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La villa de los papiros

Entre las citas que se han conservado de Epicuro yo me atreví a utilizar una como lema de una narración corta que titulé, en el año 2007, como “La villa de los papiros” (parte de un libro que fuera publicado en ese año y que reunía un puñado de textos). “Es estúpido pedir a los dioses”, decía Epicuro, “las cosas que uno no es capaz de procurarse a sí mismo”, un alegato de pura soberanía humana frente a dioses y mitologías, frente a apóstoles e iluminados que se arrogaban la representación de los dioses en la tierra y que buscaban aterrorizar y subyugar a las naturalezas endebles. Uno de los discípulos aventajados del gran filósofo, Filodemo de Gádara, fue, además de literato y filósofo, amigo, asesor y consejero de Lucius Calpurnius Piso Cesoninus, suegro de César y personaje de desproporcionado poder político y militar, que construyó la Villa de los Papiros y atesoró en ella una biblioteca siguiendo para ello el consejo de su consejero personal. No es casualidad que aquella biblioteca -la única que ha llegado hasta nosotros como testimonio de una antigüedad ya amenazada por el advenimiento del cristianismo- estuviera monográficamente dedicada a asuntos y temas inspirados por Epicuro y que entre aquellos papiros pudieran contarse algunos del mismo Filodemo.

La semana pasada tuve al fin la oportunidad de visitar la magnífica exposición “La villa de los Papiros” organizada por La Casa del Lector en Madrid, un recorrido que alterna las más que pertinentes e impresionantes reconstrucciones virtuales de lo que fuera aquella magnífica villa romana con la materialidad y fidelidad de los testimionios históricos y arqueológicos, un repaso complementado con los hábitos de lectura y escritura de la época, con el uso público y privado de la escritura, con la apasionante historia de los distintos soportes de lo escrito, y con la pasión arqueológica que en el siglo XVIII llevó a excavar las ruinas de la villa. Resulta emocionante comprobar cómo tres o cuatro siglos después de que Platón registrara la invención de la escritura en su Fedro, podamos observar su testimonio material y comprobemos cómo convivían ya dos soportes diferentes, las tablillas que se grababan con punzones y anticipaban la arquitectura del códice, y los papiros que conformaban la única de las bibliotecas clásicas que se ha conservado. La exposición va más allá de una mera recolección del registro arqueológico. Pretende sumergirnos -y lo consigue- por unos minutos en el espacio de la villa, alcanzar a comprender los usos y los hábitos de sus habitantes, mantener una conversación -tal como el mismo Sócrates indicaba- con los muertos.

La filosofía griega era una filosofía conversada, vivida y paseada, una filosofía en movimiento, una filosofía de la acción. “Y me imagino”, escribía yo hace tiempo en aquel cuento, “a los dos sentados o reclinados en el peristilo o en la biblioteca, con la estatua de Atenea tutelando sus conversaciones, leyendo en voz alta los sombríos textos cristianos, conjeturando réplicas luminosas a la manera de Lucrecio”, paseando bajo el pórtico del patio entretenidos en sus diálogos. Sé que históricamente no pudieron coincidir y que ese careo no pudo producirse, pero como la ficción permite hacer cosas que la arqueología no corrobora, imaginaba que entre los papiros encontrados en la Villa y redactados por Filodemos, se encontraba uno que era la Epístola de Filodemo de Gádara a Pablo de Tarso, de uno de los representantes más combativos del epicureismo al principal látigo del cristianismo. Y fantaseaba con que Filodemo le hubiera cantado -filofósicamente- las cuarenta a Pablo:

Se trata, Paulo, de vivir como un dios entre los hombres, no de vivir como un sujeto reducido y apocado temeroso de los dioses. Se trata de vivir esta vida plenamente sin el espejismo de tus pretendidas recompensas futuras que todo lo aplazan y, a fuerza de renuncias, pierden todo. Se trata, amigos corintios, de persistir en la razón y de cultivar la sabiduría abandonando, de una vez por todas, las superticiones y las mitologías.

Coincide en el tiempo la publicación de un libro más que recomendable, Filosofía para la felicidad. Epicuro, publicado por la irremplazable editorial Errata Naturae, con textos de García Gual, Lledó y Hadot, una magnífica introducción al pensamiento vivo del epicureismo, y un sabroso acompañamiento de la exposición mencionada. Emilio Lledó escribe en Sobre el epicureismo: “Epicuro desarrolla, pues, una filosofía del “más acá”. Los dioses están muy lejos de nosotros, y no podemos tener vínculo alguno con ellos, ni, por supuesto, se preocupan de nosotros”. Siendo indiscutiblemente eso así, afirmando nuestra más desolada soberanía, la Villa de los Papiros es un testimonio irrepetible de un momento histórico único en la historia de la humanidad, ese que marcó la transición entre un mundo mitológico y un mundo arrebatado por religiones monoteistas y dioses furibundos, una pequeña luz que todavía llega hasta nosotros gracias al testimonio de aquella biblioteca de sabios epicureos.

Aunque las cenizas del Vesubio cayeran sobre nosotros en este mismo instante -hice decir a Filodemo- , de nada de lo que he escrito o enseñado me arrepiento y de nada tengo que rendirte cuentas. Harás bien en abandonar tus ilusiones y tus delirios e intentaras recobrar lo que te queda de hombre.

En el año 79, en el mes de agosto, el día 24, un viernes según los calendarios perpetuos, estalló sin remisión el Vesubio y cubrió de cenizas las ruinas que hoy excavamos. A ustedes dejo que consideren el alcance de las maldiciones… No se pierdan la exposición…

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