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El largo declive de las revistas culturales

Existen muchas razones, a mi juicio, por las que las revistas culturales -antaño un bastión de la vanguardia en todos los ámbitos de la cultura, fuera el cine,  la arquitectura, el teatro, la pintura, la crítica cultural o la ecología- están en franco declive hace ya una década:el desplome de los suscriptores que conformaban e

  • el desplome de los suscriptores, de aquellos incluso que, al menos teóricamente, deberían formar parte del target o grupo de interés de esta clase de revistas. En la competencia por el tiempo, el bien más escaso que poseemos, otras fuentes, formatos y soportes han ganado la partida;
  • el desinterés progresivo de los que deberían ser nuevos lectores por ese tipo de formato, de fuente y de lectura. No basta con constatar cuál es la naturaleza y el perfil de los lectores actuales (mayores de 45 años, con estudios superiores, varones y con ingresos por encima de determinada cantidad), sino que sería necesario entender la de los potenciales y esquivos lectores del futuro;
  • la desaparición casi total de los canales y puntos de venta tradicionales, antes en librerías con expositores específicos y en kioskos que reservaban un pequeño espacio para aquellas más renombradas y vendidas. El declive progresivo de la venta, como en cualquier círculo vicioso, llevó a que muchos puntos de venta decidieran dedicar esos espacios a algo más rentable y hoy en día parecen irrecuperables;
  • la huida de la publicidad a otros soportes más rentables, a espacios digitales con más tránsito y retorno, partida que parece, una vez más, pérdida irremisiblemente;
  • el auge incontenible de la edición digital, de la proliferación de nuevos espacios en la web, de la autoedición y de los canales personales en redes sociales que, sin reclamar formalmente el espacio propio de las revistas, las han sustituido de hecho;
  • la fallida metamorfosis digital de las revistas, no siempre por falta de voluntad, sino por incapacidad de concebir su arquitectura digitalmente y por pura incapacidad para financiar una operación cuyo retorno sigue siendo, a día de hoy, incierto.

Podemos poner encima de la mesa algunos argumentos más, algunas causas adicionales, pero hay uno sencillamente subsanable y de pura equidad pública que, sin embargo, está a punto de dar la puntilla a las pocas y valerosas supervivientes: la compra pública para Bibliotecas Públicas, bien de titularidad estatal, bien de titularidad autonómica. Para quien no lo sepa, el soporte adicional con que las revistas han contado siempre para financiarse y continuar y para cumplir con su vocación fundacional de difusión pública, ha sido la compra pública de ejemplares para las bibliotecas de las respectivas redes. A día de hoy, amparándose en los recortes aplicados a los presupuestos de cultura, las bibliotecas han despoblado los revisteros y todo ese patrimonio y capital cultural está a punto de perderse definitivamente, pervirtiendo el sentido mismo del cometido y fin de una biblioteca pública, que es el de poner a disposición de los ciudadanos las mejores obras de la producción editorial de un país.

La labor asociativa de las revistas en los últimos años ha intentado entender su realidad circundante para poner en marcha estrategias colectivas; ha generado espacios de colaboración, visibilidad y comercialización para facilitar el acceso a los usuarios generando una masa crítica de contenidos atractivas a precios razonables; y ha intentando ofrecer a sus socios contenidos y experiencias formativas para apuntalar y desarrollar su negocio. Todo eso, sin embargo, resultará incluso insuficiente ante la falta de apoyos públicos.

Puede que existan razones incontrolables para entender el largo declive de las revistas culturales pero resulta incompresible que la última estocada pueda asestársela la administración pública. ¿Alguien hará algo por detener esta larga hemorragia de la cultura?

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La biblioteca omnívora

En el año 77 del pasado siglo Marshall McLuhan escribió en City as classroom: understanding language and media:

Hoy, en nuestras ciudades, la mayor parte de la enseñanza tiene lugar fuera de la escuela. La cantidad de información comunicada por la prensa, las revistas, las películas, la televisión y la radio, exceden en gran medida la cantidad de información comunicada por la instrucción y los textos en la escuela. Este desafío ha destruido el monopolio del libro como ayuda a la enseñanza y ha derribado los propios muros de las aulas de modo tan repentino que estamos confundidos, desconcertados.

Casi cabría decir que todas las anticipaciones de lo que hoy le ocurre a la institución escolar y bibliotecaria se encontraban concentradas en esas pocas líneas: la ingente cantidad de información que sobrepasa lo que un mero libro de texto o un profesor puedan saber o transmitir; el declive del libro como única o principal fuente de información; la desaparición virtual de los límites entre los espacios cerrados del aprendizaje y las nuevas arquitecturas abiertas y ubicuas; la nueva correlación de roles entre profesores y alumnos y bibliotecarios y usuarios, donde la antigua relación de dependencia y pasividad queda ahora sustituda por una relación en pie de igualdad.

La lectura de ese párrafo me da pie a realizar diez observaciones y diez anticipaciones que son las que tuve la oportunidad de discutir la semana pasada en la sesión en la que me invitaron a intervenir los miembros del capítulo español de la Internet Society. Van listados y someramente explicados, casi telegráficamente:

  1. La biblioteca es una esfera cuyo centro está en todas partes, y este no es un acertijo medieval. Cuanto más se virtualiza, más central se vuelve, cuanto más se digitaliza, más omnipresente resulta;
  2. De manera correlativa, aprender, leer, investigar, se convierte en una tarea potencialmente ubicua, ilimitada en el tiempo y en el espacio, algo que reta a todas las burocracias conocidas de la educación;
  3. La digitalización supone una liberación porque dispensa a la biblioteca (a la escuela) de su mera condición de almacén. Liberarse significa repensarse, poner sus espacios a disposición de la comunidad para crear conocimiento de manera compartida, de ahí la proliferación de makerspaces, fablabs o, simplemente, cocinas;
  4. La biblioteca se parecía a una tienda de comestibles, donde uno pedía al tendero lo que necesitaba; hoy se asemeja más a una cocina, donde cada cual escoge los ingredientes de su propio plato;
  5. Cuanto más se desmaterializa (la biblioteca, la escuela), más se materializa, o lo que es lo mismo: para desmaterialzarse se necesita una ingente cantidad de materiales. No parece existir vida espiritual más allá de la vida material;
  6. La era del libro como obra unitaria autocontenida, parece haber terminado. Hoy cada documento -del que es difícil determinar su tipología- se conecta con otros innmuerables documentos conformando un paisaje de datos inabarcable;
  7. el siglo XIX dio a luz el campo cultural y editorial autónomo y, con él, una jerarquía más o menos clara de actores y productores; la proliferación de contenidos generados por los usuarios mediante herramientas de autopublicación transfigura por completo el sentido de la autoridad derivado de la posición ocupada en ese campo;
  8. sin jerarquías claras, en un paisaje de datos inabarcable y una tipología documental híbrida, el bibliotecario es el único que debe mantener la cabeza clara para enhebrar de alguna manera el posible sentido de las cosas;
  9. si “la mayor parte de la enseñanza tiene lugar fuera de la escuela”, como decía McLuhan, también la mayor parte de la lectura, la investigación y el trabajo tienen hoy lugar fuera de sus respectivos lugares tradicionales. Carece de sentido seguir distinguiéndolos.

Con el atrevimiento de todo profeta que sabe que la realidad se encargará de ponerle en su lugar, me atrevo con diez vaticinios correlativos:

  1. Dentro de algunas décadas, solamente existirá una biblioteca (o tantas como usarios existan);
  2. Los nuevos analfabetos serán aquellos que no sepan usar la información;
  3. El libro, como creación, como identidad intelectual y estética, se desmorona. En su lugar surgen posibilidades inmensas que aún no sabemos identificar;
  4. El futuro de la enseñanza y el aprendizaje serán digitales, y para el caso de la educación superior, la mitad de las universidades desaparecerá. En su lugar proliferarán las iniciativas relacionadas con las universidades nómadas, las P2P, las que promueven relaciones informales de otra índole;
  5. En dos décadas no existirán las aulas, no se distinguirán del exterior. Lo importante serán los entornos personales de aprendizaje (digital);
  6. Los ciudadanos serán sabios, porque tendrán la capacidad de intervenir en los asuntos que la ciencia gestiona. El Open Access contribuirá de manera determinante a que eso suceda;
  7. De hecho, a finales de siglo dispondremos, al menos, de más de mil millones de contenidos bajo licencias Creative Commons;
  8. Nuestros hijos no conocerán un mundo meramente offline. Deberíamos hablar de onlife,
  9. En realidad, nada nunca estaráofflline (más de 5000 millones de objetos están ya conectados a la web);
  10. Los robots ganarán la Champion League en el 2050.

En esa gloriosa entrevista que McLuhan concedió aPlayboy en el año 1969, podía leerse:

Siempre ha sido el artista el que ha percibido las alteraciones en el hombre causadas por un nuevo medio, quien ha reconocido que el futuro es el presente, y ha utilizado su trabajo para preparar el terreno. Pero mucha gente, desde el conductor de camiones hasta los Brahamanes, son felizmente ignorantes de lo que los medios les están haciendo; inconscientes de que, a causa de sus efectos generalizados sobre el hombre, es el medio en sí mismo el que se convierte en el mensaje, no el contenido, inconscientes de que el medio es también el mensaje –de que, todos los juegos de palabras a un lado–, altera, satura, moldea y transforma el equilibrio de todos nuestros sentidos.

El medio transformará por completo, qué duda cabe, a la biblioteca, a la escuela y al centro de investigación.

El esplendoroso futuro de la biblioteca estará, quizás, en dejar de serlo para abarcar, de manera ubicua y omnívora, todo tiempo, recurso y lugar.

[Debo el título a @chimosoler]

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El sueño de las bibliotecas digitales

En su alocución a la Grafstein Lecture del 15 de marzo del 2012, titulada “Books, libraries & the digital future“, Robert Darnton habló de la construcción de una biblioteca digital pública norteamericana, global y genérica, amparada bajo el sueño, ni más ni menos, de  Thomas Jefferson, que pretendía que el acceso al conocimiento y a las ideas se diseminara sin límites ni restricciones, como una vela que puede prender la mecha de otra sin perder por ello su propia luz.

Un proyecto de esta envergadura, decía, que tiene como propósito poner a disposición de todos los norteamericanos (y de todos aquellos que posean, obviamente, una conexión a la red) el patrimonio escrito digitalizado de su país, más allá de las propuestas  y acciones de Google o de cualesquiera otro agente que pretenda intervenir en esa carrera, se construye sobre los siguientes cimientos: sobre la idea fundamental de que existe un patrimonio cultural compartido del que nadie puede ni debe apropiarse, un digital commons que debe promoverse mediante la creación de una biblioteca pública; que no puede dejarse en manos de los editores, de los editores científicos en particular, la gestión del conocimiento, porque ese es un patrimonio colectivo del que no puede privarse a nadie. Los editores no solamente no añaden ningún valor a lo que los científicos han escrito, sino que lo gravan, además, con suscripciones prohibitivas y limitaciones de acceso  y circulación, algo que carece por completo de sentido cuando los creadores poseen los medios, además, de distribuir el fruto de su trabajo. “Google book search”, dice Darnton, literalmente, “is dead”.

La Grastein Lecture del año 2013 será impartida el próximo 5 de marzo por Joshua Gans, bajo el título “Information wants to be shared”, o la información desea y quiere ser compartida, fórmula en la que se resume el espíritu y el sueño de cualquier biblioteca digital. Para alcanzarlo, sin embargo, tal como argumentaba Darnton en el 2012, esta clase de iniciativas deben ser fruto de la colaboración público-privada, de un sistema distribuido de suma de colecciones,  y su financiación es posible si las partes planifican, presupuestan y trabajan en pos de la construcción de un repositorio público y colectivo que asegure el acceso igualitario, algo particularmente interesante y reseñable en nuestra situación actual, donde los grandes proyectos de digitalización del patrimonio escrito corren a cargo de instituciones privadas sin ánimo de lucro.

Ayer supimos que el Standford Prize for Innovation in Research Libraries, concedido anualmente por la Universidad de Standford, fue a parar a dos instituciones europeas: la Biblioteca Nacional de Francia, por la puesta en marcha y gestión de su proyecto Gallica Library , y la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, la biblioteda digital hispánica más grande y ambiciosa de entre las que  podamos contar. “El premio al que optaron 24 propuestas”, dice la nota de prensa publicada en el blog de la Biblioteca, “distingue programas, proyectos y servicios pioneros desarrollados por las bibliotecas de investigación de cualquier lugar del mundo. Según el jurado, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha merecido el reconocimiento por sus contenidos de primera calidad, entre los que destacan sus ediciones críticas integrales, utilizadas por la comunidad investigadora mundial. La organización ha subrayado que la Cervantes aborda los retos de las bibliotecas digitales mediante un diseño abierto y enfocado a los usuarios, con una arquitectura orientada a ofrecer servicios y un soporte de desarrollo en código abierto (open-source)”.

A veces los sueños, con cierto tesón y no sin dificultades, se alcanzan.

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La biblioteca ubicua

La biblioteca está, hoy, donde nosotros estemos. Este afirmación, bien mirada, es pasmosa, porque la biblioteca, tal como la hemos conocido y heredado, era ese lugar al que, como revelaba Pierre Bourdieu en El amor al arte, solamente se accedía cuando uno disponía de las credenciales culturales suficientes para hacerlo. Hoy, sin embargo, dotados de un dispositivo móvil, reunidos en torno a la mesa de un café, sentados en el banco de un parque, en un sofá, o en el respaldo del asiento de un tren en marcha, la biblioteca está con nosotros. La biblioteca es, hoy, ubicua,  “una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”, dice Bruno Latour en uno de los boletines de las Bibliotecas de Francia titulado Valorisation en production des savoirs en bibliothèque. Cuanto más se extienden, más centrales se vuelven: esa es la paradoja de la biblioteca contemporánea, que quizás ya no debería siquiera darse el mismo nombre, porque su misma ubicuidad, desprovista por tanto de los límites espaciales y arquitectónicos tradicionales, la convierten más bien en una esfera que abarca todo, que nos contiene allí donde nos encontremos, que nos engloba y nos envuelve.

Antes, las bibliotecas eran la culminación de un ecosistema particular, el del libro, ese paralelepípedo que encerraba y ordenaba un discurso sucesivo entre dos cubiertas y demandaba a autores y lectores que adoptaran ciertas convenciones expositivas, intelectuales y estéticas. La biblioteca ordenaba y clasificaba los libros con la voluntad no menos cierta y oculta de normalizar el mundo, de organizar nuestra experiencia y domeñar nuestra atribulada condición humana. Pero, ¿qué ocurre cuando la proliferación de los discursos, sus formatos y sus jerarquías explosionan y ya no caben en los anaqueles físicos de una biblioteca corriente? ¿Qué sucede cuando los nuevos usuarios, los jóvenes aborígenes digitales, persiguen argumentos deslavazados en mil formatos distintos  -videos, audios, textos en blogs, libros, webcams, redes sociales, etc.- que no respetan en absoluto la lógica cognitiva tradicional, el ordenamiento sereno del mundo que los libros proponían? Los libros, metafórica y realmente, unían, enlazaban, resumían y encuadernaban un conocimiento entre sus páginas y remitían mediante un aparato paratextual bien conocido (notas, bibliografías, etc.) a otras fuentes fundamentadoras; hoy todo eso ha saltado por los aires y la intertextualidad se ha convertido en un pandemonium de datos cuya imagen es difícil de discernir. ¿Quién nos guiará en ese nuevo datascape, el paisaje de datos que nos exigirá nuevas formas de escribir, leer y componer los fragmentos de información que vayamos encontrando? La nueva biblioteca, dice Latour, desata, desliga, lo que el libro había unido y desborda aquello que ésta había limitado.

Los bibliotecarios -si es que cabe seguir llamándolos así-, tienen una ardua tarea por delante: reinventar la síntesis que la explosión de los contenidos, los formatos y los documentos ya no permiten; educar en las nuevas competencias de lectura, escritura y composición de una arquitectura documental por completa distinta a la del libro; estabilizar determinadas versiones de conocimientos distribuidos en diferentes manifestaciones documentales vinculadas efímeramente por enlaces; enseñar a los demás a navegar por estos nuevos paisajes inexplorados de datos; reflexionar sobre lo que la autoridad significa en este nuevo entorno, intentando encontrar concreciones que permitan distinguirla. “La biblioteca”, dice Latour, “se convierte en algo todavía más importante que antes porque tiene que reinventar la síntesis que la explosión de los documentos ya no permite”.

Y, entonces, ¿cómo llamamos a ese sitio que antes llamábamos biblioteca y que ahora está en todas partes y tiene que encargarse de estabilizar un flujo incontrolable de datos interconectados y ayudarnos a dar forma a ese océano de información? “La máquina de la biblioteca”, afirma Latour, “se fusiona con la aulas y con los centros de investigación”, porque si cada uno de nosotros se ha convertido en su propio bibliotecario -capaz de buscar información, navegarla, elegirla, fragmentarla, reutilizarla, regenerarla, revertirla al flujo interminable de información-, no cabe distinguir claramente entre unos y otros espacios, que convergen y se fusionan, derribando sus muros. Los bibliotecarios, en todo caso, serán formateadores, sherpas de la información, guías de las nuevas formas de lectura, giroscopios capaces de estabilizar versiones fugaces y transitorias de la información.

Eso será, quizás, la biblioteca ubicua.

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The Open Library

Hace algunos días comentaba el artículo que Robert Darnton había publicado en The New York Review of Books instando a la creación de una Biblioteca Digital nacional en los Estados Unidos. Quienes conocemos y seguimos a Peter Brantley (@naypinya), cofundador del Internet Archive, sabíamos que algo se estaba cociendo hace tiempo en San Francisco: la semana pasada se confirmó.

Internet Archive lanzó la semana pasada la noticia de que había promovido la creación de la primera gran biblioteca digital de libre acceso, la Open Library, cuyas características principales son: un millón de títulos de dominio público disponibles sin restricciones; 70.000 títulos comerciales disponibles en préstamo temporal provinientes de la red de biblitoecas públicas que participan en el proyecto, en particular de la Boston Public Library, y del servicio de distribución de libros digitales Overdrive, acción no exenta de polémica -como señala The Wall Street Journal- por las implicaciones legales que tiene el préstamo digital en abierto (a través de la tarjeta de lector de bibliotecas públicas), pero que los bibliotecarios han sabido resolver intelectualmente aludiendo a los fines de su profesión en la era digital: Thomas Bake, de la biblioteca pública de Boston, ha dicho: “en lugar de quedarnos sentados epserando a que la gente regrese a las bibliotecas, hemos salido a buscarla hayá donde se encuentran”.

La biblioteca no es solamente cosa de los profesionales, además. En los tiempos que corren barridos por vientos digitales, cualquiera puede convertirse en un mecenas bibliográfico, añadiendo los textos, contenidos y registros que desee, generando con ello una biblioteca universal compartida, algo que se está convirtiendo en uno de los grandes fenómenos silenciosos de la red: la generación de bibliotecas temáticas digitales compartidas, función que cumple de manera sobresaliente Mendeley, esa otra biblioteca abierta que está transformando la manera en que leemos, consultamos y compartimos la literatura científica y profesional. Mendeley obtuvo en el año 2009 el TechCrunch Europe 2009 “Best Social Innovation Which Benefits Society” Winner.

Ante esta realidad pujante de bibliotecas digitales abiertas y centralizadas, fruto de la agregación de registros abiertos y comerciales, de contenidos de dominio público y comercial, de lecturas compartidas y literatura científica y profesional, ¿cuál es la estrategia y la posicion que deberían adoptar nuestras bibliotecas públicas y universitarias? Miremos a la Open Library.

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Lecciones nórdicas

Decía Jens Thorhauge, el director de la Danish agency for libraries and media, que la cuestión fundamental que subyace en todo el debate en torno al futuro de las bibliotecas públicas no es otro que el de encontrar su sitio en la construcción de la sociedad civil y democrática del siglo XXI, que la pregunta que cada bibliotecario tiene que hacer es de qué manera puede contribuir al desarrollo personal, cívico y político de los ciudadanos que la utilizan. Más aún: de qué forma puede y debe promocionar y orientar sus servicios para que alcancen a todos los usuarios potenciales salvando la brecha digital, las desigualdades de capital social y cultural que disuaden, más que ningunas otras, del uso de los recursos que las bibliotecas pueden ofrecer. Es posible que la nueva Alejandría sea nórdica: el rasgo más definitorio de la mítico biblioteca alejandrina quizás no fuera la acumulación de manuscritos y papiros, no tanto la cantidad como la intención, el deseo de conocer y reconocer al otro, de entender la alteridad que tenía el puerto de Alejandría como puerta de entrada, de abrirse al conocimiento de los demás y, con eso, de plantar las semillas de una sociedad más democrática.

Las bibliotecas ya no pueden ser por más tiempo esos espacios ensimismados en los que un profesional intentaba con tesón ordenar el mundo dotándole de alguna clase de sentido. Si bien es necesario preservar ese rasgo y generar espacios donde la lectura recogida y reflexiva pueda tener lugar, la nueva biblioteca tiene que abrirse al resto de las mediaciones al conocimiento y, con eso, redefinir y rediseñar sus espacios hasta convertirlos en lugares de encuentro, de conexión, de diversidad, de tránsito y, también, de aprendizaje y maduración democrática. Así es como se define así misma -y como nos contó Marie Ostergard- esa extraordinaria biblioteca de Aarhus que quizás sea una de las encarnaciones más acabadas de lo que hoy comprendemos por un espacio multiforme, polivalente y flexible, habilitado para el encuentro y el aprendizaje. Y la transformación no acaba ahí: la biblioteca sale al encuentro de quien la necesita, transciende sus paredes (aunque sean de cristal), y llega a los barrios periféricos y desafavorecidos; promueve programas de fomento de la lectura a domicilio; concibe bibliotecas itinerantes para camioneros; llega a los estadios deportivos; se hace presente en el puesto de trabajo o allí donde pudieran ser requeridos sus servicios.

Claro que en esta transición los profesionales deben reaprender su oficio, quizás reinventarlo, redefinirlo, todo en beneficio -y ahí es donde radica la grandeza de la vocación- de la fundamentación de una sociedad más abierta, libre, democrática e ilustrada en el siglo XXI. Integrar la biblioteca en la vida cotidiana; inventar y desarrollar nuevos y mejores servicios; ofrecer soluciones adecuadas y relevantes a toda la población.

Esa es la lección nórdica que yo puede aprender ayer en Barcelona.

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Taller de digitalización y prototipado editorial

El lunes comenzó en el Medialab de Madrid, con la organización del Máster en Edición de la Universidad de Salamanca (que codirijo desde hace años con José Antonio Cordón), el primer “Taller de digitalización y protipado editorial”, una iniciativa que pretende poner a disposición de todos los que quieran cabalgar la ola digital los medios y las herramientas que les permitan hacerlo. Es el primero de muchos otros que irán llegando poco a poco, una línea de trabajo e investigación que pretende abrirse, con grandes dosis de curiosidad y sentido lúdico, a la experimentación con las tecnologías digitales. Pero eso sí, con una característica especial: todo lo construimos nosotros, basándonos sobre hardware y software libre, para que no haya editores inforicos ni infopobres, sino, en todo caso, informados y desinformados.

La idea del “Taller de digitalización” es comenzar construyéndonos nuestro propio escáner de libros, cosa que Miguel Gallego -director de producción de una reconocida editorial y, más que nada, inquieto investigador de lo digital- está llevando a cabo hasta mañana miércoles. La máquina, que tiene el aspecto del que se ve en la foto, cuesta unos 200 €, y la calidad del escaneado con el OCR libre incorporado, es profesional. Escanearemos, pues, un texto con la máquina que hemos construido y con el software que  hemos instalado. El segundo paso será el que el mañana después del mediodía dé Francesca Marí Domènec, directora de producción del Taller Digital, uno de los lugares donde se arraciman alguno de los mejores editores digitales de este país. Responsable, entre otras cosas, de que los textos de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes estén dotados de inteligencia semántica gracias a su esmerado marcado, Quica enseñará a los asistentes cómo etiquetar o editar textos digitalmente con un software libre desarrollado a tal efecto.

Cuando tengamos nuestro texto editado digitalmente, Jesús Tramullas, uno de los pioneros de la introducción del software Greenstone en España, una distribución de software libre para bibliotecas patrocinada por la Unesco y desarrollada en Nueva Zelanda, instalará la aplicación, incorporará el texto digitalizado y marcado, y lo comunicará y distribuirá gratuitamente a quien quieran leerlo y consultarlo.

En una semana escasa habremos construido, reconstruido y documentado el proceso completo de digitalización, edición y distribución sobre aplicaciones de software libre y, principalmente, sobre el conocimiento que Miguel, Quica y Jesús nos han donado. ¿Quién podría decir, ahora, que no puede sumarse a la era digital?

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