Posts etiquetados con ‘Ciencia ciudadana’

Medialab como comunidad de aprendizaje

Hoy recibe Medialab Prado Madrid el Premio Internacional Princesa Margarita, un galardón otorgado por la Fundación Cultural Europea a instituciones e iniciativas especialmente innovadoras en el ámbito de la cultura. La descripción que la fundación proporciona de la actividad principal de Medialab es certera y fidedigna:

Medialab-Prado is a digital platform and physical workspace where people with different skills and knowledge come together to access and build a digital commons in Madrid, across Spain and the global media sphere. Through workshops, participatory events and modes of collaborative action, Medialab-Prado has been among the front-runners for many projects that have gone on to nourish democratic processes between digital culture and the public sphere in Spain. Supported by the municipality of Madrid, Medialab-Prado demonstrates that it is possible to develop new cultural initiatives as permeable, civic-public partnerships that are capable of rethinking public institutions from within.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje o de círculos de estudio que hacen de la colaboración y la participación (ciudadana, abierta) el motor de toda actividad; cuando se habla de comunidades de práctica que aprenden haciendo, experimentando y errando y que se enriquecen mutuamente en el proceso de elaboración y descurimiento; cuando se habla de cross fertilization y aún de cross pollination como estrategia de creatividad e innovación que aflora en los intersticios de la cooperación entre disciplinas, materias e intereses diversos; cuando se habla de hubs o espacios makers como de lugares donde la ideación, el prototipado, el ensayo, el error, la rectificación y el refinamiento definitivo de las ideas es el sustrato sobre el que se fundamenta toda actividad; cuando se tiene a lo digital como la herramienta fluida, transparente y transversal que permea cualquier actividad, sin que sea necesario preguntarse o cuestionarse continuamente su relevancia o su pertinencia; cuando, en definitiva, se goza y se disfruta del descubrimiento y de la generación compartida de conocimiento, sin establecer límites a priori entre supuestos expertos y presuntos amateurs, sin necesidad de credenciales, mediante el uso de herramientas de toda naturaleza (fundamentalmente digitales) y se comparte y comunica mediante distintos canales digitales para uso del bien común, debemos mirar, sin duda, a la experiencia y el trabajo de Medialab, una institución pionera en nuestro país que, afortunadamente, sí ha sido profeta en su tierra gracias al tesón de unas cuantas personas y a la participación de una fiel comunidad (aunque a punto ha estado en repetidas ocasiones de desaparecer por la incomprensión y el desconocimiento de quienes lo gestionaban).

Su relación histórica de proyectos acometidos y terminados con éxito es apabullante: Interactivos es una plataforma de investigación y producción acerca de las aplicaciones creativas y educativas de la tecnología; Visualizar se propone como un proceso de investigación abierto y participativo en torno a la teoría, las herramientas y las estrategias de visualización de información, y casi todos sus proyectos tienen un impacto y uso social directo; Inclusiva-net es una plataforma dedicada a la investigación, documentación y difusión de la teoría de la cultura de las redes; el Laboratorio del Procomún, un espacio más dialógico y meditativo creado y gestionado por Antonio Lafuente, tiene como objetivo articular un discurso y una serie de acciones y actividades en torno a este concepto; AVLAB es una plataforma de encuentro para la creación y difusión de las artes sonoras y visuales bajo el concepto de proceso abierto y colaborativo.

La lista de proyectos, conferencias, seminarios, cursos, talleres y reuniones, más o menos formales o informales, es inacabable, y su programación una invitación permanente al desarrollo de nuevos saberes compartidos, a la creatividad no impostada, a la celebración de la curiosidad y su prole natural, la innovación con interés e impacto social.

Cuando se habla de comunidades de aprendizaje el primer lugar por propio merecimiento es Medialab Prado, su comunidad variable de colaboradores y el fiel equipo sabiamente dirigido por Marcos García @marcosgcm. ¡Enhorabuena!

Etiquetas: , , , , , , , , ,
Categorias: General

Juegos, crowdsourcing y ciencia ciudadana

Creo que fue ayer cuando Ashoka, la asociación internacional dedicada a la promoción de la economía social, concedió uno de sus premios principales a un juego de simulación, MalariaSpot, que pretende facilitar, abaratar y agilizar el diagnóstico de la malaria mediante la intervención masiva de multitud de personas en un juego online. El razonamiento sobre el que se basa es relativamente sencillo: la prueba del diagnóstico de la malaria se basa en el análisis de una prueba de sangre que suele llevar, en el caso de que disponga del instrumental necesario y de los especialistas competentes, unos veinte minutos. El problema suele radicar en que la malaria es una enfermedad contumaz, propia de países pobres, donde los recursos para combatirla no abundan, donde los especialistas que podrían combatirla no existen, y donde quienes la padecen apenas pueden reclamar atención. La idea de Miguel Ángel Luengo sigue la estela del crowdsourcing científico: ¿por qué no invitar a esa legión de personas que utilizan su tiempo en la web jugando para que inviertan ese esfuerzo en localizar en muestras de sangre reales a los virus que ocasionan la enfermedad y los eliminen como si se tratara de rufianes con cuya vida hay que acabar? De esa manera no sería necesario esperar a que se dispusieran de los equipos, las personas y los conocimientos necesarios para realizar el diagnóstico, porque las muestras podrían subirse a la red y ser sometidas al diagnóstico infalible de ese ejército de jugadores. ¿Cómo se garantiza que ese análisis es certero? Siguiendo la lógica de la inteligencia colectiva: si 19 de cada 20 jugadores detectan un virus en la muestra consultada y la atacan, lo más probable es que se trate, efectivamente, de un caso de malaria.

Se cumplen, como en tantos otros experimentos de esta naturaleza, varios propósitos simultáneos: beneficio social, implicación de las multitudes, aprovechamiento de la inteligencia colectiva, aceleración de los descubrimientos y de la innovación.

Existen al menos dos o tres precedentes fundamentales sobre los que, seguramente, se haya basado el caso de MalariaSpot. El primero de ellos es el de Foldit, solve puzzles for science, consiste, según puede leerse en Wikipedia, en predecir la estructura tridimensional de las proteínas y su plegamiento a partir de la su secuencia de aminoácidos. Su propósito es encontrar, gracias a la intuición y suerte del jugador, las formas naturales de las proteínas que forman parte de los seres vivos. Niños y adolescentes pliegan proteinas con más facilidad, en muchas ocasiones, de la que posee un adulto, quizás porque su inteligencia espacial sea mayor y porque su competencia digital exceda con mucho a la de los adultos. De nuevo se suman los factores que garantizan el éxito del crowdsourcing: su carácter lúdico, el beneficio social que se deriva de la participación, la aceleración y abaratamiento de la innovación, la implicación de la sociedad. Pura ciencia ciudadana en una aplicación.

La experiencia decana de la ciencia ciudadana es, quizás, la de Galaxy Zoo: como es bien sabido, en el año 2007, Kevin Schawinski, un doctorando de la Universidad de Oxford, se enfrentó a la tarea de tener que clasificar la forma de 50,000 galaxias mediante el análisis de las imágenes proporcionadas por un telescopio robótico. El problema es que ningún ser humano, en su tiempo de vida, podría llegar a evaluar más allá de unos millares. Su idea, extraodinariamente original en su momento, fue abrir la base de datos de las imágenes en la web e invitar a cualquier persona interesada a catalogarlas como centrípetas o centrífugas. Hoy se han clasificado más de 50 millones de galaxias gracias a la intervención masiva de más de 150.000 personas.

Tan exitoso resultó ser (y sigue siendo) el proyecto, que Galaxy Zoo ha generado el entorno de Zooniverse, un espacio donde conviven 20 proyectos de ciencia ciudadana y un millón de personas participando masivamente en experimentos dedicados a la astronomía, el análisis del clima, la protección de la naturaleza, el rescate de la memoria histórica o el análisis genético.

Juegos, crowdsourcing, ciencia ciudadana y beneficio social, una combinación imbatible producto de la era digital.

Etiquetas: , , , , , ,
Categorias: General

La gobernanza participativa de la ciencia

El de Randy Schekman, Premio Nobel de medicina en 2013, es solamente el último de los episodios de la quiebra de un modelo tradicional de gestión y legitimación del conocimiento (vale la pena echar la vista atrás y leer alguno de los primeros artículos sobre el asunto en el año 2001, como La revuelta de los científicos). Schekman ha desvelado algo que ya sabíamos hace tiempo: que el modelo tradicional de evaluación, selección, publicación, comunicación y medición del impacto de una publicación científica está profundamente viciado y puede conducir a todo lo contrario de lo que la ciencia debería perseguir. En un artículo publicado en el diario The Guardian el 9 de diciembre de 2013, titulado How journals like Nature, Cell and Science are damaging science, escribe:

The prevailing structures of personal reputation and career advancement mean the biggest rewards often follow the flashiest work, not the best. Those of us who follow these incentives are being entirely rational – I have followed them myself – but we do not always best serve our profession’s interests, let alone those of humanity and society.

Lo que, libremente traducido, vendría a querer decir que las estructuras de la reputación personal y el progreso en la carrera profesional a menudo recompensan a los trabajos que más impacto han obtenido, a los trabajos estrella, no necesariamente a los mejores. Resulta natural que los científicos, en esto tan cicateros y avarientos como cualquier otro ser humano, persigan ese horizonte de supuesto reconocimiento y recompensa, pero eso no entraña que estén sirviendo adecuadamente a la ciencia y, menos aún, a la sociedad que la soporta y, a menudo, la padece. Es un sistema que a menudo penaliza la innovación y refuerza la autoridad constituida, en contra de lo que la ciencia debería ser y del servicio que debería prestar. Cuando el ahora archifamoso entorno científico de publicación en abierto, PLOS, daba sus primeros pasos, James Watson (el descubridor del ADN, declaraba lo que ahora Schekman ha vuelto a hacer: “If I could do it all over again, I’d publish that paper in PLoS Biology”. Si pudiera comenzar de nuevo y volverlo a hacer, traduzco de nuevo libremente, prescindiría de los canales tradicionales y haría uso de la independencia que la web nos ofrece para difundir de forma abierta y gratuita los resultados de mis investigaciones.

Porque el problema no es solamente la falta de transparencia, la opacidad de los criterios de selección, la posible manipulación, la obsesión por la visibilidad y el impacto que conducen a un círculo vicioso de postergación de gran parte de conocimiento valioso pero invisible. El problema proviene, esencialmente, de que la revolución digital ha transformado radicalmente los procedimienos de creación y acreditación del conocimiento y ha abierto para siempre la puerta a la participación ciudadana (en forma de ciencia ciudadana y de cogestión del conocimiento), antes apartada, obviada o preterida. Y esos cambios son irreversibles y alterarán por completo los mecanismos de publicación, reconocimiento, acatamiento y refrendación (por mucho que algún buen amigo, que conoce bien los mecanismos de control científico que ejercen los jerarcas universitarios, me advierta de que eso no pasará mientras vivamos).

Eso es, en buena medida, lo que pretendía explicar en la jornada sobre ciudadanía digital y gobernanza participativa de la ciencia a la que tan amablemente me invitó José Manuel Pérez Tornero, de la UAB. La sociedad de la información y el conocimiento solamente puede ser aquella en la que los ciudadanos se conviertan en comentarias ilustrados, juiciosos y críticos, en que tengan la capacidad de cogestionar las directrices y aplicaciones de los mismos descubrimientos de la ciencia. Así lo explicamos no hace demasiado tiempo, así lo propusimos, en ¡Todos sabios! Ciencia ciudadana y conocimiento expandido.

El próximo mes de mayo se celebrará en Madrid un encuentro en torno, precisamente, a esta cuestión: CRECS 2014, Conferencia sobre calidad de revistas de ciencias sociales y humanidades, promovido por El Profesional de la Información, la FGSR y la UCM. Tal como yo lo pienso, la cuestión no puede ni debe ceñirse a las revistas de un determinado ámbito, porque la cuestión afecta por igual a unas y a otras y los interrogantes a los que están sometidas (acreditación, transparencia, circulación, nuevos mecanismos de apertura y participación) necesitan de respuestas globales que no se conformen con reformar cosméticamente el modelo tradicional.

La gobernanza participativa de la ciencia es un reto global, y las nuevas formas de publicación, difusión, valoración y corrobaración, el instrumento a través del que podemos conseguirlo.

Etiquetas: , , , , , , , ,
Categorias: General

¡Todos sabios!

Hoy, Día Internacional del Libro, fiesta para aquellos que no imaginamos una vida sin ellos, a no ser que sea una vida más pobre e insustancial, sale a la calle ¡Todos sabios! Ciencia ciudadana y conocimiento expandido, el último  libro, cocinado durante los últimos meses y escrito junto a Antonio Lafuente y Andoni Alonso, dos de los mayores expertos en cibercultura y antropología del procomún en España.

¡Todos sabios! es, en realidad, una exortación, una invitación, una incitación a valerse del conocimiento y de la colaboración con los otros para intervenir de manera cualificada en los debates científicos que a todos nos conciernen. Y al decir científico me refiero, en realidad, a cualquier asunto de nuestra realidad más cotidiana y cercana, porque nada hay -desde el consumo de energía hasta la gestión de la salud y la enfermedad, desde las finanzas y las cuentas públicas hasta el cambio climático global, desde la educación de nuestros hijos hasta la intervención ciudadana en los asuntos públicos- que escape al dominio de la ciencia. Hasta no hace demasiado tiempo, sin embargo, hablar de ciencia parecía entrañar que ese conocimiento especializado y algo arcano era de exclusiva competencia de aquellos que conocían y manejaban su lenguaje especializado, pero desde el momento en que nos dimos cuenta -alertados por Ulrich Beck, el gran sociólogo alemán- de que todas las decisiones de la ciencia nos afectaban de lleno, plenamente, sin contar con nuestra participación, nuestra aquiescencia o nuestra disconformidad, no quedaba ya otra solución más que la de reclamar como ciudadanos la cogestión del conocimiento científico. Ulrich Beck afirmó en La sociedad del riesgo que había llegado la hora de que la ciencia se reconociera intrínsecamente falible, incapaz de prever o controlar las consecuencias de sus acciones -la amenaza nuclear, la mayor de ellas- y, por tanto, de que convirtiera esa incertidumbre estructural en apertura al diálogo con los ciudadanos, que eran, al fin y a la postre, los global y plenamente afectados por esa imprecisión irreparable.

No podemos hablar propiamente de sociedad de la información, de sociedad del conocimiento, si no es proporcionando a todos los ciudadanos las competencias necesarias para valerese de esos instrumentos, conocimientos y redes de cooperación ampliadas que, en gran medida, les devuelven la posibilidad de intervenir informadamente en aquellos asuntos que conciernen y afectan a sus vidas. Debatir, por tanto, fundamentadamente, convertidos cada uno de nosotros en comentaristas responsables, porque nada debe escapar al control, vigilancia y beneplácito de los ciudadanos, al menos en lo que entendemos como democracias occidentales del siglo XXI. La propia ciencia ya ha asumido que el cambio epistemológico es irreversible (necesario y deseable, también) y por eso hablamos de Ciencia 2.0., Modo 2 de la ciencia, Ciencia expandida o Ciencia ciudadana, modos más inclusivos y comprensivos del conocimiento. Y la red nos ofrece, como nunca antes, la posibilidad de hacer efectiva una nueva modalidad de cogestión y participación.

Hoy, día del Libro, lo preceptivo es abordar las librerías y comprar cientos de ejemplares de ¡Todos sabios!

Etiquetas: , , , , , , ,
Categorias: General

La revolución de la ciencia ciudadana

El domingo pasado Tomás Delclós -defensor del lector en el diario El País y antiguo director del suplemento Ciberpaís- publicó una columna titulada “Revistas científicas y fiabilidad” en las que defendía -ante las críticas y reprobaciones de determinados lectores- el buen hacer de los periodistas que  habían publicado determinadas noticias con suficiente fundamentación científica. Una de las impugnaciones de los lectores  se refería a un trabajo publicado por un grupo de investigación de la Universidad de Navarra en el que se establecía un algoritmo para medir la grasa corporal y determinar, en consecuencia, si pudiera o no existir sobrepreso. Las conclusiones a las que se llega mediante la aplicación de esa fórmula, publicadas en el International Journal of Obesity, puede que sean científicamente objetivas, pero son, con seguridad, socialmente alarmantes (el índice de un hombre de 85 años, 1,65 cm de altura y 47 kilos tendría, supuestamente, un sobrpeso de 20,7 kilos, lo que podría dar pie a interpretaciones tergiversadas por parte de los adolescentes, expuestos a la presión de modelar su figura a imagen y semejanza del canónico modelo de belleza famélico de la actualidad).

“Sin pretender evaluar algunos aspectos metodológicos especializados”, dice Delclós, “las explicaciones dadas y el prestigio de la institución y personas que han realizado el estudio hace lógico que el diario confíe en sus datos y los publique”. En este argumento Delclós muestra la credulidad necesaria en la objetividad de la ciencia y en la ecuanimidad del juicio de los sabios.

No entraré ahora a recordar, una vez más, que el modelo tradicional de revisión por pares (peer review) que, supuestamente, aseguraba la calidad de las publicaciones científicas, ya no se sostiene; tampoco regresaré al asunto de la alocada carrera de los científicos por publicar, al coste que sea, aunque sea el de la copia y la falsificación sistemática (47 de cada 53 estudios publicados, según un reciente análisis publicado por The New Yorker). Lo más importante, quizás, es el poder que Internet pone en mano de los ciudadanos corrientes para retar las supuestas certezas de la ciencia, tal como demuestra y desarrolla el último número de la revista The Scientist, dedicado al Do-it Yourself Medicine, a las comunidades de afectados que se reúnen en la web e investigan, indagan, experimentan y desafían las supuestas seguridades de  la medicina tradicional. Los ejemplos de  espacios dedicados a la salud y su gestión pública y colaborativa son innumerables: Patients like me o Health Tracking Network, por ejemplo, persiguen agrupar a comunidades de afectados, que se convierten,  automáticamente, en comunidades epistémicas, en colectividades que inquieren, examinan y analizan y ponen al descubierto problemas velados o enmascarados o que procuran documentar el avance de la gripe A y sus posibles rebrotes en cualquier rincón del mundo. Todas ellas hacen visible y viable lo que antes era invisible e inasequible por cuanto requería un poder computacional o una red de investigadores especializados imposible de reunir. Y todas cumplen, sin duda, con una exigencia superior: la de generar espacios de relación estables entre la ciencia y la sociedad —como reza en el  lema de entor nos web como el de Scitizen, you bring science closer to society—, la de incorporar al proceso de creación, producción y difusión del conocimiento a los que antes no eran sino espectadores desentendidos, la de modificar las modalidades mismas de circulación del conocimiento mediante su exposición y diseminación pública. Las redes de ciencia ciudadana cobran, así, carta de naturaleza y revistas de alta divulgación como Scientific American dedican un espacio a registrar las iniciativas
más relevantes.

La revolución de Internet es, en realidad, básicamente, una revolución de la edición, de los modos, modalidades y maneras de crear y hacer llegar, a quien pueda estar interesado, los frutos de las deliberaciones y reflexiones de cualquiera de nosotros, y también de la posibilidad de compartir y colaborar. Y eso tiene especial relevancia porque el saber es cosa de todos, la savia mediante la que se lubrica nuestra convivencia, y el objetivo del siglo xxi no puede ser otro que el de construir una sociedad verdaderamente inteligente, que haga realidad el eslogan de que se trata de una sociedad del conocimiento. Internet y sus posibilidades nos vienen como anillo al dedo, porque amplifican y facilitan nuestra posibilidad de dialogar, de discutir, de indagar e investigar, de tomar decisiones colegiadas, de negociar y llegar a acuerdos necesariamente contingentes.

Internet es, como dice Helga Novotny, una tecnología de la humildad, sobre todo para los científicos, que deben reconocer su falibilidad, su contingencia y, también, su responsabilidad social.

Etiquetas: , ,
Categorias: General