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El impresor de Venecia

Paolo Manuzio, hijo de Aldo Manuzio, el célebre impresor veneciano, llega a casa de su madre, a la que casi no conoce, con la intención de redactar la biografía de su padre fallecido. Paolo había quedado bajo la tutela de su abuelo, en Venecia, a la muerte de su padre, y casi no había tenido contacto con María, su madre, que había renunciado a litigiar contra un suegro que, en aquella época y en aquel lugar, podía hacer valer el peso de la autoridad patriarcal. Paolo no conoce casi a su madre, retirada en la campiña, pero se acerca a ella con la intención de que le proporcione alguna información sobre la vida de su padre para completar su perfil biográfico. La madre se muestra inicialmente reticente, comedida, porque sabe más de su marido de lo que quiere o debe revelar a su hijo, pero se muestra igualmente conmovida cuando Paolo intenta hacer valer sus argumentos sobre la excelsitud de la figura de su padre.

“Resultaba sencillo comprobar” -argumentaba Paolo ante su madre, María-, “comparando con la obra de otros impresores de su época, que su padre era el único que había seguido un plan literario, frente a los que se dedicaban a sacar de las prensas los libros en razón del dinero que les podría proporcionar su venta o de la demanda que ciertos patricios hicieran de ellos: infinidad de libros litúrgicos, de tratados jurídicos y teológicos”. Y, algo más adelante, acolorado y convencido, prosigue: “Y en cuanto a los pequeños libros que todo el mundo llama ya aldinos, de formato octavo, era evidente que habían cambiado el modo de leer de la gente” -seguía diciendo Paolo cada vez más determinado-. “¿Cuándo se había visto a tantas personas presumiendo con su libro bajo el brazo por la calle, lejos de oscuros gabinetes?”.

Paolo Manuzio pretende en el fondo rescatar y reavivar la memoria de su padre “porque Aldo había abierto para los hombres sabios la ruta del libro, una vía nueva, la única posible, y cuantos peregrinaban por ese camino se dirigían directos al conocimiento y la felicidad que otorga la sabiduría”, y él, como tantos de nosotros, deseaba continuarla.

Háganse un favor este 23 de abril y, para celebrarlo como se debe, dense un homenaje comprando y leyendo El impresor de Venecia, de Javier Azpeitia.

De nada.

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El pico de la producción editorial

En la última entrada del blog de Nicholas Carr, el autor de Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, conjeturaba con la posibilidad de que la venta y penetración de los libros electrónicos hubieran alcanzado un pico de difusión máxima a partir del que sólo quedaría constatar su progresiva desaceleración.

Es posible, efectivamente, que el contigente de personas que adoptan las nuevas tecnologías de manera más vehemente haya llegado ya a sus confines; es posible que las prácticas lectoras asociadas al papel sigan tan estrecha y hondamente vinculadas en el hábito de muchos de nosotros, que el salto a los nuevos dispositivos sea progresivo y asegure un periodo de convivencia determinado; es posible que, incluso admitiendo las tesis principales de Carr, algunos sigamos pensando que la lectura profunda de las textualidades tradicionales depara placeres que un hipertexto fragmentado no puede proporcionanos; es posible que las tecnologías de reproducción sean todavía inmaduras y que muchos estén cansados del desfile de dispositivos y de formatos, incomprensible para tantos; es posible que en muchos países el comercio electrónico no penetre a la velocidad que en los países anglosajones, más habituados a la compra por catálogo, a la compra virtual y al pago mediante mecanismos de crédito; es posible que no exista todavía una oferta legal y a precios razonables suficiente para satisfacer una demanda. Es posible que eso y muchas otras cosas sean ciertas pero…

Pero las cifras que Amazon ofreció en la última Feria del Libro de Frankfurt muestran un crecimiento imparable de la venta de sus propios dispositivos de lectura, venta de soportes que va acompañada -en países como el Reino Unido o los USA- por una venta de archivos electrónicos superior, ya, a la venta en papel.

La historia nos de muestra, de manera muy tozuda, que en todos los episodios históricos donde han concurrido la transformación de los medios de creación y reproducción; la transformación de la entidad de los textos y los soportes sobre los que se practica la lectura, es inútil resistirse a los cambios. Sucederán, lo queramos o no lo queramos. Los periodos de convivencia están bien documentados y en el caso histórico de la imprenta, último de ellos, se puede apreciar un periodo aproximado de un siglo, momento a partir del cual el dominio de la imprenta y del libro en papel respecto al documento reproducido manualmente por un copista fue completo.

De esto y de muchas otras cosas irreversibles en la cadena de valor del libro hablamos ayer en el Curso de Edición que organiza Hotel Kafka junto a Ámbito Cultural. Más que del “pico” del libro electrónico deberíamos ser conscientes de que el “pico” de producción del libro en papel llegará mucho más pronto que en otros momentos de cambio histórico, porque la aceleración en el cambio tecnológico a la que asistimos carece de prencendentes.

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