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Leer en la nube

El pasado 25 de junio -y tomo todo el párrafo que a continuación viene del texto original publicado en la página del Centro de Desarrollo Cultural de la FGSR-, tras casi dos años de trabajo en el proyecto de lectura social Nube de Lágrimas, se presentaron las conclusiones en el Auditorio de Casa del Lector. Como es habitual en cada una de las diferentes etapas de Territorio Ebook los lectores que participaron fueron los primeros en conocerlas, además de los diferentes equipos de investigadores y bibliotecarios implicados en el proceso de poner en marcha el primer club de lectura en la nube organizado desde la biblioteca pública. El resumen de la jornada, además del programa, galería de imágenes y una serie de vídeos de opinión de bibliotecarios y lectores, pueden consultarse en 25 J, Conclusiones de Nube de Lágrimas. A todos estos recursos, se une ahora la publicación de los vídeos de las diferentes intervenciones de los participantes.
Como colofón del proyecto y tras las jornadas que se celebraron en la Casa del Lector, la Fundación publicará un volumen con las conclusiones, del que el siguiente texto es un fragmento de mi aportación, Antropología de la lectura (digital):

 

Cuando hablamos de realizar una etnografía para estudiar las nuevas modalidades de la lectura entre los nativos digitales, entre aquellos que nacieron después de que las tecnologías digitales fueran siquiera inventadas, no estamos hablando de una metáfora, de una imagen más o menos afortunada sobre la que basar nuestra investigación. Estamos hablando de antropología en el sentido más preciso y puntual del término: conocer los hábitos y usos de una comunidad determinada en relación a un conjunto de prácticas, en este caso las de lectura en soportes digitales: cuando la forma y manera de comunicarse, de crear contenidos y utilizarlos, de distribuirlos y reutilizarlos, de compartirlos y recrearlos, de aprender e innovar, difieren en gran medida de lo que sus predecesores hacían con los soportes analógicos, cuando la lógica y el sentido de sus prácticas se diferencia significativamente de sus antepasados predigitales, estamos hablando propiamente de una nueva cultura que exige, para ser cabalmente conocida y entendida, el uso de dispositivos etnográficos de investigación. Lo mismo valdría decir, dicho sea de paso, para el análisis de los grupos de edad que, sin ser propiamente nativos digitales, podrían incorporar potencialmente los nuevos dispositivos y prácticas a sus hábitos de lectura, porque solamente entendiendo la manera en que se apropian de las tecnologías y las integran en sus pautas de consumo cultural, podemos aspirar a valorar su grado de aceptación.

La polémica, seguramente justificada, en torno a los efectos positivos o perniciosos que los dispositivos digitales y la estructura hipertextual del contenido de la web podría tener sobre nuestros hábitos cognitivos, en contraposición a la lectura tradicional, no pueden dirimirse si se carece de un apoyo empírico relevante y contrastado, de un estudio extensivo que identifique claramente las muestras sobre las que trabajar —acotadas, en este caso, según grupos de edad bien diferenciados—, que segregue a los grupos de control que deben servir como hito de comparación, que introduzca pautas de uso y dinamización que respalden el uso de las tecnologías introducidas. Hemos practicado el tipo de lectura que conocemos desde, al menos, el momento en que Sócrates recrimina a Fedro que lea en silencio en diálogo con criaturas desaparecidas que no pueden contestarle, que no pueden replicarle y, por tanto, no pueden negociar el significado de las cosas ni construir conocimiento dialogado, que construyen una sombra o un simulacro de conocimiento. Al menos así lo valoraba Sócrates, incapaz de ver en la nueva práctica lectora sobre un nuevo tipo de soporte, allá sobre el siglo V a.C., algo que contuviera valor alguno. Algo así nos sucede a nosotros: no somos muchas veces capaces de ver en esta transformación, de efectos seguramente tan persistentes y duraderos como tuvo la aparición del alfabeto y la lectura silenciosa, algo más que un simulacro virtual. Un vistazo hacia atrás nos demuestra, sin embargo, que no, que se dan todas las condiciones para entrever que la revolución digital transformará radicalmente nuestras prácticas lectoras y, con ellas, nuestra manera de ver, comprender y pensar. No es exagerado, por eso, trabajar con ciertas cautelas preliminares: sabemos por Maryanne Wolf y Stanislaw Dehaene que las transformaciones neurolingüísticas a las que se está sometiendo a nuestros cerebros pueden tener consecuencias imprevisibles, aún no sabemos si enteramente positivas o parcialmente negativas, pero lo que sí podemos contraponer es una estrategia que asegure la formación de cerebros bitextuales, de personas igualmente capacitadas para practicar la lectura silenciosa, profunda y reflexiva, capaz de seguir linealmente argumentos complejos que requieren un alto grado de abstracción junto a otro tipo de lectura más fragmentaria, hecha de contenidos desarrollados en distintos formatos y soportes, que exige del lector digital la capacidad para reconstruir un mensaje dividido, atribuyéndolo un posible significado. La lectura no es un hecho monolítico y la revolución digital muestra su multiplicidad.

Otra mirada

Joaquín Rodríguez

[ESTE TEXTO ES UN FRAGMENTO DEL VOLUMEN QUE LA FUNDACIÓN GERMÁN SÁNCHEZ RUIPÉREZ PUBLICARÁ EN BREVE EN TORNO A LA EXPERIENCIA DEL PROYECTO DE LECTURA "NUBE DE LÁGRIMAS"]

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Etnografía digital

Cuando se habla de nativos digitales no se hace, solamente, de manera metafórica; en realidad se alude a una comunidad con sus hábitos, usos y costumbres, con sus mecanismos y medios de comunicación, con sus lazos de amistad y colaboración, con sus reglas no escritas de comportamiento. Por eso resulta indispensable, cuando se discute sobre la manera de crear, discutir, comunicar o aprender que tienen los nativos digitales practicar una verdadera etnografía que nos permita vislumbrar, al menos, cuáles son esos principios por los que se rigen. Quienes hacen esa etnografía  no son, claro, nativos, aborígenes; son, en todo caso, usuarios sobrevenidos que comprenden y comparten hasta cierto punto esas conductas. La línea de demarcación o de pertenencia es más o menos clara: aquellos para quienes las tecnologías digitales son eso, tecnologías o herramientas, porque nacieron antes de que se inventaran y desarrollaran y las adoptaron, en consecuencia, como apósitos o muletas de aquellos otros que, nacidos después de su invención, las asumen como medios naturales de intermediación hacia el conocimiento. La barrera es sutil, pero a menudo infranqueable.

El hecho de que se desarrolle una etnografía digital que trate de comprender las prácticas de los nativos no entraña que los etnógrafos, que los antropólogos, se dejen absorber por los objetos que estudian. Esto se entenderá mejor con un ejemplo: cuando Loïc Wacquant, un antropólogo norteamericano de origen francés estudio a las comunidades de púgiles del sur de Chicago y estuvo a punto de asumir por completo su condición, Pierre Bourdieu, su mentor, le advirtió que el deber principal de un antropólogo era no dejarse absorber por su objeto de estudio, porque eso era tanto como anular toda distancia y toda probabilidad de neutralidad y objetividad científica. El caso prototípico nombrado siempre en la antropología era el de Castaneda, sobrevenido consumidor de peyote y defensor del mundo onírico y mitológico de los Yaquis de los Estados de Sonora y Oaxaca. Si abundo en este asunto es porque practicar una etnografía de los nativos digitales no implica solamente comprender sus hábitos de uso sino, también, mantener la necesaria equidistancia para llegar a comprender que sus prácticas no son siempre virtuosas y necesitan, en ocasiones, de la guía y el consejo de expertos. Eso es, quizás, tal como yo lo interpreto, lo que hizo en alguna medida David Nicholas cuando le encargaron investigar los hábitos de consumo y consulta de información de los jóvenes investigadores en aquel trabajo que finalmente acabó titulándose The Google generation: the information behaviour of the researcher of the future. Es necesario caer en la cuenta que los nativos digitales aprenden sobre todo jugando, simulando la realidad, adoptando personalidades alternativas a veces de forma simultánea, navegando a través de los diversos medios y reconstruyendo su sentido a posteriori, buscnado, sintetizando y diseminando la información que encuentran a través de su red de relaciones sociales. Todo eso debe conducirnos, por una parte, a adaptar nuestra manera de diseñar los entornos y experiencias de aprendizaje, tan ajenos a su realidad; todo eso debe ayudarnos, también, a ayudarles, a obtener lo mejor de su nuevo ecosistema sin perder las capacidades que se desarrollan mediante el manejo de las competencias precedentes (lectura, escritura, aritmética).

Una etnografía digital, en cualquier caso, no es solamente una estrategia de acercamiento a los aborígenes del ecosistema digital; es, también, un procedimiento heurístico para entrever de qué forma incorporan a sus hábitos lectores los soportes de lectura digital aquellas generaciones que nacieron antes de que fuera un objeto de uso corriente. Las tecnologías, en contra de lo que la mayoría de la gente piensa, no se adoptan de manera acrítica o irreflexiva. Toda adopción entraña elecciones más o menos conscientes y deliberadas y renuncias más o menos intencionales y voluntarias. Por eso resulta de todo punto necesario conocer cómo utilizan los dispositivos de lectura digital no solamente los jóvenes nativos sino, también, los jóvenes adolescentes y los adultos divididos por grupos de edad: 19-39, 40-54 y + 55. Solamente de esa manera sustituiremos la habitual e irreflexiva visión generalista que supone que todos adoptamos por igual y en la misma medida las tecnologías y herramientas que ponen a nuestra alcance y solamente así nos daremos la oportunidad de comprender cómo y para qué pretenden utilizarlas.

El proyecto Territorio Ebook, que se desarrolló inicialmente entre los años 2009-2011, culmina otros de sus proyectos anejos -Nube de lágrimas- mañana 25 de junio en una presentación pública en la Casa del Lector de la FGSR. Los clubes de lectura en la nube son una modalidad virtual de los tradicionales club de lectura presenciales, con resultados todavía necesaria y parcialmente inciertos, pero en todo caso prometedores. Todo dependerá, en buena medida, de los hábitos de uso de los dispositivos y de las prácticas lectoras de aquellos que han sido invitados a participar. Algo a lo que solamente puede contribuir, de manera científica y cabal, una buena y extensa etnografía digital.

[ESTE TEXTO ES PARTE DE MI INTERVENCIÓN MAÑANA 25 DE JUNIO EN EL ENCUENTRO DE LA CASA DEL LECTOR].

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