Posts etiquetados con ‘Alejandro Piscitelli’

Los hijos del libro y los nativos digitales

Uno de los primeros que resaltó, con vehemencia, que los nativos digitales existían y que su manera de ver, percibir, pensar y actuar eran diferente a la de los nativos tipográficos (recuerden aquel subtítulo poco citado del célebre libro de McLuhan, La galaxia Gutenberg. Génesis Del Homo Typographicus), fue Alejandro Piscitelli. En Nativos digitales. Dieta cognitiva, inteligencia colectiva y arquitecturas de la participación, Piscitelli aseguraba -cito de memoria, no encuentro mi ejemplar- que nos enfrentábamos a un cambio epistemológico colosal, aquel que va de la textualidad tipográfica a la textualidad digital, de un mundo basado en el conocimiento libresco, la lectura silenciosa y sucesiva y la creación restringida a un mundo de contenidos multiformato, exhuberantes, de lectura fragmentada y preponderantemente visual, en el que los medios digitales democratizan la creación. Nuestros hijos ven el mundo a través de esa nueva textura digital; nosotros, por muchos esfuerzos que hagamos, seguiremos siendo mentes tipográficas que hacen esfuerzos por comprender ese nuevo territorio y esas nuevas prácticas.

La saga de los textos que pretenden analizar y diseccionar este cambio de era y de civilización son ya miriada, pero en los últimos meses han aparecido dos textos casi antagónicos, opuesos en su planteamiento, algo que denota claramente que nuestros prejuicios, nuestras anteojeras conceptuales, siempre son más determinantes que nuestra supuesta condición de científicos. Me refiero a los libros de Howard Gardner, La generación App. Cómo los jóvenes gestionan su identidad, su privacidad y su imaginación en el mundo digital y al de Michel Serres: Pulgarcita. El mundo ha cambiado tanto que los jóvenes deben reiventar todo.

El libro de Gardner, el padre de las inteligencias múltiples, es un libro tramposo, prejuicioso y acientífico, un claro ejemplo de cómo la mente tipográfica puede jugar una mala pasada incluso al más pintado de los catedráticos de Harvard. Su tesis principal, simplificando, defiende que las aplicaciones informáticas que los nativos digitales utilizan desfiguran y dañan su identidad, su intimidad y su imaginación. Algo así como sostener -ya lo hizo Sócrates, otro ilustre precedente, en el Fedro-, que la escritura, que no dejaba de ser un tecnología equiparable, solamente podía producir sombras equívocas y falsas de conocimiento. O ya puestos, que cualquier tecnología que automatice y simplifique nuestra manera de interactuar con el mundo que nos rodea -un astrolabio, un telescopio, una tarjeta de crédito-, desnaturalizara y demudara nuestra condición humana. La retahila de afirmaciones sobre la que se basa esa hipótesis -que podría ser tan plausible como cualquier otra- carece sin embargo de todo fundamento empírico y convierte al libro en un mero alegato antidigital. “Es cierto que”, puede leerse sorpresivamente en la página 157, “incluso si nuestra descripción de la juventud actual es acertada, no podemos demostrar que estas características sean consecuencia directa, ni siquiera consecuencia importante, de la ubicuidad de ciertas tecnologías. Sencillamente”, reconocen, alicaídos, “es imposible lleva a cabo el experimento adecuado con los controles necesarios”. Sobran las palabras…

A sus 84 años Michel Serres es la afortunada y jubilosa antítesis de Gardner, el denodado esfuerzo por comprender una mutuación histórica sin regodearse en las evidencias conocidas: “Sí”, puede leerse en las páginas 34-35, “desde hace algunos decenios, veo que vivimos un periodo comparable a la aurora de la paideia, después de que los griegos aprendieran a escribir y a demostrar, un periodo parecido al Renacimiento, que vio el nacimiento de la imprenta y el surgimiento del reino del libro. Época incomparable, sin embargo, ya que ahora, al mismo tiempo que las técnicas mutan, el cuerpo se metamorfosea, cambian el nacimiento y la muerte, el sufrimienot y la curación, los oficios, el espacio, el hábitat, el ser en el mundo”. “Me gustaría tener”, reconoce Serres, “dieciocho años, la edad de Pulgarcita y de Pulgarcito”, que así denomina a los nativos digitales, por su propensión, claro, a teclear con los pulgares en sus dispositivos digitales, “porque hay que rehacerlo todo otra vez, está todo por inventar”.

“Ese parloteo de las Pulgarcitas y los Pugarcitos”, prosigue, sin menospreciar lo que Gardner quizás nunca pueda comprender, “este caos del mundo, ¿anuncian quizás una era, o es que van a mezclarse una segunda edad oral y los escritos virtuales? Esta novedad, ¿cubrirá con sus olas la era de la página que nos formateó? Desde hace tiempo”, concluye, “percibo esta nueva era oral emanada de lo virtual”. He ahí, quizás, el gran cambio. Un libro, sin lugar a dudas, de una sutileza y una sabiduría esplendorosas.

Nosotros somos hijos del libro y nietos de la escritura y solamente renociendo expresa y reflexivamente ese punto de partida que condiciona nuestra manera de ver, comprender y juzgar las cosas, cabe entender la nueva civilización, esa que Piscitelli, Marc Prensky o Don Tapscott llamaron de los nativos digitales.

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La summa + de Gutenberg

El paréntesis de Gutenberg. La religión digital en la era de las pantallas ubicuas, el último trabajo de Alejandro Piscitelli, es un libro imprescindible para entender el cambio de era y las múltiples implicaciones que la alteración de las textualidades genera, simplemente. Eso sí: de la misma manera que Alejandro me calificó una vez como retromoderno, o algo parecido, no creo equivocarme si me atrevo a calificarle, utilizando la esgrima verbal de la pugna intelectual, de ciberepico. Esa calificación, obviamente, necesita de una aclaración fundamentada.


El hecho de que la textualidad predominante los últimos 900 años (desde el siglo XII, no desde el siglo XV, que es el momento en que los códices se dotan de todos los dispositivos textuales actuales) esté en trance de ser complementada, que no completamente sustituida, por una lógica hipertextual, transmedia y alineal, donde cabe la creación colaborativa, la renuncia a la propiedad intelectual en beneficio de la construcción compartida y la mezcla y la adición derivadas de una dinámica creativa potencialmente diferente, no invalida en nada la importancia cognitiva determinante de la textualidad tradicional. De la misma manera que Piscitelli nos recuerda, asiduamente, que la escritura sustituyó a la oralidad y que ese cambio no fue impremeditado, sino que comportó cierto sometimiento a las autoridades administrativas que controlaban el código, sería un desperdicio que la nueva hipertextualidad transmediática pretendiera abolir la transcendencia de la lectura profunda, recogida y reflexiva, capaz de seguir argumentos largos y complejos. Piscitelli lo sabe, y en algunas ocasiones, pocas, se le escapa entre las líneas: “la progresiva desaparición de los libros eruditos”, dice en la  página 145, “está llevando a la pérdida de un tipo de investigación y análisis, de una sutileza y densidad a veces exageradas, pero no por ello menos valiosas cuando lo que se quiere analizar es precisamente estas mediamorfosis”. Claro, de hecho Piscitelli ha escrito una triología tradicional para explicarla.

No le falta razón, en ningún caso, cuando pormenoriza el correlato claro que ha existido durante mucho tiempo entre la textualidad lineal y normativa de los libros tradicionales, donde se refugiaban los argumentos de autoridad, y la pedagogía enunciativa y reproductiva tradicionales, contenta con que los alumnos repitieran los contenidos que se equiparaban al conocimiento. Sin duda los libros han podido tener ese efecto secundario reprobable. Las nuevas pedagogías resaltan todo lo contrario, y Piscitelli, que es maestre de una de ellas, el edupunk, lo explica y practica con exuberancia: adqurir nuevos conocimientos, nuevos saberes, no es cosa de acumularlos mediante su mera lectura y reproducción sino cosa de descubrimiento e investigación, de indagación y pesquisa, de reconstrucción de los fragmentos de un discurso forzosamente fragmentario donde el antiguo profesor no es ya el sabio que transmite masiva e indiferenciadamente un sólo parlamento. El conocimiento contemporáneo, si es algo, exige el reconocimiento mutuo del desconocimiento. En todo caso, podemos aspirar a gestionar colectivamente nuestro desconocimiento, fundamentada y racionalmente, mediante una labor de averiguación que requiere todos nuestros recursos digitales.

Y no seré yo el que le diga que no: de acuerdo en todo, menos en aquello de que haya que arrumbar, en esta nueva alfabetización digital, a las alfabetizaciones tradicionales. Lugares tan innovadores como Quest to learn, que está revolucionando la educación en el mundo, siguen sosteniendo que la tríada “reading, writing and numeracy” siguen siendo el fundamento del aprendizaje.

Quizás, como en todo libro que se tiene por manifiesto de un nuevo porvenir y que se escribe con cierto furor de sustitución y de arreglo de cuentas, el aliento ciberépico lleve a Piscitelli a afirmaciones, para mi, excesivas e injustificadas. No creo en el paréntesis de Gutenberg y sí, sin embargo, en la summa.

Mañana, en la Universidad de Huelva, en el ciclo Libros de ayer, lectores de hoy: del impreso a Leer.com, hablaremos de esto y muchas otras cosas.

 

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Polifonías textuales

En El Potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún y el conocimiento compartido (Cátedra, septiembre de 2011), Felipe Ortega y servidor aseguramos lo siguiente: “La correlación estadística subraya un fuerte nivel de correspondencia entre la media de la reputación de los autores y el número de artículos destacados en cada una de las versiones (r=0.8848), y señala, también, una diferencia cuantitativa notable entre aquellos que intervienen en la recreación de las entradas destacadas (media de 32 usuarios registrados) y los que participan en la redacción de nuevas entradas (media de de 4 usuarios registrados), un patrón que puede constatarse de manera fehaciente entre las diez primeras de las wikipedias. En casos puntuales, como el de la Wikipedia inglesa, en el que la cantidad de concurrentes es superior a cualquier otra, las diferencias estadísticas se exacerban (113 autores registrados que intervienen en entradas destacadas y 6 en voces de nuevo cuño), poniendo de manifiesto de forma más irrebatible que nunca las estrategias de posicionamiento y visibilidad que guían el comportamiento de los wikipedistas. La calidad de una entrada, en consecuencia, depende más de la cantidad de veces que es revisada y corregida, pulida y perfilada, por un número también alto de usuarios registrados de primer nivel. Es decir, la excelencia de una voz es el resultado de la cristalización de una mente colectiva puesta al servicio del conocimiento, empujada por el prurito del prestigio y el reconocimiento colectivo, única forma de crédito circulante en el contexto de ese proyecto confederado”.

Eso quiere decir, ni más ni menos, que la calidad de los textos de la Wikipedia es tanto mayor cuanto más polifónica es su composición, cuantos más autores versados intervienen, cuanto menos se respeta la idea de una obra acabada cerrada sobre sí misma. Las tecnologías digitales hacen por tanto posible que convirtamos en realidad la premonición a las que tantas veces he aludido de los semiólogos franceses de los años sesenta, de Roland Barthes en especial, de la obra como un mero cruce de caminos cuya pretensión de suficiencia o conclusión provenía, en buena medida, del objeto que la acogía o representaba, del soporte libro, objeto físico con un principio y un final necesarios. Cuando esa finitud física intrínseca se acaba, porque el espacio digital es inabarcable e inagotable y pone en evidencia todas las posibles influencias de una obra, asistimos al alumbramiento, seguramente, de una nueva narrativa polifónica de la que tendremos que aprender a sacar partido. Eso es lo que me parece que quiere decir hace ya tiempo Alejando Piscitelli cuando se empeña en hablar de “Del fin del artefacto libro y la emergencia del libro post artefactual colaborativo“, idea a la que da una vuelta de tuerca en una reciente tribuna en Interlink Headlines News 2.0. Piscitelli dice, tomando la Wikipedia precisamente como ejemplo de lo que entrevé que está por llegar: “que no se trata de una fantasía está demostrado por la existencia (con 10 años de vida) de la Wikipedia cuyo ADN está constituido por la escritura iterativa permanente, lo que conlleva el correlato de qu nada es precioso ni único en sus confines”.

De acuerdo. Pero de acuerdo no hasta el punto de desechar la excelencia, pertinencia y más que segura pervivencia del solo virtuoso, del texto unipersonal, de la obra de ficción acabada con una intención expresa fruto de la elaboración de una sola persona, desde un poema de Angel González, un texto de Chejov o una afirmación de Coetzee. En esa extraordinaria novela biográfica o biografía novelada o ficción biográfica que es Verano, dice el trasunto del Premio Nobel en conversación con su amante Julia:

- ¿Quieres que la gente te lea después de muerto?

- Aferrarme a esa perspectiva me procura cierto consuelo.

- ¿Aun cuando no estés aquí para verlo?

- Aun cuando no esté aquí para verlo.

- Pero ¿por qué la gente del futuro se molestaría en leer el libr que escribes si no les habla personalmente, si no les ayuda a encontrar significado a su vida?

- Tal vez seguirá gustándole leer libros que estén bien escritos.

- Eso es absurdo. Es cmo decir que si construyo una buena radio en miniatura la gente seguirá usándola en el siglo veinticinco. Pero no lo harán. Porque las radios en miniatura, por bien hechas que estén, para entonces serán obsoletas. No le dirán nada a la gente del siglo veinticinco.

- Tal vez en el siglo veinticinco aún habrá una minoría que sentirá curiosidad por escuchar cómo sonaba una radio en miniatura de fines del siglo veinte.

Quizás sea solamente eso. Que muchos seguiremos queriendo escuchar la música de esas antiguas radios y querremos leer textos bien escritos. Y que la polifonía conviva con el virtuosismo individual.

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McLuhan Galaxy

“Para algunos occidentales, la palabra escrita o impresa se ha vuelto un tema muy espinoso”, escribía Marshall McLuhan hace cuarenta años. “Es cierto que hoy en día hya más material escrito, impreso y leído que nunca antes, pero también está la nueva tecnología eléctrica”, la tecnología digital, diríamos hoy, “que amenaza la antigua tecnología de la escritura basada en el alfabeto fonético. Debido a su efecto de extender el sistema nervioso, la tecnología eléctrica parece favorecer la palabra  hablada, inclusiva y que invita a la participación, antes que la palabra escrita y especializada”.

Hoy se celebra en Barcelona la doble jornada de la McLuhan Galaxy y, como no puedo estar allí (que Piscitelli me perdone), releo a McLuhan y me quedo boquiabierto:  “es obvio que los logros del mundo occidental”, escribía en “La palabra escrita. Ojo por oído”, en el año 1964, “son testimonio de los tremendos valores de la alfabetización. Pero mucha gente está dispuesta a objetar que hemos pagado un precio demasiado alto por nuestras esctructuras de valores y tecnologías especializadas [...] “es la omnipresente tecnología del alfabeto”, continua McLuhan -y aquí escucho los ecos contemporáneos de Piscitelli y todos los que abogan por el paréntesis de Gutenberg-, “la causa oculta del prejuicio occidental que considera “lógica” la secuencia. Hoy, en la edad eléctrica, nos sentimos tan libres de inventar lógicas no lineales como de elaborar geometrías no euclidianas”. No tengo noticia de que Roland Barthes y Marshall McLuhan se conocieran, pero ambos anticiparon la lógica hipertextual varias decenas de años, contraponíendola a la supuesta lógica sucesiva y acumulativa del alfabeto occidental.

“La civilización occidental”, continúo con la glosa, “se ha erigido sobre la capacidad de leer y escribir porque la alfabetización supone un tratamiento uniforme de una cultura con el sentido de la vista, extendido en el espacio y el tiempo por el alfabeto”. Es posible que esa presunción, avalada por Levi-Strauss, sea cierta, y que al mismo tiempo que hemos ganado control sobre la naturaleza, hayamos perdido emoción y sensibilidad. ¿Cabrá reintegrarlos alguna vez a nuestra experiencia y nuestro aprendizaje?

Hoy se discute en Barcelona sobre esa vías que dejó delineadas McLuhan, un gigante sobre cuyos hombros seguimos haciendo equilibrios inestables, intentando extraer las consecuencias de sus predicciones. La talla de un pensador quizás pueda medirse precisamente por eso: porque todos los que le hemos sucedido no hacemos otra cosa que indagar intentando entrever lo que él anticipó con tanta precisión y elocuencia.

En una escena de Anine Hall, esa grandiosa película de Woody Allen, un pseudointelectual insoportable teoriza sobre el cine y los medios de comunicación… hasta que McLuhan, en un cameo memorable, le corrige y le reprende. Como hoy no puede ya hacer eso, en el centenario de su nacimiento, nos conformamos con malinterpretarle y releerle.

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La lectura, la escritura y la emancipación

Uno de los secretos mejores guardados de aquellos que pregonan la capacidad emancipadora de la web, de internet como trampolín de la expresión personal, es un libro apenas mencionado pero absolutamente omnipresente: se trata de El maestro ignorante, de Jacquere Ranciere, un libro escrito en un año prehistórico, al menos desde el punto de vista de Internet: 1987. En aquella obra determinante y de intención rompedora, Ranciere propugnaba la igualdad fundamental de las inteligencias, la necesidad de devolver a los tildados como ignorantes  de la capacidad de expresar sus convicciones y sentimientos mediante el adecuado uso de las palabras, la contingencia de que el maestro reconociera su ignorancia y, sin embargo, pudiera enseñar aquello que desconocía. El ejemplo que Ranciere trae a la luz ilumina toda su obra: en el siglo XIX Joseph Jacotot consiguió enseñar la lengua francesa, sin hablar una palabra de holandés, a los estudiantes flamencos a los que imparte clase sin otro método que el de ofrecerles la libertad de comparar los textos enfrentados de una edición bilingüe del Telemaco.

El método, confiado en la igualdad potencial de la inteligencia de cada ser humano, entiende que el aprendizaje no debe basarse en la recepción pasiva de una carga de profundidad teórica que se conforme con establecer las fronteras infranqueables entre quienes saben y quienes no. Comprende que la educación debe ser emancipación de esa inteligencia y ese camino se debe recorrer mediante la repetición, la imitación y la comparación, la traducción y la identificación de patrones comunes, el análisis y la recompisición. Ranciere, a diferencia de quienes manejan su vocabulario sin saberlo, nunca dijo que fuera posible convertirse en Shakespeare o Ranciere mediante la imitación su prosa o de sus versos: lo que aseveró es que “se trata de hacer emancipados, hombres capaces de decir yo también soy pintor, fórmula donde no cabe orgullo alguno sino todo lo contrario: el sentimiento justo del poder de todo ser razonable [...] Yo también soy pintor significa: yo también tengo un alma, tengo sentimientos para comunicar a mis semejantes”.

Alejandro Piscitelli es el seguidor digital avanzado de Ranciere, y supongo que no se sentirá incómodo con esta afirmación. Él llama a esta reinvención y traslación digital de esa intención pedagógica emancipadora Edupunk,  y alude reiteradamente al maestro ignorante en versión Facebook, tal como puede seguirse en la presentación superior. Las aplicaciones digitales, claramente, propician la comunicación democrática, la expresión abierta de los propios sentimientos, la igualación de las inteligencias, la imitación y la traducción, y es ese trayecto el que está siguiendo Piscitelli valiéndose de herramientas que Ranciere no conoció en su momento.

Cuadro PISA

Hace apenas dos días hemos conocido los resultados del nuevo estudio de PISA: en What Students Know and Can Do: Student Performance in Reading, Mathematics and Science podemos leer que por primera vez se han evaluado lectura de textos continuos y discontinuos, es decir, textos analógicos y digitales. En ambos casos, digan lo que digan las autoridades de uno u otro signo, España ocupa lo que los analistas llaman una posición “statistically significantly below the OECD average”, una posición significativamente por debajo de la media estadística de los países de la OCDE, más aún en la lectura digital que en la analógica. Llegados aquí, y dentro del escueto espacio de un blog, una modesta propuesta: si el fin último de la educación debe ser la emancipación intelectual, la capacidad de desarrollar un criterio propio y, sobre todo, la posibilidad de expresarse de la misma manera que reconocemos en un gran escritor, un músico o un pintor, animemos decididamente a nuestros alumnos a que, valiéndose de las herramientas digitales (blogs, wikies o cualquier otro formato) copien, reproduzcan, traduzcan, expresen con sus propias palabras los sentimientos que los grandes poetas nos enseñaron a enunciar. “Se trata”, dice Ranciere, “de levantar el ánimo de aquellos que se creen inferiores en inteligencia, de sacarlos del pantano donde se estancan: no el de la ignorancia, sino el del menosprecio de sí mismos, del menosprecio en sí de la criatura razonable. Se trata de hacer hombres emancipados y emancipadores”.

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Liberad los libros

Liberad los libros

Entre los muchos carteles que pudieron verse en el Mayo del 68 mi preferido es aquel que representaba unos cuantos volúmenes encadenados e incitaba a liberar a los libros o, quizás, traduciéndolo de otra manera, buscando las torsiones semánticas del eslogan, a liberarse de sí mismos, a librarse (a librarnos) de su pesada condición de discurso cerrado, tiránico y autorreferencial. Existía la sospecha, tal como había puesto de manifiesto Foucault antes que nadie -en su discurso de ingreso en el Colegio de Francia- que en todas las sociedades existían mecanismos de control del discurso que tendían a evitar las alternativas, la aleatoriedad, las opciones y las disyuntivas. De manera mucho más solemne Focault había dicho: ·”yo supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. Lo que aquel cartel hacia era invitarnos a deshacernos de los vehículos que nos imponían un discurso monolítico y aparentemente incontestable, los libros, la lectura, la escritura.

Oulipo

Existían dos sospechas, una estética y otra ética (o política): si el discurso, como los filósofos denunciaban, nos constreñía, nos leía sin que nosotros fuéramos capaces de contestarle, jugar con él, recrearlo, retorcerlo, podía convertirse en un ejercicio de liberación en sí mismo. El “Taller de literatura potencial”, Oulipo, creado por Raymond Queneau (acompañado, entre otros, de Georges Perec, Roland Barthes o Alain Robbe-Grillet), arremetieron con firmeza contra los límites del lenguaje y contra las estructuras formales de la novela tradicional, creyendo que quizás, con eso, encontrarían una vía de escape… Al final de su vida, Robbe-Grillet, sin haber conseguido que sus esfuerzos florecieran satisfactoriamente, todavía barruntaba: “Hacia los años 60 apareció algo quizás más nuevo, una puesta en cuestión más radical de las normas de ordenación en las que todos nosotros habíamos participado para que se pusieran en movimiento. Y yo me pregunto si, a día de hoy, no está a punto de desarrollarse sobre esta pretendida muerte de la novela algo nuevo, pero algo que no conocemos todavía, que quizás esté a punto de hacerse, que exista como germen tal vez ya en alguna de mis novelas, de las tuyas o de las suyas, y que todavía no se identifica….”.

On vous intoxique

En el envés de la estética, la ética (o la política): todos los medios de comunicación, tal como muestra otro de los carteles de la época, se conjuraban para subyugarnos, pero si hubiera que destacar alguno por su contumacia y poder de dominación de nuestro inconsciente colectivo ese sería, sin ninguna duda, la escritura. Así lo escribía el mayor de los biblioclasmáticos, Jacques Derrida: “La bibliocultura seguirá haciendo la competencia, todavía durante un cierto tiempo, a muchas otras formas de publicación que se sustraen a las formas heredadas de la autorización, de la autentificación, del control, de la habilitación, de la selección, de la sanción, incluso de mil otras formas de censura”. Estando así las cosas -y siempre que creamos que son así-, Derrida anunciaba el advenimiento de una nueva época del discurso, de nuevos tipos de enlazamientos y construcciones no lineales: “aunque parezca lo contrario, esta muerte del libro anuncia, sin lugar a dudas (y, en cierto sentido, siempre ha anunciado), una muerte del discurso (de un supuesto discurso completo) así como una nueva mutación en la historia de la escritura, en la historia como escritura”.

Participación

La idea de que, una vez roto el discurso unilineal y unilateral, cabría generar espacios de participación colectiva, más ricos y diversos, está ya contenido en el cartel de la época, y nos llega hasta el día de hoy en todos los discursos sobre la abolición de la cultura escrita, el hipertextualismo, la generación colectiva de contenidos, el remix y cualesquiera otra etiqueta que pretenda describir la supuesta tiranía que el discurso y sus soportes tradicionales ejercen sobre nosotros y la manera en que podemos liberarnos de ellos.

El maestro Piscitelli regresa sobre estos temas en sus dos últimas entradas: “La cultura escrita, ¿es un instrumento de opresión?” y “De la literatura como ocasión para el sentimiento a la literatura como ocasión para la interpretación“, pero a estas alturas del siglo XXI, cuarenta años después de que grupos de jóvenes pegaran aquellos carteles en las calles de París y de que contemos con herramientas hipertextuales que nos permiten desagregar el discurso a voluntad, me parece que es hora de devolver el péndulo a su lugar: no siempre el discurso es una tiranía, tampoco el lenguaje, ni mucho menos el soporte que le da cobijo. En todo caso, será una cárcel a la manera en que lo comprendía Wittgenstein: que ningún ser humano puede traspasar las barreras del lenguaje, porque no existe nada más allá. Y eso se demuestra en que tanto Piscitelli, como Derrida, como todos los ilustres antecesores del Oulipo, como yo mismo, utilizamos largos discursos escritos con palabras, libros de centenares de páginas, para desarrollar ideas complejas que, de otra manera, sería imposible explicar, explicarnos. Y así somos un poco, un poquito, más libres…

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Palabras y pantallas

En Words, uno de los últimos artículos de la serie que Tony Judt escribió para el New York Review of Books y que tan intensamente evocó Vicente Molina Foix en un artículo reciente, “La aplazada muerte de Tony Judt“, aludió de manera inequívoca al papel devaluador de la cultura que algunos medios digitales de comunicación y algunas prácticas docentes actuales representan: “la inseguridad cultural engendra su doble lingüístico. Lo mismo es cierto para los avances técnicos. En un mundo donde Facebook, MySpace y Twitter (por no mencionar los mensajes de texto), las alusiones sucintas sustituyen a la exposición. Donde una vez Internet pareció representar una oportunidad para la comunicación sin restricciones, la tendencia crecientemente comercial del medio -”Soy lo que compro”- trae consigo empobrecimiento. Mis hijos observan sobre su propia generación que la taquigrafía comunicativa de su hardware ha comenzado a filtrarse en la comunicación misma: “la gente habla como los textos” que escribe. Y la conclusión le parece irrevocable, alarmante: “esto debería preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad lo mismo le ocurre a las ideas que expresan. Si se privilegia la expresión personal sobre las convenciones formales, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que privatizamos otras muchas cosas”.

Judt sostiene que la enseñanza y asunción de las convenciones formales de la expresión y la comunicación en la escuela, son fundamentales; que la progresiva degradación de la instrucción formal, del aprendizaje y uso de las fórmulas retóricas de la comunicación, conduce no sólo al empobrecimiento del lenguaje sino, sobre todo, de las ideas que transporta y, con ello, de la república de los seres humanos que contribuye a construir y sostener. Para Judt, que según su relato creció entre la algarabía de las conversaciones y las discusiones en varias lenguas en el comedor de su casa, que cultivó la pasión a lo largo de la vida por las palabras para arrancar de ellas toda su fuerza y que constituyeron su último reducto de libertad, la degradación a la que los medios de comunicación digitales acutales las somete, es peligrosa e intolerable.

Lisa Block de Behar, en su interesante Medios, pantallas y otros lugares comunes, ahonda en el problema de la desintegración de las palabras sometidas a la tiranía omnisciente de las pantallas: “la tecnología”, asegura, “ha pantallizado el mundo transformándolo en un parque multimediático trivial y espectacular a la vez, donde las pantallas no sólo aplanan -cada vez más planas- ese mundo global; no sólo lo verticalizan -cada vez más autoritarias-, sino que regulan sus paisajes, personas, hechos, ficciones y fantasías, mostrando y ocultándolos, entrelazados y a la par. Poco o nada se vi si no está en pantalla. Lo que importa se muestra en pantalla y, si no se muestra, no importa, no existe”.

Claro que no todo el mundo compartirá los argumentos previamente esgrimidos, que sostendrá, al contrario, que lo hace falta es quebrar la univocidad del discurso tradicional, destapar las imposturas de la comunicación profesoral unidireccional, romper con las retóricas añejas del discurso, saltárselas si es necesario para adaptarlas al vocabulario de quienes ya no se sienten identificados ni con el lenguaje ni con los medios de comunicación tradicionales, adoptar las herramientas de creación y expresión digital para generar un nuevo entorno de aprendizaje colaborativo donde las jerarquías tradicionales se evaporen. Eso es, en resumen y tal como yo lo entiendo, el edupunk, el movimiento antagónico a las pedagogías habituales que propugna el maestro Alejando Piscitelli, cada vez más habitual (afortunadamente), entre nosotros. Todo eso y muchas cosas más estaba anticipado en un libro tan imprescindible como inencontrable que es Nativos digitales.

Yo soy de los que cree que la solución -si la hay- a este debate no se encuentra ni un extremo ni en otro, ni en el cultivo exclusivo de la forma y la retórica tradicional, ni en la algarabía infoxicadora de las redes sociales. Algo de eso estaba en ya recogido en Sócrates en el hiperespacio, porque no es la primera vez en la historia que los soportes y, con ellos, las modalidades de creación y expresión de la información y el conocimiento se transforman pero sí la primera, quizás, en que somos históricamente tan conscientes del momento trascendental que vivimos.

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