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El nuevo atlas del conocimiento

Quizás una de las transformaciones más sorprendentes a la que estamos asistiendo en estas primeras décadas del siglo XXI sea la de la redefinición de lo que antes comprendíamos como centros del conocimiento: la Universidad, las bibliotecas, las escuelas. En la geografía tradicional del conocimiento esos tres hitos -y algunos otros- conformaban un mapa claro de los polos del saber, de aquellos lugares donde se iba a adquirir la doctrina necesaria para ejercer una profesión o para procurarse la erudición académica que abría las puertas de la sociedad científica. No es que ese rol haya quedado por completo desfasado, porque no cabe pensar en que nadie pueda participar cabalmente en un campo profesional o científico sin conocer ni dominar el lenguaje propio de sus predecesores, y eso suele adquirirse, al menos en buena medida, a golpe de lectura, reflexión y estudio.

Sin embargo los hitos de la geografía tradicional no son inamovibles, no son rocas irremovibles en un mapa estático del saber. El caso de las bibliotecas es particularmente interesante: durante al menos cuatro siglos (aunque la genealogía de la biblioteca pueda trazarse muchos siglos atrás) la biblioteca, como la biblioteca personal de Montaigne, era un lugar de recogimiento, de retiro y reflexión, de diálogo silencioso con los autores precedentes o contemporáneos, de profunda lectura meditativa, de recreo del alma. “Mi biblioteca”, decía Montaigne, “que es de las selectas para estar en un pueblo retirado, está colacada en un rincón de mi refugio”. Esa misma voluntad de repliegue y retirada, de silencio recogido y cavilación compartida, es la que ha guíado el diseño de los espacios de las bibliotecas, grandes, pequeñas y medianas, a lo largo de los últimos siglos. Claro que, como el mismo Montaigne advertía, “Yo no sé cómo acontece, pero acontece sin duda, que en los que se consagran a las letras y a los cargos que de los libros dependen, se encuentra tanta vanidad y debilidad de entendimiento como en cualquier otra clase de personas”. Y aún más: “Vuelvo de nuevo, y de buen grado, a hablar de la inutilidad de nuestra educación; tiene esta por fin hacernos no cuerdos y buenos, sino enseñarnos cosas inútiles, y lo consigue”. Ni las letras, ni los libros ni las bibliotecas eran ni son, por tanto, una garantía de sapiencia, al contrario: más bien una forma de recrearnos en lo fútil.

En los últimos años ha cobrado un auge inusitado una idea aparentemente contraria a lo que entendíamos hasta ahora como biblioteca: la de la apertura de espacios de colaboración y creación ciudadanos en los que, mediante el uso de distintas herramientas, digitales o no, conciben, desarrollan, documentan y prueban instrumentos cuyo fin suele ser el de resolver algún problema que afecta y preocupa a la comunidad. Una suerte de laboratorio ciudadano en el que personas de diferente procedencia se reúnen para sumar sus talentos y sus preocupaciones con la intención de contribuir a la resolución de alguna clase de asunto que preocupa a la comunidad. En estos nuevos espacios (que a veces utilizan nombres intercambiables aunque sean ligeramente distintos, Makerspace, Medialab, FabLab) prepondera la acción sobre la reflexión, la colaboración sobre el aislamiento, los errores sobre las soluciones. Se trata de grupos de personas concernidas que abren nuevas áreas de indagación epistemológica, a menudo cerradas o descuidadas por la ciencia tradicional, y en ese ejercicio marcan el camino de una nueva idea de ciencia colaborativa.

Es hora, por tanto, de tomarse en serio la democratización del conocimiento, la transición epistemológica natural entre un mundo cerrado y ensimismado, descontextualizado, a otro abierto, cooperativo y situado. Es hora, en definitiva, de crear las condiciones para construir una sociedad de comentaristas e intérpretes lúcidos e informados, críticos y concernidos, que se sirvan de los hallazgos científicos para generar formas de sociabilidad pactadas y consensuada, y a eso puede contribuir la creación de Makerspaces en bibliotecas públicas: Las bibliotecas públicas como lugares de producción de conocimiento y comunidad. Ni siquiera un fallo o un desacierto deslegitimaría el esfuerzo por sumar las inteligencias y por implicar en la labor de producción de conocimiento a quienes se sientan motivados o concernidos. Si no está nadie hoy en día, por su carácter todavía incipiente, capacitado para sentenciar qué modalidad de trabajo es más eficiente, más innovadora, sí estamos legitimados para ensayar nuevas fórmulas y modalidades de colaboración y de agregación de inteligencia.

¿Serán así las nuevas bibliotecas, espacios híbridos donde dibujemos un nuevo atlas del conocimiento en el que la participación activa de los usuarios tenga al menos tanto valor como la del acreditado conocimiento de los autores de textos? Discutiremos sobre todo ello el próximo día 23 de marzo en Medialab Prado Madrid.

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El largo declive de las revistas culturales

Existen muchas razones, a mi juicio, por las que las revistas culturales -antaño un bastión de la vanguardia en todos los ámbitos de la cultura, fuera el cine,  la arquitectura, el teatro, la pintura, la crítica cultural o la ecología- están en franco declive hace ya una década:el desplome de los suscriptores que conformaban e

  • el desplome de los suscriptores, de aquellos incluso que, al menos teóricamente, deberían formar parte del target o grupo de interés de esta clase de revistas. En la competencia por el tiempo, el bien más escaso que poseemos, otras fuentes, formatos y soportes han ganado la partida;
  • el desinterés progresivo de los que deberían ser nuevos lectores por ese tipo de formato, de fuente y de lectura. No basta con constatar cuál es la naturaleza y el perfil de los lectores actuales (mayores de 45 años, con estudios superiores, varones y con ingresos por encima de determinada cantidad), sino que sería necesario entender la de los potenciales y esquivos lectores del futuro;
  • la desaparición casi total de los canales y puntos de venta tradicionales, antes en librerías con expositores específicos y en kioskos que reservaban un pequeño espacio para aquellas más renombradas y vendidas. El declive progresivo de la venta, como en cualquier círculo vicioso, llevó a que muchos puntos de venta decidieran dedicar esos espacios a algo más rentable y hoy en día parecen irrecuperables;
  • la huida de la publicidad a otros soportes más rentables, a espacios digitales con más tránsito y retorno, partida que parece, una vez más, pérdida irremisiblemente;
  • el auge incontenible de la edición digital, de la proliferación de nuevos espacios en la web, de la autoedición y de los canales personales en redes sociales que, sin reclamar formalmente el espacio propio de las revistas, las han sustituido de hecho;
  • la fallida metamorfosis digital de las revistas, no siempre por falta de voluntad, sino por incapacidad de concebir su arquitectura digitalmente y por pura incapacidad para financiar una operación cuyo retorno sigue siendo, a día de hoy, incierto.

Podemos poner encima de la mesa algunos argumentos más, algunas causas adicionales, pero hay uno sencillamente subsanable y de pura equidad pública que, sin embargo, está a punto de dar la puntilla a las pocas y valerosas supervivientes: la compra pública para Bibliotecas Públicas, bien de titularidad estatal, bien de titularidad autonómica. Para quien no lo sepa, el soporte adicional con que las revistas han contado siempre para financiarse y continuar y para cumplir con su vocación fundacional de difusión pública, ha sido la compra pública de ejemplares para las bibliotecas de las respectivas redes. A día de hoy, amparándose en los recortes aplicados a los presupuestos de cultura, las bibliotecas han despoblado los revisteros y todo ese patrimonio y capital cultural está a punto de perderse definitivamente, pervirtiendo el sentido mismo del cometido y fin de una biblioteca pública, que es el de poner a disposición de los ciudadanos las mejores obras de la producción editorial de un país.

La labor asociativa de las revistas en los últimos años ha intentado entender su realidad circundante para poner en marcha estrategias colectivas; ha generado espacios de colaboración, visibilidad y comercialización para facilitar el acceso a los usuarios generando una masa crítica de contenidos atractivas a precios razonables; y ha intentando ofrecer a sus socios contenidos y experiencias formativas para apuntalar y desarrollar su negocio. Todo eso, sin embargo, resultará incluso insuficiente ante la falta de apoyos públicos.

Puede que existan razones incontrolables para entender el largo declive de las revistas culturales pero resulta incompresible que la última estocada pueda asestársela la administración pública. ¿Alguien hará algo por detener esta larga hemorragia de la cultura?

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Las bibliotecas como armas de alfabetización masiva

Las bibliotecas escolares han estado siempre arrinconadas, segregadas, desvinculadas de toda dinámica pedagógica; su carácter ha sido más el de almacén que el de espacio de creación; su uso temporal siempre estuvo limitado al de la incierta disponibilidad de profesores que percibían la función de bibliotecario como la de un destierro provisional. ¿Cómo podría ser de otra manera cuando el conocimiento se dividía en asignaturas infranqueables, cuando no existía coordinación alguna entre los claustros, cuando todo lo que era necesario aprender se encontraba en los libros de texto y era transmitido por un portavoz, el profesor, y cuando el aprendizaje no era otra cosa que memorización y reptición en el interior de un espacio confinado, el aula?

La biblioteca escolar no podía estar más que arrumbada, en el mejor de los casos, en un rincón desconocido del centro escolar al que sólo se accedía de manera ocasional y fortuita. Ese mismo desplazamiento, esa misma desvinculación, esa misma ubicación periférica, denotaba claramente su insignificancia.

Primera ocasión desaprovechada, sin duda, por que hoy sabemos perfectamente -como dejaran claramente establecido Betty Hart y Todd R. Risleyen  en The Early Catastrophe. The 30 Million Word Gap by Age 3-, que a la temprana edad de tres años los hijos de las clases culturalmente ricas han escuchado 45 millones de palabras; los hijos de las clases de familias obreras, 26 y los hijos de familias que viven de la beneficencia, 13-, extraordinaria diferencia de vocabulario que determinará varias cosas de manera casi indeleble: el desarrollo cognitivo, el éxito escolar, la capacidad de aprender a lo largo del resto de sus vidas, la predisposición a consumir determinados bienes culturales. De hecho, en uno de los últimos informes del National Literacy Trust, Lost for Words: Poor literacy, the hidden issue in child poverty. A policy position paper, recomiendan imperativamente que se incremente la conciencia entre los padres desfavorecidos de la disponibilidad de recursos locales (bibliotecas públicas y bibliotecas escolares, sobre todos). La biblioteca escolar podría haber contribuido a cauterizar esa brecha incial mediante el contacto regular con los libros, pero no fue así.

En 21st Century Skills: Learning for Life in Our Times, uno de los muchos documentos que dibuja las competencias necesarias para el siglo en el que vivimos, se entiende claramente que la dotación y los recursos de las bibliotecas tradicionales son insuficientes para satisfacer las demandas de los nativos digitales: enfrentarse creativamente a las incertidumbres de un futuro incierto resolviendo los retos que se planteen, compartiendo conocimiento y construyéndolo de manera lúdica, crítica y cooperativa (por resumir groseramente lo que plantean), requiere de una pedagogía completamente diferente, radicalmente distinta, y requiere también, naturalmente, de espacios donde eso pueda suceder, de espacios que faciliten e impulsen esa clase de trabajo. Y es imperativo hacerlo, además, porque de acuerdo con PISA 2009 results. Students on line. Digital technologies and performance, existe una correlación de un 0,83% de media entre los alumnos con mejor puntuación en lectura tradicional y lectura digital; o dicho de otra manera: que aquellos que han demostrado una competencia lectora sobresaliente tenderán a mostrar, de la misma manera, una competencia digital del mismo nivel. La biblioteca, de nuevo, como segunda oportunidad para habituar a quienes no han tenido oportunidad en sus entornos familiares al contacto con los medios y soportes digitales.

Los arquitectos más conscientes de que el espacio determina la experiencia de aprendizaje, han comenzado ya a realizar propuestas para que la biblioteca se convierta en el centro de la revolución escolar, un nuevo espacio en forma de laboratorio, hub o taller donde los alumnos puedan trabajar colaborativamente de forma no jerarquizada; donde puedan aprender mediante la resolución de proyectos de manera significativa; donde puedan aprender mediante el uso y análisis de múltiples fuentes de información. En Design Features for Project-Based Learning, se dan las claves que han de tenerse en cuenta a la hora de diseñar esos nuevos espacios híbridos que tan poco tendrían que ver con las bibliotecas tradicionales pero que conservan esa voluntad de espacio de creación y aprendizaje.

La Asociación de Bibliotecarios escolares norteamericanos ya fueron conscientes de eso hace unos cuantos años: en el documento Standards for the 21st Century Learner abogaron por una concepción extendida de las competencias y por la asunción de un nuevo papel dinámico  y transformador de las bibliotecas en ese escenario. “Las bibliotecas escolares”, opinan, “son indispensables para el desarrollo de las competencias de aprendizaje”, si bien para ello deben tranformarse completamente.

La semana pasada tuve la oportunidad de exponer estas y otras ideas ante los miembros de la Asociación Educación Abierta y, en algo más de una semana, podré hacerlo en el Festival de Literatura y Artes Infantil y Juvenil. Las bibliotecas, en fin, como armas, instrumentos y medios de alfabetización masiva, espacios polivalentes puestos al servicio de la creación y el aprendizaje en la era digital, punto neurálgico sobre el que hacer pivotar la transformación pedagógica.

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Las bibliotecas en la nueva geografía del conocimiento

Para intentar entender la evolución de una institución ancestral como es la de la biblioteca, hay que salirse fuera de ella. Para intentar vislumbrar cómo serán en el futuro esas instituciones que arrastran un imaginario ligado al siglo XVII, hace falta mirar alrededor, salirse de la acolchada burbuja de las salas de lectura y abandonar la idea de que el conocimiento solamente reside allí, y de que los bibliotecarios son aquellos que han sido designados para clasificarlo, ordenarlo, custodiarlo y dar (o no) acceso a su consulta. Ese lastre histórico, que tuvo su sentido y que tiene una clara genealogía histórica, marca todavía el sentir de muchos bibliotecarios y su práctica cotidiana: la certeza de que el mundo puede ser ordenado y clasificado mediante thesaurus y otros vocabularios similares que dividen el mundo de manera arbitraria; de que el conocimiento está principalmente ligado a un solo soporte, el del libro, donde se han sedimentado milenios de sabidura; de que los bibliotecarios son los cancerberos que custodian celosamente el acceso a tan preciados bienes, todo dentro de una lógica logocéntrica que determina el diseño de los espacios y las normas de lectura y consulta (en silencio, separadamente, de manera reflexiva y recogida, acatando ciertas normas de aislamiento e incomunicación).

Todo eso tuvo su sentido pero intentar comprender la evolución futura de las bibliotecas basándose en ese punto de vista, nos haría olvidar lo que está ocurriendo en derredor, y las bibliotecas son solamente instituciones sometidas a las mismas tensiones que el resto de las empresas humanas.

Las bibliotecas, como las placas tectónicas, sufren una deriva que ni ellas mismas advierten, pero que las transformará de una manera irreversible:

  • La aparición de Internet ha tenido como consecuencia no solamente la transformación de los soportes y las maneras en que consumimos y compartimos la información, sino que ha traído consigo la posibilidad de que cualquiera pueda generar contenidos. Internet -hay que repetirlo una vez más- democratiza la posibilidad de que cualquiera comparta una porción significativa del conocimiento que posee, de ahí que uno se pasme ante la cantidad ingente de contenidos que cada minuto se suben a YouTube, Wikipedia, WordPress o cualquiera de las plataformas que facilitan ese intercambio.
  • La explosión de los medios digitales como forma predilecta de producción, circulación y uso del conocimiento hace que los libros tradicionales ya no ocupen, forzosamente, el centro del ecosistema informacional;
  • Los sabios debebn bajarse de sus torres y admitir que, por fin, una nueva sociedad de intérpretes cualificados está adviniendo: apenas quedan resquicios ya de ese resabio clásico en el que existía una clara separación entre el experto y el supuesto amateur: las jerarquías tradicionales entre unos y otros se desvanecen y surgen nuevas formas de articulación entre el saber experto y el saber común.
  • La educación a lo largo de la vida, esa reclamación que ya estaba presente en el informe del Club de Roma del año 79, No limits to learning, se hace ahora realidad: la biblioteca debe ser el espacio que encarne esa posibiliad;
  • La sociedad red, por otra parte, exige formas relacionales de gobernanza de las organizaciones -incluidas las bibliotecas-, basada en nuevas formas de regulación, cooperación y horizontalidad. Si los expertos ya no disponen de la supuesta exclusividad en la producción de conocimiento, surgen nuevas formas del saber que piden desarrollarse en contextos espaciales más abiertos y complejos.
  • El hacer, en  buena medida, se impone -en un nuevo giro epistemológico- como principio rector mediante el cual se genera ese nuevo conocimiento (el movimiento Maker y DIY lo atestiguan), de manera que los usuarios no solamente se valen de los libros como tecnología prinicipal de acceso al saber, sino de nuevos instrumentos y herramientas para generar conocimiento compartido;
  • Nos encaminamos hacia una nueva sociedad de intérpretes cualificados -en cierta forma más compleja y discontinua- contra el automatismo de los lectores tradicionales -en cierta maner, más simple y lineal-.

Lo quieran o no, lo presientan o no, las bibliotecas pasarán a formar parte de una nueva geografía del conocimiento y la innovación más centrada en los usuarios y en el conjunto de herramientas y servicios que deben poner a su disposición para que puedan no solamente consumir contenidos, sino generarlos y compartirlos. Y los bibliotecarios tendrán que redefinir sus funciones, su papel y sus competencias, porque ya nunca más serán como aquel bibliotecario caricaturizado por Umberto Eco que estaba dispuesto a asesinar por preservar el acceso a las colecciones que custodiaba.

Esta semana he tenido la oportunidad de tratar este mismo asunto en dos foros distintos: en Liburutekia 2014, celebrado en Bilbao, y en el VII Congreso Nacional de Biblioteca Públicas, y la conclusión ha sido obviamente la misma: las bibliotecas deben pensarse fuera de ellas mismas, atentas a lo que ruge en su entorno, como hitos de una nueva geografía del conocimiento.

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Las bibliotecas como redes de conocimiento

En el estupendo Library: an unquiet history, Matthew Battles escribía que el origen de las bibliotecas públicas -más allá de las bibliotecas clásicas y restringidas de la antigüedad- tenía mucho que ver con las revueltas obreras de mediados del siglo XIX y principios del XX, con la desestabilización social que la confrantación de clases provocó y con el reconocimiento contiguo, por parte de las élites intelectuales y económicas, de la necesidad de proporcionar a las masas obreras de formación básica universal y de acceso a los contenidos tenidos indispensables. Una apertura que tenía menos que ver, seguramente, con el altruismo puro de las clases ilustradas que con la creacion de un “espacio de civilización” y domesticación “del niño obrero” tal como aseguraran hace ya tiempo Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría en ese libro olvidado titulado Arqueología de la escuela.

Sea como fuere, la cuestión es que en las bibliotecas públicas se proporcionaba acceso a determinados contenidos en la forma y manera que la tecnología del momento determinaba: esto es, en el formato del libro en papel encuadernado y ordenado según las materias de los Thesaurus que se hubieran utilizado. Esa misma tecnología demandaba un consumo individual y silencioso del contenido prestado, y el espacio mismo de las bibliotecas se diseñó con el propósito de preservar tanto el supuesto orden del conocimiento como el de la privacidad de la lectura. El tiempo fue evolucionando y con él los soportes y las necesidades de los lectores, y las bibliotecas públicas fueron añadiendo nuevos recursos (Microfilms, CDs, DVDs, videos, terminales de ordenadores) y diseñando nuevos espacios para acoger las demandas de un público que demandaba algo más que la mera consulta callada de los contenidos que prestaba.

En el documento Plan estratégico del Consejo de Cooperación Bibliotecaria 2013-2015 y en el aún más reciente e interesante Prospectiva 2020, Estudio de Prospectiva sobre la biblioteca en el entorno informacional y social, se apuntan ya algunas de las ineludibles líneas de desarrollo de la futura biblioteca pública. Destacaré tres de ellas, las que a mi juicio más tienen que ver con uno de sus desarrollos más prometedores, las de convertirse en nodos de una red de generación de conocimiento:

  • la creación de comunidades activas de usuarios y lectores dentro de las bibliotecas, usuarios a las que debería invitarse a cogestionar parte del conocimiento que la biblioteca posee y genera;
  • la concepción de la biblioteca pública como un Agora o un espacio social de desarrollo del conocimiento y de la participación ciudadana, espacio en el que se oferten herramientas y recursos para su empoderamiento y capacitación, lugar que incorpore físicamente a su diseño esos nuevos lugares en los que hacer, pensar, dialogar e intercambiar sean tan indisolubles como factibles;
  • la conceptualización de la biblioteca como un espacio híbrido, flexible y acogedor al servicio de la sociedad, adaptado a los nuevos servicios comunitarios que oferte;

No es quizás casualidad que en el próximo Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas, que tiene como lema “Conectamos contigos”, una de sus tres líneas fundamentales de trabajo sea, precisamente, la “participación ciudadana: Cooperación ciudadana, ante la situación de incertidumbre que atraviesan las bibliotecas; supervivencia de las bibliotecas; cómo los ciudadanos intervienen para perfilar las actividades de las bibliotecas y cómo colaborar con ellas; posible gestión participativa de las bibliotecas; experiencias de inclusión social; multiculturalidad, accesibilidad en el sentido más amplio; Asociaciones de Amigos de Bibliotecas”.

Las bibliotecas escandinavas, más atrevidas aún, se atrevieron a vislumbrar hace algunos años cuál sería el aspecto de las bibliotecas públicas en 2040. En todo caso, poco tiene que ver el aspecto de estas nuevas bibliotecas con las que muchos de nosotros conocimos, y en esto la prospectiva hasta el 2020 es igualmente valiosa.

Las bibliotecas serán, en consecuencia, algo más parecido a un centro de recursos en el que la información se consulte pero, también, se genere, se difunda y se comparta, de manera que cada una de ellas se convierta en una plataforma que muestre lo que sus bibliotecarios y sus usuarios saben o necesitan saber. Herramientas de software libre como Gnowledge (Gstudio), que podrían integrarse en la gestión de la biblioteca, sirven para crear y comentar nodos, para añadir etiquetas y genear taxonomías sociales, para crear colecciones a partir de los intereses de los usuarios poniendo de manifiesto las relaciones que vinculan a distintos recursos, para crear grupos de trabajo de personas que comparten intereses afines. Si se habla de cogestión y participación y se pretende abrir a los usuarios el espacio de la biblioteca, necesitamos dotarnos de herramientas que nos permitan hacerlo. No hace falta, o al menos no es estrictamente necesario, que los bibliotecarios echen manos de colecciones prefabricadas, como las que ofrece BiblioBoard, porque los propios usuarios podrían asumir la tarea de generar colecciones o agrupaciones significativas de contenidos.

La gestión de fuentes y colecciones digitales híbridas y su eventual préstamo, constituye otro de los quebradores de cabeza de las nuevas bibliotecas, y ahí pueden echar mano de ofertas comerciales para contenidos sometidos a derechos (ODILO es, quizás, la que mejor comprende las necesidades de compra en firme y custodia que demandan los bibliotecarios y la que solicita márgenes comerciales más razonables a los editores) o de proyectos de software libre y abierto, como el de LibraryBox 2.0., que permiten la distribución de contenidos de libre acceso de una manera autónoma, sencilla y económica.

Las bibliotecas tenderán a convertirse en redes de conocimiento en las que los usuarios aporten activamente el fruto de sus pesquisas, de sus indagaciones y sus investigaciones, de sus proyectos y sus quehaceres, dentro de un espacio que deberá acomodarse a esas nuevas dinámicas y necesidades.

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¿Qué hacemos con las bibliotecas escolares?

El primer reflejo que tengo cuando me hacen esta pregunta es decir que cerrarlas. Algunos me dirán que no es necesario, porque nunca se abrieron. Otros sostendrán que en los años antes de la crisis se había hecho un esfuerzo notable por aumentar su dotación (tradicional, en forma de libros y algunos puestos de trabajo con ordenadores), pero en cuanto sobrevinieron las dificultades el primer lugar del que se recortó fueron las bibliotecas, poniendo de manifiesto que, en todo caso, no eran más que un espacio accesorio y enteramente prescindible porque nunca se había integrado en la lógica o la dinámica pedagógica del centro escolar. Se relega aquello, claro, que no parece tener valor alguno en el modelo imperante. En todo caso, convendría matizar.

Nunca me desharía de las bibliotecas escolares. Eso sí: las transformaría por completo, y les cambiaría el nombre. Hasta tal punto me parecen importantes que yo las tomaría como centro desde el que generar la revolución educativa. Sí, revolución.


Los espacios encarnan las ideas, son los conceptos subyacentes los que generan una forma determinada de espacios. Cada espacio encierra una lógica social determinada. Las aulas tradicionales son, por eso, encarnación de un concepto de transmisión unidireccional del conocimiento, de recepción pasiva y repetitiva, donde los alumnos no eran más que invitados de piedra. Las bibliotecas escolares tradicionales (la mayoría de las bibliotecas tradicionales), remedaban un mundo de conocimiento clasificado y ordenado que se obtenía mediante el acto de la lectura reflexiva y solitaria. En buena medida tiene que ver con eso, pero no solamente con eso.

Si hoy en día es unánime la opinión de que el aprendizaje se produce mediante la práctica, que las materias compartimentadas en segmentos temporales de 45 o 50  minutos carecen por completo de sentido y debemos ir hacia una forma de aprendizaje por proyectos, de tareas que integren conocimientos que contribuyan a la consecución de los objetivos y la competencias que se hayan establecido, que el aprendizaje requiere de la colaboración y la discusión con otros, de la discusión y del intercambio ordenado de puntos de vista, que cada alumno debe establecer sus propios objetivos y madurar siguiendo su propio ritmo, que los profesores deben ser sobre todo acompañantes y conductores de un proceso de maduración individualizado, que la competición y las calificación meramente cuantitativas dañan la motivación intrínseca de los estudiantes, que las escuelas deben abrirse a la comunidad que las rodea, incorporando a los padres y a todos los agentes que tengan algo que ver o que aportar, entonces necesitamos espacios diferentes.


La biblioteca escolar no puede ser por eso, en este nuevo modelo educativo, en este nuevo modelo conceptual, que un hub o un taller o un espacio de producción integrada de conocimiento donde los alumnos puedan disponer del lugar, de las herramientas y de los instrumentos necesarios para resolver los problemas que se les han planteado, donde puedan cooperar con su grupo de trabajo, donde puedan intercambiar ideas y perspectivas con los miembros de la comunidad educativa que deseen participar en el proceso, donde los propios profesores, convertidos en una comunidad intercambiable de coachers, tengan la oportunidad de transformarse.

Eso es para mi el futuro de la biblioteca escolar, en realidad, el futuro de la escuela y de la educación.

Permanezcan atentos a sus pantallas, porque en los próximos meses se anuncian grandes iniciativas.

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Crear, aprender, descubrir y compartir

Que las bibliotecas han ocupado siempre un espacio principal en el seno de sus comunidades es casi una obviedad, única veta de acceso público e indiferenciado al conocimiento allí donde las dotaciones o la voluntad faltaban. Que en los últimos años han comenzado a desplegar nuevos servicios y atenciones a sus usuarios vinculados con el uso de los dispositivos digitales o con la animación a la lectura, es una realidad contrastada. Que muchas de ellas han entrado de lleno en el uso de las redes sociales para propiciar un contacto y generar una relación más estrecha con sus lectores y beneficiarios, pone en evidencia el compromiso y el dinamismo de sus profesionales. Es, sin duda, uno de los gremios que más y mejor ha comprendido que su función principal es la de proporcionar más y mejores servicios a la comunidad que justifica y financia su existencia. La mayoría de ellos vencieron hace tiempo la tentación de acurrucarse dentro de la burbuja de silencio y seguridad que las paredes de las bibliotecas proporcionan, dedicados a ordenar y a clasificar el mundo, a prestar una pequeña proporción de lectura y conocimiento a sus usuarios.

Mañana miércoles y hasta el próximo viernes, en el marco de la Feria del Libro de Madrid, se inician las jornadas sobre “Nuevas lecturas, nuevas bibliotecas“, en las que intervendrán, entre otros, José Antonio Marina, Antonio Basanta, Manuel Gil, José Antonio Millán, José Manuel Lucía, Javier de la Cueva, Antonio Mª Avila, Mónica Ferández, Bernat Ruíz y yo mismo.

Aun cuando todo lo anterior sea cierto y el afán de mejora de las bibliotecas parezca, en general, incuestionable, su recorrido futuro debería tener en cuenta cuatro vectores fundamentales de desarrollo que convertiré en diez puntos por el prestigio y contundencia que los decálogos tienen:

  1. Las bibliotecas deben convertirse en el centro neurálgico de las comunidades de las que forma parte, esa debe ser, al menos, su aspiración y su vocación;
  2. Las bibliotecas deberían adoptar, tanto en la concepción de sus actividades y servicios como en el diseño de sus espacios y herramientas, el formato de los Hubs contemporáneos, de esos lugares que son, a la vez, espacios de creación y aprendizaje, de discusión y descubrimiento, de participación y colaboración. No se trata de que abandonen sus prácticas tradicionales, sino de que incorporen todas aquellas que la comunidad demanda y encuentra, ahora mismo, en otros espacios;
  3. Las bibliotecas deberán integrar a sus usuarios en el diseño, desarrollo y gestión de los nuevos servicios y actividades, poniendo en sus manos los espacios y los recursos necesarios para que puedan conducirlas con éxito;
  4. El uso de las redes sociales y de los espacios virtuales de conexión deberá servir para fortalecer el sentido de comunidad y de intereses compartidos;
  5. Lo físico y lo virtual son las dos caras de una misma moneda y no cabe desmembrarlos ni tratarlos como ámbitos distintos o disparejos, antes al contrario: el contenido y el conocimiento al que los usuarios deben tener acceso se desperdiga hoy en distintos soportes y formatos y el discurso que los bibliotecarios deben ayudar a reconstruir, el sentido que deben contribuir a restablecer, se encuentra por igual en el anverso y el reverso de la realidad;
  6. En la afirmación previa está contenida una obviedad: el préstamos de contenidos, herramientas y materiales será, indistintamente, físico y virtual, presencial o remoto;
  7. Es cierto que la sostenibilidad, la continuidad de la red de bibliotecas públicas está en entredicho, que sus infraestructuras y dotaciones son costosas, pero su importe estará justificado mientras sea capaz de convertirse en el núcleo de referencia de su comunidad y mientras incorpore mejoras en sus métodos de gestión interna;
  8. En esto, deberá abrirse a la posibilidad, por ejemplo, de incorporar, dar cabida y respaldo, a otras actividades y otros servicios públicos que quieran utilizar sus espacios, mucho más flexibles y adaptativos que antaño;
  9. Los bibliotecarios deberán asumir la formación continua como una divisa irrenunciable: usuarios avanzados de tecnologías y servicios digitales; dinamizadores de los espacios de creación, aprendizaje y colaboración; cartógrafos del nuevo mapa de la información;
  10. Los usuarios deberán recibir, también, formación específica adaptada a las necesidades de los tiempos: uso y manejo de las tecnologías digitales, de los nuevos soportes de lectura y consulta; dinamización lectora tanto para los soportes tradicionales como para los soportes digitales mediante el diseño de las actividades pertinentes y la convocatoria de clubs de lectura presenciales o virtuales; manejo y reconstrucción de las distintas fuentes de contenido e información que la biblioteca proporciona, etc.

Crear, aprender, descubrir y compartir: de esto y de algunas otras cosas relacionadas con el ocaso del ecosistema editorial tradicional hablaré el próximo viernes a las 10,45 Am.

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Lecciones nórdicas

Decía Jens Thorhauge, el director de la Danish agency for libraries and media, que la cuestión fundamental que subyace en todo el debate en torno al futuro de las bibliotecas públicas no es otro que el de encontrar su sitio en la construcción de la sociedad civil y democrática del siglo XXI, que la pregunta que cada bibliotecario tiene que hacer es de qué manera puede contribuir al desarrollo personal, cívico y político de los ciudadanos que la utilizan. Más aún: de qué forma puede y debe promocionar y orientar sus servicios para que alcancen a todos los usuarios potenciales salvando la brecha digital, las desigualdades de capital social y cultural que disuaden, más que ningunas otras, del uso de los recursos que las bibliotecas pueden ofrecer. Es posible que la nueva Alejandría sea nórdica: el rasgo más definitorio de la mítico biblioteca alejandrina quizás no fuera la acumulación de manuscritos y papiros, no tanto la cantidad como la intención, el deseo de conocer y reconocer al otro, de entender la alteridad que tenía el puerto de Alejandría como puerta de entrada, de abrirse al conocimiento de los demás y, con eso, de plantar las semillas de una sociedad más democrática.

Las bibliotecas ya no pueden ser por más tiempo esos espacios ensimismados en los que un profesional intentaba con tesón ordenar el mundo dotándole de alguna clase de sentido. Si bien es necesario preservar ese rasgo y generar espacios donde la lectura recogida y reflexiva pueda tener lugar, la nueva biblioteca tiene que abrirse al resto de las mediaciones al conocimiento y, con eso, redefinir y rediseñar sus espacios hasta convertirlos en lugares de encuentro, de conexión, de diversidad, de tránsito y, también, de aprendizaje y maduración democrática. Así es como se define así misma -y como nos contó Marie Ostergard- esa extraordinaria biblioteca de Aarhus que quizás sea una de las encarnaciones más acabadas de lo que hoy comprendemos por un espacio multiforme, polivalente y flexible, habilitado para el encuentro y el aprendizaje. Y la transformación no acaba ahí: la biblioteca sale al encuentro de quien la necesita, transciende sus paredes (aunque sean de cristal), y llega a los barrios periféricos y desafavorecidos; promueve programas de fomento de la lectura a domicilio; concibe bibliotecas itinerantes para camioneros; llega a los estadios deportivos; se hace presente en el puesto de trabajo o allí donde pudieran ser requeridos sus servicios.

Claro que en esta transición los profesionales deben reaprender su oficio, quizás reinventarlo, redefinirlo, todo en beneficio -y ahí es donde radica la grandeza de la vocación- de la fundamentación de una sociedad más abierta, libre, democrática e ilustrada en el siglo XXI. Integrar la biblioteca en la vida cotidiana; inventar y desarrollar nuevos y mejores servicios; ofrecer soluciones adecuadas y relevantes a toda la población.

Esa es la lección nórdica que yo puede aprender ayer en Barcelona.

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