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Edición académica y mundo digital: presente y futuro

El último número de la revista de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas está dedicado, entre otras cosas, a “ofrecer un balance crítico de la evolución última de la edición digital y del momento en que nos encontramos”. Para eso, “Unelibros ha reunido, en su edición de primavera y con ocasión del Día del Libro, a los tres mejores especialistas españoles en edición y mundo digital que, a partir de sus autorizadas opiniones y puntos de vista, dibujan al detalle un paisaje (editorial, tecnológico, profesional…) que es imperioso contemplar para saber dónde estamos e intuir a dónde nos dirigimos”.

En compañía de Javier Celaya y José Antonio Millán, este es el texto de la conversación:

Edición académica y mundo digital: presente y futuro

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Sant Jordi y el dragón digital

Siento ser el invitado que agua la fiesta: el incremento puntal de las ventas de libros en papel con motivo de una festividad concreta, es incapaz de subsanar la quiebra estructural de un modelo y de una industria. Por mucho que el San Jordi medieval hubiera alanzeado al dragón de carne y hueso, no podrá hacer lo mismo con el dragón digital y con la caída vertiginosa de las ventas de libros en los últimos años.

Para justificar cuantitativamente mi desacuerdo de aguafiestas: en el año 2013 la cifra de negocio del sector fue de 2181 millones €, una cantidad equiparable a la que la industria había facturado en 1994 y un 40% menos de lo que la caja que la industria hizo en el año 2008 (cuando se alcanzaron los 3158 millones €). Este desplome no es meramente achacable al incremento obvio del precio de los libros (un 16,63% de media en los últimos años) o al notable efecto adverso de la crisis económica sobre los bolsillos de los compradores. Los estadios de fútbol siguen llenos, repletos, con precios de entradas que multiplican por 20 0 30 lo que cuesta un libro de bolsillo, de manera que el criterio que se utiliza para discernir en qué se invierte la renta disponible, no es un número fatalmente dependiente de la renta persona. Aun cuando la macroeconomía acabara dando un alivio a los microbolsillos de los consumidores, la compra de libros en papel no alcanzaría nunca más la cifra conocida.

Si nos empeñamos en buscar refugios pasajeros en las cifras que se derivan de eventos puntuales, es que no hemos entendido nada: el dragón digital acabará con San Jordi, o acabará al menos persuadiéndole de que lea y consuma contenidos en formato digital. Lo único que ha crecido en la industria editorial, tímida y lentamente, es la venta de contenidos electrónicos, del 8,1% al 14,1%, o lo que es lo mismo, de 51 a 80.3 millones de € . La adopción progrevisa de lo digital depende de dos factores, fundamentalmente: que la generación nacida en la era tipográfica asuma progresivamente su uso (o que, por causas biológicas naturales, deje de leer y de todo lo demás), y que la generación de nativos digitales alcance la mayoría de edad y, con eso, la generalización de sus hábitos y prácticas de uso, creación y consumo.

Toda industria que no mire más allá de las certezas infundadas y pasajeras de San Jordi, estará abocada a que alguna empresa heterónoma le haga los deberes o que a pequeños e independientes emprendimientos se abran paso en un mercado dislocado.

Paradójicamente, hoy más que nunca dependemos de abrir y consolidar nuevos mercados en otros países: si España encontró en Iberoamérica, durante mucho tiempo, su ámbito natural de expansión (y eso representara en el conjunto de la facturación un 20% aproximado del volumen total), hoy esa cifra se acerca al doble, al 40%, pero en condiciones completamente diferentes a las preliminares: las industrias locales de América Latina han madurado y compiten en igualdad de condiciones en el mercado global del Español. La potencialidad del mercado norteamericano -tema que se debate hoy en el Foro Internacional del Español- es, todavía, un proyecto inmaduro, casi en regresión: en el año 2004, según cifras del Comercio Exterior del Libro en España, se facturaron 20.390.000 € frente a los 14.260.000 € de 2014. Muchos factores pueden explicar este decrecimiento, entre ellos la falta de contenidos digitales diseñados para los jóvenes usuarios que deberían utilizarlos y la carencia de canales y plataformas para la comercialización y distribución digital de esos contenidos, y de ellos hablaremos esta tarde de viernes.

El dragón digital podrá con San Jordi, a no ser que San Jordi se interese, cuide y haga crecer al dragón digital.

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La industria de la edición y el mercado digital único europeo

Ayer publicó la Comisión Europea el documento Publishing and the Digital Single Market, como continuación o complemento a la Digital agenda for Europe, a los siete pilares que lo constituyen y a su plan estratégico 2020. La contribución al debate sobre la configuración del mercado digital único proviene, de hecho, de The Publishers Association, la asociación profesional británica.

Muchas de sus observaciones o aseveraciones son perfectamente asumibles: “Publishing is one of the biggest success stories of the digital age”, sería la primera; “Publishing underpins academic research excellence and educational attainment”, la segunda; “Publishing is the most prominent cultural industry”, sería una tercera con la que podríamos acordar.

El problema viene cuando se asegura, sin remilgos, que “The Digital Single Market is already a reality for publishing”, porque para que esa alegación fuera cierta, resultaría necesario, sobre todo, que cualquier letor, que cualquier usuario, que cualquier comprador de contenidos, pudiera leerlos y consultarlos en cualqueir soporte, en cualquier lugar y en cualquier momento. Así lo declaró, expresamente, Neelie Kroes, la Vicepresidenta de la Comisión Europea y responsable de su Agenda Digital:

Interoperability [...] applies to ebooks too. When you buy a printed book it’s yours to take where you like. It should be the same with an ebook. You can now open a document on different computers, so why not an ebook on different platforms and in different apps? One should be able to read one’s ebook anywhere, any time on any device.

Mientras no se cumplan los principios básicos de la interoperabilidad, contemplados en el Pilar II de la Agenda digital europea, Interoperabilidad y estándares -esto es, que los contenidos sean despachados en formatos no propietarios que puedan ser consultados en soportes preparados para consumir contenidos multiformato-, no habrá mercado único digital. Y lo cierto es que estamos lejos de alcanzar ese estadio en el que los fabricantes y los editores renuncien a los modelos de negocio basados en la integración vertical en el que los usuarios adquieren los contenidos en una sola plataforma, en formatos propietarios para ser consultados en dispositivos o entornos fabricados y desarrollados por esas mismas empresas. No conozco muchas empresas editoriales que no aspiren (ilusoriamente) a convertirse en un remedo nativo de Amazon o Apple.

En el último I #ebookspain Open, dedicado a la interoperabilidad y los estándares en la industria editorial, tuve la oportunidad de clausurar las jornadas, precisamente, hablando sobre este mismo asunto: existen hoy estándares que pueden asegurar la interoperabilidad que la Comisión Europea demanda, estándares para el desarrollo de contenidos, con un alcance expresivo muy superior al de los formatos propietarios, como es el caso del EPub 3.0; existen también estándares que promueven el uso de un DRM -en el caso de que los editores quieran utilizarlos- interoperable, que no impide el uso y disfrute de los contenidos en diversos soportes y/o plataformas, como es el caso de Marlin; y existen iniciativas colegiadas donde la agregación de contenidos de calidad conforma una masa crítica que puede confrontarse con garantías de éxito a la que ofrecen los operadores multinaciones, como es el caso de Libreka.

Como escribió hace casi ya tres años Joe Wikert en uno de los blogs de O’Reilly, “Es hora para un formato unificado de ebook y el fin del DRM”. Y si O’Reilly lo aplica con todas las consecuencias a sus contenidos, yo pondría mis barbas a remojar.

El futuro de la edición electrónica y, por ende, del mercado digital único europeo del que los editores deberían participar, pasa, por tanto, por:

  • demandar un formato universalmente interoperable
  • demandar y utilizar esquemas de DRM universalmente interoperables
  • demandar a los distintos operadores y grandes plataformas que implementen funcionalidades de exportación y transferencia de ebooks sin limitaciones
  • demandar a los grandes operadores y plataformas que eliminen toda restricción legal sobre la exportación y transferencia de ebooks
  • evitar legalmente que los grandes operadores y plataformas asuman derechos exclusivos sobre la venta y la distribución de ebooks

Y, para redondear esas demandas:

  • desarrollar una estrategia coordinada y cooperativa que propicie el mutuo beneficio, más allá de la estrecha visión del plan de negocio particular, una estrategia que debe basarse en cinco puntos:
  1. la agregación de contenidos de calidad para obtener una masa crítica de contenidos relevante;
  2. la interoperabilidad y la apertura de formatos y soportes;
  3. la suma de valor añadido, en forma de funcionalidades y servicios, a la experiencia de compra de los usuarios;
  4. la incorporación del contenido generado por los usuarios a la lógica de la construcción de los productos editoriales y, antes de nada y por encima de cualquier otra cosa,
  5. la reconversión de una industria todavía analógica (en su manera de pensar y de orientarse, de percibir el futuro), en una industria plenamente digital.

Así imagino yo la industria de la edición en un mercado digital único europeo.

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¿Pincha el ebook?

El viernes pasado el suplemento El cultural publicó un reportaje (predispuestamente) titulado “¿Pincha el ebook? El sector editorial confirma el estancamiento del libro electrónico pero confía en su implantación definitiva“. En la pregunta estaba contenida, en buena medida, la (supuesta) respuesta.

El reportaje, necesariamente polifónico y poliédrico, recogía las opiniones de editores y expertos. El contenido de las entrevistas individuales, obviamente, no puede recogerse literal ni completamente, de manera que muchas veces las opiniones de cada cual pueden aparecer truncadas o incompletas.

Por si pudiera ser de interés para alguien, transcribo el texto completo de la entrevista que Daniel Arjona, periodista de El Cultural, me hizo con ocasión de la elaboración del reportaje (con cuya tesis inicial, no comulgo):

1. En los últimos tiempos los medios hablan de un parón del libro digital en Estados Unidos y Europa. Los lectores parecen reacios a cambiar el papel por el ebook. Pero, en realidad, las cifras no están claras. ¿Cuáles son sus impresiones experimentadas al respecto? ¿Qué datos tiene usted?

Los datos pueden, episódicamente, mostrar una u otra tendencia, al alza o a la baja, pero lo incontrovertible, lo irreversible, es la transición de lo analógico a lo digital. No hay ninguna duda de que este es un proceso que va más allá de la sustitución de los soportes: es un cambio profundo en nuestras maneras de generar, comunicar, compartir y utilizar los contenidos, una transformación completa de nuestro ecosistema de comunicación. No me cabe duda, en consecuencia, que la sustitución de unos soportes por otros, como ha ocurrido siempre en la historia de las transiciones de los medios de comunicación, será progresiva pero plena. Otra cosa es que el público lector tradicional (entre el que me encuentro), forme parte de la especie que McLuhan denominaba “Homo Typographicus” y que mostremos un apego insobornable al libro en papel por muchas razones.

2. ¿En qué posición se encuentra España en lo que respecta a la expansión del ebook en comparación con países como Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Estados Unidos o las países de Latinoamérica?

La transición hacia lo digital es más lenta en todos los órdenes: tanto en el ámbito de los productores (editores y gestores de contenidos digitales de toda naturaleza), que no aciertan a desarrollar un modelo de negocio rentable que sustituya al conocido, como en el de los consumidores, que todavía muestran hábitos de lectura y consumo de contenidos ligados al estadio analógico. Esto, sin embargo, cambiará con seguridad cuando la generación de pesonas que ahora tienen entre 15-19 años tengan el suficiente poder adquisitivo para procurarse los contenidos que apetezcan.

3. Defensores del libro e papel como Roberto Casati lo valoran por servir como defensa contra la sobre-estimulación de un mundo digital “hostil a la lectura”. Ayer, la gente leía libros en el metro o en el bus. Hoy todos miran sus teléfonos móviles. ¿La lectura tradicional está en peligro?

La lectura supuestamente tradicional es lineal, sucesiva, acumulativa, reflexiva, silenciosa, porque la textualidad inscrita en las páginas de un libro exige que la leamos de ese modo. Es cierto que esa forma de lectura, históricamente datada, ha contribuido a que desarrollemos algunas de nuestras capacidades cognitivas de más alto nivel (la inferencia, el pensamiento analítico, la razón científica), pero también es cierto, como reprochaba McLuhan en la “Galaxia Gutenberg” al inventor de la imprenta, que ese tiipo de lectura hace preponderar algunos sentidos sobre otros, mermando en cierto sentido lo que debíamos a la oralidad, el tacto y otros sentidos que no intervienen. La lectura que propician los soportes digitales es naturalmente distinta, porque se agregan contenidos audiovisuales, gráficos animados y simulaciones, anotaciones compartidas y discusiones en línea, además de que los hipervínculos nos invitan a deshacer la linealidad tradicional. Esto no es ni bueno ni malo en sí mismo: es, simplemente, un hecho del que deberemos derivar sus consecuencias en los próximos años sin que eso signifique que debamos dejar de leer como lo hemos hecho hasta ahora.

4. Algunos expertos explican que tenemos un problema psicológico con el libro digital. Un libro en papel es un mapa que el lector puede recorrer en todas direcciones. Un libro digital no lo es es y su lectura provoca cierta sensación de pérdida, de orfandad. ¿Cuál es su opinión?

No creo que nadie haya dicho que puedan derivarse problemas psicológicos de la lectura digital. En todo caso, como decía McLuhan, “toda tecnología inventada y “exteriorizada” por el hombre tiene el poder de entumecer la conciencia humana durante el periodo de su primera interiorización”, y es precisamente en ese momento de entumecimiento y embotamiento en el que nos encontramos. La opocisión que planteas es, en todo caso, artificial: en un libro electrónico o un tablet puede leerse como se lee en un libro en papel, de manera sucesiva y lineal. Los dispositivos que los seres humanos inventaron para facilitar la lectura en papel (índices, numeración de páginas, etc.), se reinventan en los soportes digitales mediante sistemas de etiquetas que permiten navegar por los contenidos de una manera también ordenada y satisfactoría. Mi opinión no puede ser otra que la de McLuhan: nos encontramos en la fase primera del entumecimiento de las conciencias.

5. Los ereaders tipo kindle no se han popularizado tanto como se pensaba y podrían en el futuro servir sólo a un grupo reducido de voraces lectores. La lectura es cada vez más multisoporte: tableta, móvil, pc, y el viejo papel… ¿Cómo ve usted el futuro de la lectura a corto y medio plazo?

Durante el tiempo al menos en que la generación de lectores de 40 años en adelante siga leyendo, ambos soportes convivirán, porque tienen muy arraigado en sus hábitos perceptivos y lectores el uso de los soportes en papel. Otra cosa es lo que suceda con las generaciones de nativos y jóvenes digitales: su predisposición natural será la del uso de soportes únicamente digitales. Nuestra misión como adultos, sin embargo, será la de enseñarles a compaginar esos hábitos con los propios de la lectura en papel. Como sugería Maryanne Wolf en La historia y ciencia del cerebro lector, de lo que se trata es de educar cerebros bitextuales, cerebros bilingües, capaces de realizar una inmersión profunda en la lectura sosegada y capaces de seguir las invitaciones más aleatorias e interactivas de los soportes digitales.

¿Pincha el ebook? No lo creo…

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Nuevos LABS/ Publishing: afrontando el cambio digital en el mundo editorial

TEAMLABS/ lanza junto a Factoría Cultural un programa de diez nuevos LABS/, diez laboratorios especialmente enfocados en la revolución digital en el mundo editorial para experimentar, probar y ensayar diferentes aproximaciones a los problemas a los que se enfrenta este sector. Estos diez LABS/ serán impartidos por destacados expertos con una amplia implicación profesional y práctica en las distintas materias abordadas y con una visión innovadora y de futuro capaz de abrir nuevas vías en estos tiempos de profundos cambios.

El programa comenzará en abril y contará con la siguientes sesiones:

  • 18/04: Digital Change Management con Mario Tascón (Socio Director de Prodigioso Volcán)
  • 04/04 – 07/05: Digital Strategy & Business Development con Rosalía Lloret (Directora de Relaciones Institucionales de Online Publishers Association Europe)
  • 10/06 – 12/06: Plataformas de gestión de contenidos multiformato y multiplataforma. Edición 360º, con Miguel Gallego (Director de Desarrollo de Negocio en Censhare AG)
  • 23/06 – 25/06: Cómo gestionar el cambio organizativo en tiempos de transición digital, con Gumersindo Lafuente (Periodista digital)
  • 03/07 – 04/07: Diseño y mejora de la experiencia de usuario (UX), con Keko Ponte (Jefe de Producto y Socio en The Cocktail)
  • 21/09 – 23/09:  Cómo crear y ejecutar una campaña de marketing digital integrado que incluya promociones, analíticas y publicidad, con Javier Celaya (Fundador de Dosdoce.com)
  • 23/09 – 25/09: User generated content: herramientas y plataformas para crear y publicar contenidos audiovisuales, escritos, gráficos y educativos, con Sergio Mejías (Director de Bubok)
  • 07/10 – 09/10: Convergencia de medios y narrativa transmedia, con Nicolás Alcalá (Creador de “El Cosmonauta”)
  • 16/10 – 17/10: Social media: gestión de multitudes y creación de comunidades, con Juan Duce (Director de Comunicación de Evercom)
  • 17/11 – 19/11: Gamification: diseño de aplicaciones de simulación para entornos educativos, con Lara Coterón (Fundadora y diseñadora de Yoctobit)

De forma previa al inicio del programa os invitamos a acudir a un DemoLAB gratuito y en abierto el día 26 de marzo en Factoría Cultural (Matadero Madrid, Paseo de la Chopera 14) en el que podrás conocer directamente la dinámica de trabajo de los LABS/, enfrentándote en equipo al reto de rediseñar los libros de texto tradicionales.

La tecnología del libro de texto -un contenido cerrado y acotado, ajustado a un currículum oficial, pensado para que un oficiante lo declame en público y un grupo pasivo de alumnos lo escuche, memorice y reproduzca- está firmemente apegada a una lógica industrial de la educación que buscaba eficiencia y homogeneidad. Hoy sabemos que eso no nos sirve por múltiples causas concomitantes:

  • Porque el aprendizaje no es meramente visual, memorístico y repetitivo. Muy al contrario: el aprendizaje, tal como demuestra la pedagogía desde hace decenios, está fundamentada en una pirámide invertida en la que la base es el aprendiaje práctico basado en proyectos;
  • Porque se aprende más cuanto más interactivo, práctico, real y participativo sea el proceso de aprendizaje, todo lo contrario al diseño de la experiencia tradicional;
  • Porque los contenidos cerrados y clausurados tienen que dar paso a recursos reutilizables y acomodables en secuencias de aprendizaje integradas;
  • Porque la información ya no es un secreto celosamente guardado, sino un bien superabundante accesible a través de múltiples dispositivos ubicuos, que hacen del aula tradicional un receptáculo patibulario;
  • Porque nuestros jóvenes son nativos digitales, aborígenes de un ecosistema de la información distintos, en el que preponderan otros sentidos diferentes al meramente visual (una relectura de MacLuhan no vendría mal);
  • Porque la sociedad de la información es conocimiento democratizado, y para eso hay que capacitar en las nuevas competencias a nuestros alumnos;

Este DemoLab pretende diseñar prácticamente nuevas soluciones educativas adecuadas a los intereses y demandas de los usuarios del siglo XXI, jóvenes nacidos en la era digital, acostumbrados a encontrar, crear y compartir contenidos, a aprender, de una manera radicalmente distinta a la que sus mayores conocieron.

CONSIGUE AQUÍ TU ENTRADA GRATUITA PARA EL DEMOLAB

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Planes para el futuro del ecosistema editorial

La trifulca entre Amazon, Hachette y algunos otros grandes sellos editoriales, como Bonnier en Alemania (propietaria de Pier, Ullstein, Berlin y Carlsen), no dejaría de ser una polémica común e irrelevante (que un distribuidor rechace a un editor o que le imponga márgenes inasumibles o que un editor desdeñe a una tipología determinada de librerías por irrelevante en su estrategia comercial) sino fuera porque Amazon es el gran agregador de contenido mundial. El peso de su masa crítica, la capacidad por tanto de atraer a nuevos clientes, de integrar verticalmente todos los eslabones de la cadena de su negocio y de imponer márgenes comerciales e, incluso, precios, es tan grande que amenaza con desestabilizar el equilibrio de todo el ecosistema editorial. Algo, por otra parte, que no es tanto responsabilidad suya como de quienes, advertidos hace mucho tiempo, nunca quisieron intervenir.

Jennifer Heuer; Photograph by byllwill/Getty Images

Los juzgados de Nueva York han desarrollado un nuevo concepto para designar este tipo de política comercial que presiona a la baja, forzadamente, los precios de los libros, el reverso de la idea tradicional de monopolio: si uno consiste en la capacidad de subir arbitrariamente los precios gracias a ocupar una posición dominante en el mercado, el otro -monopsonio, lo han nombrado-, consiste en forzar la bajada de precios gracias a detentar una posición de visibilidad imbatible en la web. Es sabido que Amazon, como represalia e invitación a repensar sus relaciones comerciales, eliminó de la web de Amazon la posibilidad de comprar los contenidos de los sellos mencionados, un empujón poco sutil para reconsiderar quién manda en Internet.

Esta situación de (ab)uso de posición dominante -utilizada por todas las empresas editoriales, por otra parte-, esconde una enseñanza que el propio New York Times reclama en uno de los varios artículos que ha dedicado a este asunto: en How Book Publishers Can Beat Amazon, se propone una solución a la medida de la ocasión: sólo mediante la agregación de fuerzas de los libreros y los editores, en una plataforma compartida e independiente, donde se sumen los contenidos de todas y se alcance una masa crítica de contenidos de calidad a buenos precios comparable, puede alterar o al menos compensar el equilibrio de fuerzas. Este es un principio básico, si se quiere, de la economía del bien común o del procomún por el que dieron un Premio Nobel de Economía en el 2009 a Elinor Ostrom. Existe o existía un ecosistema editorial del que todos se beneficiaban y su destrucción no compensa a nadie, pero en lugar de buscar procedimientos de cooperación para fomentar el beneficio mutuo, los sellos editoriales y las librerías piensan que tienen alguna opción de ganar algo obrando aisladamente. No seré yo quien diga que eso es un error. Mejor que lean a Ostrom… Los indies norteamericanos han publicado hoy mismo una carta abierta y un logo en el que agradecen a Amazon la contracampaña que se ha hecho así misma

En España existen, al menos, dos tentativas de cooperación (de las que puedo ofrecer más detalles si hay aclamación y demanda popular) que se resienten de la tradicional suspicacia y picardia nacionales: todostuslibros.com y todostusebooks.com, iniciativa del gremio de libreros que apunta en el buen camino, pero a la que todavía le faltan algunos elementos para constituirse en una verdadera alternativa; y el proyecto de Punto Neutro promovido por el MEC y secundado por ANELE, que trata de crear una plataforma única de contenidos educativos digitales de calidad y de pago que simplifique todas las transacciones vinculadas a su uso y compra.

En Alemania el Gremio de Editores acaba de anunciar, como ejemplo de lo que una política de cooperación sostenida puede llegar a alcanzar, que las librerías físicas están recuperando su cifra de facturación gracias, en buena medida, a la venta de e-books, integrados ya plenamente en su oferta y lógica comercial. En el año 2013 se vendieron 21,5 millones de €, un 60% más que en el año 2012, un 3,9% del total de la venta de libros, modesto si se quiere respecto al 20% que representa en un mercado más avanzado, el de USA, pero en todo caso relevante si damos por buenos los augurios de los libreros ingleses, que esta misma semana predecían que en el año 2018 los ebooks habrán sobrepasado en ese país la cifra de los libros en papel.

Nos quedan cuatro años,  pues, para desarrollar una estrategia coordinada y cooperativa que propicie el mutuo beneficio, más allá de la estrecha visión del plan de negocio particular, una estrategia que debe basarse en cinco puntos: la agregación de contenidos de calidad para obtener una masa crítica de contenidos relevante; la interoperabilidad y la apertura de formatos y soportes; la suma de valor añadido, en forma de funcionalidades y servicios, a la experiencia de compra de los usuarios; la incorporación del contenido generado por los usuarios a la lógica de la construcción de los productos editoriales y, antes de nada y por encima de cualquier otra cosa, la reconversión de una industria todavía analógica (en su manera de pensar y de orientarse, de percibir el futuro), en una industria plenamente digital.

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El ecosistema del libro electrónico científico

En el capítulo II del merecidamente premiado El ecosistema del libro electrónico universitario, coordinado por José Antonio Cordón, director del grupo E-lectra, puede leerse: “la pregunta fundamental que ha de hacerse cualquier servicio de de publicaciones es “asumiendo que la investigación primaria es original e importante, ¿cuál es el mejor medio para difundirla al resto del mundo?”. La respuesta”, aseguran los autores, “radica en las oportunidades que para las editoriales universitarias representa la edición digital y la reformulación de los marcos de comunicación académica para garantizar una mayor accesibilidad del público a la investigación”. Precisamente.

La cuestión fundamental que todo servicio de publicaciones académico, científico y/o universitario debería plantearse no es tanto la manera en que puede acatar y obedecer los mecanismos de evaluación (relativamente) tradicionales sino, más bien, valiéndome de la reflexión de los mismos autores, la forma en que pueden renovar, regenerar y mejorar el marco de la comunicación científica valiéndose de los mecanismos de creación, comunicación y distribución digital de contenidos fomentando la agregación de inteligencia colectiva, el intercambio generoso y libre de conocimiento. Los precedentes son conocidos y siempre viene bien recordarlos: en 1665, en la segunda mitad del siglo XVII, se crearon casi al unísono las que pasan por ser las dos primeras revistas científicas. En enero de ese año el Journal des sçavans y poco después, en el mes de marzo, The Philosophical Transactions of the Royal Society. Lo que hicieron fundamentalmente esos dos nuevos marcos de comunicación científica fue aplicar la tecnología de la imprenta a la creación, difusión e intercambio de los contenidos científicos, en suma, generar un nuevo espacio de comunicación y discusión científica que acababa con los arcanos intercambios de mensajes cifrados entre científicos aislados (como había venido ocurriendo con Galilego, Kepler o el mismo Leonardo da Vinci). Transcurrieron más de doscientos años entre el invento de la imprenta y la extracción de las consecuencias que podría tener para agilizar y mejorar la comunicación científica.

Philosophical Transactions of the Royal Society

Hoy en día, el cambio es mucho más profundo, acelerado y estructural: se han modificado profundamente las posibilidades de acceso al conocimiento pero, también y al unísono, las “modalidades de argumentación y los criterios o recursos que pueden movilizar al lector para aceptarlas o rechazarlas”, como escribe Roger Chartier. La textualidad electrónica, sigo citando, “permite desarrollar argumentaciones o demostraciones según una lógica que ya no es necesariamente lineal ni deducativa [...] sino que puede ser abierta, extendida y relacional gracias a la multiplicación de los vínculos textuales”. Semejante cambio no es meramente topológico; es epistemológico, supone una profunda mutación que “modifica los modos de construcción y acreditación de los discursos del saber”. Esa es, sin duda, la cuestión fundamental por la que la mayoría de los científicos, sociedades académicas y servicios de publicaciones pasan de puntillas por las profundas implicaciones que conlleva, porque admitir esos cambios podría desmoronar el cómodo edificio en el que habitan. En todo caso, El ecosistema del libro electrónico universitario recoge muy acertada y cumplidamente muchas de las tecnologías y casos que están propiciando esta revolución: desde las plataformas de venta y distribución de libros académicos (Safari, Questia, Ebrary, etc.), que favorecen modalidades de uso y consumo de contenidos muy distintas a la de la monografía tradicional; pasando por la discusión sobre las modalidades de acceso y el préstamo y alquiler de contenidos digitales (en modalidad comercial o en el seno de una comunidad); hasta la más obvia de las potencialidades para un científico: la de la autopublicación y el uso de licencias que propicien la libre circulación de su trabajo. Los autores son en gran medida conscientes de esas hondas y disruptivas consecuencias: “los editores han de enfrentarse”, dicen, “ante un concepto de libro profundamente redefinido en el contexto digital, en el que la unidad de referencia no es el biblion sino los datos los metadatos”. Precisamente. “Esto no quiere decir que el entorno digital destruya el libro pero sí que lo transforma profundamente, inscrito en una lógica que sobrepasa el soporte unitario para configurar una diversificación cada vez mayor de productos y servicios”.

The Polymatch blog

Sé que las reglas no escritas de la buena crítica literaria y científica dicen que uno debe criticar por lo que se dice y no por lo que se deja de mencionar, pero yo creo de este apreciable trabajo puede aprenderse tanto por lo que comenta como por lo que deja (al menos parcialmente) de explorar. En el año 2009 Tim Gowers, matemático acreditado con la Medalla Fields, decidió presincidir de las reglas tradicionales de la publicación científica y plantear en un blog (The Polymatch Project) un problema hasta ese momento irresuelto denominado Polymath1. La historia dice que 37 días después de haber expuesto ese problema a luz pública y a la colaboración masiva (entre los participantes, exponiendo sus ideas abiertamente, estaba Terence Tao, otro Field medallist), 800 comentarios más tarde, el problema fue resuelto satisfactoriamente. El pasado 9 de noviembre Tim Gowers planteó su noveno problema (polimático). ¿De qué manera, en los términos tradicionales conocidos por la ciencia, puntuaría la colaboración en ese espacio abierto sin más control que el de la propia comunidad que colabora? ¿En qué medida influirá ese trabajo en progreso y acreditación profesional de quienes contribuyen de manera altruista al progreso del conocimiento? ¿Alguien, en alguna sociedad científica o tribunal universitario tendría en cuenta las entradas publicadas en ese blog como equivalentes a los artículos difundidos a través de una cabecera con un “impacto” determinado”? ¿Cabe fomentar la colaboración entre científicos en un campo cuyas reglas no premian la colaboración sino, más bien al contrario, la penalizan y la subestiman? ¿Tiene todo esto en la era digital algún sentido? No, por supuesto que no.

Moneda

“La edición universitaria”, dicen los autores algo más adelante, “no puede quedarse al margen de un movimiento que representa un cambio de paradigma en el ámbito de la edición, como muestran todas las estadísticas y estudios desarrollados en los países de nuestro entorno”, pero no basta, añadiría yo, con que supongan que ese cambio comporta, tan sólo, aprender a generar ficheros Epub o disponer de una web a través de la que presentar ordenadamente la oferta editorial. La cuestión, como reflexionaba Chartier, es que nos encontramos ante un cambio epistemológico excepcional con consecuencias irreversibles para los formatos tradicionales de la edición, la comunicación, la difusión y la valoración del conocimiento científico.

Paul Wouters

Paradójicamente, según señala Paul Wouters en su breve historia de la cienciometría, el índice que nos sirve desde los años 60 del siglo XX para evaluar el impacto de una investigación y, por tanto, la relevancia y crédito que el trabajo de un grupo de científicos merece, no fue un instrumento creado por la propia comunidad científica para satisfacer unas necesidades obvias de medición y evaluación de su capital, un índice que reflejara la importancia de las propuestas, hipótesis y hallazgos de la ciencia. Fue, más bien, una herramienta creada -o, al menos, indirectamente favorecida- por la administración norteamericana, que deseaba establecer criterios contables firmes para justificar la financiación de los proyectos y, sobre todo, mejorar los mecanismos de comunicación científica entre áreas de conocimiento y departamentos universitarios y estatales con motivo, especialmente, de la carrera espacial de los años sesenta. La anarquía primaria en la que estaban encerrados los distintos agentes implicados en esos macroproyectos de investigación, las prácticas cenaculares de las camarillas académicas y de las estancas agencias estatales, no podían constituir base suficiente para una coordinación adecuada. Eugene Garfield, el creador del mecanismo evaluativo, en colaboración con Joshua Lederberg, planteó en el año 1958 los siguientes criterios de ponderación y coordinación científica: “utilidad general, permanencia en el tiempo, reducción del número de referencias a los datos mediocres, medida del ‘factor de impacto’ y servicios puntuales personalizados”. Resultaba políticamente necesario en ese momento un sistema centralizado de evaluación de la información.

Antonio Lafuente

Pero si todo lo anterior es cierto, si la lógica de la acumulación del capital científico requiere, para ser reconocido y potencialmente acrecentado, ser mostrado a los demás, a quienes constituyen la comunidad cualificada de los pares, ser distribuido sin cortapisas, en aras de la promoción de la unidad de la ciencia y del avance del conocimiento, puede que el sistema tradicional de medición del índice de impacto y de evaluación de la calidad de lo ofrecido no sea el más ecuánime ni el más adecuado. Antonio Lafuente describe precisamente los problemas que el peer review tradicional genera: “muchas revistas, por ejemplo, exigen que los autores declaren que no hay conflicto de intereses (es decir, connivencia) entre lo que defienden/venden las empresas que financian su investigación y los resultados que obtienen y publican. También si la identidad de los revisores [...] debe mantenerse en secreto, pues abundan las conductas desviadas de todos los tipos: desde lecturas demasiado superficiales a revisiones que protegen teorías/modelos canónicos [...] pasando por el robo de ideas, el retraso injustificado u otros intereses mezquinos de quienes fueron seleccionados para controlar la calidad [...] Los más críticos niegan la capacidad de este sistema para cumplir su principal función: garantizar la calidad”. Si los mecanismos mediante los cuales se evalúa supuestamente la propiedad de lo publicado están desvirtuados por la injerencia disruptiva de intereses comerciales ajenos a lógica del campo; si cabe la sospecha sobre la ecuanimidad y distancia que los pares deben guardar respecto al autor y a su descubrimiento, porque escondan intereses arteros de alguna naturaleza; si algunas falsificaciones deliberadas pasan inadvertidas y, al contrario, algunos trabajos determinantes para el futuro de la ciencia son rechazados o ignorados, el edificio entero de la ciencia está afectado en sus cimientos, porque sobre la limpieza e imparcialidad del peer review se basa la concesión del crédito, la circulación del capital propio del campo científico, su distribución, intercambio y acumulación, y cuando ese sistema de tasación presenta síntomas evidentes de contaminación y desacierto, entonces no queda más remedio que reformarlo inmediatamente adecuándose a la lógica original de los principios que rigen la lógica de la acumulación del capital simbólico.

ISI web of Knowledge

El problema radica, sin duda, en que nadie que pretenda recorrer la atribulada carrera científica se permite la flaqueza de publicar allí donde nadie se lo reconocerá, donde nadie le concederá la más mínima atención, donde incluso le tildarán de desaprensivo. Si las carreras de los científicos se miden, desde los años 50 del siglo pasado, en función del impacto de sus trabajos, esto es, de acuerdo con el número de citas que sus aportaciones reciban por parte de otros miembros de la academia -es decir, por el reconocimiento simbólico que la tribu científica dispensa al acto de dispendio inmaterial del candidato donante-, ¿qué razón podría llevarnos a prescindir de semejante caudal de información libremente distribuida a través de los nuevos canales de expresión digital? ‘El factor de impacto’, dice Taraborelli, “se ha convertido en muchas áreas de investigación, de manera incontrovertible, en el estándar de facto para la evaluación de la significación científica a posteriori, pero esa situación ha sido cuestionada por muchos autores que reclaman indicadores alternativos más precisos. La necesidad de nuevas estrategias de medición que superen los límites del peer review tradicional y la necesidad de nuevas métricas que complementen los indicadores de factor de impacto, se ha convertido en objeto de una discusión muy vivida en la literatura. En el campo del Open Access”, cita Taraborelli, “proyectos como CiteBase u OpCit han sido introducidos para habilitar el seguimiento de indicadores de popularidad tales como el número de vistas o descargas por artículo y para explorar la relación entre el uso y el impacto de los artículos libres online” (Taraborelli, 2008:5). Otras herramientas de software libre, como Mendeley, diseñada para el uso de la comunidad científica, invitan a sus miembros a compartir documentos y artículos, a generar e intercambiar sus bibliotecas de contenidos y anotaciones, a comunicar sus impresiones y valoraciones en torno a textos e investigaciones, en una red de relaciones que no pasa necesariamente, ya, por el acatamiento del impacto tradicional como único y principal índice de valoración sino, en todo caso, como complemento necesario. De lo que se trata, en el fondo, es de valorizar la circulación del conocimiento libre, de calcular lo que esa comunicación y entrega sin restricciones aporta a quien la realiza introduciendo en la métrica del impacto los denominados online usage factors(UF), o factores de uso online, porque la economía del conocimiento científico exige como precepto principal que los procedimientos, datos y resultados de los trabajos de investigación sean expuestos sin trabas u obstáculos a los pares si es que se pretende obtener su crédito y su reconocimiento. En el ecosistema de la web, donde la proliferación de canales y estrategias de comunicación científica autónoma han proliferado sin tasa, no cabe seguir conformándose con una métrica vinculada a la circulación analógica del conocimiento, con una contabilidad ligada a la tecnología del papel y de los comités anónimos y restringidos de especialistas. Claro que las estrategias de evaluación científica distribuida y de marcado social entrañan riesgos equivalentes a los del peer review restringido tradicional porque las métricas pueden ser infladas por la intervención improcedente y reiterativa de las arañas buscadoras (web crawlers); pueden ser alteradas por la retentiva a corto plazo de las memorias cachés; pueden ser subvertidas por la intervención deliberada y continua del propio autor, interesado en incrementar el número de usos o visitas; pueden ser simplemente engañadas por no saber distinguir entre la mera visita incidental y la inspección deliberada de una página. En todo caso, no hay nadie que no convenga, limpiamente, en que es necesario ampliar las métricas tradicionales para incluir técnicas de recuento que tengan presentes el valor de la contabilidad social distribuida.

E-lectra

Sé que he sobrepasado toda extensión razonable en una discusión o recensión al uso, pero los autores sabrán comprender que la extensión de mis comentarios es equivalente a la muestra de mi interés por su trabajo. Es justo además reconocer que en el texto de El ecosistema del libro electrónico se encuentran caminos que ya exploran parte de lo antedicho: en el epígrafe titulado Teoría de grafos, se adelantan ya muchos de los criterios cibermétricos sobre los que deberá sostenerse una nueva contabilidad digital científica (medidas de centralidad como el grado, el grado de intermediación y de cercanía pueden, entre otros elementos, arrojar nueva luz sobre las zonas de verdadera influencia); y en el mismo Epílogo del libro, quizás como un ajuste de cuentas consigo mismos o como una anticipación de lo que vaya a venir en el futuro, podemos leer: “La fuerte estructuración normativa de la publicación científica es el fruto de una tradición que se ha constituido con el tiempo y que se proyecta en todos los soportes en los que aparecen representados los conocimientos, desde el papel a la edición electrónica, y es la expresión de una forma de comunicación en la que la eficacia, antes que la retórica, constituye su expresión más acendrada. Los rígidos protocolos de representación facilitan al mismo tiempo los procesos de reconocimiento y asimilación, al erigirse en esquemas fácilmente reconocibles y extrapolables entre los distintos tipos de publicaciones posibilitando la tarea del científico, que examina un texto a la búsqueda de una información precisa, pero también la del investigador que explora el mismo para la extracción de sus elementos significativos”. Así es, sin duda. “Sin embargo”, dicen los miembros del Grupo Electra, “la comunicación científica, gracias a las posibilidades de la red y de la edición digital, se está diversificando por senderos alternativos, cada vez más frecuentados por el autor, cuando considera la formulación de sus hipótesis o la presentación de sus primeros resultados de investigación. Blog, microblog, redes sociales, comunidades virtuales, constituyen espacios emergentes de intervención académica que escapan a los rígidos protocolos de las publicaciones científicas convencionales”. En consecuencia, “lo interesante del fenómeno es su progresiva integración en los sistemas de publicación más convencionales”, de manera que “el editor académico se ha de mover no solo entre los trabajos de verificación por pares sino en el entorno de reconocimientos de patrones de publicación emergentes”. Precisamente.

Si la edición universitaria ha de dar respuesta a esta realidad, quizás sea este un primer y decidido paso en ese sentido, en el de la construcción de un nuevo ecosistema de la comunicación científica.

Este texto ha sido originalmente publicado en el apartado de reseñas de Madrimasd http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/resenas/ensayos/resena.asp?id=502 por Joaquín Rodríguez www.madrimasd.org/blogs/futurosdellibro

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El pico de la producción editorial

En la última entrada del blog de Nicholas Carr, el autor de Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, conjeturaba con la posibilidad de que la venta y penetración de los libros electrónicos hubieran alcanzado un pico de difusión máxima a partir del que sólo quedaría constatar su progresiva desaceleración.

Es posible, efectivamente, que el contigente de personas que adoptan las nuevas tecnologías de manera más vehemente haya llegado ya a sus confines; es posible que las prácticas lectoras asociadas al papel sigan tan estrecha y hondamente vinculadas en el hábito de muchos de nosotros, que el salto a los nuevos dispositivos sea progresivo y asegure un periodo de convivencia determinado; es posible que, incluso admitiendo las tesis principales de Carr, algunos sigamos pensando que la lectura profunda de las textualidades tradicionales depara placeres que un hipertexto fragmentado no puede proporcionanos; es posible que las tecnologías de reproducción sean todavía inmaduras y que muchos estén cansados del desfile de dispositivos y de formatos, incomprensible para tantos; es posible que en muchos países el comercio electrónico no penetre a la velocidad que en los países anglosajones, más habituados a la compra por catálogo, a la compra virtual y al pago mediante mecanismos de crédito; es posible que no exista todavía una oferta legal y a precios razonables suficiente para satisfacer una demanda. Es posible que eso y muchas otras cosas sean ciertas pero…

Pero las cifras que Amazon ofreció en la última Feria del Libro de Frankfurt muestran un crecimiento imparable de la venta de sus propios dispositivos de lectura, venta de soportes que va acompañada -en países como el Reino Unido o los USA- por una venta de archivos electrónicos superior, ya, a la venta en papel.

La historia nos de muestra, de manera muy tozuda, que en todos los episodios históricos donde han concurrido la transformación de los medios de creación y reproducción; la transformación de la entidad de los textos y los soportes sobre los que se practica la lectura, es inútil resistirse a los cambios. Sucederán, lo queramos o no lo queramos. Los periodos de convivencia están bien documentados y en el caso histórico de la imprenta, último de ellos, se puede apreciar un periodo aproximado de un siglo, momento a partir del cual el dominio de la imprenta y del libro en papel respecto al documento reproducido manualmente por un copista fue completo.

De esto y de muchas otras cosas irreversibles en la cadena de valor del libro hablamos ayer en el Curso de Edición que organiza Hotel Kafka junto a Ámbito Cultural. Más que del “pico” del libro electrónico deberíamos ser conscientes de que el “pico” de producción del libro en papel llegará mucho más pronto que en otros momentos de cambio histórico, porque la aceleración en el cambio tecnológico a la que asistimos carece de prencendentes.

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La edición atómica

La edición macroscópica

Imaginemos una editorial de libros de cocina, de libros de recetarios tradicionales; una editorial que, andando el tiempo y atenta al espíritu de los tiempos, hubiera incorporado a su catálogo habitual consejos y reglas para la planificación de una vida sana, para la programación pormenorizada del buen vivir, para el cuidado del cuerpo y del alma, tan necesitados. Abundan hoy en día en las mesas de novedades esa clase de libros, incluso puede hablarse de un cierto auge y proliferación. Al acercarse un potencial cliente a una librería o a cualquier otro punto de venta que comercializara esa clase de títulos, la elección debería ceñirse, en la gran mayoría de los casos, a un libro de temática más o menos homogénea, a una obra escrita y encuadernada de mayores o menores dimensiones, de mayor o menor extensión. Los editores (tradicionales) habrían concebido una obra que, valiéndose o no de técnicas de estudio de mercado, pudiera satisfacer, eventualmente, esa demanda presentida. Habrían contratado a un autor al que se la habría realizado el encargo de componer esa obra, de buscar el material adecuado y ensamblarlo.

Imaginemos, también, una editorial de libros de viaje, una editorial dedicada a la publicación de guías por países, luego por capitales, luego, siguiendo también el espíritu de los tiempos y la modificación de los hábitos y los gustos, de hoteles con encanto, de rutas en Mountabike, de lugares y experiencias que uno no debería perderse nunca. Una editorial, por tanto, que, siguiendo los procedimientos de trabajo editoriales tradicionales, hubiera generado contenidos especializados para cada una de esas series, por encargo o valiéndose de editores propios más o menos conocedores del asunto. Una editorial que, con buen olfato mercantil, hubiera detectado huecos y necesidades en el mercado a los que dar satisfacción mediante la edición de textos, largos y complejos, difícilmente actualizables, casi nunca reaprovechables.


Imaginemos, asimismo, una editorial de contenidos educativos, de libros de texto, embarcada en la edición de contenidos adecuados a las especificaciones curriculares establecidas por ley. Libros, por tanto, por etapas y asignaturas, concebidos como bloques temáticos y cronológicos, por temas que son inseparables mientras su soporte siga siendo un libro cosido o pegado entre dos tapas. Pensemos, además, en la proliferación de toda clase de materiales complementarios adosados, teóricamente suplementarios pero diligentemente recomendados para que los padres los adquieran en aras de la mejora de la nota y el rendimiento de sus hijos. Materiales, en todo caso, compuestos por problemas, pruebas y ejercicios inseparables mientras su soporte sea el de pliegos de papel cosidos, grapados o pegados.

Imaginemos, por último —no porque no existan más ejemplos posibles sino, simplemente, para abreviar la introducción― una editorial de contenidos profesionales, médicos, jurídicos, vinculados a la arquitectura, a la ingeniería, a cualquier otro asunto que podamos imaginar. Las unidades de contenido habituales con las que estos sellos han trabajado han solido ser manuales, normalmente extensos, caros de desarrollar, difíciles de maquetar y componer, imposibles de actualizar; libros normalmente tan ambiciosos en la cobertura de los temas abordados que sus índices son una recapitulación de todo el conocimiento humano acumulado en torno a ese tema. Libros caros, inevitablemente, en su precio de venta al público. Libros cada vez, aún con todo, menos vendidos, porque la proliferación de información libre y de calidad —no la piratería necesariamente, ni la fotocopia ilegal, que sería el primer reflejo al que recurriría cualquier editor― compite con la ofrecida por unos sellos editoriales que, durante mucho tiempo, pudieron monopolizar su creación, distribución y comercialización, sin apenas alternativas. En mercados de contenidos escasos, todo iba sobre ruedas. En mercados de contenidos sobreabundantes con calidades equiparables, de repente la creación de obras monográficas y voluminosas, a precios prohibitivos, apenas tiene sentido.

Podría argumentarse, con razón, que existen tipologías intermedias, otros tipos de productos editoriales más livianos, menos costosos, mejor adaptados a necesidades concretas ―cocina al instante para invitados por sorpresa; guías de fines de semana con rutas pautadas para viajeros con poco tiempo; carpetas infantiles o juveniles por cursos y por trimestres; nuevas especificaciones del hormigón y su resistencia ―. Y sería verdad. Pero todas esas editoriales, todas esas tipologías textuales, tienen en común una visión macroscópica de la edición, una visión digamos mecánica, predigital. Un producto editorial, concebido por un director responsable con o sin el apoyo de sus editores y su equipo comercial, con mayor o menor sensibilidad por las necesidades sospechadas del entorno, encargado a un autor o desarrollado internamente, siempre de una sola pieza, compacto, indisociable, monopropósito, vendido como obra singular con ISBN único, a precio fijo. Para muchos de estos editores, impelidos por la marea de los tiempos, editar digitalmente significaría acabar una obra con los mimbres analógicos tradicionales para, después, a partir de una obra concebida monolíticamente, generar en el mejor de los casos formatos más o menos legibles en diferentes soportes. Pero esa cualidad de obra maciza, sólidamente trabada, sin intersticios, es fruto de la visión macroscópica obtenida por los editores a través del uso de las herramientas editoriales tradicionales…

[ESTE TEXTO CORRESPONDE AL FRAGMENTO INICIAL DEL ARTÍCULO “LA EDICIÓN ATÓMICA” PUBLICADO EN EL ÚLTIMO NÚMERO DE LA REVISTA TEXTURAS, Nº 20 DE MAYO DE 2013, PP. 35-50).

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La mano de una mujer y la historia de la comunicación

Hay pocas cosas que me produzcan un escalofrío semejante al de contemplar las representaciones del arte paleolítico. Son, claro, las formas iniciales de la comunicación humana, o al menos de sus precedentes. De hecho, según las últimas noticias aparecidas en los últimos meses, la datación de las primeras evidencias encontradas se retrotrae a los Neandertales. Puede que eso cause sorpresa general porque no se tratara, propiamente hablando, de homínidos, pero, ¿cómo podría asombrarnos cuando sus enterramientos estaban llenos de flores y detalles ornamentales, cuando se evidencia que practicaban inhumaciones rituales y se adornaban para el tránsito a la vida en que creyeran? Mejor todavía: ¿cómo puede chocarnos que la fecha de inicio de esas primeras manifestaciones de comunicación se retrotraiga al medio millón de años?

Ignacio Martínez Mendizábal, profesor de la Universidad de Alcalá, basándose en las evidencias de Atapuerca, demostró hace unos pocos años, que nuestros ancestros eran capaces de hablar hace 500.000 años, y si el lenguaje existía, debía existir, de manera concomitante, la expresión simbólica de las creencias. Es cierto que no hemos encontrado esos testimonios y que se sigue sosteniendo, en general, que es en la cueva de Chauvet donde pueden encontrarse los testimonios más antiguos de arte parietal, pero me atrevo a apostar que eso es más bien debido a nuestra incapacidad de encontrar esos antecedentes -por su deterioro o desaparición, por su inaccesibilidad-.

Entre las últimas sorpresas que nos depara la prehistoria, está la del género de sus artistas, de los primeros comunicadores; comunicadoras, debería decir: los trazos de dedos encontrados en la cueva de Rouffignac, en la Dordogne, parece que atestiguan que los ensayos fueron practicados por niñas, por adolescentes, por mujeres. Su talla y su morfología así lo parecen delatar. Rafael Reig glosa ese mismo hoy en un artículo emocionante en el Diario Kafka bajo el título (que le he robado parcialmente) “La mano de una mujer“.

Quizás nunca sepamos qué significaron aquellos primeros trazos, aunque los estudios sobre totemismo nos hayan dado hace ya mucho tiempo las pistas para interpretarlo: el primer impulso de todas las sociedades humanas, incluso las primitivas, fue el de darse una forma de organización. La totémica suponía que los seres humanos se organizaban identificándose con animales o plantas de manera que consegúian hacer pasar las diferencias de origen social por diferencias de origen natural, hacer pasar la pura contingencia social por determinismo natural, convertir la arbitrariedad cultural en esencia de las cosas. . Así las cosas, quizás buena parte de las representaciones puedan ser proyecciones de esas creencias totémicas asociadas, filiación e identificación con sus trasuntos animales. O quizás no, quién sabe.

Quizás ese finger fluting del que hablan los especialistas, ese trazo digital dejado sobre la arcilla de las paredes de las cuevas francesas sea el antecedente más antiguo que hasta ahora conozcamos de los primeros balbuceos de la historia de la comunicación.

En este blog, después de seis años y el inicio de una nueva temporada, seguiré intentando trazar la apasionante y dilatada historia del último medio millón de años (que es mi verdadero y más profundo interés), la que va de los trazos digitales como expresión humana incipiente, a los medios y redes digitales que nos abren una nueva dimensión de la comunicación. La historia, transformación y mutación, en definitiva, de las formas de comunicación.

Bienvenidos al 2013.

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