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De cómo no hacer libros y de cómo hacer lectores

En el último Anuario de Estadísticas Culturales 2012 editado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, podemos darnos cuenta de la desmesura de nuestra producción editorial en relación al nivel de compra y lectura de los ciudadanos españoles. En el año 2011 se produjeron 97504 nuevas ediciones, un 83% del volumen total de la producción, que alcanzó los 116581 ISBNS. El resto se repartió entre reeimpresiones y reediciones. En formatos electrónicos el 98.2% de los títulos publicados fueron estrictas novedades frente al 79.5% de las correspondientes al papel.

Que esa cifra resulte desmedida, desproporcionada, obedece a que no existe el hábito de compra y de lectura correspondiente, a que no existe correlación alguna entre oferta editorial y demanda cultural. Eso queda a todas luces demostrado si uno tiene la paciencia de bucear en las cifras que ofrece el cuadernillo de Gastos de consumo cultural de los hogares contenido en el mismo estudio: quienes más libros leen y compran no son, necesariamente, quienes más ingresos tienen, sino quienes más títulos académicos poseen, quienes más capital cultural detentan: el gasto medio en la compra de libros entre una persona con estudios universitarios de segundo y tercer ciclo y otra persona con estudios de primer grado o inferiores, es de 402 € de media anuales. A menudo las diferencias salariales entre un profesor universitario y un camarero no son, ni mucho menos, tan distantes como lo que la gente pudiera imaginar (que me lo digan a mi y a mi cuenta bancaria). El abismo entre uno y otro es, más bien, la predisposición a invertir en bienes culturales o no, algo que no nace de un impulso natural, ingénito, sino de un largo proceso de habituación y formación.

La media del precio de los libros es, en comparación con otros servicios y productos generales, y otros servicios y productos culturales, barata: el 21% de los libros editados costaron entre 7.51 y 10 €; el 14.9% entre 5.01 y 7.50 €; el 14.5% entre 2.51 y 5.00 €. Así las cosas, ¿quién podría decir que no puede permitirse, materialmente, adquirir un libro? Sin embargo, la media del Gasto en bienes y servicios culturales por tipo de bienes y servicios delata que el gasto medio en libros no de texto fue de unos exiguos y raquíticos 22.2 €. Así, obviamente, no hay industria que se sostenga, menos todavía cuando la desmesura productiva de esa industria no obedece a una demanda real, sino a los perversos mecanismos de su propio proceso y ciclo de producción, difusión y comercialización.

Antes -vale la pena quizás recordarlo-, un editor intentaba realizar colocaciones masivas en el punto de venta con la esperanza de que los pagos condicionados del librero le sirvieran para hornear la siguiente tanda de novedades, aquella que debería sustituir a la devuelta; hoy, sin embargo, la consigna ha sustituido al abono, y la fuente de financiación de los editores se ha esfumado, de manera que la sobreproducción ya no tiene asiento ni justificación de ninguna clase.

Y si los editores deberían reflexionar, a la luz de estas cifras, sobre los excesos industriales cometidos, propios de una industria predigital, también es el momento de que las autoridades educativas y culturales, aquellas que tengan alguna responsabilidad sobre la formación de los lectores, se detengan a pensar sobre los desencadenantes del aprecio por el libro y la lectura: si uno se detiene en el capítulo sobre Hábitos y prácticas culturales, podrá comprobar que existe una estrechísima correlación entre un hábito de lectura regular y la práctica recurrente de otras actividades culturales: quienes más leen más van al cine, más conciertos escuchan, más museos visitan y más espectáculos de artes escénicas frecuentan. De lo que se trata es -como cualquier sociólogo de la educación y la cultura con dos dedos de frente sabe-, es de generar ese hábito, ese correlación indeleble que se convierte en costumbre, esa afinidad que acaba convirtiéndose, casi, en un instinto natural.

No hay industria de contenidos culturales -no hay industria del libro o de lo que tenga que venir- sin quienes los demanden, los usen, los reelaboren y los consuman; no hay industria cultural alguna sin el decidido fomento de los hábitos culturales, de su frecuentación.

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Límites y fronteras de la lectura

Leer no es sencillo. Existen condicionantes fisiológicos, neurológicos,  sociológicos y pedagógicos, al menos.

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La lectura requiere, para empezar, que seamos capaces de reconocer un conjunto limitado de signos arbitraios y los asociemos a otros tantos sonidos no menos casuales y lo hagamos en milésimas de segundo. Para eso, una parte de nuestro cerebro, que coincide con una variación de apenas unos milímetros en la anatomía de todos los seres humanos, especializada en el registro visual de esos rasgos, necesita un largo entrenamiento. Un periodo que alcanza, aproximadamente, los diez años. Ese milagro neurológico es la base sobre la que se asienta la posibilidad misma de la lectura.

La lectura no es un acto espontáneo, sino inferido, provocado, fortalecido por el contexto social que lo propicia. Lo “natural”, en todo caso, es escuchar y relatar historias. Eso lo sabemos desde hace cincuenta años, al menos, porque los hijos de padres que con escasos títulos escolares y poco capital cultural, que no han desarrollado hábitos de lectura regulares, no trasladan esa necesidad o no inculcan esa costumbre a sus hijos. Al contrario también es cierto: la correlación entre títulos escolares paternos, éxitos educativos y hábitos lectores, muestra una fuerte correlación estadística. Si esto es así, sólo la enseñanza infantil y primaria, estratégicamente avisada y preparada para tal eventualidad, para ejercer de contrapeso, puede enmendar, en alguna medida, lo que parece un destino fatídico, una predestinación que se asume como limitación o incapacidad natural, cuando es enteramente social.

La lectura tampoco es sencilla en el entorno escolar: se da por sentando, en el entorno escolar, demasiado a menudo, que una vez que se ha aprendido a repetir mecánicamente el vínculo entre grafema y fonema, el papel del profesor ha acabado o, en todo caso, se deriva hacia las vagas responsabilidades del profesor de lengua y literatura, que es quien se encarga de las letras. El fracaso escolar en secundaria y bachillerato y el puro analfabetismo funcional de muchos universitarios -incapaces de entender textos complejos- deriva, en buena medida, de esa falta de entrenamiento transversal continuado a lo largo de todo el perido formativo. Las estrategias de enseñanza coordinadas en las diversas áreas de contenido parece ser una de las fórmulas capaces de garantizar el éxito.

Leer no es sencillo, tampoco, porque las bibliotecas, que atesoran libros y recursos informativos de diversa índole, permanecen desvinculadas del entorno educativo y a penas se coordinan entre sí. Las bibliotecas escolares siguen siendo, pese a todos los esfuerzos, apoyos y discusiones, una isla deshabitada en un archipiélago de asignaturas y departamentos. Las bibliotecas públicas no constituyen un referente para los jóvenes ni para los adolescentes, no son percibidas como espacios donde quepa seguir trabajando, encontrándose, formándose, como una continuación de sus espacios naturales. En otros países han comenzado a remediar este asunto mediante una estrategia que exige un gran nivel de coordinación: los currículum en espiral, una estrategia de trabajo que requiere trabajar periódicamente los materiales contiguos con una profundidad progresivamente superior, que demanda secuenciar los contenidos y administrar su presentación en los distintos ámbitos.

Con mayor o menor éxito -sospecho que más de lo segundo que de lo primero-, es lo que pretendí trasladar en el Tercer Seminario del Aula Jordi Rubió de la Facultad de Documentación de la Universidad de Barcelona. El milagro de traspasar los límites y fronteras de la lectura.

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