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Asociacionismo y edición independiente

En el año 1999, hace ya catorce años, Pierre Bourdieu escribía en un número monográfico de las Actes de la Recherche en Sciences Sociales dedicado a la edición:

El proceso de concentración que afecta al mundo de la edición y que transforma profundamente las prácticas, subordinándolas cada vez más estrechamente a las normas comerciales, ¿es irreversible e irresistible? ¿La resistencia al dominio del comercio sobre el arte no es sino el combate desesperado de una forma de arcaismo nacionalista? -refiriéndose, con ello, a la conocida fórmula de la excepción cultural francesa- De hecho, mientras haya representantes para sostener a los pequeños editores, pequeños editores para publicar a jóvenes autores desconocidos, libreros para proponer y promover los libros de jóvenes escritores publicados por las pequeñas editoriales, críticos para descubrir y defender a unos y otros, todas o casi todas mujeres, el trabajo sin contrapartida económica, realizado por “amor al arte” y “para el amor del arte”, quedará una inversión realista, segura de recibir un mínimo de reconocimiento material y simbólico.

Bourdieu, creador y desarrollador de la teoría del campo artístico (de la teoría de los campos en general), creía que existía una homología estructural, una afinidad de intereses, entre todos aquellos que compatían una determinada posición en el campo, entre todos aquellos que habían aceptado voluntariamente la ascesis que se deriva de la aceptación de la lógica de las inversiones culturales, que comporta siempre un retorno incierto y escaso a largo plazo. Todas las innovaciones y novedades suelen provenir, en consecuencia, de aquellos que más abocados están a hacer del descubrimiento y el riesgo su proceder fundamental. Nadie en su sano juicio puede pensar que grupos editoriales grandes hipotecados por sus gastos corrientes estén más predispuestos a asumir los riesgos que comporta la inversión cultural. Intentarán, al contrario, hacer pasar por literario o artístico aquello que tenga escaso valor e intentarán revestirlo con los oropeles de la crítica especializada.

Es claro -continuaba Bourdieu- que el bastión central de la resistencia a las fuerzas del mercado está constituido, hoy, por esos pequeños editores que, enraizados en una tradición nacional de vanguardismo inseparablemente literario y político [...],se constituyen en los defensores de los autores y de las literaturas de investigación de todos los países política y/o literariamente dominados -ello, paradójicamente, sin poder prácticamente contar con la ayuda del Estado, que va a las empresas editoriales más antiguas y más dotadas de capital económico y simbólico.

Beatriz de Moura añoraba hace poco aquellos tiempos en que su catálogo no sobrepasaba las cincuenta novedades anuales y eso le permitía maniobrar con criterio independiente, sin las supeditaciones de los grandes grupos editoriales. Con las cortapisas, también, de la escasez económica. Pero esa es, quizás, la paradoja principal de la edición independiente (de cualquier ejercicio de independencia artística, en suma): que es necesario hacer de necesidad virtud y asumir voluntariamente las renuncias y los privilegios que comporta.

La semana pasada se celebró en Santander la segunda Feria del Libro Independiente de Cantabria (FLIC), y entre sus mesas y convocatorias estaba, cómo no, el debate sobre las nuevas formas de asociacionismo. Es obvio para muchos de los profesionales de la edición que los mecanismos tradicionales de representación han agotado su papel: bien porque sigan siendo deudores en sus planteamientos de la compartimentación medieval, de la pura incomunicación y enfrentamiento gremial; bien porque hayan acabado represenando los intereses de aquellos que más intereses tienen en esa forma de asociación. No repasaré en detalle las razones por las que muchos aceptarían la consigna del “no nos representan”, pero entre ellas se encuentran una clara tendencia a comparecer allí donde los más grandes tienen más intereses comerciales, no allí donde el resto pudiera fortalecer su mercado; a no proporcionar formación relevante alguna que ayude a pensar y realizar el gigantesco cambio digital; a realizar inversiones injustificadas.

No resulta un arcaismo pensar, ayudándonos de Bourdieu, que ese paralelismo, semejanza u homología entre editores, libreros, distribuidores y críticos pudiera ser conscientemente explotado, que se levantara acta pública de esa solidaridad estructural afirmándola consciente y públicamente para organizar y planificar mejor la resistencia. Sé que no es fácil, que requiere desprendimiento, renuncia y trabajo, pero no existen muchas otras alternativas. O buscamos formas de asociacionismo transversal basadas en afinidades estructurales en las que todos aporten valor, en las que todos se comporten como nodos de una red cuya fortaleza radica en la multiplicación de sus puntos, o todo será -como dice uno de los pocos sabios que van quedando- una mera franquicia de los grandes sellos editoriales.

 

Pd. existe una (mala) traducción (con ausencia de los gráficos originales) de los dos números dedicados a la edición en Intelectuales, política y poder, publicado por la editorial Eudeba.

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La cadena de suministro (digital) del libro

Bajo esta título aparentemente letárgico, se esconde, sin embargo, toda una revolución en la manera en que compraremos y accederemos a los libros: en los últimos días algunos hemos recibido un sucinta guía titulada “¿Cómo se complementan los distintos proyectos para la mejora de la cadena del suministro del libro: SINLI + DILVE + CEGAL en RED?”, que pretende aclarar, precisamente, cuál es el vínculo que existe entre tres iniciativas que están condenadas a confluir, cada una de ellas puesta en marcha, en su momento, por un colectivo profesional distinto: FANDE (distribución), FGEE (editores) y CEGAL (libreros) respectivamente. Claro que faltó una clara voluntad de coordinación previa, pero seguramente sea achacable a que nadie preveía que la revolución digital forzaría a todos a entenderse.

Cadena Sinli

Lo chocante de la propuesta actual es que la cadena concluya dentro de la librería sin que el usuario, el cliente y el lector tengan acceso a la información que se suministra, algo que me atrevería casi a calificar de inconcebible en los tiempos que corren porque, ¿qué razón puede esgrimirse para que un usuario no tuviera acceso a través de la web a una plataforma comercial única, una verdadera distribuidora digital, a todos los registros bibliográficos y la oferta editorial del país?, ¿o a qué razón podría recurrirse para negarles a las librerías la posibilidad de implementar terminales táctiles a través de los que sus clientes pudieran visualizar, ordenar y adquirir esos mismos títulos, llevándose la comisión que correspondiera? La construcción lógica que los gremios nos ofrece es insuficiente y conviene pensar la manera de aprovechar las tecnologías a nuestro alcance y los protocolos ya establecidos para ofrecer a los lectores la posibilidad de elegir autores, títulos, formatos, soportes, desde su propio terminal o desde el espacio de la librería. Ahora mismo, me da la impresión, nos hemos quedado a mitad de camino, intentando salvaguardar la cadena de valor tradicional agilizándola, tímidamente, mediante el uso de aplicaciones digitales, pero pronto veremos -cuando Google Editions funcione a pleno rendimiento, cuando Amazon España se coma el mercado- que la única vía capaz de garantizar una cierta independencia a los agentes editoriales sería hacer uso de sus propios recursos.

Cadena de suministro ampliada

Consiento que el dibujo no es gran cosa -falta de pericia, de tiempo y de salud-, pero debería parecerse, más bien, a algo así, una nueva cadena de suministro digital del libro.

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