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Nórdica o la copiosa nevada

Diego Moreno veló sus armas editoriales en Ediciones de la Torre (que ahora cumplen 40 años, ni más ni menos), pero pronto alzó el vuelo y buscó su propio territorio. Le conocí como librero, seguramente porque su profunda vocación era la de construir su propia librería, pero la experiencia le advirtió de las enormes dificultades financieras de arriesgarse en un aventura así (de hecho, la cadena donde trabajaba ya no existe, lo que indica que extrajo sus consecuencias), pero ha conservado hasta tal punto el gusto por ese oficio devaluado que sigue visitando uno a uno a los libreros que son sus cómplices. Su primer proyecto y su primer infortunio editorial fue el sello hoy desaparecido de JosephK, con títulos (que atesoro en mi biblioteca), de Gogol y Svevo. Se conoce perfectamente que los reveses y los contratiempos son combustible para el ánimo de un editor vocacional, y parece que Diego Moreno debía serlo, porque arremetió con el sello Nórdica del que hoy celebramos 10 jubilosos años.

Su nombre era una trampa, porque algnos pensábamos que intentaría pescar en el remanso de la literatura y el pensamiento nórdicos buscando a los pocos y elegidos lectores que pudieran gustar de esa estética, que se conformaría con cultivar esa parcela casi intransitada de las letras escandinavas. Pero su apetito no se conformó con los manjares del norte de Europa sino que, bien pronto, enriqueció su catálogo y su despensa con literatura de otras latitudes en la que conviven italianos, checos, irlandeses, sirios, daneses, griegos, norteamericanos, noruegos, rusos… un festión donde vale  cualquier ingrediente siempre que cumpla con el precepto de ser de una calidad excepcional y de que corrobore aquella famosa aseveración de Einaudi, “edición sí vs. edición no”, de que la única edición que perdura es la que se compromete con la excelencia cultural.

Aunque la lógica predominante de su catálogo sea la del rescate, en los últimos tiempos nombres como Vila-Matas, Llamazares o Marchamalo impulsan una nueva dinámica de riesgo y descubrimiento.

Ese olfato incansable, ese hambre infatigable, es seguramente el que le llevó a topar con Tomas Tranströmer, el que a la postre sería su (primer) Premio Nobel, un premio también a su labor infatigable.

Es posible que al inicio tuviera que hacer de la necesidad virtud y encargarse del diseño, la maquetación, la selección del papel y los muchos oficios que intervienen en la construcción de un libro pero pasado el tiempo supimos que de nuevo nos engañaba y que era su gusto por el oficio lo que le llevó a experimentar, entre otras cosas, con la ilustración, uno de los rasgos por el que se ha acabado identificando en buena medida a su catálogo. La concepción del libro como el de un objeto bello y excelso, que debe cuidarse en todos sus detalles a la manera en que lo hacía Franco Maria Ricci, permea todo su trabajo y convierte a cada uno de sus libros -en el papel que utiliza, la imagen que ilustra, el texto que elige- en una fiesta de los sentidos. Pero eso no signifca que haya rehuído nunca la ineludible transformación digital del oficio porque fue uno de los primeros que se atrevió a experimentar el lenguaje de las aplicaciones digitales construyendo obras cuya arquitectura y textualidad ya no es la del libro tradicional.

Por atreverse se ha atrevido hasta colaborar con otros editores buscando el mutuo beneficio (labor por la cual les concedieron el Premio Nacional de Edición), algo inaudito en nuestro país; a emprender aventuras imaginativas con libreros para exaltar el placer de los libros (como hizo con otro premiado, esta vez en Zaragoza); a casar vinos y libros.

Algo debí hacer mal -por lo poco y lejos que me toque- en su momento, porque hace poco reconocía que “tras hacer el I Máster de Edición de Santillana me di cuenta de que era más fácil crear una editorial y que, además se podían ofrecer propuestas muy interesantes a los lectores”, todo lo contrario de lo que pretendí insuflarle…

Alcemos la copa con uno de sus vinos para celebrar los próximos 10 años de copiosas nevadas.

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Caballo de Troya

Nunca un nombre o una denominación fue mejor elegida que en el caso del sello editorial Caballo de Troya porque su propósito o designio se veía cumplido por triplicado: en primer lugar, porque no existen demasiados sellos verdaderamente dedicados al descubrimiento de nuevas voces y talentos en el campo literario. Existen, sí, muchos pequeños sellos independientes que remedan las maneras de los sellos autónomos, pero siguen claramente estrategias de rescate de libros y autores previamente consagrados, olvidados, pero ya bendecidos en su momento por la crítica o el público. La diferencia entre unos y otros es formidable, porque el primero asume el riesgo de lo desconocido y de las inversiones a largo plazo que comporta y exige la financiación de la cultura, mientras que los segundos apuestan a caballos ganadores, jugándose sus cuartos, sin duda, pero con las cartas marcadas. Pocos son, insisto, los sellos y los editores que se arriesgan y se adentran por esos espacios siempre ignotos de la literatura o el pensamiento independiente, y Caballo de Troya era uno de ellos. Sus 80 títulos con 80 voces originales, son una prueba más que suficiente de ese esfuerzo tenaz, y sus más que recomendables “Avisos de lectura” (edición no venal en la que se recogen sus prólogos a cada uno de los libros editados), una declaración de su inconmovible fé en la literatura como arma de futuro. Cómo leer si no aquel aviso sintético dedicado a Mercado Común, de Mercedes Cebrían, en el que escribía: “Érase una vez un mundo, un mercado, donde ni somos felices ni comemos perdices. La metáfora, la pesía, el poema, nacen de la dificultad de nombrar las cosas con precisión cuando el lenguaje se ha vuelto opaco o mendaz o servil. Turbio”.;

en segundo lugar, porque se trataba de un sello con vocación de independiente dentro de la estructura editorial más grande del mundo, la de Penguin Random House o, lo que es lo mismo, la de Bertelsmann. Un sello, por tanto, que desmentía o refutaba, con su planteamiento y su catálogo, lo que la gran estructura editorial demandaba, que eran libros de mayor circulación y venta. Cabe, sin embargo, observar la ubicación de Caballo de Troya, dentro de la estructura empresarial, desde otro punto de vista: el de dar amparo y espacio a un sello dedicado al descubrimiento y el hallazgo, un sello de bajo coste dedicado a excavar allí donde se produce siempre la invención y la novedad, un sello, por tanto, que al menos potencialmente podría dedicarse a avistar primicias y nuevos valores que pudieran incorporarse a un catálogo de mayor consagración y difusión, el del entonces sello Mondadori (hoy desaparecido después de la fusión con Penguin y de la separación del sello italiano, dirigido, por si alguien no lo sabe, por una de las hijas de Berlusconi). Valorado así, en todo caso, lo que muchas veces me pregunto es por qué no han hecho lo mismo otros grandes grupos editoriales, dar cabida en sus estructuras a sellos de bajo coste que se permitan la búsqueda y la experimentación, estrategia que les permitiría, sin grandes esfuerzos, estar presentes en todos los ámbitos del campo editorial. Sostengo, o al menos estoy persuadido de ello, que Constantino Bértolo, alma del troyano, tenía algo así en mente cuando dejó el sello Debate y tuvo que hacerse su sitio en el grupo donde ya trabajaba. La complicidad de Claudo López-Lamadrid fue a este respecto, seguramente, indispensable;

en tercer lugar, porque ser un editor de convicciones marxistas en el imperio del capitalismo globalizado, es la quintaesencia del troyanismo. O quizás no, al menos así lo defendía Bértolo. Cuando en el año 2002 le pedí que escribiera un texto para el número 51 de la Revista Archipiélago que entonces dirigía, un número titulado Editar en tiempos de gigantes, nos regaló con un texto titulado “Acerca de la edición sin editores y del capitalismo sin capitalistas“, en el que defendía que la edición así llamada independiente en realidad no lo era, porque lo hacía a costa de hacer de la necesidad virtud y de prestarse a renuncias económicas que demolían la posibilidad misma de ganarse la vida como editor.

Las llamadas editoriales independientes -decía- no dejan de ser en realidad empresas de capital familiar o personal que basan su estrategia comercial en la apariencia de unas señas de identidad cultural ficticias buscando rentabilizar el plusvalor, crédito o “capital simbólico” que todavía hoy la cultura humanista conlleva.

Y si no se puede ser editor independiente, solamente cabe someterse a los imperativos del capital e intentar maniobrar a su sombra urdiendo propuestas alternativas que nieguen su misma esencia, una pirueta ideológica que no siempre nos convenció, por lo menos a mi. Nuestro muy admirado Pierre Bourdieu decía que uno siempre tiende a hacer la teodicea de su propia condición y que hay que andar con mucho ojo y mucho tino para no generar una visión autocomplaciente de uno mismo. Hay que andarse con ojo reflexivo y avizor, incluso para un editor marxista.

Como crítico Bértolo ha sido al mismo tiempo un látigo fustigador de la crítica aborregada y complaciente, la que se ha decantado por favorecer la trivialidad y el lugar común y consabido, y una avanzadilla que ha sabido siempre iluminar los rincones más desconocidos e inexplorados de la creación independiente. En libros -imprescindibles- como La cena de los notables, escribía que “la labor del crítico consiste en juzgar desde sus propios criterios, si los tiene, la connivencia o no de esa publicación para la salud semántica de su comunidad”, porque con las palabras sí se hacen las cosas, porque cuando alteramos la percepción de lo posible, puede convertirse en realizable, de forma que en toda creación lingüística hay siempre una vertiente política, y de esa manera, por personas interpuestas, el editor interviene en la realidad. Sin duda alguna. Claro que, a veces, llevado por cierto extremismo ideológico, Bértolo practica una crítica discutible: leer La isla del tesoro, como propone en el libro mencionado, como el retrato de una lucha de clases, es practicar ese reduccionismo del que Bourdieu nos advertía en Las reglas del arte: la dimensión estética y simbólica de la creación no es automática ni completamente reducible a su dimensión económica ni, tampoco, a la de las relaciones de dominio o poder. Esa autonomía relativa del campo literario a determinaciones de otra naturaleza es, precisamente, la que hace singular la creación literaria. De no serlo, cada libro no sería otra cosa que un panfleto propagandístico.

La entrevista de Peio Riaño y la columna de Ignacio Echevarría, escritas en los últimos días, pueden darnos una idea adicional de la dimensión y estatura de su trabajo. Su magisterio -fue, también, propulsor de varias iniciativas formativas en el sector, en algunas de las cuales tuve la suerte de participar-, resulta imprescindible e inolvidable.

Mi lista de agradecimientos y desavenencias podría ocupar varias páginas más, así que, ante la necesidad de concluir este pequeño homenaje, me quedo con ese texto de Razones para la lectura en el que Bértolo nos comminaba a seguir leyendo

Para ser inteligente, para creerse inteligente, para sentirse inteligente. Para no estar solo, para estar solo, porque más que solo vale estar mal acompañado aunque mucho se diga que no hay libro malo. Porque hace frío ahí fuera, porque llueve sobre el corazón y gusta ver la tinta sobre los campos de nieve. Para ser entrelagente. Para fumar sin sentirse culpable, para dejar de fumar y las manos no se escapen en busca del aire de nadie.

Gracias Constantino. Seguiremos buscando el camino para entrar o salir de la ciudad sitiada.

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Indie(gentes)

Tengo un amigo con dilatada experiencia laboral en el ámbito de la edición que despidieron hace unas pocas semanas en la terraza de un elegante hotel. De nada sirvió su abnegación, la elevada facturación anual que su trabajo propiciaba y, más aún, las muchas oportunidades de negocio que abría. Todo huele a una maniobra de aclarado para mejor vender la cartera de derechos a una editorial con ganas de comprar gangas.

Tengo otros amigos, propietarios de editoriales independientes, cuya principal preocupación radica, desde hace ya tiempo, en encontrar un postor solvente, única vía no ya de supervivencia, sino de simple recurso para evitar la quiebra. De vez en cuando me llaman o me escriben, lánguidamente, porque no aciertan ya a discernir las razones que les llevaron a meterse en este negocio serio cuyas cifras son de risa, como suele decir otro insigne y curtido amigo editor independiente.

Tengo otro amigo, editor y grafista, al que se le llevan los demonios cuando tiene que explicar el coste de desarrollo de un formato digital y el trabajo pulcro y esmerado que exige construir un Epub que soporte aguerridamente su lectura en cualquier soporte. Lo que no consigue nunca es que le abonen justamente el fruto de ese esfuerzo.

Tengo algunos otros colegas libreros cuyo agujero contable alcanza dimesiones de sima insondable. Uno que tiene su sede cerca de un Ministerio dice que hasta los funcionarios han dejado de leer, y eso que son las únicas personas que tienen un renta, aunque sea mínima, asegurada, de forma que ya nadie parece leer ni mucho menos comprar. Está pensando, dicho sea de paso, en arrendar parte del local para convertirlo en cafetería.

Ninguno de ellos han encontrado en la migración a lo digital la solución a sus problemas, porque todavía, al menos entre nosotros, esa transformación cuesta los recursos que no tienen, pero apenas aporta otra cosa que incertidumbre.

Yo mismo podría contar de este año que va acabando un par de proyectos editoriales de considerables dimensiones que, como en otras ocasiones, se me han escapado entre los dedos, como la arena de playa, sin dejar rastro alguno.

Recuerdo muy bien que Pierre Bourdieu decía que la característica principal de los editores independientes (los indies a los que aludo en el título de esta entrada autoconmiserativa de hoy) era que tenían que estar dispuestos a asumir los riesgos que conlleva la inversión cultural: bajos retornos, siempre a largo plazo, inciertos en todo caso, fruto de apuestas arriesgadas por poner en conocimiento de los lectores ideas y valores novedosos que no han demandado. Así me consuelo después de los sucesivos reveses de mis amigos y de mis propios reveses, consciente de que la condición de indie conlleva, a menudo, la de indigente.

Y también, claro, refugiándome este fin de semana en mi rincón de lectura favorito…

Pd. tengo otro amigo, quizás el más osado de todos los editores independientes, raro entre los atrevidos, único entre los originales, que puso en riesgo su patrimonio y su familia y paseó por la cuerda floja de un lado a otro durante una década. El director de la sucursal bancaria con la que trabajaba se negó a seguir descontándole letras cuando la cosa se puso cuesta arriba, pero él se compró un 4×4 (es un decir) e hizo lo posible por remontar la empinada cuesta. Hoy vive a 2000 km., reencontrado con los suyos, en una isla. Estoy seguro que está preparando el regreso…

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Asociacionismo y edición independiente

En el año 1999, hace ya catorce años, Pierre Bourdieu escribía en un número monográfico de las Actes de la Recherche en Sciences Sociales dedicado a la edición:

El proceso de concentración que afecta al mundo de la edición y que transforma profundamente las prácticas, subordinándolas cada vez más estrechamente a las normas comerciales, ¿es irreversible e irresistible? ¿La resistencia al dominio del comercio sobre el arte no es sino el combate desesperado de una forma de arcaismo nacionalista? -refiriéndose, con ello, a la conocida fórmula de la excepción cultural francesa- De hecho, mientras haya representantes para sostener a los pequeños editores, pequeños editores para publicar a jóvenes autores desconocidos, libreros para proponer y promover los libros de jóvenes escritores publicados por las pequeñas editoriales, críticos para descubrir y defender a unos y otros, todas o casi todas mujeres, el trabajo sin contrapartida económica, realizado por “amor al arte” y “para el amor del arte”, quedará una inversión realista, segura de recibir un mínimo de reconocimiento material y simbólico.

Bourdieu, creador y desarrollador de la teoría del campo artístico (de la teoría de los campos en general), creía que existía una homología estructural, una afinidad de intereses, entre todos aquellos que compatían una determinada posición en el campo, entre todos aquellos que habían aceptado voluntariamente la ascesis que se deriva de la aceptación de la lógica de las inversiones culturales, que comporta siempre un retorno incierto y escaso a largo plazo. Todas las innovaciones y novedades suelen provenir, en consecuencia, de aquellos que más abocados están a hacer del descubrimiento y el riesgo su proceder fundamental. Nadie en su sano juicio puede pensar que grupos editoriales grandes hipotecados por sus gastos corrientes estén más predispuestos a asumir los riesgos que comporta la inversión cultural. Intentarán, al contrario, hacer pasar por literario o artístico aquello que tenga escaso valor e intentarán revestirlo con los oropeles de la crítica especializada.

Es claro -continuaba Bourdieu- que el bastión central de la resistencia a las fuerzas del mercado está constituido, hoy, por esos pequeños editores que, enraizados en una tradición nacional de vanguardismo inseparablemente literario y político [...],se constituyen en los defensores de los autores y de las literaturas de investigación de todos los países política y/o literariamente dominados -ello, paradójicamente, sin poder prácticamente contar con la ayuda del Estado, que va a las empresas editoriales más antiguas y más dotadas de capital económico y simbólico.

Beatriz de Moura añoraba hace poco aquellos tiempos en que su catálogo no sobrepasaba las cincuenta novedades anuales y eso le permitía maniobrar con criterio independiente, sin las supeditaciones de los grandes grupos editoriales. Con las cortapisas, también, de la escasez económica. Pero esa es, quizás, la paradoja principal de la edición independiente (de cualquier ejercicio de independencia artística, en suma): que es necesario hacer de necesidad virtud y asumir voluntariamente las renuncias y los privilegios que comporta.

La semana pasada se celebró en Santander la segunda Feria del Libro Independiente de Cantabria (FLIC), y entre sus mesas y convocatorias estaba, cómo no, el debate sobre las nuevas formas de asociacionismo. Es obvio para muchos de los profesionales de la edición que los mecanismos tradicionales de representación han agotado su papel: bien porque sigan siendo deudores en sus planteamientos de la compartimentación medieval, de la pura incomunicación y enfrentamiento gremial; bien porque hayan acabado represenando los intereses de aquellos que más intereses tienen en esa forma de asociación. No repasaré en detalle las razones por las que muchos aceptarían la consigna del “no nos representan”, pero entre ellas se encuentran una clara tendencia a comparecer allí donde los más grandes tienen más intereses comerciales, no allí donde el resto pudiera fortalecer su mercado; a no proporcionar formación relevante alguna que ayude a pensar y realizar el gigantesco cambio digital; a realizar inversiones injustificadas.

No resulta un arcaismo pensar, ayudándonos de Bourdieu, que ese paralelismo, semejanza u homología entre editores, libreros, distribuidores y críticos pudiera ser conscientemente explotado, que se levantara acta pública de esa solidaridad estructural afirmándola consciente y públicamente para organizar y planificar mejor la resistencia. Sé que no es fácil, que requiere desprendimiento, renuncia y trabajo, pero no existen muchas otras alternativas. O buscamos formas de asociacionismo transversal basadas en afinidades estructurales en las que todos aporten valor, en las que todos se comporten como nodos de una red cuya fortaleza radica en la multiplicación de sus puntos, o todo será -como dice uno de los pocos sabios que van quedando- una mera franquicia de los grandes sellos editoriales.

 

Pd. existe una (mala) traducción (con ausencia de los gráficos originales) de los dos números dedicados a la edición en Intelectuales, política y poder, publicado por la editorial Eudeba.

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¿Dónde estás, Einaudi?

Giulio Einaudi, uno de los grandes editores de la postguerra en Italia y uno de los grandes, simplemente, de la historia de la edición, tenía un criterio muy simple para distinguir entre lo que era edición cultural -artística, política y socialmente comprometida- y lo que no lo era. El lo llamaba, simplemente, la “edición sí” y la “edición no”, la edición propositiva que intenta adelantarse a su tiempo aportando a sus posibles lectores contenidos, autores y tendencias que marcarán el paso del futuro, o la edición que se repliega sobre sus más cercanas evidencias comerciales para intentar satisfacer el gusto del momento, despreocupada de su dimensión intelectual. Una no puede existir sin la otra, porque nada cobra existencia si no es definiéndose y connotándose contra lo que puede ser su contrario. Einaudi era muy estricto, al menos así se manifiesta en sus famosas Conversaciones con Severino Cesari (afortunadamente rescatadas por Trama), a la hora de juzgar la pertinencia de la edición comercial, dimensión del libro que menospreciaba. “El esfuerzo del escritor, y de la edición cultural, es adelantarse a los tiempos”, decía, presentir “cuáles serán las tendencias subterráneas que estallarán mañana”, tejer una complicidad estructural sólida con los movimientos de vanguardia del tiempo que le toca vivir.

Einaudi, el sello editorial, forma hoy parte del primer conglomerado editorial del mundo, Mondadori (que es, a su vez, parte de Random House que es, a su vez, parte del Grupo Bertelsmann). Los avatares contemporáneos de los antiguos sellos editoriales culturales -que tantas veces han contado Jason Epstein y André Schiffrin-, llevaron el sello de Einaudi a formar parte de la escuadra de marcas del gran grupo de comunicación. Riccardo Cavallero, Director General de Libros del Grupo Mondadori, decía este fin de semana en una entrevista titulada “El poder pasa del editor al lector“: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería” y, también, “el digital supone un gran impacto porque el poder pasa del editor al lector [...] Los editores tenía el poder de decidir lo que se leía en un país. Esto conllevaba que los editores malentendieran su actividad, que la hayan confundido con la de impresor y distribuidor, olvidándose de la de editor”.

Es posible que si Einaudi viviera reconociera en esas afirmaciones meras corroboraciones de lo que la edición comercial pretende: seguir mercenariamente el gusto del momento para darle lo que quiere, algo perfectamente legítimo que ocupa su lugar bien ubicado dentro del espacio editorial: edición volcada sobre la dimensión más mercantil del libro, más supeditada a los gustos y tendencias imperantes. No es que Einaudi despreciara la dimensión comercial del libro -se pasa páginas enteras discutiendo con Cesari sobre canales, librerías, subscripciones, venta puerta a puerta- ni la interlocución con sus lectores o la conversación reposada con sus mentores y consejeros. Muy al contrario: pero una cosa es preocuparse por encontrar el canal más adecuado para llegar a quien demanda un contenido, poniéndolo al alcance de sus manos en los formatos y a los precios que demande; generar comunidades de afinidades electivas basadas en la charla y la reflexión,  y otra muy distinta cifrar en esa dimensión mercantil la esencia y naturaleza de la edición sometiéndose a lo que Karl Kraus llamaba despectivamente el “gusto del día”.

Al final de su entrevista con Cesari Einaudi decía, en una premonición que resuena en el presente (y cito con generosidad): “la última tarea de la edición cultural para los próximos veinte años me parece que es la recuperación de la felicidad [...] ¿Dónde se ha refugiado la felicidad de hacer las cosas? ¿En las editoriales pequeñas, entonces, donde se matan a trabajar? Quizás las editoriales de cierta dimensión corren el riesgo de burocratizar el trabajo. Añado que la tendencia de una empresa que produce cultura a volverse burocrática, a hacer demasiada “literatura empresarial”, derrochando tiempo y papel, se conjuga con el riesgo de destruir el bien más precioso, el sentido y la práctica del trabajo colectivo. Y si esta tendencia predominara al cabo, llevaría a cualquier empresa a convertirse en una empresa sin una de sus cualidades, sin una característica específica y única”, tal como hace tiempo que viene sucediendo con algunos grandes sellos editoriales y como, según todo apunta, seguirá sucediendo.

Claro que en el nuevo ecosistema de la información los editores no serán los únicos intermediarios cualificados, en algunas ocasiones ni siquiera los más acreditados, pero la distinción entre edición cultural y comercial sigue siendo tan vigente como hace ahora exactamente veinte años, más aún incluso cuando la sobreabundancia de la información disponible dispara la necesidad de mediaciones cualificadora. “Geistige Zuckerbäcker liefern kandierte Lesefrüchte”, escribió Karl Kraus a propósito de los buenos editores de textos selectos, que viene a ser, a falta de mejor traducción “Los confiteros espirituales proporcionan lecturas confitadas”.

¿Dónde estás, Einaudi?

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La importancia del tamaño

Cabe la posibilidad de que uno sea la librería Tropismes de Bruselas, la Livraria Lello de Oporto o la Selexyz Dominicanen de Maastricht, para no preocuparse demasiado por el sino de los tiempos y esperar a que los lectores acudan en procesión y recogimiento a esos espacios singulares donde los libros son eternos. Puede que uno regente la editorial Serpent’s Tail, Actes Sud o Wagenbach y que la consistencia y prestigio del nombre del sello les permita congregar a un grupo siempre fiel de lectores regulares. Muchos otros -sin mirar a nadie y sin pretensión de ofender-, no son así, necesitan de coaliciones o asociaciones que les doten de la fortaleza que, aisladamente, no conseguirían alcanzar.

Ser independiente es apostar por la calidad sin concesiones del contenido que se produce, edita, distribuye y vende, y no hace falta reiterar, una vez más, que la calidad y la cantidad no siempre son conviven armónicamente. En tiempos, cuando se generó el campo editorial y adquirió progresiva independencia, la complicidad estructural entre escritores, creadores, editores y libreros era el cimiento básico sobre el que cabía la posibilidad de que lo escrito por un creador ensoberbecido en su tarea (Flaubert), pudiera editarlo y venderlo a través de canales igualmente comprometidos con la libertad y la autonomía creativas. Muchos sabían, entonces y ahora, que el peligro residía en permitir que el dinero influera excesivamente en ese precario equilibrio que tanto esfuerzo había costato alcanzar: “No hay oso blanco encaramado en su témpano del polo que viva más olvidado que yo en la tierra”, escribía Flaubert a su esquiva Colet, dándole a enteder los rigores que el creador aislado padecía.

Hoy se celebra en Zaragoza el encuentro Otras miradas, encuentro de Editores y Libreros independientes Latinoamericanos, bajo el auspicio de Paco Goyanes, el librero más inquieto de este lado del Ebro. Su propósito, presumo, es intentar restaurar y reconstruir las maltrechas complicidades y connivencias en las que se encuentra la relación entre editores y libreros independientes, unos y otros desorientados en un ecosistemas nuevo dentro del que no acaban de encontrar su lugar, rotos los lazos, cada vez más laxos, que alguna vez les unieron. Y tiene todo el sentido que esta alianza orgánica se restituya, analógica y digitalmente: en presencia de una oferta digital masiva, como la que nos propondrán los tres gigantes digitales -Amazon, Google y Apple-, parece más necesario que nunca crear plataformas de edición independiente temáticamente agrupadas capaces de aglutinar a comunidades que compartan afinidades electivas. Sólo así, generando entornos compartidos donde proliferen las voces y las conversaciones en torno a asuntos de mutuo interés, cabe preservar espacios de independencia y emancipación. En esos espacios es donde cobra sentido cabal el modelo de negocio de la larga cola, porque cabe la posibilidad de explotar el fondo de los sellos que han sumado sus catálogos (algo parecido al maltrecho proyecto de Librería independiente, sita en medio de la Gran Vía madrileña, que unos cuantos sellos editoriales independientes intentaron promover hace unos meses y que, antes siquiera de comenzar, ya había ocasionado la dimisión masiva de su director y otros cuantos consejeros).

El tamaño tiene su importancia, sobre todo cuando se acercan los gigantes y uno solamente dispone de su independencia para contraponerla. Sumadas las complicidades, sin embargo, restablecidos los lazos, generadas plataformas digitales colaborativas donde se sumen los catálogos y la oferta se haga visible, coherente y atractiva, es posible que aún perviva durante mucho tiempo aquella convicción básica de Flaubert: “a veces tengo grandes hastíos, grandes vacíos, dudas que se ríen en mi cara”, quién no, “en medio de mis satisfacciones más ingenuas. Pues bien: no cambiaré todo eso por nada, pues me parece, en conciencia, que cumplo con mi deber, que obedezco a una fatalidad superior, que hago el Bien, que estoy en lo Justo”.

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La inutilidad de la escritura (y la intrascendencia de quienes la practican)

Todos lo temíamos pero ninguno querríamos haber encontrado una evidencia tan palpable: cuenta J. M. Coetzee que alguno de sus libros fue publicado en Sudáfrica porque el censor encargados de evaluarlos, aún habiendo encontrado evidencias punibles, escenas más o menos explícitas de sexo o alusiones contrariadas en contra del gobierno, no entrañaban peligro alguno para la estabilidad de la administración blanca ni el régimen del Apartheid, porque “aunque describe el sexo más allá de las líneas de color”, es decir, entre personas de piel distinta, segregadas en ese momento, “sólo lo leerán y lo disfrutarán los intelectuales”. “The censor and the censored, linked by literature” se llama el artículo en el que se revela la inutilidad de la escritura y la intrascendencia de quienes la practican.

Aun cuando muchos escribamos, sobre todo, para explicarnos a nosotros mismos y para intentar entender lo que nos rodea, no deja de ser cierto que existe el prurito de la comunicación pública, de la difusión del mensaje, de la interlocución muda entre el que lanza el mensaje y quien lo recibe y, quizás, lo lee. Pero los censores tienen para eso mucho mejor ojo: saben que la circulación de esos textos aparentemente intoxicadores solamente llegan a los que están previamente intoxicados. “The censors reading my books regarded themselves as guardians of the Republic of Letters, too,” dice Coetzee en el artículo mencionado. “In their eyes, they were on my side.”

Ese espejismo de camarilla lectora, de complicidad silente y de liga clandestina que daba sentido a los textos y a los escritores, acabó con los censores. Quizás haya que revivirlos, resucitarlos. Vicente Verdú nos lo cuenta hoy de manera diáfana en “El oficio de tirarse por la ventana“: “lo más importante”, asegura, “es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el escritor de culto”. ¿Queda algo de esa confabulación política y cultural a cuatro bandas entre escritor, lector, editor y censor? No lo parece: “ahora, por contraste”, sigue Verdú, “ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto al espectáculo de las superventas”.

Publicamos, ahora, unos 72000 títulos anuales, entre novedades, reediciones y reimpresiones pero, como todos sabemos y casi nadie queremos reconocer, “de esas decenas de miles de títulos un 95% o más no se come una rosca”, y el 5% restante constituye esa codiciada pieza por la que casi todas las editoriales suspiran, esa “bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa”.  El campo editorial español -y recomiendo echar un ojo a la entrada anterior de este mismo blog, para comprender más cabalmente esta aseveración- parece sufrir, por eso, una parálisis doble: ya no existe complicidad entre el escritor y los intelectuales. Los censores ni siquiera tienen que preocuparse de eso. A lo máximo que un escritor nocillero puede aspirar es a propagar sus textos por el canal que más beneficios le reporte, pertenecer a ese 5% de superventas destinado a un público al que la lectura le interesa sólo residualmente. Ya no hay espacio alguno que ocupar porque todo ha sido ocupado, invasivamente, por los sellos que alientan un tipo de campo editorial volcado primordialmente hacia la comercialización.

Escribíamos mejor contra la censura (parafraseo a Manuel Vázquez Montalbán), cuando el oficio de la escritura y de la edición aún tenían sentido.

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