‘Libros de texto’

Hacia dónde va la educación

Coinciden en el calendario tres importantes encuentros internacionales dedicados a la educación: el Educational World Forum, de carácter más político e institucional; el Bett británico, quizás el encuentro internacional de tecnología y educación más importante; y el Learntec alemán, un lugar donde puede vislumbrarse cuál será el futuro de la educación.

Hay algunos elementos o asuntos recurrentes que nos permiten entrever que el aprendizaje mediante la resolución de problemas basados en juegos virtuales, digitales, cobrará, cada vez, un papel más relevante, alejado de la quietud y cerrazón de los currícula tradicionales; que el diseño y prototipado de soluciones, mediante el uso de tecnologías analógicas y/o digitales, será el complemento perfecto a la pedagogía del aprendizaje basado en la práctica; que todo ese aprendizaje discurrirá, en buena medida, en plataformas digitales, móviles, en las que se favorecerá el trabajo colaborativo, el ensayo y el error, la experimentación y la simulación. En el apartado dedicado a los centenares de expositores que participan en BETT, se barrunta una reclamación ya inaplazable: que el aprendizaje en el siglo XXI se realiza en todo tiempo y lugar, más allá de los libros (aunque sin prescindir de ellos), en colaboración con otros, en contextos prácticos y reales, mediante el acceso a toda clase de recursos y contenidos, la mayor parte de ellos disponibles en la web.

Coincide que, mientras se celebran esos foros, las Escuelas Públicas del Estado de Nueva York meditan sobre la conveniencia de sustituir los libros de texto tradicionales por tabletas digitales que soporten el tipo de contenidos, interactividad y lógica colaborativa que el nuevo entorno de aprendizaje exige. En algunos casos, adicionalmente, eso ha suscitado que colectivos de profesores trabajen en la confección de materiales digitales adecuados al diseño de ese nuevo entorno educativo. Claro que, en el Estado de Nueva York, es donde se encuentra uno de los lugares a la vanguardia mundial de los nuevos espacios de aprendizaje, Quest to Learn, de manera que no resulta sorprendente que se planteen la ampliación de algo que vienen ensayando desde años en ese lugar.

Nos encontramos, qué duda cabe, en una nueva encrucijada: sabemos que la comunicación entre profesores y alumnos ya no podrá basarse nunca más en un acto de comunicación unilateral; sabemos que el aula no podrá ser ya, nunca más, ese espacio cerrado entre cuyas cuatro paredes sucede ese ritual de la repetición y la memorización tradicional; sabemos que el currículum, con su estructura rígida y clausurada, no podrá dar respuesta a las necesidades que el mundo del siglo XXI plantea; y sabemos que la fuerza disruptiva de la tecnología digital ha puesto en evidencia algo que ya denunciaba Stefan Zweig, a principios del siglo XX, en sus memorias.

En lo que atañe a la industria editorial las dudas no son menores: presa de un modelo de éxito que funcionó durante los últimos cincuenta años -una pieza analógica esmeradamente estructurada que encajaba perfectamente en la lógica del sistema educativo tradicional-, se ve impelida a abandonar lo que justifica su existencia para aventurarse en modelos de generación de nuevas herramientas, contenidos y servicios cuyas claves no entienden o dominan por completo. Una crísis, como todas, donde se esconden grandes desafíos y oportunidades.

Un paso por Bett y/o por Learntec, podría darnos, a muchos, las claves de hacia dónde va la educación.

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En el futuro el contenido educativo será gratuito y ampliamente virtual

Hace a penas unos meses las Universidades de Berkeley, Harvard, Texas y el MIT, lanzaron un sitio web educativo colegiado, EdX, cuyos contenidos son de acceso libre y gratuito (todavía oigo resonar en mis oídos los argumentos de algunos sagaces portavoces gremiales argumentando que nada de lo gratuito puede ser bueno). Su propósito, como antes lo fuera el del MIT Open Course Ware, era el de poner a disposición de cualquier interesado la posibilidad de cursar grauitamente parte de los cursos ofertados, con la opción subsiguiente de optar a ciertas formas de certificación sancionadas por esas mismas institucinoes previo abono de los derechos preceptivos. El acento, por tanto, deja de radicar en la presencialidad de los alumnos, porque todo se resuelven virtualmente, online; los contenidos se liberan y se distribuyen gratuitamente, porque se generaliza y allana la posibilidad de aprender, si bien el crédito se obtiene mediante una nueva forma de certificación pagada y diferida; la responsabilidad del proceso de aprendizaje recae, en gran medida, en los propios alumnos, que deben asumir un compromiso indeleble con su propio proceso de instrucción.

Hoy hemos sabido que la UNED, emulando la iniciativa mencionada y apadrinada por el MIT, ha puesto en marcha UnX, porque, en sus propios términos, “la acción educativa es compleja, colaborativa y experiencial. El comportamiento del docente ha variado. Lo exige así la realidad cultural y la interconexión. El nuevo paradigma educativo requiere que el protagonismo esté en las personas participantes”. El vuelco del paradigma educativo ha terminado, casi, de producirse.

Lo decía hace poco Alexander Baumgardt desde la Feria de Frankfurt: “In the future educational content will be free and widely virtual”. Aunque ese futuro esté ahora, seguramente, mucho más cerca de lo previsto. Los contenidos educativos, tal como puede en los sitios mencionados y en otros muchos que abundan en la web (desde el fantástico Flexbook hasta la ITunes University), se han liberado ya, y su condición es estrictamente virutal. Más que un vaticinio parace una constatación.

El sistema educativo fundamentaba su compacidad en tres cierres simultáneos: el del currículum; el de las aulas; el del proceso de comunicación unidireccinoal y masivo. Hoy no queda prácticamente nada de eso, solamente inercia y residuos. Las editoriales de texto tradicionales generaban contenidos propietarios que cimentaban esa triple certeza: la de los objetivos curriculares clausurados; la del proceso de aprendizaje como repetición; la de la comunicación indiferenciada. ¿Qué quedará de eso en el futuro? Juan Freire, en la última entrada de su blog, retomando textos de su participación en el Congreso de “Educación expandida y nuevas instituciones ¿Es posible la transformación?“, dice: “existe un amplio consenso sobre la necesidad de adaptar los modelos educativos a las transformaciones que está experimentando nuestra sociedad: la importancia de la innovación, la transición desde un aprendizaje centrado en contenidos a otro basado en procesos y competencias, el impacto de la digitalización del conocimiento y las relaciones sociales … Entre los factores responsables”, continúa Freire, “podríamos singularizar el hecho de que el acceso a la información y el conocimiento han dejado ya de ser patrimonio de las instituciones que lo controlaban tradicionalmente, una de ellas la universidad. Por tanto, tal como señala Tapscott (2009), el modelo educativo centrado en el profesor como transmisor de conocimientos estandarizados a una “masa” de estudiantes (un modelo análogo al de los medios de comunicación de masas”) deja de tener sentido. Los nuevos objetivos de las instituciones de educación superior deberían ser “aprender a aprender”, y desarrollar pensamiento crítico y capacidades de colaboración. En estos tres nuevos ejes Internet aparece como un elemento transformador al facilitar las herramientas y contextos donde desarrollar esas nuevas prácticas educativas”.

Repensar la educación requiere repensar los medios e instrumentos de los que se valía, de las herramientas, contenidos y prácticas que la soportaban. En el futuro, si es cierto lo que Baumgardt pronostica, el contenido educativo será gratuito y ampliamente virtual.

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La crisis del conocimiento y los contenidos editados

Nunca como hoy hemos dispuesto de tantos contenidos eduativos y científicos de calidad; nunca, como hoy, hemos tenido la posibilidad de acceder a ellos de manera automática y gratuita; nunca, como hoy, hemos podido formarnos y educarnos valiéndonos de la ayuda y el conocimiento de los demás; nunca, como hoy, ha existido una posibilidad igual de cogenerar y cogestionar la creación de saber y conocimiento. Quizás esas sean algunas de las características y propiedades principales de la sociedad de la información y el conocimiento. En nuestra mano está el hacerlas más o menos ciertas y más o menos universales. Pero están ahí y negar su realidad, openerse a su pujanza u ofuscarse en negarlas, no puede conducir a ninguna parte.

Existen plataformas -como Lehrer Online, en Alemania, o como Flexbook, en Estados Unidos- donde los profesores generan e intercambian gratuitamente los contenidos que ellos mismos crean y los conocimientos que ellos mismos desarrollan. Comunidades de enseñanza y aprendizaje autogestionadas que crean e intercambian conocimiento.

Existen entornos web donde cualquiera puede acceder al conocimiento científico y experto más actual -como pueda ser, por nombrar unos pocos, Open Edition, en Francia, o ArxiV.org, en Estados Unidos-.

Wikipedia es, por su parte, el ejemplo por antonomasia de cómo una comunidad de “amateurs” puede autoorganizarse y generar conocimiento de una calidad comparable, al menos, a la de las enciclopedias tradicionales.

La verdadera apuesta del siglo XXI no es que proliferen instituciones excelsas cerradas sobre sí mismas. De lo que se trata es de pensar la forma en que se tiendan puentes entre las instituciones universitarias tradicionales y los nuevos entornos de producción del conocimiento. Algunos lo llaman Ciencia 2.0, Modo 2 de la ciencia, otros Ciencia expandida. Admiro a Ivan Illich. Fui, incluso, su editor. Pero su crítica a los sistemas informales de educación frente a la universidad no se sostienen en un mundo donde la red ha puesto la escuela al alcance de todos, donde el movimiento Edupunk no es cosa ya de unos pocos tipos marginales y periféricos. Sí, el mundo es la escuela. El futuro de las instituciones de enseñanza en la era digitales diferente.

Internet permite crear formas enteramente nuevas de educación. La escuela o el centro ya no es el único lugar, ni siquiera el principal, donde las cosas deban o puedan transcurrir: las plataformas digitales de trabajo abierto y colaborativo, las bibliotecas de recursos compartidos, el teletrabajo digital o el encuentro síncrono o diferido gracias a aplicaciones informáticas gratuitas. La educación es expandida y móvil por dos razones: porque contamos con los mecanismos para hacerlo pero, sobre todo, porque esos mismos mecanismos nos ponen en contacto con multitud de fuentes de información diversas que podemos consultar y explotar y porque nos permiten construir una red sólida de trabajo colaborativo. Y no se trata, solamente, de experimientos más o menos radicales, como el de la WikiUniversity o el de la ITunes University, que ponen en solfa los procedimientos de acreditación tradicionales, sino de aprovechar el poder transformador y emancipador de las redes;

El conocimiento erudito es un ornamento inservible, en todo caso un pasatiempo sugestivo para quien lo practica. Sólo cabe aprender haciendo: los proyectos no son distintos a los contenidos sino que solamente puede haber proyectos al servicio de los que se ponen conocimientos, herramientas, recursos y contactos. Quest to learn, en Estaods Unidos, o la Team Academy, en Finlandia , son dos ejemplos extraordinarios de un proceso de generación de ideas rápidamente prototipado y puesto al servicio de un problema social previamente identificado que se convierte en un negocio viable.

No podemos seguir enseñando, simplemente, para que se completen adecuadamente los exámenes; no podemos seguir enunciando contenidos y esperando a que se reproduzcan con mayor o menor precisión; no podemos creer que formamos ciudadanos creativos y solventes, autosuficientes y críticos, mediante la mera repetición de lo explicado. No queremos, en fin, que nos sigan dando clase.

El hecho de que la Asociación Nacional de Editores de Libros y material de Enseñanza (ANELE) haya convocado un XII encuentro anual bajo el título  “La crisis del conocimiento: el valor de los contenidos editados es, a mi juicio, el desesperado intento por preservar el orden de las cosas, pero las cosas no tienen intención alguna de perseverar en su antigua naturaleza. La cuestión esencial, a mi entender, no es tanto oponerse al cambio, negarlo, como imaginar de qué manera pueden contribuir los editores a construir ese nuevo entorno de aprendizaje ineludible, donde los libros de texto -como condensadores de conocimiento y sentido- pueden seguir jugando un papel principal.

El conocimiento no está en crisis. Los editores sí. Imputar al primero los problemas de los segundos, no es, seguramente, la mejor opción.

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Aulas sin muros y libros sin páginas

Fue Marshall McLuhan el que definió en 1960 el mundo que advendría mediante el uso de los medios de comunicación como un aula sin muros. “Hoy empezamos a darnos cuenta”, escribía McLuhan, hace más de cincuenta años, “de que los nuevos medios no sonsimplemente una gimnasia mecánica para crear mundos de ilusión, sinonuevos lenguajes con un nuevo y único poder de expresión”. Y prosigue McLuhan, en una argumentación que nos interpela todavía hoy en día y que, aún refiriéndose a los medios de comunicación de masas, sería perfectamente trasladable a la mutación actual que propician los medios digitales: “cuando se analizan cuidadosamente estos avances, se hace patente quedeterminan una estrategia cultural básica para la enseñanza. Cuando apareció el libro impreso, amenazó los procedimientos orales de la enseñanza y creó la escuela tal como nosotros la conocemos. En lugar de preparar su propio texto, su propio diccionario, su propia gramática, el estudiante empezaba a trabajar con estos instrumentos. Podía estudiar no sólo uno sino varios lenguajes, Hoy estos nuevos medios de comunicación amenazan, en vez de reforzar, los procedimientos tradicionales de la escuela. Es habitual contestar a esta amenaza con denuncias sobre el desgraciado carácter y efecto de las películas y de la televisión, del mismo modo que se temió y se desdeñó el «comic»,expulsándolo de las aulas. Sus buenas y malas características de forma y contenido, conjuntados cuidadosamente con otros tipos de artes y de técnicas narrativas, podían haberse convertido en un importante instrumento para el maestro”.

En un extraordinario artículo de lectura más que recomendable, aparecido en el último y renovado número de la revista Claves, Mariano Fernández Enguita dice a propósito de “El incierto porvenir de una institución exhausta”: “los nuevos medios sociales (Internet, la web 2.0 y lo que vendrá) ya son efectivamente de comunicación y, por tanto, la escuela ya no es ni el único ni necesariamente el mejor escenario de aprendizaje. En el futuro, que ya está aquí, vamos a tener que elegir: o aula sin muros o educación sin escuela -o una combinación de ambas-”.

Fernández Enguita, que ya había anticpado esta visión en “La infantería de Gutenberg ante la galaxia Internet“, no deja lugar a dudas sobre la brecha que se abre en un modelo pedagógico y educativo basado en la unidireccionalidad del mensaje transmitido del (supuesto) experto al (supuesto) lego: “el acceso a la sociedad del conocimiento abre una perspectiva de oportunidades y desafíos multiplicados, pero estaremos cada vez más lejos de poder aprovecharlas y afrontarlos si no se procede a una profunda reforma, desde dentro y desde fuera, de la profesión. Pero si antes señalé la perfecta adecuación del profesorado a la tarea que le encomendó la modernidad, incorporar al género humano a la era de Gutenberg, hoy no queda sino señalar con alarma su grave inadecuación para haerlo a lo que requiere la posmodernidad, la incorporación a la era de Internet”.

No es casualidad, por eso, que Roger Schank hable de una escuela sin muros, de un aula sin paredes, de la completa abolición de la idea del conocimiento como una acumulación repetitiva de contenidos inservibles, y construya para esos plataformas digitales donde los alumnos, agrupados, resuelvan prácticamente problemas a los que deben enfrentarse en una metodología bien contrastada que no es otra que la del aprendizaje basado en proyectos, traslada ahora al medio digital y sus particularidades. Claro que en honor a la verdad y a la amistad, Alejandro Piscitelli lleva años hablando de esa nueva educación basada en una nueva ecología digital del entorno de aprendizaje.

Y si eso es así y ese cambio es irreversible, es obvio que los libros de texto como referencia inamovible del sistema educativo darán paso a configuraciones digitales de recursos mucho más dinámicas, albergadas seguramente en plataformas colectivas. A partir de un conjunto de contenidos curriculares indispensables, deberán ser enriquecidos con las aportaciones de profesores y alumnos y, en lugar de itinerarios únicos, deberán abrirse a la posibilidad de trazar recorridos diferentes a través de las fuentes que puedan ser de interés para la resolución de los problemas planteados.

Las aulas carecerán de muros y, los libros, de páginas.

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Por qué los libros de texto serán digitales y se distribuirán desde una única plataforma

Tengo dos respuestas a esa pregunta: una corta y una larga.

La corta dice así: los más importantes sellos editoriales en lengua alemana, con una población escolar superior a la del territorio español, gratuidad implantada en todo el Estado y diferencias curriculares específicas de acuerdo al Land en que se imparta la asignatura, han decidido que el único sistema que puede garantizar la continuidad de la industria editorial del libro de texto al tiempo que el acceso sin restricciones ni limitaciones a los contenidos didácticos, es construir una única plataforma de distribución de contenidos digitales a través de la que los centros educativos puedan descargarlos. El sitio se llama Digitale Schulbuecher, libros de texto digitales, tan sencillo como eso, y comenzará a operar el curso 2012-2013.

Existía un precedente parcial en los Estados Unidos, Course Smart, una plataforma conjunta de explotación de contenidos educativos digitales patrocinada por empresas competidoras: 5887 títulos disponibles en formato electrónico provinientes de los catálogos de Pearson, Willey, McGraw Hill y Cengage Learning.

La respuesta larga dice: la industria del libro de texto editorial es, sin duda, la más compleja de las posibles tipologías del libro. Hubo en tiempo en que el tamaño de la población escolar, la indeferenciación curricular y la cifra de libros vendidos justificaba el funcionamiento de una maquinaria editorial y comercial que implicaba a centeneres de personas. Las enormes inversiones en el desarrollo de materiales pedagógicas, grandes tiradas industriales y movilización de una ingente red comercia, se veían amortizadas e incluso sobrepesadas en beneficios con creces porque la venta excedía las inversiones preliminares.

Hoy en día las cosas son distintas:  la población escolar ha descendido; la disparidad en el aula se ha centuplicado y los libros encarnan una pedagogía unívoca trasnochada; la diversidad curricular de dieciocho autonomías exige los consiguientes desarrollos específicos, inversiones apenas amortizables por las exiguas ventas en algunas de ellas; la competencia entre los sellos ha aumentado y se ha enconando, recurriendo en algunos casos a prácticas poco lícitas, como se puso de manifiesto en el caso de algunos sellos españoles en Iberoamérica; los costes del mantenimiento de los equipos editoriales y las redes comerciales, apenas resultan ya financiables; la gratuidad de los libros de texto y la disparidad de las políticas en las distintas Comunidades Autónomas ha añadido más incertidumbre a una maquinaria empresarial muy delicada; la revolución digital, en fin, ha hecho evidente que la arquitectura de los libros de texto tradicionales es ya obsoleta y que el futuro pasa por la generación de contenidos interactivos, flexibles y adaptables. “El estudiante del siglo XXI”, ha dejado escrito Ferrán Ruiz Tarragó (al que hay que leer y seguir), “está acostumbrado a un entorno infocomunicativo que constrasta vivamente con el aula [...] la estabilidad de los contenidos escolares se han visto muy afectada por la naturaleza digital de la información. La entidad y la prestancia de los libros de texto impresos que produce una industrial editorial consolidada se subvierte de manera decisiva  por la distribución electrónica de todo tipo de contenidos a través de la red”.

Pero aunque todo eso sea una evidencia para todos los directivos de los grandes sellos editoriales asociados en ANELE, lo cierto es que acometer ese cambio no es sencillo. A menudo, además, se piensa, estratégicamente, de manera aislada, como si la solución pudiera pasar porque cada sello construyera su propia plataforma, calculara la posible concurrencia que sus servidores deberían soportar y realizara las inversiones millonarias consiguientes. Pero las cuentas no salen y, tal como demuestra la experiencia de los editores alemanes, la solución en la economía digital pasa, una vez más, por la colaboración bien entendida, por el beneficio mutuo que se puede derivar de actuaciones consensuadas.

Solicitar a las admnistraciones públicas ayudas para el sostenimiento de una industria necesaria -aun cuando proliferen y todavía lo hagan más en el futuro alternativas libres de generación colectiva de contenidos, como demuestra el caso de Flexbook- y el desarrollo de tecnologías que mejoren el acceso y la calidad constrastada de los contenidos, no debería ser un obstáculo.

Por todo eso los libros de texto serán digitales y se distribuirán en una única plataforma.

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¿Qué quedará de los libros de texto?

Si formuláramos esta pregunta a Alejandro Piscitelli es muy posible -me erijo en su intérprete desautorizado- que nada o a penas lo que la inercia de la industria editorial y las naturales resistencias del aprendizaje pasivo preserven. En todo caso, el aprendizaje 1@1 y los nuevos entornos de la enseñanza basados en el aprendizaje por proyectos, en la resolución de problemas reales, en el uso activo de aplicaciones  y herramientas digitales de búsqueda y análisis de una información ubicua y sobreabundante, en el empleo de mecanismos de comunicación distintos a los meros textos escritos, llevan, ineludiblemente, a un diseño del entorno de aprendizaje donde el libro de texto tradicional a penas tiene lugar (disculpa por la interpretación apresurada, Alejandro).

Esa misma riqueza de información disponible, la posibilidad de aprender en solitario apoderándose del propio proceso de aprendizaje, la ocasión de construir comunidades de aprendizaje de profesionales o expertos en torno a temas de interés común, al margen de las instituciones oficiales y lejos del sistema reconocido de acreditaciones, ha llevado adicionalmente a que la idea del Edupunk, del DIY (Do it yourself), haga pensar a las grandes instituciones educativas sobre el papel que jugarán en el futuro de la educación, sobre su probable defunción tal como las conocíamos.

La red hace posible, por si fuera poco, que miles de profesores construyan sus propios libros de texto, generando repositorios de contenidos y de objetos digales bajo licencias permisivas que admiten su difusión, uso y transformación sin límites. Esa realidad es patente en el proyecto Connexions. Sharing knowledge, que es, quizás, el mayor libro de texto de la red, si es que puede recibir ese nombre que respondía a otra realidad textual. Su fundador y principal valedor, Richard Baraniuk, lo explica como una derivada natural de las potencialidades que la tecnología wiki nos ofrece. Desde el mes de mayo de 2009, el Estado de California, en los Estados Unidos, adoptó los libros de texto open source como fuente de abastecimiento de sus escuelas estatales. Varios factores concurrieron para que se tomara esa decisión: la bancarrota innegable del Estado regido por Arnold Schwarzenegger, y la sospecha fundada de que los libros de texto tradicionales eran caros, justificadamente caros si se quiere, y lentos, muy lentos en su capacidad de introducir y fijar los nuevos conocimientos, como no podría ser de otra manera en la tecnología del papel. Si un gobernador republicano optó por los libros de texto con licencias libres construidos por profesores, algo está pasando.

Por si faltara algo que rubricara el ocaso de los libros de texto tradicionales, Apple ha puesto en nuestras manos el IBooks2 Software, el IBooks Author y una plataforma para distribuir contenidos educativos en cualquiera de sus soportes, ITunes U application que da lugar a revoluciones editoriales como Life on earth. Claro que la inversión en el desarrollo del prototipo de esa última maravilla editorial requiere inversiones previas costosas en grabaciones de video, desarrolladores de animacinoes interactivas, diseñadores, técnicos de sonido e imagen, etc., pero también es verdad que pone al alcance de cualquiera (mejor, de cualquier grupo bien coordinado de profesores) la posibilidad de construir libros  de texto diferentes. Hoy lo ha propuesto y desarrollado Apple como medio de que el IPad se convierta en el soporte ubicuo de la educación, pero pronto surgirán aplicaciones para formatos abiertos e interoperables que permitan que produzcamos contenidos que puedan ser usados y leídos en cualquier soporte.

Life on Earth from E.O. Wilson Biodiversity on Vimeo.

En realidad solamente queda por saber lo más importante: hasta qué punto el uso de dispositivos digitales interactivos mejorará o no la calidad del aprendizaje; hasta qué punto sustituirán a los soportes tradicionales o se convertirán en un completo para la indagación y el trabajo colaborativo; de qué manera integrarán los estudiantes en su ecosistema de información y aprendizaje estas nuevas propuestas.

El libro de texto no será ya lo que fue (que se lo digan, si no, a McGraw Hill, a Houghton Mifflin Harcourt o a Pearson). Larga vida al libro de texto….

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Flexbook o la próxima generación de libros de texto

Los libros de texto de código abierto no son otra cosa que libros colaborativos escritos y mejorados por muchas manos. Al contrario que los libros de texto tradicionales, encargados a uno o varios autores, inmodificables por definición, inmutables hasta la siguiente reedición, caros por cuanto su confección, corrección, edición, producción y distribución requerían de verdaderos ejércitos de profesionales, los libros de texto de código abierto son obras en evolución constante, modificables y editables a voluntad, baratos por cuanto no comportan producción industrial alguna, sencillamente distribuibles mediante descarga electrónica. Los flexbooks, que así se llaman esta clase de obras educativas generadas cooperativamente, amenazan con hacer desaparecer, definitivamente, al libro de texto tradicional, acantonado, quizás, en sus últimos y aparentes éxitos comerciales.


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El Open Source Learning o la transformación de los libros de texto

Hoy se celebra en Madrid las I Jornadas Técnicas ANELE, la Asociación de Editores de Libros y Material de Enseñanza, coordinadas por Javier Celaya, lo que siempre es una garantía de rigor y actualidad. Si la educación está sufriendo, al menos en apariencia, una profunda transformación que va de la mano de la construcción de una escuela abierta y digital que transfigure las jerarquías de la comunicación, los métodos de transmisión del conocimiento y las reglas de su uso, no parece que los libros de texto y el ecosistema del aula puedan quedar intactos.


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Futuros del libro, futuros de la edición

El pasado 31 de marzo tuve la ocasión de intervenir en un curso de formación interna del Gremio de Editores de Madrid, promovido o auspiciado por la Comisión de Pequeños Editores, todos naturalmente preocupados por las incertidumbres que las transformaciones digitales traen consigo. Intenté, en la medida en que dos horas dan de sí, abarcar cuestiones relacionadas con la naturaleza del nuevo ecosistema informacional y la manera en que afecta a los editores; con los modelos de explotación de nuestros contenidos editoriales, en función de la naturaleza de ese contenido, del uso que se le vaya a dar y del tipo de usuario que vaya a utilizarlo; con la guerra de los formatos abierta en todo periodo de transición, en el distintos fabricantes o desarrolladores batallan por el monopolio; con la equívoca escaramuza sobre los derechos de autor en el nuevo entorno digital, mucho más sencilla de entender de lo que a priori puedan dar a entender quienes se empeñan en presentar la Ley de Propiedad Intelectual desde un sólo punto de vista; con los costes de la digitalización retrospectiva y de la impresión digital de nuestros contenidos. Faltó tiempo para hablar de las estrategias de comunicación en la red, de la inevitable sustitución de las maneras tradicionales de comunicarnos con nuestros potenciales lectores, pero otra vez será.


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Las profundas transformaciones de la edición educativa

Buena parte de la historia de la edición española y del crecimiento de sus más importantes grupos editoriales tiene que ver con el libro de texto. Dos de las naves editoriales que todavía surcan las aguas tormentosas de la revolución actual se construyeron sobre los hombros de emprendedores que supieron ver más allá que los demás y que arriesgaron conocimiento y capital. Anaya y Santillana se forjaron así y Planeta, el trasatlántico de la edición, ha buscado recientemente en aguas colindantes sellos editoriales activos en el ámbito educativo (Editis) para, quién sabe, hacerse a la mar por su cuenta. Otros veleros bien pertrechados compiten en la misma regata: SM, Bruño, Cambridge, Oxford, Editex, en fin, un grupo de curtidos navegantes que quizás se sorprendan, todavía, de lo que las galernas digitales traen consigo.


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