Posts etiquetados con ‘Alberto Manguel’

Los libros secuestrados

Liber está a la vuelta de la esquina; también Frankfurt y, poco después, Guadalajara, lugares concebidos, cómo no, para la compra y venta de derechos, para el fichaje de autores y títulos, para la transacción de vanidades también. Mientras me preparo para acudir a la primera de ellas, leo: “en lugar de promocionar libros que exigen una lectura profunda, la industria editorial de nuestro tiempo crea objetos unidimensionales, libros superficiales que no dan a los lectores la posibilidad de explorarlos a fondo”.

Hay que tener una sensibilidad muy encallecida o un criterio muy embotado para no estar de acuerdo, en el fondo, con Alberto Manguel. En su último y más que recomendable libro, La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias, tras reflexionar sobre el papel de la literatura y del lenguaje frente a la cerrazón y clausura inherente al discurso político, arremete contra todos los eslabones que componen, todavía hoy, la anquilosada cadena de valor del libro. Y hay para todos. Para empezar, la propia materia prima subvertida de la buena literatura, el lenguaje: “[...] la lengua literaria (ambigua, abierta, compleja, capaz de un infinito enriquecimiento) puede ser suplantada por la lengua de la publicidad (breve, categórica, imperiosa, definitiva), de forma que, finalmente, lo que se ofrece son respuestas en vez de preguntas y la gratificación instantánea y superficial sustituye a la dificultad y la profundidad”. Reinvindicar la complejidad del discurso y el tiempo necesario para desentrañarlo, no es, desde luego, nadar a favor de la corriente.

La esencia y naturaleza industrial misma de la cadena de valor del libro no añade ya hoy nada, sustancialmente, a lo que deberíamos esperar de un libro: “el modelo económico aplicado desde la Revolución Industrial a la mayoría de las tecnologías y a la mayor parte de las industrias para producir mercancías con el menor coste y el mayor beneficio posibles, alcanzó en el siglo XX a los dominios del libro”, algo que muchos consideran, desde luego, una forma de perversión del esfuerzo necesario para alcanzar la autonomía del campo litearario. “Con el fin de alcanzar ese objetivo”, continúa Manguel, impertérrito, gran parte de la industria editorial, especialmente en el mundo anglosajón, creó equipos de especialistas encargados de decidir qué libros habían de producirse basándose en una previsión supuestamente matemática de qué libros podrían venderse”. La cadena de especialistas que iban armando -que siguen armando- ese objeto al que todavía llamamos libro, fueron construyendo algo que cada vez es menos un producto para lectores especializados como para consumidores indiferenciados. Y lo trágico de todo ello es hasta qué punto la vocación se acaba transformando, inevitablemente, en sumisión, aquello que Ernest Rowohlt señalaba ya en sus memorias: un editor, al final de su vida, no sabe si publica algo porque le gusta o porque puede venderlo. Se convierte, inevitablemente, en un bastardo.

“Ciertamente”, continúa Manguel, poniendo el dedo en la llaga supurante, “muchos de los que llegaron a la edición movidos por el amor a los libros siguen siendo tercamente fieles a su vocación, pero lo hacen a costa de resistir una fuerte presión, especialmente en el seno de los grandes grupos editoriales”, y que tire la primera piedra quien no lo haya sentido así, “que exigen de ellos considerar el libro por encima de todo un objeto vendible”. Los libreros y la gestión de sus espacios, tampoco salen muy bien parados, cómplices de este mercadeo desnaturalizador: “la industria del libro no sólo produce este dogma sino que se asegura también de que se conceda muy poco espacio a todo aquello que se atenga a él. Las cadenas de librerías venden el espacio de sus escaparates y mesas al mejor postor, de forma que lo que ve el público es aquello que la editorial paga para que se vea….”. Y, por si quedara todavía títere con cabeza, Manguel reparte lo suyo a los críticos literarios y los suplementos periodísticos: “los suplementos literarios, obligados generalmente por la política del periódico a dirigirse a un público supuestamente poco culto, conceden más y más espacio a esos libros de consumo, creando así la impresión de que son tan valiosos como cualquier clásico y que los lectores no son lo bastante inteligentes como para disfrutar de la buena literatura. Esto último es fundamental: la industria debe inculcarnos la estupidez porque nosotros no nos convertimos en estúpidos de forma natural”.

Como dijo Anthony Burgess, con más razón ahora que se acerca de nuevo el encuentro anual de Liber, “creo que la tradición editorial  [...] necesita en este momento una buena reprimenda”. Quizás podamos dársela en Barcelona y liberar a los libros secuestrados.

Etiquetas: , , , , , , ,
Categorias: General