del Libro, 10%;  El Corte Inglés, 6%. Es decir: el 85% del mercado digital está en manos de grandes operadores cuyo objetivo, obviamente, no será compartir esa cuota. Google, a todo esto, no ha hecho todavía acto de presencia, o si lo ha hecho, no ha arañado ni un punto del mercado.

En este desolador y oscuro panorama, tan alejado de esplendores y magnificiencias, los gremios profesionales se encierran en burbujas herméticas, creyendo que allá estarán protegidos, u ocultan los temas de discusión principales bajo el manto de la trilogía del miedo: piratería, regulación normativa y propiedad intelectual. La arquitectura del gobierno de esas empresas de la nueva cadena de valor, siguie siendo románica, cuando la realidad exige formas de cooperación transversales basadas en la lógica del beneficio mutuo.

Daniel Innerarity lo decía hace pocos días en un artículo titulado “La exposición universal“: ” hay que aprender toda una nueva gramática del poder para la que sirve de poco la obstinada defensa de lo propio o la despreocupación por lo ajeno. Todo lo que podía valer para el antiguo juego del poder, ahora ya no es más que pura gesticulación. El instrumento fundamental para sobrevivir en la superexposición es la cooperación, la atención a lo común. La intemperie, en el mundo actual, es la soledad, por muy soberana que se imagine”.

Esta afirmación es hoy perfectamente trasladable a nuestro ámbito profesional. Como augura Manuel Gil, en la estela de Inneratity, “el libro esta inmerso en una crisis estructural de grandes proporciones y con sus imperativos sistémicos haciendo agua. Quizá debamos avanzar hacia un decrecimiento controlado y una puesta en valor de un procomún del sector. No valen soluciones individuales, de esta salimos juntos o no salimos. Lo fundamental ahora mismo es diseñar escenarios, buscar consensos, abrirse a ideas nuevas y buscar liderazgos”.

El cambio en ese sentido es inevitable. Habrá, como en todo momento de cambio, quien se ría de ello; habrá quien, tras reírse, intente combatirlo; habrá quien, cuando resulte obvio que no cabe refutarlo, lo acepte como indiscutible.

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Intemperies editoriales

En el último número de la (imprescindible) revista Texturas, una mansa lluvia digital empapa por completo nuestro ya anegado (por no decir ahogado) ecosistema editorial. Un paraguas intenta protegernos de esa aparente inclemencia, pero su consistencia analógica se desvanece en un sinfín de píxeles, integrándose irreversiblemente en el aguacero digital. Nada hay que pueda escapar ya a la transformación electrónica, nada hay que quede ya de la cadena de valor analógica.

Manuel Gil lo lleva advirtiendo en varias de sus últimas entradas, pero seguimos sin darnos por aludidos, como si esconder la cabeza bajo tierra nos librara del chaparrón: durante la segunda mitad del siglo XX y el primer decenio del actual, los editores enviaban sus novedades a las librerías, percibían el abono que les permitía financiar sus gastos corrientes y la edición de sus novedades subsiguientes, recibían las devoluciones al tiempo que realizaban nuevas y simultáneas implantaciones, y así se realimentaba un ciclo pernicioso de financiación que ha llegado hasta hoy. Los libreros, sin embargo, hastiados de novedades, incapaces de gestionarlas e irritados por haberse convertido en financiadores de esa maquinaria editorial refleja, han decidido no abonar muchas de las implantaciones masivas que los sellos editoriales (sobre todo los medios y grandes), realizaban hasta ahora. Eso significa que el flujo de financiación se ha acabado (el de los bancos y el descuento de las letras había cesado hace ya mucho), que nadie podría seguir ya trabajando en la suposición de que una implantación excesiva sirva para sostener el catálogo, aunque tratándose de una crísis sistémica de la cadena de valor, los libreros serán, seguramente, los peor parados, porque sin editoriales y sin libros su papel apenas resulta ya justificado ni necesario.

Si, además, como sostiene con gran acierto Arantxa Mellado, en el mencionado número de Texturas, en el artículo “La evolución de las especies (editoriales)”, las tecnologías digitales están favoreciendo modos de desintermediación inusitados que generarán nuevos tipos de autores más allá del literato tutelado, que sepan valerse de los recursos y tecnologías que la web les da para crear, distribuir y llegar a sus públicos potenciales valiéndose o no de los servicios que les proporcionen los editores, nos encontramos ante lo que lo irreversible: “la cadena de valor del libro”, dice Mellado, “se está transmutando en una red de valor; va a dejar de ser lineal para transformarse en reticular, con nuevos agentes, nuevos oficios, nuevos canales de distribución, nuevos canales de venta, nuevos lectores, nuevos consumidores y nuevos productos editoriales enlazados entre sí formando las ramificaciones que conforman la Red”.

Si a eso sumamos que el sistema de producción y de financiación editorial no podrá seguir basándose en las tiradas masivas e indiferenciadas en offset, porque ya no paga nadie por ello (ni lectores ni libreros), solamente queda asumir que la tecnología digital es -como se titula uno de los artículos de Texturas- un factor de liberación y emancipación antes que una amenaza.

La lluvia de código de Matrix nos ha empapado, nadie está a resguardo, todos nos encontramos a la intemperie. No estaría de más que los Gremios dedicaran algo de tiempo a pensar, en profundidad, sobre esta irreversible transformación y las maneras más cabales y colectivas de abordarla.

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Libros para el 23

Quien tenga dos pantalones -decía George Christoph Lichtenberg en sus Aforismos, E78-, que venda uno y compre este libro. Me atreveré a adaptar aquel dardo a la festividad del día 23: quien ya tenga dos pantalones en su armario ropero, que venda uno de ellos y gaste el importe en comprar al menos uno de los libros que figuran a continuación. Son todos los que están pero no están, claro, todos los que son. Citaré sólo unos cuantos, imprescindibles, de los muchos que he tenido la suerte y oportunidad de leer en los últimos meses:

Alone together. Why we expect more from technology and less from each other, un libro de Sherry Turkle que tiene, en contra de lo que muchos piensan y han comentado, el valor de reflexionar retrospectiva y críticamente sobre lo que Internet prometía y no termina de cumplicar.

La información. Historia y realidad, un monumental repaso histórico a la historia de la conversió nde la información analógica en 0 y 1, al progresivo proceso de desmaterialización y digitalización y, sobre todo -al menos tal como yo lo he leído-, a la reiterada sensación de desbordamiento que los seres humanos han experimentado ante cualquier incremento histórico de la información a su disposición. Gleick, a mi juicio, se arruga al final y cuando debe hacer un pronóstico de lo que nos sucederá, resulta más titubeante y ambiguo en sus juicios que en los irreprochables argumentos que utiliza para analizar la historia de la infromación.

La sociedad de la ignorancia, título que quizás induzca a equívoco porque encierra todo lo contrario a lo que parece aludir y resulta ser las antípodas teóricas del libro de Turkle: Internet nos ofrece recursos inusitados en forma de herramientas, tecnologías y conocimientos que alteran radicalmente la relación entre los supuestos expertos y los hipotéticos legos. Internet encierra una promesa que está en nuestra mano cumplir: la de construir colectivamente una verdadera sociedad del conocimiento.

Antonio Lafuente y Andoni Alonso lo dicen con meridiana claridad en Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano: “aunque sea muy pronto para descorchar el champán y organizar grandes celebraciones por su éxito, hay abundantes signos de que lo más abierto, lo cooperativo, lo creativo, lo igualitario,las formas responsables de mezclar conocimientos y práctica, harán contribuciones importantes a la vida del siglo XXI”. Así será, sin duda, y contar para eso con el equivalente a la imprenta del siglo XV al alcance de todos, fundamenta esa esperanza.

Claro que los científicos profesionales, al menos algunos de ellos, perciben con espeluzno la posibilidad de que los legos, deslenguados y poliescritores, pretendan cuestionar los dictámenes científicos, al menos las consecuencias que su aplicación (o falta de ella) tiene sobre sus vidas, sobre su salud, sobre su bienestar. Construir el campo científico llevó unos cuantos siglos y, entre otras cosas, consistió en desarrollar los mecanismos para decidir qué era o no era ciencia, qué podía recibir o no el marchamo de verosimilitud científica que la comunidad le daba a un descubrimiento. Hoy, los legos, aupados a las herramientas digitales, cuestionan cosas como la continuidad de las centranes nucleares y los modelos energéticos basados en el carbón; la integridad de las instituciones financieras y la gestión de la crisis internacional; los peligros de las reiteradas crisis alimentarias globales o de la manipulación de los medicamentos, etc., etc., y todo eso molesta e incomoda al que alguna vez detentó el monopolio de la verdad. Michael Nielsen aporta ejemplos claros, en su Reinventing discovery. The new era of networked science, de la necesidad de reinventar la lógica del descubrimiento científico abriéndose a la colaboración y a la cogestión, es decir, a nuevas formas de participación ciudadana basadas en los mecanismos de la red.

El paréntesis de Gutenberg. La religión digital en la era de las pantallas ubicuas. Hay que leer a Piscitelli, para estar en acuerdo o en desacuerdo con él, eso da lo mismo, pero para dejarse llevar por sus invectivas, sus reflexiones, sus cavilaciones sobre un nuevo mundo digital que deja atrás el paradigma del códice y del papel y se adentra, titubeante todavía, en las bifurcaciones del texto digital y en las conversaciones de las redes sociales.

El Elogio del texto digital, de José Manuel Lucía es, por el contrario, un mesurado y equilibrado ejercicio de análisis de las modalidades históricas y contemporáneas del texto y sus avatares. Lo que nos traemos hoy entre manos, nos convence Lucía, no es tanto la variabilidad y obsolesencia de los soportes digitales como el surgimiento de una nueva textualidad, la digital, qe pone en evidencia, por una parte, la arbitrariedad de los límites de las textulidades tradicionales ligadas al libro en papel y, por otra, las infinitas posibilidades que se abren para correlacionar e interconectar los múltiples fragmentos de conocimiento que la humanidad ha ido generando a lo largo de la historia. Estamos en condiciones, entiendo en el texto de Lucía, de comenzar a pensar en plataformas de conocimiento que excedan los límites tradicionales de los volúmenes en papel promoviendo la interconexión transmedial de esa constelación de contenidos de la que disponemos. Ni la creación, ni la lectura, ni el estudio ni la crítica serán como fueron, pero eso no incomoda al autor, al contrario: le hace concebir un futuro próspero y esperanzados a imagen y semejanza del que anticipó Vannevar Bush. “El texto digital”, dice Lucía, “con sus capas de información, permitirá que avancemos en la construcción de nuevos modelos textuales. No cabe la menor duda. Pero el camino del futuro no es sólo tecnológico, sino que también incluye ser capaces de crear nuevos modelos de difusión y de relación de la información en los medios digitales, aprovechando sus ventajas antes que imitando los modelos analógicos”.

La respuesta, o al menos parte de ella, puede quizás encontrarse en un libro singular: Darse a la lectura, de Angel Gabilondo, una fenomenología de la práctica lectora con todas las virtudes y defectos de ese método filosófico: defectos, por que en toda descripción fenomenológica tienden a esencializarse rasgos de la práctica lectora que no son universalizables sino que suelen corresponder a las propiedades y características de un grupo específico de lectores que proyecta sus caulidades y propiedades sobre esa práctica; grandes virtudes porque pone al descubierto alguna de las profundas invariantes de la naturaleza de la lectura: que “aprender a leer y ejercitar ese saber es una forma extraordinaria de liberación”, la forma más aquilatada que conocemos para articular y vertebrar nuestras palabras y, por tanto, nuestra personalidad; la manera más aguda y penetrante que conocemos para acceder a otra modalidad de existencia, para recrearnos, para separnos de nuestras evidencias más cercanas y mundanas y darnos la oportunidad de ser otros.

Nadie que lea el imprescidible La cara oculta de la edición, de Martine Prosper (secretaria general del principal sindicato de la edición francesa, el CFDT Livre-Édition), que tenga algunos años de experiencia en el sector y que la costumbre, la inercia o el cinismo no le hayan adormecido por completo, podrá dejar de reconocerse en lo que enuncia y evidencia: la precariedad estructural del sector; la desprotección y la desconsideración progresivas de quienes trabajan en su creación, producción, venta y distribución; la inseguridad acrecentada de las condiciones salariales y laborales de buena parte de los profesionales que se ven obligados a aceptar una situación de puros menestrales; la inexistente conciencia y voluntad gremial, menos aún intergremial, en momentos donde es más necesaria que nunca; la contradicción que esa situación representa respecto a la supuesta naturaleza de un oficio que defiende los valores universales del humanismo.

Lichtenberg tambió dejó escrito: “Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?”. El mejor remedio contra las oquedades cerebrales es, sin duda, vender un pantalón y comprar un libro el próximo día 23.

Pd. Perdón, faltan dos joyas bibliográficas que no deben faltar en ninguna estantería: El paradigma digital y sostenible del libro y El Potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún y el conocimiento compartido.

 

 

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Plataformas

Manuel Gil, que tiene entre sus virtudes la de poner el dedo en la llaga para reconocer el traumatismo en toda su dimensión, lo ha dejado escrito con campechana claridad: libreros, editores, bibliotecarios: tenemos un problema. Internet nos ofrece a todos, incluidos a agentes que antes no formaban parte de la cadena de valor del libro, generar formas alternativas de creación, distribución y comercialización que pueden hacer que se desmoronen nuestros modelos y certezas tradicionales. No carecen de legitimidad, porque nada prevalece entre los antiguos agentes de la cadena de valor a no ser que tomemos los acuerdos consuetudinarios y tácitos que el tiempo precipita como un contrato con fundamento jurídico.

No parece que confundir la realidad con los deseos sea una buena estrategia, ni en la vida ni en los negocios, y ahora, que surgen por doquier propuestas de plataformas de comercialización y distribución de contenidos digitales (Amazon, Apple, Google, Libranda, Telefónica, Leer-e, Publidisa Todoebook, Edicat, 36L, 24Symbols, Comunidad de editores y todas las que queden por venir, incluidas plataformas automáticas de comparación de precios que llevarán a los compradores allí donde deseen adquirir lo visto en otra parte) que acabarán prescindiendo de buena parte de los eslabones tradicionales de la cadena de valor del libro, valiéndose para ellos de las propiedades de desintermediación de la red, se escuchan los lamentos de quienes deberían haber obrado con más premura. Ninguna de las grandes plataformas mencionadas se diseñaron para tener en cuenta a las librerías tradicionales, o cuesta creerlo, por mucho que todavía se escuchen argumentos sobre la preservación de la cadena tradicional, porque llegada la hora de la verdad, nadie prescindirá de los márgenes que la venta y la descarga directas puedan proporcionar.

La gota que quizás haya hecho rebosar el vaso de la aparente quietud ha sido el negocio de provisión a las bibliotecas: independientemente del modelo que se utilice (pago, suscripción, etc.), el fondo de la cuestión atañe a quién proporciona el servicio, si los libreros tradicionales o las plataforma de distribución electrónica. Los libreros y los editores, que antes nunca creyeron que la suma de fuerzas diera ningún resultado, ahora se rasgan las vestiduras ante tal eventualidad. Y lo cierto es que nada hay en el mercado que impida que esto suceda, como bien demuestra el archiconocido caso de la Biblioteca Pública de Nueva York y la distribuidora Overdrive.

 

La cuestión, a mi entender, es qué clase de modelo queremos construir. De no prevalecer esa reflexión, no cabe el crujir de dientes ni la rasgadura de vestiduras. Libreka, en Alemania, una iniciativa conjunta de los gremios de libreros y editores, decidió, hace años, anteponer la unión de sus intereses a las arremetidas de los grandes grupos internacionales. Muchos no dieron un duro por ese envite, argumentando que no acababa de despegar. Hoy, según el último informe de resultados del año 2011, se han alcanzado los 2.1 millones de euros de facturación, multiplicando por treinta la cifra preliminar, y han conseguido sumar su red una cifra de 1,5 millones de libros disponibles, 275000 ebooks, 1600 editoriales y algo más de 600 librerías.

La red tiene por principio favorecer la venta y la descarga a través de los puntos asociados, de manera que en el proceso de compra el usuario puede (debe) elegir el punto de venta más cercano a su domicilio y/o, en el caso de que haya accedido a la web de una librería sin página propia, será remitido, mediante un vínculo destacado, a la plataforma de comercialización de Libreka (quien sepa un poco de alemán, no me dejará mentir).

Aún, quizás, estemos a tiempo. Todo lo que no sea aliarse y construir en beneficio de la comunidad, serán, después, lamentos y cenizas.

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