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¡Todos sabios!

Hoy, Día Internacional del Libro, fiesta para aquellos que no imaginamos una vida sin ellos, a no ser que sea una vida más pobre e insustancial, sale a la calle ¡Todos sabios! Ciencia ciudadana y conocimiento expandido, el último  libro, cocinado durante los últimos meses y escrito junto a Antonio Lafuente y Andoni Alonso, dos de los mayores expertos en cibercultura y antropología del procomún en España.

¡Todos sabios! es, en realidad, una exortación, una invitación, una incitación a valerse del conocimiento y de la colaboración con los otros para intervenir de manera cualificada en los debates científicos que a todos nos conciernen. Y al decir científico me refiero, en realidad, a cualquier asunto de nuestra realidad más cotidiana y cercana, porque nada hay -desde el consumo de energía hasta la gestión de la salud y la enfermedad, desde las finanzas y las cuentas públicas hasta el cambio climático global, desde la educación de nuestros hijos hasta la intervención ciudadana en los asuntos públicos- que escape al dominio de la ciencia. Hasta no hace demasiado tiempo, sin embargo, hablar de ciencia parecía entrañar que ese conocimiento especializado y algo arcano era de exclusiva competencia de aquellos que conocían y manejaban su lenguaje especializado, pero desde el momento en que nos dimos cuenta -alertados por Ulrich Beck, el gran sociólogo alemán- de que todas las decisiones de la ciencia nos afectaban de lleno, plenamente, sin contar con nuestra participación, nuestra aquiescencia o nuestra disconformidad, no quedaba ya otra solución más que la de reclamar como ciudadanos la cogestión del conocimiento científico. Ulrich Beck afirmó en La sociedad del riesgo que había llegado la hora de que la ciencia se reconociera intrínsecamente falible, incapaz de prever o controlar las consecuencias de sus acciones -la amenaza nuclear, la mayor de ellas- y, por tanto, de que convirtiera esa incertidumbre estructural en apertura al diálogo con los ciudadanos, que eran, al fin y a la postre, los global y plenamente afectados por esa imprecisión irreparable.

No podemos hablar propiamente de sociedad de la información, de sociedad del conocimiento, si no es proporcionando a todos los ciudadanos las competencias necesarias para valerese de esos instrumentos, conocimientos y redes de cooperación ampliadas que, en gran medida, les devuelven la posibilidad de intervenir informadamente en aquellos asuntos que conciernen y afectan a sus vidas. Debatir, por tanto, fundamentadamente, convertidos cada uno de nosotros en comentaristas responsables, porque nada debe escapar al control, vigilancia y beneplácito de los ciudadanos, al menos en lo que entendemos como democracias occidentales del siglo XXI. La propia ciencia ya ha asumido que el cambio epistemológico es irreversible (necesario y deseable, también) y por eso hablamos de Ciencia 2.0., Modo 2 de la ciencia, Ciencia expandida o Ciencia ciudadana, modos más inclusivos y comprensivos del conocimiento. Y la red nos ofrece, como nunca antes, la posibilidad de hacer efectiva una nueva modalidad de cogestión y participación.

Hoy, día del Libro, lo preceptivo es abordar las librerías y comprar cientos de ejemplares de ¡Todos sabios!

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Todos somos editores

José Afonso Furtado dice en “Chegámos ao mundo em que todos podemos ser autores” que el 90% de los títulos publicados  a lo largo del año 2010 en los Estados Unidos, fueron ediciones no tradicionales, destinadas únicamente a Internet, y que eso no puede significar otra cosa que la deconstrucción (por no decir demolición) de la cadena de valor del libro tradicional. Emergen -cuanta razón tiene-, nuevos modelos más flexibles y dinámicos de edición en red, y todos, al menos potencialmente, contamos con la posibilidad de convertirnos en creadores y difusores. La revolución de internet es, en realidad, básicamente, una revolución de la edición, de los modos, modalidades y maneras de crear y hacer llegar a quien pueda estar interesado, los frutos de las deliberaciones y reflexiones de cualquiera de nosotros, y también de la posibilidad de compartir y colaborar.

El saber es cosa de todos, como dice Innerarity en La democracia del conocimiento, y el objetivo del siglo XXI es el de construir una sociedad verdaderamente inteligente, que haga realidad el eslogan de que se trata de una sociedad del conocimiento. Internet y sus posibilidades nos vienen como anillo al dedo, porque amplifican y facilitan nuestra posibilidad de dialogar, de discutir, de indagar e investigar, de tomar decisiones colegiadas, de negociar y llegar a acuerdos necesariamente contingentes.

Antonio Lafuente y Andoni Alonso lo dicen con meridiana claridad en Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano: “aunque sea muy pronto para descorchar el champán y organizar grandes celebraciones por su éxito, hay abundantes signos de que lo más abierto, lo cooperativo, lo creativo, lo igualitario,las formas responsables de mezclar conocimientos y práctica, harán contribuciones importantes a la vida del siglo XXI”. Así será, sin duda, y contar para eso con el equivalente a la imprenta del siglo XV al alcance de todos, fundamenta esa esperanza.

Claro que los científicos profesionales, al menos algunos de ellos, perciben con espeluzno la posibilidad de que los legos, deslenguados y poliescritores, pretendan cuestionar los dictámenes científicos, al menos las consecuencias que su aplicación (o falta de ella) tiene sobre sus vidas, sobre su salud, sobre su bienestar. Construir el campo científico llevó unos cuantos siglos y, entre otras cosas, consistió en desarrollar los mecanismos para decidir qué era o no era ciencia, qué podía recibir o no el marchamo de verosimilitud científica que la comunidad le daba a un descubrimiento. Hoy, los legos, aupados a las herramientas digitales, cuestionan cosas como la continuidad de las centranes nucleares y los modelos energéticos basados en el carbón; la integridad de las instituciones financieras y la gestión de la crisis internacional; los peligros de las reiteradas crisis alimentarias globales o de la manipulación de los medicamentos, etc., etc., y todo eso molesta e incomoda al que alguna vez detentó el monopolio de la verdad. Michael Nielsen aporta ejemplos claros, en su Reinventing discovery. The new era of networked science, de la necesidad de reinventar la lógica del descubrimiento científico abriéndose a la colaboración y a la cogestión, es decir, a nuevas formas de participación ciudadana basadas en los mecanismos de la red.

Todos somos editores.

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