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Manifiesto para el fin de un mundo

Parece evidente que el fin del mundo no ha llegado hoy. De hecho, yo he estado esta misma mañana en Hacienda, y todo seguía igual. Lo cierto, sin embargo, es que aprovechando el esoterismo pueril de los que pretendían extraerle jugo al calendario maya, sí que es verdad que se vislumbran en el horizonte transformaciones, cambios y mutaciones en el mundo del libro irreversibles, equiparables al fin de una era, al fin de un mundo.

Habiendo consultado multitud de fuentes, habiendo conversado y departido con casi todos los sabios, habiendo auscultado la salud del sector y sus diferentes miembros, y hechas las preceptivas consultas a los hados del destino editorial, me permito enumerar los diez puntos del tránsito hacia un nuevo mundo, el manifiesto del fin de un mundo (que sí llegará, antes o después):

  1. la cadena de valor tradicional, nacida en el medievo y consolidada en el XVIII, desaparecerá: ninguno de los agentes que definieron su identidad por la posición que ocupaban (autores, editores, productores, distribuidores, críticos y libreros) permanecerán en la misma posición; de hecho, alguno de ellos perderá tanto sentido y relevancia, que desaparecerá u ocupará un lugar marginal. Solamente aquel que reflexione sobre la naturaleza del valor que pudiera aportar a la nueva cadena de valor, tendrá alguna oportunidad de pervivir;
  2. los editores serán desplazados, progresivamente, por la posibilidades que la autoedición y la microedición ofrecen y por actores que provienen de ámbitos profesionales aparentemente ajenos, relacionados con la tecnología: nuevas herramientas y aplicaciones surgirán para fomentar el contacto directo entre los autores y los lectores. De hecho, es posible que surjan nuevos negocios que tengan que ver con la explotación de esta relación;
  3. los libreros generalistas a penas encontrarán un lugar que ocupar; solamente aquellos que se especialicen y reinventen, que sepan ofrecer una experiencia que rode a la adquisición de ese objeto solemne que es el libro, pervivirán;
  4. los distribuidores, desagrupados y divididos, extraordinariamente fragmentados, a penas tendrán nada que decir en el nuevo ecosistema digital;
  5. solamente la suma de todas esas fuerzas disgregadas en proyectos de naturaleza común, con ambición global, podrán hacer frente a las inciativas heterónomas promovidas por los grandes buscadores, los grandes fabricantes de hardware o los grandes bazares multiproducto; en Internet la colaboración, la agregación y la transparencia son de suma importancia;
  6. si bien la posibilidad de que los pequeños sellos editoriales encuentren acomodo en la larga cola pueda ser una realidad, lo cierto es que, cada vez más, se demuestra que es necesario poseer una masa crítica suficiente de contenidos para que los usuarios reparen en la relevancia de lo que se ofrece;
  7. produciremos solamente contenidos inmateriales, digitales, que se encarnarán a voluntad del usuario en diferentes soportes y formatos; los editores deberán aprender a desmaterializar su proceso de producción, su flujo de trabajo, incorporando herramientas de gestión digital de contenidos que produzcan XML.  Será sumamente importante que los editores se preocupen por generar, administrar, gestionar y distribuir metadatos sólidos y relevantes de sus propios libros. En la red no existen libros físicos: existen representaciones o instancias digitales de nuestros productos generadas a partir de los metadatos aportados;
  8. los libros en papel, claro, seguirán existiendo, pero serán un soporte entre otros, y su relevancia para las generaciones sucesivas perderá progresivamente interés y valor. En el nuevo ecosistema de la información ocuparán un lugar, aunque no necesariamente sea el más vistoso ni relevante;
  9. la promoción, comunicación y eventual venta de nuestros libros dependerá del proceso de descubrimiento, recomendación, comparación y decisión de los usuarios, fundamentado todo en el uso de las redes sociales y/o de las herramientas que facilitan la conversación y el intercambio de opiniones. Ya lo dijo antes alguien más listo que yo: los mercados son conversaciones. El precio de las cosas, a todo esto, no podrá ser el mismo.
  10. a medida que los autores cobren conciencia de los derechos que la ley de propiedad intelectual les otorga, utilizarán con más conocimiento y munificencia licencias abiertas que les aseguren mayor circulación, impacto y visibilidad, sin renunciar por eso a inventar modelos que les permitan ganarse la vida con su actividad.

Más que de una cadena de valor quizás quepa hablar de una red de valor, en la que cada punto, cada nodo, aporte un valor específico al nuevo tipo de relaciones que se urden.

Y si me equivoco, podré siempre achacarlo a los Mayas.

Feliz 2013, próspero y fructífero para todos.

 

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Amazon como editor

Tengo algunos amigos editores que realizan un escrutinio pormenorizado de las opiniones que los lectores vierten en las páginas de libros de Amazon para encontrar pequeños o grandes tesoros que rescatar. Claro que, si ellos lo hacen, porque se dan cuenta del valor y alcance que el juicio de los lectores puede tener sobre el desarrollo de su catálogo, no habría razón alguna para pensar que Amazon mismo no pudiera hacerlo. Dicho y hecho, Amazon ha decidido entresacar de las opiniones de sus clientes, diseminadas en sus varias webs internacionales, aquellos títulos que, potencialmente, pudieran ser traducidos al inglés con más garantía de éxito.Amazon se convierte así en editor sobre seguro.

AmazonCrossing es el debut editorial del gigante distribuidor y, en esta nueva vertiente de su trabajo, anuncia cómo serán las nuevas cadenas del valor del libro y de qué manera se reconfigurarán los lugares que cada uno de ellos venía ocupando, algo que no deja de recordar, claro, a los libreros-editores del siglo XVII. Aun cuando quepa la posibilidad teórica, tal como ellos mismos anuncian, de que los libros editados por Amazon puedan ser comercializados en puntos de venta tradicionales, ¿quién iría a otra tienda a comprar lo que el distribuidor está en condiciones de poner en la puerta de tu casa, tal como reflejaba hace ya algún tiempo la portada de la revista The New Yorker? Y, aunque ahora se limiten a comprar derechos para el mercado norteamericano, ¿existe algún impedimento o cortapisa para que trasladen su experiencia a cualquier de sus tiendas virtuales en los distintos idiomas en que operan, incluido el español?

En uno de los temas e hilos de discusión abierto hace a penas dos horas, What books should be translated into English?, los usuarios debaten sobre la conveniencia de transferir a su lengua unos u otros autores, dando indicios evidentes de sus gustos y tendencias. Es seguramente a esto a lo que se refería Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, cuando decía en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería”. Claro, no sólo lo entendemos, sino que se lo fabricamos, vendemos y distribuimos, como meros intermediadores que atienden una demanda proclamada, explícita. Una cosa es escuchar y dialogar, ser un giroscopio que percibe el espíritu de los tiempos y obra editorialmente en consecuencia (valiéndose de las redes sociales y de los espacios de conversación que abre),  y otra muy distinta editar al dictado y al pie de la letra.

Sea como fuere, nada será ya igual a como fue. Amazon como editor desbroza parte de ese nuevo camino.

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La cadena de suministro (digital) del libro

Bajo esta título aparentemente letárgico, se esconde, sin embargo, toda una revolución en la manera en que compraremos y accederemos a los libros: en los últimos días algunos hemos recibido un sucinta guía titulada “¿Cómo se complementan los distintos proyectos para la mejora de la cadena del suministro del libro: SINLI + DILVE + CEGAL en RED?”, que pretende aclarar, precisamente, cuál es el vínculo que existe entre tres iniciativas que están condenadas a confluir, cada una de ellas puesta en marcha, en su momento, por un colectivo profesional distinto: FANDE (distribución), FGEE (editores) y CEGAL (libreros) respectivamente. Claro que faltó una clara voluntad de coordinación previa, pero seguramente sea achacable a que nadie preveía que la revolución digital forzaría a todos a entenderse.

Cadena Sinli

Lo chocante de la propuesta actual es que la cadena concluya dentro de la librería sin que el usuario, el cliente y el lector tengan acceso a la información que se suministra, algo que me atrevería casi a calificar de inconcebible en los tiempos que corren porque, ¿qué razón puede esgrimirse para que un usuario no tuviera acceso a través de la web a una plataforma comercial única, una verdadera distribuidora digital, a todos los registros bibliográficos y la oferta editorial del país?, ¿o a qué razón podría recurrirse para negarles a las librerías la posibilidad de implementar terminales táctiles a través de los que sus clientes pudieran visualizar, ordenar y adquirir esos mismos títulos, llevándose la comisión que correspondiera? La construcción lógica que los gremios nos ofrece es insuficiente y conviene pensar la manera de aprovechar las tecnologías a nuestro alcance y los protocolos ya establecidos para ofrecer a los lectores la posibilidad de elegir autores, títulos, formatos, soportes, desde su propio terminal o desde el espacio de la librería. Ahora mismo, me da la impresión, nos hemos quedado a mitad de camino, intentando salvaguardar la cadena de valor tradicional agilizándola, tímidamente, mediante el uso de aplicaciones digitales, pero pronto veremos -cuando Google Editions funcione a pleno rendimiento, cuando Amazon España se coma el mercado- que la única vía capaz de garantizar una cierta independencia a los agentes editoriales sería hacer uso de sus propios recursos.

Cadena de suministro ampliada

Consiento que el dibujo no es gran cosa -falta de pericia, de tiempo y de salud-, pero debería parecerse, más bien, a algo así, una nueva cadena de suministro digital del libro.

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