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Big data, big brother, big deal

En el año 2014 Maximiliam Schrems interpuso una denuncia en la corte irlandesa al considerar que Facebook no garantizaba la privacidad de sus datos personales y los ponía a disposición de la NSA norteamericana, contraviniendo con eso la defensa del derecho fundamental al respeto de la vida privada que la UE ampara. El juez de la audiencia irlandesa, Desmond Hogan, argumentó que existía evidencia de que los datos personales depositados en Facebook eran rutinariamente accedidos de manera “masiva e indiferenciada” por las autoridades de seguridad norteamericanas. El 18 de junio de 2014 el mismo juez ordenó que la denuncia fuera elevada a la Corte Europea de Justicia. El 6 de octubre de 2015 llegó el veredicto inapelable: “los compromisos adquiridos por los Estados Unidos pasan por alto, sin limitación alguna, las directrices de protección establecidas por el esquema legal del Safe harbor“, una norma que dejaba en manos de las compañías privadas norteamericanas la autorregulación en lo que atañe a la seguridad de los datos de los usuarios.

Teóricamente al menos, los principios internacionales Safe harbor en materia de privacidad hacen referencia a un acuerdo de cooperación por el que las organizaciones y empresas de Estados Unidos cumplen con la Directiva 95/46/CE de la Unión Europea relativa a la protección de datos personales. La artimaña legal, no obstante, permite que esa certificación, renovable anualmente, se realice mediante un proceso de autocertificación o, en contados casos, mediante la verificación de auditores externos. Esa celada legal por la que se cuelan los datos es la que pretendía cauterizar el veredicto: “el esquema (safe harbor) facilita la interferencia por parte de las autoridades públicas norteamericanas con los derechos fundamentales de las personas”. Y prosigue con la evidencia: “las autoridades de los Estados Unidos tuvieron acceso a los datos personales transferidos por los Estados miembros a los Estados Unidos y los procesaron de una manera incompatible con el propósito para el que fueron transferidos, más allá de lo que era estrictamente necesario y proporcional con la protección de la seguridad nacional”. En consecuencia, y para que no quede lugar a dudas, “por todas estas razones la Corte declara el acuerdo del Safe harbor invalid” al “comprometer la esencia del derecho fundamental a la protección jurídica efectiva”. No hacía falta rememorar a Snowden para saber que el Big Brother estaba acechando y que no quedaban lugares donde esconderse.

El 15 de enero de 2011, cuatro años antes, la Comisión Europea de Justicia lanzó una Consultation on the Commission’s comprehensive approach on personal data protection in the European Union, y entre los contribuyentes a la encuesta se encontraba Facebook. Por entonces la compañía norteamericana argumentaba que se amparaba en la legislación del Safe harbor para el procesamiento de datos de los usuarios europeos y “creía que el esquema [...] jugaba un papel muy valioso al respecto” y que constituía “un método efectivo para permitir a una compañía de servicios de internet basada en los Estados Unidos para ofrecer una alto grado de protección a los ciudadanos en la Unión Europea”.

Opiniones dispares, sin duda.

Jaron Lanier, uno de los activistas proveniente de la industria más prominente en los últimos años (obtuvo el Premio de la Paz de los libreros alemanes), argumentaba en Who Owns the Future? sin sombra de cinismo, que ya que nuestros datos son los que propulsan la economía del siglo XXI y estamos irremediablemente expuestos a que hagan uso de ellos, al menos deberíamos cobrar por ello. La plusvalia que se produce en el intercambio de datos por servicios debería ser compensada, en su opinión, mediante la percepción de un salario o un estipendio que, si no sirve para proteger nuestra privacidad, sirve, al menos, para garantizarnos el sustento. El Big data es parte, obviamente, del Big deal contemporáneo, del gran negocio del tráfico y uso más o menos legal, más o menos fraudulento, de nuestros datos.

De acuerdo con un informe de IBM existen 18.9 billones de dispositivos conectados a la red a escala mundial, lo que conllevaría que el tráfico global de datos móviles alcanzará próximamente los 10.8 Exabytes mensuales o los 130 Exabytes anuales, progresión que se incrementará si pensamos en los datos que intercambian las máquinas mismas de manera automatizada, un ecosistema universal creciente donde cada cosa se conectará a Internet para intercambiar datos. Este volumen de tráfico previsto para 2016 equivale a 33 billones de DVDs anuales o 813 cuatrillones de mensajes de texto. Una revolución, seguramente, que cambiará nuestra manera de vivir, trabajar y pensar, como argumenta uno de los más famosos libros al respecto.

Lo paradójico del Big data no es solamente que sirva a múltiples propósitos, todos ellos dispares, desde husmear lo que leemos y generar recomendaciones personalizadas o textos supuestamente adecuados a nuestros gustos a agregar los patrones de desplazamiento por carretera de millones de pesonas con el supuesto fin de mejorar la movilidad, sino que es tan intrínsecamente difícil descifrar cuál es su propósito real, que han surgido por doquier iniciativas que se autodenominan Big data for good, donde las iniciativas que se ponen en marcha tienen como fin la mejora de la vida de sus usuarios. Desde Ushaidi como plataforma para acopiar datos sobre catástrofes naturales y recabar la ayuda necesaria (Haiti, Nepal) hasta la prevención del crimen en las calles de Chicago mediante la agregación de los datos proporcionados por los ciudadanos, muchos se esfuerzan por hacer de la acumulación e interpretación de los patrones significativos que pueden arrojar los datos una nueva fórmula de conocimiento capaz de actuar poderosamente sobre la realidad. Algunos, de manera epistemológicamente ingenua y disparatada, como Chris Anderson, suponen que esas constelaciones masivas de datos acabarán generando sus propios patrones de conocimiento sin necesidad de teorías que los interpreten.

En una larga e interesante entrevista a Eugeny Morozov en la New Left Review de abril del 2015, titulada “¡Socializad los centros de datos!“, argumentaba: “Creo que solamente hay tres opciones. Podemos mantener las cosas tal y como están, con Google y Facebook centralizando todo y recogiendo todos los datos, sobre la base de que ellos tienen los mejores algoritmos y generan las mejores predicciones, etcétera. Podemos cambiar el estatus de los datos para permitir que los ciudadanos sean sus dueños y los vendan. O los ciudadanos pueden ser los dueños de sus datos, pero no pueden venderlos, para permitir una planificación más comunal de sus vidas. Esa es la opción que prefiero”.

Big data, big brother, big deal o, por el contrario, Big data para el incremento del bien común, dos caras de una misma moneda.

[Sobre este mismo asunto debatiré el próximo viernes 27 de mayo junto a Mario Tascón y Antonio Delgado en la sexta edición de #Nethinking16. En streaming en directo a las 17,00 h.]

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¿Por qué seguir publicando en una editorial?

Esta pregunta es no ya sólo legítima, sino perentoria, apremiante. En la lógica tradicional del campo editorial nacido en el siglo XIX y llegado hasta los albores del XXI, la cadena de generadores de valor estaba más o menos clara y bien trabada: el editor jugaba el papel de difusor selectivo estableciendo una complicidad intelectual básica con el autor que le confíaba la transmisión y reproducción de su obra. Esta relación circular de mutua consagración, de acreditación recíproca -la editorial adquiere prestigio al publicar a un autor reconocido o a un valor en ciernes y el autor adquiere renombre publicando en un sello asentado-, está en trance de cuestionamiento y, en gran medida, desaparición. La pregunta inicial puede formularse de varias maneras:

  1. hay quienes siguen pensando que solamente cabe difundir algo mediante el uso de los canales tradicionales: la semana pasada, de manera casual, en La Casa del Libro de Madrid, dos jóvenes profesoras pretendían convencer a uno de los libreros de la tercera planta, con sus originales en la mano, de que les hicieran un espacio para vender sus copias artesanas. No sé si me causó más congoja que ternura;
  2. hay quienes siguen considerando que publicar a través de un sello reconocido atraerá fama y dinero. Lo primero, si la empresa utiliza su artillería mediática, es posible que se alcance hasta cierto punto; lo segundo es, en la gran mayoría de los casos, imposible: si un autor llegara a vender 3000 unidades de un libro (lo que es mucho, muy por encima de la media, tanto literaria como de pensamiento) con un precio de tapa medio de 15 €, significaría que de haber negociado un 10% de derechos sobre el PVP recibiría 4500 €, compensación que no está nada mal, pero que equivale a dos salarios mensuales de un trabajador medio. Si tenemos en cuenta que un libro puede tardar de dos a tres años en escribirse y que los autores tienen por costumbre merendar todos los días, la recompensa no habrá pasado de unos 120 € al mes. Eso, claro, si no ha tenido que pagar por publicar, costumbre muy extendida que practican con absoluta impunidad sellos editoriales bien implantados cuyo nombre no revelaré. Se me olvidaba: puede sumar 100 o 200 € anuales de su entidad de gestión respectiva;
  3. hay quienes quizás no conozcan que cuentan con innumerables posibilidades digitales para convertirse en difusor autónomo de sus propios contenidos (Scribd); en comerciales de su propia obra a través del uso de plataformas POD (Lulu, Publicatuslibros, etc.); en donadores de su conocimiento mediante el uso de platormas de comunicación en abierto (DOAJ, Public Library of  Science); en colaboradores de proyectos de producción masiva de contenidos digitales (Wikipedia); en autores sin tasa ni medida que publican en sus blogs o bitácoras al ritmo de sus necesidades.

Si no hay dinero, y es casi más sencillo conseguirlo mediante estrategias de crowdfunding; si la fama no parece que provenga de la edición, y es más sencillo alcanzarla en el entorno de una red social que va dispensando su reconocimiento y su aprecio a medida que la colaboración crece (Twitter, Facebook, etc.); y si existen múltiples canales alternativos para gestionar de forma autónoma los contenidos que uno ha producido, ¿por qué seguir publicando, entonces, en una editorial? Más que las torticeras y retorcidas reflexiones sobre la piratería, quizás conviniera reflexionar seria y detenidamente sobre esta pregunta. De hecho, los editores alemanes dieron las suyas hace unas pocas semanas:

Es cierto, pero ninguna de esas cuatro competencias es hoy exclusiva ni absoluta, más bien al contrario, cada vez más extendida y  relativa. Creo, por eso, que hay que ir algo más allá,  practicar lo que me gusta denominar “método del ave Fenix”: reducir todo a cenizas para ver qué es lo que queda. ¿Y qué es lo que queda? En todo caso, la facultad acreditadora de un sello editorial, el prestigio que pueda transferir al autor que publique en su sello, la reputación que pueda alcanzar ligando su nombre y el de su trabajo al de la empresa que lo publica, algo que reposa sobre la construcción de un criterio exquisito de filtrado y selección por parte del editor, sobre la conformación de una oferta coherente y bien trabada, un catálogo bien ligado, sobre la capacidad de presentir las respuestas a las preguntas que la sociedad se plantee. Si eso ocurre, todavía vale la pena y cobra todo su sentido publicar en una editorial. Así lo pienso y practico yo; así lo piensa y lo practica, incluso, quienes piensan que Gutenberg solamente abrió un paréntesis.

Pero cuidado: ni siquiera eso es ya territorio exclusivo de los sellos establecidos: la posibilidad de combinar algortimos matemáticos con recomendaciones personalizadas derivadados del etiquetado colectivo (ontologías, taxonomías como las que se practican en Delicious, Mendeley, Twitter con sus hashtags#, por ejemplo) genera procesos de recomendación personalizados altamente pertinentes que prescinden de los canales y medios tradicionales de edición y publicación. De hecho, el uso de esos entornos de recomendación personalizados hacen descender el uso aleatorio de los buscadores y se convierte, en algunos casos, en fenómenos editoriales como el de Zite, que cumple el sueño de generar la revista personalizada de la que llevamos décadas hablando o como el de Flipboard, que hace realidad la ilusión de que las conversaciones se conviertan en publicaciones.

No es sencillo responder a esta pregunta, pero sospecho que en su respuesta está la clave del futuro de las editoriales.

 

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El derecho a que me olviden

La Vicedepresidenta de la Unión Europea, Viviane Reading, antigua comisaria para la “Sociedad de la información y los medios”, declaró en una entrevista a la prensa alemana hace un par de semanas, en relación a la polémica sobre el comportamiento de Facebook en relación a la retención de los datos de sus usuarios (1200 folios de los últimos tres años de un solo usuario, según las informaciones aportadas por ese mismo medio), “en el año 2009  había obligado a las empresas de telecomunicaciones a informar a sus clientes sobre el acceso ilegal o ilegítimo a sus datos”. La vicepresidenta actual de la UE afirma, en consecuencia: “todo ciudadano tiene el derecho a borrar en cualquier momento esos datos. Eso es el “derecho a ser olvidado”.

Claro que la vida digital exige que cedamos en alguna medida parte de la intimidad que tan celosamente habíamos cedido en otros tiempo en beneficio de, quién sabe, el exhibicionismo, la colaboración, la reciprocidad, el cultivo de la amistad y las relaciones personales, el mejoramiento eventual de la vida profesional. En fin, cualquier cosa que pueda conseguirse mediante la exposición de parte, al menos, de nuestra privacidad. Hay quien, en el paroxismo digital de la renuncia a la reserva, retransmite su vida, en un gesto en todo antagónico a la intimidad que se ha dado en llamar “extimidad“. Bien está si así se quiere, aunque esa ostentación digital no despierte en mi interés alguno. La clave es, más bien, cómo proteger a quienes son ajenos a la manipulación involuntaria de su vida privada y sus datos personales y cómo garantizar que las empresas que de ello se aprovechan cumplen con los requisitos legales que la misma Unión Europea pretende garantizar, si bien armonizar todas las legislaciones nacionales al respecto sea un “trabajo gigantesco”, como reconoce Reading.

Puede que, como se designaba en el campo del psicoanálisis lacaniano, extimidad sea un nombre común de aquello que, siendo muy íntimo y familiar, se convierte a la vez en algo radicalmente extraño, algo que sucede claramente cuando nos proyectamos hacia el exterior, valiéndonos de la red, y experimentemos la sensación de que somos y no somos a un tiempo nosotros mismos quienes están allí fuera y nos contemplamos desde la distancia. Nuestros avatares son, en buena medida, esa extensión algo indolente e irreflexiva que anda por ahí representándonos. En todo caso, bien está si así se quiere.

El problema proviene del abuso deliberado de quienes utilizan indebidamente la intimidad para lucrarse o traficar con ella. Sostengo, por eso, que no debería entenderse como contradictoria la vida digital -en la que se renuncia voluntaria y consecuentmente a una parte de la vida privada-, y el derecho a que le olviden a uno cuando así lo desee. Los legisladores deben emplearse con contundencia a este respecto.

Wolfgang Sofsky, en ese libro indispensable que se titula Defensa de lo privado, y que todo interesado en los modos de vida digitales debería leer, dice: “Por encima de algún ocasional descontento, el ciudadano corriente aprecia las facilidades de la era digitla. Renuncia sin vacilaciones a pasar inadvertido, anónimo, inaccesible. No tiene conciencia de la pérdida de libertad personal [...] La necesidad de ser dejados en paz apenas tiene difusión”. Eso, claro, tiene efectos seriamente contraproducentes: “El grado en que los individuos disfrutan de libertad en la sociedad se mide por el modo como pueden encauzar su vida a su manera, sin injerencias indeseadas de terceros. La privacidad”, afirma Sofsky, “es el fundamento de la libertad, y esta libertad protege frente a todo poder”.

El derecho a que nos olviden, vamos.

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Ambivalencias de las redes sociales

Manuel Castells lo tiene requeteclaro:  “Las insurrecciones populares en el mundo árabe son tal vez la transformación más importante que internet ha inducido y facilitado”. Y continúa diciendo en la misma entrevista a propósito de las revoluciones populares en los países árabes y el papel que las redes sociales están jugando, eventualmente, en su concitación y desarrollo: “Nadie que esté diariamente en las redes sociales (y este es el caso de setecientos de los mil doscientos millones de usuarios de redes sociales) sigue siendo la misma persona. Pero es una interacción en línea / fuera de línea, no un mundo virtual esotérico. Cómo ha cambiado, cómo cambia cada día, esta nueva comunicación es una cuestión que se debe responder mediante una investigación académica, no a través de cotilleos de tertulianos”.

Eso sí es verdad: la discusión sobre el valor y el papel de las redes sociales no es cosa que deba dejarse en manos de tertulianos y, si se me apura, en manos de ninguno de los extremos del espectro de los ciberfanáticos y los ciberderrotistas. Acompañaré por eso mis dudas con la voz de otros que si no son más guapos, sí son más listos: Malcolm Gladwell, el columnista de The New Yorker con parte de su obra traducida al castellano, escribía precisamente no hace demasiado, en octubre de 2010, una columna titulada “Why the revolution will not be tweeted“. Quizás algunos piensen que se estará ahora, precisamente, mordiendo la lengua o aporreándose los dedos por aquello que escribió, pero creo que lo esencial de su argumento sigue teniendo vigencia: las relaciones que se tejen en las redes sociales son laxas. Se convocan y aceptan con tanta facilidad como se cambian o abandonan, y eso no suele bastar para generar una revolución. Lo dicho: algunos verán en esa afirmación su propia negación.

El soberbio Zygmunt Bauman dice a propósito de las redes en Amor líquido: “Chateamos y tenemos compinches con quienes chatear. Los compinches, como bien lo sabe cualquier adicto, van y vienen, aparecen y desaparecen, pero siempre hay alguno en línea para ahogar el silencio con mensajes. En la relación de compinches, el ir y venir de los mensajes, la circulación de los mensajes, es el mensaje, sin que importe el contenido. Tenemos pertenencia… al constante flujo de palabras y oraciones inconclusas (abreviadas, por cierto, truncadas para acelerar la circulación). Pertenecemos al habla, no a aquello de lo cual se habla”. Cierto: en la red se habla por hablar, como en la vida; no se calla para no permitir que el silencio denuncie nuestra soledad; y por eso nos encontramos, también, con una gran cantidad de flatulencias digitales que sofocan los mensajes con valor (como en la vida en general, por otro lado). El que deja de hablar queda fuera: esa es la regla de oro de las comunidades digitales, de las redes sociales, una suerte de opulencia comunicacional -como la llamara Román Gubern- que no siempre equivale a consistencia de los lazos y riqueza de nuestro entendimiento.

Sherry Turkle, Catedrática de Sociología del MIT, una de las grandes conocedoras de la web, autora de aquel mítico Life on the screen de mediados de los años 90, resurge ahora con un libro significamente titulado Alone together. Why we expect more from technology and less from each other (Juntos en solitario: por qué esperamos más de las tecnologías que de los demás), un trabajo fruto del esfuerzo de investigación comprendido dentro del proyecto Technology and self del propio MIT. Su introducción no deja lugar a dudas sobre el carácter de sus descubrimientos: “”Este no es un libro sobre robots. Trata, más bien, de la manera en que cambiamos cuando la tecnología nos ofrece sustitutos para la conexión de unos con otros cara a cara. Se nos ofrecen robots y todo un mundo de relaciones mediadas por máquinas en dispositivos en red. Al enviar mensajes instantáneos, correos electrónicos, textos, al twittear,  las tecnologías están redibujando los límites entre la intimidad y la soledad. Hablamos de “deshacernos” de los nuestros e-mails, como si estas notas fueran un equipaje demasiado pesado. Los adolescentes no hacen llamadas telefónicas, temiendo “revelar demasiado.” Prefieren enviar mensajes de texto a hablar. Los adultos prefieren también el teclado sobre la voz humana. Es más eficiente, dicen. Las cosas que pasan en “tiempo real” toman demasiado tiempo”.

Demasiado tiempo… Si las relaciones personales cotidianas, que eran la base de las alianzas duraderas, de la amistad y la complicidad, de las pequeñas y grandes revoluciones, nos llevan demasiado tiempo, ¿podemos realmente confiar en el poder de las redes sociales para fundamental cualquier cambio? Sé que el maestro Piscitelli se reirá de mis cuitas y reflexiones  porque ya ha calificado a Sherry Turkle de tecnofóbica y anda elucubrando sobre las Tesis twitterdoctorales, pero reivindico una reflexión pausada sobre la intrínseca ambivalencia de las redes sociales.

Que ustedes lo pasen bien (+ en @futuroslibro y futurosdellibro.com en Facebook, por llevarme la contraria)

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Going fast nowhere

Las herramientas de comunicación digital se han convertido en la atmósfera que respiramos, en el medio líquido en el que nos desenvolvemos, de manera que apenas podemos imaginarnos estar desconectados, dejar de contestar compulsivamente a los correos electrónicos que se amontonan por centenares, de seguir la lista de tweets que se actualizan a más velocidad de la que podemos leerlos, de intentar seguir el hilo roto de las conversaciones en Facebook, de anudar nuestros quebradizos lazos profesionales, de teclear torpemente con dos dedos mensajes SMS tan breves como a menudo ortográficamente imcomprensibles, de hacer todo esto a la vez y por separado, de sumergirnos en esa corriente digital que nos promete una suerte de nueva libertad a través de ese movimiento dinámico permanente. Lo cierto, sin embargo, es que ocurre todo lo contrario de lo prometido, y que cada vez más, se está tomando conciencia de los efectos antagónicos que esa velocidad sin objeto impone sobre nuestros sentidos, sobre nuestra capacidad de concentración y comprensión, sobre nuestra percepción del peso y la importancia del presente.

El último libro sobre este auge tan imparable como a menudo contraproducente de la revolución de los medios de comunicación digitales es el libro de Richard Watson  Future Files: How the Digital Age Is Changing Our Minds, Why This Matters and What We Can Do About It. Como el propio autor comenta en el artículo aparecido en FastCompany: “Our decision-making abilities are at risk because we are too busy to consider alternatives properly or because our brains trip us up by fast-tracking new information. We become unable to exclude what is irrelevant and retain an objective view on our experience, and we start to suffer from what Fredric Jameson, a U.S. cultural and political theorist, calls “culturally induced schizophrenia”.

Un grupo alemán desconocido por completo en España, Fury in the Slaugterhouse, compuso una famosa canción titulada, precisamente, Going fast nowhere, yendo deprisa hacia ninguna parte: la promesa liberadora de las tecnologías digitales, de esas múltiples personalidades o avatares fluidos en los que poder encarnarse, asumiendo el aspecto de una suerte de Easy Rider digital, se está convirtiendo, en realidad, en una forma renovada de Sísifo (basta con recordar cómo nos encontramos todas las mañanas nuestras cuentas de correo, el esfuerzo que invertimos en tratar de tramitarlos para, al final, reencontrarnos de nuevo con decenas si no centenares de nuevos mensajes que demandan nuestra atención renovada).

Hartmut Rosa, el gran sociólogo alemán cuya obra principal sigue sin ser traducida al español (y no será porque no insisto), dice: “…la velocidad, en este proceso, pierde todo su atractivo como fuerza de liberación y de autonomía. En lugar de eso, se convierte en el movimiento incesante de la rueda de un hamster”. No hay ya movimiento hacia delante, liberador; hay movimiento circular, ensimismado. Por sí mismas, las herramientas digitales, que propician un sentimiento de gratificación inmediata y constante, cierto desprecio paralelo por la concentración y por cualquier tarea que entrañe una lectura silenciosa y sostenida, son lo contrario de lo que la educación debería promover: la reflexividad y la autonomía, la dilación de la recompensa y el premio al esfuerzo sostenido. Por eso, no me parece que baste con aludir a Jacques Ranciere y al Maestro ignorante para ensalzar con cierta simpleza la supuesta emancipación que los estudiantes actuales obtendrían a través del uso de las herramientas digitales. Mucha literatura apunta a todo lo contrario: en “Why Minimal Guidance During Instruction Does Not work“, se dice: “Evidence for the superiority of guided instruction is explained in the context of our knowledge of human cognitive architecture, expert–novice differences, and cognitive load. Although unguided for minimally guided instructional approaches are very popular and intuitively appealing, the point is made that these approaches ignore both the structures that constitute human cognitive architecture and evidence from empirical studies over the past half-century that consistently indicate that minimally guided instruction is less effective and less efficient than instructional approaches that place a strong emphasis on guidance of the student learning process”.

Presumo que casi todos buscamos lo mismo, para nosotros y para los demás -autonomía, independencia, reflexividad, dominio de nuestra propia vida  y nuestro propio destino, madurez de criterio, bienestar, etc.-, por eso quizás convenga asumir, también con las tecnologías digitales, una distancia crítica que echo de menos en demasiadas adhesiones automáticas e irreflexivas.

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Palabras y pantallas

En Words, uno de los últimos artículos de la serie que Tony Judt escribió para el New York Review of Books y que tan intensamente evocó Vicente Molina Foix en un artículo reciente, “La aplazada muerte de Tony Judt“, aludió de manera inequívoca al papel devaluador de la cultura que algunos medios digitales de comunicación y algunas prácticas docentes actuales representan: “la inseguridad cultural engendra su doble lingüístico. Lo mismo es cierto para los avances técnicos. En un mundo donde Facebook, MySpace y Twitter (por no mencionar los mensajes de texto), las alusiones sucintas sustituyen a la exposición. Donde una vez Internet pareció representar una oportunidad para la comunicación sin restricciones, la tendencia crecientemente comercial del medio -”Soy lo que compro”- trae consigo empobrecimiento. Mis hijos observan sobre su propia generación que la taquigrafía comunicativa de su hardware ha comenzado a filtrarse en la comunicación misma: “la gente habla como los textos” que escribe. Y la conclusión le parece irrevocable, alarmante: “esto debería preocuparnos. Cuando las palabras pierden su integridad lo mismo le ocurre a las ideas que expresan. Si se privilegia la expresión personal sobre las convenciones formales, entonces estamos privatizando el lenguaje no menos de lo que privatizamos otras muchas cosas”.

Judt sostiene que la enseñanza y asunción de las convenciones formales de la expresión y la comunicación en la escuela, son fundamentales; que la progresiva degradación de la instrucción formal, del aprendizaje y uso de las fórmulas retóricas de la comunicación, conduce no sólo al empobrecimiento del lenguaje sino, sobre todo, de las ideas que transporta y, con ello, de la república de los seres humanos que contribuye a construir y sostener. Para Judt, que según su relato creció entre la algarabía de las conversaciones y las discusiones en varias lenguas en el comedor de su casa, que cultivó la pasión a lo largo de la vida por las palabras para arrancar de ellas toda su fuerza y que constituyeron su último reducto de libertad, la degradación a la que los medios de comunicación digitales acutales las somete, es peligrosa e intolerable.

Lisa Block de Behar, en su interesante Medios, pantallas y otros lugares comunes, ahonda en el problema de la desintegración de las palabras sometidas a la tiranía omnisciente de las pantallas: “la tecnología”, asegura, “ha pantallizado el mundo transformándolo en un parque multimediático trivial y espectacular a la vez, donde las pantallas no sólo aplanan -cada vez más planas- ese mundo global; no sólo lo verticalizan -cada vez más autoritarias-, sino que regulan sus paisajes, personas, hechos, ficciones y fantasías, mostrando y ocultándolos, entrelazados y a la par. Poco o nada se vi si no está en pantalla. Lo que importa se muestra en pantalla y, si no se muestra, no importa, no existe”.

Claro que no todo el mundo compartirá los argumentos previamente esgrimidos, que sostendrá, al contrario, que lo hace falta es quebrar la univocidad del discurso tradicional, destapar las imposturas de la comunicación profesoral unidireccional, romper con las retóricas añejas del discurso, saltárselas si es necesario para adaptarlas al vocabulario de quienes ya no se sienten identificados ni con el lenguaje ni con los medios de comunicación tradicionales, adoptar las herramientas de creación y expresión digital para generar un nuevo entorno de aprendizaje colaborativo donde las jerarquías tradicionales se evaporen. Eso es, en resumen y tal como yo lo entiendo, el edupunk, el movimiento antagónico a las pedagogías habituales que propugna el maestro Alejando Piscitelli, cada vez más habitual (afortunadamente), entre nosotros. Todo eso y muchas cosas más estaba anticipado en un libro tan imprescindible como inencontrable que es Nativos digitales.

Yo soy de los que cree que la solución -si la hay- a este debate no se encuentra ni un extremo ni en otro, ni en el cultivo exclusivo de la forma y la retórica tradicional, ni en la algarabía infoxicadora de las redes sociales. Algo de eso estaba en ya recogido en Sócrates en el hiperespacio, porque no es la primera vez en la historia que los soportes y, con ellos, las modalidades de creación y expresión de la información y el conocimiento se transforman pero sí la primera, quizás, en que somos históricamente tan conscientes del momento trascendental que vivimos.

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