‘Libro electrónico’

La cuenta atrás de la librería

Podríamos enunciar el siguiente axioma: cuanto más quepa virtualizar una actividad sin detrimento de la experiencia vinculada a ella, más susceptible será de trasladarse completamente o en parte a la web; o dicho al revés: cuanto más determinante e insustituible resulte la experiencia física y personal vinculada al consumo o uso de un determinado contenido o mercancía, menos idónea resultará su potencial virtualización. No es que el principio sea muy original o muy complejo, pero resulta lo suficientemente  esclarecedor para comprender la tendencia progresiva (¿quizás irreversible?) a la desaparición de las librerías tradicionales.

Algo así es lo que ha intentado demostrar, dotándolo de un fundamento empírico (aunque parcialmente subjetivo), Mike Ghaffary, vicepresidente de desarrollo de negocio en Yelp. En un artículo publicado el pasado 24 de febrero en TechCrunch, titulado “Why Local Commerce Will Be Larger Than E-Commerce For The Next Decade, An Analysis“, Ghaffary desarrolla tres tipos de coeficientes vinculados a la experiencia de la compra o el consumo, y saca ciertas conclusiones como para echarse a) a temblar b) a regocijarse (a elegir de acuerdo con el desempeño profesional y/o las afinidades electivas). La ecuación propone la siguiente fórmula para comprender el progresivo abandono de la librería tradicional:

L = (e + t - s + 5) / 15, teniendo en cuenta que cada una de las variables puede ocupar un rango entre el  y el 5:

  • e = importancia de la experiencia del servicio o el producto, en persona, tras su adquisición;
  • t =  importancia de probar, tantear, tocar o ver e producto o el servicio antes de adquirirlo
  • s = sustitutos disponibles online procedentes de una fuente u origen fiable.

Tabla 1 – Coeficiente local por industria

Categoría

e

t

s

L

Sustituto online más grande Sitio más grandes para encontrar
este tipo de negocio local
Restaurantes

5

3

0

0.87

Yelp
Apartamentos

5

2

2

0.67

Craigslist
Libros

2

2

5

0.27

Amazon Yelp
Coches

2

4

2

0.60

eBay Cars Edmunds.com
Comestibles

3

3

2

0.60

Safeway.com Yelp
Ropa

2

5

2

0.67

No hay un líder claro Yelp
Zapatos

1

5

3

0.53

Zappos Yelp
Hotel

5

3

0

0.87

Priceline, Expedia TripAdvisor
Spa

5

3

0

0.87

Yelp
Fitness/gym

5

4

0

0.93

Yelp
Fontanería

5

3

0

0.87

Yelp
Música

2

2

5

0.27

iTunes
Médico

5

3

2

0.73

WebMD Yelp
Dentista

5

3

0

0.87

Yelp
Legal

2

4

2

0.60

LegalZoom Yelp

No parece muy probable que podamos sustituir digitalmente la experiencia de sentarnos en un restaurante y compartir un plato con unos amigos (de ahí el índice 0.87), pero sí cabe pensar que muchos lectores y usuarios de contenidos escritos prefieran la inmediatez, disponibilidad y acceisibilidad de una gran plataforma de contenidos digitales para adquirir lo que antes compraban en una librería (de ahí el índice, ay, de 0.27 y la existencia de alternativas convenientes como Amazon). Cabe, como el propio autor indica, pensar que algunas de estas apreciaciones poseen un gran componente subjetivo, y así es: no encuentro, en mi caso, sustituto posible a la experiencia tangible de encontrarme con los libros, si bien soy un comprador cuasi compulsivo de libros en la red, de manera que parte de mi experiencia de búsqueda, encuentro y compra se ha trasladado al entorno digital.

De aquí cabe extraer, al menos, tres conclusiones (quien quiera más, que se vaya dónde saben):

  • es necesario dar en las librerías aquello que las plataformas digitales no pueden dar, o al menos no pueden reproducir de manera cumplida o consumada: el trato personal; el consejo; la cercanía; la creación de un espacio estéticamente diferenciado; la suma de otros servicios que hagan placentero el encuentro con los libros, que permitan que el usuario se demore en su consulta (vinos, cafés, cualquier otra añagaza comestible); el encuentro con personas de interes afines, con escritores, autores o especialistas en las materias que se comercialicen…
  • es urgente plantear una alternativa digital propia del gremio de los libreros. Eso ya lo hemos contado varios muchas veces en muchos sitios, así que no insistiré de nuevo. Vayan los interesados a >
  • de no tomarse en serio el axioma de la “sustituibilidad” digital, en menos de lo que pensamos el 75% del mercado del libro será completamente digital y, a lo sumo, el 25% estará en manos de los libreros que sobrevivan.

En una viñeta de junio del 2008, portada de The New Yorker, un atónito librero de barrio ve como su vecino (puede que antiguo cliente, antiguo comprador), recibe de manos de un mensajero un paquete de un librero virtual. Lo que era un pronóstico, un augurio dibujado, es hoy una realidad tan indiscutible y pujante que, de no plantear medidas y soluciones vinculadas a los puntos anteriores, se convertirá en triste e irreversible cuenta atrás de la librería.

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Hacia dónde va la educación

Coinciden en el calendario tres importantes encuentros internacionales dedicados a la educación: el Educational World Forum, de carácter más político e institucional; el Bett británico, quizás el encuentro internacional de tecnología y educación más importante; y el Learntec alemán, un lugar donde puede vislumbrarse cuál será el futuro de la educación.

Hay algunos elementos o asuntos recurrentes que nos permiten entrever que el aprendizaje mediante la resolución de problemas basados en juegos virtuales, digitales, cobrará, cada vez, un papel más relevante, alejado de la quietud y cerrazón de los currícula tradicionales; que el diseño y prototipado de soluciones, mediante el uso de tecnologías analógicas y/o digitales, será el complemento perfecto a la pedagogía del aprendizaje basado en la práctica; que todo ese aprendizaje discurrirá, en buena medida, en plataformas digitales, móviles, en las que se favorecerá el trabajo colaborativo, el ensayo y el error, la experimentación y la simulación. En el apartado dedicado a los centenares de expositores que participan en BETT, se barrunta una reclamación ya inaplazable: que el aprendizaje en el siglo XXI se realiza en todo tiempo y lugar, más allá de los libros (aunque sin prescindir de ellos), en colaboración con otros, en contextos prácticos y reales, mediante el acceso a toda clase de recursos y contenidos, la mayor parte de ellos disponibles en la web.

Coincide que, mientras se celebran esos foros, las Escuelas Públicas del Estado de Nueva York meditan sobre la conveniencia de sustituir los libros de texto tradicionales por tabletas digitales que soporten el tipo de contenidos, interactividad y lógica colaborativa que el nuevo entorno de aprendizaje exige. En algunos casos, adicionalmente, eso ha suscitado que colectivos de profesores trabajen en la confección de materiales digitales adecuados al diseño de ese nuevo entorno educativo. Claro que, en el Estado de Nueva York, es donde se encuentra uno de los lugares a la vanguardia mundial de los nuevos espacios de aprendizaje, Quest to Learn, de manera que no resulta sorprendente que se planteen la ampliación de algo que vienen ensayando desde años en ese lugar.

Nos encontramos, qué duda cabe, en una nueva encrucijada: sabemos que la comunicación entre profesores y alumnos ya no podrá basarse nunca más en un acto de comunicación unilateral; sabemos que el aula no podrá ser ya, nunca más, ese espacio cerrado entre cuyas cuatro paredes sucede ese ritual de la repetición y la memorización tradicional; sabemos que el currículum, con su estructura rígida y clausurada, no podrá dar respuesta a las necesidades que el mundo del siglo XXI plantea; y sabemos que la fuerza disruptiva de la tecnología digital ha puesto en evidencia algo que ya denunciaba Stefan Zweig, a principios del siglo XX, en sus memorias.

En lo que atañe a la industria editorial las dudas no son menores: presa de un modelo de éxito que funcionó durante los últimos cincuenta años -una pieza analógica esmeradamente estructurada que encajaba perfectamente en la lógica del sistema educativo tradicional-, se ve impelida a abandonar lo que justifica su existencia para aventurarse en modelos de generación de nuevas herramientas, contenidos y servicios cuyas claves no entienden o dominan por completo. Una crísis, como todas, donde se esconden grandes desafíos y oportunidades.

Un paso por Bett y/o por Learntec, podría darnos, a muchos, las claves de hacia dónde va la educación.

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La reinvención de la librería

Hoy hemos sabido que la librería Proa Espai de Barcelona ha cerrado. No es, desafortunadamente, ni la última ni la primera (antes cayeron Ona, Áncora y Delfín, Librería General de Arte Martínez Pérez…) Tal como señalaba hace pocos días Manuel Gil, podemos conformarnos con los datos brutos e inexactos que los gremios proporcionan, creyendo que el cierre de las librerías de fondo es compensado por la apertura de librerías generalistas. Pero no es así. El cierre sistemático de las librerías responde, en gran medida, a la finalización y conclusión de un modelo de producción ligado al libro analógico (lo mismo que le sucede, en gran medida, a las bibliotecas tradicionales, grandiosas infraestructuras construídas en torno a objetos). E imaginar un nuevo modelo, reinventarse, no resulta sencillo. El descenso progresivo e imparable de las ventas, motivado en gran medida por la migración de los usuarios a entornos de compra y descarga digitales, se siente hasta en las librerías especializadas, como en el caso también reciente de Díaz de Santos.

Algunas bibliotecas públicas y universitarias, en Estados Unidos, están ensayando su desmaterialización: las bibliotecas del condado de Bexar, en Texas, y la biblioteca de la Universidad de Standford, buscan reinventarse mediante su conversión en espacios desprovistos de libros físicos, de mercancias analógicas. En el fondo, de lo que se trata -así lo piensan- es de ahondar en la misión de cualquier biblioteca, que no es otra que la de propiciar el acceso a los contenidos que gestionan, algo que puede favorecerse perfectamente a distancia. En Cataluña los bibliotecarios, sin embargo, han optado por un modelo inverso: el de convertirse en resguardo y amparo de las librerías, reservando espacios en su red municipal para su acomodo, para instigar la concupiscente relación entre los lectores y los libros físicos.

Los libreros franceses saben que las cosas nunca serán ya como han sido. En “Librarie. La physique du numérique“, un artículo (de pago, en Livres Hebdo) sobre el que me llamó la atención José Manuel Anta, los libreros pretenden evitar la desbandada de los compradores a las plataformas digitales, para lo que imagina formas y maneras de “materializar lo digital” dentro de la librería: escaparates virtuales para acceder al fondo vivo de las editoriales; lectores o tablets disponibles en la propia librería para hojear con placidez digital las novedades; la disposición de códigos QR para facilitar la compra, etc.). Toda una batería de medidas encaminadas a integrar la oferta electrónica en la librería tradicional.

No hay, desafortunadamente, demasiadas recetas mágias para reinventar el sector, pero algunas de ellas pueden encontrarse en “Novel ideas for indie bookstores“, algo que me recueda, lejanamente, a otro artículo que pretendía desbrozar esa misma veta, The Book+ Bussiness Plan. En todo caso, las ideas novedosas para librerías independientes dicen así:

  • Crear un entorno dentro de la librería que agrupe productos relacionados con los libros que se venden. Hasta un tercio del espacio de la librería Brookline Booksmith en Brookline, Massachusetts, está dedicado a la venta de productos complementarios. ¿Quién, entre nosotros, no recuerda a Tipos Infames, por poner un ejemplo cercano?
  • Actuar localmente, convertirse en punto de referencia cultural y/o empresarial, acogiendo iniciativas de toda naturaleza, como en el caso de la librería Square Books de Oxford, Mississippi, y la Thacker Mountain Radio que opera en sus locales. ¿Quién no recuerda la dinámica de trabajo vecinal y comunitario de librerías, en este caso, como Traficantes de Sueños?
  • Convertirse en imprenta local, en impresor digital bajo demanda que ofrece cobertura a autores locales, imprimiendo en tiradas cortas su producción editorial, u ofreciendo a sus clientes ejemplares de libros agotados. La librería Bellingham, en Washington, adquirió la Expresso Bookmachine, mediante leasing, la archifamosa máquina de impresión digital inventada y financiada por Robert Darnton. Aquí, por el momento, nadie quiere creérselo, aunque algunos nos desgañitemos repitiéndolo. (A propósito: Penguin la ha adoptado);
  • Ayudar a la competencia, comprender que el beneficio mutuo pasa, al menos en algunas ocasiones, por la creación de coaliciones, por la cooperación: la desaparición inminente de Subterranean Books, llevó a varias librerías a crear la Independent Bookstore Alliance y a repensarse como taller o lugar de encuentro para lectores ávidos de nuevas competencias digitales. En esto de la cooperación, entre nosotros, se me ocurren los siguientes ejemplos: ……………………..
  • Retransmitir eventos, conferencias y encuentros mediante el uso de las tecnologías digitales que (de manera gratuita), están a nuestra disposición. Intentar que la comunidad de lectores afines e interesados crezca y se fidelice mediante el contacto que las tecnologías digitales propician, tal como hace regularmente la librería BookCourt, en Brooklyn. Marcial Pons, entre nosotros, se prepara para incorporar la tecnología a sus presentaciones.

Ninguna de estas soluciones garantiza la continuidad ni protege de la ruina. Pero prueben a no adoptar ninguna de ellas, a no reinventar la librería.

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Libros electrónicos y contenidos digitales en la sociedad del conocimiento

Conviene recalcar que, en este caso, como en otros tantos, son todos los que están aunque no estén todos los que son o tengan algo que decir en este momento de transición digital, en este momento del advenimiento de nuevos soportes y formatos. En todo caso, quienes han contribuido a esta obra colectiva, son voces autorizadas y experimentadas en el ámbito de la edición digital. Bajo la coordinación de José Antonio Cordón y Fernando Carbajo (dos de los más destacados especialistas, en sus respectivas áreas, en este asunto), han colaborado en su elaboración nombres como Javier Celaya, José Afonso Furtado, Luis González Martín, María Pinto, Javier Valbuena, Alberto Vicente y Silvano Gozzer, o yo mismo.

Aun  cuando la posibilidad de que una obra como esta perdure esté sujeta a los imprevisibles cambios que la tecnología depare, Libros electrónicos y contenidos digitales en la sociedad del conocimiento pretende ofrecer una visión global de todas las dimensiones que lo atraviesan: desde la conjetura fundamentada sobre su posible evolución, pasando por las potencialidades de la autoedición, siguiendo por la disparidad de plataformas electrónicas que  los distribuyen y comercializan, mirando de reojo a la competencia de los grandes operadores multinacionales, acercándose a sus estrategias específicas de márketing y promoción,  llegando a su papel en la educación del siglo XXI, al uso que nativos y emigrantes digitales hacen de él, a su integración en las bibliotecas públicas y concluyendo con una reflexión sobre su naturaleza y estatuto jurídico.

560 páginas de aportaciones que lo convierten, seguramente, en el manual en español más completo de los que puedan consultarse ahora mismo.

Buena lectura.

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La librería irreemplazable

Dice hoy Antonio Ramírez en Imaginar la librería futura, refiriéndose no sólo a la posibilidad de que su última iniciativa prospere, sino de que todo el ecosistema de la librería perviva: “Tal vez sólo sea posible si precisamente nos situamos en su dimensión irremplazable: la densidad cultural que encierra la materialidad del libro de papel; mejor dicho, pensando la librería como el espacio real para el encuentro efectivo de personas de carne y hueso con objetos materiales dotados de un aspecto singular, de un peso y una forma única, en un momento preciso”. Es arriesgado hablar de densidades culturales cuando hablamos de desmaterialización y teorizamos sobre “El fin de la cultura de los objetos“, pero aun cuando corriéramos el peligro de confundir deseo con realidad, yo creo en eso que Daniel Innerarity dejó escrito en La democracia del conocimiento: si hay alguna razón por la que podamos considerar de manera optimista el futuro del libro -y, en consecuencia, de su canal principal- es porque es el mejor y más económico condensador de sentido que conocemos. Quizás ahí coincidan los argumentos de los dos.

No es extraño -conociendo alguno de sus antecedentes políticos-, que el gobierno francés actual abogue por la defensa a ultranza de las librerías independientes respecto a los grandes operadores digitales multinacionales. Su actual Ministra de Cultura y Educación (cuántos quisiéramos) ha dejado dicho: “Nous avons un réseau formidable de librairies indépendantes en France qu’Amazon risque de tuer. Il n’est pas normal qu’Amazon contourne par des prix bas la loi du prix unique en étant installé en Luxembourg et en ne payant pas de fiscalité juste en France”. Lo que viene a ser, más o menos: no admitiremos que las empresas internacionales de comercio electrónico dañen nuestra red de librerías independientes porque su preocupación parece más enfocada a detraer impuestos (abonados en Luxemburgo), que ha añadir valor cultural al país donde operan. En el Plan Estratégico General de la Secretaría de Estado de Cultura 2012-2015 publicado hoy mismo, no he encontrado la palabra “librería” en ninguna de sus 124 páginas. “Libro” solamente se encontrará asociado a una cuestión meramente instrumental: la adecuación de las subvenciones concedidas a libros y revistas. Por ahora no hay planes ni se los espera.

La postura francesa no es, simplemente, una reinvindicación fiscal y comercial -no dañar el tejido del pequeño comercio que proporciona trabajo y crea riqueza-, sino una batalla cultural -la de preservar una red irremplazable, la de las librerías-. Supongo que D. Mario Vargas Llosa, que asistió a la inauguración de La Central de Callao, será consciente de esta paradoja que durante tanto tiempo combatió (enfrentándose a Jacques Lang, ministro socialista de cultura): hay ocasiones en que solamente mediante la excepción cultural cabe preservar lo que más valor tiene.

Incluso los norteamericanos, adalides de la competencia feroz, han comprendido que en la alianza y el respaldo mutuo puede estar parte de la solución: Indiebound, el colectivo de los libreros independientes, es una web donde se suman voluntariamente las librerías independientes de todo el país para que los lectores puedan ubicarlas y adquirir los libros allá donde consideren más adecuados, allá donde hayan tejido los lazos más densos con sus libreros, con ese espacio que les incite a acudir porque sabe que encontrará una comunidad más o menos homogénea de intereses afines. Indiebound incorpora dos cosas que, a mi juicio, convendría que adoptara toda red librera con aspiraciones globales: la posibilidad de comprar lo que se busca, en uno u otro formato, física o digitalmente; la posibilidad de elegir dónde hacerlo; la posibilidad de que los libreros se incorporen voluntariamente al proyecto, utilizando herramientas sencillas de geoposicionamiento y abriendo sus APIs para que sus bases de datos sean consultables. Además de las virtudes enumeradas por Antonio Ramírez, las librerías deben incorporar muchas de las tecnologías que las grandes plataformas han desarrollado y aplicado con éxito y sabiduría. Que estemos de acuerdo en el valor de la singuralidad física del libro, no nos exime de poner las tecnologías a nuestras órdenes utilizándolas en nuestro provecho.

Las librerías -tal como en algún momento quise decir- son irremplazables, no solamente porque podrían hacer valer su peso comercial (a día de hoy, el 90% de lo que las editoriales facturan pasa por sus mesas y los beneficios que el futuro pueda procurar deberían ser mutuos) reclamando lo que es suyo, sino porque son el espacio donde “el entramado de vínculos sociales y simbólicos que aún hoy se concentran en torno al libro de papel” se hace realidad.

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¿Sueñan los libros electrónicos con jóvenes lectores?

Estoy tentado de afirmar que se sueñan y desean mutuamente, que existe una atracción fatal e ineludible entre ambos, que están tan llamados a entenderse como quizás antaño lo estuvimos nosotros con los libros de papel. Pero, en todo caso, esta percepción debe ser empíricamente corroborada si es que queremos tomarnos en serio la cuestión planteada. No son muchos los estudios que se han emprendido a este respecto; menos aún los que lo hacen de manera extensiva y con una muestra apreciable. La Stiftung Lesen  alemana (Fundación para la lectura), puso en marcha en el años 2010 un estudio cuyos resultados se conocieron a finales del pasado año pasado: Das Potenzial von E-Readern in der Leseförderung, el potencial de los libros electrónicos en la promoción o animación a la lectura.

Los resultados del estudio -me salto aquí todo lo relacionado con el diseño de los grupos donde se realizaron las pruebas, unos en relación sólo con libros en papel, otros solamente con libros electrónicos y un tercero con disponibilidad absoluta sobre ambos soportes- podrían resumirse con cierta sencillez: los adolescentes mostraron una fuerte y favorable predisposición inicial al uso de los dispositivos digitales (en este caso e-readers de la marca Sony); esa inclinación favorable, fruto de la novedad, contribuyó a mejorar la reputación de la lectura como actividad digna de ser tenida en cuenta; la posesión de un libro electrónico por alumno contribuyó, también, a que se construyeran y generaran bibliotecas personales, individuales, mediante la descarga de los títulos propuestos; la descarga de títulos en préstamo para el libro electrónico sobrepasó con creces a la de los préstamos tradicionales, tal como muestra el gráficos inferior (tendréis que creerme…).

Los estudiantes advirtieron, sin embargo, de una serie de mejoras que a muchos ya les parecen obvias: hubiera sido mejor contar con un tablet interactivo y táctil que con un dispositivo dedicado y escasamente interactivo; hubieran querido contar con funcionalidades que les hubieran permitido comentar y valorar lo leído, intercambiar sus gustos y pareceres, es decir, echaron de menos herramientas básicas de lectura social, con las que no cuentan esa clase de dispositivos; querrían haber contado con conectividad 3G y, sobre todo, simplificar el proceso de descarga, copia en el ordenador personal y transferencia al dispositivo de lectura, esto es, hubieran querido que todo hubiera transcurrido en el mismo soporte.

Lo más llamativo, sin embargo, fue que el supuesto romance entre la adolescencia y la digitalidad, era pasajero: de los 458 libros descargados al inicio, solamente 280 fueron trasladados a los libros electrónicos (-42%), 159 fueron leídos de manera parcial y fragmentaria y tan sólo 18 de ellos tuvieron la dicha de ser leídos de cabo a rabo.

“Al principo sí…”, declaraba uno de los alumnos en una de las entrevistas personalizadas que formaba parte del trabajo de campo, “los jóvenes dicen que sí, cuando reciben algo nuevo, entonces se muestran siempre curiosos. Durante un par de semanas siguen mostrando esa curiosidad, como por entonces me ocurrió a mi, pero después de dos o tres meses ya no tenía interés alguno”. Hasta allí llego el romance electrónico: dos o tres meses. “Sí, leía al principio”, dice otro, “pero después de un tiempo dejó de interesarme. Okay, al principio sí, porque era nuevo”.

Si bien en un inicio los libros electrónicos parecen allanar barreras y fomentar la curiosidad y el interés por la lectura, no son suficientes para fundamentar un interés sostenido por ella. Puede y debe construirse sobre ellos, pero no confiar ciegamente en que por sí mismos desaten un interés continuado y perseverante. Queda mucho camino por recorrer y muchos experimentos por realizar. Mientras tanto, ¿qué hacer para que los jóvenes sueñen con la lectura?

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Intemperies editoriales

En el último número de la (imprescindible) revista Texturas, una mansa lluvia digital empapa por completo nuestro ya anegado (por no decir ahogado) ecosistema editorial. Un paraguas intenta protegernos de esa aparente inclemencia, pero su consistencia analógica se desvanece en un sinfín de píxeles, integrándose irreversiblemente en el aguacero digital. Nada hay que pueda escapar ya a la transformación electrónica, nada hay que quede ya de la cadena de valor analógica.

Manuel Gil lo lleva advirtiendo en varias de sus últimas entradas, pero seguimos sin darnos por aludidos, como si esconder la cabeza bajo tierra nos librara del chaparrón: durante la segunda mitad del siglo XX y el primer decenio del actual, los editores enviaban sus novedades a las librerías, percibían el abono que les permitía financiar sus gastos corrientes y la edición de sus novedades subsiguientes, recibían las devoluciones al tiempo que realizaban nuevas y simultáneas implantaciones, y así se realimentaba un ciclo pernicioso de financiación que ha llegado hasta hoy. Los libreros, sin embargo, hastiados de novedades, incapaces de gestionarlas e irritados por haberse convertido en financiadores de esa maquinaria editorial refleja, han decidido no abonar muchas de las implantaciones masivas que los sellos editoriales (sobre todo los medios y grandes), realizaban hasta ahora. Eso significa que el flujo de financiación se ha acabado (el de los bancos y el descuento de las letras había cesado hace ya mucho), que nadie podría seguir ya trabajando en la suposición de que una implantación excesiva sirva para sostener el catálogo, aunque tratándose de una crísis sistémica de la cadena de valor, los libreros serán, seguramente, los peor parados, porque sin editoriales y sin libros su papel apenas resulta ya justificado ni necesario.

Si, además, como sostiene con gran acierto Arantxa Mellado, en el mencionado número de Texturas, en el artículo “La evolución de las especies (editoriales)”, las tecnologías digitales están favoreciendo modos de desintermediación inusitados que generarán nuevos tipos de autores más allá del literato tutelado, que sepan valerse de los recursos y tecnologías que la web les da para crear, distribuir y llegar a sus públicos potenciales valiéndose o no de los servicios que les proporcionen los editores, nos encontramos ante lo que lo irreversible: “la cadena de valor del libro”, dice Mellado, “se está transmutando en una red de valor; va a dejar de ser lineal para transformarse en reticular, con nuevos agentes, nuevos oficios, nuevos canales de distribución, nuevos canales de venta, nuevos lectores, nuevos consumidores y nuevos productos editoriales enlazados entre sí formando las ramificaciones que conforman la Red”.

Si a eso sumamos que el sistema de producción y de financiación editorial no podrá seguir basándose en las tiradas masivas e indiferenciadas en offset, porque ya no paga nadie por ello (ni lectores ni libreros), solamente queda asumir que la tecnología digital es -como se titula uno de los artículos de Texturas- un factor de liberación y emancipación antes que una amenaza.

La lluvia de código de Matrix nos ha empapado, nadie está a resguardo, todos nos encontramos a la intemperie. No estaría de más que los Gremios dedicaran algo de tiempo a pensar, en profundidad, sobre esta irreversible transformación y las maneras más cabales y colectivas de abordarla.

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Por qué los libros de texto serán digitales y se distribuirán desde una única plataforma

Tengo dos respuestas a esa pregunta: una corta y una larga.

La corta dice así: los más importantes sellos editoriales en lengua alemana, con una población escolar superior a la del territorio español, gratuidad implantada en todo el Estado y diferencias curriculares específicas de acuerdo al Land en que se imparta la asignatura, han decidido que el único sistema que puede garantizar la continuidad de la industria editorial del libro de texto al tiempo que el acceso sin restricciones ni limitaciones a los contenidos didácticos, es construir una única plataforma de distribución de contenidos digitales a través de la que los centros educativos puedan descargarlos. El sitio se llama Digitale Schulbuecher, libros de texto digitales, tan sencillo como eso, y comenzará a operar el curso 2012-2013.

Existía un precedente parcial en los Estados Unidos, Course Smart, una plataforma conjunta de explotación de contenidos educativos digitales patrocinada por empresas competidoras: 5887 títulos disponibles en formato electrónico provinientes de los catálogos de Pearson, Willey, McGraw Hill y Cengage Learning.

La respuesta larga dice: la industria del libro de texto editorial es, sin duda, la más compleja de las posibles tipologías del libro. Hubo en tiempo en que el tamaño de la población escolar, la indeferenciación curricular y la cifra de libros vendidos justificaba el funcionamiento de una maquinaria editorial y comercial que implicaba a centeneres de personas. Las enormes inversiones en el desarrollo de materiales pedagógicas, grandes tiradas industriales y movilización de una ingente red comercia, se veían amortizadas e incluso sobrepesadas en beneficios con creces porque la venta excedía las inversiones preliminares.

Hoy en día las cosas son distintas:  la población escolar ha descendido; la disparidad en el aula se ha centuplicado y los libros encarnan una pedagogía unívoca trasnochada; la diversidad curricular de dieciocho autonomías exige los consiguientes desarrollos específicos, inversiones apenas amortizables por las exiguas ventas en algunas de ellas; la competencia entre los sellos ha aumentado y se ha enconando, recurriendo en algunos casos a prácticas poco lícitas, como se puso de manifiesto en el caso de algunos sellos españoles en Iberoamérica; los costes del mantenimiento de los equipos editoriales y las redes comerciales, apenas resultan ya financiables; la gratuidad de los libros de texto y la disparidad de las políticas en las distintas Comunidades Autónomas ha añadido más incertidumbre a una maquinaria empresarial muy delicada; la revolución digital, en fin, ha hecho evidente que la arquitectura de los libros de texto tradicionales es ya obsoleta y que el futuro pasa por la generación de contenidos interactivos, flexibles y adaptables. “El estudiante del siglo XXI”, ha dejado escrito Ferrán Ruiz Tarragó (al que hay que leer y seguir), “está acostumbrado a un entorno infocomunicativo que constrasta vivamente con el aula [...] la estabilidad de los contenidos escolares se han visto muy afectada por la naturaleza digital de la información. La entidad y la prestancia de los libros de texto impresos que produce una industrial editorial consolidada se subvierte de manera decisiva  por la distribución electrónica de todo tipo de contenidos a través de la red”.

Pero aunque todo eso sea una evidencia para todos los directivos de los grandes sellos editoriales asociados en ANELE, lo cierto es que acometer ese cambio no es sencillo. A menudo, además, se piensa, estratégicamente, de manera aislada, como si la solución pudiera pasar porque cada sello construyera su propia plataforma, calculara la posible concurrencia que sus servidores deberían soportar y realizara las inversiones millonarias consiguientes. Pero las cuentas no salen y, tal como demuestra la experiencia de los editores alemanes, la solución en la economía digital pasa, una vez más, por la colaboración bien entendida, por el beneficio mutuo que se puede derivar de actuaciones consensuadas.

Solicitar a las admnistraciones públicas ayudas para el sostenimiento de una industria necesaria -aun cuando proliferen y todavía lo hagan más en el futuro alternativas libres de generación colectiva de contenidos, como demuestra el caso de Flexbook- y el desarrollo de tecnologías que mejoren el acceso y la calidad constrastada de los contenidos, no debería ser un obstáculo.

Por todo eso los libros de texto serán digitales y se distribuirán en una única plataforma.

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Plataformas

Manuel Gil, que tiene entre sus virtudes la de poner el dedo en la llaga para reconocer el traumatismo en toda su dimensión, lo ha dejado escrito con campechana claridad: libreros, editores, bibliotecarios: tenemos un problema. Internet nos ofrece a todos, incluidos a agentes que antes no formaban parte de la cadena de valor del libro, generar formas alternativas de creación, distribución y comercialización que pueden hacer que se desmoronen nuestros modelos y certezas tradicionales. No carecen de legitimidad, porque nada prevalece entre los antiguos agentes de la cadena de valor a no ser que tomemos los acuerdos consuetudinarios y tácitos que el tiempo precipita como un contrato con fundamento jurídico.

No parece que confundir la realidad con los deseos sea una buena estrategia, ni en la vida ni en los negocios, y ahora, que surgen por doquier propuestas de plataformas de comercialización y distribución de contenidos digitales (Amazon, Apple, Google, Libranda, Telefónica, Leer-e, Publidisa Todoebook, Edicat, 36L, 24Symbols, Comunidad de editores y todas las que queden por venir, incluidas plataformas automáticas de comparación de precios que llevarán a los compradores allí donde deseen adquirir lo visto en otra parte) que acabarán prescindiendo de buena parte de los eslabones tradicionales de la cadena de valor del libro, valiéndose para ellos de las propiedades de desintermediación de la red, se escuchan los lamentos de quienes deberían haber obrado con más premura. Ninguna de las grandes plataformas mencionadas se diseñaron para tener en cuenta a las librerías tradicionales, o cuesta creerlo, por mucho que todavía se escuchen argumentos sobre la preservación de la cadena tradicional, porque llegada la hora de la verdad, nadie prescindirá de los márgenes que la venta y la descarga directas puedan proporcionar.

La gota que quizás haya hecho rebosar el vaso de la aparente quietud ha sido el negocio de provisión a las bibliotecas: independientemente del modelo que se utilice (pago, suscripción, etc.), el fondo de la cuestión atañe a quién proporciona el servicio, si los libreros tradicionales o las plataforma de distribución electrónica. Los libreros y los editores, que antes nunca creyeron que la suma de fuerzas diera ningún resultado, ahora se rasgan las vestiduras ante tal eventualidad. Y lo cierto es que nada hay en el mercado que impida que esto suceda, como bien demuestra el archiconocido caso de la Biblioteca Pública de Nueva York y la distribuidora Overdrive.

 

La cuestión, a mi entender, es qué clase de modelo queremos construir. De no prevalecer esa reflexión, no cabe el crujir de dientes ni la rasgadura de vestiduras. Libreka, en Alemania, una iniciativa conjunta de los gremios de libreros y editores, decidió, hace años, anteponer la unión de sus intereses a las arremetidas de los grandes grupos internacionales. Muchos no dieron un duro por ese envite, argumentando que no acababa de despegar. Hoy, según el último informe de resultados del año 2011, se han alcanzado los 2.1 millones de euros de facturación, multiplicando por treinta la cifra preliminar, y han conseguido sumar su red una cifra de 1,5 millones de libros disponibles, 275000 ebooks, 1600 editoriales y algo más de 600 librerías.

La red tiene por principio favorecer la venta y la descarga a través de los puntos asociados, de manera que en el proceso de compra el usuario puede (debe) elegir el punto de venta más cercano a su domicilio y/o, en el caso de que haya accedido a la web de una librería sin página propia, será remitido, mediante un vínculo destacado, a la plataforma de comercialización de Libreka (quien sepa un poco de alemán, no me dejará mentir).

Aún, quizás, estemos a tiempo. Todo lo que no sea aliarse y construir en beneficio de la comunidad, serán, después, lamentos y cenizas.

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Libros a 79 $ o el inevitable derrumbe de una industria

Veamos: si un libro electrónico me cuesta 79 $ (56.9932 € al cambio de hoy, quién sabe después de las turbulencias financieras que arrecien todavía las próximas semanas); si quien me lo vende renuncia a obtener un margen notable con la venta del artilugio en beneficio de los servicios y contenidos que pueda venderme; si quien me lo vende resulta que es, además, el primer librero del mundo (suma del catálogo de Amazon más el catálogo de Abebooks; si la disponibilidad por tanto de novedades y libros de fondo es mucho más copiosa que en otra red o plataforma cualquiera; si me subvenciona la inclusión de la conexión 3G de por vida si adquiero el modelo que lo lleva integrado; si el formato de los textos que puedo consultar es propietario y se llama MobiPocket y es incompatible con cualquier otro estándar; si la experiencia del proceso de compra es satisfactoria por la facilidad de la transacción y la calidad de las sugerencias aportadas, además del hilo de conversaciones y críticas de la comunidad de lectores interesada en los mismos títulos; si los algoritmos que maneja esa plataforma comercial son ya capaces de generar ofertas específicas para cada tipo de cliente y comprador, en función de sus hábitos de compra, la regularidad de sus adquisiciones , etc. ; si el lector medio percibe que la integración vertical de todos estos productos y servicios redunda, aparentemente, en su beneficio, en su comodidad,  ¿a alguien le cabe la menor duda de que las librerías, tal como las conocemos, a penas aportarán valor distinguible y palpable para el comprador medio, para el lector general?

Amazon, junto con el resto de los grandes agentes gemelos (Google, Apple), representa una singularidad espacial que, como los agujeros negros, generará un campo gravitatorio a su alrededor que absorberá todo el negocio de la red de librerías tradicionales.

George Orwell, en “Recuerdos de un librero“, reflexionando en voz alta sobre lo que parecía hacer inmortales a las librerías, decía: “los grandes grupos no podrán asfixiar al pequeño librero independiente hasta arrebatarle la existencia, tal como han hecho ya con el tendero de ultramarinos y el lechero”. Me temo que esto pudiera ser así en 1936, pero que ha llegado el aciago momento de compartir nuestro destino con el de tenderos y comerciantes de ultramarinos, a menos que…. A menos que los libreros sepan utilizar en su beneficio las mismas herramientas que Amazon utiliza, empezando por lo que Damià Gallardo apunta en “Nada debe cambiar el espíritu del librero“: “Nuestra aspiración”, dice, “no es copiar a Amazon, sino trasladar la experiencia de pasear por la librería a internet. Por esa razón, muchos libreros, como los de Laie, que sienten pasión por los libros, se ocupan ellos mismos de la actividad en las redes sociales (blogs, Twitter y Facebook) en lugar de encargarlo a empresas externas”. Saber generar y gestionar una comunidad de intereses compartidos donde las conversaciones entre los interesados, sus gustos y apetencias, sirvan para construir el catálogo de la librería, es una de las estrategias de comunicación y fidelización fundamentales del librero.

Hay más cosas que hacer, muchas más, pero lo primero quizás sea reflexionar sobre el significado y las secuelas de vender libros electrónicos a 79 $.

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