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Fascinación por las palabras

Leo en “Fascinación del arte paleolítico“, el extraordinario artículo de Juan Ignacio Macua publicado en Letra Internacional:

¿Por qué lo hicieron, qué les motivaba tan fuertemente como para vencer las dificultades orográficas, los miedos irresistibles y la oscuridad? ¿Por qué dejaron de hacerlo?

Y un poco más adelante:

[...] parece ser que fue la palabra la impulsora de todo, hasta de la propia supervivencia de aquella casi nueva especie. El Verbo. Pudieron pensar, crear abstracciones, sentir algo más que las simples sensaciones de dolor, frío, calor, hambre o miedo. Simultáneamente, surgió la necesidad de comunicárselo a los demás y pudieron hacerlo gracias al uso de un lenguaje algo más complicado que el de los simples sonidos guturales y las señales con las que se avisaban de alrededor.

¿Cuál es el porqué?, parafraseando al autor, ¿de esa prolongadísima, sostenida, homogénea y símbólica necesidad de comunicación?

Quizás para responder a esa pregunta haya que echar un vistazo al magnífico, documentadísimo y recentísimo libro de Fernando Báez, Los primeros libros de la humanidad. El mundo antes de la imprenta y el libro electrónico. “Se ha dicho que la escritura”, puede leerse en sus primeras páginas, “comenzó en un soo lugar, pero no es cierto. Se ha dicho que surgió de forma repentina y, aunque la idea es bastante romántica, tampco es verdad. Como ha dicho Harald Haarmann: “una de las novedades más importante en la investigación de los últimos años es que se sabe que los comienzos de la historia de la escritura hay que situarlos como mínimo dos milenios antes: la cultura escrita de la humanidad empezó hace unos 7000 años”. Las páginas del libro de Báez recorren ese impulso fascinante de la especie humana por los primeros libros de la humanidad y su ambición erudita abarca todo el mundo antiguo, la invención del códice, la revolución de la imprenta y extiende su recorrido a otras geografías: al mundo árabe, a China, a los deslumbrantes códices mayas y aztecas. Solamente alguien fascinado por ese impulso imperecedero de comunicación puede haber escrito un libro así. En algunas ocasiones, no puedo dejar de hacerlo notar, la avidez enciclopédica resta emoción a lo que escribe y la sucesión historiográfica de hechos aminora el embeleso de ese relato fascinante. De ahora en adelante, en todo caso y sin duda, una referencia insustituible para todo aquel que quiera conocer en detalle la historia y evolución de las múltiples formas de comunicación humanas.

En “Leer la lectura“, un artículo que cualquier persona dedicada a los oficios del libro, la edición o la lectura debería consultar (publicado en el último número de la revista Texturas), Roger Chartier nos recuerda que en las transiciones históricas que hemos podido documentar en las que se inventan nuevos soportes, nuevos métodos de lectura y/o escritura, nuevas formas de comunicación y nuevas modalidades de recepción, concurren cambios en las técnicas de producción y reproducción de los textos (o de los elementos iconográficos que conformen el vocabulario, la gramática formal, con la que se expresaran), en las formas y la naturaleza de los soportes utilizados y, por último, en las prácticas de lectura (de contemplación, de desciframiento, de traducción, de interpretación) de quienes fueron sus receptores. En cada época, en cada caso estudiado, se generaba todo un sistema de percepción y uso de los textos (entendidos, de nuevo, de manera muy amplio), y en cada nueva circunstancia variaba, lentamente, haciendo que en la mayoría de los casos históricos documentados convivieran durante largo tiempo soportes nuevos y antiguos y prácticas novedosas y pretéritas.

La originalidad y la importancia de la revolución digital -yendo de un extremo al otro de la historia de la comunicación humana-, radica en que obliga al lector contemporáneo a abandonar todas las herencias que lo han plasmado, ya que la textualidad digital no utiliza más la imprenta (por lo menos su forma tipográfica), ignora el “libro unitario” y es ajena a la materialidad del códex. Es al mismo tiempo una revolución de la modalidad técnica d ela reproducción de lo escrito, una revolución de la percepción de las entidades textuales y una revolución de las estructuras fundamentales de los soportes de la escritura.

Un recorrido por la historia de la comunicación en tres títulos, un recorrido completo por la fascinación por las palabras.

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Los orígenes del lenguaje y la escritura

El viernes pasado me planté por primera vez unas gafas 3D en la oscuridad de la sala de un cine. Fui a ver Cave of forgotten dreams, ese documental rodado en tres dimensiones en la formidable y espeluznante Cueva de Chauvet, un espacio sellado hace decenas de miles de años por el derrumbe fortuito de una enorme peña que lacró su entrada. De ahí que contemplar esas pinturas de calidad casi táctil sea posible y que la evidencia de su cercanía siga sobrecogiéndonos: el radiocarbono data las representaciones y los restos de las tinturas y del carbón que emplearon en unos 30.000 años, tiempo inimaginable, infranqueable.

Es más que probable, tal como la antropología nos enseña, que en aquellas representaciones estuvieran recogidos todos los ingredientes de las ceremonias totémicas y chamánicas que Emile Durkheim, Marcel Mauss, Levi-Strauss y muchos otros maestros nos enseñaron, que ese ejercicio simbólico no fuera otra cosa que un primer intento de clasificar, gestionar y gobernar el arcano orden del universo mediante la identificación de seres humanos y animales de distintas especies. Como escribiera Pierre Bourdieu algo más tarde, de lo que se trataba, en el fondo, era de hacer pasar esa codificación por algo de naturaleza natural escondiendo su naturaleza esencialmente social. Sea como fuere, la riqueza artística turbadora de esas representaciones nos habla de una mitología y un mundo simbólico plenamente formados y, por tanto, de un afán de ordenamiento y clasificación que era una forma incipiente de escritura.

Los magníficos profesionales que trabajan en la Sima de los Huesos de Atapuerca, sin embargo, nos han abierto una vía de indagación que retrotrae ese posible origen del lenguaje -que es la base sobre la que se asienta la capacidad de simbolización y, por tanto, de representación artística- no a 30.000 años, sino a 500.000, medio millón de años. Cuando hace poco tuve la oportunidad de ver y escuchar la extraordinaria conferencia del profesor Ignacio Martínez Mendizabal (UAH), “El origen del lenguaje: la evidencia de Atapuerca“, no podía salir de mi asombro: el estudio de los restos de los huesos del oído humano encontrados, de su hueso temporal, demuestra que  estaban configurados para percibir la frecuencia en la que nuestra agudeza es superior -tal como puede verse en los audiogramas-, entre 2 y 5 kiloherzios, justo el espacio libre que queda entre los prosimios, chimpancés y otras especies.

Hablábamos. Hablábamos ya hace 500.000 años, y es por eso más que probable que el Homo Ancestor, en consecuencia, poseyera una mitología propia, un mundo simbólico particular y, correlativamente, maneras de representarlo. No hemos llegado a ellas, nadie las ha descubierto todavía pero quizás, tal como ocurrió fortuitamente en el caso de la Cueva de la Chauvet en 1994, algún día sepamos que el origen de las representaciones artísticas y de la protoescritura se remonta a un tiempo insondable.

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