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El fin de los libros

Si por libros se entienden los innumerables cuadernos de papel impreso, plegado, cosido, encuadernado bajo una cubierta que anuncia el tíulo de la obra, les confieso francamente que no creo en absoluto, los progresos de la electricidad y de la mecáncia moderna me impiden creer, que el invento de Gutenberg pueda no caer en desuso en tanto que intérprete de nuestras producciones intelectuales

Así se expresaba, en 1894, Octave Uzanne, en sus Contes pour les bibliophiles, un volumen dedicado al universo de aquello y aquellos que tanto entendió y amó. Instalado en París, con 24 años, dedicado plenamente a su pasión bibliofílica, colaboró inmeditamente con el Conseiller du Bibliophile  y llegó a fundar hasta cuatro revistas dedicadas a la misma materia:  Miscellanées bibliographiques, Le Livre, Le Livre moderne et L’Art et l’idée, estas tres últimas con la editorial de Albert Quantin (1880-1892), que desaparecería en la antelasala de la primera guerra mundial.

En 1889, junto a dos centeneras de entusiastas, fundó la Société des bibliophiles contemporains, denominada más tarde la Société des bibliophiles indépendants. Fue un escritor prolífico de novelas, obras de fantasía y estudios bibliográfcos y, como desaforado amante de los libros que era, rodeado por ellos en su apartamento de Saint-Cloud, en el departamento de Hauts-de-Seine, plasmó sus preocupaciones en un cuento incluido en sus Cuentos para biblófilos, titulado “El fin de los libros”.

Hace 121 años, más de un siglo, por tanto, Uzanne vaticinaba que “la imprenta que Rivarol llamaba con tanta razón la artilleraía del pensamiento y a la que luego Lutero se refería como el último y supremo don a través del cual Dios difunde el Evangelio; la Imprenta que ha cambiado el rumbo de Europa y que, sobre todo desde hace dos siglos, gobierna sobre la opinión por medio de los libros, los folletos y  los periódicos [...] diría que está amenazada de muerte”. Y eso es así porque el anticuado procedimiento de la impresión podría ser “fácilmente reemplazado por la fonografía, que no ha hecho más que nacer”, 20 años antes de que este cuento fuera escrito y publicado. Reunido en torno a una mesa de sabios donde cada uno, según su saber y su profesión, desgrana la configuración probable del futuro, el protagonista del cuento se atreve a aventurar con desparpajo pero no sin cierta indecisión, que la técnica fonográfica, la grabación y reproducción del sonido en soportes duros, distribuidos a través de dispositivos portátiles o de las líneas telefónicas (mediante previa suscripción), sustituiría sin lugar a dudas a la vieja imprenta, a los libros en papel, por tanto.

No hace falta desvelar el final de la historia para darse cuenta de que las premoniciones de Uzanne no fueron complemente ciertas porque el libro como tal perdura, con mala salud de hierro, pero acosado ahora por otros descubrimientos que lo arrumban a la periferia de la nueva ecología de los medios.  Todo lo que vislumbra, con vista acerada, podría haber perfectamente ocurrido, la sustitución podría haber llegado a ser plena y, sin embargo, de alguna forma, los libros y la imprenta encontraron una manera de resituarse y redefinirse en un universo de medios en los que la imagen y el sonido podían ser igualmente registrados, emitidos y consumidos con igual solvencia que las palabras. Uzanne hace hablar al protagonista del cuento con aparente desapego e impasibilidad, como si el dictamen que realizara fuera el de un juicio certero e inapelable, soportado por la aquiscencia del círculo de sabios que le rodea, pero yo le imagino, en el fondo, asustado y temoroso, entristecido ante la posibilidad de perder aquello a lo que dedicó su vida. Estuviera o no afligido, se cumplieran o no los pronósticos de su alter ego, Uzanne nos enseña -además de a disfrutar de la onanista lectura sobre libros- que los soportes no son imperecederos, que es necesario pensar en sus cambios y mutaciones con audacia y atrevimiento y que nada de eso garantiza acertar -afortunadamente- en los vaticinios.

Corran a la Feria a comprarlo, disfrutarán.

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No es necesario ir al LIBER para conocer qué pasa en la industria editorial…

Los datos no dejan lugar a interpretación alguna: “el retroceso de una década de la primera industria cultural de España se debe a que, por quinto año consecutivo, han descendido sus ventas y acumula ya una caída del 28,9%, desde el año 2008. Con 2.471 millones de euros facturados el año pasado en el mercado interior, las ventas cayeron un 10,9% con respecto a 2011″, datos reflejados hoy en la prensa nacional que ya conocíamos. Apenas cabe esbozar un gesto de sorpresa cuando la encuesta anual sobre Hábitos de lectura y compra de libros en España (2012), nos hablaban de un gasto promedio anual de 20 €. Cabría pensar que la contracción de la demanda se debe a la crisis económica y al paro generalizado, pero yo no soy tan optimista. La ausencia de demanda cultura refleja falta de interés por la cultura, sencillamente. Los precios de la mayoría de los libros que podemos adquirir no son disuasorios, son asequibles.Quien no ha tenido la oportunidad de crecer en un entorno familiar que favoreciera el contacto con los libros y la cultura en general o quien no ha conseguido que la escuela supiera esa carencia suscitándole ese interés, difícilmente considerará que un libro es un producto digno de su atención.

Claro que el libro tiene que concurrir con la variadísima oferta de contenidos digitales gratuitos que cualquiera puede encontrar en la red, y a eso no estaba acostumbrado. Antes era el rey de un ecosistema con escasa competencia, y ahora es solamente un monarca destronado que no encuentra acomodo. A veces recurre a la pataleta y dice que son los piratas quienes le han desbancado, quienes le roban lo poco que tenía, pero no debemos tomárselo en cuenta. Lo cierto es, solamente, que la revolución digital ha descentrado al libro y ya no volverá a ocupar esa posición central en la vida cultural. A los editores (también a los libreros), este cambio les pilló a contrapie: sabían quién era Gutenberg, hijo de orfebres que utilizaron una prensa de vino para imprimir de manera seriada libros hechos con tipos forjados en plomo, pero no imaginaban que las revoluciones tecnológicas pudieran afectarles en la misma medida que  la imprenta lo hiciera con otros gremios en su momento. Han pasado ya más de dos décadas desde que los primeros soportes digitales aparecieron en el mercado, pero todavía hay muchos que no terminan de encontrar su lugar bajo este nuevo sol digital. Toda la cadena de valor industrial tradicional debe redefinirse y sus agentes resituarse, en un ejercicio tan complejo como doloroso y necesario.

Es verdad que el modelo de negocio digital, al menos de momento, no ha sido capaz de sustituir, en facturación, al del libro en papel tradicional. Apenas representa un porcentaje de una cifra en la facturación global. Deberíamos saber, sin embargo, echando la vista atrás, que es posible prever la dirección del cambio e invertir en consecuencia, tanto en recursos como en formación.  Ni siquiera quienes decidan seguir haciendo solamente libros en papel están eximidos de entender que pueden mejorar la gestión de sus catálogos usando conscientemente herramientas digitales, redefiniendo sus flujos de trabajo bajo esa premisa, sirviendo a sus usuarios mediante el uso adecuado de la tecnología.

Esa tormenta perfecta en ámbito editorial de la que tanto se habla, compuesta por los tres sumandos anteriores (caída de la demanda y desinterés por los libros; desplazamiento del libro dentro del ecosistema de la información y transformación digital; redefinición de la industria y su cadena de valor), no se puede acometer individualmente. Tan sólo una estrategia coordinada, global y consciente de los retos a los que se enfrenta puede tener unos mínimos visos de éxito. Utilizar chivos expiatorios oportunos que nos sirvan para explicar por qué estamos tan mal como estamos (dos empiezan por A y otro por G), puede ser una estrategia comprensible, un puro reflejo de la desesperación, pero en todo caso absolutamente insuficiente. O parte de los colectivos profesionales y de las administraciones públicas, o no tenemos nada más que discutir.

El hecho, como ya he comentado en otras ocasiones, que el PLAN ESTRATÉGICO GENERAL 2012-2015 de la Secretaría de Estado de Cultura, por ejemplo, no aluda por ninguna parte al libro o la industria editorial (más allá de mencionar la necesidad de evaluar mejor los criterios para la concesión de subvenciones), no parece que induzca espontáneamente al optimismo.

Durante estos días se celebra en Madrid la Feria del libro profesional, LIBER, y son tantos los asuntos de primera magnitud que me parecen dignos de discusión que nunca termino de encontrar en su programación un foro de discusión global digno de tal nombre. Quizás sean ínfulas y manías mías.

Quizás es que, como he podido leer esta mañana, “no es necesario ir al LIBER para conocer qué pasa en la industria editorial” (aunque quizás querían decir otra cosa).

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