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¿Qué será de los libros de texto?

No puede entenderse el lugar, la evolución y el posible futuro de los libros de texto sin atender a su contexto. De poco vale arriesgar opiniones sobre el aspecto lúdico, adaptativo, interactivo y digital de los eventuales libros de texto del futuro si no discutimos, previamente, sobre el imaginario pedagógico del siglo XXI y sobre las competencias necesarias para desenvolverse en el siglo actual. Porque la tecnología es recursiva, como casi cualquier otra cosa que afecta a los seres humanos: modifica su comportamiento, su percepción y su manera de hacer y pensar las cosas al mismo tiempo que es modificada por el uso que se le da. Dicho lo cual, el libro de texto ha sido y sigue siendo en buena medida un artefacto propio del imaginario del siglo XIX, una tecnología del conocimiento que presta sustento y soporte a los principios pedagógicos forjados en la sociedad industrial: la escolarización se entendía como un modelo fabril y homogeneizante que pretendía transmitir a los futuros trabajadores un conocimiento discreto, finito y suficiente para el resto de su vida útil; que concebía el conocimiento, por tanto, como algo estático e inmutable; que entendía la inteligencia de los impasibles alumnos como algo inamovible y dado; que configuraba comunidades humanas culturalmente uniformes, análogas; que daba por buena la idea de que la educación era, en definitiva, algo que los profesores producían para el consumo pasivo de los alumnos.

Pero, ¿tiene algún sentido que los libros de texto sigan formando parte de ese imaginario pedagógico del siglo XIX, de la educación adocenada y estática que propiciaba la formación de los trabajadores industriales? ¿Qué aspecto deberían tener los libros de texto del siglo XXI cuando sabemos, con certeza, que la identidad y el destino de cada alumno será diferente, cambiante y fluido a lo largo de sus vidas, para lo que necesitarán renovar sus conocimientos y competencias de manera constatne; cuando sabemos que la inteligencia posee múltiples dimensiones y aprehende y capta mejor aquello que le interesa, en espacios donde se genere la confianza y el refuerzo suficiente; cuando sabemos que el conocimiento no es una cantidad medible y discreta sino algo dinámico e inestable; cuando la configuración humana de nuestras escuelas es cultural y lingüísticamente heterogénea, como una ventana al mundo globalizado en el que vivimos; cuando la diferencia se percibe como una riqueza y no como un lastre; cuando el papel de los profesores es el de ayudar a que cada individuo desarrolle sus potencialidades específicas, en contextos de trabajo colaborativo y en entornos donde se propicie el descubrimiento; cuando el aprendizaje se entiende como algo que puede suceder en cualquier tiempo y lugar y cuando los alumnos asumen, en igualdad de condiciones, la responsabilidad sobre sus procesos de aprendizaje?

Las competencias para vivir en el siglo XXI pueden resumirse, como nos decía ayer Ferran Ruiz Tarragó (@frtarrago), en el seminario organizado por José Antonio Millán -La edición y el futuro de la educación- en la capacidad para actual de manera autónoma; en la capacidad para emplear herramientas interactivas; en la capacidad para desenvolverse en grupos sociales heterogéneos, y la pregunta sobre el aspecto que tendrán los libros de texto en el futuro no puede ser otra que la de pensar de qué forma pueden contribuir a promocionar esas competencias.

Los libros de texto no serán tanto objetos finitos y cerrados sobre si mismos como recursos al servicio de esos objetivos, y su morfología será digital o no, porque cada situación educativa requerirá recursos de una naturaleza distinta. Augusto Ibáñez hizo una reflexión editorialmente desacostumbrada, tan valerosa como atinada, en la que vislumbraba un futuro para las editoriales educativas vinculado, sobre todo, a la generación de dinámicas educativas que mediaran entre el contenido, el mediador o profesor y el alumno. La editorial como prestadora de servicios educativos, por tanto, como asistente en el diseño de ese nuevo espacio educativo que requerirá recursos diversos (desde la tutoría y la evaluación pasando por el aprendizaje por proyectos hasta llegar a la simulación o la gamificacion y el uso de la tecnología no como elemento sustitutivo sino articulador).

Ese sí será el futuro de la edición escolar: no persistir tanto en un modelo ligado a un imaginario pedagógico arcaico como el de reflexionar sobre el tipo se servicios de valor añadido que pueden proporcionar a la escuela en el siglo XXI. Dos reflexiones estimulantes para un futuro no menos apasionante.

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