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El nuevo atlas del conocimiento

Quizás una de las transformaciones más sorprendentes a la que estamos asistiendo en estas primeras décadas del siglo XXI sea la de la redefinición de lo que antes comprendíamos como centros del conocimiento: la Universidad, las bibliotecas, las escuelas. En la geografía tradicional del conocimiento esos tres hitos -y algunos otros- conformaban un mapa claro de los polos del saber, de aquellos lugares donde se iba a adquirir la doctrina necesaria para ejercer una profesión o para procurarse la erudición académica que abría las puertas de la sociedad científica. No es que ese rol haya quedado por completo desfasado, porque no cabe pensar en que nadie pueda participar cabalmente en un campo profesional o científico sin conocer ni dominar el lenguaje propio de sus predecesores, y eso suele adquirirse, al menos en buena medida, a golpe de lectura, reflexión y estudio.

Sin embargo los hitos de la geografía tradicional no son inamovibles, no son rocas irremovibles en un mapa estático del saber. El caso de las bibliotecas es particularmente interesante: durante al menos cuatro siglos (aunque la genealogía de la biblioteca pueda trazarse muchos siglos atrás) la biblioteca, como la biblioteca personal de Montaigne, era un lugar de recogimiento, de retiro y reflexión, de diálogo silencioso con los autores precedentes o contemporáneos, de profunda lectura meditativa, de recreo del alma. “Mi biblioteca”, decía Montaigne, “que es de las selectas para estar en un pueblo retirado, está colacada en un rincón de mi refugio”. Esa misma voluntad de repliegue y retirada, de silencio recogido y cavilación compartida, es la que ha guíado el diseño de los espacios de las bibliotecas, grandes, pequeñas y medianas, a lo largo de los últimos siglos. Claro que, como el mismo Montaigne advertía, “Yo no sé cómo acontece, pero acontece sin duda, que en los que se consagran a las letras y a los cargos que de los libros dependen, se encuentra tanta vanidad y debilidad de entendimiento como en cualquier otra clase de personas”. Y aún más: “Vuelvo de nuevo, y de buen grado, a hablar de la inutilidad de nuestra educación; tiene esta por fin hacernos no cuerdos y buenos, sino enseñarnos cosas inútiles, y lo consigue”. Ni las letras, ni los libros ni las bibliotecas eran ni son, por tanto, una garantía de sapiencia, al contrario: más bien una forma de recrearnos en lo fútil.

En los últimos años ha cobrado un auge inusitado una idea aparentemente contraria a lo que entendíamos hasta ahora como biblioteca: la de la apertura de espacios de colaboración y creación ciudadanos en los que, mediante el uso de distintas herramientas, digitales o no, conciben, desarrollan, documentan y prueban instrumentos cuyo fin suele ser el de resolver algún problema que afecta y preocupa a la comunidad. Una suerte de laboratorio ciudadano en el que personas de diferente procedencia se reúnen para sumar sus talentos y sus preocupaciones con la intención de contribuir a la resolución de alguna clase de asunto que preocupa a la comunidad. En estos nuevos espacios (que a veces utilizan nombres intercambiables aunque sean ligeramente distintos, Makerspace, Medialab, FabLab) prepondera la acción sobre la reflexión, la colaboración sobre el aislamiento, los errores sobre las soluciones. Se trata de grupos de personas concernidas que abren nuevas áreas de indagación epistemológica, a menudo cerradas o descuidadas por la ciencia tradicional, y en ese ejercicio marcan el camino de una nueva idea de ciencia colaborativa.

Es hora, por tanto, de tomarse en serio la democratización del conocimiento, la transición epistemológica natural entre un mundo cerrado y ensimismado, descontextualizado, a otro abierto, cooperativo y situado. Es hora, en definitiva, de crear las condiciones para construir una sociedad de comentaristas e intérpretes lúcidos e informados, críticos y concernidos, que se sirvan de los hallazgos científicos para generar formas de sociabilidad pactadas y consensuada, y a eso puede contribuir la creación de Makerspaces en bibliotecas públicas: Las bibliotecas públicas como lugares de producción de conocimiento y comunidad. Ni siquiera un fallo o un desacierto deslegitimaría el esfuerzo por sumar las inteligencias y por implicar en la labor de producción de conocimiento a quienes se sientan motivados o concernidos. Si no está nadie hoy en día, por su carácter todavía incipiente, capacitado para sentenciar qué modalidad de trabajo es más eficiente, más innovadora, sí estamos legitimados para ensayar nuevas fórmulas y modalidades de colaboración y de agregación de inteligencia.

¿Serán así las nuevas bibliotecas, espacios híbridos donde dibujemos un nuevo atlas del conocimiento en el que la participación activa de los usuarios tenga al menos tanto valor como la del acreditado conocimiento de los autores de textos? Discutiremos sobre todo ello el próximo día 23 de marzo en Medialab Prado Madrid.

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Los enemigos de los libros

En el año 1880 muchos hombres de letras estaban seriamente preocupados por la preservación de aquello que les procuraba el incesante gozo de aprender y conocer, de aquello que abastecía el inagotable festín de la curiosidad, de aquello que colmaba y saciaba su insaciable apetito de saber. Para aquellos hombres que nacieron en la era en la que el libro ocupaba el centro exacto del ecosistema de los medios, que habían construído enormes bibliotecas como templos consagrados a la sed de saber, perder uno solo de sus libros por el efecto de los agentes naturales -bien fuera el fuego, el agua y la humedad, el polvo y el abandono-, del voraz apetito de los insectos o de la ignorancia y el fanatismo del género humano era una suerte de accidente que debía evitarse. Los enemigos de los libros fue el recetario que a tal efecto redactó William Blades, un erudito, impresor y bibliógrafo que impulsó la creación de la Library Association.

“La posesión de todo libro antiguo”, escribía Blades, “es una encomienda sagrada, de tal suerte que cualquier propietario consciente de lo que tiene, o cualquier custodio, debería pensar que ignorar su responsabilidad en la materia es igual que para un padre dejar de atender a su hijo. Un libro antiguo, cualquiera que sea su contenido o su mérito interno, es en realidad una porción de la historia de u país. Podemos imitarlo, imprimirlo en facsímil, pero nunca podemos reproducirlo con exactitud y, como documento histórico que es, hemos de conservarlo con todo cuidado”. Sacerdotes de un culto a lo escrito que no podían permitir la disolución de su objeto de culto. Desde el punto de vista del intelectual, del hombre letrado y educado, la visión de una biblioteca repleta de innumerables posibilidades y potenciales descubrimientos debía suponer -sigue suponiendo hoy- una suerte de ubérrimo paraiso en la tierra, como tantos han expresado a lo largo de los siglos.

No debemos olvidar, sin embargo, que más de un siglo antes un paisano suyo, Jonathan Swift, describía en sus Viajes de Gulliver a una especie denominada Hoyhnhnm que, siendo en apariencia semejantes a un caballo común, poseían un sorprendente manejo de la razón, sin intermediación ni conocimiento de las letras, sin instinto alguno, porque eran seres plenamente razonables, “sin letras”, entregados a la tradición de lo oral para transmitir su conocimiento. “The Houyhnhnms have no letters, and consequently their knowledge is all traditional”, escribió Swift. El clérigo irlandés contraponía ya en el siglo XVIII a los hombres comunes, del pueblo, que siendo plenamente razonables e integrados desconocían por completo las letras, y a los intelectuales inadaptados que disfrutaban ya de la vasta e inabarcable memoria escrita recogida en los libros y que confiaban en consecuencia la transmisión del saber a ese artefacto. Un contemporáneo de Blades, Friedrich Nietzsche, andaba por la misma época dividido entre la líbido bibliofrénica y la tentación bibliocasmática, entre la adoración a los libros y la escritura y su total rechazo como un apósito innecesario o incluso fastidioso para la vida corriente. En una de sus reflexiones al respecto llegó a escribir: “nosotros los modernos” somos como “enciclopedias andantes incapaces de vivir y de actuar en el presente, obsesionados por un sentido histórico que lesiona y finalmente destruye la materia viva, sea un hombre, sea el pueblo, sea un sistema cultural”.

En las culturas orales todo el mundo participa natural y activamente del acervo cultural, y la memoria histórica como tal apenas existe, porque no se conserva registro escrito de ella; en todo caso se manipula a conveniencia de cada generación, de acuerdo a un principio de amnesia estructural que todas las culturas orales poseen. Solamente al precio del aislamiento y la soledad cabría pensar que algún miembro de una sociedad oral no participara de la encomienda común. La paradoja que los textos de Swift y Nietzsche resaltan, en un momento de apogeo de la cultura libresca, de la construcción de las grandes bibliotecas que como templos albergarían ese culto, es que en las culturas alfabetizadas, que giran en torno al libro, muy pocas personas pueden obtener una visión global y completa del significado de lo que viven, apenas rascan la superficie del conocimiento erudito, porque la cantidad creciente de libros es tan inabarcable, que aboca a la renuncia y a la segregación. Paradoja entre las paradojas en las sociedades contemporáneas, sin duda, que estos y otros biblioclasmáticos encarnaron entonces y ahora.

No puede leerse el libro de Blades, por tanto, sin su reverso complementario. No puede entenderse el amor fati por los libros sin comprender la aversión que puede provocar en quienes los amaron. El libro de William Blades, Los enemigos del libro, bellamente editado por Fórcola y prologado por Andrés Trapiello, es testimonio (parcial) de ello.

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La biblioteca omnívora

En el año 77 del pasado siglo Marshall McLuhan escribió en City as classroom: understanding language and media:

Hoy, en nuestras ciudades, la mayor parte de la enseñanza tiene lugar fuera de la escuela. La cantidad de información comunicada por la prensa, las revistas, las películas, la televisión y la radio, exceden en gran medida la cantidad de información comunicada por la instrucción y los textos en la escuela. Este desafío ha destruido el monopolio del libro como ayuda a la enseñanza y ha derribado los propios muros de las aulas de modo tan repentino que estamos confundidos, desconcertados.

Casi cabría decir que todas las anticipaciones de lo que hoy le ocurre a la institución escolar y bibliotecaria se encontraban concentradas en esas pocas líneas: la ingente cantidad de información que sobrepasa lo que un mero libro de texto o un profesor puedan saber o transmitir; el declive del libro como única o principal fuente de información; la desaparición virtual de los límites entre los espacios cerrados del aprendizaje y las nuevas arquitecturas abiertas y ubicuas; la nueva correlación de roles entre profesores y alumnos y bibliotecarios y usuarios, donde la antigua relación de dependencia y pasividad queda ahora sustituda por una relación en pie de igualdad.

La lectura de ese párrafo me da pie a realizar diez observaciones y diez anticipaciones que son las que tuve la oportunidad de discutir la semana pasada en la sesión en la que me invitaron a intervenir los miembros del capítulo español de la Internet Society. Van listados y someramente explicados, casi telegráficamente:

  1. La biblioteca es una esfera cuyo centro está en todas partes, y este no es un acertijo medieval. Cuanto más se virtualiza, más central se vuelve, cuanto más se digitaliza, más omnipresente resulta;
  2. De manera correlativa, aprender, leer, investigar, se convierte en una tarea potencialmente ubicua, ilimitada en el tiempo y en el espacio, algo que reta a todas las burocracias conocidas de la educación;
  3. La digitalización supone una liberación porque dispensa a la biblioteca (a la escuela) de su mera condición de almacén. Liberarse significa repensarse, poner sus espacios a disposición de la comunidad para crear conocimiento de manera compartida, de ahí la proliferación de makerspaces, fablabs o, simplemente, cocinas;
  4. La biblioteca se parecía a una tienda de comestibles, donde uno pedía al tendero lo que necesitaba; hoy se asemeja más a una cocina, donde cada cual escoge los ingredientes de su propio plato;
  5. Cuanto más se desmaterializa (la biblioteca, la escuela), más se materializa, o lo que es lo mismo: para desmaterialzarse se necesita una ingente cantidad de materiales. No parece existir vida espiritual más allá de la vida material;
  6. La era del libro como obra unitaria autocontenida, parece haber terminado. Hoy cada documento -del que es difícil determinar su tipología- se conecta con otros innmuerables documentos conformando un paisaje de datos inabarcable;
  7. el siglo XIX dio a luz el campo cultural y editorial autónomo y, con él, una jerarquía más o menos clara de actores y productores; la proliferación de contenidos generados por los usuarios mediante herramientas de autopublicación transfigura por completo el sentido de la autoridad derivado de la posición ocupada en ese campo;
  8. sin jerarquías claras, en un paisaje de datos inabarcable y una tipología documental híbrida, el bibliotecario es el único que debe mantener la cabeza clara para enhebrar de alguna manera el posible sentido de las cosas;
  9. si “la mayor parte de la enseñanza tiene lugar fuera de la escuela”, como decía McLuhan, también la mayor parte de la lectura, la investigación y el trabajo tienen hoy lugar fuera de sus respectivos lugares tradicionales. Carece de sentido seguir distinguiéndolos.

Con el atrevimiento de todo profeta que sabe que la realidad se encargará de ponerle en su lugar, me atrevo con diez vaticinios correlativos:

  1. Dentro de algunas décadas, solamente existirá una biblioteca (o tantas como usarios existan);
  2. Los nuevos analfabetos serán aquellos que no sepan usar la información;
  3. El libro, como creación, como identidad intelectual y estética, se desmorona. En su lugar surgen posibilidades inmensas que aún no sabemos identificar;
  4. El futuro de la enseñanza y el aprendizaje serán digitales, y para el caso de la educación superior, la mitad de las universidades desaparecerá. En su lugar proliferarán las iniciativas relacionadas con las universidades nómadas, las P2P, las que promueven relaciones informales de otra índole;
  5. En dos décadas no existirán las aulas, no se distinguirán del exterior. Lo importante serán los entornos personales de aprendizaje (digital);
  6. Los ciudadanos serán sabios, porque tendrán la capacidad de intervenir en los asuntos que la ciencia gestiona. El Open Access contribuirá de manera determinante a que eso suceda;
  7. De hecho, a finales de siglo dispondremos, al menos, de más de mil millones de contenidos bajo licencias Creative Commons;
  8. Nuestros hijos no conocerán un mundo meramente offline. Deberíamos hablar de onlife,
  9. En realidad, nada nunca estaráofflline (más de 5000 millones de objetos están ya conectados a la web);
  10. Los robots ganarán la Champion League en el 2050.

En esa gloriosa entrevista que McLuhan concedió aPlayboy en el año 1969, podía leerse:

Siempre ha sido el artista el que ha percibido las alteraciones en el hombre causadas por un nuevo medio, quien ha reconocido que el futuro es el presente, y ha utilizado su trabajo para preparar el terreno. Pero mucha gente, desde el conductor de camiones hasta los Brahamanes, son felizmente ignorantes de lo que los medios les están haciendo; inconscientes de que, a causa de sus efectos generalizados sobre el hombre, es el medio en sí mismo el que se convierte en el mensaje, no el contenido, inconscientes de que el medio es también el mensaje –de que, todos los juegos de palabras a un lado–, altera, satura, moldea y transforma el equilibrio de todos nuestros sentidos.

El medio transformará por completo, qué duda cabe, a la biblioteca, a la escuela y al centro de investigación.

El esplendoroso futuro de la biblioteca estará, quizás, en dejar de serlo para abarcar, de manera ubicua y omnívora, todo tiempo, recurso y lugar.

[Debo el título a @chimosoler]

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El papel educador de la biblioteca

En el Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas, celebrado en el mes de noviembre en la ciudad de Badajoz, tuve la oportunidad de dialogar con Ramón Salaberría, director de la Biblioteca Vasconcellos de México D.F., con Kerwin Pilgrim, director del servicio de Educación de adultos de la Biblioteca Pública de Brooklyn, con la moderación de Hilario Hernández, Director de Investigación de la FGSR, sobre el papel educador de la biblioteca, sobre la necesidad de una profunda transformación acorde al papel que las instituciones públicas deberán jugar en un ecosistema en el que el conocimiento se democratizará y estará, en buena medida, al alcance de cualquiera.

 

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Las bibliotecas en la nueva geografía del conocimiento

Para intentar entender la evolución de una institución ancestral como es la de la biblioteca, hay que salirse fuera de ella. Para intentar vislumbrar cómo serán en el futuro esas instituciones que arrastran un imaginario ligado al siglo XVII, hace falta mirar alrededor, salirse de la acolchada burbuja de las salas de lectura y abandonar la idea de que el conocimiento solamente reside allí, y de que los bibliotecarios son aquellos que han sido designados para clasificarlo, ordenarlo, custodiarlo y dar (o no) acceso a su consulta. Ese lastre histórico, que tuvo su sentido y que tiene una clara genealogía histórica, marca todavía el sentir de muchos bibliotecarios y su práctica cotidiana: la certeza de que el mundo puede ser ordenado y clasificado mediante thesaurus y otros vocabularios similares que dividen el mundo de manera arbitraria; de que el conocimiento está principalmente ligado a un solo soporte, el del libro, donde se han sedimentado milenios de sabidura; de que los bibliotecarios son los cancerberos que custodian celosamente el acceso a tan preciados bienes, todo dentro de una lógica logocéntrica que determina el diseño de los espacios y las normas de lectura y consulta (en silencio, separadamente, de manera reflexiva y recogida, acatando ciertas normas de aislamiento e incomunicación).

Todo eso tuvo su sentido pero intentar comprender la evolución futura de las bibliotecas basándose en ese punto de vista, nos haría olvidar lo que está ocurriendo en derredor, y las bibliotecas son solamente instituciones sometidas a las mismas tensiones que el resto de las empresas humanas.

Las bibliotecas, como las placas tectónicas, sufren una deriva que ni ellas mismas advierten, pero que las transformará de una manera irreversible:

  • La aparición de Internet ha tenido como consecuencia no solamente la transformación de los soportes y las maneras en que consumimos y compartimos la información, sino que ha traído consigo la posibilidad de que cualquiera pueda generar contenidos. Internet -hay que repetirlo una vez más- democratiza la posibilidad de que cualquiera comparta una porción significativa del conocimiento que posee, de ahí que uno se pasme ante la cantidad ingente de contenidos que cada minuto se suben a YouTube, Wikipedia, WordPress o cualquiera de las plataformas que facilitan ese intercambio.
  • La explosión de los medios digitales como forma predilecta de producción, circulación y uso del conocimiento hace que los libros tradicionales ya no ocupen, forzosamente, el centro del ecosistema informacional;
  • Los sabios debebn bajarse de sus torres y admitir que, por fin, una nueva sociedad de intérpretes cualificados está adviniendo: apenas quedan resquicios ya de ese resabio clásico en el que existía una clara separación entre el experto y el supuesto amateur: las jerarquías tradicionales entre unos y otros se desvanecen y surgen nuevas formas de articulación entre el saber experto y el saber común.
  • La educación a lo largo de la vida, esa reclamación que ya estaba presente en el informe del Club de Roma del año 79, No limits to learning, se hace ahora realidad: la biblioteca debe ser el espacio que encarne esa posibiliad;
  • La sociedad red, por otra parte, exige formas relacionales de gobernanza de las organizaciones -incluidas las bibliotecas-, basada en nuevas formas de regulación, cooperación y horizontalidad. Si los expertos ya no disponen de la supuesta exclusividad en la producción de conocimiento, surgen nuevas formas del saber que piden desarrollarse en contextos espaciales más abiertos y complejos.
  • El hacer, en  buena medida, se impone -en un nuevo giro epistemológico- como principio rector mediante el cual se genera ese nuevo conocimiento (el movimiento Maker y DIY lo atestiguan), de manera que los usuarios no solamente se valen de los libros como tecnología prinicipal de acceso al saber, sino de nuevos instrumentos y herramientas para generar conocimiento compartido;
  • Nos encaminamos hacia una nueva sociedad de intérpretes cualificados -en cierta forma más compleja y discontinua- contra el automatismo de los lectores tradicionales -en cierta maner, más simple y lineal-.

Lo quieran o no, lo presientan o no, las bibliotecas pasarán a formar parte de una nueva geografía del conocimiento y la innovación más centrada en los usuarios y en el conjunto de herramientas y servicios que deben poner a su disposición para que puedan no solamente consumir contenidos, sino generarlos y compartirlos. Y los bibliotecarios tendrán que redefinir sus funciones, su papel y sus competencias, porque ya nunca más serán como aquel bibliotecario caricaturizado por Umberto Eco que estaba dispuesto a asesinar por preservar el acceso a las colecciones que custodiaba.

Esta semana he tenido la oportunidad de tratar este mismo asunto en dos foros distintos: en Liburutekia 2014, celebrado en Bilbao, y en el VII Congreso Nacional de Biblioteca Públicas, y la conclusión ha sido obviamente la misma: las bibliotecas deben pensarse fuera de ellas mismas, atentas a lo que ruge en su entorno, como hitos de una nueva geografía del conocimiento.

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Diseñar la escuela y la biblioteca del futuro

Que el espacio se organiza siguiendo una lógica social, es algo que sabemos hace mucho tiempo. Que el espacio, una vez que ha sido configurado de una determinada manera, influye en nuestra manera de percibir, pensar y hacer las cosas, es parte de ese círculo causal que no tiene principio ni fin. Diseñar un espacio, por tanto, es algo propiamente político; es más: es una herramienta estratégica de primer orden, absolutamente alejada de lo decorativo o lo ornamental, porque influye de manera determinante en nuestro comportamiento presente y un nuestra previsible conducta futura. No está muy de moda citar a Foucault, pero las escuelas han sido espacios disciplinarios más cercanos a las prisiones que a lugares de encuentro y trabajo en común, y las bibliotecas han reproducido esa lógica fabril del trabajo aislado y repetitivo propio de siglos anteriores. Todo empieza, por tanto, por el diseño, o por ser más exactos, por la intersección entre el diseño, la pedagogía y la organización. El espacio encarna la lógica y la dinámica pedagógica que defendamos y si creemos -como es el caso-, que debemos facilitar el trabajo colaborativo, la autoorganización y la persecución de fines consensuadamente establecidos, que favorezcan la asunción de la máxima responsabilidad en el propio proceso de aprendizaje, entonces no cabe seguir pensando que nuestras aulas o nuestras bibliotecas sigan pareciéndose, morfológicamente, a las que conocimos, sino que tienen que variar hasta convertirse en lugares en los que, silenciosa y subrepticiamente, se amparecen esos proceso.

Una de las mejores conferencias sobre educación que he escuchado nunca, “Designing for a better world starts at school“, es la que impartió en TED Indianápolis Rosan Bosch, arquitecta sueca encargada de diseñar la escuela Vittra Telefonplan. Basta contemplar el diseño de los espacios -lugares de trabajo compartido, espacios de introversión y reflexión, sitios de encuentro y cooperación, espacios para la exposición, medialab y biblioteca, lugares para la incubación y desarrollo de proyectos, sitios para danzar o ejercitarse, espacios móviles y flexibles fácilmente adaptables a las necesidades que puedan presentarse- para convenir, como proclama Bosch al principio de su conferencia, que la premisa a partir de la cual diseñó esa escuela fue la de contribuir a crear ciudadanos capaces de aprender por sí mismos, de fijar sus metas, de responsabilizarse de su formación, de recrearse haciéndolo. En el fondo, como relata al hablar de la experiencia de su propio hijo, conseguir que cualquier niño percibiera esa escuela como un entorno al que quiere ir, del que no querer salir, donde no cupiera establecer una diferencia entre aprender y disfrutar.

Las mismas premisas fueron las que llevaron a convertir una vieja fábrica en Minessota en la Harbor City International School (HCIS), un espacio educativo nada convencional construido sobre las mismas premisas pedagógicas. Para diseñar ese espacio se tuvieron en cuenta 32 parámetros o dimensiones distintas, tal como puede leerse en “Design Features for Project-Based Learning“.

El resultado, tal como puede seguirse en “Designing a High School for Collaborative, Project-based Learning“, fue el de la creación de espacios de tamaño variable, de espacios de trabajo individual, de lugares pensados para la presentación publíca de los resultados, de lugares donde se preservara la intimidad y la reserva que la lectura y el estudio requieren, de sitios donde poder acceder con facilidad a bebidas y alimentos, de laboratorios con herramientas digitales, de incubadoras de proyectos. Un espacio concebido, en definitiva, para propiciar una forma de aprendizaje enteramente distinta a la que hemos conocido hasta hoy.

Esos mismos antecedentes son, a mi juicio, clara y sencillamente trasladables a las bibliotecas, con más razón aún si de lo que habláramos fuera de bibliotecas escolares, concepto que seguramente haya perdido ya toda delimitación física y solamente tenga sentido como espacio de trabajo integrado en un espacio educativo superior.

Diseñar el futuro de la educación y del aprendizaje pasa por diseñar, conscientemente, los espacios que lo propician y lo acogen.

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Mantengamos la calma…

 

Quedan pocas certezas para el 2014… pero continuemos leyendo…

… y mientras haya una librería…

…o una biblioteca cerca… no todo estará perdido.

Keep calm y feliz 2014.

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Crear, aprender, descubrir y compartir

Que las bibliotecas han ocupado siempre un espacio principal en el seno de sus comunidades es casi una obviedad, única veta de acceso público e indiferenciado al conocimiento allí donde las dotaciones o la voluntad faltaban. Que en los últimos años han comenzado a desplegar nuevos servicios y atenciones a sus usuarios vinculados con el uso de los dispositivos digitales o con la animación a la lectura, es una realidad contrastada. Que muchas de ellas han entrado de lleno en el uso de las redes sociales para propiciar un contacto y generar una relación más estrecha con sus lectores y beneficiarios, pone en evidencia el compromiso y el dinamismo de sus profesionales. Es, sin duda, uno de los gremios que más y mejor ha comprendido que su función principal es la de proporcionar más y mejores servicios a la comunidad que justifica y financia su existencia. La mayoría de ellos vencieron hace tiempo la tentación de acurrucarse dentro de la burbuja de silencio y seguridad que las paredes de las bibliotecas proporcionan, dedicados a ordenar y a clasificar el mundo, a prestar una pequeña proporción de lectura y conocimiento a sus usuarios.

Mañana miércoles y hasta el próximo viernes, en el marco de la Feria del Libro de Madrid, se inician las jornadas sobre “Nuevas lecturas, nuevas bibliotecas“, en las que intervendrán, entre otros, José Antonio Marina, Antonio Basanta, Manuel Gil, José Antonio Millán, José Manuel Lucía, Javier de la Cueva, Antonio Mª Avila, Mónica Ferández, Bernat Ruíz y yo mismo.

Aun cuando todo lo anterior sea cierto y el afán de mejora de las bibliotecas parezca, en general, incuestionable, su recorrido futuro debería tener en cuenta cuatro vectores fundamentales de desarrollo que convertiré en diez puntos por el prestigio y contundencia que los decálogos tienen:

  1. Las bibliotecas deben convertirse en el centro neurálgico de las comunidades de las que forma parte, esa debe ser, al menos, su aspiración y su vocación;
  2. Las bibliotecas deberían adoptar, tanto en la concepción de sus actividades y servicios como en el diseño de sus espacios y herramientas, el formato de los Hubs contemporáneos, de esos lugares que son, a la vez, espacios de creación y aprendizaje, de discusión y descubrimiento, de participación y colaboración. No se trata de que abandonen sus prácticas tradicionales, sino de que incorporen todas aquellas que la comunidad demanda y encuentra, ahora mismo, en otros espacios;
  3. Las bibliotecas deberán integrar a sus usuarios en el diseño, desarrollo y gestión de los nuevos servicios y actividades, poniendo en sus manos los espacios y los recursos necesarios para que puedan conducirlas con éxito;
  4. El uso de las redes sociales y de los espacios virtuales de conexión deberá servir para fortalecer el sentido de comunidad y de intereses compartidos;
  5. Lo físico y lo virtual son las dos caras de una misma moneda y no cabe desmembrarlos ni tratarlos como ámbitos distintos o disparejos, antes al contrario: el contenido y el conocimiento al que los usuarios deben tener acceso se desperdiga hoy en distintos soportes y formatos y el discurso que los bibliotecarios deben ayudar a reconstruir, el sentido que deben contribuir a restablecer, se encuentra por igual en el anverso y el reverso de la realidad;
  6. En la afirmación previa está contenida una obviedad: el préstamos de contenidos, herramientas y materiales será, indistintamente, físico y virtual, presencial o remoto;
  7. Es cierto que la sostenibilidad, la continuidad de la red de bibliotecas públicas está en entredicho, que sus infraestructuras y dotaciones son costosas, pero su importe estará justificado mientras sea capaz de convertirse en el núcleo de referencia de su comunidad y mientras incorpore mejoras en sus métodos de gestión interna;
  8. En esto, deberá abrirse a la posibilidad, por ejemplo, de incorporar, dar cabida y respaldo, a otras actividades y otros servicios públicos que quieran utilizar sus espacios, mucho más flexibles y adaptativos que antaño;
  9. Los bibliotecarios deberán asumir la formación continua como una divisa irrenunciable: usuarios avanzados de tecnologías y servicios digitales; dinamizadores de los espacios de creación, aprendizaje y colaboración; cartógrafos del nuevo mapa de la información;
  10. Los usuarios deberán recibir, también, formación específica adaptada a las necesidades de los tiempos: uso y manejo de las tecnologías digitales, de los nuevos soportes de lectura y consulta; dinamización lectora tanto para los soportes tradicionales como para los soportes digitales mediante el diseño de las actividades pertinentes y la convocatoria de clubs de lectura presenciales o virtuales; manejo y reconstrucción de las distintas fuentes de contenido e información que la biblioteca proporciona, etc.

Crear, aprender, descubrir y compartir: de esto y de algunas otras cosas relacionadas con el ocaso del ecosistema editorial tradicional hablaré el próximo viernes a las 10,45 Am.

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El préstamo bibliotecario digital

Es obvio que las bibliotecas, públicas y universitarias, tenderán a prestar contenidos digitales de manera creciente. Resulta incontrovertible que las bibliotecas adquirirían, cada vez más, una condición de ubicuidad inusitada, porque allí donde estemos estará la biblioteca que nos acompaña, o el acceso a los contenidos que las bibliotecas nos proporcionen. El hábito de lectura en dispositivos digitales -manifiestamente mejorable, por otra parte, como discutiremos en Liber la semana que viene-, crecerá, no cabe la menor duda. Y el papel de las bibliotecas, como servicio público que debe garantizar el acceso igualitario a la cultura y el conocimiento, como espacio de civlización privilegiado donde caben todas las opiniones y disensiones mientras se diriman racionalmente, tendrá como cometido sostenido el de abastecer a sus usuarios de los contenidos digitales que demanden.

Las bibliotecas universitarias tienen en alguna medida este problema resuelto mediante soluciones propias en forma de catálogo colectivo que proporciona acceso compartido a los recursos científicos generados por sus socios o plataformas comerciales que dan acceso, con una serie de restricciones (de impresión, de visualización o de otra índole), al patrimonio bibliográfico de los catálogos de esas mismas bibliotecas o al catálogo de los editores que hubieran confiado en esa plataforma de transacción y préstamo bibliotecario.

Las bibliotecas públicas deben hacer otro tanto si es que no quieren quedar a la zaga, absortas en una era pretérita. Bibliotecas pioneras, como la Pública de Nueva York, resolvieron ese asunto hace tiempo confiando la gestión de sus activos a una plataforma comercial, la que pasa por ser la más grande y activa del mundo, Over Drive. El revuelo en el patio bibliotecario ha llegado esta semana, sin embargo, con el anuncio largamente cocinado y hace poco anunciado del préstamo promovido por Amazon, la gran librería virtual.

Mientras nuestros bibliotecarios discurren cómo abordar esta cuestión ineludible del préstamo digital, suceden simultáneamente tres cosas no necesariamente óptimas para la red pública:

  • Amazon y Google están ya instalados en España y su estrategia pasará, sin duda alguna, por propiciar y facilitar esta posibilidad, y serán ellos quienes administren la riqueza de los metadatos que se generen en esas transacciones, utilizándolos para sus legítimos propósitos comerciales;
  • Libranda es nuestra única plataforma de distribución digital centralizada, a la fuerza y de hecho, después de sucesivos traspies y tiros errados, y es posible que aspire de manera igualmente legítima a emular a Over Drive (también se hablará de ellos en Liber, cómo no). Las bibliotecas públicas han comenzado, a tientas, a pergeñar lo que podría ser un contrato que les permitiera acceder a los todavía parcos 4000 registros de Libranda, pero el fruto aún no ha madurado;
  • Los editores no entienden todavía que sacarían mucho más provecho de sus catálogos y de su cartera de autores generando su propia plataforma, administrando los metadatos que de ahí puedan derivarse y negociando contratos con las redes de bibliotecas públicas y universitarias (por número de licencias, concurrentes o no; número total de préstamos; plazos temporales de préstamo; etc.), porque quizás sigan pensando que la venta unitaria es la base de su negocio, algo que en el ecosistema digital no será necesariamente cierto. El tráfico, el uso y la captación de la atención serán, sin duda alguna, activos valiosos en el concurrido mercado de la atención. En algunos foros se asevera, incluso, que el préstamo electrónico acabará con el espectro de la pirateria, ese espantajo oscuro y malvado que los editores suelen sacar en andas.

El préstamo bibliotecario digital es, como dice Peter Brantley, un asunto B2C del que deberían adueñarse sus legítimos beneficiarios, editores, bibliotecas y lectores.

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Estadísticas sobre la lectura

Ya se sabe que las estadísticas son volubles y caprichosas, interpretables y zalameras, que se dejan hacer y querer. Eso es lo que me pasa, invariablemente, cuando consulto las estadísticas sobre hábitos de compra y lectura de libros, que siempre veo la botella medio vacía mientras que, quienes las confeccionan, la ven medio llena.

De acuerdo con los datos de la encuesta sobre Hábitos de lectura en la Comunidad de Madrid 2010, publicada a finales del mes de enero de este 2011, las cosas van sobre ruedas: los lectores frecuentes han crecido desde el año 2004 hasta hoy en un 17%, de forma que un 58.3% de los madrileños declaran que leen con asiduidad. Un 71,2% se considera así mismo, mirándose en el espejo bruñido que le tiende el encuestador, lector, a secas. Además de eso, un 60,6% de los encuestados telefónicamente declara haber comprado libros durante el año 2010, y un 30.7% haberse acercado a alguna biblioteca municipal.

Aceptar pulpo como animal de compañía suele ser una táctica que demora el encuentro con la realidad: por lector frecuente, si uno hurga un poco en las estadísticas propuestas, se entiende aquel que lee una vez a la semana. Si a mi me preguntaran si me considero un deportista de élite yendo una vez semanalmente al gimnasio, no creo que respondiera que sí, aunque quizás lo reconsidere. En cuanto a qué se entienda por lectura, no se especifica: vale lo mismo un panfleto gratuito entregado en las escaleras del metro o los Diarios de André Gide. El ejercicio mecánico de la lectura no comporta -como sabemos hace ya mucho tiempo- ni comprensión ni discernimiento, problema en el que andamos enredados hace bastante tiempo tal como demuestran las tercas estadísticas de PISA. Por seguir metiendo el dedo en el ojo ajeno, autorepresentarse como lector, no exige demostración alguna: basta con que uno declare serlo. Si los encuestadores tuvieran algo de dignidad antropológica, sabrían que cualquier declaración hay que situarla en la estructura del espacio desde el que se emite. Eso quiere decir, a palo seco, que en cualquier encuesta sobre hábitos culturales, incluidos los hábitos lectores, muchas de las respuestas manifiestan  la buena voluntad cultural condicionada de los encuestados, indefensos ante una pregunta sobre esas costumbres ilustradas. Si esa misma pregunta se localizara geográficamente en el mapa de la Comunidad de Madrid, tal como otros colectivos han realizado ya en alguna otra ocasión:  estadística y geográficamente –el norte y el sur de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, son un ejemplo nítido de ello- es sencillo seguir la correlación perversa que se establece entre la dotación cultural de partida, mermada, y la herencia recibida, igualmente reducida, de manera que los hijos de los que menos leen son los que menos leen y los que mayor fracaso escolar padecen, lastre que se sufrirá el resto de la vida. Es tan preocupante, desde el punto de vista político, que esa predeterminación siga marcando el destino de los jóvenes, que la intervención de las administraciones es perentoria en la evitación de la conexión negativa que se establece entre el origen y las oportunidades, entre el lugar de nacimiento y el acceso a las condiciones que permitan, al menos potencialmente, disfrutar de uno de los valores que sólo será verdaderamente universal cuando se dispensen las condiciones que permitan a todos disfrutar globalmente de ese valor.

Y una última cosa, que se me olvida: ese 60,6% que dice adquirir libros en realidad compra un libro al año, sí, uno. Ni dos ni tres, uno. Si el colectivo entrevistado dice leer una media de 9.2 libros al año y compra uno, es posible que el resto -quiero ser optimista, por un segundo- vaya a las bibliotecas públicas a pedirlo prestado. Pero no, parece que no: el 73% nunca pisa una biblioteca y el 27% restante lo hace alguna vez. Deberemos pensar, quizás, que el bookcrossing está en alza, que la gente intercambia los libros por las calles o que  los amigos se reúnen para comentar lecturas y prestarse libros… ¿O no?

¡Adelante, Madrid!

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