Posts etiquetados con ‘Bibliotecas’

The Open Library

Hace algunos días comentaba el artículo que Robert Darnton había publicado en The New York Review of Books instando a la creación de una Biblioteca Digital nacional en los Estados Unidos. Quienes conocemos y seguimos a Peter Brantley (@naypinya), cofundador del Internet Archive, sabíamos que algo se estaba cociendo hace tiempo en San Francisco: la semana pasada se confirmó.

Internet Archive lanzó la semana pasada la noticia de que había promovido la creación de la primera gran biblioteca digital de libre acceso, la Open Library, cuyas características principales son: un millón de títulos de dominio público disponibles sin restricciones; 70.000 títulos comerciales disponibles en préstamo temporal provinientes de la red de biblitoecas públicas que participan en el proyecto, en particular de la Boston Public Library, y del servicio de distribución de libros digitales Overdrive, acción no exenta de polémica -como señala The Wall Street Journal- por las implicaciones legales que tiene el préstamo digital en abierto (a través de la tarjeta de lector de bibliotecas públicas), pero que los bibliotecarios han sabido resolver intelectualmente aludiendo a los fines de su profesión en la era digital: Thomas Bake, de la biblioteca pública de Boston, ha dicho: “en lugar de quedarnos sentados epserando a que la gente regrese a las bibliotecas, hemos salido a buscarla hayá donde se encuentran”.

La biblioteca no es solamente cosa de los profesionales, además. En los tiempos que corren barridos por vientos digitales, cualquiera puede convertirse en un mecenas bibliográfico, añadiendo los textos, contenidos y registros que desee, generando con ello una biblioteca universal compartida, algo que se está convirtiendo en uno de los grandes fenómenos silenciosos de la red: la generación de bibliotecas temáticas digitales compartidas, función que cumple de manera sobresaliente Mendeley, esa otra biblioteca abierta que está transformando la manera en que leemos, consultamos y compartimos la literatura científica y profesional. Mendeley obtuvo en el año 2009 el TechCrunch Europe 2009 “Best Social Innovation Which Benefits Society” Winner.

Ante esta realidad pujante de bibliotecas digitales abiertas y centralizadas, fruto de la agregación de registros abiertos y comerciales, de contenidos de dominio público y comercial, de lecturas compartidas y literatura científica y profesional, ¿cuál es la estrategia y la posicion que deberían adoptar nuestras bibliotecas públicas y universitarias? Miremos a la Open Library.

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Así que pasen cinco años

Nicholas Negroponte no ha temblado al decirlo: cinco años, al libro en papel le quedan exactamente -ni más ni menos, puntual y certeramente-, cinco años de vida. En la entrevista que concedió  hace unos pocos días a la CNN, Negroponte, el autor de Being digital, profesor del MIT e impulsor de One Laptop Perchild, argumentó que los libros en papel se distribuyen mal y no cumplen, por eso, su misión de diseminación del conocimiento. Durante algo más de cinco siglos la parte más soleada del mundo ha gozado de un acceso razonable a ese tesoro, pero apenas ha rozado aquellos otros lugares, olvidados, que más los necesitarían. No es mal argumento. No sé por qué lo único que recuerdo de Being digital es que auguraba la desaparición de la cadena Blockbuster porque acabaría imponiéndose un modelo de distribución digital de video. Blockbuster cerró y Google está negociando ahora con Hollywod, así que habrá que tomarse en serio los augurios de Negroponte.

Este sábado, sin embargo, los organizadores del Bookcamp de Kosmópolis, en el CCCB de Barcelona, me han propuesto un reto: explicar en qué consiste la bibliofrenia y por qué resulta bastante improbable que algunos de nosotros estemos dispuestos a ratificar las profecías de Negroponte. Se me ocurren muchas razones, y querría exponer ahora alguna de ellas, como aperitivo sabatino. Hay razones físicas: la tecnología del libro en papel obliga, en general, a practicar una lectura silenciosa, sucesiva, reflexiva, introspectiva, necesariamente subjetiva. La relación que se establece con el objeto va más allá de una mera correspondencia funcional, que un encuentro utilitario. La relación que se establece es, al contrario, estrecha, intransitiva, íntima. Y, como en toda relación de intimidad, se establece, simultáneamente, una relación sensual: a menudo evocamos el tacto, el olfato o la vista para recalcar la personalidad física e independiente de cada libro.  En efecto, cada libro es único,  porque, aun cuando su producción sea industrial y seriada, cada cual adquiere una personalidad propia y exclusiva.  Cada libro resulta inconfundible para quien lo posee. ¿Acaso podríamos confundir a uno de nuestros hijos, a una de nuestras/os amantes?  ¿Qué tiene que ver, por tanto, esa relación fraternal o concupiscente con un libro con lo que un dispositivo electrónico nos ofrece?  No niego que los objetos electrónicos no puedan apelar a nuestros sentidos y que cualquier joven pudiera enumerar sus atractivos. Yo, que no soy en absoluto insensible a la electrónica, prefiero, sin embargo, el lujurioso contacto del papel. Las bibliotecas, las viejas bibliotecas donde sólo había libros –un reino en franca retirada, en cualquier caso-, no eran cementerios ni necrópolis. Al contrario: eran balnearios donde uno podía bañarse en las fuentes del conocimiento y dialogar en silencio con viejos amigos desaparecidos. Nuestras propias bibliotecas, las bibliotecas de nuestras casas, son un rasgo distintivo de nuestra personalidad, una encarnación de nuestra intimidad, de nuestros gustos, tendencias y pareceres, un lugar donde se encuentra amigos íntimos en calmado parlamento. Nuestras bibliotecas, así lo veo yo,  son remansos, oasis y, muchas veces también, muros de contención contra el ruido y la furia exteriores, contra el sinsentido.

¿Cabrá pensar que alguna vez un solo dispositivo digital capaz de almacenar todas nuestras bibliotecas juntas pueda suplantar esa dimensión física de nuestra personalidad? Yo no lo creo… Me reservo el resto de las razones psicológicas y la galería de los personajes que lo encarnaron para el próximo sábado. Allí nos vemos.

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Tocar los libros

Bien mirado, tocar los libros resultará, dentro de poco, una rareza o, casi, una imposibilidad. La nube intangible de contenidos digitales que acudirán prestos cuando se los invoque a los dispositivos multitarea que hayan sustituido a los libros de papel, harán simplemente impracticable el mero hecho de acaricar la cubierta de un libro… Y digo esto último ya con cierto temor y aún sonrojo, porque no faltará quien me acuse de vetusto victimista. No cabe tampoco duda de que el horizonte de un futuro de plena y ubicua disponibilidad bibliográfica tiene su miga, y que un mundo sin papel, de interconexión 3G continua, supone una forma de mediación enteramente novedosa que excluirá la posesión y el tacto (no el del dedo sobre la pantalla o el pellizco sobre el icono).

Jesús Marchamalo dice en Tocar los libros: “hay quien dice que las bibliotecas definen a sus dueños, y estoy seguro de que es cierto. “El hogar es donde tienes los libros”, escribió Richard F. Burton, escritor, militar, explorador, diplomático, agente secreto y viajero infatigable a quien, por cierto, no debió resultarle fácil ubicar sus estanterías. Margarite Yourcenar dijo en una ocasión que reconstruir la biblioteca de una persona era una de las formas más idóneas de informarnos cómo es. Por supuesto que los libros hablan de nosotros. De nuestras pasiones e intereses. Los libros delimitan nuestro mundo, señalan las fronteras difusas, intangibles, del territorio que habitamos”.

Javier Jiménez es el bibliofrénico editor de Fórcola (compañero de sociopatía de José Pons, el libertino editor de Melusina al que tanto debo) que se está encargando de reconstruir esa biblioteca en su nuevo sello (en un esfuerzo de recuperación y difusión sólo comparable al de otros francotiradores, como la colección Tipos móviles de Trama o la selección de algunos suculentos títulos en Veintisiete Letras).

Esta tarde, a las 18.00, en la Feria del Libro de Madrid, los manoseadores de libros antinubarrones nos reuniremos para celebrarlo.

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