‘Libreros’

El estruendoso silencio de los libros

En 1821, en Alemania, Heine, requerido a pronunciarse sobre un período de exaltación nacionalista en el que se quemaron libros, observaba: “Donde hoy se queman libros, mañana se quemará a seres humanos”. George Steiner nos recuerda este pasaje histórico, de tan pertinente actualidad, en El silencio de los libros, una obra que todos los inciertos lectores de este blog deberían comprarse y leer esta tarde de viernes.

Retomo el comentario que hice algunos días en el Facebook de mi amigo Javier Jiménez al hilo, claro, de lo que supe a través de Incendiar los libros, la entrada que Juan Cruz dedicó en su blog a la agresión que la librería Antonio Machado de Madrid sufrió el pasado fin de semana, rememorando o resucitando tiempos que creíamos, que deseábamos, pasados, quizás extinguidos. Y, aunque quizás sea innecesario, no se me ocurre mejor manera de estar cerca de quienes han padecido ese inexplicable atentado, que repensar la fortaleza del libro, su vigencia y perdurabilidad: a menudo se piensa su convivencia en términos antagónicos, pero no crea que discurrir sobre el ecosistema actual de la información en esos términos nos lleve a alguna parte: es obvio que los dispositivos electrónicos ganarán buena parte de las prácticas lectoras que antes cubría con holgura el libro en papel, pero también es cierto que proliferan, en las últimas semanas, las pruebas empíricas en contra de su adecuación a la lectura: el New York Times se hacía hace pocos días una pregunta que todos nos hemos hecho: ¿es posible leer mucho rato en una tableta, con tanta distracción?, con tanta incitación, con tanta tentación escondida tras cada una de las aplicaciones que convive con el texto. Time incidía, hace pocos días, igulmente, en un problema cognitivo no resuelto: Do e-books make it harder to remember what you just read?, porque sigue sin existir un estudio empírico claro y extensivo (salvo precedentes todavía parciales, como Territorio Ebook, en España) que demuestre a las claras en qué medida puede distorsionar la experiencia de la lectura electrónica a la retentiva a corto y medio plazo.

Jakob Nielsen, el gurú de la usabilidad electrónica, dice en esa entrevista: “Human short-term memory is extremely volatile and weak. That’s why there’s a huge benefit from being able to glance [across a page or two] and see [everything] simultaneously. Even though the eye can only see one thing at a time, it moves so fast that for all practical purposes, it can see [the pages] and can interrelate the material and understand it more”. Es posible, en el fondo, que la alfabetización digital no pueda ni deba sustituir a la alfabetización tradicional, como sostenía hace pocos días Annie Murphy Paul. En uno de los estudios más completos que a este respecto se ha desarrollado, “Efficient electronic navigation: a metaphorical question?“, un equipo de psicólogos de la Universidad de Leicester determinó que los lectores de papel entienden más rápidamente los asuntos sobre los que leen, poseen una memoria a corto y medio plazo mejor y trabajan de manera más resuelta con los materiales.

Ted Striphas, el autor de The late age of print, en entrevista con Henry Jenkins, sostiene que los libro en papel moldean hasta tal punto nuestros hábitos de lectura y están entreverados en los hábitos de nuestra vida cotidiana, que difícilmente desaparecerán, al menos en el corto plazo.

Pero no me desviaré del asunto inicial: soy consciente de que he utilizado la vieja táctica de menoscabar las propiedades de algo para ensalzar las de otra cosa. De acuerdo, reconozco lo artero de la maniobra. Que Piscitelli me condene… Trato, solamente, de destacar el imprescindible papel de esa presencia estruendosamente silenciosa de los libros y, con ello, rendir mi pequeño y sincero homenaje a los libreros que lo hacen posible, como barricadas ante las barbaries cotidianas.

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Libros a 79 $ o el inevitable derrumbe de una industria

Veamos: si un libro electrónico me cuesta 79 $ (56.9932 € al cambio de hoy, quién sabe después de las turbulencias financieras que arrecien todavía las próximas semanas); si quien me lo vende renuncia a obtener un margen notable con la venta del artilugio en beneficio de los servicios y contenidos que pueda venderme; si quien me lo vende resulta que es, además, el primer librero del mundo (suma del catálogo de Amazon más el catálogo de Abebooks; si la disponibilidad por tanto de novedades y libros de fondo es mucho más copiosa que en otra red o plataforma cualquiera; si me subvenciona la inclusión de la conexión 3G de por vida si adquiero el modelo que lo lleva integrado; si el formato de los textos que puedo consultar es propietario y se llama MobiPocket y es incompatible con cualquier otro estándar; si la experiencia del proceso de compra es satisfactoria por la facilidad de la transacción y la calidad de las sugerencias aportadas, además del hilo de conversaciones y críticas de la comunidad de lectores interesada en los mismos títulos; si los algoritmos que maneja esa plataforma comercial son ya capaces de generar ofertas específicas para cada tipo de cliente y comprador, en función de sus hábitos de compra, la regularidad de sus adquisiciones , etc. ; si el lector medio percibe que la integración vertical de todos estos productos y servicios redunda, aparentemente, en su beneficio, en su comodidad,  ¿a alguien le cabe la menor duda de que las librerías, tal como las conocemos, a penas aportarán valor distinguible y palpable para el comprador medio, para el lector general?

Amazon, junto con el resto de los grandes agentes gemelos (Google, Apple), representa una singularidad espacial que, como los agujeros negros, generará un campo gravitatorio a su alrededor que absorberá todo el negocio de la red de librerías tradicionales.

George Orwell, en “Recuerdos de un librero“, reflexionando en voz alta sobre lo que parecía hacer inmortales a las librerías, decía: “los grandes grupos no podrán asfixiar al pequeño librero independiente hasta arrebatarle la existencia, tal como han hecho ya con el tendero de ultramarinos y el lechero”. Me temo que esto pudiera ser así en 1936, pero que ha llegado el aciago momento de compartir nuestro destino con el de tenderos y comerciantes de ultramarinos, a menos que…. A menos que los libreros sepan utilizar en su beneficio las mismas herramientas que Amazon utiliza, empezando por lo que Damià Gallardo apunta en “Nada debe cambiar el espíritu del librero“: “Nuestra aspiración”, dice, “no es copiar a Amazon, sino trasladar la experiencia de pasear por la librería a internet. Por esa razón, muchos libreros, como los de Laie, que sienten pasión por los libros, se ocupan ellos mismos de la actividad en las redes sociales (blogs, Twitter y Facebook) en lugar de encargarlo a empresas externas”. Saber generar y gestionar una comunidad de intereses compartidos donde las conversaciones entre los interesados, sus gustos y apetencias, sirvan para construir el catálogo de la librería, es una de las estrategias de comunicación y fidelización fundamentales del librero.

Hay más cosas que hacer, muchas más, pero lo primero quizás sea reflexionar sobre el significado y las secuelas de vender libros electrónicos a 79 $.

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Desembarcos

La acción de desembarcar, según la RAE, en una de sus posibles acepciones, es “llegar a un lugar, ambiente cultural, organización política o empresa con la intención de iniciar o desarrollar una actividad”. También tiene una dimensión o un envés más bélico: “operación militar que realiza en tierra la dotación de un buque o de una escuadra, o las tropas que llevan”. Y yo creo que la llegada a España -tantas veces anunciada- de Amazon, Google Books o Editions, en convivencia más o menos guerrera con Itunes o IBookStore, tiene tanto de lo primero como de lo segundo.

Hay una serie de hechos incontrovertibles: las librerías virtuales proporcionan un magnífico servicio personalizado mediante algoritmos de compra refinados, capaces de distinguir los gustos o afinidades del comprador mediante el uso de etiquetas y metainformación que depuran y agrupan por categorías los productos que visualiza, siempre dispuestas a realizar descuentos sustanciales sobre el precio inicial por la compra de productos análogos, a rebajar los costes de envío y envolver las mercancias en papel de regalo, a compartir con el comprador potencial la opinión de aquellos que ya leyeron los textos adquiridos, a proporcionar opciones de soporte y formato diversas, a poner a disposición del potencial lector un fondo editorial inasumible para una superficie física tradicional. Estando así las cosas, es difícil rebatir la excelencia de los servicios que estos operadores proporcionan, aderezados, por si fuera poco, por el señuelo de la accesibilidad ubicua y permanente (que no estrictamente propiedad) a los contenidos adquiridos.

Pero si esa es la dimensión amable del inicio o desarrollo de una actividad empresarial, la parte belicosa o al menos conflictiva no debería escapársele a nadie:

  1. Amazon es una enorme Wall-Mart digital que busca una integración vertical perfecta que cierrea cal y canto el círculo de la experiencia de la compra: su enorme masa crítica de contenidos le permite vender un soporte digital propio a través del que se compran y se leen los contenidos que se hayan adquirido, algo que puede resultar innegablemente bueno para Amazon y para el comprador, pero no necesariamente para los editores, sometidos a condiciones de descuento cuestionables. Además de eso, Amazon se ha convertido en editor, valiéndose para ello de las opiniones de los lectores sobre los libros vendidos, un editor de best-sellers, si se quiere, pero editor al fin y al cabo;
  2. Google Books es un gran agujero negro cuya enorme fuerza gravitatoria hará colapsar al sistema librero tradicional: si la puerta de entrada a la web es Google y cualquier persona que busque un autor, un título o un tema acabará, preferencialmente, en las páginas de Google Books, que le ofrecerán, además de la posibilidad de descargar el libro encontrado un nuevo soporte propio (el Iriver Story HD) para que la interconexión sea perfecta, nos encontramos con un ecosistema cerrado que hará guiños durante un tiempo a la red de librerías tradicionales hasta que los usuarios acaben prescindiendo por completo de ellas;
  3. Apple es el espejo en el que todos los agentes concurrentes se miran, lo que cada uno de ellos quisiera ser, en usabilidad y belleza de los dispositivos, en integración de sus plataformas comerciales y sus soportes. Millones de IPads vendidos en los últimos meses avalan que la estrategia de aislamiento y cerrazón sigue siendo sostenible, aunque algunos creamos que el juego de los formatos propietarios y los entornos cerrados es pan para hoy y hambre para el futuro. De todas formas, decenas de millones de lectores no comparten mi opinión, y alguno está equivocado.

En estas condiciones, a penas es creíble que el desembarco de los grandes agentes pueda comportar convivencia pacífica, porque en el nuevo ecosistema digital sobran agentes intermediarios, distribuidores, libreros e, incluso, editores. A no ser, claro, que se atrevan a encarar el problema, desarrollen e implanten medidas tecnológicas propias, y sepan utilizar a su favor lo que de irreversible tiene este cambio. Además, claro, de fomentar el trabajo transversal y cooperativo, transparente y abierto, entre todos los agentes de la cadena de valor tradicional, sin cuyo concurso no hay nada que hacer. Esta y no otra es la verdad más o menos oculta presentida y debatida por los profesionales del libro, y no lo que pudo leerse, en general, en el reportaje del fin de semana dedicado a tal asunto: Revolución. El destino del libro.

He dicho (no está mal para tratarse de la tercera entrada de la temporada).

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Amazon como editor

Tengo algunos amigos editores que realizan un escrutinio pormenorizado de las opiniones que los lectores vierten en las páginas de libros de Amazon para encontrar pequeños o grandes tesoros que rescatar. Claro que, si ellos lo hacen, porque se dan cuenta del valor y alcance que el juicio de los lectores puede tener sobre el desarrollo de su catálogo, no habría razón alguna para pensar que Amazon mismo no pudiera hacerlo. Dicho y hecho, Amazon ha decidido entresacar de las opiniones de sus clientes, diseminadas en sus varias webs internacionales, aquellos títulos que, potencialmente, pudieran ser traducidos al inglés con más garantía de éxito.Amazon se convierte así en editor sobre seguro.

AmazonCrossing es el debut editorial del gigante distribuidor y, en esta nueva vertiente de su trabajo, anuncia cómo serán las nuevas cadenas del valor del libro y de qué manera se reconfigurarán los lugares que cada uno de ellos venía ocupando, algo que no deja de recordar, claro, a los libreros-editores del siglo XVII. Aun cuando quepa la posibilidad teórica, tal como ellos mismos anuncian, de que los libros editados por Amazon puedan ser comercializados en puntos de venta tradicionales, ¿quién iría a otra tienda a comprar lo que el distribuidor está en condiciones de poner en la puerta de tu casa, tal como reflejaba hace ya algún tiempo la portada de la revista The New Yorker? Y, aunque ahora se limiten a comprar derechos para el mercado norteamericano, ¿existe algún impedimento o cortapisa para que trasladen su experiencia a cualquier de sus tiendas virtuales en los distintos idiomas en que operan, incluido el español?

En uno de los temas e hilos de discusión abierto hace a penas dos horas, What books should be translated into English?, los usuarios debaten sobre la conveniencia de transferir a su lengua unos u otros autores, dando indicios evidentes de sus gustos y tendencias. Es seguramente a esto a lo que se refería Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, cuando decía en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería”. Claro, no sólo lo entendemos, sino que se lo fabricamos, vendemos y distribuimos, como meros intermediadores que atienden una demanda proclamada, explícita. Una cosa es escuchar y dialogar, ser un giroscopio que percibe el espíritu de los tiempos y obra editorialmente en consecuencia (valiéndose de las redes sociales y de los espacios de conversación que abre),  y otra muy distinta editar al dictado y al pie de la letra.

Sea como fuere, nada será ya igual a como fue. Amazon como editor desbroza parte de ese nuevo camino.

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Libreros en la niebla

Sí, parafraseo el título de Dian Fossey, porque apenas entreveo a los libreros desde la distancia, ahora que se han reunido todos en Gran Canaria, bajo la panza de burro que forman los aliseos cuando chocan contra las acantilados de la costa norte de la isla, y porque se han escondido en el auditorio Alfredo Kraus, sin comunicaciones exteriores, parapetados tras sus muros, sin que sea posible seguir absolutamente ninguna de las sesiones, leer ninguno de los textos sobre los que se sustenten las conferencias, percatarse del interés que puedan tener sus conclusiones. Quizás salgan de entre las brumas con una solución inusitada, aunque me cueste creerlo. El reciente encuentro de Zaragoza, Otras miradas, encuentro de Editores y Libreros independientes Latinoamericanos, arrojó solamente conclusiones apresuradas, improvisadas, incapaces de ligar la voluntad de los libreros.

Desde la distancia, propongo un ejercicio que comprende una lectura y un comentario de texto. En esa pequeña joya recientemente publicada de George Steiner que se titula El silencio de los libros, que reproduce sólo parcialmente el también interesante Los logócratas, puede leerse en el capítulo titulado “Nuevas amenazas”: “no hay ninguna certeza de que el número de libros impresos en los formatos tradicionales disminuya. Parece incluso que está ocurriendo lo contrario. En realidad hay una plétora increíble de nuevos títulos -ciento veintiún mil en el Reino Undio el año pasado-, lo que constituye tal vez la mayor amenaza que pesa sobre el libro, sobre la superviviencia de las librerías de calidad, con espacio suficiente para almacenar las obras  y poder responder a los intereses y a las necesidades de todos, incluyendo a la minoría” de lectores asiduos.

“Es posible”, continua unos párrafos algo más adelante Steiner, “que el tipo de lectura que he tratado de definir como “clásico” se convierta de nuevo en una especie de pasión particular, que se enseñe en las “casas de lectura”, y a la que nos entregaríamos como Akiba y sus discípulos tras la destrucción del Templo, o como se cultivaba en las escuelas monásticas y en los refrectorios de los conventos de la Edad Media”.

Y ahora las preguntas para pautar la lectura y facilitar la respuesta:

  • ¿Alguien cree, de verdad, que el flujo de novedades producida por los editores va a disminuir?
  • ¿Alguien piensa que los editores racionarán voluntariamente el flujo de novedades del que viven, en un ciclo perverso de financiación circular?
  • ¿Es malo, en todo caso, que el mercado sea rico y diverso en novedades?
  • ¿Cómo podrían hacer las librerías para convertir la amenza de la que habla Steiner en una oportunidad?
  • ¿Qué podrían hacer las librerías, utilizando tecnologías digitales y los recursos que están al alcance de su mano, para que los compradores que entran en una librería pudieran tener acceso potencial a toda la oferta editorial viva?
  • ¿Alguien ha oído hablar de Dilve, de las plataformas de distribución digital centralizadas, de escaparates digitales, de impresión bajo demanda?
  • Si la lectura está innegablemente en retroceso y nadie en su sano juicio puede creerse las cifras proporcionadas por el Gremio de Editores, ¿no serían las librerías ese lugar privilegiado destinado a convertirse en una casa de lectura donde los que nunca podremos prescindir de los libros nos encontremos, dialoguemos y disfrutemos de un placer compartido?
  • ¿Por qué no acondicionamos las librerías para que se conviertan en esos lugares de encuentro y los aprovechan como complemento de su plan de negocio?
  • ¿Prefieren los libreros extinguirse como los gorilas de Dian Fossey, o luchar para sobrevivir?

Mañana, cuando amanezca y la niebla se disipe, quizás veamos los resultados.

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Nadie acabará con los libros

El último fin de semana Manuel Rodríguez Rivero señalaba en el suplemento Babelia que Jason Epstein, en el reciente artículo aparecido en el New York Review of Books, “Publishing: the Revolutionary Future“, había dejado dicho que la actual resistencia de los editores al imparable futuro digital surge “del comprensible temor a su propia obsolescencia y a la complejidad de la transformación digital que les espera, y en la que buena parte de su tradicional infraestructura y, quizás también ellos mismos, serán redundantes”. Siendo eso cierto y sin que quepa réplica alguna, conviene añadir algún comentario adicional para comprender el mensaje completo de Epstein, para entender que si bien el futuro digital es inequívoco e irrevocable, conviene realizar ciertas matizaciones relacionadas con la pervivencia de los libros tradicionales y con las fórmulas creativas pretendidamente periclitadas. Ese mensaje, en todo caso, no es nuevo, porque ya estaba contenido casi en su integridad en la conferencia que impartió en el penúltimo TOC New York.

Epstein añade, en alusión a la nueva personalidad del editor, redimida y reinventada gracias a las tecnologías digitales: “los editores pueden realizar la promoción de un fondo prácticamente ilimitado de libros sin inventarios físicos, sin gastos de distribución o copias físicas invendidas y devueltas a crédito. Los usuarios pagarán anticipadamente el producto que compren. Eso significa que incluso las herramientas automatizadas que Amazon proporciona para facilitar los envíos serán superadas por los inventarios electrónicos. Esto sucedía hace ahora veinticinco años. Hoy la digitalización está sustituyendo a la edición física más de lo que hubiera podido imaginar”. Este mensaje no solamente alude a los editores, que quede claro: compromete a los distribuidores y, cómo no, a los libreros, presos de sus certezas tradicionales y de un inmovilismo casi atávico. En todo caso, no conviene olvidar que Jason Epstein es el creador de la celebérrima Expresso Book Machine, una máquina de impresión digital (que no está todavía a la venta en Europa por problemas en sus licencias de comercialización) pensada para que el librero se convierta en impresor, a la antigua usanza cervantina.

En ningún caso argumenta Epstein, y esto sí conviene resaltarlo para completar el sentido y la intención del artículo, que los libros en papel vayan a desaparecer, muy al contrario: “los libros electrónicos”, añade escuetamente después de explayarse en párrafos previos, “serán un factor significativo en este futuro incierto, pero los libros impresos y encuadernados actuales continuarán siendo el repositorio irremplazable de nuestra sabiduría colectiva”. En realidad, de lo que Epstein habla es de gestión digital integral de la cadena de valor del libro, algo que comprende y excede al mismo tiempo el concepto de digitalización, más estrecho y ceñido a un procedimiento concreto. Su opinión parece venir avalada por la de otro gigante con libro recién aparecido, Umberto Eco: en Nadie acabará con los libros, un conjunto de entrevistas realizadas por Jean-Claude Carrière, asegura: “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”.

Pero Epstein arremete contra otras de las convenciones políticamente correctas de los últimos tiempos, casi tan extendidas como la de la desaparición de los libros en papel. Me refiero a la convención tan defendida por el ala del digitalismo colaborativo de que las modalidades de creación discursivas y literarias tradicionales desaparecerán: nada, dice el editor norteamericano, hará que un mashup colaborativo sustituya por acumulación y casualidad el trabajo de Dickens o de Melville. Y en contra de lo que en el mismo Babelia del sábado pasado sostuviera José Antonio Millán, en “La Biblia, al aparato“, en la que sostenía que “una forma novedosa de “leer” los cómics del pasado o imaginar las obras del futuro” será aquella en que se combinen “en dispositivos portátiles, imágenes, texto, movimientos, sonido, interactividades…”, Epstein responde: “aunque los bloger anticipen una diversidad de proyectos comunales y de nuevos tipos de expresión, la forma literaria ha sido marcadamente conservadora a través de su larga historia mientras que el acto de la lectura aborrece esa clase de distracciones que los elementos de la web intensifican -acompañamiento musical, animaciones, comentarios críticos y otros metadatos-, componentes que algunos profetas de la era digital prevén como márgenes rentables para los proveedores de contenidos”.

Nadie acabará con los libros, parecen decir los dos grandes expertos, Eco y Epstein, y es posible que esté haciéndome mayor, porque cada vez estoy más de acuerdo con ellos.

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El precio de los libros electrónicos

Rupert Murdoch, que no es precisamente un alma caritativa, parece que ha dicho: “no nos gusta el modelo de venta de Amazon sea todo a 9.99 $”. Y añade, en una afirmación que parecería reconfortar el corazón de cualquier librero: “Creemos que devalúa realmente a los libros y que daña a todos los minoristas”, es decir, a todo el canal tradicional de pequeñas y medianas librerías. El Financial Times así lo cuenta y le dedica una página completa a la gran guerra de los editores  y los libreros virtuales. Si Murdoch ha dicho esto no es porque se le haya despertado una dormida alma de librero tradicional sino porque su poderío mediático y comercial se ve amenazado por otro aspirante a gigante propietario del jardín de los libros: Amazon.

El modelo de negocio de Amazon es sencillo: comprar libros al 50% de descuento respecto al precio de cubierta de los libros en papel y venderlos por un precio unitario único -algo permitido en los Estados Unidos- de 9.95 $, perdiendo en cada operación, al menos, 5 $, dumping consentido que tiene como objetivo hacerse con una clientela cautiva que utilice el Kindle como dispositivo único de descarga, compra y lectura. El DRM privativo y el formato propietario ayudan a que el modelo de estricta integración vertical cumpla su cometido. Hasta ahí todo bien, al menos para Amazon. Pero, ¿qué ocurre si a un editor se le ocurre que ese modelo de precio único jibarizado no se compadece bien con su política comercial? McMillan le ha dicho a Amazon que el reparto será, de ahora en adelante, de 70% a 30%, y Amazon ha procedido colocando el siguiente anuncio en su librería virtual: “Sign up to be notified when this item becomes available”.

La guerra por los precios y el control comercial de los libros entra en su fase más álgida, porque los agentes en liza son pocos y poderosos: Apple ha consentido que en su tienda sean los editores quienes establezcan sus precios, demostrando cierta flexibilidad viperina en la contienda por la adopción del dispositivo definitivo. HarperCollins, coto de Murdoch, ha optado por el uso de esta plataforma. Queda por saber cómo obrará finalmente Google Editions y de qué manera reaccionara la tienda de Sony.

En todo caso, la estructura de costes de un libro se ve obviamente abaratada cuando su distribución es estrictamente digital: no hay costes fijos de producción, no hay almacenamiento, no hay devoluciones. El precio de venta al público, por tanto, debe de ser necesariamente inferior, por mucho que algunas voces clamen por su mantener la paridad o por mucho que algunos editores no se hayan querido enterar de la diferencia.

“El distinguido negocio de los libros se está convirtiendo en un choque entre titanes tecnológicos y, si los editores no juegan sus cartas acertadamente”, dice el Financial Times, si los libreros y los distribuidores no lo hacen, añadiría yo, “pueden desaparecer como daño colateral”.

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En clave de incógnita

Hoy se inaugura en la Biblioteca Nacional el proyecto Enclave. Se trata, básicamente, de un proyecto de carácter voluntario en el que los editores suman parte de su catálogo a una plataforma de la Biblioteca Nacional para que los usuarios puedan consultar los registros bibliográficos y fragmentos de sus contenidos y, en el caso de que estuvieran interesados en adquirir los títulos examinados, ser remitidos a la página web de la editorial. Es posible que yo no entienda la clave del proyecto y que se me escapen sus intenciones más palmarias pero, ¿qué hacen los editores privados añadiendo sus libros a la plataforma de una institución pública? ¿Por qué no se ha dado el paso de genear una plataforma transversal e intersectorial propia?


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¿Y si las librerías tuvieran futuro?: DILVE como fundamento del cambio

Uno de mis héroes indiscutibles es DILBERT, que suena a DILVE, ese oficinista norteamericano que haciendo de necesidad virtud convierte la obtusa y anodina vida del trabajador de cuello blanco en una disparatada comedia cotidiana donde todos nos podemos ver retratados. A veces, cuando pienso en lo que libreros y editores hacen, me acuerdo de esa escena en la que, reunidos los principales miembros de la empresa donde Dilbert trabaja, planean una página web por departamento, para facilitar la interconexión y el trabajo cooperativo que “contenga la suficiente información para ser difícil de mantener y no tanta que pueda resultar útil”. Además, por si cupiera la remota posibilidad de que algo funcionara, “tomarán la precaución de hacerla todo lo aburrida y desorganizada que quepa para que no pueda leerse”. Sin herir suspicacias ni restar méritos, que de todo hay, la gran mayoría de las librerías y muchas editoriales han construído páginas web con la información suficiente para necesitar de cierta gestión y mantenimiento profesionalizado pero lo suficientemente insuficientes para que no resulten útiles a nadie. Y así nos van las cosas.


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Lodos editoriales

Pues sí: de aquellos barros vienen estos lodos, editorialmente hablando, claro. A nadie que conozca mínimamente el sector editorial le han podido chocar las cifras hechas públicas el viernes de la semana pasada y aireadas, con diversa fortuna y conocimiento, por los medios escritos de comunicación: un descenso de facturación, hasta junio de este año, en torno al 10%, con devoluciones que en el primer trimestre, tras la locura transitoria navideña de novedades y aguinaldos, pudieron llegar hasta el 50%. No se trata de que los libreros hayan padecido un trastorno psíquico transitorio o que hayan formado una coalición por las devoluciones masivas (CODEMA) -como se ha querido explicar en un regate táctico por parte del sector-, sino de la erupción definitiva de un trastorno estructural largamente anunciado.


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