Posts etiquetados con ‘Edición cultural’

La edición cultural: sentido y oportunidades

ARCE celebra hoy y mañana en El Escorial su seminario anual, dedicado este año a reflexionar sobre algo tan acuciante y, a veces, tan desvaído, como la posibilidad de seguir editando contenidos culturalmente exigentes, políticamente comprometedores, intelectualmente desafiantes. A lo largo de todo el día de hoy, jueves 1 de julio, intervendrán Fabricio Caivano (Periodista. Fundador de Cuadernos de Pedagogía. Editor de la revista CLIJ), Antón Castro (Periodista cultural. Coordinador del suplemento Artes y Letras del Heraldo de Aragón, director del programa Borradores de la Televisión de Aragón), Diego Moreno (Editorial Nórdica) y Manuel Rodríguez Rivero (Periodista cultural. Editor). La segunda Mesa, visibilidad de la edición cultural, reúne a Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez (Consultores editoriales. Paradigma Libro), Carola Moreno (Ediciones Barataria), Juan Miguel Salvador (Librería Diógenes), Luis Suñén (Editor y director de la revista Scherzo).

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La inutilidad de la escritura (y la intrascendencia de quienes la practican)

Todos lo temíamos pero ninguno querríamos haber encontrado una evidencia tan palpable: cuenta J. M. Coetzee que alguno de sus libros fue publicado en Sudáfrica porque el censor encargados de evaluarlos, aún habiendo encontrado evidencias punibles, escenas más o menos explícitas de sexo o alusiones contrariadas en contra del gobierno, no entrañaban peligro alguno para la estabilidad de la administración blanca ni el régimen del Apartheid, porque “aunque describe el sexo más allá de las líneas de color”, es decir, entre personas de piel distinta, segregadas en ese momento, “sólo lo leerán y lo disfrutarán los intelectuales”. “The censor and the censored, linked by literature” se llama el artículo en el que se revela la inutilidad de la escritura y la intrascendencia de quienes la practican.

Aun cuando muchos escribamos, sobre todo, para explicarnos a nosotros mismos y para intentar entender lo que nos rodea, no deja de ser cierto que existe el prurito de la comunicación pública, de la difusión del mensaje, de la interlocución muda entre el que lanza el mensaje y quien lo recibe y, quizás, lo lee. Pero los censores tienen para eso mucho mejor ojo: saben que la circulación de esos textos aparentemente intoxicadores solamente llegan a los que están previamente intoxicados. “The censors reading my books regarded themselves as guardians of the Republic of Letters, too,” dice Coetzee en el artículo mencionado. “In their eyes, they were on my side.”

Ese espejismo de camarilla lectora, de complicidad silente y de liga clandestina que daba sentido a los textos y a los escritores, acabó con los censores. Quizás haya que revivirlos, resucitarlos. Vicente Verdú nos lo cuenta hoy de manera diáfana en “El oficio de tirarse por la ventana“: “lo más importante”, asegura, “es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el escritor de culto”. ¿Queda algo de esa confabulación política y cultural a cuatro bandas entre escritor, lector, editor y censor? No lo parece: “ahora, por contraste”, sigue Verdú, “ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto al espectáculo de las superventas”.

Publicamos, ahora, unos 72000 títulos anuales, entre novedades, reediciones y reimpresiones pero, como todos sabemos y casi nadie queremos reconocer, “de esas decenas de miles de títulos un 95% o más no se come una rosca”, y el 5% restante constituye esa codiciada pieza por la que casi todas las editoriales suspiran, esa “bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa”.  El campo editorial español -y recomiendo echar un ojo a la entrada anterior de este mismo blog, para comprender más cabalmente esta aseveración- parece sufrir, por eso, una parálisis doble: ya no existe complicidad entre el escritor y los intelectuales. Los censores ni siquiera tienen que preocuparse de eso. A lo máximo que un escritor nocillero puede aspirar es a propagar sus textos por el canal que más beneficios le reporte, pertenecer a ese 5% de superventas destinado a un público al que la lectura le interesa sólo residualmente. Ya no hay espacio alguno que ocupar porque todo ha sido ocupado, invasivamente, por los sellos que alientan un tipo de campo editorial volcado primordialmente hacia la comercialización.

Escribíamos mejor contra la censura (parafraseo a Manuel Vázquez Montalbán), cuando el oficio de la escritura y de la edición aún tenían sentido.

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Editores pequeños, editores culturales, editores de vanguardia

Hace pocas semanas un profesor especializado en comunicación me ensalzaba, en un encuentro sobre las nuevas formas de lectura y, por tanto, de creación, las cualidades de vanguardia, de invención de nuevos lenguajes y formas de expresión de los adheridos a la generación Nocilla. Ese énfasis se notaba -me dijo- en la manera en que su narrativa transgredía los límites de los libros tradicionales para trasladarse, en alguna medida, a las páginas de sus blogs o algunos otros soportes hoy ya preteridos (CDs, etc.). Sin demasiado énfasis ni ganas de polemizar, le hice notar que la gran mayoría de los escritores de vanguardia que mencionaba habían tardado más bien poco en utilizar los medios de comunicación como trampolín para acceder a los medios de consagración más tradicionales, firmando anticipos y contratos jugosos con grupos editoriales que nada tenían que ver con los pequeños sellos que una vez -cuando no eran nadie- apostaron por ellos.

Seguir discutiendo sobre estas cosas culturales entre hornazos y solomillos, es algo difícil, así que ahí se quedó la cosa. El viernes pasado, sin embargo, leí un excelente artículo de Ignacio Echavarría, “Por los cauces establecidos“, que llamaba la atención, precisamente, sobre la aparente paradoja que resulta de que escritores “transgresores” opten por sellos hegemónicos, que nuestro campo editorial esté tan desvirtuado que no quepa establecer ya complicidades estructurales básicas entre editores culturales que defienden los valores de las culturas de vanguardia y autores que inventan esos lenguajes: “resulta elocuente”, dice Echevarría, “que esa promoción de escritores, con una lúcida conciencia de los recursos que el sistema ofrece (me refiero al tontamente llamado “grupo Nocilla”) optara, enseguida que pudieron, por los sellos hegemónicos”. Como en tantas otras ocasiones, hay que volver a Pierre Bourdieu y a las inconmensurables Reglas del arte:

“¿Cómo no percibir?” -se preguntaba el gran sociólogo francés- “algo así como una política de la independencia en las acciones que Baudelaire llevó a cabo en materia de edición y crítica? Sabemos que, en una época en la que el auge de la literatura “comercial” hacía la fortuna de de unas pocas editoriales grandes, Hachette, Lévy o Larousse, Baudelaire prefirió asociarse, para Las flores del mal, con un editor pequeño, Poulet-Malassis, que frecuentaba los cafés de vanguardia: rechazando las condiciones económicas más beneficiosas y la difusión incomparablemente más amplia que le ofrecía Michel Lévy, precisamente porque temía para su libro una divulgación excesivamente amplia, se compromete con un editor menor, pero a su vez comprometido con la lucha en favor de la poesía joven [...] y plenamente identificado con los intereses de sus autores [...]“.

Y Bourdieu afirma, como colofón incontestable, trasladable a nuestro régimen contemporáneo:

“Baudelaire instituye por primera vez la ruptura entre edición comercial y edición de vanguardia, contribuyendo así a hacer que surja un campo de los editores homólogo al de los escritores y, al mismo tiempo, la relación estructural enre el editor y el escritor de combate [...]“.

Quizás el Nocilla team no sea, después de todo, Baudelaire ni Champfleury ni Barbey d’Aurevilly ni Leconte de Lisle. Quizás tampoco los grupos editores de mayor tamaño, con mayor músculo financiero y altavoces de mayores dimensiones, coincidan con Poulet-Malassis y se parezcan más a Michel Levy; quizás tampoco -quiero que se me entienda bien- todos los pequeños sellos editoriales independientes sean, en rigor, sellos de vanguardia, porque su estrategia se basa más en un rescate cómodo y contrastado que un riesgo o complicidad por lo desconocido; quizás algunos grandes sellos miman la transgresión y engatusan a los jóvenes nocilleros con medios y canales que  hubiera sido difícil soñar en otras circunstancias; quizás ninguno de nosotros tenga vocación real de editor o autor pequeños, cultural, de vanguardia e independiente y las antiguas complicidades estructurales, que una vez sirvieron para distinguir a los editores y autores de combate, hoy sean sólo un recuerdo arcaico museizable. Quién sabe…

Los próximos días 1 y 2 de julio,  la Asociación de  Revistas Culturales de España (ARCE), organiza el seminario “La edición cultural: sentido y oportunidades“, y se me ocurre que entre las ponencias y los ponentes se encuentren temas de extraordinario interés para intentar entender si esa dimensión de la edición -la de vanguardia, la que sostiene la pujanza de la cultura y el compromiso político- será un mero residuo histórico o un arma cargada de futuro.

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