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La biblioteca ubicua

La biblioteca está, hoy, donde nosotros estemos. Este afirmación, bien mirada, es pasmosa, porque la biblioteca, tal como la hemos conocido y heredado, era ese lugar al que, como revelaba Pierre Bourdieu en El amor al arte, solamente se accedía cuando uno disponía de las credenciales culturales suficientes para hacerlo. Hoy, sin embargo, dotados de un dispositivo móvil, reunidos en torno a la mesa de un café, sentados en el banco de un parque, en un sofá, o en el respaldo del asiento de un tren en marcha, la biblioteca está con nosotros. La biblioteca es, hoy, ubicua,  “una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”, dice Bruno Latour en uno de los boletines de las Bibliotecas de Francia titulado Valorisation en production des savoirs en bibliothèque. Cuanto más se extienden, más centrales se vuelven: esa es la paradoja de la biblioteca contemporánea, que quizás ya no debería siquiera darse el mismo nombre, porque su misma ubicuidad, desprovista por tanto de los límites espaciales y arquitectónicos tradicionales, la convierten más bien en una esfera que abarca todo, que nos contiene allí donde nos encontremos, que nos engloba y nos envuelve.

Antes, las bibliotecas eran la culminación de un ecosistema particular, el del libro, ese paralelepípedo que encerraba y ordenaba un discurso sucesivo entre dos cubiertas y demandaba a autores y lectores que adoptaran ciertas convenciones expositivas, intelectuales y estéticas. La biblioteca ordenaba y clasificaba los libros con la voluntad no menos cierta y oculta de normalizar el mundo, de organizar nuestra experiencia y domeñar nuestra atribulada condición humana. Pero, ¿qué ocurre cuando la proliferación de los discursos, sus formatos y sus jerarquías explosionan y ya no caben en los anaqueles físicos de una biblioteca corriente? ¿Qué sucede cuando los nuevos usuarios, los jóvenes aborígenes digitales, persiguen argumentos deslavazados en mil formatos distintos  -videos, audios, textos en blogs, libros, webcams, redes sociales, etc.- que no respetan en absoluto la lógica cognitiva tradicional, el ordenamiento sereno del mundo que los libros proponían? Los libros, metafórica y realmente, unían, enlazaban, resumían y encuadernaban un conocimiento entre sus páginas y remitían mediante un aparato paratextual bien conocido (notas, bibliografías, etc.) a otras fuentes fundamentadoras; hoy todo eso ha saltado por los aires y la intertextualidad se ha convertido en un pandemonium de datos cuya imagen es difícil de discernir. ¿Quién nos guiará en ese nuevo datascape, el paisaje de datos que nos exigirá nuevas formas de escribir, leer y componer los fragmentos de información que vayamos encontrando? La nueva biblioteca, dice Latour, desata, desliga, lo que el libro había unido y desborda aquello que ésta había limitado.

Los bibliotecarios -si es que cabe seguir llamándolos así-, tienen una ardua tarea por delante: reinventar la síntesis que la explosión de los contenidos, los formatos y los documentos ya no permiten; educar en las nuevas competencias de lectura, escritura y composición de una arquitectura documental por completa distinta a la del libro; estabilizar determinadas versiones de conocimientos distribuidos en diferentes manifestaciones documentales vinculadas efímeramente por enlaces; enseñar a los demás a navegar por estos nuevos paisajes inexplorados de datos; reflexionar sobre lo que la autoridad significa en este nuevo entorno, intentando encontrar concreciones que permitan distinguirla. “La biblioteca”, dice Latour, “se convierte en algo todavía más importante que antes porque tiene que reinventar la síntesis que la explosión de los documentos ya no permite”.

Y, entonces, ¿cómo llamamos a ese sitio que antes llamábamos biblioteca y que ahora está en todas partes y tiene que encargarse de estabilizar un flujo incontrolable de datos interconectados y ayudarnos a dar forma a ese océano de información? “La máquina de la biblioteca”, afirma Latour, “se fusiona con la aulas y con los centros de investigación”, porque si cada uno de nosotros se ha convertido en su propio bibliotecario -capaz de buscar información, navegarla, elegirla, fragmentarla, reutilizarla, regenerarla, revertirla al flujo interminable de información-, no cabe distinguir claramente entre unos y otros espacios, que convergen y se fusionan, derribando sus muros. Los bibliotecarios, en todo caso, serán formateadores, sherpas de la información, guías de las nuevas formas de lectura, giroscopios capaces de estabilizar versiones fugaces y transitorias de la información.

Eso será, quizás, la biblioteca ubicua.

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La edición celestial

Buena parte del futuro de la edición, al menos de sus modalidades de distribución, uso y descarga, pasarán por la nube, algo hasta hace poco ininteligible que podría parecer magia celestial. Agentes por completo ajenos al mundo editorial -Apple, Google, operadoras telefónicas, etc.-, han apostado por propiciar acceso ubicuo (siempre que se disponga de una conexión 3G y se pueda pagar) a cambio de algunas servidumbres: podremos descargar en algunos de nuestros dispositivos aquello que queramos ver, leer o escuchar a cambio, eso sí, de que no sea completamente nuestro, a cambio de que torzamos nuestro sentido tradicional de la propiedad y comprendamos que sin ser nunca enteramente nuestro aquello que adquirimos (despositado en un servidor remoto en algún lugar del mundo y protegido por distintos DRMs que hace incompatibles los contenidos), tengamos acceso ilimitado. Ese empujón que esas empresas ajenas al mundo editorial nos han dado -dinamizadoras de un sector cómodo en sus insostenibles certezas industriales-, está sirviendo para que tengamos que concebir nuestra cadena de valor de una manera distinta, ligada a plataformas cooperativas de distribución digital de contenidos ligadas a servicios para el usuario de toda índole: de la descarga a la impresión digital de ejemplares físicos a la distribución al domicilio del comprador, por mencionar solamente las más obvias. También se gobernarán así, en gran medida, los préstamos bibliotecarios.

No son pocas las incógnitas que esta tendencia celestial trae consigo: la incompatibilidad de los formatos; la sobreprotección de algunos DRMs; la propiedad virtual que puede ser enajenada según los términos del contrato (recuérdese el flagrante y cómico caso de Amazon con Orwell).

De todo eso hablaremos hoy en el ciclo sobre comercialización del libro electrónico en Liber 2010:

Comercialización ebooks

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