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La traición de los editores

Hay libros que se leen como un espejo de otros que les antecedieron. Al menos a mi me ha sucedido eso con el libro de Thierry Discepolo, La traición de los editores, una obra que se alza sobre la estela de dos trabajos precedentes de Pierre Bourdieu: Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario y los dos números que el mismo Bourdieu dedicó en la revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales (Edition, Editeurs I y Édition, Éditeurs II) al asunto de la deriva conservadora en la edición, ya anticipada en el año 1999. No creo que a Discepolo le disguste esta filiación ni este parentesco intelectual porque, como director de Ediciones Agone, ha seguido su misma línea de combate político e implicación cívica y ha publicado libros escritos por él y sobre él.

 

Pierre Bourdieu investigó lo que él llamaría la génesis y fundamentos del campo literario, ese momento histórico -circunscrito al siglo XIX- en el que ciertos autores están en condiciones de reclamar independencia creativa y autonomía intelectual respecto a las formas de mecenazgo o patrocinio tradicionales. Esos grandes autores del XIX -Flaubert, Balzac, Baudelaire- que se concentran en el desarrollo libre y autónomo de su obra lo hacen porque surge una nueva cadena de valor en la que la que editores y libreros asumen la responsabilidad de financiar, distribuir y vender el producto de la autonomía creativa de esos autores. También los críticos literarios y los responsables de los medios especializados que asumen el análisis y la recensión de las obras publicadas como parte fundamental de su trabajo. Bourdieu retrata una época histórica en la que se tejieron complicidades estructurales fundamentales entre autores que querían ser soberanos de su proceso creativo; editores que arriesgaban su capital para publicar la obra de esos nuevos creadores; libreros que la ponían a disposición de sus potenciales lectores. Es posible que tenga algo de mitológica o de legendaria esa época histórica en que la edición, como actividad profesional incipiente, se entendiera como una aventura intelectualmente comprometida que exigía asumir riesgos económicos importantes y una demora prolongada de las posibles compensaciones financieras.

Los editores parecían, al menos en ese momento, más dedicados a cultivar y acumular el prestigio y el capital simbólico que esa actividad intelectual y artística comprometida podía depararles que a la mera y descarnada acumulación de activos financieros. Cuando esa imagen histórica se compara con la deriva de los sellos editoriales a finales del siglo XX, como hizo en Éditions, Éditeurs, lo que se distingue es un campo editorial mucho más complejo en el que conviven editores independientes centrados en el valor de la obra que editan; editores consagrados concentrados en la contratación y difusión de valores sancionados por la crítica y el público (también por los premios y reconocimentos literarios); editores puramente comerciales interesados, únicamente, en el retorno acelerado de la inversión y en el incremento de los márgenes de contribución que esas mercancías puedan darles. Lo que Bourdieu vislumbraba era un marcado escoramiento de la edición más independiente e intelectualmente comprometida hacia el polo más marcadamente comercial, una desvirtuación y devaluación de los valores más propiamente editoriales hacia los más mercantiles.

Discepolo sigue concienzudamente el camino trazado por el maestro y analiza la realidad editorial francesa, los efectos de la concentración editorial producidos por las adquisiciones y fusiones (Lagardère-Hachette, Gallimard, Editis-Planeta), inexorablemente: la devaluación intelectual de los sellos y sus líneas de pensamiento; el intercambio circular e inocuo de sus editores; la sobreproducción y la intolerable ocupación del espacio de las librerías; la conversión de los libros en puras mercancías intercambiables, alejados completamente de su función política y cultural; la imposición de descuentos comerciales inasumibles; la captación de autores que, teóricamente, deberían haber sido fieles a otros sellos (como en el famoso caso de Michel Houellebecq); las connivencias político-empresariales que favorecen la concentración, los procesos de fusión y la posterior venta de los conglomerados editoriales; la supeditación de los editores y los sellos comprados a la lógica de los grandes grupos y la denuncia de su falta de creatividad e independiencia (aunque sus protagonistas pretendan demostrar lo contrario); la suplantación de los valores editoriales tradicionales usurpados por agentes comerciales que se hacen pasar por editores; el arrumbamiento de la independiencia y el compromiso a la periferia del sistema. Ni siquiera confía Discepolo en sellos -ya grupos- como Actes Sud, más empeñados -según él- en adquirir nuevos sellos y construir su propia fábula que en mantener los valores sobre los que se edificó.

La traición de los editores sería esa forma de felonía que uno comete depreciando y contraviniendo los principios que, supuestamente, están en el fundamento del oficio, del compromiso de ser editor. Es, también, una forma de llamamiento a la resistencia de los pocos que, todavía, practican el oficio creyendo en esa forma de responsabilidad (José Corti, Payot, Belles Letres, Joseph Vrin, Les Éditions de l’Atélier, Minuit, Editorial L’Arche, Christian Bourgois… o la propia Agone). En febrero de 2007, como cuenta Discepolo, el que fuera entonces Presidente del Centro Nacional del Libro, Benoît Yvert, a la pregunta sobre la posibilidad o no de mantener una línea editorial riguosa e independiente en el sello de un grupo editorial, declaraba: “no lo confundamos todos [...] Lo que cuenta es la independencia intelectual. El discurso alarmista sobre la concentración editorial no se ha traducido, a mi entender, por ningún atentado a la independencia de los editores [...] La lógica de grupo no es antinómia de la calidad editorial. Las advertencias sobre la independencia son pura fantasía”, y es posible que tuviera parte de razón y que la única manera de no ser un maniqueista fantasioso sea caer en la cuenta de que no todos los sellos asociados a grupos editoriales son completamente dependientes ni arteros ni todos los sellos independientes arriesgados y comprometidos adalidades intelectuales. ¿Cabría reconstruir esas complicidades estructurales de editores virtuosos, libreros comprometidos y autores conscientes de su responsabilidad? ¿Existió alguna vez algo similar? ¿Cómo podría ayudarnos Internet a conseguirlo?

Trazar la génesis, historia y evolución de nuestro propia campo editorial está por hacer. Quien quiera conocer la del campo editorial francés en el siglo XXI deberá recurrir, polémicamente, sin duda, al libro de Thierry Discepolo.

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El precio de los libros

En contra de lo que mi antinómico y admirado Manuel Gil sostiene en su artículo de obligada lectura “Falacias y mixtificaciones del precio fijo“, no creo que los libros sean caros. Más bien se han encarecido. Y ha sido así porque el precio de los prototipos se ha incrementado, las ventas han seguido cayendo, el capital circulante ha menguado, los bancos han dejado de descontar letras y lo único que las editoriales han podido alterar ha sido el precio para intentar mantener unos márgenes ya parcos de por si.

Es posible que el precio fijo ya no sirva para el propósito que fue concebido: en primer lugar, es una falacia, porque el 50% del mercado ya se rige por la libertad de precios; en segundo lugar, muchas editoriales se saltan los supuestos pactos no escritos entre los sellos y los canales, haciendo de la venta directa su fuente principal de ingresos; en tercer lugar, su uso no ha contribuido a una multiplicación de los puntos de venta especializados e independientes, sino a un incremento de las librerías que hacen de la venta del libro de alta rotación su credo comercial, traicionando su propósito original; en cuarto lugar, tampoco ha servido para que las editoriales automoderen y controlen su oferta. Más bien todo lo contrario: ha servido para desatar un flujo perverso de activo circulante que contribuye a la precarización de todos; en quinto y último lugar, por no prolongar la lista, pocos compradores pueden comprender que este bien material sea una excepción que requiera de una clase de protección de la que otros sectores no gozan, por mucho que los franceses -Vive la france-, pretendan aplicar el precio fijo como excepción cultural transfronteriza a los mismos productos electrónicos.

Existen escasas evidencias empíricas a favor o en contra de su mantenimiento o de su liberalización: se calculaba, eso sí, como nos recuerda el diario Telegraph de hoy mismo, que cerca del 50% de los libreros independientes británicos habían echado el cierre después de la liberalización de los precios y que, además de esa pérdida de puntos de venta, el precio de venta al público había acabado encareciéndose por el efecto de la concentración consiguiente. Es posible, no lo negaré. Perderíamos, sin duda alguna, librerías que reprodujeran el modelo de la venta de títulos de venta masiva e indiferenciada y eso, quizás, acabaría afectando a los editores, que dispondrían de menos puntos a los que servir sus mercancías, un tejido comercial que irrigaría el territorio de manera más parca y selectiva. Los suizos, que para eso son seres pragmáticos, realizaron un estudio de los efectos que la liberalización de precios tuvo en su país (libre en la parte italiana; sujeta a acuerdos particulares entre editores y libreros en la parte alemana y libre desde los años 90 en la parte francesa). El estudio, Erste auswirkungen der Abschaffung der Buchpreisbindung (Primeros efectos de la abolición del precio fijo del libro), no fue excesivamente concluyente, pero sí dio una pista elemental: los precios no variaron excesivamente en las librerías físicas, pero se desató una verdadera guerra de descuentos en la web y se desarrollaron multitud de sitios dedicados al comercio electrónico de libros desarrollados por editores y/o libreros.

Me cuesta creer que el precio fijo de compra para los canales (como propone Manuel Gil) sea una solución factible. Si la desregulación del 50% de los precios ha de llegar, da lo mismo que el descuento se practique al inicio o al final, porque el margen de maniobra en la fijación del precio no variará demasiado.

A mi juicio, la cuasi inevitable y quizás deseable liberlización debería redundar en dos cosas fundamentales: el crecimiento del comercio electrónico de libros, la decidida apuesta de los libreros y los editores por la construcción de plataformas compartidas y coaligadas, y la especialización definitiva de la librería, su conversión en un espacio de cultura y entretenimiento preferente, de encuentro de un grupo de personas a las que reúne el mismo interés.

El precio de los libros no me parece caro y ni siquiera la baza más determinante (they no longer think they have to compete on price. Instead, they compete in different ways, puede leerse en How to survive as an independent bookshop), pero, en todo caso, la electrificación y la especialización son indispensables.

 

 

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Por qué Libranda no funcionará, al menos por ahora (Bonus track)

Sé que me había despedido, pero la cabra tira al monte digital… y además sé que ni siquiera en las calenturas estivales mi improbable legión de lectores me abandona. El asunto de Libranda, a cuyo trapo no quise entrar directamente, al menos no públicamente, es como el de un tábano veraniego molesto y zumbón que todo el mundo trata de quitarse a manotazos pero pocos tratan de comprender. No digo que mi juicio ni mi veredicto sean los últimos, ni siquiera los más versados, pero quizás sí uno de los más sistémicos y comprehensivos. Me explicaré, dando un rodeo analógico y unas pinceladas de design thinking:

imaginemos que quiero comercializar coches que se mueve con biocombustible. Antes de hacerlo, o al mismo tiempo, al menos, me preocuparía por generar una red de abastecimiento capaz de satisfacer la demanda de los nuevo vehículos; me interesaría, también -ya que estaríamos metidos en un negocio verde-, por el ciclo de vida de los materiales que se utilizan en la construcción de los coches que importo, por cumplir con los requisitos de reciclaje de materiales y deshechos que pudieran generar al final de su vida; me importaría también, por último, como mínimo, desarrollar una campaña de comunicación en la que se hablara, sobre todo, de un nuevo modo de vida, de la manera en que un tipo de transporte distinto, que aminora el impacto sobre el medio, puede cambiar nuestra existencia.

Lo mismo pasa, a mi juicio, con los libros: no basta con crear una plataforma de distribución digital de algunos grandes editores (a los que se suman algunos pocos editores). Es necesario, es imperativo, cambiar el ecosistema completo del libro, realizar una verdadera reingeniera de toda su cadena de valor, que conciba la forma en que los libreros deben participar (no, desde luego, la irrisoria que se les asinga ahora, que nadie toma en serio); la manera en que los distribuidores tradicionales necesitan concentrarse y dirimir sus diferencias en una plataforma de distribución digital única (y no los tímidos y descoordinados intentos actuales); el modo en que una gran cantidad de editores agreguen sus contenidos a esa plataforma de gestión digital única, enriqueciendo de manera sistemática los registros de DILVE; los procedimientos mediante los que los lectores puedan disfrutar de los contenidos que adquieran en el soporte que deseen, sin tasa ni limitación (y no, como ahora, que padecen la escasez en las librerías tradicionales y las cortapisas tecnológicas en las librerías digitales); y hablando de soportes, preocuparse de manera sistemática por la certificación de las cadenas de aprovisionamiento de las materias primas propias de la industria del libro, sea el papel, sean circuitos electrónicos (que no es oro casi nada de lo que reluce).

Queda la pincelada del diseño, entendido como ejercicio de reconceptualización sistemática de la experiencia del usuario: ¿alguien se ha preocupado por realizar una mínima etnografía digital que replique las experiencias de los usuarios, la lucha desigual contras las dificultades tecnológicas, la inexplicable preferencia por unos formatos y unos soportes sobre otros (que excluyen a los más extendidos), la aplicación de un sistema de control sobre su distribución que recorta los derechos del lector sobre aquello que ha adquirido?

Todo esto lo han comprendido hace mucho Apple, Google, Telefónica, Vodafone o cualquiera de los muchos agentes que, instaurando modelos de negocio de perfecta integración vertical, consiguen poner de acuerdo a parte de nuestra industria, dejando fuera a mucha otra. En la lógica de la economía digital, sólo la suma transversal de esfuerzos, la agregación masiva y regular de contenidos enriquecidos, el uso de formatos estándares y abiertos, la redefinición de los servicios y, por tanto, de la cadena de valor en su conjunto y del lugar que cada agente debe ocupar en ella, podría llegar a tener éxito frente las iniciativas de las grandes multinacionales ajenas al sector.

Este es el Bonus Track del verano.

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Elegías a Gutenberg

Hace ya una década Sven Birkets publicó un libro titulado Elegías a Gutenberg, una premonición bien fundamentada de lo que se avecinaba, de lo que estaba por venir. En el fondo, sin embargo, ni siquiera barruntaba lo que estaba por llegar, porque las tecnologías digitales e internet no  habían salido aún de su más tierna infancia. Por entonces los libros desleídos en la nube digital no existían, la virtualización de los contenidos no pasaba de ser un entelequia y el acceso en ningún caso era todavía un sustituto de la posesión.

Hoy, tan sólo una década después, la velocidad de los cambios ha sido muy superior a la que esperábamos y en el horizonte podemos ya vislumbrar un probable futuro sin  libros en papel, al menos un futuro en el que las nuevas generaciones digitales hayan prescindido de esa mediación lineal tradicional y en el que muchos otros inmigrantes de edad más madura sientan que ha llegado la hora de deshacerse de esos mamotretos de 500 páginas que tanto tardan en llegar a un desenlace plausible.

Se amontonan en los últimos tiempo, sin embargo, novedades editoriales que, como un último canto de cisne, como un coro elegíaco, celebran los quinientos más novecientos años (la historia del libro en papel más la de su precedesor, el códice) de historia de un objeto, para muchos, insustituible: el libro. Nadie acabará con los libros, de Eco; Bibliotecas llenas de fantasmas, de Bonnet; el mismo libro de Román Gubern, Metamorfosis de la lectura (que retiene la esperanza, en sus últimas páginas, de una perduración frágil y quebradiza); las memorias de Diana Athill, Stet, vale lo tachado, como elegía de un oficio y de una época; Bibliofrenia, del que suscribe; o, cómo no, Tocar los libros, de Jesús Marchamalo.

Mañana no espero que tengamos tanta gente como en la explanada de Príncipe Pío (o a lo mejor sí, quién sabe), pero en todo caso hemos quedado a las 19.00 en la Sala Ambito Cultural,7ª planta de El Corte Inglés, en Serrano 52, para entonar una feliz y dichosa elegía por esos compañeros que nos han hecho como somos -porque de eso va, en el fondo, el libro de Marchamalo, o, al menos, así lo he leído yo-, los libros, y por aquel señor de Mainz que juntó una prensa de vino y unos moldes de orfebre para fabricarlos.

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