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Planes para el futuro del ecosistema editorial

La trifulca entre Amazon, Hachette y algunos otros grandes sellos editoriales, como Bonnier en Alemania (propietaria de Pier, Ullstein, Berlin y Carlsen), no dejaría de ser una polémica común e irrelevante (que un distribuidor rechace a un editor o que le imponga márgenes inasumibles o que un editor desdeñe a una tipología determinada de librerías por irrelevante en su estrategia comercial) sino fuera porque Amazon es el gran agregador de contenido mundial. El peso de su masa crítica, la capacidad por tanto de atraer a nuevos clientes, de integrar verticalmente todos los eslabones de la cadena de su negocio y de imponer márgenes comerciales e, incluso, precios, es tan grande que amenaza con desestabilizar el equilibrio de todo el ecosistema editorial. Algo, por otra parte, que no es tanto responsabilidad suya como de quienes, advertidos hace mucho tiempo, nunca quisieron intervenir.

Jennifer Heuer; Photograph by byllwill/Getty Images

Los juzgados de Nueva York han desarrollado un nuevo concepto para designar este tipo de política comercial que presiona a la baja, forzadamente, los precios de los libros, el reverso de la idea tradicional de monopolio: si uno consiste en la capacidad de subir arbitrariamente los precios gracias a ocupar una posición dominante en el mercado, el otro -monopsonio, lo han nombrado-, consiste en forzar la bajada de precios gracias a detentar una posición de visibilidad imbatible en la web. Es sabido que Amazon, como represalia e invitación a repensar sus relaciones comerciales, eliminó de la web de Amazon la posibilidad de comprar los contenidos de los sellos mencionados, un empujón poco sutil para reconsiderar quién manda en Internet.

Esta situación de (ab)uso de posición dominante -utilizada por todas las empresas editoriales, por otra parte-, esconde una enseñanza que el propio New York Times reclama en uno de los varios artículos que ha dedicado a este asunto: en How Book Publishers Can Beat Amazon, se propone una solución a la medida de la ocasión: sólo mediante la agregación de fuerzas de los libreros y los editores, en una plataforma compartida e independiente, donde se sumen los contenidos de todas y se alcance una masa crítica de contenidos de calidad a buenos precios comparable, puede alterar o al menos compensar el equilibrio de fuerzas. Este es un principio básico, si se quiere, de la economía del bien común o del procomún por el que dieron un Premio Nobel de Economía en el 2009 a Elinor Ostrom. Existe o existía un ecosistema editorial del que todos se beneficiaban y su destrucción no compensa a nadie, pero en lugar de buscar procedimientos de cooperación para fomentar el beneficio mutuo, los sellos editoriales y las librerías piensan que tienen alguna opción de ganar algo obrando aisladamente. No seré yo quien diga que eso es un error. Mejor que lean a Ostrom… Los indies norteamericanos han publicado hoy mismo una carta abierta y un logo en el que agradecen a Amazon la contracampaña que se ha hecho así misma

En España existen, al menos, dos tentativas de cooperación (de las que puedo ofrecer más detalles si hay aclamación y demanda popular) que se resienten de la tradicional suspicacia y picardia nacionales: todostuslibros.com y todostusebooks.com, iniciativa del gremio de libreros que apunta en el buen camino, pero a la que todavía le faltan algunos elementos para constituirse en una verdadera alternativa; y el proyecto de Punto Neutro promovido por el MEC y secundado por ANELE, que trata de crear una plataforma única de contenidos educativos digitales de calidad y de pago que simplifique todas las transacciones vinculadas a su uso y compra.

En Alemania el Gremio de Editores acaba de anunciar, como ejemplo de lo que una política de cooperación sostenida puede llegar a alcanzar, que las librerías físicas están recuperando su cifra de facturación gracias, en buena medida, a la venta de e-books, integrados ya plenamente en su oferta y lógica comercial. En el año 2013 se vendieron 21,5 millones de €, un 60% más que en el año 2012, un 3,9% del total de la venta de libros, modesto si se quiere respecto al 20% que representa en un mercado más avanzado, el de USA, pero en todo caso relevante si damos por buenos los augurios de los libreros ingleses, que esta misma semana predecían que en el año 2018 los ebooks habrán sobrepasado en ese país la cifra de los libros en papel.

Nos quedan cuatro años,  pues, para desarrollar una estrategia coordinada y cooperativa que propicie el mutuo beneficio, más allá de la estrecha visión del plan de negocio particular, una estrategia que debe basarse en cinco puntos: la agregación de contenidos de calidad para obtener una masa crítica de contenidos relevante; la interoperabilidad y la apertura de formatos y soportes; la suma de valor añadido, en forma de funcionalidades y servicios, a la experiencia de compra de los usuarios; la incorporación del contenido generado por los usuarios a la lógica de la construcción de los productos editoriales y, antes de nada y por encima de cualquier otra cosa, la reconversión de una industria todavía analógica (en su manera de pensar y de orientarse, de percibir el futuro), en una industria plenamente digital.

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Los libros secuestrados

Liber está a la vuelta de la esquina; también Frankfurt y, poco después, Guadalajara, lugares concebidos, cómo no, para la compra y venta de derechos, para el fichaje de autores y títulos, para la transacción de vanidades también. Mientras me preparo para acudir a la primera de ellas, leo: “en lugar de promocionar libros que exigen una lectura profunda, la industria editorial de nuestro tiempo crea objetos unidimensionales, libros superficiales que no dan a los lectores la posibilidad de explorarlos a fondo”.

Hay que tener una sensibilidad muy encallecida o un criterio muy embotado para no estar de acuerdo, en el fondo, con Alberto Manguel. En su último y más que recomendable libro, La ciudad de las palabras. Mentiras políticas, verdades literarias, tras reflexionar sobre el papel de la literatura y del lenguaje frente a la cerrazón y clausura inherente al discurso político, arremete contra todos los eslabones que componen, todavía hoy, la anquilosada cadena de valor del libro. Y hay para todos. Para empezar, la propia materia prima subvertida de la buena literatura, el lenguaje: “[...] la lengua literaria (ambigua, abierta, compleja, capaz de un infinito enriquecimiento) puede ser suplantada por la lengua de la publicidad (breve, categórica, imperiosa, definitiva), de forma que, finalmente, lo que se ofrece son respuestas en vez de preguntas y la gratificación instantánea y superficial sustituye a la dificultad y la profundidad”. Reinvindicar la complejidad del discurso y el tiempo necesario para desentrañarlo, no es, desde luego, nadar a favor de la corriente.

La esencia y naturaleza industrial misma de la cadena de valor del libro no añade ya hoy nada, sustancialmente, a lo que deberíamos esperar de un libro: “el modelo económico aplicado desde la Revolución Industrial a la mayoría de las tecnologías y a la mayor parte de las industrias para producir mercancías con el menor coste y el mayor beneficio posibles, alcanzó en el siglo XX a los dominios del libro”, algo que muchos consideran, desde luego, una forma de perversión del esfuerzo necesario para alcanzar la autonomía del campo litearario. “Con el fin de alcanzar ese objetivo”, continúa Manguel, impertérrito, gran parte de la industria editorial, especialmente en el mundo anglosajón, creó equipos de especialistas encargados de decidir qué libros habían de producirse basándose en una previsión supuestamente matemática de qué libros podrían venderse”. La cadena de especialistas que iban armando -que siguen armando- ese objeto al que todavía llamamos libro, fueron construyendo algo que cada vez es menos un producto para lectores especializados como para consumidores indiferenciados. Y lo trágico de todo ello es hasta qué punto la vocación se acaba transformando, inevitablemente, en sumisión, aquello que Ernest Rowohlt señalaba ya en sus memorias: un editor, al final de su vida, no sabe si publica algo porque le gusta o porque puede venderlo. Se convierte, inevitablemente, en un bastardo.

“Ciertamente”, continúa Manguel, poniendo el dedo en la llaga supurante, “muchos de los que llegaron a la edición movidos por el amor a los libros siguen siendo tercamente fieles a su vocación, pero lo hacen a costa de resistir una fuerte presión, especialmente en el seno de los grandes grupos editoriales”, y que tire la primera piedra quien no lo haya sentido así, “que exigen de ellos considerar el libro por encima de todo un objeto vendible”. Los libreros y la gestión de sus espacios, tampoco salen muy bien parados, cómplices de este mercadeo desnaturalizador: “la industria del libro no sólo produce este dogma sino que se asegura también de que se conceda muy poco espacio a todo aquello que se atenga a él. Las cadenas de librerías venden el espacio de sus escaparates y mesas al mejor postor, de forma que lo que ve el público es aquello que la editorial paga para que se vea….”. Y, por si quedara todavía títere con cabeza, Manguel reparte lo suyo a los críticos literarios y los suplementos periodísticos: “los suplementos literarios, obligados generalmente por la política del periódico a dirigirse a un público supuestamente poco culto, conceden más y más espacio a esos libros de consumo, creando así la impresión de que son tan valiosos como cualquier clásico y que los lectores no son lo bastante inteligentes como para disfrutar de la buena literatura. Esto último es fundamental: la industria debe inculcarnos la estupidez porque nosotros no nos convertimos en estúpidos de forma natural”.

Como dijo Anthony Burgess, con más razón ahora que se acerca de nuevo el encuentro anual de Liber, “creo que la tradición editorial  [...] necesita en este momento una buena reprimenda”. Quizás podamos dársela en Barcelona y liberar a los libros secuestrados.

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La inutilidad de la escritura (y la intrascendencia de quienes la practican)

Todos lo temíamos pero ninguno querríamos haber encontrado una evidencia tan palpable: cuenta J. M. Coetzee que alguno de sus libros fue publicado en Sudáfrica porque el censor encargados de evaluarlos, aún habiendo encontrado evidencias punibles, escenas más o menos explícitas de sexo o alusiones contrariadas en contra del gobierno, no entrañaban peligro alguno para la estabilidad de la administración blanca ni el régimen del Apartheid, porque “aunque describe el sexo más allá de las líneas de color”, es decir, entre personas de piel distinta, segregadas en ese momento, “sólo lo leerán y lo disfrutarán los intelectuales”. “The censor and the censored, linked by literature” se llama el artículo en el que se revela la inutilidad de la escritura y la intrascendencia de quienes la practican.

Aun cuando muchos escribamos, sobre todo, para explicarnos a nosotros mismos y para intentar entender lo que nos rodea, no deja de ser cierto que existe el prurito de la comunicación pública, de la difusión del mensaje, de la interlocución muda entre el que lanza el mensaje y quien lo recibe y, quizás, lo lee. Pero los censores tienen para eso mucho mejor ojo: saben que la circulación de esos textos aparentemente intoxicadores solamente llegan a los que están previamente intoxicados. “The censors reading my books regarded themselves as guardians of the Republic of Letters, too,” dice Coetzee en el artículo mencionado. “In their eyes, they were on my side.”

Ese espejismo de camarilla lectora, de complicidad silente y de liga clandestina que daba sentido a los textos y a los escritores, acabó con los censores. Quizás haya que revivirlos, resucitarlos. Vicente Verdú nos lo cuenta hoy de manera diáfana en “El oficio de tirarse por la ventana“: “lo más importante”, asegura, “es que se trabajaba, en cuanto escritor, con una meta que, al perseguirla con ahínco moral, nos hacía perseverar. La suma de escritores, novelistas, cuentistas, poetas, guionistas o ensayistas de ese tiempo recibían dos clases de ingresos capaces de sustituir la falta de estipendio. Un ingreso era el de ingresar en las filas de los combatientes por la democracia. El otro pago consistía en ser reconocido por un apreciado grupo de lectores que se comportaban como una tribu sagrada dentro de la cual nacía el escritor de culto”. ¿Queda algo de esa confabulación política y cultural a cuatro bandas entre escritor, lector, editor y censor? No lo parece: “ahora, por contraste”, sigue Verdú, “ese culto al escritor ha sido reemplazado por el culto al espectáculo de las superventas”.

Publicamos, ahora, unos 72000 títulos anuales, entre novedades, reediciones y reimpresiones pero, como todos sabemos y casi nadie queremos reconocer, “de esas decenas de miles de títulos un 95% o más no se come una rosca”, y el 5% restante constituye esa codiciada pieza por la que casi todas las editoriales suspiran, esa “bomba atómica que arrasará con lo demás y salvará holgadamente el balance de la empresa”.  El campo editorial español -y recomiendo echar un ojo a la entrada anterior de este mismo blog, para comprender más cabalmente esta aseveración- parece sufrir, por eso, una parálisis doble: ya no existe complicidad entre el escritor y los intelectuales. Los censores ni siquiera tienen que preocuparse de eso. A lo máximo que un escritor nocillero puede aspirar es a propagar sus textos por el canal que más beneficios le reporte, pertenecer a ese 5% de superventas destinado a un público al que la lectura le interesa sólo residualmente. Ya no hay espacio alguno que ocupar porque todo ha sido ocupado, invasivamente, por los sellos que alientan un tipo de campo editorial volcado primordialmente hacia la comercialización.

Escribíamos mejor contra la censura (parafraseo a Manuel Vázquez Montalbán), cuando el oficio de la escritura y de la edición aún tenían sentido.

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Conclusiones sobre los Futuros del Libro

En la pasada Feria del Libro de Sevilla, celebrada hace una semana, se dedicaron dos jornadas completas a reflexionar sobre diferentes aspectos de los posibles futuros del libro. En la mesa de conclusiones -compuesta, tal como consta en el cartel, por Joaquín Rodríguez, Henry Odell, Martín Gómez, Francisco Javier Jiménez Rubio, Silvano Gozzer y Javier López Yáñez-, se abordaron temas a los que vale la pena dedicar un rato de (placer) y atención:

Por si no funcionara:
Video de conclusiones sobre Los futuros del libro

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