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La batalla de las humanidades (digitales)

Puede que no sea una mera casualidad que Carlos García Gual y Marina Garces, en ámbito diferentes pero cronológicamente cercanos, hayan declarado que vivimos tiempos en los que las humanidades se disponen para librar una batalla, no tanto la de su mera supervivencia en los planes de estudio, bastante menguada, sino la de dotar a la ciudadanía de los instrumentos necesarios para deliberar y decidir con fundamento qué clase de vida quieren vivir y con qué clase de tecnologías vale la pena convivir.

En una reciente entrevista, García Gual declara, pesimista, refiriéndose en primer lugar a la supeditación de los estudios universtiarios a la lógica del lucro, que “hay un prejuicio funesto que es el de la rentabilidad. Obtener algo de inmediato, que la gente estudie para colocarse. Conocer unas cuantas materias y un poco de inglés. Creo que todo eso es un empobrecimiento. El ser humano tiene unas capacidades imaginativas, y de memoria y de entendimiento, que se abren con la cultura. Pero eso a los Gobiernos de ahora no les interesa. No es rentable para ellos como políticos y, piensan, tampoco es rentable para los que tienen que colocarse. Pero reducir la vida a eso es un poco triste”, efectivamente, porque el conocimiento se reduce a un principio de gestión capitalista de la realidad, algo sobre lo que regresará Marina Garcés. Pero García Gual continúa, caracterizando cuál debería ser el papel de las humanidades, en nuestra situación actual: “hay tiempo para todo: se puede ser un buen lector y un buen ingeniero. Esta es una batalla, la batalla de las humanidades, perdida. En grandes líneas. Pero puede haber focos de resistencia. Hay que volver a las barricadas, individuales y de pequeños grupos”. En su opinión, la lectura es algo más que una práctica para el entretenimiento porque se asemeja más al cimiento sobre el que se basa la posibilidad misma de la crítica: “el ­lector seguirá existiendo, aunque sea en este mundo hostil. Serán minoría, pero existirán. La lectura está unida a la crítica y a los grandes horizontes. La gente que no lee es gente de mentalidad muy reducida: viven en la prisión del presente”.

En Nueva ilustración radical, recientemente publicada, Marina Garcés realiza un ejercicio bastante similar cuando reflexiona sobre el sentido de las humanidades en un paisaje de desmoronamiento de las esperanzas ilustradas: “las humanidades”, escribe, “desde este planteamiento, no son un conjunto de disciplinas en extinción sino un campo de batalla en el que se dirime el sentido y el valor de la experiencia humana. No hay que defenderlas sino que hay que entrar con fuerza en lo que a través de ellas se está poniendo en juego. Frente a las humanidades en extinción, las humanidades en transición”. Si la vida consiste, fundamentalmente, en dotar de sentido a lo que hacemos, en generar y darnos las condiciones para que esa experiencia plena de lo vivido sea factible, ¿cómo es que hemos renunciado a hacerlo confiando en instancias mediadoras ajenas a nosotros? ¿cómo es que les hemos restado permanentemente valor y espacio en aquellos lugares de formación y aprendizaje en los que serían más necesarias?

Si uno lee las últimas declaraciones de Mo Gawdat, ex directivo de Google X, en una entrevista reciente, comprenderá con más claridad por qué las humanidades deben batirse en la batalla por adueñarse del sentido de las cosas: “El problema”, reconoce, “son los valores que representamos. Todos nos quejamos de que el mundo está mal, pero nosotros también lo estamos. La primera cosa que debemos cambiar es a nosotros. Si logras cambiarte puedes cambiar el pequeño mundo a tu alrededor y, poco a poco, más. Nuestro mundo se veía muy diferente hace 75 años. Este capitalismo, el consumismo, las fake news, la exageración, el ego, son resultado de un cambio económico en este tiempo. Pero hoy los cambios van más rápido y lo que ha sucedido en cien años puede cambiar en cinco”. El problema no son tanto los algoritmos, aparentemente inodoros y neutrales, sino lo que hacemos con los algoritmos, la intencionalidad que los algoritmos esconden, el sometimiento al que someten subrepticiamente la voluntad de quienes los utilizan por herramientas interpuestas. Cuando el algoritmo, programado por un ser humano, resta conciencia y voluntad, buscando un beneficio parcial, no puede ser bueno. Y si leemos las declaraciones de Nick Bostrom, el oráculo inverso de la Universidad de Oxford, nos parecerá todavía más claro cuál es el papel reservado a las humanidades contemporáneas: “Si la inteligencia artificial termina siendo capaz de hacer todo o buena parte de nuestro trabajo intelectual mejor que nosotros”, asegura, “tendremos en nuestras manos el último invento que tendrá que realizar la humanidad. El problema está en la transición hasta la era de la inteligencia artificial: tenemos que hacerlo bien a la primera porque no creo que tengamos una segunda oportunidad. Si desarrollamos una inteligencia artificial que no esté alineada con nuestros propósitos, no creo que podamos volver a meter esa pelota en la urna y empezar de cero. No somos demasiado buenos como civilización anticipando problemas difíciles que todavía no nos han causado ningún daño. Debemos movilizar nuestros esfuerzos para hacer que esto funcione desde el principio. Esta es la gran dificultad para nuestra civilización”.

Podemos o no adjetivar al sustantivo de humanidades utilizando digital cuando queramos referirnos a una especial sensibilidad relacionada con las tecnologías, el software, las redes y plataformas de comunicación, pero en realidad la batalla es la misma: como establecía ya Ivan Illich en el año 1974 de lo que se trata es de establecer “indicadores de la acción política concerniente a todo lo que se debe evitar […], criterios de detección de una amenaza que permiten a cada uno hacer valer su propia libertad”. Unas humanidades que ayuden a los ciudadanos a dotar de sentido a las herramientas, no al contrario, porque en esa autodeterminación ajena a la inercia de la tecnología, radica el futuro mismo de la humanidad. “En la medida en que [el ser humano] domine a las herramientas, podrá investir el mundo con su sentido; en la medida en que se vea dominado por las herramientas, será la estructura de éstas la que acabará por conformar la imagen que tenga de sí mismo”, dejó escrito Illich en Energia y equidad , un texto premonitorio sobre la batalla de las humanidades (digitales).

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