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Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación (un homenaje a Ángela Ruiz Robles)

En el año 2013 apareció en el número 23 de la revista Texturas (que ahora cumple 10 meritorios años y a la que habrá que dispensar el homenaje que se merece a su debido tiempo) un artículo mío enigmáticamente titulado “Una precupación bastante fuerte o el beneficio de la técnica en la educación”, un homenaje personal a una de las precursoras de la lectura no lineal e inventora de un tipo de soporte capaz de facilitar ese tipo de consulta, Ángela Ruiz Robles. Hoy es Google y la prensa nacional e internacional quienes se hacen eco de su contribución pionera.

Reproduzco el texto completo del artículo por si todavía pudiera resultar de interés:

En una fotografía presumiblemente tomada en la Segunda Exposición Internacional de Invenciones y Nuevas Técnicas celebrada en Ginebra en el año 1969, puede verse con aspecto circunspecto y respetable, sentada en primera fila, sosteniendo mano sobre mano el diploma obtenido, a Dña. Ángela Ruiz Robles, única mujer entre quince varones inventores que presentaron sus patentes a tan reconocido evento. Inventar en la España de los años 40 y 50 -porque la patente de su invento más visionario, el libro mecánico, data de 1949-, solamente podía ser una cosa de hombres o, en el caso de que se inmiscuyera una mujer, solamente podía ser cosa de una vocación pedagógica indestructible, de una disposición indesmayable por trasladar los beneficios de la técnica a los que la necesitaban, de una enérgica convicción al servicio de la educación. En torno al año 1970, de hecho, el director de la revista Técnica e invención reconocía la anomalía que Dña. Ángela constituía en un entorno preponderantemente masculino, donde ni siquiera llamaba la atención “la ausencia de referencias a inventos femeninos”. Con el paso del tiempo su soledad no se subsanó, pero su empuje suplió con creces ese aislamiento, hasta el punto de convertirse, a finales de los años 50 en «Gestora delegada de la Agrupación Sindical de Inventores Españoles» y, algo más tarde, en los años setenta del siglo pasado, en «Jefa Provincial» de la Federación Politécnica Científica de Inventiva Internacional.

 

Reseñar su condición de mujer en una sociedad masculina, en un entorno geográfico periférico, es resaltar el redoblado esfuerzo que debió de realizar Dña. Ángela para sacar una familia como viuda adelante, para asumir profesional y voluntariamente las cargas que la profesión docente le deparó, y para sostener a lo largo de toda su vida su vocación inventiva, innovadora. El horizonte profesional que podía vislumbrar una mujer de clase relativamente acomodada, con una educación más o menos esmerada -hija de farmacéutico y ama de casa-, era el de alcanzar con mucha suerte la condición de maestra, algo que Dña. Ángela consiguió a los 22 años, después de haber cursado sus estudios de Magisterio en la Escuela superior de León. Su nombre no sería conocido, seguramente, si se hubiera conformado con asumir el papel de maestra de señoritas, de conductora y conformadora de la identidad femenina y los valores que se le presuponían, tal como muestra la foto, tomada seguramente en torno a los años 20, con la imagen de Primo de Rivera al fondo, en la escuela de Santa Uxía de Mandía, en Ferrol, donde tiempo después sus parroquianos le tributarían un homenaje espontáneo por su competencia y dedicación.

En una entrevista concedida a Radio Nacional cuando sus principales inventos habían recibido ya reconocimientos nacionales e internacionales, en un lenguaje llano, espontáneo, poco estructurado, Dña. Ángela revelaba al menos tres de los fundamentos pedagógicos, tres de las convicciones educativas, que habían sostenido su trabajo como profesora e inventora: “todo lo que se presenta ante nuestros ojos”, decía Dña. Ángela a una entrevistadora algo atildada, “tiene un poder mucho más fuerte y potente que la palabra hablada”. Esa certeza en la eficacia de lo visual por encima, incluso, de lo verbal, está presente, cómo no, en su Primer Atlas gramatical del idioma español, del año 1958, en el que los dialectos, los idiolectos, la fonética, se encarnan geográficamente, dándole a la lengua concreción territorial, topográfica. Con gran atrevimiento conceptual, el Mapa científico gramatical concretaba gráficamente lo que hoy entenderíamos por pensamiento visual o mapas de conceptos, una herramienta que permitía desagregar esquemáticamente las complejidades de las formas verbales, de la gramática del español; y se encontraría, sobre todo, en la que pasa por ser su más conspicua invención, la patente del denominado Procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para lectura de libros, más conocido como Enciclopedia mecánica: quizás por primera vez y de manera precursora se integraban en un mismo soporte imágenes y cartografías; textos, gráficos y esquemas; sonidos, todo al servicio de un tipo de aprendizaje a disposición “del deleite y el agrado” de los aprendices, como se dice en el texto de la patente, una verdadera revolución pedagógica en un contexto educativo centrado en la repetición, la memorización, la discursividad y la disciplina. “Reconociendo las conveniencias de la enseñanza intuitiva, amena y para aprovechar con rapidez los momentos que la atención pueda estar fija hacia un punto determinado recibiendo y aprovechando productos, evitando y aminorando las fatigas intelectuales que ocasiona a las facultades mentales tenerlas en actividad largo tiempo”,  puede leerse en el texto presentado a la Oficina de Patentes, con el número 190698, “ES POR LO QUE APLIQUÉ MIS FACULTADES INTELECTUALES a la labor de ingeniar e inventar la manera de que el libro participase de las admirables ventajas que estas materias (o sus similares) tienen”.

No dejaba de ser un atrevimiento singular el querer modificar la estructura de los libros tradicionales, de las fuentes de saber primordiales, de la tecnología del conocimiento por antonomasia, pero parece que Dña. Ángela respetaba no tanto las fórmulas mostrencas de transmisión del conocimiento como el uso de la tecnología al servicio de la educación y el aprendizaje. Tampoco parecía demasiado amiga de los flagelos pedagógicos y sí de la adaptación a las necesidades y progresión individuales y del lúcido disfrute del saber mediante el adecuado uso de la técnica. En la mencionada entrevista de Radio Nacional, intentando hacerse entender con no pocas dificultades, Dña. Ángela aseguraba con tanta sencillez como rotundidad: “la técnica beneficia en todo el mundo a individuos y colectividades”, la técnica, me permito reinterpretarla, es esa forma de inteligencia y asistencia suplementaria que nos transforma y nos mejora al usarla. En el preámbulo algo solemne y grandilocuente de la memoria descriptiva de la patente de su enciclopedia mecánica también lo había dejado escrito: “Considerando que, en épocas anteriores, se desconocían las materias que la elaboración inteligible del hombre nos viene proporcionando para uso y facilidad, tales como la electricidad, el llamado cristal irrompible….”, etc., así debía y podía desarrollarse un ingenio que soportara la exposición y desarrollo de todas las materias que componían el currículum; que permitiera reproducir, al menos potencialmente, imágenes y sonidos; que facilitara la interacción con el estudiante o el lector mediante el uso de teclados u otros mecanismos de introducción de datos; que fuera portable, ligero, trasladable, utilizable bajo cualquier circunstancia. En este soporte mecánico se conjugaban conceptos pedagógicos muy avanzados para aquel tiempo, quizás inasumibles: un cuerpo central con las competencias fundamentales, relativas al estudio y práctica de la lectura, la escritura, la aritmética y el cálculo, lo que hoy llamaríamos competencias fundamentales, y un segundo cuerpo dedicado a la inserción de las materias o asignaturas, en rollos extensibles o desplegables, valiéndose de las bobinas que podían instalarse y alternarse, en uno o varios idiomas, con la asistencia o no de la lámina de aumentos y la luz que el ingenio ponía a disposición de sus potenciales usuarios.

“Como que se le quita a la humanidad una preocupación bastante fuerte”, respondía literalmente Dña. Ángela a la entrevistadora radiofónica que indagaba sobre la facilidad de uso (la usabilidad) del ingenio mecánico, y así era, porque tras sus cubiertas inicialmente de bronce (sic) y luego de nylon plástico, se escondía una triple revolución que pretendía disipar y resolver esas enconadas preocupaciones, una revolución al mismo tiempo editorial, pedagógica y comunicativa: editorial, porque el soporte daba al traste con la idea misma de libro, de secuencialidad, de volumen autosuficiente, de objeto encuadernado con cierta cantidad de hojas de papel en su interior, y aventuraba abaratar la producción de sus contenidos y hacerlos más portátiles; pedagógica, por la concepción transmedial e interactiva del aprendizaje, por la preponderancia de su componente visual, por su rechazo de la instrucción basada en la opresión y su alabanza del deleite como fundamento de la educación; comunicativa, por su idea, tan avanzada, de recuperar la parte más dialógica e interactiva del proceso de aprendizaje como cimiento del conocimiento.

No es por eso exagerado reivindicar la enciclopedia mecánica como soporte antecesor de los libros electrónicos, no porque, obviamente, anticipara su futura lógica digital sino, más bien, porque entendía el aprendizaje como un proceso disconforme con la mera discursividad sucesiva y textual de los libros tradicionales, necesitada por tanto de estímulos visuales y auditivos integrados y complementarios, en soportes portátiles y ligeros que hicieran fácil y posible su traslado y acarreo, que permitieran la consulta simultánea de las distintas materias conformadoras del currículum y una interactividad incipiente que no relegara al estudiante a su condición más pasiva de mero receptor y repetidor. Y todo eso podía hacerse con el concurso de la técnica, de una innovación entendida al servicio de esa fuertes preocupaciones que la humanidad padecía.

No se adivina en las palabras de Dña. Ángela desánimo ni desaliento ninguno cuando la locutora de Radio Nacional le increpa por el desarrollo futuro de tan osada idea, quizás porque el tesón fuera un rasgo esencial de su carácter. Se trata, sin embargo, reconocía en la entrevista, de un entorno “fuertemente complicado y complejo” donde no basta tener buenas ideas ni recibir órdenes o premios nacionales o internacionales. Antes que eso hubiera sido necesario contar con una “industria fuerte” que hubiera podido hacerse cargo del desarrollo fabril de esa patente que quedaría arrumbada en el olvido hasta que hoy reconocemos en ella una precursora conceptual, quizás por ello inadmisible, de los libros electrónicos actuales.

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Zizek para editores

Ayer se anunció el lanzamiento del Chromebook, el segundo cacharro ideado por Google (y no será el último) para reforzar la integración vertical de todos sus servicios (y para no perder comba, claro, respecto a su principal contrincante, Apple, el príncipe de todas las integraciones verticales). La nueva generación de dispositivos digitales apenas tienen nada en su interior que no sea un navegador a través del cual se accede al software necesario para ejecutar las funciones y disfrutar de los servicios que el gigante norteamericano nos proporciona. Un sólo proveedor, Google, acapara software,  hardware, computadoras, servicios y contenidos, o lo que es lo mismo, hemos alcanzando un grado de libertad inusual y de riqueza inusitada en el acceso a contenidos y servicios al precio, eso sí, de una extraordinaria concentración y de una pérdida casi completa del valor de la privacidad.

Tal como dice Slavoj Zizek en Corporate rule of cyberspace, “la formación de “nubes” viene acompañada por un proceso de integración vertical: una sola empresa o corporación tendrá una participación cada vez mayor en todo los niveles del ciberespacio, desde las máquinas individuales (Pcs, IPhones, etc.) y el hardware necesario para albergar la “nube” de datos y programas, hasta el software en todas sus formas (audio, video, etc.). El “acceso”, que es la palabra mágica que abre las compuertas de la nube intangible, promete servicios de toda índole, disposición ubicua de cualquier clase de contenido, colaboración masiva inusitada entre personas de cualquier rincón del orbe… aunque todo ello “basado en la privatización virtualmente monopolizada de la nube que proporciona ese acceso”. A propósito: nada hay de natural en la evolución de las tecnologías y la computación  hacia este extremo paradójico. Tal como puede leerse en un blog de Microsoft, que a su vez toma el contenido de una entrada de la Wikipedia: “los detalles son abstraídos de los consumidores que ya no tendrán la necesidad de poseer conocimiento alguno o tener control sobre la infraestructura tecnológica de la nube que los soporta”. Traducido: a más servicios y mejor acceso, más alienación y falta de control.

Si los editores leyeran a Zizek con más detenimiento quizás cayeran en la cuenta que en su texto está contenida una advertencia fundamental: ponerse en manos, exclusivamente, de los grandes operadores que ya han desembarcado en nuestro país y que prometen (como el lobo con piel de oveja) una convivencia pacífica y mutuamente beneficiosa, es, simplemente, no comprender de qué forma se está construyendo la web y de qué manera se están integrando, en estricta verticalidad y vocación monopolística, software, hardware, servicios y contenidos. O abren sus propios espacios, gestionados de manera abierta y colectiva, o sucumbirán inevitablemente a las “reglas corporativas del ciberespacio”.

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Las bibliotecas después de Google

En el año 2008 tuve la suerte de que me invitaran a Kosmopolis’08. Intervine con una charla cuyo distópico título era el de “La vida después de Google“, porque pretendía invitar a los asistentes a imaginar un delirante futuro en el que los fundadores del buscador perdían su algortimo mágico después de una tremenda borrachera en Oviedo, tras la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. La fórmula, en manos de la vengativa competencia, implicaba el desastre empresarial  de Google pero, peor aún, significaba el fin de la cultura occidental. Hasta tal punto hemos confiado nuestra cultura, nuestras vidas privadas y nuestras indagaciones a una única y suprema herramienta, que si por alguna razón -una cogorza o, por qué no, una OPA hostil- alguien nos desenchufara de esa mediación, gran parte de nuestro patrimonio histórico, nuestra herencia intelectual y nuestra propia biografía, se esfumarían de un plumazo.

Google “es una región finita del espacio-tiempo provocada por una gran concentración de masa en su interior, con enorme aumento de la densidad, lo que genera un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz, pueden escapar de dicha región”. Cambiando “agujero negro” por “Google”, la definición es casi equivalente: el buscador genera una concentración de contenidos e información en su interior tan densa que genera un campo gravitatorio del que ningún usuario, biblioteca o editorial puede escapar… Los agujeros negros no tienen la culpa, los pobres, de chupar astronautas y cohetes como locos; Google tampoco tiene la culpa de haberse convertido en la puerta de acceso a la web y de absorber, el pobre, todo el tráfico…

Hablaba, sobre todo, ante bibliotecarios, y les pedía que no dejaran de ejercer su oficio, valiéndose, cómo no, de las extraordinarias capacidades que el buscador y sus servicios ofrecen, pero no hipotecando su futuro y sus compentecias a él.  Hace unos días, Denny Chin, el juez federa de Manhattan, le ha dicho a Google que no puede seguir digitalizando los libros que pretendía, sobre todo las obras huérfanas (que representan en torno al 70-80% de la producción editorial dormida de un país), porque eso podría represenar un monopolio sobre el acceso a ese patrimonio. Independientemente de que Google recurra la sentencia, de que el Amended Settlement Agreement sea considerado o no parcial, o de que haga caso omiso del fallo, lo cierto es que la mayor sigue sin resolverse y acecha en la trastienda.

Pero el error no es tanto de Google, que hace bien las cosas que tiene que  hacer, sino de quienes tendrían que plantear una alternativa plausible, consensuada y estratégica -bibliotecarios por un lado y editores por el otro-, y no lo hacen. Robert Darton lo decía hace pocos días en The New York Times, en un artículo titulado A digital library better than Google’s: “Through technological wizardry and sheer audacity, Google has shown how we can transform the intellectual riches of our libraries, books lying inert and underused on shelves. But only a digital public library will provide readers with what they require to face the challenges of the 21st century — a vast collection of resources that can be tapped, free of charge, by anyone, anywhere, at any time”.

La posibilidad de crear plataformas alternativas, públicas y/o privadas, como la Biblioteca Digital Hispánica o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en el caso de obras de índole mayoritariamente literaria, son iniciativas encomiables cuyo ejemplo convendría remedar extendiéndolas a todos los ámbitos de la creación.

Quizás podríamos empezar a vivir, al menos por un día, sin Google.

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La mercantilización de la cultura y la devaluación de la propiedad intelectual

Es un secreto a voces: ya no se trata, solamente, de que Google se vaya a comer el mercado del libro completamente previo permiso del IBookStore de Apple y previo consentimiento de Amazon (que ya lo intentó, haciendo dumping de precios y arrasando con el mercado para mayor solaz de los lectores). Eso ya se veía venir hace tiempo y, de momento, sólo ha provocado miradas de reojo entre los editores. No: el secreto a voces es la llegada de las operadoras telefónicas a la comercialización de algo que les resulta completamente ajeno y, en esta operación de concentración digital de contenidos editoriales, la previsible devaluación del valor de la propiedad intelectual. No es bueno ni malo. Es, simplemente, inevitable. Las primeras noticias aparecieron en febrero de este año cuando Telefónica firmó el primer contrato de distribución digital.

En el insustituible blog Periodista21 pudimos leer en el mes de septiembre que “La entrada de Telefónica en el mercado del ebook puede dar un empuje a la penetración de lectores digitales, tanto en móviles (smartphones) como en nuevos dispositivos como las tablets tipo iPad. Telefónica avanza así también en su conversión de operador de telecomunicaciones a plataforma digital con contenidos de pago con comercialización en paquetes de conexión y contenidos con el resto de sus servicios. Una de las tendencias más claras del nuevo mercado digital”. Y eso no deja de ser verdad pero también lo es que, como dice John B. Thompson en Merchants of culture, “la creciente mercantilización de los contenidos por agentes cuyo negocio no son los contenidos, está conduciendo a una devaluación del valor de la propiedad intelectual”. Y también es cierto que, al menos por ahora, la intención de Telefónica no es dar cabida a los pequeños editores independientes para que fortalezcan su posición en la red, sino aliarse con plataformas grandes y consistentes que garanticen el tráfico y, en consecuencia, los potenciales beneficios.

Hace dos días podíamos leer en el diario La Vanguardia, en un artículo significativamente titulado “Cobrar la mitad“: “Lo que viene a continuación son malas noticias para los miembros del gremio literario. Malas noticias derivadas del auge del libro electrónico (lo que el Pentágono quizás denominaría efectos colaterales del e-book). Según recordaba The Wall Street Journal a principios de mes, los libros electrónicos se venden a mitad de precio que los de tapa dura y eso supone una reducción a la mitad de lo que percibe el autor por cada título vendido”. No es completamente cierto que un autor vaya a perder mucho más, porque eso entrañaría que ahora gana algo, y eso es mucho suponer. En todo caso, los precios de los libros deberían reducirse entre un 20 y un 30% y aunque los derechos del autor estén ligados al PVP, lo cierto es que la proporción de sus derechos por contrato debería crecer y la facilidad de acceso debería redundar, siempre teóricamente, en un incremento de las ventas.

Pero a lo que voy: la asociación de los editores, las plataformas de distribución digital  y las operadoras telefónicas, además de inevitable, puede ser parcialmente provehosa, pero no es menos cierto que corremos el riesgo de que el contenido sea sacrificado por “las grandes compañías de comunicación que utilizan el contenido para generar las ventas de sus dispositivos y servicios, devaluando con ello la propiedad intelectual y absorbiendo el valor del proceso de creación de los contenidos. Algunos ganarán, otros perderán. Pero aunque esto conduzca a una reconfiguración de las industrias creativas, una  devaluación de la propiedad intelectual tan importante es poco probable que conduzcan a un aumento global en la calidad de los contenidos a través del tiempo”.

Estoy tan deprimido que me siento como una doncella desnuda ante la arremetida de un toro salvaje…

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