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10 años de Texturas

Para convertirse en editor hace falta desconocer el miedo, ignorar que editar libros es un negocio impracticable y casi siempre ruinoso, anteponer en la mayoría de las ocasiones los intereses estéticos e intelectuales a los financieros y contar, si resulta posible y familiarmente viable, con una herencia que dilapidar. Si uno pretende convertirse, aún más, en editor de revistas culturales, en editor de revistas culturales sobre edición y libros, es necesaria una temeridad rayana en el desvarío, una osadía que solamente cabe explicar por una profunda convicción estética e intelectual, por un inconmovible amor a los libros y a sus oficios.

Durante los últimos diez años se viene publicando la única y principal (no por única) revista sobre edición, libros, sus hechos y algunas ideas que lleva como título Texturas, un atrevimiento empresarial e intelectual ideado y desarrollado por Manuel Ortuño y Txetxu Barandiarán, acompañados poco después en la dirección por Manuel Gil, y ante todo pronóstico ha perdurado, ha crecido y ha sido reconocida, al menos por un puñado de profesionales de la edición iberoamericana, como la cabecera de referencia a uno y otro lado del Atlántico. En sus páginas pueden encontrarse toda clase de contenidos, debates e inquisiciones: artículos sobre la historia del libro, sobre sus vicisitudes comerciales, sobre librerías y bibliotecas, sobre las estrategias de comercialización y distribución, sobre la ineludible transción a lo digital. Un espacio de reflexión acogedor, como una conversación entre amigos, en el que cualquier interesado por la historia del libro y su improbable futuro debería recalar. Y su diseño y su estructura formal son un ejemplo renovado en cada número de excelencia gráfica.

Es cierto que su destino ha sido, sin embargo, paradójico, como el de tantas revistas culturales: en un país que se tiene por supuesta potencia editorial mundial, al menos desde el punto de vista de la producción, sólamente unos centenares de interesados y profesionales la siguen y la sostienen, destinteresados la mayoría por completo de la cavilación sobre su propio destino y su propio sector. Y así nos van las cosas…

Después de este cumpleaños que deberemos celebrar, es posible que Texturas deba reflexionar sobre esas cosas a las que se exponen los directores editoriales cada cierto tiempo: los formatos, los canales de distribucion, los contenidos, los públicos a los que va dirigido, porque solamente en la mutación y la innovación cabe imaginar el futuro de la revista, antes de dejarse vencer por la tentación de convertirse en una reliquia de anticuario.

“Es posible”, escribió Josep Janés i Olivé, en un magnífico discurso que recoge Texturas en su número 28, Aventuras y desventuras de un editor, “que yo sea un iluso, que detrás del programa de esta colección no se encierre ninguna obra de interés para mi país, que sea tan sólo la expresión de un delirio de grandezas, de una ansia desmesurada e inhumana de coleccionista que quiere reunir en sus arcas todos los tesoros del mundo. Es posible que así sea. Pero en todo caso nunca tesoro tan noble fue objeto de la codicia de un avaro, ni nunca arcas tan generosamente abiertas aspiraron a guardar para tantos tan precioso tesoro. Pero si mi idea no es solamente una expresión de megalomanía, si su realización encierra una contribución decisiva al movimiento editorial de nuestra época en nuestro país, permítanme que con toda la amargura de que soy capaz les confiese que, hoy por hoy, su realización, aunque lenta, es posible gracias únicamente, además del esfuerzo personal que supone, al interés que ha suscitado en todos los países del área idiomática hispánica”.

No me parece muy distante de la convicción y el impulso que sostiene a Texturas.

Felicidades y muchos decenios más.

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Manifiesto para el fin de un mundo

Parece evidente que el fin del mundo no ha llegado hoy. De hecho, yo he estado esta misma mañana en Hacienda, y todo seguía igual. Lo cierto, sin embargo, es que aprovechando el esoterismo pueril de los que pretendían extraerle jugo al calendario maya, sí que es verdad que se vislumbran en el horizonte transformaciones, cambios y mutaciones en el mundo del libro irreversibles, equiparables al fin de una era, al fin de un mundo.

Habiendo consultado multitud de fuentes, habiendo conversado y departido con casi todos los sabios, habiendo auscultado la salud del sector y sus diferentes miembros, y hechas las preceptivas consultas a los hados del destino editorial, me permito enumerar los diez puntos del tránsito hacia un nuevo mundo, el manifiesto del fin de un mundo (que sí llegará, antes o después):

  1. la cadena de valor tradicional, nacida en el medievo y consolidada en el XVIII, desaparecerá: ninguno de los agentes que definieron su identidad por la posición que ocupaban (autores, editores, productores, distribuidores, críticos y libreros) permanecerán en la misma posición; de hecho, alguno de ellos perderá tanto sentido y relevancia, que desaparecerá u ocupará un lugar marginal. Solamente aquel que reflexione sobre la naturaleza del valor que pudiera aportar a la nueva cadena de valor, tendrá alguna oportunidad de pervivir;
  2. los editores serán desplazados, progresivamente, por la posibilidades que la autoedición y la microedición ofrecen y por actores que provienen de ámbitos profesionales aparentemente ajenos, relacionados con la tecnología: nuevas herramientas y aplicaciones surgirán para fomentar el contacto directo entre los autores y los lectores. De hecho, es posible que surjan nuevos negocios que tengan que ver con la explotación de esta relación;
  3. los libreros generalistas a penas encontrarán un lugar que ocupar; solamente aquellos que se especialicen y reinventen, que sepan ofrecer una experiencia que rode a la adquisición de ese objeto solemne que es el libro, pervivirán;
  4. los distribuidores, desagrupados y divididos, extraordinariamente fragmentados, a penas tendrán nada que decir en el nuevo ecosistema digital;
  5. solamente la suma de todas esas fuerzas disgregadas en proyectos de naturaleza común, con ambición global, podrán hacer frente a las inciativas heterónomas promovidas por los grandes buscadores, los grandes fabricantes de hardware o los grandes bazares multiproducto; en Internet la colaboración, la agregación y la transparencia son de suma importancia;
  6. si bien la posibilidad de que los pequeños sellos editoriales encuentren acomodo en la larga cola pueda ser una realidad, lo cierto es que, cada vez más, se demuestra que es necesario poseer una masa crítica suficiente de contenidos para que los usuarios reparen en la relevancia de lo que se ofrece;
  7. produciremos solamente contenidos inmateriales, digitales, que se encarnarán a voluntad del usuario en diferentes soportes y formatos; los editores deberán aprender a desmaterializar su proceso de producción, su flujo de trabajo, incorporando herramientas de gestión digital de contenidos que produzcan XML.  Será sumamente importante que los editores se preocupen por generar, administrar, gestionar y distribuir metadatos sólidos y relevantes de sus propios libros. En la red no existen libros físicos: existen representaciones o instancias digitales de nuestros productos generadas a partir de los metadatos aportados;
  8. los libros en papel, claro, seguirán existiendo, pero serán un soporte entre otros, y su relevancia para las generaciones sucesivas perderá progresivamente interés y valor. En el nuevo ecosistema de la información ocuparán un lugar, aunque no necesariamente sea el más vistoso ni relevante;
  9. la promoción, comunicación y eventual venta de nuestros libros dependerá del proceso de descubrimiento, recomendación, comparación y decisión de los usuarios, fundamentado todo en el uso de las redes sociales y/o de las herramientas que facilitan la conversación y el intercambio de opiniones. Ya lo dijo antes alguien más listo que yo: los mercados son conversaciones. El precio de las cosas, a todo esto, no podrá ser el mismo.
  10. a medida que los autores cobren conciencia de los derechos que la ley de propiedad intelectual les otorga, utilizarán con más conocimiento y munificencia licencias abiertas que les aseguren mayor circulación, impacto y visibilidad, sin renunciar por eso a inventar modelos que les permitan ganarse la vida con su actividad.

Más que de una cadena de valor quizás quepa hablar de una red de valor, en la que cada punto, cada nodo, aporte un valor específico al nuevo tipo de relaciones que se urden.

Y si me equivoco, podré siempre achacarlo a los Mayas.

Feliz 2013, próspero y fructífero para todos.

 

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Los libros secuestrados

Liber está a la vuelta de la esquina; también Frankfurt y, poco después, Guadalajara, lugares concebidos, cómo no, para la compra y venta de derechos, para el fichaje de autores y títulos, para la transacción de vanidades también. Mientras me preparo para acudir a la primera de ellas, leo: “en lugar de promocionar libros que exigen una lectura profunda, la industria editorial de nuestro tiempo crea objetos unidimensionales, libros superficiales que no dan a los lectores la posibilidad de explorarlos a fondo”.

Hay que tener una sensibilidad muy encallecida o un criterio muy embotado para no estar de acuerdo, en el fondo, con Alberto Manguel. En su último y más que recomendable libro, La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias, tras reflexionar sobre el papel de la literatura y del lenguaje frente a la cerrazón y clausura inherente al discurso político, arremete contra todos los eslabones que componen, todavía hoy, la anquilosada cadena de valor del libro. Y hay para todos. Para empezar, la propia materia prima subvertida de la buena literatura, el lenguaje: “[...] la lengua literaria (ambigua, abierta, compleja, capaz de un infinito enriquecimiento) puede ser suplantada por la lengua de la publicidad (breve, categórica, imperiosa, definitiva), de forma que, finalmente, lo que se ofrece son respuestas en vez de preguntas y la gratificación instantánea y superficial sustituye a la dificultad y la profundidad”. Reinvindicar la complejidad del discurso y el tiempo necesario para desentrañarlo, no es, desde luego, nadar a favor de la corriente.

La esencia y naturaleza industrial misma de la cadena de valor del libro no añade ya hoy nada, sustancialmente, a lo que deberíamos esperar de un libro: “el modelo económico aplicado desde la Revolución Industrial a la mayoría de las tecnologías y a la mayor parte de las industrias para producir mercancías con el menor coste y el mayor beneficio posibles, alcanzó en el siglo XX a los dominios del libro”, algo que muchos consideran, desde luego, una forma de perversión del esfuerzo necesario para alcanzar la autonomía del campo litearario. “Con el fin de alcanzar ese objetivo”, continúa Manguel, impertérrito, gran parte de la industria editorial, especialmente en el mundo anglosajón, creó equipos de especialistas encargados de decidir qué libros habían de producirse basándose en una previsión supuestamente matemática de qué libros podrían venderse”. La cadena de especialistas que iban armando -que siguen armando- ese objeto al que todavía llamamos libro, fueron construyendo algo que cada vez es menos un producto para lectores especializados como para consumidores indiferenciados. Y lo trágico de todo ello es hasta qué punto la vocación se acaba transformando, inevitablemente, en sumisión, aquello que Ernest Rowohlt señalaba ya en sus memorias: un editor, al final de su vida, no sabe si publica algo porque le gusta o porque puede venderlo. Se convierte, inevitablemente, en un bastardo.

“Ciertamente”, continúa Manguel, poniendo el dedo en la llaga supurante, “muchos de los que llegaron a la edición movidos por el amor a los libros siguen siendo tercamente fieles a su vocación, pero lo hacen a costa de resistir una fuerte presión, especialmente en el seno de los grandes grupos editoriales”, y que tire la primera piedra quien no lo haya sentido así, “que exigen de ellos considerar el libro por encima de todo un objeto vendible”. Los libreros y la gestión de sus espacios, tampoco salen muy bien parados, cómplices de este mercadeo desnaturalizador: “la industria del libro no sólo produce este dogma sino que se asegura también de que se conceda muy poco espacio a todo aquello que se atenga a él. Las cadenas de librerías venden el espacio de sus escaparates y mesas al mejor postor, de forma que lo que ve el público es aquello que la editorial paga para que se vea….”. Y, por si quedara todavía títere con cabeza, Manguel reparte lo suyo a los críticos literarios y los suplementos periodísticos: “los suplementos literarios, obligados generalmente por la política del periódico a dirigirse a un público supuestamente poco culto, conceden más y más espacio a esos libros de consumo, creando así la impresión de que son tan valiosos como cualquier clásico y que los lectores no son lo bastante inteligentes como para disfrutar de la buena literatura. Esto último es fundamental: la industria debe inculcarnos la estupidez porque nosotros no nos convertimos en estúpidos de forma natural”.

Como dijo Anthony Burgess, con más razón ahora que se acerca de nuevo el encuentro anual de Liber, “creo que la tradición editorial  [...] necesita en este momento una buena reprimenda”. Quizás podamos dársela en Barcelona y liberar a los libros secuestrados.

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La inutilidad de la escritura (y la intrascendencia de quienes la practican)

Todos lo temíamos pero ninguno querríamos haber encontrado una evidencia tan palpable: cuenta J. M. Coetzee que alguno de sus libros fue publicado en Sudáfrica porque el censor encargados de evaluarlos, aún habiendo encontrado evidencias punibles, escenas más o menos explícitas de sexo o alusiones contrariadas en contra del gobierno, no entrañaban peligro alguno para la estabilidad de la administración blanca ni el régimen del Apartheid, porque “aunque describe el sexo más allá de las líneas de color”, es decir, entre personas de piel distinta, segregadas en ese momento, “sólo lo leerán y lo disfrutarán los intelectuales”. “The censor and the censored, linked by literature” se llama el artículo en el que se revela la inutilidad de la escritura y la intrascendencia de quienes la practican.

Aun cuando muchos escribamos, sobre todo, para explicarnos a nosotros mismos y para intentar entender lo que nos rodea, no deja de ser cierto que existe el prurito de la comunicación pública, de la difusión del mensaje, de la interlocución muda entre el que lanza el mensaje y quien lo recibe y, quizás, lo lee. Pero los censores tienen para eso mucho mejor ojo: saben que la circulación de esos textos aparentemente intoxicadores solamente llegan a los que están previamente intoxicados. “The censors reading my books regarded themselves as guardians of the Republic of Letters, too,” dice Coetzee en el artículo mencionado. “In their eyes, they were on my side.”

Ese espejismo de camarilla lectora, de complicidad silente y de liga clandestina que daba sentido a los textos y a los escritores, acabó con los censores. Quizás haya que revivirlos, resucitarlos. Vicente Verdú nos lo cuenta hoy de manera diáfana en “El oficio de tirarse por la ventana“: “lo más importante”, asegura, “es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el escritor de culto”. ¿Queda algo de esa confabulación política y cultural a cuatro bandas entre escritor, lector, editor y censor? No lo parece: “ahora, por contraste”, sigue Verdú, “ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto al espectáculo de las superventas”.

Publicamos, ahora, unos 72000 títulos anuales, entre novedades, reediciones y reimpresiones pero, como todos sabemos y casi nadie queremos reconocer, “de esas decenas de miles de títulos un 95% o más no se come una rosca”, y el 5% restante constituye esa codiciada pieza por la que casi todas las editoriales suspiran, esa “bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa”.  El campo editorial español -y recomiendo echar un ojo a la entrada anterior de este mismo blog, para comprender más cabalmente esta aseveración- parece sufrir, por eso, una parálisis doble: ya no existe complicidad entre el escritor y los intelectuales. Los censores ni siquiera tienen que preocuparse de eso. A lo máximo que un escritor nocillero puede aspirar es a propagar sus textos por el canal que más beneficios le reporte, pertenecer a ese 5% de superventas destinado a un público al que la lectura le interesa sólo residualmente. Ya no hay espacio alguno que ocupar porque todo ha sido ocupado, invasivamente, por los sellos que alientan un tipo de campo editorial volcado primordialmente hacia la comercialización.

Escribíamos mejor contra la censura (parafraseo a Manuel Vázquez Montalbán), cuando el oficio de la escritura y de la edición aún tenían sentido.

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