‘Nativos digitales’

Musas. De la felicidad de no hacer nada

A menudo este tipo de libros pasa desapercibido pero no creo que este, en concreto, merezca ese destino de olvido lector, indiferencia crítica y omisión comercial. En el año 2010 la portada del semanario Die Zeit, en Alemania (el semanario sin duda más importante en el ámbito germanoparlante), le dedicaba la portada y buena parte de uno de sus cuadernillos temáticos. Lo titularon “De la ociosidad ingeniosa” y se referían al libro de Ulrich Schnabel, aparecido en ese momento, Musse. Vom glück des nichtstuns, traducido al castellano como Ocio. De la felicidad de no hacer nada. Ocio en lugar de musas supone una variación deliberada de un título que se refería en el original a la riqueza creativa derivada de la abstracción, el ensimismamiento y la introversión, de la capacidad de dejar vagar nuestro espíritu a sus anchas, embelesado en la contemplación o enfrascado en la meditación. Todo lo contrario a las invitaciones y estímulos constantes que nuestra sociedad nos ofrece.

La investigación neurológica es tozuda en este sentido: en contra de las creencias populares e incluso pseudoilustadas, nuestro cerebro es más creativo en el relativo reposo del descanso y el ocio que en la agitación y la intranquilidad de la realidad cotidiana, rodeada de múltiples señuelos que fragmentan la atención, multiplican aparentemente nuestra dedicación a tareas heterogéneas y concurrentes y disgregan nuestro esfuerzo y dedicación. La mitología de la multitarea campa a sus anchas en las sociedades occidentales, pero no parece que nuestro fundamento orgánico se preste a tal juego de buena gana.

Al contrario: en lugar de estar presentes de manera plena e integral en el acontecimiento que nos ocupa -aquello que nos enseñan las técnicas de meditación tradicionales enumeradas en el libro-, pretendemos estar simultáneamente dedicados a tareas diversas y apenas relacionadas, proyectándonos siempre más allá de nosotros mismos. Y en esto, claro, las tecnologías digitales tienen mucho que ver porque, lo queramos o no, más allá de discusiones y polémicas espurias que a nada abocan, dejamos que la tecnología usurpe nuestra voluntad obligándonos a estar presentes de manera simultánea en más lugares de lo que podemos estar.

“En la era de Internet, tenemos que aprender a permanecer mentalmente desconectados” o bien, que también podría traducirse así, “en la era online, tenemos que aprender a permanecer mentalmente offline”, decía el extenso artículo que el semanario Die Zeit dedicó al libro en su momento. Lo curioso, o no tanto, es que la lectura profunda, la lectura recogida y reflexiva, la lectura silenciosa y concentrada, procura un estado de abstracción y comprensión en buena medida comparable al que se obtiene con otras técnicas de meditación, tal como demuestran los estudios  neurolingüísticos que se detallan en el trabajo.

La polémica o aparente disyuntiva, por tanto, entre medios digitales y soportes tradicionales, entre lectura poliforme y lectura sucesiva, entre lectura digital y fragmentada y lectura lineal y analógica, carecen por completo de sentido y fundamento. Solamente cabe, si aspiramos a seguir siendo medianamente inteligentes, creativos e ingenisos, a compaginar ambos medios, sin perder de vista nunca el poder que las musas y la lectura ejercen sobre nosotros.

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Tecnología y educación: la era de los polialfabetismos y la participación

No soy nativo digital. Lo confieso. Nací antes de que las tecnologías que ahora manejo se inventaran y, en consecuencia, en cualquiera de mis reflexiones prepondera un tipo de narratividad, la vinculada al libro, por encima de cualquier otra, incluida la digital. Eso puede que muchos de mis juicios y puntos de vista estén lastrados, de partida, por ese apego insoslayable a un tipo de soportes, de exposición, de racionalidad, que no tiene por qué corresponderse con la lógica de lo digital, con la manera de hacer, ver y comprender de los nativos digitales. Quizás no se trata de pensar la tecnología sino de pensar con la tecnología. He terminado hace poco de leer un libro que me ha costado conseguir (la paradoja de la importanción de libros entre España e Iberoamérica y de sellos transnacionales que no traen aquí lo mejor que producen en otros países): Nativos digitales. Dieta cognitiva, inteligencia colectiva, y arquitecturas de la participación.

La principal virtud del libro, entre otras muchas que lo adornan, está de la hacernos reflexionar a los nativos de la tinta y el papel sobre la inconviencia de pensar un fenómeno digital nuevo con las anteojeras analógicas precedentes, sobre la impropiedad de pensar la creación, transmisión y uso del conocimiento en un ecosistema digital de la información con las antiparras de los mecanismos y tecnologías de la comunicación unilateral tradicionales. Tengo mis dudas, mis pegas razonables, mis disensiones basadas en la pertinencia de mantener dentro de la necesaria polialfabetización contemporánea una atención prioritaria a la alfabetización tradicional (como recomiendan Maryanne Wolf o Stanislas Dehaenne), pero, qué duda cabe: necesitamos pensar con la tecnología, no sobre la tecnología; necesitamos generar prácticas tecnoeducativas para el aula, no reflexiones teóricas sobre tecnología y educación, algo que el propio Piscitelli -atrevido maestro de lo digital-, ha llevado a cabo recientemente en el Proyecto Facebook.

No diré que lo comprime y sintetiza todo, pero en el párrafo siguiente se encuentra, sin duda, la profunda clave de la polémica y  la posible disensión: “estamos en las antípodas de la linealidad del libro. Y frente a esta constatación podemso llorar de pena -como hacen sus viudos, las Academias de Letras, los organizadores de las Ferias del Libro, los editores monsergas, los educadores del canon- o alegrarnos por la invitación a la reinvención del sentido y la creación de renovados formatos, soportes , y opciones de intelegibilidad -tal como refulgen en la red,en exposiciones interactivas, en la estética experimental, en el Zemos 98, en DLD 2009 y en TED 2009, dos exhibiciones únicas en el mundo, en cuanto a sintonizar con los nativos digitales se trata”.

Vale la pena, para no empeñar su propio discurso, echar un vistazo a una de sus últimas intervenciones, conferencia cuyo título recoge perfectamente su visión de la transición radical que vivimos: “De las pedagogías de la enunciación a las de la participación”, donde la colaboración, la cooperación, la agregación sucesiva de las inteligencias de los participantes, pone en solfa el modelo de comunicación tradicional del conocimiento.

Ese es, también, el objetivo que persigue el video elaborado por los alumnos del departamento de “Innovation in Mass Communications” de la Kansas State Universtiy, uno de los lugares más activos en los últimos tiempos en la implementación y experimentación con tecnologías digitales en el aula. Los propios alumnos, autores de la puesta en escena, rodaje y montaje finales, parodían los métodos de comunicación tradicionales, el sopor que la transmisión tradicional origina, abogando por una modalidad más participativa e inclusiva de práctica docente.

¿Seremos capaces de crear entornos de aprendizaje capaces de conjugar la experiencia profunda de la lectura tradicional con las exigencias de entornos multimediales participativos, dirigidos por profesores mediadores, problematizadores, maestros seductores de la comunicación, tal como quiere Piscitelli? No soy nativo digital, lo reconozco, pero como antropólogo que soy de formación, intento comprenderlos.

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El mito de la multitarea y la competencia digital

Hace tres años Sherry Turkle publicó un artículo en la revista Forbes en el que comentaba: “vivimos una contradicción: insistimos en que nuestro mundo es incrementalmente complejo y, sin embargo, hemos creado una cultura de la comunicación que ha hecho decrecer el tiempo de que disponemos para nosotros, para sentarnos y pensar, de manera ininterrumpida. Estamos preparados para recibir mensajes rápidos a los que se supone que debemos responder rápidamente. Los niños que están creciendo de esta manera quizás no conozcan nunca otra alternativa”. El artículo se titulaba “Can you hear me now?“, en un desesperado y último intento de confrontar la voz de los padres con la de la miríada de objetos digitales parlantes que compiten por acaparar la mermada atención, la degradada concentración, de los adolescentes.

Los experimentos que vienen sucediéndose en esta década todavía en curso son taxativos y unánimes al respecto: la compaginación o el intercambio de tareas motivado por las continuas llamadas de atención de diversos medios digitales solamente es posible mediante una alarmante degradación de su ejecución o su desempeño. En un estudio aparecido en el año 2005, “A teacher in the living room“, cuyo subtítulo aludía al tema de esta entrada, “Educational Media for Babies, Toddlers, and Preschoolers”, se constataba, sin embargo, que el uso simultáneo de dispositivos digitales era un  hecho irreversible y que los adolescentes habían tomado ya la decisión de sacrificar la concentración y la comprensión a la liviandad de la comunicación simultánea: de un cuarto a un tercio de los jóvenes entre 8 y 18 años dijeron que utilizaban simultáneamente otros medios mientras escuchaban música, usaban el ordenador, leían o veían la televisión. Además de eso, el 60% de los jóvenes entre 12 y 18 años, “hablaban por teléfono, enviaban mensajes instantáneos, veían la televisión, escuchaban música o navegaban por la web por mera diversión” mientras realizaban sus tareas escolares. Mientras utilizaban el ordenador, al menos el 62% utilizaban otro medio y el 64% realizaba otras tareas simultáneas en su computadora.

Puede que el consumo masivo de cafeína nos predispusiera favorablemente a la multitarea, pero el Journal of Computing in Higher Education no es de la misma opinión: en “The laptop and the lecture: the effects of multitasking in learning environments” se cuenta el experimento en el que se permitió a la mitad de los estudiantes de una clase utilizar sus ordenadores portátiles mientras transcurría la lección habitual. La memorización, comprensión y, en consecuencia, el aprendizaje, fue diametralmente distinto del de aquellos que atendieron la lección sin la intromisión de medios digitales. Lo mismo nos dice la revista Trends in cognitive science: en un estudio acometido por la Universidad de Exeter sobre los efectos cognitivos de la multitarea, el procesamiento simultáneo de los problemas o tareas que se plantearon a la muestra estudiada condujeron a respuestas más lentas y erróneas que las que se obtuvieron mediante el procesamiento sucesivo.

La cuestión es, dice Mark Prensky en “Digital natives, digital immigrants“, ¿cómo reconciliar los descubrimientos de las ciencias cognitivas que revelan cómo la multitarea degrada de manera constante nuestro desempeño con las referencias o los informes que revelan que la multitarea no es solamente un hábito sino una preferencia fervorosa de la generación adolescente?”.

¿Cómo introducir, como comentaba la semana pasada, las virtudes de la lectura profunda tradicional en dispositivos analógicos en las aulas digitales y en la experiencia multitarea de las jóvenes generaciones?

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Razones para estar excitado

La conferencia de clausura que debería haber pronunciado Tim O´Really llevaba por título “Razones para estar excitado“, pero un accidente en su villa italiana, subiendo o bajando unas escaleras (es el incoveniente de poseer palacetes de varias alturas a orillas del Lago Maiore), le ha impedido estar presente. En todo caso en el ambiente previo al inicio de la Feria se respira esa excitación denunciada por O´Really, aunque a veces no se sepa si procede de la más pura desorientación o del conocimiento profundo de la insostenibilidad de una industria con fundamentos predigitales.

Tools of Change Conference in Frankfurt

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Bibliotecas necesarias

Tengo una amiga de cuyo nombre me acuerdo pero no revelaré que ocupa un cargo de responsabilidad en una extensa e importante red de bibliotecas públicas. Como a muchos otros profesionales del sector, lo que le preocupa no es tanto saber si los dispositivos digitales acabarán matando a la estrella del papel como si las bibliotecas como instituciones públicas que ponen al servicio de la ciudadanía un conocimiento vegetal, tendrán o no sentido en el siglo XXI. ¿Cómo seguir justificando las inversiones en infraestructuras, personal y dotaciones, cuando las salas tienden a estar vacías salvo en el momento en que se convierten en salas de fiestas para acoger el guateque de los exámenes o cuando la liviandad del acceso a los contenidos digitales parace haber sustituido de un plumazo a la pesadez de la memoria en papel?


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Mapa de los nativos digitales

“Nos encontramos”, reconocía Maryanne Wolf en su libro tantas veces mencionado en este blog, asumiendo nuestros desconocimientos, “solamente al inicio del análisis de las implicaciones cognitivas del uso” de las tecnologías digitales, de los nuevos soportes y de la manera en que alterarán y trastornarán la manera en que leeremos, crearemos y procesaremos la información, la intercambiaremos. En realidad, muchas de nuestras presunciones son solamente eso, conjeturas a falta de fundamento empírico. Pero la importancia del envite es tal que convendría poner en marcha cuanto antes una cartografía experimental de los usos y hábitos de los nativos digitales, que también viven entre nosotros. En Estados Unidos, el proyecto Digital Nation ha realizado ya ese primer mapa.


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Homo Fabulator

Si hay algo que nos distingue del resto de los géneros sobre la tierra es que el humano posee la innata tendencia a relatar lo que le sucede, aún lo que imagina, de manera compulsiva y recurrente, a lo largo de los siglos, sin desmayo. Hay quienes creen que ese rasgo de narrador y cuentista perentorio es fruto de una ventaja adaptativa fruto de la evolución, la capacidad de llamar la atención de nuestros oyentes, de ordenar el mundo en categorías comprensibles, de inyectarle un sentido del que seguramente carece. Todo eso, tal como afirma Brian Boyd en un libro indispensable, On the origin of stories. Evolution, cognition and fiction -que evoca el título del antecesor al que alude, el origen de las especies-, acaba transmutándose en una ventaja adaptativa que se inscribe en nuestros genes, de manera que no solamente somos sapiens sapiens (al menos algunos de entre nosotros), sino, sobre todo e inicialmente, fabulatores.


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Los adolescentes y la lectura (últimos datos)

Uno de los grandes asuntos que nos entretendrán los próximos años seguirá siendo, sin duda, el de la competencia lectora, asunto agrandado, agravado o multiplicado, si cabe, por el de la alfabetización digital, por el de la influencia de los medios y soportes digitales en los hábitos y prácticas de lectura tradicionales. Ayer mismo comenzó uno de los primeros congresos preocupados por un asunto que traerá mucha cola: Nuevas formas de lectura en la era digital, se titula, y en él intervendrán especialistas que intentarán dictaminar de qué manera influyen los nuevos soportes en la manera que leemos. Existen todavía, sin embargo, pocos estudios de campo que hayan sido capaces de establecer si el uso de las pantallas constituirá un complemento ineludible o, más bien, un obstáculo adicional. Algunos, como el Superbook en Inglaterra, no fue más allá, me atrevería a decir, que a constatar algunas certezas constatables sin necesidad de emprender ningún estudio: que los adolescentes son los más predispuestos a utilizar los soportes digitales y a sustituir la lectura en papel por la lectura en dispositivos electrónicos. Pero la pregunta que suele quedar sin responder es: ¿contribuye el ejercicio de la lectura en los nuevos soportes a una lectura más fluida y capaz de decodificar satisfactoriamente lo que se lee? ¿Contribuye la lectura en pantalla a mejorar la comprensión lectora en general y en las distintas áreas de conocimiento en particular? ¿Contribuye la lectura en un dispositivo dedicado a fomentar una lectura más crítica, una interpretación y evaluación de los contenidos más cabal? ¿Se han mejorado las capacidades de búsqueda, investigación y evaluación de los contenidos encontrados mediante el uso de los soportes electrónicos? ¿Se ha incrementado la motivación, las ganas de aprender a leer mejor y utilizar la lectura como un instrumento que les oriente en una sociedad sobreabundante en información? Las preguntas son tantas y las respuestas tan pocas, que todavía queda un largo trecho por recorrer.


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Fedro regresa

Un adolescente de quince años se ha convertido en los últimos días en uno de los oráculos más valorados por las compañías de consultoría internacional, atónitas aparentemente ante lo obvio. Morgan Stanley, ni más ni menos, publica el informe donde se recogen las valoraciones y percepciones de esta etnografía digital dejada en manos de un nativo. Como un Fedro contemporáneo, el augurio del adolescente no hace otra cosa que ratificar lo que ya sabíamos: que los nativos digitales desdeñan los medios tradicionales, incluidos los libros, y que el medio en el que se desenvuelven está hecho de dispositivos digitales, redes sociales, información fragmentada y compartida, y que no están dispuestos de ninguna manera a dejar de utilizarlos de la manera en que lo hacen. Sócrates creyó en su momento que sus admoniciones bastarían para desanimar a Fedro de utilizar los nuevos soportes y aprender el alfabeto, confiando todo su conocimiento a la oralidad tradicional, pero no fue así. Todos acabaron traicionándole. La cuestión, por tanto, no es si los nativos digitales van a utilizar los medios digitales en la manera en que ya lo hacen, porque eso es una obviedad del tamaño de un terabyte, sino, más bien, en qué medida podemos alfabetizar digitalmente a la población que va utilizar esos medios y de qué manera podemos conservar o no las competencias asociadas a la lectura tradicional.


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La estrategia digital europea

Es posible que si en lugar de a Bruselas, donde se celebró la última conferencia Ludwig Erhard, hubieran invitado a Viviane Reding, la Comisaria europea para las Telecomunicaciones y los Medios Digitales, al último encuentro de los editores en Santander, a más de uno le hubiera dado un amago de infarto. La comisaria europea para los asuntos digitales habla en su conferencia, profética y estratégica, de nuevas formas de regulación de la propiedad intelectual; de la imperiosa necesidad de invitar e incitar a los nativos digitales a que se sumen al trabajo colaborativo en la web, abandonando cualquier forma de represión legal; de un impulso decidido de la digitalización de los libros; de propiciar un acceso más sencillo y atractivo, en suma, a contenidos de alta calidad sobre conexiones de alta velocidad, fijas o móviles, en un nuevo escenario de economía digital que puede propulsar lo que Erhard hiciera en su tiempo, crear una nueva economía social de mercado en la red de la que todos nos beneficiemos. A más de uno, seguro, le hubiera dado un amago de embolia.


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