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La piel digital de la librería

No es previsible que quien haya experimentado con el comercio electrónico y haya realizado una compra cómodamente desde su dispositivo móvil vaya a renunciar fácilmente a proseguir e incluso aumentar su dedicación digital. 5 mil millones de dispositivos conectados ya a la red no se pueden equivocar.

En las alturas los gigantes disputan la última de las grandes batallas y el más grande de ellos reconoce que el futuro será de aquel que sepa ofrecer a sus clientes, en el ámbito de lo digital, una experiencia de compra satisfactoria. Mientras tanto, el pequeño comercio -la librería- se aferra a algunos argumentos insuficientes, prácticamente inservibles, para perpetuar su opción exclusivamente analógica, disgregada y escasamente colaborativa: el formento de la compra local, el valor cultural de su oferta, el trato cercano y personalizado. Y no es que estos últimos argumentos sean falsos en sí mismos, sino que no pueden plantearse como una alternativa exclusivista enfrentada a los retos que plantea el ámbito de lo digital.

En Alemania acaban de poner en marcha lo que algunos de nosotros hace tanto tiempo pensábamos que debería ser una de laa más plausibles alternativas a la rigurosa concentración vertical de las grandes plataformas: el portal Koliro.de  facilita que cualquier usuario realice su compra online y decida a continuación a qué librería local debe adjudicarse la transacción, una suerte por tanto de plataforma centralizada que no solamente muestra en qué librería pueden encontrarse los libros que uno quiera adquirir sino que permite realizar la compra y recibirla a domicilio. Un acuerdo nacional con una de las grandes distribuidoras alemanas, Koch, Neff und Volckmar (KNV), garantiza que los envíos se realizarán con la misma puntualidad y celeridad que su amenazante contraparte multinacional. También, claro, pueden realizarse compras de contenidos digitales para descargarlos de manera inmediata en formato estándar (EPub 3.0) y con simples marcas de agua como DRM.

Es cierto que este fenómeno no es nuevo en Alemania y que Libreka ya representaba en buena medida esa posibilidad de compra online: Libreka es hoy directamente gestionada por Buchhandel, la asociación de los libreros alemanes, y su lema reza de la siguiente manera: “Compre los libros en su librería local. 3 millones de títulos. 900 librerías. Un portal”. Y por si quedara alguna duda de espíritu cooperativo en tiempos de necesaria colaboración, se definen así mismos como Das gemeinsame Portal des deutschsprachigen Buchhandels, el portal común de las librerías alemanas, y su publicidad se subraya con una campaña que dice: Global Klicken. Lokal kaufen, hacer click global, comprar local.

La estrategia parece evidente: solamente la agregación o integración de las pequeñas librerías en una única plataforma en la que el usuario pueda encontrar una masa crítica de contenidos variada y de calidad, en un entorno sencillo de utilizar sin los engorros y dificultades que habitualmente interponen muchas plataformas, valiéndose del apalancamiento que el precio fijo proporciona, garante de la interoperabilidad, puede afianzar la pervivencia de un entorno librero diezmado y en franco peligro de desaparición. Acatar las reglas de un juego que dan al usuario la potestad de repartir los márgenes de la compra realizada al librero que elija, de manera que el beneficio de la agregración revierta en el pequeño comercio. Lo digital al servicio de la supervivencia de lo analógico, la piel digital que la librería necesita para perdurar en esa función cultural que tantos deseamos que preserve y potencie.

Muchos otros servicios de naturaleza digital pueden reforzar y enriquecer la vida del entorno analógico: la suma de las fuerzas de algunas empresas de producción (que bien podrían haber estado lideradas por los libreros), han dado como resultado la formación de Bibliomanager, que persigue hacer realidad lo que hace tiempo que la impresión digital promete: un patrimonio bibliográfico siempre accesible a disposición de cualquier lector en formato analógico.

Entre nosotros se han dado pasos, qué duda cabe, en el sentido acertado: Todostuslibros.com podría y debería ser ese espacio, por ahora incomprensiblemente desgajado de su complementario Todostusebooks.com y ajeno a la posibilidad de compra, que compitiera por un lugar bajo el sol de las plataformas preferidas de los compradores de libros y servicios asociados. O las pequeñas y medianas librerías se integran de manera que su oferta editorial disuada a los potenciales lectores de adquirir el mismo contenido en otras plataformas, haciéndolo con la misma o mayor facilidad y pertinencia, renunciando al eventual beneficio individual en beneficio del colectivo librero, o mucho me temo que nos rasgaremos las vestiduras y nos arrancaremos los cabellos cuando ya sea demasiado tarde.

Poner una piel digital a las librerías, en fin.

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Leer en la era móvil

Hubo un tiempo en que los textos formaban parte indisociable del soporte sobre el que se escribían, una asociación indeleble que vino a reforzarse con el surgimiento de la imprenta, de la mentalidad tipográfica, tal como explicaba Walter Ong. Esa ligadura entre texto y soporte inducía una forma de lectura sucesiva, silenciosa, continuada, reflexiva, un ejercicio que sin duda elevaba nuestra conciencia a un estado superior -tal como también aseguraba Ong-, porque nos distanciaba del objeto sobre le que leíamos y reflexionábamos ayudándonos a formarnos una idea e imagen clara de él. Claro que esa ligazón entre materialidad, discursividad y lectura -como subrayaba hace poco Roger Chartier- generaba un tipo de artefacto del que nos hemos rodeado los últimos siglos (al menos desde el II d.C.), los códices y luego los libros, similares en su arquitectura y en las exigencias que plantean. Es cierto que esta es una típica discusión de país alfabetizado, de país con acceso a bibliotecas públicas (las pocas que queden). En aquellos lugares donde nunca ha existido la posibilidad de encontrarse con los libros, quizás el paso de la era de la oralidad a la digital no constituya objeto de disensión alguna, antes al contrario.

Esos (adorables e insustituibles) objetos se dejan acarrear mal y distribuir aún peor y difícilmente llegan a algunos de los rincones donde, seguramente, más necesarios serían. La lógistica necesaria para hacerlos llegar a algunos rincones del mundo es costosa y no suelen existir empresas que asuman las inversiones necesarias. Sin embargo, en la era digital, en la era de la tecnología y los soportes móviles, todo cambia: si el arraigado vínculo entre materialidad y textualidad desaparece y aquello que editamos o escribimos puede ser distribuido a través de la web a cualqueir soporte digital, las barreras materiales y logísticas desaparecen en gran medida y la posibilidad de que los más desposeidos tengan acceso a los contenidos escritos, a los contenidos educativos, se expande y se agranda. Eso es lo que dice la UNESCO en su último y recentísimo informe: Reading in the mobile era, leer en la era móvil y en la era de los dispositivos móviles.

De acuerdo con las estadísticas que pueden consultarse en el informe, las tecnologías móviles parecen haberse constituido en una verdadera alternativa a la alfabetización tradicional: la mayoría de los habitantes del África subsahariana no poseen un solo libro y en la mayoría de las ocasiones los libros de texto en papel que llegan a los centros escolares deben ser compartidos, unitariamente, por una media de 10 a 20 alumnos. Los costes vinculados a la impresión y distribución de esos materiales es una de las razones de esa elevada medida, aun cuando existan empresas, como Electric Book Works, que llevan años repensando la manera de editar para los mercados emeregentes. Aun cuando pueda parecer chocante, en contrapartida, 6000 millones de personas (de las 7000 censadas), poseen un dispositivo móvil al tiempo que la cobertura global de Internet, siempre según datos de la UNESCO, puede llegar a alcanzar el 95% de esos territorios. El 80% de los propietarios de smart-phones en esos países son todavía hombres, mientras que las mujeres leen seis veces más que el género opuesto (207 frente a 33 minutos mensuales según las estadísticas).

¿Qué sucedería si se facilitara el acceso de las mujeres a la tecnología, si se distribuyeran contenidos educativos digitales a través de esos dispositivos, si se allanaran las barreras ofreciéndolos mediante licencias Open Access, si se agrandara la oferta de textos infantiles y juveniles para el fomento de la alfabetización y si se tradujeran a idomas distintos del inglés? La UNESCO documenta, adicionalmente, un curioso efecto de retroalmientación positivo: por el hecho de poder leerse en dispositivos móviles, la motivación por aprender a leer, por procurarse una alfabetización básica, se ha incrementado.

El futuro de la lectura (y, consiguientemente, el futuro de la edición de contenidos) es, definitiva y afortunadamente, móvil.

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La unión (digital) hace la fuerza

En la próxima Feria del Libro de Madrid -con un adelanto previo esta misma semana, en pase privado, para los miembros de CEGAL- se presentará la plataforma de distribución digital de tres grandes grupos editoriales. El proyecto se basa en la convicción de que la unión de los grandes, la suma de sus catálogos, su poder de atracción, sumará una cantidad de oferta digitalmente atractiva suficiente para augurar su éxito. Esto mismo es, seguramente, lo que pensaron hace algún tiempo nuestros vecinos franceses. El tiempo y la experiencia, sin embargo, les han hecho cambiar de opinión: en “Les trois plateformes de livres numériques proposent un catalogue commun” podemos comprobar, precisamente, cómo la lógica de la economía digital premia dos cosas aparentemente distintas: la agregación, la construcción de ventanas únicas sindicadas, la suma de catálogos de grandes, medianos y pequeños, el uso de estándares abiertos y lenguajes de intercambio de información; o, en el extremo contrario, el uso inteligente de las tecnologías de la comunicación y la relación social para construir pequeñas comunidades de afinidad temática, en el extremo inferior de la larga cola, que justifiquen el trabajo de un pequeño sello editorial.

La lógica de la economía digital, sin embargo, no recompensa la mera masa muscular incrementada fruto de la suma de los grandes. Al contrario, tal como demuestra el giro estratégico de nuestros vecinos galos hacia la creación de puntos únicos de acceso. Entre nosotros los ejemplos de gestión colectiva inteligente son escasos: el Kiosko digital de ARCE o Biblioandalucia son dos de ellos.

El entendimiento adecuado, también, de los modelos de negocio de la web y de las modalidades de distribución y lectura de los contenidos electrónicos tiene que ir -al menos, así lo pienso y considero yo-, hacia aplicaciones que nos aseguren la perdurabilidad de los contenidos que adquirimos, la intercambiabilida de los soportes en los que leemos, la propiedad cierta sobre lo que compramos y la posibilidad derivada de hacerlo circular y prestarlo, la lectura legible y gustosa de los textos que descargamos. La intrincada selva de las Apps de lectura es objeto de un artículo en el New York Times titulado “E-reader applications for today, and beyond“, que invita a los lectores a ser lentos y cautos en la instalación de aplicaciones para la lectura en sus dispositivos digitales y, en consecuencia, en la adquisición de contenidos y la compra de soportes. Si hubieran apostado, quizás, por lenguajes abiertos, intercambiables y perdurables, para evitar precisamente la volubilidad de las tecnologías y los dispositivos, quizás otro gallo digital les cantara.

La unión (digital), libre, consentida, abierta y colaborativa, hace la fuerza.

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