Posts etiquetados con ‘Diseño del entorno educativo’

Diseñar la escuela y la biblioteca del futuro

Que el espacio se organiza siguiendo una lógica social, es algo que sabemos hace mucho tiempo. Que el espacio, una vez que ha sido configurado de una determinada manera, influye en nuestra manera de percibir, pensar y hacer las cosas, es parte de ese círculo causal que no tiene principio ni fin. Diseñar un espacio, por tanto, es algo propiamente político; es más: es una herramienta estratégica de primer orden, absolutamente alejada de lo decorativo o lo ornamental, porque influye de manera determinante en nuestro comportamiento presente y un nuestra previsible conducta futura. No está muy de moda citar a Foucault, pero las escuelas han sido espacios disciplinarios más cercanos a las prisiones que a lugares de encuentro y trabajo en común, y las bibliotecas han reproducido esa lógica fabril del trabajo aislado y repetitivo propio de siglos anteriores. Todo empieza, por tanto, por el diseño, o por ser más exactos, por la intersección entre el diseño, la pedagogía y la organización. El espacio encarna la lógica y la dinámica pedagógica que defendamos y si creemos -como es el caso-, que debemos facilitar el trabajo colaborativo, la autoorganización y la persecución de fines consensuadamente establecidos, que favorezcan la asunción de la máxima responsabilidad en el propio proceso de aprendizaje, entonces no cabe seguir pensando que nuestras aulas o nuestras bibliotecas sigan pareciéndose, morfológicamente, a las que conocimos, sino que tienen que variar hasta convertirse en lugares en los que, silenciosa y subrepticiamente, se amparecen esos proceso.

Una de las mejores conferencias sobre educación que he escuchado nunca, “Designing for a better world starts at school“, es la que impartió en TED Indianápolis Rosan Bosch, arquitecta sueca encargada de diseñar la escuela Vittra Telefonplan. Basta contemplar el diseño de los espacios -lugares de trabajo compartido, espacios de introversión y reflexión, sitios de encuentro y cooperación, espacios para la exposición, medialab y biblioteca, lugares para la incubación y desarrollo de proyectos, sitios para danzar o ejercitarse, espacios móviles y flexibles fácilmente adaptables a las necesidades que puedan presentarse- para convenir, como proclama Bosch al principio de su conferencia, que la premisa a partir de la cual diseñó esa escuela fue la de contribuir a crear ciudadanos capaces de aprender por sí mismos, de fijar sus metas, de responsabilizarse de su formación, de recrearse haciéndolo. En el fondo, como relata al hablar de la experiencia de su propio hijo, conseguir que cualquier niño percibiera esa escuela como un entorno al que quiere ir, del que no querer salir, donde no cupiera establecer una diferencia entre aprender y disfrutar.

Las mismas premisas fueron las que llevaron a convertir una vieja fábrica en Minessota en la Harbor City International School (HCIS), un espacio educativo nada convencional construido sobre las mismas premisas pedagógicas. Para diseñar ese espacio se tuvieron en cuenta 32 parámetros o dimensiones distintas, tal como puede leerse en “Design Features for Project-Based Learning“.

El resultado, tal como puede seguirse en “Designing a High School for Collaborative, Project-based Learning“, fue el de la creación de espacios de tamaño variable, de espacios de trabajo individual, de lugares pensados para la presentación publíca de los resultados, de lugares donde se preservara la intimidad y la reserva que la lectura y el estudio requieren, de sitios donde poder acceder con facilidad a bebidas y alimentos, de laboratorios con herramientas digitales, de incubadoras de proyectos. Un espacio concebido, en definitiva, para propiciar una forma de aprendizaje enteramente distinta a la que hemos conocido hasta hoy.

Esos mismos antecedentes son, a mi juicio, clara y sencillamente trasladables a las bibliotecas, con más razón aún si de lo que habláramos fuera de bibliotecas escolares, concepto que seguramente haya perdido ya toda delimitación física y solamente tenga sentido como espacio de trabajo integrado en un espacio educativo superior.

Diseñar el futuro de la educación y del aprendizaje pasa por diseñar, conscientemente, los espacios que lo propician y lo acogen.

Etiquetas: , , , , , , ,
Categorias: General

Neoludismo

El 1 de septiembre de 2008, regresado del verano, reproduje la misma pregunta que había encontrado en algunas revistas y semanarios internacionales: ¿nos hace Internet más tontos? El artículo de Nicholas Carr en The Atlantic, Is Google making us stupid?, abrió un periodo de reflexión y reacción frente a cierto fundamentalismo tecnocrático o tecnofílico que invadía nuestras vidas y nuestras mentes. Este movimiento de resistencia reflexiva al cambio digital no es nuevo en la historia de la humanidad: los luditas fueron aquellos obreros artesanos que lucharon contra la implantación de un modo de producción soportado por máquinas porque su introducción asolaba el sentido y el fundamento material de sus vidas. Y no les faltaba parte de razón, claro: aunque el formidable aumento de los estándares generales de vida de la población europea y norteamericana se debiera, en gran medida, a la adopción de métodos de trabajo fordistas sostenidos por la nueva maquinaria, también es cierto que eso trajo como consecuencia, a corto plazo, la desaparición de artesanías, modos de vida y comunidades y, a medio plazo, depredación de recursos naturales y un enorme impacto sobre nuestro entorno. Todo parece tener su anverso y su reverso.

Dos años después Carr publicó el libro The sallows. What the internet es doing in our brains, que incluí en un comentario titulado buzos y surfistas: antes, confiesa Carr, tendía a comportarme como un buzo que descendía a las profundidades persiguiendo palabras, con el propósito de descifrar su significado, esforzadamente, hasta dar con la pieza; hoy todos tendemos a comportarnos como surfistas que sobreponen el placer de la navegación superficial a las demandas que el submarinismo nos plantea. Aporta, para sostener la metáfora, múltiples ejemplos, incluso cercanos a quienes presumimos de lectores aguerridos: desde el año 2008 se revisaron 34 millones de artículos académicos publicados entre 1945 y 2005. Aunque la digitalización los había hecho accesibles a toda la comunidad científica, poniéndolos al alcance de sus dedos y de su ratón, lo cierto es que el número de citas en en las publicaciones actuales descendió en favor de las publicaciones más recientes. Disponer de un extraordinario acervo histórico sobre el que construir el conocimiento no fue suficiente para evitar la tendencia a sobrevolar y citar lo más actual, lo más cercano, lo más superficial. Ya lo dijo quien pasa por ser uno de los sumos sacerdotes de la red, Cory Doctorow: internet es un ecosistema de tecnologías que interrumpen, de tecnologías disruptivas y distractivas.

Aparece ahora la versión en castellano de ese libro que algunos califican ya como el manifiesto neoludita, aunque si alguien quiere saber algo más de esto le convendría gastarse unos cuartos en el libro de Steven E. Jones Against technology: from Luddities to neo-luddism. Nuestra vida -la mía, obviamente, que vivo instalado en un blog desde hace un lustro, que no puedo concebir mis relaciones sin el correo electrónico y otros canales digitales de comunicación o sin determinadas herramientas que, en gran medida, aumentan mi memoria, expanden mi inteligencia, acrecientan mi capacidad de análisis y reflexión, ensanchan mi vida y amplian mis horizontes, por decir sólo algunas de las cosas en las que las tecnologías digitales han cambiado mi manera de ser y de estar (termino paréntesis)-, ha cambiado de manera irreversible y la cuestión no es tanto de dimensión como de intensidad, de cualidad como de magnitud. Me explico: ayer leía el blog de mi amigo Luisgé Martín, al que tengo por uno de los hombres más cabales que conozco. En Ciberpost decía:

Acabo de leer Superficiales, el libro de Nicholas Carr que reconstruye qué está haciendo internet con nuestras mentes, como explica el antetítulo. Se titula Superficiales porque es un libro de divulgación con mimbres científicos y armazón teórico, pero podría titularse Imbéciles, que es en lo que realmente nos estamos convirtiendo al parecer gracias al uso de las nuevas tecnologías. El otro día, justo cuando terminaba de leer el libro, me encontré con un amigo al que le acababan de quitar la escayola de un brazo roto. Lo tenía pálido y magro a causa de la inactividad. Ponía juntos los dos brazos y parecían de personas distintas. Eso es según Carr lo que está pasando en nuestros cerebros: estamos perdiendo la capacidad de profundidad, de reflexión y de análisis. No es un libro pretecnológico ni antitecnológico. No es un libro incendiario ni superficial. No es dogmático. Ni siquiera es perentorio, pues se intuye entre líneas una cuestión casi metafísica que, a la postre, resulta mucho más desoladora: nos estamos volviendo imbéciles, inanes e inconstantes, pero en el contexto completo de la naturaleza humana, ¿qué más da?

Ayer también -día aparentemente antitético- acudí como invitado a la reunión del Espacio-Red de Prácticas y Cuturas digitales, un grupo de trabajo que se esfuerza por comprender de qué manera cambiará, sobre todo, el diseño de nuetros entornos educativos mediante el uso de las tecnologías digitales que rompen con la concepción de transmisión y repetición unilaterial del conocimiento tradicional. En el fondo, lo mismo que persiguen los autores de Re-designing learning context: technology-rich, learner-centred ecologies: ¿cómo diseñar ese nuevo ecosistema de recursos digitales para favorecer e impulsar un proceso de enseñanza y aprendizaje más rico?

En el próximo número de El profesional de la información -por añadir una última coda de publicidad gratuita-, el de marzo de 2011, doy rienda suelta a mi lado más neoludita en “La contracción digital del presente” (si a alguien le entran ganas de quemar tablets después de leerlo, que aguante).

Etiquetas: , , , , ,
Categorias: General