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No es necesario ir al LIBER para conocer qué pasa en la industria editorial…

Los datos no dejan lugar a interpretación alguna: “el retroceso de una década de la primera industria cultural de España se debe a que, por quinto año consecutivo, han descendido sus ventas y acumula ya una caída del 28,9%, desde el año 2008. Con 2.471 millones de euros facturados el año pasado en el mercado interior, las ventas cayeron un 10,9% con respecto a 2011″, datos reflejados hoy en la prensa nacional que ya conocíamos. Apenas cabe esbozar un gesto de sorpresa cuando la encuesta anual sobre Hábitos de lectura y compra de libros en España (2012), nos hablaban de un gasto promedio anual de 20 €. Cabría pensar que la contracción de la demanda se debe a la crisis económica y al paro generalizado, pero yo no soy tan optimista. La ausencia de demanda cultura refleja falta de interés por la cultura, sencillamente. Los precios de la mayoría de los libros que podemos adquirir no son disuasorios, son asequibles.Quien no ha tenido la oportunidad de crecer en un entorno familiar que favoreciera el contacto con los libros y la cultura en general o quien no ha conseguido que la escuela supiera esa carencia suscitándole ese interés, difícilmente considerará que un libro es un producto digno de su atención.

Claro que el libro tiene que concurrir con la variadísima oferta de contenidos digitales gratuitos que cualquiera puede encontrar en la red, y a eso no estaba acostumbrado. Antes era el rey de un ecosistema con escasa competencia, y ahora es solamente un monarca destronado que no encuentra acomodo. A veces recurre a la pataleta y dice que son los piratas quienes le han desbancado, quienes le roban lo poco que tenía, pero no debemos tomárselo en cuenta. Lo cierto es, solamente, que la revolución digital ha descentrado al libro y ya no volverá a ocupar esa posición central en la vida cultural. A los editores (también a los libreros), este cambio les pilló a contrapie: sabían quién era Gutenberg, hijo de orfebres que utilizaron una prensa de vino para imprimir de manera seriada libros hechos con tipos forjados en plomo, pero no imaginaban que las revoluciones tecnológicas pudieran afectarles en la misma medida que  la imprenta lo hiciera con otros gremios en su momento. Han pasado ya más de dos décadas desde que los primeros soportes digitales aparecieron en el mercado, pero todavía hay muchos que no terminan de encontrar su lugar bajo este nuevo sol digital. Toda la cadena de valor industrial tradicional debe redefinirse y sus agentes resituarse, en un ejercicio tan complejo como doloroso y necesario.

Es verdad que el modelo de negocio digital, al menos de momento, no ha sido capaz de sustituir, en facturación, al del libro en papel tradicional. Apenas representa un porcentaje de una cifra en la facturación global. Deberíamos saber, sin embargo, echando la vista atrás, que es posible prever la dirección del cambio e invertir en consecuencia, tanto en recursos como en formación.  Ni siquiera quienes decidan seguir haciendo solamente libros en papel están eximidos de entender que pueden mejorar la gestión de sus catálogos usando conscientemente herramientas digitales, redefiniendo sus flujos de trabajo bajo esa premisa, sirviendo a sus usuarios mediante el uso adecuado de la tecnología.

Esa tormenta perfecta en ámbito editorial de la que tanto se habla, compuesta por los tres sumandos anteriores (caída de la demanda y desinterés por los libros; desplazamiento del libro dentro del ecosistema de la información y transformación digital; redefinición de la industria y su cadena de valor), no se puede acometer individualmente. Tan sólo una estrategia coordinada, global y consciente de los retos a los que se enfrenta puede tener unos mínimos visos de éxito. Utilizar chivos expiatorios oportunos que nos sirvan para explicar por qué estamos tan mal como estamos (dos empiezan por A y otro por G), puede ser una estrategia comprensible, un puro reflejo de la desesperación, pero en todo caso absolutamente insuficiente. O parte de los colectivos profesionales y de las administraciones públicas, o no tenemos nada más que discutir.

El hecho, como ya he comentado en otras ocasiones, que el PLAN ESTRATÉGICO GENERAL 2012-2015 de la Secretaría de Estado de Cultura, por ejemplo, no aluda por ninguna parte al libro o la industria editorial (más allá de mencionar la necesidad de evaluar mejor los criterios para la concesión de subvenciones), no parece que induzca espontáneamente al optimismo.

Durante estos días se celebra en Madrid la Feria del libro profesional, LIBER, y son tantos los asuntos de primera magnitud que me parecen dignos de discusión que nunca termino de encontrar en su programación un foro de discusión global digno de tal nombre. Quizás sean ínfulas y manías mías.

Quizás es que, como he podido leer esta mañana, “no es necesario ir al LIBER para conocer qué pasa en la industria editorial” (aunque quizás querían decir otra cosa).

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De cómo no hacer libros y de cómo hacer lectores

En el último Anuario de Estadísticas Culturales 2012 editado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, podemos darnos cuenta de la desmesura de nuestra producción editorial en relación al nivel de compra y lectura de los ciudadanos españoles. En el año 2011 se produjeron 97504 nuevas ediciones, un 83% del volumen total de la producción, que alcanzó los 116581 ISBNS. El resto se repartió entre reeimpresiones y reediciones. En formatos electrónicos el 98.2% de los títulos publicados fueron estrictas novedades frente al 79.5% de las correspondientes al papel.

Que esa cifra resulte desmedida, desproporcionada, obedece a que no existe el hábito de compra y de lectura correspondiente, a que no existe correlación alguna entre oferta editorial y demanda cultural. Eso queda a todas luces demostrado si uno tiene la paciencia de bucear en las cifras que ofrece el cuadernillo de Gastos de consumo cultural de los hogares contenido en el mismo estudio: quienes más libros leen y compran no son, necesariamente, quienes más ingresos tienen, sino quienes más títulos académicos poseen, quienes más capital cultural detentan: el gasto medio en la compra de libros entre una persona con estudios universitarios de segundo y tercer ciclo y otra persona con estudios de primer grado o inferiores, es de 402 € de media anuales. A menudo las diferencias salariales entre un profesor universitario y un camarero no son, ni mucho menos, tan distantes como lo que la gente pudiera imaginar (que me lo digan a mi y a mi cuenta bancaria). El abismo entre uno y otro es, más bien, la predisposición a invertir en bienes culturales o no, algo que no nace de un impulso natural, ingénito, sino de un largo proceso de habituación y formación.

La media del precio de los libros es, en comparación con otros servicios y productos generales, y otros servicios y productos culturales, barata: el 21% de los libros editados costaron entre 7.51 y 10 €; el 14.9% entre 5.01 y 7.50 €; el 14.5% entre 2.51 y 5.00 €. Así las cosas, ¿quién podría decir que no puede permitirse, materialmente, adquirir un libro? Sin embargo, la media del Gasto en bienes y servicios culturales por tipo de bienes y servicios delata que el gasto medio en libros no de texto fue de unos exiguos y raquíticos 22.2 €. Así, obviamente, no hay industria que se sostenga, menos todavía cuando la desmesura productiva de esa industria no obedece a una demanda real, sino a los perversos mecanismos de su propio proceso y ciclo de producción, difusión y comercialización.

Antes -vale la pena quizás recordarlo-, un editor intentaba realizar colocaciones masivas en el punto de venta con la esperanza de que los pagos condicionados del librero le sirvieran para hornear la siguiente tanda de novedades, aquella que debería sustituir a la devuelta; hoy, sin embargo, la consigna ha sustituido al abono, y la fuente de financiación de los editores se ha esfumado, de manera que la sobreproducción ya no tiene asiento ni justificación de ninguna clase.

Y si los editores deberían reflexionar, a la luz de estas cifras, sobre los excesos industriales cometidos, propios de una industria predigital, también es el momento de que las autoridades educativas y culturales, aquellas que tengan alguna responsabilidad sobre la formación de los lectores, se detengan a pensar sobre los desencadenantes del aprecio por el libro y la lectura: si uno se detiene en el capítulo sobre Hábitos y prácticas culturales, podrá comprobar que existe una estrechísima correlación entre un hábito de lectura regular y la práctica recurrente de otras actividades culturales: quienes más leen más van al cine, más conciertos escuchan, más museos visitan y más espectáculos de artes escénicas frecuentan. De lo que se trata es -como cualquier sociólogo de la educación y la cultura con dos dedos de frente sabe-, es de generar ese hábito, ese correlación indeleble que se convierte en costumbre, esa afinidad que acaba convirtiéndose, casi, en un instinto natural.

No hay industria de contenidos culturales -no hay industria del libro o de lo que tenga que venir- sin quienes los demanden, los usen, los reelaboren y los consuman; no hay industria cultural alguna sin el decidido fomento de los hábitos culturales, de su frecuentación.

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