‘Libros’

El futuro híbrido de la librería

Empecemos por lo obvio: aunque Argentina, junto a México, Colombia y Brasil sea uno de los países iberoamericanos con índices de producción editorial y acceso al libro más prominentes, lo cierto es que su red de librerías, el número de puntos de venta, sigue siendo proporcionalmente bajo con respecto al número de habitantes, y su concentración en los polos urbanos deja al resto del territorio en condiciones muy precarias de acceso a ese bien cultural. Si alguna vez hubiera existido el proyecto de crecer y expandirse, no parece que ahora sea el mejor momento, no al menos de la manera tradicional: la revolución digital en el acceso a los contenidos a través de la web —tal como se demuestra en los países anglosajones y de Europa occidental, además de Corea del Sur y Japón— convertirá en superfluos o redundantes muchos de los canales de distribución y comercialización tradicionales, porque los libros son un tipo de bien, de mercancía, fácilmente virtualizable, y la experiencia de la búsqueda, la consulta y la compra no sufren menoscabo ninguno en la red, antes al contrario. Ocurre, por tanto, que a una red de librerías débil y concentrada se superpone una revolución de desintermediación digital que amenaza con hacer superflua su papel y su presencia. Es cierto que, al menos todavía, la media de la penetración de la conectividad en América Latina de las redes de banda ancha se sitúa en el 32.3% y que la transición de lo analógico a lo digital puede percibirse como una conversión progresiva y ordenada, pero la ausencia temporal de infraestructuras adecuadas no debe ocultar el irreversible cambio en el modo de producción de lo analógico a lo digital, en la conformación de una cadena de valor tradicional a otra muy distinta en la que los libreros tradicionales podrían ser un lastre prescindible o un vestigio arqueológico.

¿Qué cabe hacer, entonces, ante la magnitud de un cambio en los modos de producción, de creación, circulación, distribución, uso y venta de los contenidos editoriales? Se me ocurren solamente dos cosas, lo suficientemente grandes como para mantenernos ocupados:

a) es necesario reconocer que las grandes librerías virtuales proporcionan una experiencia de búsqueda, encuentro y compra cómoda y ventajosa, más todavía cuando alguna de ellas —en un exquisito ejercicio de integración vertical— proporcionan dispositivos de lectura a precios asequibles a través de los que consumir los contenidos adquiridos en esas mismas plataformas. El contenido escrito es, además, sencillamente digitalizable y muchos lectores perciben sustanciosas ventajas —precio, almacenamiento, accesibilidad, oferta— en disfrutarlos de esa manera. ¿Qué pueden o qué deben hacer los libreros ante la penetración creciente de grandes plataformas multinacionales con una masa crítica de contenidos incomparable? ¿Cruzarse de brazos? ¿Confiar en que su pudiente y envejecido público lector siga profesando fidelidad al tradicional punto de venta? ¿Verlas venir hasta que el vendaval digital los arrase? O, quizás, ¿no sería plausible pensar en una alianza global de los libreros y los editores para construir una plataforma única y global, iberoamericana, fundamentada sobre la existencia previa de sus respectivos catálogos nacionales y la estandarización de los registros de la producción editorial ISBN (por ahora en construcción) conectada con el catálogo español? La magnitud de la tarea es, claro, equiparable al tamaño de la amenaza. De existir algo así, de llegar a existir una plataforma digital compartida de contenidos digitales, cabría pensar en un mapa de acceso y distribución a la oferta editorial sustancialmente distinto: sobre una red creciente que conectara progresivamente todo el territorio, podría accederse a todos los contenidos ofertados en la plataforma; en los puntos de venta tradicionales sobrevivientes, cabría acceder a toda la oferta viva de los catálogos nacionales y servirlos título a título mediante una red bien dimensionada de impresión bajo demanda. Hablo de una transformación copernicana, lo sé, pero ¿cabría seguir pensando en escribir y copiar libros a mano distribuyéndolos en circuitos cerrados a clientes selectos cuando un señor ha inventando la imprenta? Quizás el CERLALC tenga algo que decir en todo esto y quizás su ayuda resulte inestimable en el impulso de un proyecto global y compartido, estratégico: crear una plataforma iberoamericana única que beba de los catálogos nacionales, repositorios estandarizados y bien etiquetados, dotados de los metadatos y el fundamento semántico necesario para que sus contenidos sean sencillamente localizables, para que sus ofertas sean visibles y accesibles, para que su impacto en la red pueda llegar a equipararse al de los grandes actores internacionales. Quizás cada gobierno deba, adicionalmente, profundizar en el impulso de la conectividad, en la disminución de la brecha digital, en el acompañamiento a una industria que necesita tutela y atención en esta transición. Lo dicho: la dimensión y el calibre del esfuerzo es solamente comparable a la proporción y envergadura de la amenaza que se cierne sobre la estructura editorial.

b) Qué tiene de insustituible la experiencia presencial, física, analógica, respecto a la digital? ¿Qué clase de valor añadido puede ofrecer un punto de venta tradicional respecto a uno virtual? ¿No deberían buscarse esas señas distintivas e inimitables de las experiencias tangibles para competir contra la virtualización de nuestras prácticas? Es necesario dar en las librerías aquello que las plataformas digitales no pueden dar, o al menos no pueden reproducir de manera cumplida o consumada: el trato personal; el consejo; la cercanía; la creación de un espacio estéticamente diferenciado; la suma de otros servicios que hagan placentero el encuentro con los libros, que permitan que el usuario se demore en su consulta (vinos, cafés, cualquier otra añagaza comestible, merchandising o esa clase de objetos fetiches complementarios que tanto nos gustan a los biblioadictos, etc.); el encuentro con personas de interés afines, con escritores, autores o especialistas en las materias que se comercialicen… y también, como lo intangible no siempre es suficientemente valorado, añadir contenidos exclusivos, adicionales, no disponibles a través de los canales digitales, fruto de la complicidad entre los autores, los editores y los libreros que buscan preservar los canales tradicionales de aquellos que siguen encontrando gusto en el tacto y el contacto, tal como están haciendo los libreros ingleses.

El futuro de las librerías es obligatoriamente híbrido, mixto, fruto de la suma de lo más propio y exclusivo de lo analógico y de lo más pujante y abarcador de lo digital.

ESTE TEXTO APARECIÓ AYER DOMINGO 28 DE ABRIL EN LA VERSIÓN IMPRESA DEL DIARIO ARGENTINO PERFIL

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La cuenta atrás de la librería

Podríamos enunciar el siguiente axioma: cuanto más quepa virtualizar una actividad sin detrimento de la experiencia vinculada a ella, más susceptible será de trasladarse completamente o en parte a la web; o dicho al revés: cuanto más determinante e insustituible resulte la experiencia física y personal vinculada al consumo o uso de un determinado contenido o mercancía, menos idónea resultará su potencial virtualización. No es que el principio sea muy original o muy complejo, pero resulta lo suficientemente  esclarecedor para comprender la tendencia progresiva (¿quizás irreversible?) a la desaparición de las librerías tradicionales.

Algo así es lo que ha intentado demostrar, dotándolo de un fundamento empírico (aunque parcialmente subjetivo), Mike Ghaffary, vicepresidente de desarrollo de negocio en Yelp. En un artículo publicado el pasado 24 de febrero en TechCrunch, titulado “Why Local Commerce Will Be Larger Than E-Commerce For The Next Decade, An Analysis“, Ghaffary desarrolla tres tipos de coeficientes vinculados a la experiencia de la compra o el consumo, y saca ciertas conclusiones como para echarse a) a temblar b) a regocijarse (a elegir de acuerdo con el desempeño profesional y/o las afinidades electivas). La ecuación propone la siguiente fórmula para comprender el progresivo abandono de la librería tradicional:

L = (e + t - s + 5) / 15, teniendo en cuenta que cada una de las variables puede ocupar un rango entre el  y el 5:

  • e = importancia de la experiencia del servicio o el producto, en persona, tras su adquisición;
  • t =  importancia de probar, tantear, tocar o ver e producto o el servicio antes de adquirirlo
  • s = sustitutos disponibles online procedentes de una fuente u origen fiable.

Tabla 1 – Coeficiente local por industria

Categoría

e

t

s

L

Sustituto online más grande Sitio más grandes para encontrar
este tipo de negocio local
Restaurantes

5

3

0

0.87

Yelp
Apartamentos

5

2

2

0.67

Craigslist
Libros

2

2

5

0.27

Amazon Yelp
Coches

2

4

2

0.60

eBay Cars Edmunds.com
Comestibles

3

3

2

0.60

Safeway.com Yelp
Ropa

2

5

2

0.67

No hay un líder claro Yelp
Zapatos

1

5

3

0.53

Zappos Yelp
Hotel

5

3

0

0.87

Priceline, Expedia TripAdvisor
Spa

5

3

0

0.87

Yelp
Fitness/gym

5

4

0

0.93

Yelp
Fontanería

5

3

0

0.87

Yelp
Música

2

2

5

0.27

iTunes
Médico

5

3

2

0.73

WebMD Yelp
Dentista

5

3

0

0.87

Yelp
Legal

2

4

2

0.60

LegalZoom Yelp

No parece muy probable que podamos sustituir digitalmente la experiencia de sentarnos en un restaurante y compartir un plato con unos amigos (de ahí el índice 0.87), pero sí cabe pensar que muchos lectores y usuarios de contenidos escritos prefieran la inmediatez, disponibilidad y acceisibilidad de una gran plataforma de contenidos digitales para adquirir lo que antes compraban en una librería (de ahí el índice, ay, de 0.27 y la existencia de alternativas convenientes como Amazon). Cabe, como el propio autor indica, pensar que algunas de estas apreciaciones poseen un gran componente subjetivo, y así es: no encuentro, en mi caso, sustituto posible a la experiencia tangible de encontrarme con los libros, si bien soy un comprador cuasi compulsivo de libros en la red, de manera que parte de mi experiencia de búsqueda, encuentro y compra se ha trasladado al entorno digital.

De aquí cabe extraer, al menos, tres conclusiones (quien quiera más, que se vaya dónde saben):

  • es necesario dar en las librerías aquello que las plataformas digitales no pueden dar, o al menos no pueden reproducir de manera cumplida o consumada: el trato personal; el consejo; la cercanía; la creación de un espacio estéticamente diferenciado; la suma de otros servicios que hagan placentero el encuentro con los libros, que permitan que el usuario se demore en su consulta (vinos, cafés, cualquier otra añagaza comestible); el encuentro con personas de interes afines, con escritores, autores o especialistas en las materias que se comercialicen…
  • es urgente plantear una alternativa digital propia del gremio de los libreros. Eso ya lo hemos contado varios muchas veces en muchos sitios, así que no insistiré de nuevo. Vayan los interesados a >
  • de no tomarse en serio el axioma de la “sustituibilidad” digital, en menos de lo que pensamos el 75% del mercado del libro será completamente digital y, a lo sumo, el 25% estará en manos de los libreros que sobrevivan.

En una viñeta de junio del 2008, portada de The New Yorker, un atónito librero de barrio ve como su vecino (puede que antiguo cliente, antiguo comprador), recibe de manos de un mensajero un paquete de un librero virtual. Lo que era un pronóstico, un augurio dibujado, es hoy una realidad tan indiscutible y pujante que, de no plantear medidas y soluciones vinculadas a los puntos anteriores, se convertirá en triste e irreversible cuenta atrás de la librería.

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La reinvención de la librería

Hoy hemos sabido que la librería Proa Espai de Barcelona ha cerrado. No es, desafortunadamente, ni la última ni la primera (antes cayeron Ona, Áncora y Delfín, Librería General de Arte Martínez Pérez…) Tal como señalaba hace pocos días Manuel Gil, podemos conformarnos con los datos brutos e inexactos que los gremios proporcionan, creyendo que el cierre de las librerías de fondo es compensado por la apertura de librerías generalistas. Pero no es así. El cierre sistemático de las librerías responde, en gran medida, a la finalización y conclusión de un modelo de producción ligado al libro analógico (lo mismo que le sucede, en gran medida, a las bibliotecas tradicionales, grandiosas infraestructuras construídas en torno a objetos). E imaginar un nuevo modelo, reinventarse, no resulta sencillo. El descenso progresivo e imparable de las ventas, motivado en gran medida por la migración de los usuarios a entornos de compra y descarga digitales, se siente hasta en las librerías especializadas, como en el caso también reciente de Díaz de Santos.

Algunas bibliotecas públicas y universitarias, en Estados Unidos, están ensayando su desmaterialización: las bibliotecas del condado de Bexar, en Texas, y la biblioteca de la Universidad de Standford, buscan reinventarse mediante su conversión en espacios desprovistos de libros físicos, de mercancias analógicas. En el fondo, de lo que se trata -así lo piensan- es de ahondar en la misión de cualquier biblioteca, que no es otra que la de propiciar el acceso a los contenidos que gestionan, algo que puede favorecerse perfectamente a distancia. En Cataluña los bibliotecarios, sin embargo, han optado por un modelo inverso: el de convertirse en resguardo y amparo de las librerías, reservando espacios en su red municipal para su acomodo, para instigar la concupiscente relación entre los lectores y los libros físicos.

Los libreros franceses saben que las cosas nunca serán ya como han sido. En “Librarie. La physique du numérique“, un artículo (de pago, en Livres Hebdo) sobre el que me llamó la atención José Manuel Anta, los libreros pretenden evitar la desbandada de los compradores a las plataformas digitales, para lo que imagina formas y maneras de “materializar lo digital” dentro de la librería: escaparates virtuales para acceder al fondo vivo de las editoriales; lectores o tablets disponibles en la propia librería para hojear con placidez digital las novedades; la disposición de códigos QR para facilitar la compra, etc.). Toda una batería de medidas encaminadas a integrar la oferta electrónica en la librería tradicional.

No hay, desafortunadamente, demasiadas recetas mágias para reinventar el sector, pero algunas de ellas pueden encontrarse en “Novel ideas for indie bookstores“, algo que me recueda, lejanamente, a otro artículo que pretendía desbrozar esa misma veta, The Book+ Bussiness Plan. En todo caso, las ideas novedosas para librerías independientes dicen así:

  • Crear un entorno dentro de la librería que agrupe productos relacionados con los libros que se venden. Hasta un tercio del espacio de la librería Brookline Booksmith en Brookline, Massachusetts, está dedicado a la venta de productos complementarios. ¿Quién, entre nosotros, no recuerda a Tipos Infames, por poner un ejemplo cercano?
  • Actuar localmente, convertirse en punto de referencia cultural y/o empresarial, acogiendo iniciativas de toda naturaleza, como en el caso de la librería Square Books de Oxford, Mississippi, y la Thacker Mountain Radio que opera en sus locales. ¿Quién no recuerda la dinámica de trabajo vecinal y comunitario de librerías, en este caso, como Traficantes de Sueños?
  • Convertirse en imprenta local, en impresor digital bajo demanda que ofrece cobertura a autores locales, imprimiendo en tiradas cortas su producción editorial, u ofreciendo a sus clientes ejemplares de libros agotados. La librería Bellingham, en Washington, adquirió la Expresso Bookmachine, mediante leasing, la archifamosa máquina de impresión digital inventada y financiada por Robert Darnton. Aquí, por el momento, nadie quiere creérselo, aunque algunos nos desgañitemos repitiéndolo. (A propósito: Penguin la ha adoptado);
  • Ayudar a la competencia, comprender que el beneficio mutuo pasa, al menos en algunas ocasiones, por la creación de coaliciones, por la cooperación: la desaparición inminente de Subterranean Books, llevó a varias librerías a crear la Independent Bookstore Alliance y a repensarse como taller o lugar de encuentro para lectores ávidos de nuevas competencias digitales. En esto de la cooperación, entre nosotros, se me ocurren los siguientes ejemplos: ……………………..
  • Retransmitir eventos, conferencias y encuentros mediante el uso de las tecnologías digitales que (de manera gratuita), están a nuestra disposición. Intentar que la comunidad de lectores afines e interesados crezca y se fidelice mediante el contacto que las tecnologías digitales propician, tal como hace regularmente la librería BookCourt, en Brooklyn. Marcial Pons, entre nosotros, se prepara para incorporar la tecnología a sus presentaciones.

Ninguna de estas soluciones garantiza la continuidad ni protege de la ruina. Pero prueben a no adoptar ninguna de ellas, a no reinventar la librería.

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Intemperies editoriales

En el último número de la (imprescindible) revista Texturas, una mansa lluvia digital empapa por completo nuestro ya anegado (por no decir ahogado) ecosistema editorial. Un paraguas intenta protegernos de esa aparente inclemencia, pero su consistencia analógica se desvanece en un sinfín de píxeles, integrándose irreversiblemente en el aguacero digital. Nada hay que pueda escapar ya a la transformación electrónica, nada hay que quede ya de la cadena de valor analógica.

Manuel Gil lo lleva advirtiendo en varias de sus últimas entradas, pero seguimos sin darnos por aludidos, como si esconder la cabeza bajo tierra nos librara del chaparrón: durante la segunda mitad del siglo XX y el primer decenio del actual, los editores enviaban sus novedades a las librerías, percibían el abono que les permitía financiar sus gastos corrientes y la edición de sus novedades subsiguientes, recibían las devoluciones al tiempo que realizaban nuevas y simultáneas implantaciones, y así se realimentaba un ciclo pernicioso de financiación que ha llegado hasta hoy. Los libreros, sin embargo, hastiados de novedades, incapaces de gestionarlas e irritados por haberse convertido en financiadores de esa maquinaria editorial refleja, han decidido no abonar muchas de las implantaciones masivas que los sellos editoriales (sobre todo los medios y grandes), realizaban hasta ahora. Eso significa que el flujo de financiación se ha acabado (el de los bancos y el descuento de las letras había cesado hace ya mucho), que nadie podría seguir ya trabajando en la suposición de que una implantación excesiva sirva para sostener el catálogo, aunque tratándose de una crísis sistémica de la cadena de valor, los libreros serán, seguramente, los peor parados, porque sin editoriales y sin libros su papel apenas resulta ya justificado ni necesario.

Si, además, como sostiene con gran acierto Arantxa Mellado, en el mencionado número de Texturas, en el artículo “La evolución de las especies (editoriales)”, las tecnologías digitales están favoreciendo modos de desintermediación inusitados que generarán nuevos tipos de autores más allá del literato tutelado, que sepan valerse de los recursos y tecnologías que la web les da para crear, distribuir y llegar a sus públicos potenciales valiéndose o no de los servicios que les proporcionen los editores, nos encontramos ante lo que lo irreversible: “la cadena de valor del libro”, dice Mellado, “se está transmutando en una red de valor; va a dejar de ser lineal para transformarse en reticular, con nuevos agentes, nuevos oficios, nuevos canales de distribución, nuevos canales de venta, nuevos lectores, nuevos consumidores y nuevos productos editoriales enlazados entre sí formando las ramificaciones que conforman la Red”.

Si a eso sumamos que el sistema de producción y de financiación editorial no podrá seguir basándose en las tiradas masivas e indiferenciadas en offset, porque ya no paga nadie por ello (ni lectores ni libreros), solamente queda asumir que la tecnología digital es -como se titula uno de los artículos de Texturas- un factor de liberación y emancipación antes que una amenaza.

La lluvia de código de Matrix nos ha empapado, nadie está a resguardo, todos nos encontramos a la intemperie. No estaría de más que los Gremios dedicaran algo de tiempo a pensar, en profundidad, sobre esta irreversible transformación y las maneras más cabales y colectivas de abordarla.

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El estruendoso silencio de los libros

En 1821, en Alemania, Heine, requerido a pronunciarse sobre un período de exaltación nacionalista en el que se quemaron libros, observaba: “Donde hoy se queman libros, mañana se quemará a seres humanos”. George Steiner nos recuerda este pasaje histórico, de tan pertinente actualidad, en El silencio de los libros, una obra que todos los inciertos lectores de este blog deberían comprarse y leer esta tarde de viernes.

Retomo el comentario que hice algunos días en el Facebook de mi amigo Javier Jiménez al hilo, claro, de lo que supe a través de Incendiar los libros, la entrada que Juan Cruz dedicó en su blog a la agresión que la librería Antonio Machado de Madrid sufrió el pasado fin de semana, rememorando o resucitando tiempos que creíamos, que deseábamos, pasados, quizás extinguidos. Y, aunque quizás sea innecesario, no se me ocurre mejor manera de estar cerca de quienes han padecido ese inexplicable atentado, que repensar la fortaleza del libro, su vigencia y perdurabilidad: a menudo se piensa su convivencia en términos antagónicos, pero no crea que discurrir sobre el ecosistema actual de la información en esos términos nos lleve a alguna parte: es obvio que los dispositivos electrónicos ganarán buena parte de las prácticas lectoras que antes cubría con holgura el libro en papel, pero también es cierto que proliferan, en las últimas semanas, las pruebas empíricas en contra de su adecuación a la lectura: el New York Times se hacía hace pocos días una pregunta que todos nos hemos hecho: ¿es posible leer mucho rato en una tableta, con tanta distracción?, con tanta incitación, con tanta tentación escondida tras cada una de las aplicaciones que convive con el texto. Time incidía, hace pocos días, igulmente, en un problema cognitivo no resuelto: Do e-books make it harder to remember what you just read?, porque sigue sin existir un estudio empírico claro y extensivo (salvo precedentes todavía parciales, como Territorio Ebook, en España) que demuestre a las claras en qué medida puede distorsionar la experiencia de la lectura electrónica a la retentiva a corto y medio plazo.

Jakob Nielsen, el gurú de la usabilidad electrónica, dice en esa entrevista: “Human short-term memory is extremely volatile and weak. That’s why there’s a huge benefit from being able to glance [across a page or two] and see [everything] simultaneously. Even though the eye can only see one thing at a time, it moves so fast that for all practical purposes, it can see [the pages] and can interrelate the material and understand it more”. Es posible, en el fondo, que la alfabetización digital no pueda ni deba sustituir a la alfabetización tradicional, como sostenía hace pocos días Annie Murphy Paul. En uno de los estudios más completos que a este respecto se ha desarrollado, “Efficient electronic navigation: a metaphorical question?“, un equipo de psicólogos de la Universidad de Leicester determinó que los lectores de papel entienden más rápidamente los asuntos sobre los que leen, poseen una memoria a corto y medio plazo mejor y trabajan de manera más resuelta con los materiales.

Ted Striphas, el autor de The late age of print, en entrevista con Henry Jenkins, sostiene que los libro en papel moldean hasta tal punto nuestros hábitos de lectura y están entreverados en los hábitos de nuestra vida cotidiana, que difícilmente desaparecerán, al menos en el corto plazo.

Pero no me desviaré del asunto inicial: soy consciente de que he utilizado la vieja táctica de menoscabar las propiedades de algo para ensalzar las de otra cosa. De acuerdo, reconozco lo artero de la maniobra. Que Piscitelli me condene… Trato, solamente, de destacar el imprescindible papel de esa presencia estruendosamente silenciosa de los libros y, con ello, rendir mi pequeño y sincero homenaje a los libreros que lo hacen posible, como barricadas ante las barbaries cotidianas.

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Lecturas y pantallas

Hace poco hablaba de la escasa base empírica de la mayoría de las afirmaciones que se profieren en el debate sobre la preponderancia de lo digital sobre lo analógico o viceversa. Afortunadamente, algunos esfuerzos se encaminan a resolver esta situación, planteando etnografías digitales que redunden sobre los procesos de adquisición, uso y lectura, para contrastar de manera fehaciente hasta qué punto son verídicas o no las afirmaciones que se profieren y no obedecen a intereses más o menos explícitos, más o menos encubiertos, de uno y otro signo. Eso es lo que lleva haciendo tiempo Jakob Nielsen y los resultados parciales de sus primeros estudios sobre la usabilidad de los IPad pueden leerse desde hace algo más de un mes. El futuro de las tabletas digitales, tal como vaticina Nielsen, será brillante, qué duda cabe, porque todo el ecosistema digital está orientado a verter su propuesta en ese receptáculo. Aún así, Nielsen observa: “una característica de todo el uso de los IPad es que está completamente dominado por el consumo de contenidos audiovisuales, excepción hecha de la pequeña cantidad de producción implicada en el intercambio de correos electrónicos”.

Quizás esa sea su propiedad esencial, al mismo tiempo virtud y pecado; quizás no. En todo caso, dirimir sobre el grado de legibilidad y lecturabilidad de los contenidos en una tableta digital no puede ser cosa de una charla de café con una copa de 103 sobre la mesa. Tiene que ser forzosamente fruto de un estudio empírico. Y eso es lo que nos ofrecen en la página de Miratech, una empresa especializada en usabilidad y empleo de técnicas de eyetracking para su mejora. En la comparativa que nos ofrecen uno de los resultados más llamativos es el de la legibilidad asociada con la retención, memorización y comprensión de la información procesada. A menudo he discutido de este mismo asunto relacionándolo con la educación: la cuestión no es saber si necesitamos soportes digitales en las aulas, en las escuelas; la cuestión es saber si mejoran o no la experiencia de aprendizaje y, en todo caso, darnos pistas suficientes para mejorarla.

El 20% de los usuarios de la muestra utilizada, memorizaron y comprendieron mejor los contenidos leídos en papel, quizás porque estaban habituados a una composición de página diferente, quizás porque las tipografías de los titulares y del cuerpo del texto explicitan y diferencia de manera más clara la distinta naturaleza del mensaje, quizás porque todavía no se han acostumbrado a descifrar esa clase de contenidos en soportes distintos, quizás porque, simplemente, no se sentían cómodos con un objeto todavía bizarro para muchos.

Quiero recordar que en el estudio Report on users surveys, deep log analysis, print sales and focus groups el Report from first phase of e-textbooks business models, que fue objeto hace tiempo de un análisis pormenorizado, ya se adelantaba que “la lectura que se practica sobre los libros electrónicos es, fundamentalmente, extractiva, fragmentaria, informativa. No suelen leerse textos extensos, profundos o complejos, si bien existe un grupo de early adopters, de superusuarios avanzados que conforman la avanzadilla de la campana de Gauss, que demandan títulos de todo tipo y practican cualquier clase de lectura sobre los nuevos soportes”. Sea como fuere, las únicas investigaciones relevantes serán las que desvelen, empíricamente, la calidad de la comprensión lectora de los usuarios. Lo demás serán solamente bobadas y reclamos comerciales.

 

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Libreros en la niebla

Sí, parafraseo el título de Dian Fossey, porque apenas entreveo a los libreros desde la distancia, ahora que se han reunido todos en Gran Canaria, bajo la panza de burro que forman los aliseos cuando chocan contra las acantilados de la costa norte de la isla, y porque se han escondido en el auditorio Alfredo Kraus, sin comunicaciones exteriores, parapetados tras sus muros, sin que sea posible seguir absolutamente ninguna de las sesiones, leer ninguno de los textos sobre los que se sustenten las conferencias, percatarse del interés que puedan tener sus conclusiones. Quizás salgan de entre las brumas con una solución inusitada, aunque me cueste creerlo. El reciente encuentro de Zaragoza, Otras miradas, encuentro de Editores y Libreros independientes Latinoamericanos, arrojó solamente conclusiones apresuradas, improvisadas, incapaces de ligar la voluntad de los libreros.

Desde la distancia, propongo un ejercicio que comprende una lectura y un comentario de texto. En esa pequeña joya recientemente publicada de George Steiner que se titula El silencio de los libros, que reproduce sólo parcialmente el también interesante Los logócratas, puede leerse en el capítulo titulado “Nuevas amenazas”: “no hay ninguna certeza de que el número de libros impresos en los formatos tradicionales disminuya. Parece incluso que está ocurriendo lo contrario. En realidad hay una plétora increíble de nuevos títulos -ciento veintiún mil en el Reino Undio el año pasado-, lo que constituye tal vez la mayor amenaza que pesa sobre el libro, sobre la superviviencia de las librerías de calidad, con espacio suficiente para almacenar las obras  y poder responder a los intereses y a las necesidades de todos, incluyendo a la minoría” de lectores asiduos.

“Es posible”, continua unos párrafos algo más adelante Steiner, “que el tipo de lectura que he tratado de definir como “clásico” se convierta de nuevo en una especie de pasión particular, que se enseñe en las “casas de lectura”, y a la que nos entregaríamos como Akiba y sus discípulos tras la destrucción del Templo, o como se cultivaba en las escuelas monásticas y en los refrectorios de los conventos de la Edad Media”.

Y ahora las preguntas para pautar la lectura y facilitar la respuesta:

  • ¿Alguien cree, de verdad, que el flujo de novedades producida por los editores va a disminuir?
  • ¿Alguien piensa que los editores racionarán voluntariamente el flujo de novedades del que viven, en un ciclo perverso de financiación circular?
  • ¿Es malo, en todo caso, que el mercado sea rico y diverso en novedades?
  • ¿Cómo podrían hacer las librerías para convertir la amenza de la que habla Steiner en una oportunidad?
  • ¿Qué podrían hacer las librerías, utilizando tecnologías digitales y los recursos que están al alcance de su mano, para que los compradores que entran en una librería pudieran tener acceso potencial a toda la oferta editorial viva?
  • ¿Alguien ha oído hablar de Dilve, de las plataformas de distribución digital centralizadas, de escaparates digitales, de impresión bajo demanda?
  • Si la lectura está innegablemente en retroceso y nadie en su sano juicio puede creerse las cifras proporcionadas por el Gremio de Editores, ¿no serían las librerías ese lugar privilegiado destinado a convertirse en una casa de lectura donde los que nunca podremos prescindir de los libros nos encontremos, dialoguemos y disfrutemos de un placer compartido?
  • ¿Por qué no acondicionamos las librerías para que se conviertan en esos lugares de encuentro y los aprovechan como complemento de su plan de negocio?
  • ¿Prefieren los libreros extinguirse como los gorilas de Dian Fossey, o luchar para sobrevivir?

Mañana, cuando amanezca y la niebla se disipe, quizás veamos los resultados.

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El lugar de los libros en la era digital

“Yo figuro”, leo, emocionado por la sintonía intelectual y la ratificación de años de trabajo, “entre quienes creen que durante mucho tiempo coexistirán el libro en papel y el libro electrónico -el códice y el rollo coexistieron durante cuatro siglos- y que, por supuesto, enciclopedias, anuarios, prontuarios, catálogos, índices y libros de consulta general tienen su destino natural en el ciberespacio”. Así finaliza Román Gubern, en un libro sin desperdicio convertido ya en referencia fundamental, La metamorfosis de la lectura, su razonamiento histórico sobre la sucesión de los soportes y formas de la escritura y sobre el advenimiento de la era digital.

La sabiduría del libro de Gubern radica, a mi juicio, en el estricto sentido común aplicado al análisis de ciertas mitologías digitales, en la conveniente moderación de ciertos fundamentalismos electrónicos: “las creaciones literarias colectivas”, dice Gubern refiriéndose a la posiblidad de un nuevo lenguaje creativo, legítimo y genuino, “que pueden beneficiarse de un efecto sinérgico, pueden plantear también una grave contradicción entre la imaginación y la libertad autoral individual y la interacción colectiva, ya que ésta coarta netamente la libertad autoral y modifica sus propuestas”. A estas alturas, defender que el acto de la creación es, en la mayoría de las ocasiones, un acto esencialmente intransitivo, se ha convertido casi en un escándalo. Pero Gubern agrega: “el material escritural sobre el que se trabaja en estas condiciones constituye, por lo tanto, un texto vulnerable (opuesto al texto blindado del autor individual), ya que la textualidad coral se opone al soliloquio textual del autor individual [...] No es una buena idea hacer que Hamlet se case con Ofelia”, termina Gubern, refiriéndose a  la posibilidad tan cacareada de que sean los lectores quienes decidan el desenlace de una trama. “Personalmente, me gusta que me cuenten historias Hemingway, Pavese o Fritz Lang, que han demostrado ser maestros de la narración, y no el tendero de la esquina”.

José Manuel Mora, en Leer o no leer. Sobre identidad en la Sociedad de la Información, una reclamación del acto de la lectura como reconstituyente existencial y de la literatura como sustrato de nuestra identidad, dice: “el libro es la argamasa con la que construimos sólidos puentes con el mundo, cruzamos todos los ríos, alcanzamos las otras orillas”, compañeros que van creciendo a nuestro lado, acumulándose, hasta formar una biblioteca que es una manera de estar en el mundo: “una biblioteca”, dice Mora, “es un asunto de constancia y cariño, toda una gesta de sensibilidad y gusto personal”.

Me interesan estos dos libros porque, entre tanta aceleración digital y desmaterialización de la memoria, nos fuerzan a repensar el lugar del libro y la lectura en nuestra cultura, algo que también transpira en el diálogo de Umberto Eco y Jean-Claude Carrier recogido en Nadie acabará con los libros: “cuando nos olvidamos de maletas y libros”, asegura Mora, “sobrevienen los desastres, porque nos olvidamos de las obligaciones de nuestra condición temporal, porque comenzamos a vivir de un modo indebídamente estático. Se instaura una realidad virtual, muy difícil de detectar…”.

La graforrea social a la que alude Gubern en su libro, promovida por la democratización del acceso y la desjerarquización de los cánones literarios e intelectuales de los que hace poco hablaba Jesús Ferrero -la cruz de un fenómeno que también tiene una cara resplandeciente-, genera una masa indiferenciada de contenidos: “aunque más cantidad de mensajes no significa más calidad, pero sí más oportunidades para la calidad, la sobreoferta de información equivale en muchos aspectos a desinformación y entropía, por no mencionar las aberraciones de sus eventuales detritus semánticos”.

Ni se trata de negar la extraordinaria riqueza que supone el hipertexto digital, ni de negar el portentoso desplazamiento de los métodos de legitimación y consagración tradicionales del conocimiento propiciados por la universalización de las tecnologías; se trata, más bien, de buscar el lugar del libro en la era digital.

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Por una biblioteca diferente

Hoy ha comenzado en Madrid un seminario del que me gustaría haber podido hablar, pero me he quedado en la revisión del programa: “La digitalizacion del material cultural. Bibliotecas digitales y derechos de autor“, organizado por la Biblioteca Nacional con aforo estrictamente limitado, aborda asuntos claramente inaplazables: la puesta a disposición pública mediante su comunicación digital del patrimonio bibliográfico antes exclusivamente analógico; las licencias bajo las que esa circulación es posible o deseable, sobre todo en el caso de obras que se quieren sujetas a copyright; la aberración de las obras huérfanas, ese patrimonio inutilizado por falta de una solución legal satisfactoria; el papel, en fin, que le queda reservado a las bibliotecas en el siglo XXI.

Me atrevo a proponer, por seguir la forma canónica, un decálogo para la biblioteca que se está comenzando a construir, un decálogo de funciones que deberá observar y desarrollar consecuentemente si quiere encontrar un espacio propio  y distintivo en el ecosistema de la red. Brevemente:

  1. extender sus funciones tradicionales al ámbito digital: ensayar todas las formas de préstamo digital que las tecnologías permitan, incluidas las descargas a dispositivos dedicados o polivalentes, con o sin DRM, porque las bibliotecas serán, sobre todo, centros de comunicación e información social; abrir las colecciones a arañas y buscadores mediante el uso de protocolos abiertos;
  2. conservar, paradójicamente, sus funciones tradicionales: no olvidar, sin embargo, que las bibliotecas deben custodiar una forma de racionalidad histórica insustituible: la contenida en los soportes de lectura analógica sucesiva también llamados libros. Durante siglos, las biblotecas se dieron como cometido ordenar el sentido del mundo, intentarlo al menos, y ahora no es cuestión de tirar todo por la borda porque exista el etiquetado social;
  3. reconceptualizar la ubicación de los departamentos y unidades dedicados a la comunicación digital: es posible que las bibliotecas deban desaparecer como tales para pasar a formar parte de entidades de mayor envergaduras preocupadas por la estrategia de comunicación digital integral de la institución a que pertenezcan, sobre todo en las Universidades;
  4. abrir la biblioteca a cierto grado de cogestión y participación ciudadana: las redes sociales tienen valor, en todo caso, si además de comunicar el calendario de actividades y realizar algún tipo de encuesta informal cuya muestra carece de valor, derriba en alguna medida sus muros y la abre a formas controladas de cogestión ciudadana, como la clasificacion y valoración de sus contenidos y de su oferta;;
  5. encarnar el cambio en los espacios: si la biblioteca es un centro de comunicación e información, un lugar abierto a la participación, sus espacios deben reflejarlo; ensayar con la creación de nuevos “espacios” de acceso a la información;
  6. gestionar la complejidad derivada de la propiedad intelectual: copyright, pero también creative commons, o color iuris, o licencias de uso, licencias colectivas, licencias no exclusivas, etc., etc.
  7. desconfiar de los grandes intermediarios digitales. Google no es dios, aunque lo parezca, y sus servidores están en las nubes, tan inalcanzables como dios, por tanto. El patrimonio bibliográfico de la humanidad es cosa de todos. Hagamos algo por incorporarnos a la red mundial de bibliotecas: WorldCat está cerca; rechazar los formatos propietarios, todo lo que no cumpla los protocolos OAI-PMH;
  8. regresar a las preceptos fundamentales de la profesión de bibliotecario, ahondar en ellos hasta asumirlos completamente: las bibliotecas son el cimiento de las democracias modernas,el espacio por antonomasia de la libertad de pensamiento y expresión,el sitio en el que se accede a la información que nos habla de los demás, de los otros. Sin Bibliotecas no habría democracias, porque es donde se preservan las ideas dispares y de donde puede provenir una discusión con argumentos bien fundamentados.
  9. peregrinar a Alejandría para comprender plenamente una fama que proviene, en gran medida, de su afán por atesorar todo el conocimiento escrito de una época histórica. Cuando se acopia todo ese conocimiento dispar —proveniente, según dicen, de todos los barcos que recalaban en el Puerto de Alejandría, cualquiera fuera su procedencia—, existe el deseo previo: de conocer a los demás,de observar sus leyes y sus costumbres, de respetar su diferencia, quizás inclusode aprender de ellos algo que nuestra cultura no ha resuelto o no ha sabido solventar.
  10. emitir las reuniones importantes por streaming… sobre todo cuando no quedan entradas (basta una cámara de video, un teléfono móvil o un portatil con cámara incorporada y una conexión a un servidor gratuito de streaming, como Ustream).

Por una biblioteca diferente, este pequeño manifiesto.

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Nadie acabará con los libros

El último fin de semana Manuel Rodríguez Rivero señalaba en el suplemento Babelia que Jason Epstein, en el reciente artículo aparecido en el New York Review of Books, “Publishing: the Revolutionary Future“, había dejado dicho que la actual resistencia de los editores al imparable futuro digital surge “del comprensible temor a su propia obsolescencia y a la complejidad de la transformación digital que les espera, y en la que buena parte de su tradicional infraestructura y, quizás también ellos mismos, serán redundantes”. Siendo eso cierto y sin que quepa réplica alguna, conviene añadir algún comentario adicional para comprender el mensaje completo de Epstein, para entender que si bien el futuro digital es inequívoco e irrevocable, conviene realizar ciertas matizaciones relacionadas con la pervivencia de los libros tradicionales y con las fórmulas creativas pretendidamente periclitadas. Ese mensaje, en todo caso, no es nuevo, porque ya estaba contenido casi en su integridad en la conferencia que impartió en el penúltimo TOC New York.

Epstein añade, en alusión a la nueva personalidad del editor, redimida y reinventada gracias a las tecnologías digitales: “los editores pueden realizar la promoción de un fondo prácticamente ilimitado de libros sin inventarios físicos, sin gastos de distribución o copias físicas invendidas y devueltas a crédito. Los usuarios pagarán anticipadamente el producto que compren. Eso significa que incluso las herramientas automatizadas que Amazon proporciona para facilitar los envíos serán superadas por los inventarios electrónicos. Esto sucedía hace ahora veinticinco años. Hoy la digitalización está sustituyendo a la edición física más de lo que hubiera podido imaginar”. Este mensaje no solamente alude a los editores, que quede claro: compromete a los distribuidores y, cómo no, a los libreros, presos de sus certezas tradicionales y de un inmovilismo casi atávico. En todo caso, no conviene olvidar que Jason Epstein es el creador de la celebérrima Expresso Book Machine, una máquina de impresión digital (que no está todavía a la venta en Europa por problemas en sus licencias de comercialización) pensada para que el librero se convierta en impresor, a la antigua usanza cervantina.

En ningún caso argumenta Epstein, y esto sí conviene resaltarlo para completar el sentido y la intención del artículo, que los libros en papel vayan a desaparecer, muy al contrario: “los libros electrónicos”, añade escuetamente después de explayarse en párrafos previos, “serán un factor significativo en este futuro incierto, pero los libros impresos y encuadernados actuales continuarán siendo el repositorio irremplazable de nuestra sabiduría colectiva”. En realidad, de lo que Epstein habla es de gestión digital integral de la cadena de valor del libro, algo que comprende y excede al mismo tiempo el concepto de digitalización, más estrecho y ceñido a un procedimiento concreto. Su opinión parece venir avalada por la de otro gigante con libro recién aparecido, Umberto Eco: en Nadie acabará con los libros, un conjunto de entrevistas realizadas por Jean-Claude Carrière, asegura: “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”.

Pero Epstein arremete contra otras de las convenciones políticamente correctas de los últimos tiempos, casi tan extendidas como la de la desaparición de los libros en papel. Me refiero a la convención tan defendida por el ala del digitalismo colaborativo de que las modalidades de creación discursivas y literarias tradicionales desaparecerán: nada, dice el editor norteamericano, hará que un mashup colaborativo sustituya por acumulación y casualidad el trabajo de Dickens o de Melville. Y en contra de lo que en el mismo Babelia del sábado pasado sostuviera José Antonio Millán, en “La Biblia, al aparato“, en la que sostenía que “una forma novedosa de “leer” los cómics del pasado o imaginar las obras del futuro” será aquella en que se combinen “en dispositivos portátiles, imágenes, texto, movimientos, sonido, interactividades…”, Epstein responde: “aunque los bloger anticipen una diversidad de proyectos comunales y de nuevos tipos de expresión, la forma literaria ha sido marcadamente conservadora a través de su larga historia mientras que el acto de la lectura aborrece esa clase de distracciones que los elementos de la web intensifican -acompañamiento musical, animaciones, comentarios críticos y otros metadatos-, componentes que algunos profetas de la era digital prevén como márgenes rentables para los proveedores de contenidos”.

Nadie acabará con los libros, parecen decir los dos grandes expertos, Eco y Epstein, y es posible que esté haciéndome mayor, porque cada vez estoy más de acuerdo con ellos.

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