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Bibliofrénico, a pesar de todo

Bibliofrenia fue escrito en el año 2010 con una mezcla de nostalgia, rabia y pundonor. Nostalgia porque resultaba obvio que esa pulsión, que llevó durante siglos a unos pocos a obsesionarse por el atesoramiento de los libros, estaba en trance de irreversible desaparición; que lo digital genera sus propias lógicas de deseo y acaparamiento; y que la especie de los bibliofrénicos puros seguramente no pervivirá más allá de la última generación que creció cuando todavía no existían los ordenadores, es decir, la mía. Rabia porque eso sucediera, porque ese objeto tan amado, perseguido y deseado como es el libro en papel, pudiera desaparecer, y con él todo el ecosistema que lo acompaña: libreros, bibliotecas, editores y ferias donde todos ellos se citan y se encuentran y fomentan el deseo compartido. Una rabia si se quiere contenida y meditada, porque después del primer gesto de arrebato y cólera por su probable desaparición, viene la reflexión y la evidencia de que los soportes se han sucedido a lo largo de la historia de manera irreversible, que unos han sustituido a los otros y que cada uno de ellos ha traído consigo unas ventajas y algunos inconvenientes. Y, por último, pundonor porque la pulsión de conocimiento, del deseo de saber, es en mi caso superior al apego a los libros, y pensar sobre la evolución de los soportes, sobre la transmisión de la información y del conocimiento, algo que marca la vida de toda la humanidad a lo largo de los siglos, me parece a la vez una obligación y una necesidad que vivo con vehemencia y apasionamiento. El dolor de la pérdida no es en mi caso superior a la dicha de vislumbrar y entender lo que vendrá a continuación, pero siempre hace falta, al menos en mi caso, una dosis de pundonor y determinación para no dejarme arrastrar por la nostalgia, la añoranza, la rabia y la comodidad. No sabía, en definitiva, que estaba padeciendo lo que Marshall McLuhan había diagnosticado como la Narcosis Narciso, ese síndrome según el cual «el hombre no es consciente de los efectos sociales y físicos de la nueva tecnología, como un pez que no es consciente del agua donde nada» y que, quizás, me estaba comportando como el «zombi y el idiota tecnológico» que ignora las profundas transformaciones a las que se ve sometido por el nuevo medio, las niega, las vitupera y, mirando por el espejo retrovisor, se aferra con denuedo a las evidencias de lo que conoce. Eso me pasa también, claro, por no leer el Playboy.

Han pasado cinco años desde la primera edición de Bibliofenia y, mientras tanto, como era evidente que ocurriría, el ecosistema de los medios ha ido arrumbando el libro el papel a un lugar que, desde luego, ya no es central: si durante siglos ocupó de manera exclusiva e indiscutible el centro inamovible del ecosistema cultural y del ecosistema de la información, hoy en día son los soportes digitales de acceso y conectividad ubicuos los que asumen esa condición dominante. Pero no se trata solamente, claro está, de una mera sustitución de soportes sino de varias sustituciones concatenadas: de unos pocos creadores reconocidos y seleccionados hemos llegado a una situación en la que, mediante el uso de nuestras herramientas digitales, todos podemos generar contenidos, transmitirlos, compartirlos, modificarlos, manipularlos, recrearlos. Si bien la excelsitud creativa seguirá reservada a unos pocos, la extraordinaria democratización en las prácticas creativas que la extensión de internet conlleva supone una gigantesca e inusitada revolución. Parte del precio a pagar —y parte de la discusión actual se centra en ella— es la pérdida de referencias claras, la inexistencia de un canon indiscutible, la proliferación de contenidos de toda catadura y calidad. La inconcebible explosión creativa que internet propicia, sin embargo, no puede suponer un retroceso ni un desdoro, antes bien supone una magnífica oportunidad para que surjan nuevas modalidades de creación, nuevos lenguajes creativos, nuevas figuras de autoría, nuevas formas de propiedad. Internet también favorece, al menos potencialmente, un acceso sencillo, automático y ubicuo a contenidos que, de otra manera, no hubieran sido jamás accesibles. De hecho, las últimas recomendaciones de organismos internacionales en lo que atañe a la alfabetización en países en vías de desarrollo, sin dotación bibliotecaria ni una población con recursos económicos suficientes para adquirir ninguna clase de contenido, es que inviertan en plataformas y contenidos digitales a través de los que potenciar el uso y el acceso. Esa misma recomendación se dirige también de manera insistente a las grandes instituciones de educación superior, no sólo de los países en desarrollo, sino de las primeras potencias académicas y económicas: dejar de invertir en ladrillos y en pasivo inmovilizado para hacerlo en plataformas digitales que promuevan el acceso universal al conocimiento. Saltarse, en definitiva, la etapa que algunos adoramos: la de las librerías y la de bibliotecas de ladrillo, la de los comercios y las instituciones que nos han enseñando a establecer una relación determinada con los libros.

Ahora creamos, leemos, aprendemos y nos comunicamos, por tanto, de una manera completamente diferente: ya no resulta estrictamente necesario que establezcamos un vínculo indeleble entre biblioteca y lectura o aula y aprendizaje, porque hoy en día podemos leer, aprender, estudiar, trabajar, compartir y comunicarnos en cualquier lugar y en cualquier momento. Los muros de aquellas instituciones, bibliotecas y escuelas, ya no son los contenedores entre cuyas paredes se desplegaba un acto que no podía celebrarse en ninguna otra parte, porque la facticidad y materialidad de los objetos utilizados y de las situaciones que propiciaban, nos obligaba en buena medida a que fuera así. Hoy en día, una vez publicado y descargado un contenido, podemos consultarlo en cualquier momento, en cualquier lugar, a través de cualquiera de nuestros dispositivos (a condición de que lo hayamos almacenado en la nube y resulte accesible por cualquier medio). Leemos y aprendemos, en consecuencia, de manera diferente: los libros eran artefactos pensados para la lectura sucesiva y acumulativa, silenciosa y recogida, y demandaban, por eso, unas disposiciones completamente diferentes a las actuales: en el paso, el recogimiento y la actitud meditabunda del lector volcado en las capas de sentido estratificadas en las páginas de un libro; en el presente, la atención dividida y fragmentada que navega entre distintas fuentes que se reclaman, vinculan o se oponen entre sí. Sin embargo, el debate sobre lo que perdemos y ganamos con estos dos tipos de lectura resulta absolutamente pertinente: la lectura profunda que se demora en la persecución del sentido de un argumento aporta un tipo de conocimiento que difícilmente puede generarse de otra manera; la lectura más fragmentada y superficial que los hipervínculos favorecen, menos pausada que la tradicional, proporciona una visión panorámica. En todo caso, en los años sucesivos, siempre que nos ocupemos de estudiar con detenimiento los nuevos hábitos y las nuevas prácticas, deberemos contrapesar o no nuestras prácticas lectoras. Toda la cadena de valor tradicional del libro desaparecerá con el objeto y la tecnología que les daba fundamento y sentido: ni los autores, ni los editores, ni los distribuidores, ni los libreros, ni los bibliotecarios serán ya nunca más lo que fueron, porque todos los procesos, estrategias y productos finales estaban estrechamente ligados a un artefacto que ha dejado de ocupar el lugar que ocupó. Aparecerán nuevos oficios y nuevas competencias que sustituirán parcial o completamente lo que hemos conocido, y en esa extinción parcial pereceremos algunos en beneficio de nuevas especies digitales.

Bibliofrenia es, en este sentido, la exaltación de la memoria de una época, de una pasión que todavía nos acompañará a algunos de nosotros mientras vivamos, porque nacimos como Homo tipographycus y difícilmente abandonaremos todas las categorías de percepción, pensamiento y acción asociadas a esa condición. Porque el deleite de seguir buscando, encontrando, amontonando, colocando y leyendo libros es indeleble y seguiremos porfiando en cultivarlo. Bibliofrénicos, al fin y al cabo, aunque eso no deba nunca suponer que no entendamos la condición perecedera, transitoria y mortal de los soportes y de todas las disposiciones, emociones y sentimientos asociados, y aunque eso no deba impedirnos disfrutar del universo de posibilidades inusitadas que se abre la era digital.

Cinco años después de la primera edición, y gracias a la insistencia de Yanko González, Decano de la Universidad Austral de Chile y director de su servicio de Ediciones, estas historias de bibliofrénicos ejemplares, que vivieron por y para los libros, volverán a la vida encarnadas en pliegos de papel.

 


[1] La noción de Narcosis Narciso y las más acertadas reflexiones que McLuhan realizó sobre los efectos de la tecnología y los medios sobre nuestros hábitos de percepción, pensamiento y acción se encuentran, seguramente, en la entrevista que la revista Playboy le realizó en el número de marzo de 1969. La entrevista puede encontrarse, por ejemplo, en http://www.mcluhanmedia.com/m_mcl_inter_pb_01.html

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Los enemigos de los libros

En el año 1880 muchos hombres de letras estaban seriamente preocupados por la preservación de aquello que les procuraba el incesante gozo de aprender y conocer, de aquello que abastecía el inagotable festín de la curiosidad, de aquello que colmaba y saciaba su insaciable apetito de saber. Para aquellos hombres que nacieron en la era en la que el libro ocupaba el centro exacto del ecosistema de los medios, que habían construído enormes bibliotecas como templos consagrados a la sed de saber, perder uno solo de sus libros por el efecto de los agentes naturales -bien fuera el fuego, el agua y la humedad, el polvo y el abandono-, del voraz apetito de los insectos o de la ignorancia y el fanatismo del género humano era una suerte de accidente que debía evitarse. Los enemigos de los libros fue el recetario que a tal efecto redactó William Blades, un erudito, impresor y bibliógrafo que impulsó la creación de la Library Association.

“La posesión de todo libro antiguo”, escribía Blades, “es una encomienda sagrada, de tal suerte que cualquier propietario consciente de lo que tiene, o cualquier custodio, debería pensar que ignorar su responsabilidad en la materia es igual que para un padre dejar de atender a su hijo. Un libro antiguo, cualquiera que sea su contenido o su mérito interno, es en realidad una porción de la historia de u país. Podemos imitarlo, imprimirlo en facsímil, pero nunca podemos reproducirlo con exactitud y, como documento histórico que es, hemos de conservarlo con todo cuidado”. Sacerdotes de un culto a lo escrito que no podían permitir la disolución de su objeto de culto. Desde el punto de vista del intelectual, del hombre letrado y educado, la visión de una biblioteca repleta de innumerables posibilidades y potenciales descubrimientos debía suponer -sigue suponiendo hoy- una suerte de ubérrimo paraiso en la tierra, como tantos han expresado a lo largo de los siglos.

No debemos olvidar, sin embargo, que más de un siglo antes un paisano suyo, Jonathan Swift, describía en sus Viajes de Gulliver a una especie denominada Hoyhnhnm que, siendo en apariencia semejantes a un caballo común, poseían un sorprendente manejo de la razón, sin intermediación ni conocimiento de las letras, sin instinto alguno, porque eran seres plenamente razonables, “sin letras”, entregados a la tradición de lo oral para transmitir su conocimiento. “The Houyhnhnms have no letters, and consequently their knowledge is all traditional”, escribió Swift. El clérigo irlandés contraponía ya en el siglo XVIII a los hombres comunes, del pueblo, que siendo plenamente razonables e integrados desconocían por completo las letras, y a los intelectuales inadaptados que disfrutaban ya de la vasta e inabarcable memoria escrita recogida en los libros y que confiaban en consecuencia la transmisión del saber a ese artefacto. Un contemporáneo de Blades, Friedrich Nietzsche, andaba por la misma época dividido entre la líbido bibliofrénica y la tentación bibliocasmática, entre la adoración a los libros y la escritura y su total rechazo como un apósito innecesario o incluso fastidioso para la vida corriente. En una de sus reflexiones al respecto llegó a escribir: “nosotros los modernos” somos como “enciclopedias andantes incapaces de vivir y de actuar en el presente, obsesionados por un sentido histórico que lesiona y finalmente destruye la materia viva, sea un hombre, sea el pueblo, sea un sistema cultural”.

En las culturas orales todo el mundo participa natural y activamente del acervo cultural, y la memoria histórica como tal apenas existe, porque no se conserva registro escrito de ella; en todo caso se manipula a conveniencia de cada generación, de acuerdo a un principio de amnesia estructural que todas las culturas orales poseen. Solamente al precio del aislamiento y la soledad cabría pensar que algún miembro de una sociedad oral no participara de la encomienda común. La paradoja que los textos de Swift y Nietzsche resaltan, en un momento de apogeo de la cultura libresca, de la construcción de las grandes bibliotecas que como templos albergarían ese culto, es que en las culturas alfabetizadas, que giran en torno al libro, muy pocas personas pueden obtener una visión global y completa del significado de lo que viven, apenas rascan la superficie del conocimiento erudito, porque la cantidad creciente de libros es tan inabarcable, que aboca a la renuncia y a la segregación. Paradoja entre las paradojas en las sociedades contemporáneas, sin duda, que estos y otros biblioclasmáticos encarnaron entonces y ahora.

No puede leerse el libro de Blades, por tanto, sin su reverso complementario. No puede entenderse el amor fati por los libros sin comprender la aversión que puede provocar en quienes los amaron. El libro de William Blades, Los enemigos del libro, bellamente editado por Fórcola y prologado por Andrés Trapiello, es testimonio (parcial) de ello.

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