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Libros y fútbol

Tengo un amigo, escritor famoso, que organiza una fiesta todos los veranos en su ático. Este año ha enviado un correo avisándonos que el día en que está convocada pudiera suceder que España jugara algún tipo de repesca -no lo he entendido demasiado bien- que le obligaría a crear dos ambientes en su casa, uno para los que quieran comentar la última novela de Thomas Ruggles Pynchon y otro para los que aman el fútbol. Mi amigo, ilustre escritor es, además, amante del fútbol. Tengo otro amigo, ilustre científico, que nos ha avisado que esta tarde haría caso omiso de la reunión que habíamos convocado con un ilustre profesor norteamericano, Yochai Benkler, porque tenía que seguir el España-Portugal; tengo un magnífico amigo, extraordinario editor y afamado crítico musical, que describe con lujo de detalles los movimientos de los jugadores y las tácticas de los equipos de fútbol; soy, por otra parte, devoto admirador de la escritura de Jorge Semprún, que se reconoce, como Galeano, como rendido seguidor del fenómeno del fútbol -escondido tras las páginas de un periódico deportivo, durante tantos años, en una clandestinidad que le convertiría en forofo-.

Ha habido muchos otros escritores que han descrito el fútbol como una forma de religión laica que sustituye la proyección neurótica hacia dioses inexistentes por una proyección carnal y tangible hacia estrellas de carne y hueso. Puede ser. Reconoczo que carezco por completo de la capacidad de apreciar el fútbol. De hecho, escribo esto mientras sucede el match ibérico y la ciudad respira en calma tensa. Si a mis amigos, a los que aprecio, valoro y estimo, les gusta el fútbol y a mí no, es que algo me pasa. Estoy dispuesto a reconocerlo, no a hacer acto de contricción -aunque haya visto ya dos partidos-, pero sí al menos a conceder que padezco alguna clase de indisposición. Vale.

En Alemania, el portero del HSV, acaba de publicar un libro titutaldo Die Liga liest, esto es, La liga lee, o lo que es lo mismo, los jugadores de fútbol son capaces de mostrar también empatía al contrario, demostrar interés por la cultura  los libros, leer en voz alta textos de Böll, Grass, Hornby, Loriot, etc., para que los jóvenes se contagien o se impregnen de esa misma afición. Si el fútbol se intelectualiza por mediación de los intelectuales a los que les gusta, ¿por qué no podría ser también al revés, que los futbolistas mostraran interés público por las obras de producción intelectual? En Inglaterra,  hace ya varios años, una de las campañas más provechosas de fomento de la lectura promovida por el National Literacy Trust, está basada, precisamente, en el concurso de futbolistas que leen en voz alta textos que transmitan a los jóvenes el interés simultáneo por el deporte y por la lectura. Una cosa no debería quitar la otra, al contrario. Es cierto que en España la Federación de Gremios de Editores de España firmó hace algún tiempo un acuerdo con la Liga Profesional de Fútbol para promover el interés por los libros, pero me parece, aunque no pueda decirse que yo frecuente los estadios de fútbol, que esa relación no ha debido ser muy próspera.

¿Sería mucho pedir que dado que la mayoría de los intelectuales se han rendido a la belleza del fútbol, a su potencialidad mitológica, a la efusión colectiva, que sucediera también lo contrario, que se mostrara un interés recíproco del mismo calibre, que Villa, sin ir más lejos, leyera a Jorge Semprún o Luisgé Martín en voz alta, ante las cámaras?

Me voy corriendo, que parece que han marcado el segundo…

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