‘Libro electrónico’

Diseño y lectura: un nuevo reto para los libros digitales

Quienes venden libros electrónicos dicen que, al menos, tienen dos ventajas fundamentales sobre los soportes vegetales: que son capaces de almacenar muchos textos y que el lector puede alterar a su gusto y convenencia el cuerpo de la fuente y, en consecuencia, el tamaño de la caja de composición, por si no tuviera a mano las gafas de ver. La primera de las hipotéticas ventajas se desmonta fácilmente: una vez escuché decir al gran José Afonso Furtado que si en un país como los nuestros (Portugal y España) en que las personas que adquieren más de veinte libros al año no pasan de puñado, de unos pocos miles, no parece tener demasiado sentido invertir en un aparato que nunca va a amortizarse, porque apenas se aprovechará para descargar una decena de libros a lo largo de una vida. En lo que respecta a la segunda ventaja supuesta, la cosa es aún peor: si uno tiene la osadía de hacer crecer o disminuir la fuente de un texto en una pantalla electrónico, encontrará una caja que no respeta márgenes, unos párrafos fragmentados, líneas truncadas, palabras mal cortadas, paratextos desaparecidos, dispositivos textuales inexistentes (numeración de hojas y demás), etc., etc. Un puro despropósito compositivo que atenta contra la legiblidad, la lecturabilidad y la integridad del mensaje. La responsabilidad, claro, no es solamente de quienes importan esos cachivaches chinos, porque seguramente carezcan de la sensibilidad necesaria para apreciarlo; la responsabilidad recae en los editores y en los diseñadores, que han hecho hasta ahora dejación de sus funciones poniéndola en manos de cualquiera que arguyera que sabía transformar ficheros nativos en cualquier otra cosa.

Si cuento esto es porque ayer, en el Liber, Alvaro Sobrino y un servidor hablamos y discutimos, mano a mano, sobre la Conciliación del diseño y la lectura: nuevos retos para los libros digitales, un tema que podría parecer a simple vista menor, siempre, claro, que uno no haya leído a MacLuhan ni a Ivan Illich. Que el sentido del mensaje está condicionado por la forma en que se expresa, por la morfología del medio que lo modifica, conforma y transmite, es ya una obviedad que no debería ni siquiera volver a recordarse, pero por si acaso lo hago, para los olvidadizos. En un libro tan importante como poco leído, En el viñedo del texto, Ivan Illich decía que la coincidencia de la fundación de las primeras universidades en el siglo XII y la invención de los párrafos y el resto de los dispositivos textuales que todavía hoy utilizamos (paginado, indexación, etc.), no era una mera casualidad. De ahí la importancia trascendental de las textualidades digitales contemporáneas, el diseño de la página, y el tipo de lectura que propicie.

Algunos proponen una solución aberrante (y que me perdone Steve Jobs): diseñemos todo para los IPad, que son el soporte digital que nos enseña el camino del futuro. Quien ha tenido uno en las manos sabe que cuando se redimensiona un texto achicándolo o agrandándolo, se pierde por completo el aspecto de la composición original, se obtiene una vista fragmentada, parcial, descompuesta, incluso si se trata de un PDF. Siendo eso así, tendríamos que diseñar todos los textos para que casaran con las medidas de la pantallas de Apple, es decir, como si alguien hubiera decidido que tuviéramos que editar todos los libros en octavo. Si estiráramos esa paradoja llegaríamos al completo absurdo: necesitaríamos un libro electrónico distinto para cada tamaño de texto.

Como eso rozaría el absurdo, sólo queda una solución: diseñar intencionalmente con software que nos permita generar contenidos multiformato y multicanal, practicar el cross-media publishing de manera consecuente, de forma que preveamos en qué soportes y formatos leerán nuestros posibles lectores. Vale la pena echar un vistazo a dos entornos de trabajo digital que cambiarán por completo nuestra manera de ver y hacer las cosas:  Censhare y Woodwing. Que cada uno elija el suyo. Y que cada cual diseñe libros digitales o en papel con el esmero que merece.

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Desembarcos

La acción de desembarcar, según la RAE, en una de sus posibles acepciones, es “llegar a un lugar, ambiente cultural, organización política o empresa con la intención de iniciar o desarrollar una actividad”. También tiene una dimensión o un envés más bélico: “operación militar que realiza en tierra la dotación de un buque o de una escuadra, o las tropas que llevan”. Y yo creo que la llegada a España -tantas veces anunciada- de Amazon, Google Books o Editions, en convivencia más o menos guerrera con Itunes o IBookStore, tiene tanto de lo primero como de lo segundo.

Hay una serie de hechos incontrovertibles: las librerías virtuales proporcionan un magnífico servicio personalizado mediante algoritmos de compra refinados, capaces de distinguir los gustos o afinidades del comprador mediante el uso de etiquetas y metainformación que depuran y agrupan por categorías los productos que visualiza, siempre dispuestas a realizar descuentos sustanciales sobre el precio inicial por la compra de productos análogos, a rebajar los costes de envío y envolver las mercancias en papel de regalo, a compartir con el comprador potencial la opinión de aquellos que ya leyeron los textos adquiridos, a proporcionar opciones de soporte y formato diversas, a poner a disposición del potencial lector un fondo editorial inasumible para una superficie física tradicional. Estando así las cosas, es difícil rebatir la excelencia de los servicios que estos operadores proporcionan, aderezados, por si fuera poco, por el señuelo de la accesibilidad ubicua y permanente (que no estrictamente propiedad) a los contenidos adquiridos.

Pero si esa es la dimensión amable del inicio o desarrollo de una actividad empresarial, la parte belicosa o al menos conflictiva no debería escapársele a nadie:

  1. Amazon es una enorme Wall-Mart digital que busca una integración vertical perfecta que cierrea cal y canto el círculo de la experiencia de la compra: su enorme masa crítica de contenidos le permite vender un soporte digital propio a través del que se compran y se leen los contenidos que se hayan adquirido, algo que puede resultar innegablemente bueno para Amazon y para el comprador, pero no necesariamente para los editores, sometidos a condiciones de descuento cuestionables. Además de eso, Amazon se ha convertido en editor, valiéndose para ello de las opiniones de los lectores sobre los libros vendidos, un editor de best-sellers, si se quiere, pero editor al fin y al cabo;
  2. Google Books es un gran agujero negro cuya enorme fuerza gravitatoria hará colapsar al sistema librero tradicional: si la puerta de entrada a la web es Google y cualquier persona que busque un autor, un título o un tema acabará, preferencialmente, en las páginas de Google Books, que le ofrecerán, además de la posibilidad de descargar el libro encontrado un nuevo soporte propio (el Iriver Story HD) para que la interconexión sea perfecta, nos encontramos con un ecosistema cerrado que hará guiños durante un tiempo a la red de librerías tradicionales hasta que los usuarios acaben prescindiendo por completo de ellas;
  3. Apple es el espejo en el que todos los agentes concurrentes se miran, lo que cada uno de ellos quisiera ser, en usabilidad y belleza de los dispositivos, en integración de sus plataformas comerciales y sus soportes. Millones de IPads vendidos en los últimos meses avalan que la estrategia de aislamiento y cerrazón sigue siendo sostenible, aunque algunos creamos que el juego de los formatos propietarios y los entornos cerrados es pan para hoy y hambre para el futuro. De todas formas, decenas de millones de lectores no comparten mi opinión, y alguno está equivocado.

En estas condiciones, a penas es creíble que el desembarco de los grandes agentes pueda comportar convivencia pacífica, porque en el nuevo ecosistema digital sobran agentes intermediarios, distribuidores, libreros e, incluso, editores. A no ser, claro, que se atrevan a encarar el problema, desarrollen e implanten medidas tecnológicas propias, y sepan utilizar a su favor lo que de irreversible tiene este cambio. Además, claro, de fomentar el trabajo transversal y cooperativo, transparente y abierto, entre todos los agentes de la cadena de valor tradicional, sin cuyo concurso no hay nada que hacer. Esta y no otra es la verdad más o menos oculta presentida y debatida por los profesionales del libro, y no lo que pudo leerse, en general, en el reportaje del fin de semana dedicado a tal asunto: Revolución. El destino del libro.

He dicho (no está mal para tratarse de la tercera entrada de la temporada).

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Incunables digitales

Chavi Azpeitia, que es cocinero antes que fraile o fraile antes que cocinero, no sé muy bien el orden, se ha encargado de organizar un curso de edición de lujo que apenas está teniendo difusión, y eso que quien lo acoge podría haberle dedicado algo más de músculo promocional. Pero para estamos los demás, para echar un cable. La edición en tiempos de cambio es el curso que Chavi ha montado y este jueves, mal me está decirlo, tiene un cartel de Plaza de Las Ventas (por orden alfabético, para que las estrellas no se deslumbren mutuamente): Javier Celaya (Dosdoce), Luis Collado (Google Books) y Joaquín Rodríguez, un servidor, hablaremos, discutiremos y es posible que lleguemos a las manos dialécticas en torno al libro electrónico y su futuro.

Comenzaré con algunos datos contrastados e incuestionables, para que no parezca que soy antidiluviano: desde enero de 2011 la curva de crecimiento de la venta de libros electrónicos (dispositivos dedicados) y tabletas (IPads, sobre todo), ha crecido exponencialmente. A la zaga le va la venta de contenidos, porque para eso se supone que se compra uno esos cacharros: 180 millones de libras en Reino Unido, un 20% más que en 2010; 441 millones de dólares en USA, 272% más que en 2010; distribuidores como Amazon y Bloomsbury que alegan ventas digitales que sobrepasan las del papel (105 por cada 100, en Amazon), o 1.5 millones de libras en el primer trimestre del 2011 en el segundo. Penguin y Random House también arrojan datos en forma de profecía que intenta autoverificarse: ventas que triplican en el primer trimestre las que se produjeron en 2010, en el primer caso, y ventas que alcanzan los dos millones de unidades en el segundo, lo que supone un incremento de más del 10%.

En esta alocada carrera de obsolescencia tecnológica programada, los Tablets multifunción, polivalentes, parece que fagocitarán a los últimos vestigios de los e-readers. El propio Kindle, enseña todavía de un mercado que acapara el 48% de las ventas de contenidos digitales, está abocado a la extinción, y Amazon prepara ya su sustituto.

A día de hoy (ojo, que aquí comienzo a sacar el aguijón, para que se preparen Javier y Luis), sin embargo, muchas son las pegas, contradicciones e inconsistencias de esos soportes. Enumero unas pocas, muy pocas, bien porque ya las haya enumerado, bien porque me guarde algún as en la manga para la contienda dialéctica:

  • las ventas proporcionales de los libros digitales representa el 8% en el mercado norteamericano, el 4% en el inglés y el 1.5% en el español. Es un mercado potencial de previsible crecimiento que muchos editores, ahogados por las apreturas cotidianas, no terminan de creerse;
  • la mayoría de los dispositivos que posee un libro analógico y la manera en que gestiona las notas, bibliografía y paratextos, por no hablar de las anotaciones, llamadas y referencias, aún no se han incorporado satisfactoriamente a los dispositivos digitales;
  • los dispositivos que nos venden y que copan el mercado (Kindle, IPad), son los eslabones finales de cadenas de integración vertical que atan al usuario a un proveedor único. Y lo que es peor: encadenan a los editores a plataformas de distribución y comercialización masivas que imponen formatos y condiciones, a menudo draconianas;
  • no puedo prestar mis textos, mis libros, a mis amigos, porque mis libros no son exactamente míos. Se nos escamotea la propiedad y nos dan a cambio el acceso;
  • los formatos de los contenidos que leemos en esos mismos dispositivos que tanto celebran algunos, son propietarios. Solamente Epub garantiza libertad respecto al proveedor y al contenedor;
  • no todos los contenidos, no todos los textos, no todas las textualidades, se prestan con la misma desenvoltura a ser leídos en esos soportes: van bien con los contenidos científicos, informativos, de referencia y consulta (incluídos los ilustrados). No van tan bien con el resto;

Y una última, para guardarme algo en la manga:

Nos encontramos, en fin, en la era de los incunables digitales, ese periodo de tiempo que durará unos cincuenta años, con fecha de inicio, aproximada, en 1990 y fecha previsible de fin en 2040. Mientras tanto, sigamos discutiendo.

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Lecturas y pantallas

Hace poco hablaba de la escasa base empírica de la mayoría de las afirmaciones que se profieren en el debate sobre la preponderancia de lo digital sobre lo analógico o viceversa. Afortunadamente, algunos esfuerzos se encaminan a resolver esta situación, planteando etnografías digitales que redunden sobre los procesos de adquisición, uso y lectura, para contrastar de manera fehaciente hasta qué punto son verídicas o no las afirmaciones que se profieren y no obedecen a intereses más o menos explícitos, más o menos encubiertos, de uno y otro signo. Eso es lo que lleva haciendo tiempo Jakob Nielsen y los resultados parciales de sus primeros estudios sobre la usabilidad de los IPad pueden leerse desde hace algo más de un mes. El futuro de las tabletas digitales, tal como vaticina Nielsen, será brillante, qué duda cabe, porque todo el ecosistema digital está orientado a verter su propuesta en ese receptáculo. Aún así, Nielsen observa: “una característica de todo el uso de los IPad es que está completamente dominado por el consumo de contenidos audiovisuales, excepción hecha de la pequeña cantidad de producción implicada en el intercambio de correos electrónicos”.

Quizás esa sea su propiedad esencial, al mismo tiempo virtud y pecado; quizás no. En todo caso, dirimir sobre el grado de legibilidad y lecturabilidad de los contenidos en una tableta digital no puede ser cosa de una charla de café con una copa de 103 sobre la mesa. Tiene que ser forzosamente fruto de un estudio empírico. Y eso es lo que nos ofrecen en la página de Miratech, una empresa especializada en usabilidad y empleo de técnicas de eyetracking para su mejora. En la comparativa que nos ofrecen uno de los resultados más llamativos es el de la legibilidad asociada con la retención, memorización y comprensión de la información procesada. A menudo he discutido de este mismo asunto relacionándolo con la educación: la cuestión no es saber si necesitamos soportes digitales en las aulas, en las escuelas; la cuestión es saber si mejoran o no la experiencia de aprendizaje y, en todo caso, darnos pistas suficientes para mejorarla.

El 20% de los usuarios de la muestra utilizada, memorizaron y comprendieron mejor los contenidos leídos en papel, quizás porque estaban habituados a una composición de página diferente, quizás porque las tipografías de los titulares y del cuerpo del texto explicitan y diferencia de manera más clara la distinta naturaleza del mensaje, quizás porque todavía no se han acostumbrado a descifrar esa clase de contenidos en soportes distintos, quizás porque, simplemente, no se sentían cómodos con un objeto todavía bizarro para muchos.

Quiero recordar que en el estudio Report on users surveys, deep log analysis, print sales and focus groups el Report from first phase of e-textbooks business models, que fue objeto hace tiempo de un análisis pormenorizado, ya se adelantaba que “la lectura que se practica sobre los libros electrónicos es, fundamentalmente, extractiva, fragmentaria, informativa. No suelen leerse textos extensos, profundos o complejos, si bien existe un grupo de early adopters, de superusuarios avanzados que conforman la avanzadilla de la campana de Gauss, que demandan títulos de todo tipo y practican cualquier clase de lectura sobre los nuevos soportes”. Sea como fuere, las únicas investigaciones relevantes serán las que desvelen, empíricamente, la calidad de la comprensión lectora de los usuarios. Lo demás serán solamente bobadas y reclamos comerciales.

 

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La unión (digital) hace la fuerza

En la próxima Feria del Libro de Madrid -con un adelanto previo esta misma semana, en pase privado, para los miembros de CEGAL- se presentará la plataforma de distribución digital de tres grandes grupos editoriales. El proyecto se basa en la convicción de que la unión de los grandes, la suma de sus catálogos, su poder de atracción, sumará una cantidad de oferta digitalmente atractiva suficiente para augurar su éxito. Esto mismo es, seguramente, lo que pensaron hace algún tiempo nuestros vecinos franceses. El tiempo y la experiencia, sin embargo, les han hecho cambiar de opinión: en “Les trois plateformes de livres numériques proposent un catalogue commun” podemos comprobar, precisamente, cómo la lógica de la economía digital premia dos cosas aparentemente distintas: la agregación, la construcción de ventanas únicas sindicadas, la suma de catálogos de grandes, medianos y pequeños, el uso de estándares abiertos y lenguajes de intercambio de información; o, en el extremo contrario, el uso inteligente de las tecnologías de la comunicación y la relación social para construir pequeñas comunidades de afinidad temática, en el extremo inferior de la larga cola, que justifiquen el trabajo de un pequeño sello editorial.

La lógica de la economía digital, sin embargo, no recompensa la mera masa muscular incrementada fruto de la suma de los grandes. Al contrario, tal como demuestra el giro estratégico de nuestros vecinos galos hacia la creación de puntos únicos de acceso. Entre nosotros los ejemplos de gestión colectiva inteligente son escasos: el Kiosko digital de ARCE o Biblioandalucia son dos de ellos.

El entendimiento adecuado, también, de los modelos de negocio de la web y de las modalidades de distribución y lectura de los contenidos electrónicos tiene que ir -al menos, así lo pienso y considero yo-, hacia aplicaciones que nos aseguren la perdurabilidad de los contenidos que adquirimos, la intercambiabilida de los soportes en los que leemos, la propiedad cierta sobre lo que compramos y la posibilidad derivada de hacerlo circular y prestarlo, la lectura legible y gustosa de los textos que descargamos. La intrincada selva de las Apps de lectura es objeto de un artículo en el New York Times titulado “E-reader applications for today, and beyond“, que invita a los lectores a ser lentos y cautos en la instalación de aplicaciones para la lectura en sus dispositivos digitales y, en consecuencia, en la adquisición de contenidos y la compra de soportes. Si hubieran apostado, quizás, por lenguajes abiertos, intercambiables y perdurables, para evitar precisamente la volubilidad de las tecnologías y los dispositivos, quizás otro gallo digital les cantara.

La unión (digital), libre, consentida, abierta y colaborativa, hace la fuerza.

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Comprender a los usuarios de los libros electrónicos

El tratado sobre el libro electrónico publicado por el Ministerio de Cultura, encargado al Observatorio de la Lectura y el Libro, al que aludía en una entrada previa, es, como mínimo, decepcionante. Ni una sola referencia a la experiencia de los usuarios, a su verdadera penetración en bibliotecas, escuelas o universidades, a los modelos de negocio plausibles y viables, al trabajo pionero de préstamo en bibliotecas, a los problemas resolubles que la tecnología plantea pero que todavía ocasionan una experiencia lectora deficiente… Tan lejos, qué le vamos a hacer, de lo que ha publicado recientemente el JISC National E-books Observatory Project en Inglaterra: los Report on users surveys, deep log analysis, print sales and focus groups el Report from first phase of e-textbooks business models, y unas cuantas joyas adicionales, todas bien informadas y empíricamente contrastadas; y qué diferencia, debo decirlo, con el planteamiento y el alcance del proyecto Territorio Ebook que sobre una muestra representativa de usuarios pretende observar su comportamiento lector en distintos ámbitos -escuela, universidad y biblioteca-, para colegir las conclusiones que sea y dinamizar en consecuencia la práctica de la lectura en los nuevos soportes.

Territorio ebook

Pero a lo que voy: en el resumen ejecutivo del proyecto de investigación sobre el comportamiento de los usuarios de libros electrónicos, el JISC adelanta las siguientes conclusiones:

  1. la lectura que se practica sobre los libros electrónicos es, fundamentalmente, extractiva, fragmentaria, informativa. No suelen leerse textos extensos, profundos o complejos, si bien existe un grupo de early adopters, de superusuarios avanzados que conforman la avanzadilla de la campana de Gauss, que demandan títulos de todo tipo y practican cualquier clase de lectura sobre los nuevos soportes;
  2. Las interfaces de los libros electrónicos y las plataformas de distribución de contenidos digitales tienen que ganar mucho todavía desde el punto de vista del diseño, centrándose, sobre todo, en la experiencia del usuario;
  3. Aún así, también es verdad que el 65% del personal académico y de los estudiantes afirman utilizar el libro electrónico como apoyo informativo al trabajo y al estudio;
  4. Existe una importante variación por grupos de edad,  sexo y ámbitos temáticos -más en economía y empresariales que en ingeniería, por ejemplo-, que requieren de un estudio de campo más pormenorizado;
  5. La proliferación de plataformas digitales, experiencias de navegación, artilugios y modelos de negocio o licencia, desorienta a los lectores. Parecen clamar por plataformas unificadas y universales de acceso a los contenidos, con modelos claros de precios y estructuras de navegación similares (aviso para navegantes editoriales desorientados, sin duda);
  6. Lo más llamativo de todo, sin duda: la venta de contenidos digitales no ha hecho disminuir la venta de los mismos contenidos en papel, no parece existir una relación negativa sino, al contrario, de refuerzo mutuo;
  7. Aún así, las editoriales -por la disminución progresiva de sus ventas analógicas-, tendrán que concebir nuevos modelos de negocio cuanto antes;
  8. Las librerías públicas y universitarias parecen jugar un papel decisivo en la introducción, promoción y comunicación de los libros electrónicos. Debemos utilizarlas más. Para determinados tipos de contenidos que se prestan estacionalmente y que constituyen un cuello de botella difícil de desatascar, el préstamo electrónico es un recurso esencial.

Estadística lectura JISC

Es cierto, sin lugar a dudas, que cada día leeremos más en soportes digitales, qué duda cabe. Sin embargo, tal como nos muestran los estudios de campo, los seres humanos son tozudos lectores de soportes analógicos para determinados propósitos, para diferentes textualidades. Lectura de cazadores y lectura de pescadores, como conté hace  ya dos años, refrendada por los estudios actuales: “La denominación no es mía sino que se la debo a Márius Serra. Él, acertadamente, utilizando una bella metáfora, hablaba de lectores cazadores y lectores pescadores, intentando diferenciar entre la lectura sincopada y fragmentaria a la que la red nos aboca, reflejando ese carácter forzosamente parcial y troceado de toda búsqueda que se produzca en la red, y la lectura serena, continua, recogida, de quien espera pacientemente a que el botín o el trofeo surja de entre las aguas, o de entre las últimas páginas de un libro en papel”.

Comprender a los usuarios de los libros electrónicos es el reto fundamental para saber cuáles serán los futuros del libro y de la lectura.

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Los catorce problemas más uno del libro electrónico

Hace unos días se ha dado a conocer el informe sobre El libro electrónico desarrollado por el Observatorio de la Lectura y el Libro del Ministerio de Cultura. A mi entender, y sin que esto sea un juicio definitivo sobre un documento que habrá que leer con más detenimiento, no se abordan problemas y complicaciones que lastran y retardan el desarrollo de la industria editorial digital.

Algunos de los más importantes son, sin duda, los que tienen que ver con los soportes de lectura, con los libros electrónicos, con los e-readers, con sus formatos e incompatibilidades, con su radical incompetencia para ofrecer, por ahora, lo que un libro analógico resolvió hace ya tiempo. Es posible que haya más, o que otros piensen que no lo son tanto, pero yo me atrevería a hablar de catorce problemas más uno:

  1. Empecemos por el más obvio: no existe ningún lenguaje ni especificación capaz de transformar de manera precisa un formato original de partida, con acierto y proporción, a la multiplicidad de tamaños de pantalla de los distintos soportes de lectura digital; no existe un lenguaje capaz de seleccionar dinámicamente, en función del tamaño de la composición original y del área de visualización del soporte de llegada, una fuente, un cuerpo y un  formato mínimamente legibles. Esto, claro, genera problemas de legibilidad, afea los textos e impide que puedan consultarse con un mínimo de calidad textos complejos, por no mencionar que hace imposible la legítima aspiración de cada editor a que el libro electrónico respete la identidad gráfica de la editorial;
  2. los mecanismos de navegación de los libros electrónicos son todavía básicos, porque no nos permiten decidir cómo queremos consultar el contenido de un libro, si queremos paginarlo, consultar el índice y, a través de él, acceder a sus páginas, etc.  El Daisy Consortium viene desarrollando hace tiempo especificaciones del tipo TOC NCX para enriquecer la experiencia de la navegación, pero por ahora no ha sido incorporada a ningún otro estándar;
  3. no existe ningún mecanismo universal establecido por el que las acciones de un usuario sobre el texto que lee (marcar un página, realizar anotaciones, etc.) puedan ser almacenadas y reutilizadas, independientemente o no del texto principal;
  4. no existe un soporte específico para los elementos paratextuales que acompañan a los textos principales -glosarios, notas y referencias, bibliografías, sistemas de referencias cruzadas, etc.-, lo que representa un grave problema para la edición científico profesional y para los libros de texto;
  5. faltan desarrollos para soportar los alfabetos de otras lenguas menos comunes -lo que no sería nuestro caso- y, sobre todo, la incorporación de reglas sintácticas básicas que administren cabalmente la partición de palabras, de líneas, etc. El desdén con que se ha tratado este asunto hasta ahora convierte a la mayoría de los textos en amalgamas indiferenciadas o en un desfile de líneas desvinculadas y alienadas;
  6. la mayoría de los dispositivos no poseen interactividad de ningún tipo ni toleran la reproducción de medios distintos al textual, lo que limita severamente su capacidad para ser utilizados como libros de texto interactivos. Suele ocurrir, al contrario, que, tal como viene anunciando la prensa hace días, nos conformemos con volcar pasivamente los textos digitalizados a soportes que no permiten interactividad de ninguna clase, lo que no es otra cosa que vinos viejos y en nuevas botellas;
  7. no existen desarrollos universales que hayan resuelto satisfactoriamente la representación del lenguaje matemático, lo que limita de nuevo el ámbito de su posible aplicación;
  8. el PRISM es el formato que la industria de las publicaciones periódicas se dio para intentar distinguir las unidades mínimas elementales dentro de una cabecera, es decir, los artículos. La mayoría de los lenguajes de los libros electrónicos no lo entienden ni saben distinguir esa unidad mínima, lo que dificulta la manipulación y gestión de las revistas;
  9. siendo ONIX for Books el “estándar internacional diseñado para la codificación y el intercambio electrónico de información bibliográfica y comercial orientada a la industria del libro”, es decir, la estructura de metadatos que la industria editorial maneja, no existe lenguaje en los libros electrónicos que lo soporte;
  10. no se han desarrollado con la suficiente finura la sincronización entre los distintos tipos de medios que pueden ser teóricamente reproducidos en un lector digital: algo tan sencillo como practicar la lectura en voz alta resaltando la correlación entre el grafema y el fonema, entre la letra y su sonido, que serviría para instruir en la lectura a los más pequeños, es algo que no ha sido todavía resuelto;
  11. es urgente y necesario estandarizar, si es que se usan, los DRM;
  12. parece existir una completa desconexión entre los estándares que se desarrollan para la web y sus navegadores y los estándares que se utilizan para los libros electrónicos: los sistemas de lectura de contenidos en la web apenas coinciden con los sistemas que utilizamos en nuestros dispositivos de lectura digital;
  13. no existen plataformas de desarrollo abiertas para que puedan incorporarse mejoras y aplicaciones que incrementaran el valor del soporte y enriquecieran la experiencia de la consulta y la lectura o, por qué no, de la compra y la adquisición de contenidos o servicios relacionados;
  14. aunque sigue existiendo un organismo internacional, el International Digital Publishing Forum, que al principio se llamó Open Ebook Forum, y que nació, precisamente, como resultado de los estrepitosos fracasos de la primera generación de libros electrónicos, seguimos en las mismas: descoordinados, haciendo cada uno la guerra por su cuenta, sin terminar de entender que la coordinación, la cooperación y la transversalidad son esenciales en la economía digital.

Si algunos de los problemas anteriores hubiera sido resuelto por algún lector o algún formato -cosa que no niego-, casi siempre será a costa de que hablemos de lenguajes y plataformas propietarias, de integración vertical perfecta entre contenido, plataforma de distribución y dispositivo de lectura, de computación intangible en la nube, de disolución del más elemental concepto de propiedad y de gestión cabal de la memoria y el conocimiento colectivos. Y ese es, claro, el decimoquinto problema (sea Itunes con Ibook; Google Editions; Amazon, Kindle y MobiPocket, o cualquier otra asociación similar).

Una idea: montemos un taller transversal y libre para resolver estos problemas.

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Por una biblioteca diferente

Hoy ha comenzado en Madrid un seminario del que me gustaría haber podido hablar, pero me he quedado en la revisión del programa: “La digitalizacion del material cultural. Bibliotecas digitales y derechos de autor“, organizado por la Biblioteca Nacional con aforo estrictamente limitado, aborda asuntos claramente inaplazables: la puesta a disposición pública mediante su comunicación digital del patrimonio bibliográfico antes exclusivamente analógico; las licencias bajo las que esa circulación es posible o deseable, sobre todo en el caso de obras que se quieren sujetas a copyright; la aberración de las obras huérfanas, ese patrimonio inutilizado por falta de una solución legal satisfactoria; el papel, en fin, que le queda reservado a las bibliotecas en el siglo XXI.

Me atrevo a proponer, por seguir la forma canónica, un decálogo para la biblioteca que se está comenzando a construir, un decálogo de funciones que deberá observar y desarrollar consecuentemente si quiere encontrar un espacio propio  y distintivo en el ecosistema de la red. Brevemente:

  1. extender sus funciones tradicionales al ámbito digital: ensayar todas las formas de préstamo digital que las tecnologías permitan, incluidas las descargas a dispositivos dedicados o polivalentes, con o sin DRM, porque las bibliotecas serán, sobre todo, centros de comunicación e información social; abrir las colecciones a arañas y buscadores mediante el uso de protocolos abiertos;
  2. conservar, paradójicamente, sus funciones tradicionales: no olvidar, sin embargo, que las bibliotecas deben custodiar una forma de racionalidad histórica insustituible: la contenida en los soportes de lectura analógica sucesiva también llamados libros. Durante siglos, las biblotecas se dieron como cometido ordenar el sentido del mundo, intentarlo al menos, y ahora no es cuestión de tirar todo por la borda porque exista el etiquetado social;
  3. reconceptualizar la ubicación de los departamentos y unidades dedicados a la comunicación digital: es posible que las bibliotecas deban desaparecer como tales para pasar a formar parte de entidades de mayor envergaduras preocupadas por la estrategia de comunicación digital integral de la institución a que pertenezcan, sobre todo en las Universidades;
  4. abrir la biblioteca a cierto grado de cogestión y participación ciudadana: las redes sociales tienen valor, en todo caso, si además de comunicar el calendario de actividades y realizar algún tipo de encuesta informal cuya muestra carece de valor, derriba en alguna medida sus muros y la abre a formas controladas de cogestión ciudadana, como la clasificacion y valoración de sus contenidos y de su oferta;;
  5. encarnar el cambio en los espacios: si la biblioteca es un centro de comunicación e información, un lugar abierto a la participación, sus espacios deben reflejarlo; ensayar con la creación de nuevos “espacios” de acceso a la información;
  6. gestionar la complejidad derivada de la propiedad intelectual: copyright, pero también creative commons, o color iuris, o licencias de uso, licencias colectivas, licencias no exclusivas, etc., etc.
  7. desconfiar de los grandes intermediarios digitales. Google no es dios, aunque lo parezca, y sus servidores están en las nubes, tan inalcanzables como dios, por tanto. El patrimonio bibliográfico de la humanidad es cosa de todos. Hagamos algo por incorporarnos a la red mundial de bibliotecas: WorldCat está cerca; rechazar los formatos propietarios, todo lo que no cumpla los protocolos OAI-PMH;
  8. regresar a las preceptos fundamentales de la profesión de bibliotecario, ahondar en ellos hasta asumirlos completamente: las bibliotecas son el cimiento de las democracias modernas,el espacio por antonomasia de la libertad de pensamiento y expresión,el sitio en el que se accede a la información que nos habla de los demás, de los otros. Sin Bibliotecas no habría democracias, porque es donde se preservan las ideas dispares y de donde puede provenir una discusión con argumentos bien fundamentados.
  9. peregrinar a Alejandría para comprender plenamente una fama que proviene, en gran medida, de su afán por atesorar todo el conocimiento escrito de una época histórica. Cuando se acopia todo ese conocimiento dispar —proveniente, según dicen, de todos los barcos que recalaban en el Puerto de Alejandría, cualquiera fuera su procedencia—, existe el deseo previo: de conocer a los demás,de observar sus leyes y sus costumbres, de respetar su diferencia, quizás inclusode aprender de ellos algo que nuestra cultura no ha resuelto o no ha sabido solventar.
  10. emitir las reuniones importantes por streaming… sobre todo cuando no quedan entradas (basta una cámara de video, un teléfono móvil o un portatil con cámara incorporada y una conexión a un servidor gratuito de streaming, como Ustream).

Por una biblioteca diferente, este pequeño manifiesto.

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La Alianza por los Libros Libres

Prefiero traducir de esa manera el título de Open Book Alliance que lidera Peter Brantley, asumiendo que open entraña libertad y que la etimología de libro nos invita a utilizarlo como sinónimo de libre. En el texto que alude a su misión se dice: “la digitalización masiva de los libros promete proporcionar un valor tremendo a consumidores, bibliotecarios, científicos y estudiantes. La Open Book Alliance trabajará para hacer avanzar y proteger esta promesa” contra el intento de monopolización que Google Books practica. El hecho, según Brandley, de que Google utilice formatos propietarios, cobre diferidamente por sus servicios y se convierta en un intermediario único a todos los contenidos bibliográficos de la historia de la humanidad, no es solamente una estrategia conservadora sino, sobre todo, una estrategia peligrosa (es cierto que en la OBA hay sospechosos compañeros de viaje, entre ellos Microsoft, Yahho y Amazon, que seguramente serán creyentes de última hora en la libertad de los formatos, pero no siempre pueden elegirse todos los compañeros de vagón).

En la página de inicio de la alianza pudimos leer hace unos días lo que hoy ha publicado la prensa nacional: Google’s Shutterbug Stumble, la denuncia que la American Society of Media Photographers, la Graphic Artists Guild, la North American Nature Photography Association y los Professional Photographers of America, han interpuesto contra Google por digitalización ilegal y falta de compensación de los derechos de la propiedad intelectual arrebatados sin permiso. En el fondo Google procede como muchos de los lugares de descarga ilegal de contenidos: atraen una gran cantidad de tráfico y se financian con el dinero que la publicidad genera. La Federación de Gremios de Editores de España argumenta hoy, precisamente, que se “han detectado alrededor de 200 webs dedicadas a la “piratería digital de libros“, lo que no es otra cosa, en términos generales, que esa gran cantidad de buscavidas digitales que buscan circulación en sus sitios mediante la distribución ilegal de contenidos protegidos. La cuestión, me parece a mi, sería saber por qué se llama defensa de la cultura libre a esos sitios de manilargos digitales y por qué no reciben el mismo trato los chicos de Google, o viceversa.

En todo caso, la cifra de 150 millones de euros (sin avalar, al menos todavía, por estudio empírico alguno), enmascara, a mi juicio, falta de oferta y, sobre todo, falta de ambición y coordinación en una estrategia digital global de toda la cadena de valor del libro. Mientras eso no exista, proliferará todo lo demás. Por eso cobra especial relevancia recordar empresas como la de BookServer (liderada también por Brantley), que permite localizar cualquier libro o contenido escrito allí donde esté, independientemente de cuál sea su editor o su distribuidor, en un claro intento por universalizar el acceso sin monopolios ni formatos propietarios.

Esa es la parte que más me interesa del trabajo de Peter Brantley y, si todo va como debe, el próximo miércoles nos dará una sorpresa en este mismo blog.

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Paradojas y limitaciones de la lectura

En las últimas semanas Jakob Nielsen, uno de los más conspicuos investigadores de eso que llamamos usabilidad -la disciplina, en realidad, que comienza a tomar conciencia de la extraordinaria importancia que la composición de una página en la web tiene para la percepción de su significado-, ha publicado dos cosas de gran relevancia para nuestra comprensión de la lectura en pantalla: en primer lugar, que los usuarios de un página web dedican el 69% de su tiempo a revisar el lado izquierdo de las páginas mientras que apenas dedican un 30% al lado derecho, lo que leído en términos publicitarios significa que cualquier reclamo promocional debería ubicarse en el lado más visto y en términos más científicos que nuestra lectura en pantalla difiere notablemente de la que practicamos en una página de papel.  En segundo lugar, la etnografía digital indica que el 80% de los usuarios dedican el escaso tiempo que pasan en una página web recorriendo su parte superior, es decir, aquella que es visible sin utilizar la barra de desplazamiento vertical: solamente el 20% de los usuarios se interesan por lo que se dice tras esa línea imaginaria que separa la pantalla del contenido que oculta. La metáfora del papiro, tan utilizada en tantas ocasiones para describir el funcionamiento de la lectura en pantalla sería, en todo caso, el de un papiro truncado.

Leemos, por tanto, lo que está a la izquierda y por encima de la línea que demarca el límite de la pantalla. A eso, además, debemos añadir algunas limitaciones neurofisiológicas básicas que nadie suele tener en cuenta, desde luego no los editores ni los expertos en digitalidades: según el deslumbrante Stanislas Dehaene, nuestro ojos son escáneres más bien pobres, que solamente son capaces de barrer un campo -a través de la región central de nuestra pupila, la fóvea- de 15º. Eso significa -según los experimentos incontrovertibles de los neurofisiólogos-, que solamente somos capaces de ver entre siete y nueve caracteres de las palabras que suceden a la que estamos leyendo. De hecho, las comprobaciones empíricas más notables a este respecto simulaban en una pantalla una frase completa compuesta por unos pocos caracteres reales seguidos de “x” que iban convirtiéndose en letras reales a medida que el campo visual se aprestaba a la lectura. Ningún lector se dio cuenta nunca del “truco” generado por la máquina.

No existe tecnología alguna que pueda enmendar una limitación neurofisiológica, ni entrenamiento que pueda acelerar el procedimiento de comprensión lectora sin afectar profundamente al significado. “Hice un curso sobre lectura rápida”, decía Woody Allen en una de sus películas, “y leí Guerra y Paz en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”. Los mejores lectores -si pudiéramos evitar de alguna manera los movimientos sacádicos de nuestros ojos y las regresiones continuas- pueden leer entre 1100 u 1600 caracteres por minuto. Se han desarrollado algunas tecnologías que pretenden socorrer a nuestro limitado campo visual en un ecosistema informacional que cada vez demanda más de nosotros: la Rapid sequential visual presentation (RSVP) es una herramienta que nos permitiría, teóricamente, leer una palabra cada cuarenta milisegundos, tres o cuatro veces más rápido que la velocidad de un lector normal. Aquellos que navegamos por la red con Firefox disponemos de un Add-on, el RSVP Reader, que genera una representación de la página, una composición, adecuada a ese tipo de lectura presta, ligera y algo superficial, adecuada al sino de los tiempos.

Nuestros ojos no son escáneres especializados en la lectura de caracteres; leemos despacio, pocas letras cada vez, a sacudidas, regresando a menudo sobre lo leído y alzando la vista; cuando leemos en una pantalla, además, apenas consultamos el 20% de su contenidos, permanecemos poco más de un minuto, y nos concentramos en su lado izquierdo por encima de la división imaginaria del papiro digital. Alguna consecuencia, desde luego, deberíamos extraer de estas paradojas y estas limitaciones.

¿Acaso, como sugiere Jakob Nielsen en otra de sus más recientes entradas, ha construido Steve Jobs el IPad de manera que no pueda hacer correr dos aplicaciones consecutivamente para fomentar, en una suerte de evocación arcaica, la lectura profunda en contra de la más superficial lectura en pantalla? ¿Paradojas y limitaciones de la lectura?

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