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Edición académica y mundo digital: presente y futuro

El último número de la revista de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas está dedicado, entre otras cosas, a “ofrecer un balance crítico de la evolución última de la edición digital y del momento en que nos encontramos”. Para eso, “Unelibros ha reunido, en su edición de primavera y con ocasión del Día del Libro, a los tres mejores especialistas españoles en edición y mundo digital que, a partir de sus autorizadas opiniones y puntos de vista, dibujan al detalle un paisaje (editorial, tecnológico, profesional…) que es imperioso contemplar para saber dónde estamos e intuir a dónde nos dirigimos”.

En compañía de Javier Celaya y José Antonio Millán, este es el texto de la conversación:

Edición académica y mundo digital: presente y futuro

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¿Por qué Open Access?

  1. Si uno quiere dedicarse a la ciencia debe anteponer -como dejara escrito Pierre Bourdieu- la libido sciendi a la libido dominandi, el amor y el interés por el conocimiento por encima del afán de poder y de prebendas;
  2. Ser miembro del campo científico requiere del conocimiento preciso de un lenguaje especializado y de su historia y genealogía. De no ser así, en el mejor de los casos, uno se arriesgaría a no enunciar más que trivialidades y lugares comunes. El hecho de que el lenguaje sea complejo y requiera de un largo tiempo en su adquisición, no es óbice para que no se abra a la sociedad y se comparta con todo aquel que lo requiera;
  3. El reconocimiento de los pares, su evaluación y su juicio, en una suerte de diálogo que no recurre a otra autoridad que a la intelectual, es determinante para el avance de la ciencia. Las métricas que se inventaron en los años 60 para hacer aflorar el conocimiento más valioso entre la miriada de artículos científicos producidos, no son perfectas ni inamovibles. Fueron un recurso que sirvió durante mucho tiempo para señalar aquello que más atención merecía, pero ha acabado por pervertir su propia misión: impulsados a publicar sin descanso, los científicos hacen y difunden ciencia mentirosa, sin fundamentación empírica suficiente, en las cabeceras que más visibilidad puedan otorgarles, con el fin de conseguir becas, puestos, financiación, influencia. Todo aquello, en fin, que no debe ser la ciencia;
  4. El peer review no tiene nada que ver, a propósito, con la condición abierta o cerrada de una publicación. Es más: en las publicaciones en abierto cabe corregir los excesos bien conocidos de las revisiones tradicionales;
  5. La mayoría de las revistas que ocupan el rango superior de visibilidad demandan a sus autores derechos exclusivos sobre su difusión y reproducción, de manera que embargan el contenido de manera permanente. Con tal de publicar en esas cabeceras, los científicos están dispuestos a que el conocimiento no circule sino entre aquellos que disponen de financiación necesaria para procurarse el acceso;
  6. De las cinco editoriales con una facturación más alta en el mundo, cuatro son de contenidos científicos, técnicos y profesionales;
  7. Según el último informe de REBIUN, las bibliotecas universitarias españolas gastaron en suscripciones a revistas científicas 100 millones de euros. Según la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America significativamente titulado Evaluating big deal journal bundles, los precios de las revistas seguían incrementándose y las editoriales pretendían comercializar paquetes de suscripciones no desagregables, que no tenían en absoluto en cuenta la dimensión de la institución y/o bibliotea a la que se lo vendían y los recursos financieros de los que disponían, todo con la obvia intención de maximizar sus márgenes de contribución y sus beneficios netos (toda la información, cuantificada, puede encontrarse en este enlace);
  8. Mientras las Agencias de Evaluación nacionales sigan empeñándose en utilizar como único índice de calidad de la actividad científica (como hace ANECA en España) el Journal Citation Report (las métricas de los años 60, por tanto), no habrá posibilidad de que el conocimiento se haga público. Su actitud contradice incluso las leyes nacionales de la ciencia y todos los acuerdos internacionales sobre Open Access, incluido la Berlin Declaration on Open Access;
  9. Es urgente e imperativo, por tanto, cambiar las modalidades de reconocimiento para cambiar los hábitos de producción, circulación y uso del conocimiento. Es urgente e imperativo, por tanto, apoyar las iniciativas de exploración de métricas alternativas, Alt-metrics, y suscribir declaraciones como la de Alt-metrics: a Manifesto.
  10. Encontraremos oposición, sobre todo de la oligarquía académica y de los grandes grupos editoriales internacionales, sin duda. Pero la ciencia es mucho más importante que todos ellos juntos.
  11. La inteligencia colectiva se basa en la posibilidad de compartir el conocimiento y de incrementar exponencialmente su valor mediante su uso, tal como demuestran iniciativas como la de PLOS Ebola Collection;
  12. Como contribuyente espero, además, que el conocimiento producido con parte del dinero que aporto a las arcas del Estado, se comparta y se difunda libre y abiertamente, haciéndolo compatible mediante embargos razonables con los derechos de propiedad intelectual de los autores;
  13. Ulrich Beck ya nos lo advirtió en La sociedad del riesgo: desde Hiroshima, al menos, sabemos que no podemos dejar la ciencia en manos solamente de los científicos, que los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de cogestionarla, de decidir cuáles deban ser sus fines, porque no somos meros sujetos pasivos (cobayas, sujetos de experimentación) a merced de lo que deseen hacer. La ciencia ciudadana es la exigencia de esa participación sin cortapisas, y necesita, para convertirse en realidad, de un conocimiento que circule libre y abiertamente;
  14. El Estado, el mismo que debe promover la investigación, puede y debe asumir parte de su difusión y circulación: en Francia la iniciativa openedition.org resulta un ejemplo envidiable de transparencia y accesibilidad.

La semana pasada se celebró en Madrid el encuentro internacional Open Access Madrid 2014, auspiciado por la Wenner-Gren Foundation. El resultado de las intervenciones de todos los especialistas que intervinieron puede encontrarse en la siguiente publicación:

Pre-publi OA MADRID 2014.pdf by Joaquín Rodríguez

14. El invento de Tim Berners-Lee, Internet, trata de la posibilidad de que los científicos asuman el control de los medios de producción, difusión, circulación y uso del conocimiento que producen. Usemos Internet.

 

¿Por qué Open Access? Tenemos suficientes razones.

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El coste del conocimiento

El pasado 27 de junio se hicieron públicas las cifras de facturación de los 56 grupos editoriales más grandes del mundo.

Entre los cinco primeros, tal como muestra la imagen, tres están dedicados a la edición de contenidos científicos, técnicos y profesionales, a la gestión e identificación de información valiosa para determinados colectivos altamente cualificados que necesitan contenidos actualizados. Reed Elsevier (promotora, entre otras muchas cosas, de Science Direct y Scopus), Thomson-Reuters (generadora, entre otras muchas cosas, de la Web of Science) y Wolters Kluwer (empresa holandesa fusionada, a su vez, con otro gigante, Bertelsmann & Springer, lo que daría lugar a Springer Science+Business) son tres gigantes que no solamente facturan cantidades inconcebibles para editores que trabajan en otros sectores sino que, sobre todo, dominan y controlan la producción, circulación y uso del conocimiento producido por la comunidad científica. A día de hoy apenas he leído o escuchado ningún comentario al respecto, ninguna valoración sobre las consecuencias que esa posición dominante tiene respecto a la disponibilidad y usufructo del conocimiento generado por una comunidad científicamente generalmente financiada con dinero público.

Es cierto que esta polémica viene de atrás: el 1 de septiembre de 2001 la Public Library of Science, uno de los más exitosos experimentos de ciencia libre en la red, intentó poner coto por primera vez a los precios abusivos y al secuestro de los contenidos ejercido por las multinacionales. José Antonio Millán explicaba en aquel momento en su blog que PLOS había fijado esa fecha “para que las compañías que rigen el mercado de la edición científica digital cambien su política. La iniciativa de la Public Library of Science lleva reunidas más de 26.000 firmas de científicos (casi 1.300 de ellos españoles), entre ellos varios premios Nobel. Su propuesta es que a los seis meses de aparición de los artículos estos se pongan abiertos en la Red, en sitios que reúnan lo más importante de la investigacion de un sector. Si el 1de septiembre las compañías no han actuado así, los firmantes se negarán a contribuir a sus publicaciones o a actuar de asesores para ellas. Las empresas objeto del ultimátum son bien conocidas: la canadiense Thomson y la anglo-holandesa Reed Elsevier, entre otras”. La revuelta de los científicos, la indignación del conocimiento, parecía aflorar y haber encontrado un fundamento sobre el que efectuar su reclamación porque Internet les daba las herramientas necesarias para autogestionarse, para compartir libremente el fruto de su trabajo, tal como la pionera arXiv.org ha venido demostrando desde mediados de los años 90.

Uno de los últimos episodios resonantes de esa indignación creciente fue la iniciativa The Cost of Knowledge promovida por el matemático Tim Gowers, una revuelta contra la política de precios crecientes y limitación de acceso al conocimiento practicada por Elsevier, la segunda compañía editorial más boyante del mundo.

No debemos olvidar, claro, que entretanto se han sucedido grandes declaraciones institucionales promoviendo el libre acceso al conocimiento, las primeras de las cuales fueron, seguramente, las realizadas por el Max Planck Institut (Berlin Declaration on Open Access), y por el filántropo (a ratos) George Soros, que puso en marcha la Budapest Open Access Initiative. Toda esa historia puede encontrarse en Ediciencia, un manual publicado en el año 2004 que coordiné junto a un grupo de expertos más que reseñable.

Sea como fuere, las cosas en el fondo parecen no haber cambiado demasiado. Al tiempo que se publicaba la lista de las editoriales más rentables, se publicaba un reportaje extenso en la Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America significativamente titulado Evaluating big deal journal bundles, y los datos que se ponían de relieve, entre otros, fueron que no solamente los precios seguían incrementándose y que las editoriales pretendían comercializar paquetes de suscripciones no desagregables, sino que no tenían en absoluto en cuenta la dimensión de la institución y/o bibliotea a la que se lo vendían y los recursos financieros de los que disponían, todo con la obvia intención de maximizar sus márgenes de contribución y sus beneficios netos (toda la información, cuantificada, puede encontrarse en este enlace).

Llegados a este punto, la pregunta es obligada, por si alguien quiere contestarla: ¿cuándo asumirá la comunidad científica la gestión de la creación, circulación, evaluación y uso de los contenidos que ella genera sin necesidad de intermediaciones que lastran y desnaturalizan su propio funcionamiento? ¿Cuándo asumirán los editores científicos universitarios, por tratarse del colectivo más cercano al asunto tratado, la construcción de una plataforma única y compartida que haga uso de las herramientas que Internet nos dio hace ya dos décadas? ¿Cuándo seremos capaces de generar modelos de acceso abierto al conocimiento?

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La gobernanza participativa de la ciencia

El de Randy Schekman, Premio Nobel de medicina en 2013, es solamente el último de los episodios de la quiebra de un modelo tradicional de gestión y legitimación del conocimiento (vale la pena echar la vista atrás y leer alguno de los primeros artículos sobre el asunto en el año 2001, como La revuelta de los científicos). Schekman ha desvelado algo que ya sabíamos hace tiempo: que el modelo tradicional de evaluación, selección, publicación, comunicación y medición del impacto de una publicación científica está profundamente viciado y puede conducir a todo lo contrario de lo que la ciencia debería perseguir. En un artículo publicado en el diario The Guardian el 9 de diciembre de 2013, titulado How journals like Nature, Cell and Science are damaging science, escribe:

The prevailing structures of personal reputation and career advancement mean the biggest rewards often follow the flashiest work, not the best. Those of us who follow these incentives are being entirely rational – I have followed them myself – but we do not always best serve our profession’s interests, let alone those of humanity and society.

Lo que, libremente traducido, vendría a querer decir que las estructuras de la reputación personal y el progreso en la carrera profesional a menudo recompensan a los trabajos que más impacto han obtenido, a los trabajos estrella, no necesariamente a los mejores. Resulta natural que los científicos, en esto tan cicateros y avarientos como cualquier otro ser humano, persigan ese horizonte de supuesto reconocimiento y recompensa, pero eso no entraña que estén sirviendo adecuadamente a la ciencia y, menos aún, a la sociedad que la soporta y, a menudo, la padece. Es un sistema que a menudo penaliza la innovación y refuerza la autoridad constituida, en contra de lo que la ciencia debería ser y del servicio que debería prestar. Cuando el ahora archifamoso entorno científico de publicación en abierto, PLOS, daba sus primeros pasos, James Watson (el descubridor del ADN, declaraba lo que ahora Schekman ha vuelto a hacer: “If I could do it all over again, I’d publish that paper in PLoS Biology”. Si pudiera comenzar de nuevo y volverlo a hacer, traduzco de nuevo libremente, prescindiría de los canales tradicionales y haría uso de la independencia que la web nos ofrece para difundir de forma abierta y gratuita los resultados de mis investigaciones.

Porque el problema no es solamente la falta de transparencia, la opacidad de los criterios de selección, la posible manipulación, la obsesión por la visibilidad y el impacto que conducen a un círculo vicioso de postergación de gran parte de conocimiento valioso pero invisible. El problema proviene, esencialmente, de que la revolución digital ha transformado radicalmente los procedimienos de creación y acreditación del conocimiento y ha abierto para siempre la puerta a la participación ciudadana (en forma de ciencia ciudadana y de cogestión del conocimiento), antes apartada, obviada o preterida. Y esos cambios son irreversibles y alterarán por completo los mecanismos de publicación, reconocimiento, acatamiento y refrendación (por mucho que algún buen amigo, que conoce bien los mecanismos de control científico que ejercen los jerarcas universitarios, me advierta de que eso no pasará mientras vivamos).

Eso es, en buena medida, lo que pretendía explicar en la jornada sobre ciudadanía digital y gobernanza participativa de la ciencia a la que tan amablemente me invitó José Manuel Pérez Tornero, de la UAB. La sociedad de la información y el conocimiento solamente puede ser aquella en la que los ciudadanos se conviertan en comentarias ilustrados, juiciosos y críticos, en que tengan la capacidad de cogestionar las directrices y aplicaciones de los mismos descubrimientos de la ciencia. Así lo explicamos no hace demasiado tiempo, así lo propusimos, en ¡Todos sabios! Ciencia ciudadana y conocimiento expandido.

El próximo mes de mayo se celebrará en Madrid un encuentro en torno, precisamente, a esta cuestión: CRECS 2014, Conferencia sobre calidad de revistas de ciencias sociales y humanidades, promovido por El Profesional de la Información, la FGSR y la UCM. Tal como yo lo pienso, la cuestión no puede ni debe ceñirse a las revistas de un determinado ámbito, porque la cuestión afecta por igual a unas y a otras y los interrogantes a los que están sometidas (acreditación, transparencia, circulación, nuevos mecanismos de apertura y participación) necesitan de respuestas globales que no se conformen con reformar cosméticamente el modelo tradicional.

La gobernanza participativa de la ciencia es un reto global, y las nuevas formas de publicación, difusión, valoración y corrobaración, el instrumento a través del que podemos conseguirlo.

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El ecosistema del libro electrónico científico

En el capítulo II del merecidamente premiado El ecosistema del libro electrónico universitario, coordinado por José Antonio Cordón, director del grupo E-lectra, puede leerse: “la pregunta fundamental que ha de hacerse cualquier servicio de de publicaciones es “asumiendo que la investigación primaria es original e importante, ¿cuál es el mejor medio para difundirla al resto del mundo?”. La respuesta”, aseguran los autores, “radica en las oportunidades que para las editoriales universitarias representa la edición digital y la reformulación de los marcos de comunicación académica para garantizar una mayor accesibilidad del público a la investigación”. Precisamente.

La cuestión fundamental que todo servicio de publicaciones académico, científico y/o universitario debería plantearse no es tanto la manera en que puede acatar y obedecer los mecanismos de evaluación (relativamente) tradicionales sino, más bien, valiéndome de la reflexión de los mismos autores, la forma en que pueden renovar, regenerar y mejorar el marco de la comunicación científica valiéndose de los mecanismos de creación, comunicación y distribución digital de contenidos fomentando la agregación de inteligencia colectiva, el intercambio generoso y libre de conocimiento. Los precedentes son conocidos y siempre viene bien recordarlos: en 1665, en la segunda mitad del siglo XVII, se crearon casi al unísono las que pasan por ser las dos primeras revistas científicas. En enero de ese año el Journal des sçavans y poco después, en el mes de marzo, The Philosophical Transactions of the Royal Society. Lo que hicieron fundamentalmente esos dos nuevos marcos de comunicación científica fue aplicar la tecnología de la imprenta a la creación, difusión e intercambio de los contenidos científicos, en suma, generar un nuevo espacio de comunicación y discusión científica que acababa con los arcanos intercambios de mensajes cifrados entre científicos aislados (como había venido ocurriendo con Galilego, Kepler o el mismo Leonardo da Vinci). Transcurrieron más de doscientos años entre el invento de la imprenta y la extracción de las consecuencias que podría tener para agilizar y mejorar la comunicación científica.

Philosophical Transactions of the Royal Society

Hoy en día, el cambio es mucho más profundo, acelerado y estructural: se han modificado profundamente las posibilidades de acceso al conocimiento pero, también y al unísono, las “modalidades de argumentación y los criterios o recursos que pueden movilizar al lector para aceptarlas o rechazarlas”, como escribe Roger Chartier. La textualidad electrónica, sigo citando, “permite desarrollar argumentaciones o demostraciones según una lógica que ya no es necesariamente lineal ni deducativa [...] sino que puede ser abierta, extendida y relacional gracias a la multiplicación de los vínculos textuales”. Semejante cambio no es meramente topológico; es epistemológico, supone una profunda mutación que “modifica los modos de construcción y acreditación de los discursos del saber”. Esa es, sin duda, la cuestión fundamental por la que la mayoría de los científicos, sociedades académicas y servicios de publicaciones pasan de puntillas por las profundas implicaciones que conlleva, porque admitir esos cambios podría desmoronar el cómodo edificio en el que habitan. En todo caso, El ecosistema del libro electrónico universitario recoge muy acertada y cumplidamente muchas de las tecnologías y casos que están propiciando esta revolución: desde las plataformas de venta y distribución de libros académicos (Safari, Questia, Ebrary, etc.), que favorecen modalidades de uso y consumo de contenidos muy distintas a la de la monografía tradicional; pasando por la discusión sobre las modalidades de acceso y el préstamo y alquiler de contenidos digitales (en modalidad comercial o en el seno de una comunidad); hasta la más obvia de las potencialidades para un científico: la de la autopublicación y el uso de licencias que propicien la libre circulación de su trabajo. Los autores son en gran medida conscientes de esas hondas y disruptivas consecuencias: “los editores han de enfrentarse”, dicen, “ante un concepto de libro profundamente redefinido en el contexto digital, en el que la unidad de referencia no es el biblion sino los datos los metadatos”. Precisamente. “Esto no quiere decir que el entorno digital destruya el libro pero sí que lo transforma profundamente, inscrito en una lógica que sobrepasa el soporte unitario para configurar una diversificación cada vez mayor de productos y servicios”.

The Polymatch blog

Sé que las reglas no escritas de la buena crítica literaria y científica dicen que uno debe criticar por lo que se dice y no por lo que se deja de mencionar, pero yo creo de este apreciable trabajo puede aprenderse tanto por lo que comenta como por lo que deja (al menos parcialmente) de explorar. En el año 2009 Tim Gowers, matemático acreditado con la Medalla Fields, decidió presincidir de las reglas tradicionales de la publicación científica y plantear en un blog (The Polymatch Project) un problema hasta ese momento irresuelto denominado Polymath1. La historia dice que 37 días después de haber expuesto ese problema a luz pública y a la colaboración masiva (entre los participantes, exponiendo sus ideas abiertamente, estaba Terence Tao, otro Field medallist), 800 comentarios más tarde, el problema fue resuelto satisfactoriamente. El pasado 9 de noviembre Tim Gowers planteó su noveno problema (polimático). ¿De qué manera, en los términos tradicionales conocidos por la ciencia, puntuaría la colaboración en ese espacio abierto sin más control que el de la propia comunidad que colabora? ¿En qué medida influirá ese trabajo en progreso y acreditación profesional de quienes contribuyen de manera altruista al progreso del conocimiento? ¿Alguien, en alguna sociedad científica o tribunal universitario tendría en cuenta las entradas publicadas en ese blog como equivalentes a los artículos difundidos a través de una cabecera con un “impacto” determinado”? ¿Cabe fomentar la colaboración entre científicos en un campo cuyas reglas no premian la colaboración sino, más bien al contrario, la penalizan y la subestiman? ¿Tiene todo esto en la era digital algún sentido? No, por supuesto que no.

Moneda

“La edición universitaria”, dicen los autores algo más adelante, “no puede quedarse al margen de un movimiento que representa un cambio de paradigma en el ámbito de la edición, como muestran todas las estadísticas y estudios desarrollados en los países de nuestro entorno”, pero no basta, añadiría yo, con que supongan que ese cambio comporta, tan sólo, aprender a generar ficheros Epub o disponer de una web a través de la que presentar ordenadamente la oferta editorial. La cuestión, como reflexionaba Chartier, es que nos encontramos ante un cambio epistemológico excepcional con consecuencias irreversibles para los formatos tradicionales de la edición, la comunicación, la difusión y la valoración del conocimiento científico.

Paul Wouters

Paradójicamente, según señala Paul Wouters en su breve historia de la cienciometría, el índice que nos sirve desde los años 60 del siglo XX para evaluar el impacto de una investigación y, por tanto, la relevancia y crédito que el trabajo de un grupo de científicos merece, no fue un instrumento creado por la propia comunidad científica para satisfacer unas necesidades obvias de medición y evaluación de su capital, un índice que reflejara la importancia de las propuestas, hipótesis y hallazgos de la ciencia. Fue, más bien, una herramienta creada -o, al menos, indirectamente favorecida- por la administración norteamericana, que deseaba establecer criterios contables firmes para justificar la financiación de los proyectos y, sobre todo, mejorar los mecanismos de comunicación científica entre áreas de conocimiento y departamentos universitarios y estatales con motivo, especialmente, de la carrera espacial de los años sesenta. La anarquía primaria en la que estaban encerrados los distintos agentes implicados en esos macroproyectos de investigación, las prácticas cenaculares de las camarillas académicas y de las estancas agencias estatales, no podían constituir base suficiente para una coordinación adecuada. Eugene Garfield, el creador del mecanismo evaluativo, en colaboración con Joshua Lederberg, planteó en el año 1958 los siguientes criterios de ponderación y coordinación científica: “utilidad general, permanencia en el tiempo, reducción del número de referencias a los datos mediocres, medida del ‘factor de impacto’ y servicios puntuales personalizados”. Resultaba políticamente necesario en ese momento un sistema centralizado de evaluación de la información.

Antonio Lafuente

Pero si todo lo anterior es cierto, si la lógica de la acumulación del capital científico requiere, para ser reconocido y potencialmente acrecentado, ser mostrado a los demás, a quienes constituyen la comunidad cualificada de los pares, ser distribuido sin cortapisas, en aras de la promoción de la unidad de la ciencia y del avance del conocimiento, puede que el sistema tradicional de medición del índice de impacto y de evaluación de la calidad de lo ofrecido no sea el más ecuánime ni el más adecuado. Antonio Lafuente describe precisamente los problemas que el peer review tradicional genera: “muchas revistas, por ejemplo, exigen que los autores declaren que no hay conflicto de intereses (es decir, connivencia) entre lo que defienden/venden las empresas que financian su investigación y los resultados que obtienen y publican. También si la identidad de los revisores [...] debe mantenerse en secreto, pues abundan las conductas desviadas de todos los tipos: desde lecturas demasiado superficiales a revisiones que protegen teorías/modelos canónicos [...] pasando por el robo de ideas, el retraso injustificado u otros intereses mezquinos de quienes fueron seleccionados para controlar la calidad [...] Los más críticos niegan la capacidad de este sistema para cumplir su principal función: garantizar la calidad”. Si los mecanismos mediante los cuales se evalúa supuestamente la propiedad de lo publicado están desvirtuados por la injerencia disruptiva de intereses comerciales ajenos a lógica del campo; si cabe la sospecha sobre la ecuanimidad y distancia que los pares deben guardar respecto al autor y a su descubrimiento, porque escondan intereses arteros de alguna naturaleza; si algunas falsificaciones deliberadas pasan inadvertidas y, al contrario, algunos trabajos determinantes para el futuro de la ciencia son rechazados o ignorados, el edificio entero de la ciencia está afectado en sus cimientos, porque sobre la limpieza e imparcialidad del peer review se basa la concesión del crédito, la circulación del capital propio del campo científico, su distribución, intercambio y acumulación, y cuando ese sistema de tasación presenta síntomas evidentes de contaminación y desacierto, entonces no queda más remedio que reformarlo inmediatamente adecuándose a la lógica original de los principios que rigen la lógica de la acumulación del capital simbólico.

ISI web of Knowledge

El problema radica, sin duda, en que nadie que pretenda recorrer la atribulada carrera científica se permite la flaqueza de publicar allí donde nadie se lo reconocerá, donde nadie le concederá la más mínima atención, donde incluso le tildarán de desaprensivo. Si las carreras de los científicos se miden, desde los años 50 del siglo pasado, en función del impacto de sus trabajos, esto es, de acuerdo con el número de citas que sus aportaciones reciban por parte de otros miembros de la academia -es decir, por el reconocimiento simbólico que la tribu científica dispensa al acto de dispendio inmaterial del candidato donante-, ¿qué razón podría llevarnos a prescindir de semejante caudal de información libremente distribuida a través de los nuevos canales de expresión digital? ‘El factor de impacto’, dice Taraborelli, “se ha convertido en muchas áreas de investigación, de manera incontrovertible, en el estándar de facto para la evaluación de la significación científica a posteriori, pero esa situación ha sido cuestionada por muchos autores que reclaman indicadores alternativos más precisos. La necesidad de nuevas estrategias de medición que superen los límites del peer review tradicional y la necesidad de nuevas métricas que complementen los indicadores de factor de impacto, se ha convertido en objeto de una discusión muy vivida en la literatura. En el campo del Open Access”, cita Taraborelli, “proyectos como CiteBase u OpCit han sido introducidos para habilitar el seguimiento de indicadores de popularidad tales como el número de vistas o descargas por artículo y para explorar la relación entre el uso y el impacto de los artículos libres online” (Taraborelli, 2008:5). Otras herramientas de software libre, como Mendeley, diseñada para el uso de la comunidad científica, invitan a sus miembros a compartir documentos y artículos, a generar e intercambiar sus bibliotecas de contenidos y anotaciones, a comunicar sus impresiones y valoraciones en torno a textos e investigaciones, en una red de relaciones que no pasa necesariamente, ya, por el acatamiento del impacto tradicional como único y principal índice de valoración sino, en todo caso, como complemento necesario. De lo que se trata, en el fondo, es de valorizar la circulación del conocimiento libre, de calcular lo que esa comunicación y entrega sin restricciones aporta a quien la realiza introduciendo en la métrica del impacto los denominados online usage factors(UF), o factores de uso online, porque la economía del conocimiento científico exige como precepto principal que los procedimientos, datos y resultados de los trabajos de investigación sean expuestos sin trabas u obstáculos a los pares si es que se pretende obtener su crédito y su reconocimiento. En el ecosistema de la web, donde la proliferación de canales y estrategias de comunicación científica autónoma han proliferado sin tasa, no cabe seguir conformándose con una métrica vinculada a la circulación analógica del conocimiento, con una contabilidad ligada a la tecnología del papel y de los comités anónimos y restringidos de especialistas. Claro que las estrategias de evaluación científica distribuida y de marcado social entrañan riesgos equivalentes a los del peer review restringido tradicional porque las métricas pueden ser infladas por la intervención improcedente y reiterativa de las arañas buscadoras (web crawlers); pueden ser alteradas por la retentiva a corto plazo de las memorias cachés; pueden ser subvertidas por la intervención deliberada y continua del propio autor, interesado en incrementar el número de usos o visitas; pueden ser simplemente engañadas por no saber distinguir entre la mera visita incidental y la inspección deliberada de una página. En todo caso, no hay nadie que no convenga, limpiamente, en que es necesario ampliar las métricas tradicionales para incluir técnicas de recuento que tengan presentes el valor de la contabilidad social distribuida.

E-lectra

Sé que he sobrepasado toda extensión razonable en una discusión o recensión al uso, pero los autores sabrán comprender que la extensión de mis comentarios es equivalente a la muestra de mi interés por su trabajo. Es justo además reconocer que en el texto de El ecosistema del libro electrónico se encuentran caminos que ya exploran parte de lo antedicho: en el epígrafe titulado Teoría de grafos, se adelantan ya muchos de los criterios cibermétricos sobre los que deberá sostenerse una nueva contabilidad digital científica (medidas de centralidad como el grado, el grado de intermediación y de cercanía pueden, entre otros elementos, arrojar nueva luz sobre las zonas de verdadera influencia); y en el mismo Epílogo del libro, quizás como un ajuste de cuentas consigo mismos o como una anticipación de lo que vaya a venir en el futuro, podemos leer: “La fuerte estructuración normativa de la publicación científica es el fruto de una tradición que se ha constituido con el tiempo y que se proyecta en todos los soportes en los que aparecen representados los conocimientos, desde el papel a la edición electrónica, y es la expresión de una forma de comunicación en la que la eficacia, antes que la retórica, constituye su expresión más acendrada. Los rígidos protocolos de representación facilitan al mismo tiempo los procesos de reconocimiento y asimilación, al erigirse en esquemas fácilmente reconocibles y extrapolables entre los distintos tipos de publicaciones posibilitando la tarea del científico, que examina un texto a la búsqueda de una información precisa, pero también la del investigador que explora el mismo para la extracción de sus elementos significativos”. Así es, sin duda. “Sin embargo”, dicen los miembros del Grupo Electra, “la comunicación científica, gracias a las posibilidades de la red y de la edición digital, se está diversificando por senderos alternativos, cada vez más frecuentados por el autor, cuando considera la formulación de sus hipótesis o la presentación de sus primeros resultados de investigación. Blog, microblog, redes sociales, comunidades virtuales, constituyen espacios emergentes de intervención académica que escapan a los rígidos protocolos de las publicaciones científicas convencionales”. En consecuencia, “lo interesante del fenómeno es su progresiva integración en los sistemas de publicación más convencionales”, de manera que “el editor académico se ha de mover no solo entre los trabajos de verificación por pares sino en el entorno de reconocimientos de patrones de publicación emergentes”. Precisamente.

Si la edición universitaria ha de dar respuesta a esta realidad, quizás sea este un primer y decidido paso en ese sentido, en el de la construcción de un nuevo ecosistema de la comunicación científica.

Este texto ha sido originalmente publicado en el apartado de reseñas de Madrimasd http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/resenas/ensayos/resena.asp?id=502 por Joaquín Rodríguez www.madrimasd.org/blogs/futurosdellibro

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Todos somos editores

José Afonso Furtado dice en “Chegámos ao mundo em que todos podemos ser autores” que el 90% de los títulos publicados  a lo largo del año 2010 en los Estados Unidos, fueron ediciones no tradicionales, destinadas únicamente a Internet, y que eso no puede significar otra cosa que la deconstrucción (por no decir demolición) de la cadena de valor del libro tradicional. Emergen -cuanta razón tiene-, nuevos modelos más flexibles y dinámicos de edición en red, y todos, al menos potencialmente, contamos con la posibilidad de convertirnos en creadores y difusores. La revolución de internet es, en realidad, básicamente, una revolución de la edición, de los modos, modalidades y maneras de crear y hacer llegar a quien pueda estar interesado, los frutos de las deliberaciones y reflexiones de cualquiera de nosotros, y también de la posibilidad de compartir y colaborar.

El saber es cosa de todos, como dice Innerarity en La democracia del conocimiento, y el objetivo del siglo XXI es el de construir una sociedad verdaderamente inteligente, que haga realidad el eslogan de que se trata de una sociedad del conocimiento. Internet y sus posibilidades nos vienen como anillo al dedo, porque amplifican y facilitan nuestra posibilidad de dialogar, de discutir, de indagar e investigar, de tomar decisiones colegiadas, de negociar y llegar a acuerdos necesariamente contingentes.

Antonio Lafuente y Andoni Alonso lo dicen con meridiana claridad en Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano: “aunque sea muy pronto para descorchar el champán y organizar grandes celebraciones por su éxito, hay abundantes signos de que lo más abierto, lo cooperativo, lo creativo, lo igualitario,las formas responsables de mezclar conocimientos y práctica, harán contribuciones importantes a la vida del siglo XXI”. Así será, sin duda, y contar para eso con el equivalente a la imprenta del siglo XV al alcance de todos, fundamenta esa esperanza.

Claro que los científicos profesionales, al menos algunos de ellos, perciben con espeluzno la posibilidad de que los legos, deslenguados y poliescritores, pretendan cuestionar los dictámenes científicos, al menos las consecuencias que su aplicación (o falta de ella) tiene sobre sus vidas, sobre su salud, sobre su bienestar. Construir el campo científico llevó unos cuantos siglos y, entre otras cosas, consistió en desarrollar los mecanismos para decidir qué era o no era ciencia, qué podía recibir o no el marchamo de verosimilitud científica que la comunidad le daba a un descubrimiento. Hoy, los legos, aupados a las herramientas digitales, cuestionan cosas como la continuidad de las centranes nucleares y los modelos energéticos basados en el carbón; la integridad de las instituciones financieras y la gestión de la crisis internacional; los peligros de las reiteradas crisis alimentarias globales o de la manipulación de los medicamentos, etc., etc., y todo eso molesta e incomoda al que alguna vez detentó el monopolio de la verdad. Michael Nielsen aporta ejemplos claros, en su Reinventing discovery. The new era of networked science, de la necesidad de reinventar la lógica del descubrimiento científico abriéndose a la colaboración y a la cogestión, es decir, a nuevas formas de participación ciudadana basadas en los mecanismos de la red.

Todos somos editores.

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La edición y la ecología de la investigación

A menudo se reivindica una versión fuerte del copyright, de la parte más angosta de la Ley de Propiedad Intelectual, apelando a la función cultural de los editores y a la preservación de la creatividad. Entre quienes lo defienden, claro, están aquellos que creen que tienen mucho que perder y poco que ganar. Como en cualquier transformación, sin embargo, esa cuenta de pérdidas y ganancias es inevitable. Los editores difunden cultura, es cierto, o es cierto al menos en parte, al igual que los creadores generan contenidos culturales, al menos parcialmente. De ahí no se deriva, sin embargo, que esa función de creación y diseminación cultural esté mejor o peor protegida por un tipo de licencia que limita la circulación y la reproducción de los contenidos; tampoco se deriva de esa premisa que los únicos que puedan distribuir cultura deban ser profesionales dedicados a ese ejercicio.

Este prolegómeno viene a cuento de la celebración de la inminente Feria de Frankfurt, de la celebración del seminario “Economy and Acceptance of Open Access Strategies” y de la presentación de los resultados del programa europeo PEER “Publishing and the ecology of european research“. Históricamente, fueron los científicos quienes cayeron en la cuenta que un nuevo medio de producción, Internet, les permitía reapropiarse de toda la cadena de valor que había estado tradicionalmente en mano de los editores. Más aún, que debían prescindir de todos aquellos que mermaban valor al contenido que producían: ¿por qué no publicar en abierto cuando es el crédito y el reconocimiento de los pares quienes dispensa prestigio y renombre? ¿por qué no construir una red abierta y transparente, distribuida, de peer review que garantice la calidad y la legitimidad de lo publicado? ¿por qué no abrirlo para generar una plataforma de conocimiento común y compartido accesible a cualquiera que lo demande y lo necesite, haciendo con eso real la vocación comunal de la ciencia?

¿Se atrevería alguien a decir que los científicos, sin intermediaciones editoriales, no generan conocimiento y cultura? ¿Se atrevería alguien a no recomendar un uso consecuente de lo que la propiedad intelectual permite, es decir, disponer libremente de lo creado para hacerlo circular a voluntad? ¿No se darán cuenta los editores y de quienes los representan que ese terreno está perdido o que, al menos, deberán convivir con él generando valor a esa nueva cadena de una manera enteramente distinta a la preliminar, un tanto abusiva y costosa? Y el ejemplo de la comunidad científica que se apodera de sus herramientas de edición es naturalmente extensible a multitud de colectivos civiles, personales y profesionales, claro está.

Si algo me gusta de la Feria de Frankfurt, si padezco el famoso síndrome (tal como lo describiera Sergio Vila-San Juan), es porque saben enfrentarse sin embozos ni ambajes a la obvia realidad, atreviéndose a proponer soluciones sin acantonarse en evidencias acortonadas cuando no manifiestamente imaginarias. Como reza el lema de la feria este año: pensar de una manera novedosa. Eso es lo que necesitamos.

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Universidad, edición científica y beneficio público

Hace unas semanas pudimos ver las caras de espanto del Principe heredero británico y de su esposa zarandeados por una masa de estudiantes enfervorecidos que reclamaban una educación pública y universal, de una educación amenazada por recortes que pueden alcanzar entre el 80% y el 100% de los presupuestos que antes se dedicaban a su sostenimiento.

Michael Collins, catedrático del University College London, escribe en Open Democracy que “las universidades necesitan una reforma, perola respuesta no es el mercado”. Es posible que, efectivamente, la educación no se deba confiar completamente a los contingentes y siempre circunstanciales intereses de un mercado en incensante cambio, sujeto a las fortuitas y casuales necesidades del tejido empresarial. Bien, demos por relativamente válido ese aserto aun cuando conviniera matizarlo. Para convencer a las autoridades públicas que el dinero invertido en la educación superior no cae a través de un desagüe que solamente sirve para el apalancamiento del personal funcionario (interesado, cómo no, en mantener su estatuto y en no discutir de aquello que le da de comer), convendría que mostraran clara y cuantitativamente, cuáles son los beneficios públicos que se derivan de su actividad.

Por una parte, debería mostrar cuáles son las competencias adquiridas por los estudiantes, su grado de excelencia formativa. Por otra, y aquí voy acercándome al objetivo planteado, restituir a la sociedad en forma de nuevos conocimientos generados, útiles de alguna manera para el acrecentamiento del bienestar colectivo, los privilegios de los que valen para desarrollar su labor. Hoy, precisamente, se inicia en Berlín el APE 2011, la sexta Conferencia Internacional sobre Edición Académica y Científica en Europa. Entre los asuntos que, reiteradamente, se van a tratar, están las cuestiones relacionadas con el open access, los repositorios públicos y abiertos de contenidos científicos, la autoedición científica y los métodos de difusión digitales, el papel que los blogs y otros medios de generación y distribución de conocimiento puedan jugar, en fin, todas aquellas estrategias de las que los científicos podrían valerse para reintegrar a la sociedad -demostrando cuál es su verdadero valor- lo que la sociedad les da.

El problema, a mi juicio, es que las Universidades y sus profesionales siguien absolutamente encadenados a los mecanismos de legitimación y acreditación tradicionales, a los índices de impacto gestionados por el ISI, a métodos de gestión privados de la visibilidad que solamente revierten en beneficio de la “carrera” académica y profesional de quien acepta el yugo de ese cursus honorum perverso y endogámico. Las herramientas digitales -como tantas veces he manifestado-, proveen a los científicos de la capacidad de emanciparse de las editoriales y, de paso, de los mecanismos de evaluación y certificación tradicionales, pero en lugar de asumir seriamente el control de sus medios de producción (editoriales), prefieren aceptar la avara contabilidad del hit parade científico. Un blog hoy -por mucho que nos desgañitemos algunos, por mucho que se cacaree que es un quinto poder alternativo y revoltoso, por mucho que algunos defendamos que debería ser un laboratorio abierto de ideas y experimentación equivalente en valor a las publicaciones tradicionales, por mucho que pudiera ser sometido a un protocolo de open peer review basado en métricas diferentes a las acostumbradas-, no cuenta ni un sólo punto si uno tuviera la torcida intención de aspirar a un puesto académico. Y así no hay manera de demostrar cuál es el beneficio público de la Universidad ni de nuestras arcaicas instituciones de investigación…

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Dejemos que la web trabaje por la ciencia

No es nada estrictamente nuevo, porque entre los muchos modelos de negocio que se llevan barajando los últimos años, las versiones free, freemium y premium de los contenidos que una plataforma digital pueda ofrecer, son bien conocidos. También estamos ya habituados a las suscripciones a cambio de acceso, sea este cual sea (indefinido, condicionado, para todos o para unos cuantos, etc.). Lo que sorprende de la última de las iniciativas censadas es su coherencia, su magnitud, el interés intrínseco de los contenidos que proporciona y el reto que  plantea a la concepción tradicional de la edición técnica, profesional o universitaria. No quiero ni imaginarme lo que estarán pensando algunos miembros de la UNE, o algunos representantes de editoriales comerciales, cuando lean lo siguiente: PAPER’C es una iniciativa alemana que permite consultar el contenido de todos los libros de su catálogo sin restricción alguna.

Basta con registrarse para tener acceso a cada una de las páginas de los libros, técnicos, que su base de datos aloja. No es casualidad, claro, que buena parte de su catálogo esté conformado por los libros de O’Really, un decidido defensor del modelo de negocio en abierto, sobre el que Tim O’Really ha hablado en muchas ocasiones:

El acceso Premium es el que permite, por 10 céntimos de € cada página, descargar, copiar, citar, distribuir y anotar (cierto es que el precio que resultaría de la descarga de un libro entero sería equivalente a la de su hermano de papel, lo que no deja de ser una debilidad discordante del modelo). Si ese catálogo puede consultarse ya en la web, ¿cuánto tiempo creen las editoriales universitarias y científico técnicas que podrán seguir ocultando sus libros en los almacenes de sus Universidades? ¿Cuánto tiempo creen que será suficiente con proporcionar un acceso restringido y cauteloso a una parte minúscula de sus propuestas? ¿Cuánto dinero se seguirá invirtiendo en publicidad convencional en detrimento de acciones digitales coordinadas?

La apertura de los contenidos, en estas condiciones, permite compaginar una decidida apuesta por los Science Commons al tiempo que aboga por una forma de comercialización que elimina buena parte de los costes industriales y de distribución y permite pensar en una amortización razonable de las inevitables inversiones iniciales.

Dejemos que la web trabaje por la diseminación de la ciencia.

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