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Libreros en la niebla

Sí, parafraseo el título de Dian Fossey, porque apenas entreveo a los libreros desde la distancia, ahora que se han reunido todos en Gran Canaria, bajo la panza de burro que forman los aliseos cuando chocan contra las acantilados de la costa norte de la isla, y porque se han escondido en el auditorio Alfredo Kraus, sin comunicaciones exteriores, parapetados tras sus muros, sin que sea posible seguir absolutamente ninguna de las sesiones, leer ninguno de los textos sobre los que se sustenten las conferencias, percatarse del interés que puedan tener sus conclusiones. Quizás salgan de entre las brumas con una solución inusitada, aunque me cueste creerlo. El reciente encuentro de Zaragoza, Otras miradas, encuentro de Editores y Libreros independientes Latinoamericanos, arrojó solamente conclusiones apresuradas, improvisadas, incapaces de ligar la voluntad de los libreros.

Desde la distancia, propongo un ejercicio que comprende una lectura y un comentario de texto. En esa pequeña joya recientemente publicada de George Steiner que se titula El silencio de los libros, que reproduce sólo parcialmente el también interesante Los logócratas, puede leerse en el capítulo titulado “Nuevas amenazas”: “no hay ninguna certeza de que el número de libros impresos en los formatos tradicionales disminuya. Parece incluso que está ocurriendo lo contrario. En realidad hay una plétora increíble de nuevos títulos -ciento veintiún mil en el Reino Undio el año pasado-, lo que constituye tal vez la mayor amenaza que pesa sobre el libro, sobre la superviviencia de las librerías de calidad, con espacio suficiente para almacenar las obras  y poder responder a los intereses y a las necesidades de todos, incluyendo a la minoría” de lectores asiduos.

“Es posible”, continua unos párrafos algo más adelante Steiner, “que el tipo de lectura que he tratado de definir como “clásico” se convierta de nuevo en una especie de pasión particular, que se enseñe en las “casas de lectura”, y a la que nos entregaríamos como Akiba y sus discípulos tras la destrucción del Templo, o como se cultivaba en las escuelas monásticas y en los refrectorios de los conventos de la Edad Media”.

Y ahora las preguntas para pautar la lectura y facilitar la respuesta:

  • ¿Alguien cree, de verdad, que el flujo de novedades producida por los editores va a disminuir?
  • ¿Alguien piensa que los editores racionarán voluntariamente el flujo de novedades del que viven, en un ciclo perverso de financiación circular?
  • ¿Es malo, en todo caso, que el mercado sea rico y diverso en novedades?
  • ¿Cómo podrían hacer las librerías para convertir la amenza de la que habla Steiner en una oportunidad?
  • ¿Qué podrían hacer las librerías, utilizando tecnologías digitales y los recursos que están al alcance de su mano, para que los compradores que entran en una librería pudieran tener acceso potencial a toda la oferta editorial viva?
  • ¿Alguien ha oído hablar de Dilve, de las plataformas de distribución digital centralizadas, de escaparates digitales, de impresión bajo demanda?
  • Si la lectura está innegablemente en retroceso y nadie en su sano juicio puede creerse las cifras proporcionadas por el Gremio de Editores, ¿no serían las librerías ese lugar privilegiado destinado a convertirse en una casa de lectura donde los que nunca podremos prescindir de los libros nos encontremos, dialoguemos y disfrutemos de un placer compartido?
  • ¿Por qué no acondicionamos las librerías para que se conviertan en esos lugares de encuentro y los aprovechan como complemento de su plan de negocio?
  • ¿Prefieren los libreros extinguirse como los gorilas de Dian Fossey, o luchar para sobrevivir?

Mañana, cuando amanezca y la niebla se disipe, quizás veamos los resultados.

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Hipótesis distópica del editor y la librería

8 de febrero de 2011. En mi nave del tiempo me he trasladado al 16 de marzo, al archipiélago canario. En la ciudad de Las Palmas los libreros debaten su futuro en el 22 Congreso Nacional. Nadie me ha invitado. Me planto entre ellos sin acreditaciones pero con cara de lector conspicuo. Febrero, ya se sabe, es el mes en el que las golondrinas reconstruyen sus nidos en los aleros y resaltes de las casas y el mes en que los libreros devuelven hasta el último ejemplar de esos molestos productos que se llaman libros (productos que nadie suele demandar y menos aún comprar). En los corros que se forman en los pasillos y ante las puertas de las diversas salas del Auditorio Alfredo Kraus noto un nerviosismo exacerbado, una inquietud angustiada, un desasosiego inconsolable. La noticia ha corrido como yesca prendida: el gremio de editores se ha disuelto, los sellos editoriales se han dado de baja en el registro mercantil (no ha hecho falta que se diesen de baja en el IAE porque la profesión de editor nunca ha existido, por ser de maleantes y de gente de mal vivir) y nadie en el Observatorio de la Lectura y el Libro parece que se haya percatado.

Pesadumbre… Asombro… Pasmo y estupefacción… Parece que, tirando del hilo de lo que ha venido aconteciendo en las últimas semanas, muchos libreros habían comenzado a demandar a los editores que entregaran sus libros en consigna, una especie de depósito sin fecha de devolución previsible por el no abonarían ni un céntimo. Alguien repara en que los editores llevan viviendo décadas sosteniéndose sobre un mecanismo de financiación tan infernal como circular que consiste en depositar las novedades, cobrar por ellas, utilizar el activo circulante como financiación para editar el próximo libro antes de tener que abonar la devolución donde ya habrá colocado la próxima novedad. Es cierto que también se valían de otro mecanismo, es verdad: el descuento de letras que las sucursales bancarias solían practicar, pero con eso de la crisis del crédito y de que a los bancos les va más el espíritu de Las Vegas que el de las aburridas Pymes, no hay nada que hacer.

No hace falta esperar a la distopía de Bradbury: muchas pequeñas editoriales comenzaron despidiendo al escaso personal que sostenía su trabajo cuando el crédito sobre el que se sustentaban comenzó a escasear y acabaron atrincherándose en sus domicilios, en una labor heroica que muy pocos conocen y reconocen. Otros pusieron en peligro sus parejas, sus familias y sus propias vidas por mantener una equívoca vocación, creyendo que todavía existían complicidades y afinidades estructurales que justificaban ese sacrificio. El día que el director de la sucursal de la esquina les cerró el grifo y el día en que su distribuidor les comunicó que solamente se depositaban libros en consigna, decidió darse de baja en el oficio. Dentro de lo malo, lo bueno es que dejar de ser editor es tan fácil como convertirse en editor.

Nos trasladamos del Auditorio Alfredo Kraus a las playas del sur de Gran Canaria. Tomamos el sol y discutimos. A la mayoría no parece molestarles que ya no haya libros que vender. Alguien apunta, sin embargo, que quizás hubiera habido que diseñar estrategias conjuntas que hubieran permitido rediseñar la cadena de valor para que los editores no se hubieran encontrado con una crisis crediticia que les hubiera obligado a cerrar sus empresas…. pero a 38º con una humedad del 99% la verdad es que este debate no termina de calar.

Hipótesis distópica del editor y la librería.

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