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Diderot, el conocimiento y la propiedad intelectual

“Entre las diferentes causas que han concurrido a librarnos de la barbarie, no se puede obviar la invención de la imprenta”, escribía Denis Diderot en el siglo XVIII. “Desanimar, abatir, envilecer este arte es actuar a favor del retraso, es aliarse con la multitud de enemigos del conocimento humano…”.

Probemos a cambiar una sola palabra: imprenta, para actualizar el discurso del renovado Diderot.

“Entre las diferentes causas que han concurrido a librarnos de la barbarie, no se puede obviar la invención de Internet”, escribiría Denis Diderot en el siglo XXI. “Desanimar, abatir, envilecer este arte es actuar a favor del retraso, es aliarse con la multitud de enemigos del conocimento humano…”.

No soy partidario de las descargas sin control en contra de la voluntad de sus autores que, de manera legítima, pueden desear una compensación económica justa por el fruto de su trabajo. No soy partidario de que algunas páginas web se lucren indirectamente mediante el tráfico que generan y redirigen hacia contenidos ilegalmente incorporados a la web.

No soy partidario, tampoco y correlativamente, de la prolongación innecesaria del derecho a la propiedad instigada por Lobbys interesados; de las prácticas abusivas de algunas sociedades de gestión de derechos y de la manipulación risible de las cifras que aluden a la proporción de la piratería.

Soy partidario, en contra de los enemigos del conocimiento humano, de propiciar una pedagogía integral de la propiedad intelectual que permita comprender a los autores que la liberación de los contenidos que producen -sobre todo en determinados ámbitos, como el científico-, puede producir beneficios colectivos incalculables. Y soy partidario de usar internet con ese propósito, para librarnos de la barbarie.

Hoy, Día Mundial de la Propiedad Intelectual, Diderot nos asiste.

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La propiedad intelectual y las manos en la cartera

Cuando oigo hablar de propiedad intelectual, me echo las manos a la cartera.

 

Eso es lo que parece derivarse de la lectura del último número de la revista Claves, dedicada, en esta ocasión, a “Los enredos de la red” y a lo que su subtítulo enuncia inequívocamente: “¿Cómo defender la propiedad intelectual y la libertad en internet?”. Cuando el director de una revista encarga a los directores y responsables del Instituto Ibercrea un monográfico sobre el asunto de la propiedad intelectual, bien es verdad que uno no puede esperar otra cosa que una reflexion partidiaria e incompleta, lo mismo que se derivaría de encargar a la abuelita que redactara un reportaje sobre el lobo feroz, para entendernos.

La cuestión, a estas alturas, no es saber de quién es la propiedad de un bien o una obra cultural o de si sus creadores tienen o no el derecho legítimo a obtener una justa compensación por su trabajo. No seré yo quien ponga en duda esa posibilidad, tan remota en todo caso. Ni soy partidario de enajenar impunemente lo que no es mío ni comparto la idea de que toda obra del intelecto deba circular sin restricciones ni cortapisas.Tampoco lo soy, claro está, de agitar el espantapájaros artero de la piratería y las relaciones parasitarias. La ley, en todo caso, lo deja claramente establecido: “La propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. Osease: que la propiedad intelectual, que la supuesta preocupación que Arcadi Espada profesa por el futuro de los creadores  y la creación, no se limita desde el punto de vista legal a la protección de la obra creada, sino al estímulo y promoción de su libre, consciente y voluntaria diposición.

Cuando toda la artillería intelectual de una revista como Claves se dirige a resaltar el aspecto monetario de la creación, hace un flaco favor a los creadores: a penas el 3% de los asociados a CEDRO viven de los derechos que sus obras generan (dato público proporcionado por la propia Magdalena Vinent en un encuentro organizado por ARCE en torno a la propiedad intelectual),  lo que quiere decir que el 97% restante haría bien en comprender que quizás debería utilizar otros canales de difusión y otras modalidades de rentabilización que no fueran las tradicionales amparadas por la misma Ley de Propiedad Intelectual que suele agitarse para que nos echemos la mano a la cartera.

Si, como dice el propio Espada, director de Ibercrea, “la cuestión es que la sociedad debe decidir si vale la pena preservar la creación. Y en qué medida”, quizás debería preocuparse de tres cosas alejadas de su discurso tradicional: de proporcionar una pedagogía integral de la propiedad intelectual que promoviera entre los aspirantes a creadores la conciencia de su plena autonomía en la disposición de sus contenidos; de explicarles que su defensa se refiere a un escaso 3% -siendo absolutamente legítima, en todo caso-, pero que no tiene nada que ver con ellos, con los muchos y buenos creadores que el uso de la web promueve; que Internet es una máquina de democratización creativa, y que tenemos que aprender a usarla, aunque muchos de nosotros nunca lleguemos a escribir como Stefan Zweig, componer como Stravinsky ni rodar como Truffaut.

Claro que como Fernando Savater escribe en el prólogo, tomando la cita de Walter Benjamin, “en cada logro civilizatorio está latente la barbarie”, pero resulta harto sospechoso que siempre que hablemos o leamos sobre propiedad intectual, tengamos el reflejo de echarnos la mano a la cartera y no reflexionemos, en cambio, sobre la riqueza creativa que podría promovese mediante su uso y conocimiento razonado.

¿Para cuándo un número sobre eso?

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La iglesia de los copistas

Los suecos, ya se sabe, son gente que marca la pauta, que se adelantan décadas a los progresos que el resto, más adelante, acaso, intentarán remedar. El Estado nórdico ha admitido a trámite la creación de la Missionary Church of  Kopism, que vendría a ser algo así como la iglesia misionera de los copistas, porque tiene afán ejemplar y aleccionador, vírico y contagioso. Sus 3000 fieles actuales creen, tal como figura en su página web oficial,”que copiar y compartir información es lo mejor y más bello que existe. Que alguien copie tu información es un símbolo de aprecio, significa que alguien piensa que has hecho algo bien”. La búsqueda de conocimiento es sagrada; la circulación del conocimiento es sagrada; el acto de copiar es sagrado. Esa sería su santísima trinidad digital.

La religión de copy and paste, de copiar y pegar, de Ctrl-C + Ctrl-V, tiene sus antagonistas bien definidos: como cualquier igleisa que se precie debe detallar en qué consiste el cielo y en qué el infierno, en qué la salvación y en qué la condenación, y esta última parte recae, claro, en quiene sustentan la vigencia del copyright.

Es cierto que la internet de los datos solamente puede construirse mediante el fomento de la copia, de la replicación, mediante la generación de nuevos contenidos a partir de un fundamento de datos compartidos que son manipulados para servir al propósito que se decida: proyectos como el Open Street Map, como el Google Public Data Explorer, como el Semantic Web Health Care and Life Sciences del W3C o, cómo no, como el proyecto del gobierno norteamericano, Data.gov, son sitios que invitan a renunciar al antiguo concepto de propiedad intelectual en beneficio de una concepción compartida de los datos y de los beneficios que puedan derivarse de su manipulación. Como dice Antonio Lafuente, “abrir los datos, no sólo es un requerimiento derivado de la doble necesidad de que la ciencia se acerque al viejo modelo de una República de Sabios y al que exige una democratización del conocimiento, sino que implica apostar por la oportunidad difícilmente discutible de que aparezcan nuevas e imprevistas formas de usarlos y conectarlos o, en otros términos, de crear conocimiento. Los datos, en consecuencia, deberían ser algo que se encontrase en la web, antes que en el laboratorio. La web 2.0 llevará el sello Data Inside, una analogía con el Intel Inside del PC que domina la cultura del escritorio y que será reemplazado por la noción de la red como una plataforma global de computación. La web del futuro, sentenció no hace mucho Tim Berners-Lee, el inventor de Internet, será una red de datos”.

Yo, como leí el otro día no sé dónde, no tengo problemas con dios, sino con sus representantes. Quiero esto decir que me revelo contra cualquier representante de la fé canónica, y no será menos en este caso: el hecho de que muchos de nosotros renunciemos deliberadamente y de forma expresa a la propiedad sobre lo que creamos en beneficio del conocimiento que pudiera derivarse de lo que liberamos y de la expectativa de que recibiremos una compensación simbólica, intelectual o profesional, no implica, de ninguna manera, que existan creadores que defiendan, de manera legítima, la propiedad de lo que forjen, y que abominen del comportamiento de algunas iglesias nigromantes que hacen de la denuncia y la delación su arma de conversión.

El problema, seguramente, sea que en nuestra época actual convivan dos regímenes aparentemente enfrentados y sin embargo legítimos y complementarios de propiedad intelectual: aquel del que Balzac hablaba a comienzos del siglo XIX -recogido en un magnífico artículo rescatado de La Magazine Litteraire- en la “Carta dirigida a los escritores“, donde reclamaba la propiedad de lo producido y el control sobre su reproducción y comunicación, momento histórico de constitucion del campo literario y, por tanto, de reivindicación de los derechos y de las respectivas posiciones; y aquel en el que hoy vivimos, a comienzos del siglo XXI, en el que la Internet de los datos nos demanda una apertura de miras basada en la construcción colectiva del conocimiento, momento histórico, también, de demanda y de requerimiento, de ensalzamiento del “Copy. download, uplooad!”.

La replicabilidad y el carácter digital de los bienes, sin embargo, no justifican que su intercambio no esté sujeto a la voluntad de quienes lo hayan producido, siempre que ese contenido no haya sido producido con dinero público o siempre que el beneficio social que pueda derivarse de su circulación exceda al de su posesión.

Prefiero, la verdad, no ser de iglesia alguna, aunque sea sueca.

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Observaciones sobre la cultura libre

Mañana se entregarán en Barcelona los Oxcars i FCForum 2011, premios otorgados a distintas formas de cultura libre concebidos y gestionardos por X.net, la que fuera anteriormente conocida como XGAE, movimiento que promueve la libre circulación de los contenidos y el conocimiento mediante el uso de licencias que lo permitan.

Con ese motivo, quisiera hacer algunas observaciones, puntualizaciones y acotaciones sobre el significado y alcance de la cultura libre:

  1. Para que exista cultura libre es necesario que exista, de manera simultánea y cohexistente, cultura propietaria. La Ley de propiedad intelectual ampara esa convivencia en su Título primero, Artículo 2. Coyleft es copyright;
  2. La Ley de Propiedad intelectual no es, en consecuencia, perversa ni derogable. Protege ambas posturas y pone en manos del legítimo propietario la decisión sobre qué hacer con sus contenidos;
  3. Las licencias Creative Commons o ColorIuris son, precisamente, un ejercicio de madurez electiva: cada autor puede establecer el grado de accesibilidad sobre su obra y sus contenidos, yendo de la estricta protección sobre la copia y la reproducción hasta su completa liberación;
  4. Compartir abiertamente contenidos es una actividad extremadamente fructífera para investigadores, científicos y creadores. En sus diversos campos de desempeño profesional adquire todo el sentido que muestren lo que hacen a la comunidad de los pares que son, precisamente, quienes tienen que reconocer y sancionar la calidad de su trabajo. En otros ámbitos puede que carezca por completo de valor y de sentido mostrar o compartir de la misma forma, y debe ser el criterio del autor quien lo dirima y decida;
  5. En todo caso, es cierto que sobre esta prerrogativa se pueden construir grandes obras colectivas de conocimiento compartido ricas y útiles para la comunidad: no hace falta más que echar un ojo a la Wikipedia, la Public Library of Science o la Khan Academy;
  6. No parece razonable, en este sentido, extender sin más el manto de la protección jurídica del copyright sobre la legión de obras huérfanas no reclamadas ni, tampoco, extender indefinidamente el tiempo de vigencia de los derechos de la propiedad intelectual sin más argumento que el esgrimido por las industrias que viven de ellos. Liberar a su debido tiempo las cosas puede contribuir a la que la mezcla, el uso y la circulación, nos haga a todos algo más sabios y felices. A propósito: es absolutamente fraudulento patentar y registrar sustancias o principios naturales que sean parte del acervo cultural de pueblos indígenas; fundamentos biológicos del ser humano; protocolos de trabajo, secuenciación o investigacion que impidan el normal desenvolvimiento de trabajos similares;
  7. Libre no comporta, automáticamente, gratuito. El juego de palabras en inglés es más explícito: free is not free. De hecho, la sostenibilidad de los modelos de negocios basados, incialmente, en la gratuidad del acceso, derivan en actividades de colecta variada: conciertos, suscripciones, publicidad contextual, etc.
  8. Las descargas e intercambios masivos de contenidos que no hayan sido autorizados por sus propietarios son, simple y llanamente, ilícitas e ilegales. El intercambio analógico de un bien alcanzaba a unas pocas decenas de personas, de forma que la lesión sobre los intereses eventuales del propietario no era excesivamente grande; la distribución e intercambio de contenidos en las redes digitales, capaces de llegar a centenares de miles de personas, pueden comportar una lesión irreversible de sus intereses;
  9. No por eso, sin embargo, las redes P2P son censurables. En todo caso son inevitables. Propician el intercambio y la reciprocidad, de manera que el principio en el que están basadas no es ilegítimo. Convendría discutir, no obstante, sobre la conveniencia o no de establecer una tasa general de acceso a la web que sirviera como potencial compensación sobre los derechos eventualmente devengados en esas transacciones en red. Deberían ser las compañías telefónicas, seguramente, quienes se hicieran cargo de la factura;
  10. Las asociaciones o agencias que recaban, como engargo ministerial, los derechos sobre la propiedad inetlectual, no son instituciones automáticamente execrables. Ejercen una función igualmente legítima. Eso sí: debe exigírseles transparencia en la gestión, exhibición de los ficheros de socios representados, asunción de la carga de la prueba en caso de disentimiento legal, publicación de los algoritmos de reparto entre sus representados, presentación de sus cuentas anuales y el destino de sus inversiones. Y, sobre todo, un cotenido recato en su afán recaudatorio, más propio, como hemos tenido oportunidad de ver, de una institución que fagocita recursos para su supervivencia que como ejercicio de sus genuinas funciones.

Quizás, de esta manera, puntualizando, consigamos entender todos mejor qué es la cultura libre, qué pretende y solicita, y podamos, en consecuencia, contribuir en la manera que nos parezca oportuna a su crecimiento.

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¿Qué son las obras intelectuales libres?

Hoy hemos sabido por la prensa que quizás Rowling hubiera tomado alguna de las ideas que inspiraron a su mago adolescente de una obra preliminar. En principio, nada punible si no fuera porque ella se empeñó en perseguir judicialmente a todos los adolescentes que pretendieron generar obras derivadas a partir de una idea que ella misma tomó prestada. En realidad, ni la una ni los otros cometieron acto ilegal alguno, porque no cabe proteger las ideas, tan sólo su expresión formal particular. La fan fiction es una de los fenómenos más conocidos de la web: a partir de una obra cualquiera que haya aglutinado suficientes admiradores, se generan obras derivadas que toman como excusa un personaje, una situación, cualquiera de los elementos que la compongan, para desarrollar un argumento original de expresión personal. En sitios como The Leakey Cauldron, Fiction Alley o Virtual Hogwarts, pueden encontrarse multitud de ejemplos que representan lo que Henry Jenkins llamó la cultura convergente.



En realidad, internet es una plataforma que invita a la colaboración y a la creación cooperativa, poniendo de manifiesto una de las propiedades fundamentales de cualqueir obra, sea esta literaria, científica o profesional: que la invención pura no existe sino que procede, siempre, de uno o varios precedentes relevantes. Así, una obra literaria, como decía Borges, no es más que un cruce de caminos y su sentido último no es de quien se reclama autor, sino de quien la necesite y la utilice. Y otro tanto cabría decir del resto de las creaciones, sean estas de la naturaleza que sean. Esta posibilidad de desarrollar obras participativas, que siempre existió, se ve ahora aumentada y multiplicada por la naturaleza colaborativa de la red, y se ve respaldada por el uso cabal de la ley de propiedad intelectual, que siempre ofertó, por otra parte, la posibilidad de aventar el resultado de los trabajos de cualquier autor si así lo deseaba.

La web desarrolla como lenguaje propio el de la remezcla, el del uso de materiales predentes de manera abierta y franca, como fundamento sobre el que construir nuevas narraciones, nuevos objetos, nuevos productos. Como muchas veces ha contado Lawrence Lessig, Walt Disney no sería el mismo si no hubiera construído sus primeras obras sobre las cenizas de los hermanos Grimm. Y esta posibilidad no se ciñe a la de la creación artística, sino que puede abarcar cualquier otra dimensión que implique intercambio de ideas, de propósitos y de proyectos: de hecho, algunos de los más innovadores e interesantes proyectos que discurren por la web son los que se dedican al intercambio de capital intelectual, los que permutan ideas aplazando su recompensa económica hasta que ese beneficio llegue: Ideas4all o Worthidea, son algunos de los casos más relevantes.

Eso no quiere decir o no implica, obligatoriamente, como adujera Jason Epstein en la conferencia de clausura del (por ahora) último TOC New York, que el creador solitario y la obra individual desaparezcan. Yo tampoco  lo creo, ni lo deseo. Son dos formas distintas y complementarias de alcanzar objetivos similares.

De estas y otras muchas cosas similares se hablará en el TOLr3: taller sobre obras libres r3, el próximo martes 23 de febrero, en la EOI de Madrid, a partir de las 15.30 de la tarde, bajo la batuta de Jesús M. González Barahona y otros destacados representantes de la cultura libre.

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Impropiedad intelectual

Ayer se hizo público el informe que la Comisión Nacional de la Compotencia elevará, con carácter no vinculante, al Ministerio de Cultura para que enmiende algunas de las impropiedades e irregularidades largamente denunciadas en el funcionamiento de las Sociedades de Gestión Colectiva de Derechos, sociedades que se engloban habitualmente en una sola bolsa pero que podrían y deberían distinguirse en el rigor de su funcionamiento. Sea como fuere, la nota de prensa emitida por la propia Comisión no deja lugar a dudas e introduce un elemento más en una discusión ya de por si caldeada y poco ecuánime: “La posición monopolística de las entidades de gestión reduce sus incentivos a operar de modo eficiente, facilita el establecimiento de tarifas inequitativas y/o discriminatorias por la utilización de los repertorios y obstaculiza las actividades que realizan los usuarios, tanto los que operan en mercados tradicionales como los que explotan obras y prestaciones en el entorno online.La CNC considera que es posible un modelo más favorable a la competencia, donde las entidades enfrenten mayor presión competitiva en la prestación de servicios a titulares y usuarios y los mecanismos de mercado puedan organizar esta actividad, dictando cuántas entidades deben existir, qué categorías de derechos deben gestionar y cómo deben gestionarlos.Por este motivo, la CNC considera en su Informe que debe realizarse una revisión integral de la Ley de Propiedad Intelectual”.


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La parábola de Pocoyo y la propiedad intelectual

Quien haya seguido en los últimos días la polémica escrita entre Rodríguez Ibarra, Víctor Manuel y Muñoz Molina a propósito de la propiedad intelectual, entenderá que la discusión se encuentra atorada en un punto que requiere un poco de ecuanimidad y distancia. Imparcialidad y desapego que proporcionan, por una parte, la lectura de la Ley de Propiedad Intelectual, y la comprensión de la economía de la red, por otra. Me propongo, ni más ni menos, que terciar sin que me llamen en una polémica espuria y artera, sin satisfacer a unos y a otros, me temo.


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Neocolonialismo editorial y la república mundial (digital) de las letras

Jorge Volpi, en su último libro premiado, El insomnio de Bolivar, dedica ciertas consideraciones a la desigualdad en la balanza comercial editorial entre Iberoamérica y España o, lo que quizás sea más grave e intolerable aún, a una forma poco larvada de neocolonialismo cultural que consiste en que todo el campo literario iberoamericano gravita en torno a los polos de la industria editorial española, a Madrid y Barcelona. Para que un escritor latinoamericano triunfe, debe aspirar, firmemente, a ser editado por un sello español, a escapar de la consoladora jaula de las evidencias más cercanas y los halagos más provincianos.


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Ponga un editor en su vida

Pongamos que se me ocurre intentar publicar una colección de libros que tienen que ver con un asunto tan osado y tan insólito como la relación de cosas que uno haría por dinero, por equivocadas, chocantes o infrecuentes que fueran, un libro, en el fondo, en torno a la moral de nuestra sociedad, a nuestras prioridades y valores. Pongamos que pregunto cosas como ¿estarías dispuesto a pasar un año en prisión por dinero?, ¿te gustaría conocer la fecha exacta y la hora de tu muerte? ¿cambiarías tu sexo por dinero? ¿ingerirías un rollo de cinta adhesiva por una compensación económica adecuada? Si consiguiera respuestas representativas, respuestas suficientes para llenar las páginas de un libro, quedaría componerlo, maquetarlo, editarlo, distribuirlo y, mágica y herméticamente, venderlo, algo que podría resultar bastante difícil en un mercado abarrotado de novedades. Pero pongamos en que persisto en la idea, convencido de su interés. ¿Cómo conseguir poner en marcha un proyecto editorial así?


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Flexbook o la próxima generación de libros de texto

Los libros de texto de código abierto no son otra cosa que libros colaborativos escritos y mejorados por muchas manos. Al contrario que los libros de texto tradicionales, encargados a uno o varios autores, inmodificables por definición, inmutables hasta la siguiente reedición, caros por cuanto su confección, corrección, edición, producción y distribución requerían de verdaderos ejércitos de profesionales, los libros de texto de código abierto son obras en evolución constante, modificables y editables a voluntad, baratos por cuanto no comportan producción industrial alguna, sencillamente distribuibles mediante descarga electrónica. Los flexbooks, que así se llaman esta clase de obras educativas generadas cooperativamente, amenazan con hacer desaparecer, definitivamente, al libro de texto tradicional, acantonado, quizás, en sus últimos y aparentes éxitos comerciales.


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